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FUNERAL TROPICAL

Pedro Mateo 'Funeral Tropical'

 

VACACIONES

Hordas de despedidas de solteros
zarandean muñecas hinchables en la orilla de la playa,
hordas de despedidas de solteras
sacuden los penes de sus cabezas en la orilla de la playa.

Bolas, raquetas, gente divirtiéndose,
niños persiguiéndose en la orilla de la playa,
besos, masajes, parejas magreándose,
niños sepultándose en la orilla de la playa.

El sol, el mar, las olas rompiendo,
los gritos, las risas, las huellas jugando en la orilla de la playa,
los padres, las madres, los hijos, los jóvenes, los viejos,
comen, beben, fuman en la orilla de la playa.

La Policía, el Samur, los socorristas,
silencios, murmullos, tumultos en la orilla de la playa,
gente corriendo, una camilla escoltada,
un cuerpo en el interior de una bolsa en la orilla de la playa.

 

 

 

 

BENIDORM

I love New York, I love NY, qué más da.
Infinitas camisetas cubren los infinitos torsos
de quienes al menos una vez estuvieron allí,
pero la palabra love no existe, existe el símbolo, el corazón, el bombeo,
la palpitación congelada en esa camiseta plagada de flashbacks y lavadoras
que borran su memoria al igual que la tuya.

Rascacielos, olas, el asfalto casi interminable que las rodea,
coches sin rumbo y gente sin rumbo abarrotan las olas y los rascacielos.
La compra-venta de todo es el laboratorio sónico diurno
y los bombos y cajas el paisaje estroboscópico nocturno.
El sudor amamanta a los fieles en la más imparable de las sectas dionisíacas
mientras el dinero fluye como la sangre y la sangre como los fuegos artificiales.
Vieja y nueva escuela frente a frente fusionándose como el alcohol y el tabaco,
Eros y Tánatos, fármacos y cocaína, todos caminando hacia el mismo túnel de luz.
Allí siempre es Halloween, siempre es Nochevieja,
siempre es la fiesta de graduación o el cumpleaños de todos.
Los caricaturistas, los arquitectos de arena, las vedettes, las gogós,
los vendedores de humo, los cmareros vintage, los magos,
y Mª Jesús… ser tallado en piedra invisible que observa imperturbable
el marchitar y muerte de cuantas generaciones la contemplaron y contemplan
a través del cristal o desde las crujientes sillas del anacrónico bar Arenas
poniendo banda sonora con su inseparable y ornitológico acordeón
a cuantos rituales y pre-funerales que allí se celebran.

El kitsch, ese icono magnético de la ciudad que nunca duerme,
de la urbe autoparódica, suave y despiadada como un jacuzzi cuando se acaba.
La vieja Supernova luce su skyline como un traje de noche
y abre los ojos a los millones, quizá billones de almas
que aterrizan en este mega-terrario de hamacas, sombrillas, colillas,
revistas, kleenex, tuppers y basura en general.
El efecto dub de quien un día fue Julio Iglesias resuena casi opaco
en las cajas de resonancia de Poniente a Levante,
un delay fantasmagórico que recorre las calles, un eco, un aliento, un escalofrío,
puedes sentirlo, es el deambular de las sombras de antepasados olvidados que glorificaron
este país de Nunca Jamás, esta Ciudad Esmeralda, este Xanadú, Twin Peaks en Invierno.
Una fantasía, un estado mental, un paraíso multidimensional, un vórtice espacio-temporal,
todos los coches que allí aparcan son DeLoreans,
todos los viajeros Jack Sparrow y Alfredo Landa.
Allí siempre hay alguien solo sentado en un banco
dispuesto a decirte que la vida es como una caja de bombones,
o un hombre Darth Vader, o una mujer Darth Vader
en el porche de alguna terraza implosionando con cada vodka y cada calada.
Criaturas hechizadas por la utopía de un futuro que va y viene con cada ola,
criaturas lisérgicas que un día fueron humanas y que ahora dicen hola y adiós
a las ráfagas de turistas desde Innsmouth hasta Dunwich pasando por Arkham,
ráfagas de peregrinos que atraviesan el paseo marítimo
en una Babel de camisas pseudohawaianas, selfies y tarjetas de crédito.

Y en la maleta, un imposible Tetris de souvenirs y una camiseta ahogada al fondo,
una camiseta en la que no pone I love New York o I love NY,
sino I love Benidorm.

 

 

 

 

NEVERLAND BEACH

Al alba, un coche recorre la ciudad.
Las calles vacías, los primeros pájaros, las tiendas cerradas, los cafés abriendo
y algún zombie etílico durmiendo bajo las farolas semiencendidas.
Al alba, cuatro hombres recorren la ciudad, cuatro niños, cuatro adolescentes,
ropa interior limpia, tarjetas de crédito rasuradas, nostalgia sonora en la guantera
y diálogos flashback rebotan en las paredes del improvisado Delorean.
Los hermanos Marx, los Cuatro Fantásticos, el Equipo A, los Chicos de Oro,
Mikey, Bocazas, Gordi y Data, los cuatro jinetes cabalgan de nuevo
hacia un paraíso efímero sin mujeres, hijos, hipotecas o contratos basura.
Superfumados, supersalidos y supervitaminados aparcan a las puertas del hotel.
Ya dentro, el aire acondicionado y el escote de la recepcionista
les proporcionan el primer chute antes de entrar al ascensor,
dejar las maletas en la habitación, volver al hall y comprobar, una vez más,
la influencia del aire acondicionado en los pezones de la recepcionista.
Un bingo abarrotado de guiris es su primera parada.
Una ronda, dos rondas, tres rondas, cuatro rondas de pintas
les bastan para precipitar su salida del Bingo.
Una línea, dos líneas, tres líneas, un bingo,
sus carcajadas, balbuceos y gritos impiden la correcta lectura de los números
y un grupo de bárbaros y vikingos les amenazan e invitan a abandonar el pub
con los puños cerrados y espuma en la boca en forma de indescifrables insultos.
Ya en la calle, dirigen sus miradas hacia la zona de discotecas,
no las ven pero las oyen, un zumbido lejano, una Ciudad Esmeralda,
oscura y perversa, todo lo oscura y perversa que su imaginación les permita.
Alex y sus cuatro drugos intentan no desviarse del camino de baldosas amarillas,
persiguen un sueño, un flash, una quimera, un mosquito atrapado en ámbar,
cientos de Dorothys en cada esquina sin prisa por volver a Kansas,
cientos de pócimas secretas esperando a ser comidas, bebidas, fumadas y esnifadas.
Ahogados en sudor y rodeados de gogós, las horas se suceden como en un timelapse.
Bacanales de drogas y neuro-drogas, orgías de espejismos tridimensionales,
la última juerga, el último Shambala, fundido a negro.
Exterior, día, una zombies party de cafés, botellines de agua y bebidas isotónicas
preside la entrada a una terraza, y bajo la sombra de un toldo con vistas al mar
los rostros deformados por la resaca, inmóviles, con la mirada perdida
en algún Topless lejano o en un crepúsculo cada vez más cercano.
Hoy toca relax, hidratarse, comer, coger fuerzas, dormir,
comprarse un helado y caminar, perderse por entre la marea humana,
maridos, mujeres, hijos, hipotecas, contratos basura…
Al día siguiente, una nueva ronda de pintas, otro karaoke virgen del que escapar,
un nuevo fajo en el tanga de alguna stripper, otra discoteca por conquistar…
El tiempo se acaba, el dinero se acaba,
la agenda, los compromisos, las obligaciones, los horarios, la rutina,
el asfalto, la oficina, el estrés, los jefes, las broncas,
el colesterol, el insomnio, la banca, la familia, las broncas,
y como no, el despiadado, insobornable, implacable, caníbal e inhumano
sonido del despertador arrebatándoles, vomitándoles
delo que por un momento creyeron podría haber sido un sueño eterno.

 

 

 

 

PLAYA RADIOACTIVA

Cientos de miles de gaviotas mutantes escapan de playas saturadas por
cientos de miles de gaviotas mutantes que invaden las playas de los resorts y hoteles.
Allí hay demasiada poca basura y demasiadas pocas opciones que llevarse a la boca,
así que inmigran y emigran como homeless de una playa a otra,
ultrajadas y sangrantes, hambrientas y fluorescentes.
Todo empezó aquí, en este falso oasis,
atraídas quizá por el aparente azul del cielo quizá por el aparente azul del mar,
quizá por el aparente olor a crustáceos quizá por la aparente fertilidad terrenal:
volar, comer, beber, anidar…
Lo que estos láridos no saben es que esta playa está habitada desde hace ya mucho tiempo
por un antiguo inquilino, por un asesino invisible, por un depredador letal
cuyo castillo se esconde, en forma de central nuclear,
más allá de las palmeras, en las viejas colinas, cerca de los bungalows vacíos,
bungalows en los que una vez hubo vida, antes de los rayos X y los rayos gamma,
antes de que los contadores Geiger trajesen consigo a los nuevos turistas:
protones, neutrones, electrones, átomos enfermos,
nuevas familias radiactivas nacen, crecen, se reproducen y mueren
sobre las playas de uranio y bajo el sol de plutonio.
Todas esas miles de gaviotas regresan de nuevo dejando tras de sí un rastro de polen mutante
en cada uno de los resorts y hoteles, estambres y estigmas,
nuevas polinizaciones, nuevas aventuras radiactivas
con niños jugando entre semen, sangre y heces de aves subatómicas
que propagan su estela como el ébola en cada grano de arena y en cada gota de agua.
Papeleras colapsadas por enormes pájaros blancos que pelean a muerte
por una nueva porción de basura cuyos intestinos reciclarán en nuevas heces,
heces succionadas por ejércitos de insectos coprófagos que más tarde se posarán
sobre sandwiches y terrícolas cuyos intestinos reciclarán en nuevas heces.
Un bucle, una espiral, una pandemia, el ciclo de la vida.
Bandadas de criaturas nucleares atraviesan el cielo hipnotizadas por el canto de las sirenas,
un nuevo festín de manjares luminiscentes les espera al llegar a casa,
una nueva sobredosis de residuos y vertidos les espera al llegar a casa.
Pero las dosis se agotan, los ojos rojos, el sudor frío, las fauces sangrantes,
yonquis con alas, ángeles enfermos, embriones deformes,
nuevas especies, hijos del cáncer, grifos, hipogrifos, pterodáctilos,
pájaros de fuego en busca de nuevos paraísos artificiales.

 

 

 

Mateo, Pedro. Funeral tropical. Albacete; Fractal poesía, 2015.

 

MI FRACTAL POESÍA 5.0

noviembre 30, 2015 Deja un comentario

Cinco años. Cinco ediciones de Fractal Poesía. Cinco años llenando de poesía (en todas sus vertientes) una ciudad como Albacete. Un festival que toda provincia debería tener. Porque Fractal Poesía no se mira el ombligo, fomenta algo que algunos tenemos como seña de identidad: el intercambio cultural; no hay mejor manera de nutrirse. Poesía disfrutada y compartida, mezclada con artes plásticas, cine, música, fotografía y escultura.

Cuando yo llegué ya se habían llevado a cabo la inauguración de la exposición ‘Misterios’ de Chema Arake y el taller impartido por Sergio Delicado. Y la lectura que dieron Javier Lorenzo Candel, leyendo poemas de ‘Juegos de construcción’ y ‘Manual para resistentes’, entre otros; y Matías Miguel Clemente, leyendo algunos de sus poemas en prosa de ‘Dreno’, recién publicado por La Bella Varsovia.

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Pero es que también se habían llevado a cabo la lectura de Pedro Mateo ‒que acaba de publicar ‘Funeral Tropical’‒ y José Iván Suárez; y la presentación, la mañana del día que llegaba yo, de ‘Armonía en rebelión’, de José Alfonso Iglesias Huelga, libro ganador del III Premio de Poesía Festival Fractal.

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Yo llegué a Fractal a la hora perfecta: la hora de la comida. Compartir alimento y bebida (sí, y tabaco, aunque sea políticamente incorrecto) es uno de los mejores métodos que conozco para entablar conversación. Allí estábamos Andrés García Cerdán, Matías Miguel Clemente, Javier Temprado, David Sarrión Galdón, Javier Sánchez Menéndez, Natxo Vidal Guardiola (con su inseparable José María Román y un par de acompañantes más) y un servidor.

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Y a partir de ahí todo fue un no parar. La tarde comenzaba en el espacio artístico y social La Casa Vieja, uno de esos espacios que toda ciudad debería tener. Curioso, entrañable, arriesgado, dedicado a la cultura, a la sociabilización y unas cuantas cosas más.
Lugar con múltiples espacios como pueden ver en las fotos:

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En La Casa Vieja, entre una exposición de José Enguídanos y otra a cargo de Rafael Picó y Marta Gómez, que llevaba por título ‘Memorablemente’, se vivieron los dos recitales de la tarde.
El primero fue el de María Moreno y Lucía Plaza. María Moreno acaba de publicar ‘The Woman Under The Mango Tree’, publicado por Polibea tras conseguir el Premio de Poesía Javier Lostalé, y en él se encuentran tanto una serie de inquietudes sociales como su personalísima visión sobre el Caribe, donde estuvo viviendo durante dos años. Lucía Plaza, por su parte, volvió a leer en Albacete poemas de su ‘Lonely Planet’ con un público absolutamente entregado.
Después le tocó el turno a Natxo Vidal Guardiola, acompañado de José María a la guitarra. Natxo leyó poemas de su ‘Ícaros desorientados’, que a veces José María sólo acompañaba y otras se convertían en canciones. Y para afrecer sus poemas en distintas voces, Natxo nos invitó a leer algunos poemas suyos a Javier Temprado, a Matías Miguel Clemente y a un servidor.
Las lecturas sirvieron para que uno se interesara por acercarse a esos libros, a intentar descubrir eso que se escapa en un recital. Porque esa fue una de las mejores cosas de la tarde, ver desde qué anécdotas habían creado algunos de los poemas.
En contra sólo hubo dos cosas. La primera fue que empezar con los autores de casa hace que en cuanto termina el recital de estos, parte del público desaparece, mostrando sólo cierto interés hacia los autores, no hacia la poesía. Y luego la temperatura, porque ese mismo día empezó a llegar el otoño en condiciones a Albacete; y es que aunque el entorno ayudara, el descenso progresivo de la temperatura hizo que se terminara deseando entrar en algún lugar cerrado.
Aun con todo esto último, repito: toda ciudad debería tener un lugar como La Casa Vieja, donde llevar a cabo eventos como el de esa tarde (sí, a pesar incluso del frío), porque muchos llegamos a Fractal Poesía con el anhelo de un calor que no tiene nada que ver con la temperatura y que se dio con creces en aquel espacio.

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Después de reponer fuerzas, la noche explosionó en La Leche Militina. Se podría haber bautizado como ‘La noche Siltolá’, porque todo giró en torno a esta magnífica editorial sevillana, en cuyo catálogo se encuentran Isabel Bono, Julián Cañizares, Enrique Villagrasa, Carlos Martínez Aguirre o Kepa Murua, entre otros, en su colección de poesía.
Y digo que se podía haber llamado ‘La noche Siltolá’ porque en La Leche Militina se juntaron el poeta (y responsable de la editorial La Isla de Siltolá) Javier Sánchez Menéndez y tres autores albaceteños publicados en dicha editorial: León Molina, Rubén Martín y Javier Temprado. Todo esto acompañado por canciones propias y ajenas interpretadas por Diego Yturriaga.
Javier Sánchez Menéndez habló de su proyecto editorial y mostró parte de su quehacer poético (magníficos algunos de los poemas inéditos que recitó). León Molina provocó auténticas carcajadas de ingenio con sus aforismos, ámbito en el que se está convirtiendo en un auténtico maestro. Rubén Martín leyó textos de su ‘Arquitectura o sueño’, colección de poemas en prosa de una serenidad, una profundidad y una belleza exquisitas. Y Javier Temprado leyó algunos poemas de su magnífico ‘Los vértices del tiempo’, así como unos deslumbrantes poemas inéditos (no le pierdan la pista, aviso).
El único problema del local fue que, debido a la inmensa cantidad de gente que asistió al recital, muchos se quedaron fuera del espacio habilitado para el mismo (gente quedándose fuera del lugar de un recital, sí, créanselo) y el ruido que subía del piso inferior, el piso donde el negocio funcionaba, dificultaba excesivamente a quienes se habían quedado fuera escuchar a los poetas. Dentro de eso, sigo repitiendo que lo bueno ‒además, claro está, de la presencia de los propios poetas‒ es la cantidad de gente que asistió al recital.

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Y luego, pues ya saben, a tomarse algo, que estas cosas dan mucha sed. Y unos dulces típicos.

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Esa tarde/noche me dieron una noticia de esas que me persiguen últimamente (ya les he dicho aquí en el blog que el libro me está dando una mezcla más que contradictoria de sensaciones). Después de que los editores de Balduque anunciaran que no iban a ir a Fractal, los responsables de la revista La Galla Ciencia, que iban a ser los encargados de presentar la editorial y de llevar ejemplares de mi libro para la lectura que iba a dar el domingo, mandaron un mensaje diciendo que se habían puesto enfermos. Lo dicho, que la noche antes del recital que tenía que dar, me encontraba sin mis editores y casi sin ejemplares del libro que iba a presentar. Así que esa noche dormí con Jimmy, que me protegió de los demonios de la noche.

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La mañana del domingo, después de desayunar y disfrutar con Andrés García Cerdán de una mañana de rock and roll entre Surfin’ Bichos y Los Enemigos nos fuimos a recorrer un poco Albacete y a acompañar el recorrido con unas cervecitas. Y casualidad  de casualidades, se nos ocurre acercarnos al café El Sur, donde yo leería por la tarde, y nos encontramos allí con Óscar Aguado e Hipólito García “Bolo”, que leerían en La Leche Militina a última hora de la tarde, así que nos juntamos con ellos y cayeron las cervezas que tenían que caer y nos fuimos los cuatro a comer juntos. Y creo que así deberían ser las comidas. Divertidas, ingeniosas, serias, mordaces, salpicadas de música y literatura, y con alguna carcajada.
Y el camino al café El Sur salpicado del ingenio que hay en cualquier ciudad.

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Poco antes de las cinco de la tarde estábamos en El Sur. Como de todos los que teníamos que estar allí, el único asistente era yo, me propusieron compartir la lectura con David Sarrión, lo que me pareció sencillamente un placer. Así que, tras una presentación hecha por parte de Andrés García Cerdán que nunca le podré agradecer los suficiente, David comenzó con su ‘Breve teoría del desastre’ y fuimos intercalando poemas suyos con versos de mi ‘Cantando en voz baja’.
Nada que añadir aparte de que el lugar es un lujo, que el trato fue exquisito, que el público fue envidiable (de esos que uno quisiera tener en cualquier recital) y que compartir lectura con David Sarrión fue una de las sorpresas más agradables que he tenido en mi relación con la literatura.

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Y en cuanto terminamos el evento, otra vez a La Leche Militina, donde se llevaba a cabo el último evento del fin de semana, una lectura compartida entre Andrés García Cerdán (que presentaba ‘Barbarie’), Óscar Aguado (leyendo poemas de su nuevo libro ‘El falso llano’) y “Bolo” (presentando su libro ‘El charro roto de Jorge Negrete’). Y otra vez una asistencia de público envidiable, y el humanismo ocupando aquel espacio. Y uno, que tenía billete de vuelta ya sacado, sólo pudo asistir a los primeros minutos del evento.

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No sé, después del torrente de palabras de ese día y medio en Albacete ahora no tengo palabras para expresar la cantidad de sensaciones que me traigo de allí. Como si hubiera vuelto con las pilas puestas. Como si me hubiera enamorado del mundo otra vez. Dos años sin ir a Fractal han ayudado a ver la evolución del mismo. Ver cómo han aumentado en seriedad, en profesionalidad a la hora de plantearse el festival; ver cómo todos los integrantes de Fractal se implican de la misma manera, que nadie sobresale por encima de nadie; ver la cantidad de gente que se implica de manera más o menos indirecta con la organización y con la realización de cada evento es absolutamente envidiable. Y, por supuesto, ver cómo las administraciones públicas no se enteran de la mitad de las cosas que ocurren a su alrededor y cómo los medios tradicionales de comunicación vuelven a centrarse en lo más casposo y a obviar casi por completo los eventos de mayor calado hace que querer a Fractal Poesía sea lo más natural del mundo.

Gracias por el regalo de volver a contar conmigo. Ojalá os lo pueda devolver más pronto que tarde.

 

P.D. Dos reseñas sobre lo que ha ocurrido en este Fractal Poesía 5.0. Una de Antonio Rodríguez y otra de Andrés García Cerdán.

 

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