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BIOGRAFÍA

septiembre 18, 2013 Deja un comentario

biografia

 

NO

Aquí no volveré jamás. Aquí he sufrido.
Aquí he sufrido sin que nadie se beneficie.
Ese dolor fue una mortaja
que asfixiaba mis horas, mis semanas, mis meses
y pervertía mi corazón. No volveré.
Si a esos muros, si a esas imágenes
logra olvidarlas mi sereno rencor,
si ese fardo de sufrimiento estéril
se desprende algún día de mi memoria
todo eso morirá; deseo su muerte. Que desaparezca.
Nada creció, nadie creció, fue todo
contracción, pérdida, sarcasmo. Me voy.
Me alejo de esto para siempre.
Y no haré una elegía (este poema
ya ha degollado a la nostalgia):
y no haré una elegía, pues si sublimo
a ese dolor bastardo tendré que despreciarme.
Me voy de aquí, untando orgullo
en ese fracaso sin grandeza, aplico en él
una pomada de coraje. Perdí tiempo y sosiego,
tal vez salud; pero mi vida es mía.
Si existen sufrimientos que enriquecen
la vida propia o la de los otros, este no tuvo
esa coartada; fue un dolor ilegítimo,
conservarlo sería cobarde y vergonzoso:
la constancia merece algo más verdadero.
Muros, gestos, imágenes, meses de estepa,
quedáos ahí; yo me incorporo y me destierrro.
La renuncia a un dolor inútil es respeto
a la libertad. Adiós, barrotes,
me llevo la pasión de sol, os dejo uno que fui
y que en esta página ha muerto. Me llevo
lo que queda de mi alegría.
Si vuelvo alguna vez, que me escupan aquéllos
que viven y que mueren por algo.

 

 

 

RECUERDO DE INFANCIA

Hoy el periódico traía sangre igual que de costumbre
venía chorreando como la tráquea de un ternero sacrificado
he visto chotos cabras vacas durante su degüello
bajo el agujero del cuello una orza se va llenando de sangre
los animales se contraen en sacudidas cada vez más nimias
de pronto ya no respiran por la nariz ni por la boca
sino por la abertura que la navaja hizo en la tráquea
en la cual aparecen burbujas a cada nueva respiración
a menudo parece que están completamente muertos
y no obstante aún se agitan una o dos veces suavemente
ahora sus ojos ya no miran tienen como una niebla
un teloncillo de color indeterminado que recuerda al ceniza
entonces el carnicero se incorpora con las manos manchadas
y procede a desollar y trocear al animal cadáver
para después pesarlo venderlo en porciones hacer su negocio

hoy el periódico traía sangre lo mismo que otros días
acaso unos cuantos estertores más que de hábito
pero cómo saberlo hay países que no especifican
por ejemplo el departamento de estado no da las cifras de sus bajas
únicamente les agrega apellidos
bajas insignificantes bajas ligeras bajas moderadas

hoy el periódico traía sangre en volumen considerable
y mientras leo pacientemente civilizadamente el intento
de justificación de esos destrozos escrito de sutil manera
recuerdo vacas cabras chotos la gran orza en el suelo
y recuerdo imagino pienso que unos cuantos carniceros
continúan desollando troceando pesando en sus básculas
haciendo su negocio mediante esos pobres animales sacrificados.

 

 

 

ADOLESCENCIA

¿Para qué has vuelto? Se diría que tiene espinas el olvido. ¿No podías permanecer allá, te quemas? Se diría que el olvido te abrasa como una escarcha taciturna. ¿Cómo conseguiste escapar? ¿Tenía el olvido algún agujero, alguna pared débil que no supe prever? …Qué ilusión: se pasa uno la vida huyendo de quien ha sido alguna vez, huyendo de su imagen más triste, de su imagen más derrotada, y de pronto aquel derrotado atraviesa este páramo de años, y vuelve. Y estás aquí ante mí, mirándome con ese gesto inexperto y alucinado de suicida que no quiere morir. Diez años huyendo de ti: diez años. Y ahora vuelves y me saludas: créeme, es espantoso.

Te recuerdo muy bien. Ibas enfebrecido, como Mitia Karamazovi, pero con peor salud. Y no tenías dinero ni alegría. Nunca silbabas. Taponabas a tu desolación con grandes cuencos de aislamiento, metiendo pañuelos en el agujero para que la hemorragia de espanto no fuese advertida: pues eras orgulloso. Has caminado todas las calles de Madrid, todas las plazas, a todas las horas, tirando de tu desconcierto como de un fardo descosido. Te parecías a tus ideas, así como un aullido es semejante a un ramo de flores de muerto. Hermano, qué siniestra era tu poca esperanza. Deslizándote por los barrios, deseando las remotas mujeres, sin otro amigo que tu insomnio. Y eran las madrugadas como liegos baldíos, llenos de cardos mitológicos… ¡Y el lecho! El lecho era tu peor enemigo: en él te esperaban tu día huracanado, tu neurosis y el suicida que combatías, y además un silencio gelatinoso como un magma de monstruos: no cabíais todos en el lecho, te echaban tus horrorosas posesiones, salías de nuevo hacia la inhóspita ciudad. Chirriaba tu existencia en todo su engranaje, falto del dulce aceite de la felicidad.

¿Cómo te pude arrinconar? Nunca he sabido cómo logré salir de ti, igual que el fruto de un alumbramiento, entre sangres, y huirte, y alejarme a la distancia de diez años, y repirar hondo, olvidándote. Ya me ves: hoy tengo treinta años, tengo una compañera, una hija mía comienza a reunir frases, me despide desde la puerta, en argentino, chao. Ya lo ves, tuve suerte en mi profesión. Algo mejor: de algún modo logré ser lo suficiente fuerte como para amar mucho, sin cautela. Pues que no me estorbabas, pues que habías quedado rezagado en el pantano del pretérito, pude tener amantes, recorrer cuerpos de mujer, ser dichoso. Era amado, ¿comprendes?: yo tenía amor y amigos. Me escribían cartas, venían a verme, era recibido. Varias mujeres han querido vivir conmigo, y yo vivir con ellas. Vivir había llegado a ser una maravillosa venganza: contra ti, monstruo, hermano. Contra ti, derrotado, que ahora vienes con toda tu derrota, como la ola de una deuda antigua, y me miras con aquel silencio infeccioso.

¿Cómo pudiste regresar? ¿Para qué has vuelto? ¿Y por qué no te vas? ¿Es que no ves que me das miedo? No me absorbas ya, monstruo. Salí de ti: ¿por qué quieres ahora que me reintegre a tus entrañas? Me abrazas demasiado fuerte, monstruo, me ocultas. Vuelvo dentro de ti, maldito. Hermano, ten misericordia, devuélveme la libertad. Canalla, no me lleves contigo. No quiero, hijo de perra. No quiero, oh pobre criatura, ten por mí la piedad que yo tengo por ti. No me lleves, hermano, no me lleves contigo, canalla, no me lleves conmigo, no melleves, no me lleves, no me lleves, no me lleves.

 

 

 

CANAS

Se miraba una cana y le parecía un siglo.
Se pasaba una cana por la nariz y recibía un olor medieval.
Masticaba la cana y un sabor de selvático origen le corroía la dentadura.
Escupía la cana y le parecía haber asesinado varias naciones.
Pisaba el salivazo y de él subía una marcha fúnebre
que vastamente le lamía los pies.

Recorría con los pies encanecidos su pequeña baldosa de la avenida de los tiempos.
Sabía que muchas civilizaciones habían desaparecido sin dejar rastro;
y aquella ausencia lo mortificaba,
y aquella ausencia sepultaba su dignidad dentro de la vergüenza,
y aquella ausencia le resquebrajaba su calavera hereditaria.

Su calavera había producido ya una cana desde el esfuerzo de los siglos;
de muy lejos le llegaba ese brote blanco y lóbrego que tenía la venerabilidad de un barranco;
era un aviso que venía por entre las fisuras de la historia del mundo,
era el susto inmemorial de un niño ante el sepulcro del primer padre de la vida,
era el gemido de terror de adanes y evas que por primera vez se ahogaban en el fin de su edad,
era el resto de unos sexos ancianos que lloraron su impotencia en la puerta de la caverna,
era el estupor de un primitivo ante el cadáver del jefe de la horda.

Era una cerda de la horca que el inventor de la justicia erigió para defenderse de su horror al desorden,
era la cinta que ataba el manojo de las primeras religiones creadas para que los pueblos no enloquecieran ante el estertor de un vecino,
era la punzada de espanto que hacía posible la enajenación del crimen y la del sacrificio,
era una hilacha de la túnica de los Borgia, un pelo de las melenas de la Inquisición,
el disolvente que confundía dentro de la especie el pavor y el dominio,
el asesino de su hermano el amor, la guillotina del futuro, el espejo de la ruina.

Y ahora, empujada por la energía de hombres muertos por sí y matados por otros,
empujada por dos constelaciones de milenios, las manos de la edad,
empujada por un temblor de cráneos transformados en polvo de praderas,
empujada por el malestar de los desvanes que soportan el silencio de las fotografías en los baúles,
empujada por toda esa soberbia, como el fuego empuja en los bosques hasta donde su señorío decide concluir,
y empujada por el hambre augusta de la tierra que espera,
y, aún, empujada por el hijo que crece con cólera y dominio,

así, de tanto origen y de tanto mandato, brota esa cana, blanca,
vestida de una inocencia insoportable,
dueña de una belleza que calumnia a la especie, de una debilidad que es un embuste y una infamia,

pero que trae también una tortuosa caricia de silencio y un sobresalto salvaje de reposo.

 

 

 

NOCTURNO

Sin entusiasmo, ni ambición, ni cólera,
sólo el deber, socorrido con cigarrillos,
ayuda hoy al encanecido poeta a proseguir la redacción
de un libro contra la calumnia.

Es invierno, y un viento
cuya maldad parece taciturna y desilusionada
silba en la esquina una sonata en donde los siglos
se precipitan lentamente, apagándose.

Estos infelices canallas que emborronan la vida
desde el origen de las comunidades
merecerían, piensa, un cronista más joven,
más imapciente: con fe en el exterminio
de la separación y de la iniquidad.

Pero, ay, los siglos acuden al agujero del invierno
como hojas descosidas; mi juventud susurra
más aterida en cada anochecer
y la calumnia es inmortal, y sólo
deja de florecer para empezar a germinar
hacia un nuevo florecimiento. Es, pues, inútil.

Inicia parsimonioso una página más,
prende otro cigarrillo, cubre con una manta
sus hombros, y continúa sentado
ante su mesa de trabajo, embebido,
y oyendo vagamente el rumor
del viento, de la noche, de los siglos, de los calumniadores.

 

 

 

Grande, Félix. Biografía. Poesía completa (1958-1984). Barcelona; Ed. Anthropos, 1989.

 

WENDY

Mamen Piqueras - Gaya

 

El martes acudíamos al Museo Ramón Gaya para disfrutar de la lectura que dió Carmen Piqueras. Y es que el primer martes de cada mes, el Museo Ramón Gaya ofrece un recital en el que participan algunos de los más grandes poetas de esta región. El martes, Carmen Piqueras, que se dio a conocer públicamente cuando obtuvo el primer premio en la primera convocatoria del Premio de Poesía Dionisía García – Universidad de Murcia, nos emocionó, hizo que nos riéramos y nos regaló una dosis maravillosa de poesía inédita. Además, entre toda la gente que asistió al recital, pudimos volver a encontrarnos con poetas de la talla de Sebastián Mondéjar, Ginés Aniorte, José Antonio Martínez Muñoz, Ángel Paniagua, Antonio Durá o los chicos de Seconal.

 

Lectura

 

Aquí les regalo uno de esos poemas inéditos en forma de libro, pero que Cris y yo tuvimos la suerte de publicarle en el número 3 de la revista Hache (la revista que Cris y yo editábamos antes que la “crisis” arrasara con casi todo lo relacionado con Cultura en este país).

 

Gorilas marrones en los pies, áspero el uniforme
azul en la cintura y el sabor a almendras que tiene
la soledad cuando son tus cinco años,
sometidos al terror de la campana.

Entrabas despacito en la capilla, desviando la mirada del enorme
Sagrado Corazón que presidía y acusaba de no sé qué
primer pecado, primera intuición del mal del mundo.

Os contaron que aquella tarde visitabais el Sagrario, que allí
vivía Jesús, el mismo Dios y comprendiste
la posibilidad de caerle bien y proponerle
que te salvara del colegio y de las monjas,
del patio, del terror de que nadie
te estuviera esperando a la salida.

Luego te dijeron
algo sobre el libre albedrío.

 

 

Y éste es el poema manuscrito inédito que todos los que asistimos al recital nos pudimos llevar a casa.

 

Nocturno

 

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