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Posts Tagged ‘miguel hernández’

[LA POESÍA “COMO UN ARMA”]

Nuestra bandera

 

 

[La poesía “como un arma”]
Nuestra bandera nº 40
22 de agosto de 1937

 

xxNací en Orihuela hace veintiséis años. He tenido una experiencia del campo y sus trabajos, penosa, dura, como la necesita cada hombre, cuidando cabras y cortando a golpes de hacha olmos y chopos, me he defendido del hambre, de los amos, de las lluvias y de estos veranos levantinos, inhumanos, de ardientes. La poesía es en mí una necesidad y escribo porque no encuentro remedio para no escribir. La sentí, como sentí mi condición de hombre, y como hombre la conllevo, procurando a cada paso dignificarme a través de sus martillerazos.
xxMe he metido con toda ella dentro de esta tremenda España popular, de la que no sé si he salido nunca. En la guerra, la esgrimo como un arma, y en la paz será un arma también aunque reposada.
xxVivo para exaltar los valores puros del pueblo, y a su lado estoy tan dispuesto a vivir como a morir.

 

 

 

Hernández, Miguel. Crónicas de la guerra civil. Barcelona; Ed. Sol 90, 2009.

 

EL HOGAR DESTRUIDO

El hogar destruido

 

El hogar destruido
Frente Sur nº 8
15 de abril de 1937

 

xxEntre tu esposo y tú, compañera, amasasteis con sudor y sangre el yeso de las paredes de tu hogar. Entre tu esposo y tú, en las mejores horas robadas al sueño después de las largas jornadas de trabajo, fortalecisteis con piedras cimientos y umbrales. Vuestros cuerpos pulieron con su planta el portal y por las habitaciones respirasteis el aire íntimo y querido de vuestra historia de casados. Era un hogar abrazado a vuestra piel como una piel mayor, conyugal, adornada de techos y lámparas, con los balcones ahogados en flores. Vuestro hijo redoblaba la alegría de la vida sencilla, iluminando las penumbras y las sombras de los días con su niñez.
xx¿Qué pasó? El fascismo. El hogar quedó arrasado bajo el bombardeo, mi compañera contempla la ruina, desde lo que ha sido el umbral, de lo que fue su casa, el estupor le hace llevar un puño a la boca, y sus ojos se golpean desiertos contra las piedras, y se pasean por el hogar desolado como por una gran ciudad hermosa y derrumbada. todo ha sido víctima de la metralla. Dan ganas de decir: ¿qué han hecho las inocentes sillas, las mesas inocentes para que se las atropelle de este modo? No existen habitaciones donde se amó mi compañera con su esposo, y sobre un trozo de pared que queda se ven grabadas las entrañas de su hijo. El esposo duerme a pedazos bajo el armario caído, que ha vomitado en su caída fotografías, encajes, ropas olvidadas. El verderón que alejaba el silencio de las conversaciones y las siestas, ametrallado en su jaula, clava a quien le mira unos ojos horrorizados, inmóvilmente ingenuos, y la violencia muerta ha vuelto pálido su plumaje. un colchón se desangra generoso bajo los cascos ruinosos del yeso seco… Mi compañera lo ve todo como si lo hubieran destrozado contra su cabeza: siente arder, quemar, agonizar cada mueble roto en su alma. Y los restos de su hogar reciben un llanto desesperado.

 

 

 

Hernández, Miguel. Crónicas de la guerra civil. Barcelona; Ed. Sol 90, 2009.

 

LOS EVADIDOS DEL INFIERNO FASCISTA

Frente Sur

 

Los evadidos del infierno fascista
Frente Sur nº 3
28 de marzo de 1937

 

xxEl 4º batallón de la Brigada opera en uno de los frentes andaluces. Lo componen hombres de Extremadura en su mayoría.
xxAndamos bajo una lluvia apenas perceptible. A la boca de un nido cubierto de ametralladoras veo extrañado un cencerro que pende de una cuerda y tiene el badajo atado a otra. No puedo menos de reír. Dicen que los centinelas lo hacen sonar para despertar, en el momento preciso, a los hombres que se ocupan del funcionamiento de la máquina cantora, casi cacareante. Oselito advierte que en cuanto Queipo de Llano oiga este cencerro vendrá a la querencia boyunamente.
xxDel lado de las trincheras viene una canción:

xxxxxxxxxxxxxxxEste bravo batallón
xxxxxxxxxxxxxxxel pecho tiene de acero,
xxxxxxxxxxxxxxxporque todo se compone
xxxxxxxxxxxxxxxde andaluces y extremeños.

xxLa primera compañía de este batallón de extremeños da constantes pruebas de audacia. No hace mucho tiempo ocupó unas importantes posiciones del enemigo en un expuesto avance, volando sus hombres una ametralladora con bombas de mano.

Los evadidos
La presencia de un evadido siempre produce en nuestras filas y en nuestro sentimiento una emoción y una admiración grandes. Nadie se harta de elogiar su audacia y su consciencia. Por conscientes, son los soldados más disciplinados y seguros. Por lo que han sufrido bajo la botaza de los generales facciosos, por los crímenes que han presenciado, son los más incansables en la pelea, son los primeros en los ataques, son los que no sienten ni temen las heridas que puedan llevar sobre su carne, porque llevan varias heridas dentro de los huesos apaleados.
xxMe acerco a cuatro evadidos con paso emocionado. Uno de ellos es de Écija, dos de Coria del Río y el otro de Badajoz.
xxAl de Écija le sorprendió en su pueblo el movimiento y se salió al campo, donde permaneció oculto cinco meses. Comía trigo crudo, lo que alcanzaba al árbol y a la tierra, cuando no podía acercarse a los cortijos a pedir por la sangrienta vigilancia de los de Falange. Llegó el invierno y, forzado a ello, por hambre, hubo de presentarse a los fascistas, que lo obligaron a coger un fusil. Estuvo en Sevilla diez días y sólo vio italianos y alemanes.
xx“Y en los barrios populosos ‒dice‒ vi mujeres solas de luto y hambrientas, que se prostituían por desesperación.”
xxHabla de los mil doscientos mineros y las treinta mujeres de Ríotinto, fusilados en Llerena, después de ser engañados por los fascistas, que les hicieron creer iban a tomar Sevilla. Cuenta indignado cómo, de entre las treinta mujeres, escogieron a las más jóvenes y las violentaron antes de asesinarlas. Luego explica el mal trato que reciben los soldados del Ejército faccioso y del ansia de pasarse a nuestras filas de infinidad de ellos; cree que muchos no se evaden por temor al fracaso. Además, los esbirros de Queipo propagan que los rojos los fusilaríamos y que la paga que recibimos es un papel blanco sellado.

El alcalde que cobraba las vidas
Los dos de Coria del Río dicen que han matado a más de mil obreros en este pueblo y que el alcalde, después de cobrar grandes cantidades de dinero con la promesa de no matar al que se las entregara, sometió a la última pena a muchos ciudadanos que no habían actuado en política jamás y que le entregaban sus ahorros ingenuamente.
xxEl evadido de Badajoz es un muchacho de veinte años. Escapó perseguido por la caballería de los fascistas, que le obligaron a internarse en las sierras extremeñas, donde, según su relato, hay todavía numerosos campesinos resitiéndose a entregarse al enemigo y alimentándose con hierbas, raíces y alimañas. Se le ve obsesionado por salvar a la juventud que reprime sus gritos de libertad bajo la tiranía burguesa, impedidos de todo movimiento y acción. Advierte cómo aquellos jóvenes aguardan el día de su liberación y cómo ocultan enormes listas con los nombres de los asesinos de sus compañeros. Por su boca conocemos la angustiosa situación, la gran tragedia de tantos hombres obligados a enfrentarse con sus mismos hermanos, que aguardan que se acerque nuestro ejército a los pueblos llenos de ansiedad. Pasan de noventa mil los trabajadores asesinados en la provincia de Badajoz: sólo en la capital han sido fusilados más de veinte mil. Casi todos cayeron con el puño levantado y en la boca un ¡viva! al pueblo libre. Estoy frente a los cuatro evadidos, entre una multitud de soldados extremeños, y Velasco se vuelve a ellos con los ojos disparados y grita:
xx‒¡Quizá muchos de los asesinados son padres, hermanos vuestros! Los que quedan vivos me recomendaron que os trajera un saludo si conseguía llegar vivo hasta vosotros, y que no los olvidéis. ¡Pronto! Venzamos al enemigo en Andalucía y marchemos sobre la región que nos ha criado, a matar a los asesinos de nuestras familias.
xxEn la voz de Velasco se reflejaba la ira, su corazón emocionado y la ansiedad mortal de los trabajadores que, en los pueblos ocupados por el fascismo, siguen, encarcelados o escondidos, los movimientos de esta guerra.

 

 

 

Hernández, Miguel. Crónicas de la guerra civil. Barcelona; Ed. Sol 90, 2009.

 

HOMBRES DE LA PRIMERA BRIGADA MÓVIL DE CHOQUE

Miguel Hernández

 

Hombres de la Primera Brigada Móvil de Choque
Ayuda, portavoz de la solidaridad nº 39
23 de enero de 1937

 

“El Campesino”
El Campesino, cabeza principal de la Brigada, lleva en su vida una larga historia de hombre de combate. Varón de Extremadura, se levanta contra el cielo ensangrentado de la guerra como un bloque viril y puro. Lo veo como un herrero forjador de temples heroicos, victorias, verdades y justicia. Su presencia da fortaleza y su aliento austero derriba como un huracán las debilidades y los robles que se le ponen por delante. A cada nueva ocasión da nuevas pruebas de sus inmensas capacidades de mando y de organización. Es uno de los dirigentes y defensores más apasionados del pueblo. Lleva muchas heridas por dentro, y no repara en las que las balas le cuelgan sobre su piel blindada. En los momentos difíciles, cuando el ánimo de los combatientes desfallece, surge el Campesino con una voz emocionada y rotunda, una bomba y una pistola y una cara de comerse el mundo sobre las trincheras, y los fusiles marchitos recobran su gallardía fiera, y los movimientos contra el enemigo tienen efectos mortales y victoriosos. Apenas duerme; come con una mano y dispara con la otra; truena y relampaguea contra los cobardes, los retrasados y los bribones. Tiene una palabra que quema, unos ojos que petrifican y una barba revuelta y negra que mete para convencer en todas las bocas y que es el terror de moros y alemanes. A su alrededor, contagiados de su fortaleza, su valor y su fe en la victoria del pueblo se mueven cerca de dos millares de hombres, y van y avanzan donde él ordena y les llena de orgullo caer a su lado heridos o muertos. Uno de ellos ha llegado a gritar con la boca destrozada por una bala explosiva, a punto de callarse para siempre: ¡Viva el Campesino!

José Aliaga
Es de Cartagena este capitán de la Brigada. Su oficio se lo dio el agua: era marino. Acaba de sufrir una herida en los alrededores de Madrid. Se hallaba en su Compañía como reserva en la retaguardia de un frente. El combate era reñidísimo y el enemigo presionaba furiosamente. Aliaga aguardaba impaciente la orden de situarse en primera línea. Pero la orden no llegaba: los facciosos conseguían abrir brecha en un lado de nuestras trincheras y cuatro tanques suyos avanzaban hacia ellas. Aliaga vio en peligro la vida de más de cien hombres nuestros. Se lanzó en plena tempestad de fuego; salta de las zanjas cantando La Internacional y con una bomba en la mano. Un grupo de hombres canta con él, y un sargento de la Compañía, Cándido Pérez, le acompaña y cae con la carne llena de agujeros. Aliaga lo sostiene en su caída; sigue enardecido y emocionado hacia los tanques, cuyas ametralladoras le buscan con fiereza. Se siente herido en un muslo; contiene la sangre, que invade su pantalón verde de soldado; no cesa de cantar; se arrastra junto a uno de los tanques y arroja la bomba contra sus ruedas de engranaje, que se detiene. Los otros tres retroceden ante su vista, que nubla la alegría. Recoge un trozo de hierro del tanque inutilizado y lo agita victoriosamente. Cuando pasa ante el Campesino traído en una camilla se incorpora y le grita orgulloso y alegre:
xx¡No soy un marino de agua dulce, como tú me has llamado siempre! ¡Soy un marino de Cronstadt! ¡Soy hijo tuyo, Valentín!
xxHa hecho que el médico le dé el alta antes de tiempo. No ha estado ni cuatro días en el hospital. Nos abrazamos fuertemente. Recordamos la tierra en que hemos nacido los dos. Recuerda la muerte de Cándido Pérez.
xx¡Ha muerto como se debe morir! ‒exclama.
xxY al recordar nuestras respectivas familias, dice.
xxCuando salí de Cartagena, me metí a mi madre en este bolsillo, a mi padre en éste, y a mis hermanos en éstos.
xxY se lleva las manos a los bolsillos del pantalón y la guerrera.
xxOtra vez está en las trincheras, con la herida fresca todavía pero con sus veintidós años secos y decididos. Ahora ya manda un Batallón.

“Chocolate”
Conduce el coche del Campesino, y le irrita la lentitud. No le gusta que le llamen Chocolate, y por eso lo llamamos por ese nombre. Lleva escrita en la frente la palabra “audacia”, y siempre anda con los labios revueltos de malhumor. Insulta a todos los conductores que encuentra por las carreteras. Los facciosos le han tenido varias veces cerca de sus uñas. Pero Chocolate se da tal maña en esquivar el bulto del coche, con el del Campesino y el suyo propio, que los rebeldes quedan siempre corridos y asombrados de su intrepidez.
xxEl otro día se perdieron Valentín y Chocolate en los campos de acción. Los ojos de éste descubrieron un grupo de soldados y hacia él dirigió el coche. Cuál no sería la sorpresa de ambos al acercarse y ver que los del grupo eran fascistas que les aguardaban con los fusiles echados a a cara. Chocolate, sin destemplarse ni mucho menos, dio la vuelta al volante, saltó por una loma, subió a otra, y cuando el enemigo hizo fuego, las balas ya no pudieron alcanzar otra cosa que aire y tierra.
xx(Otro intrépido conductor es manolo, sin apodo conocido hasta la fecha. Ha llegado a cruzar un trozo de carretera custodiada por moritos en acecho y ha salido indemne y sonriendo del trance, por lo que muchos nos vamos afirmando en la creencia de que él y su coche son invulnerables.)

Rosario y Felisa
Entre la docena de mujeres (alguna más hay) que lleva la Brigada en sus filas,  sobresalen Rosario y Felisa. Las dos son muchachas de dieciocho años; aquélla morena de ojos negros y ésta morena de ojos transparentes. Rosario tiene un temperamento fogoso que ha desahogado en el Guadarrama haciendo bombas y arrojándolas al enemigo. La avergüenza que muchas mujeres vayan a presumir y a mujerear a las trincheras. La dinamita le ha comido la mano derecha, y ella dice que aún tiene la izquierda para seguir haciendo bombas, tarea que aprendió de un minero asturiano, ya muerto por el pueblo en los barrancos de la sierra. No puede estar quieta, inactiva. Es más útil con la sola mano que le queda que muchos hombres con dos y con fusil. Se pelea con el Campesino porque no la deja acercarse a las trincheras, donde ella quisiera estar metida a todas horas.
xx‒¡Me da una rabia no ser hombre! ‒me ha dicho con la sinceridad de campesina pura. Y la he visto más mujer que nunca.
xxFelisa habla poco. Trabaja mucho y siempre parece andar envuelta en el resplandor del agua mediterránea de sus largos ojos. Va a todas partes con su máquina de escribir en la mano y no interrumpe su escritura, ni las bombas que la rodean de continuo ni los obuses que entran de cuando en cuando hasta la habitación en que imprime las palabras del Campesino, que le dicta entredormido, después de duros y prolongados combates. Cuando Felisa acaba su trabajo, son las dos y las tres de la madrugada. Entonces se duerme sobre su silla de trabajo y se la oye menos despierta. Lo único ruidoso en ella es su máquina. Pero, a pesar de todo, parece andar descalza y hablar con una lengua de lana dulce.

Candón
Vino de Cuba, donde nació, como el malogrado Pablo de la Torriente. Su voz es más recia que su cuerpo, y su cuerpo no es delgado, sino bastante nutrido. Es el comandante de uno de los batallones de la Brigada, y trata con una seriedad y una atención ejemplares a su gente, que su gente pelea a sus órdenes llena de confianza. Esta confianza se ha traducido en victoria en diferentes ocasiones. Se ve en él al hombre curtido en la lucha y avezado a ella. Saca grandes lecciones de cada combate. Hace malograr muchos estudiados ataques del enemigo, pues siempre está a la observación de los menores movimientos de éste. Lo que más echa de menos es el clima de Cuba, y el invierno cortante y penetrante de Castilla encoge un tanto su figura y le lleva a buscar lumbre por todos los rincones de las comandancias transitorias que ocupa. Alteran un poco su fisionomía tropical los más graves o los más felices acontecimientos. Es, de los hombres serenos, uno. Por eso sus explosiones son terribles de violentas.

Manuel Moral
Otro conductor como Chocolate. Tiene una lengua lírica de pájaro. Ha recibido en otros tiempos rudas palizas de la Guardia Civil de su pueblo de Jaén. Uno de los guardias le malquería grandemente y a todas horas hallaba motivos para apalearlo y hacerle la vida imposible.
xx¡Las malas noches que me hacía pasar el cabrón! ‒me ha comentado.
xxEn cuanto pudo, que fue al iniciarse el movimiento fascista, acabó con la mala hierba del tal. Y rodando, rodando, dio con el Campesino. Lleva su coche como un potro andaluz, y lo limpia y lo cuida como si fuera de pelo. Va a todas partes cantando, con un chorro de pelo sobre la frente. Antonio Aparicio y yo nos reímos oyendo su palabra llena de gráfica gracia. Suenan o estallan las bombas enemigas a nuestro alrededor alguna vez, y ni él interrumpe sus coplas y su ingenio ni nosotros nuestra risa. El otro día nos encontramos sin caminos que llevaran adonde íbamos y Manuel, sin detener el coche, siguió rodando a campo perdido y dijo:
xx¡Las carreteras parten de mi alma! ‒Y volvió a sus coplas de costumbre.

 

 

 

Hernández, Miguel. Crónicas de la guerra civil. Barcelona; Ed. Sol 90, 2009.

 

COMPAÑERA DE NUESTROS DÍAS

Miguel Hernández

 

Compañera de nuestros días
Frente Sur nº1
21 de marzo de 1937

 

Imagen de tierra
La compañera de los días del hombre ha llevado en España una vida humillada, animal, apaleada, moribunda. Me refiero a la mujer nacida encima del jergón pobre del pueblo, en el rincón ceniciento de la aldea, sobre la misma extensión del campo. Áspera y triste de carne desde su nacimiento, como si fuera la obra cansada de un arado secular y una besana rendida, la campesina española aparece ante mí con su imagen de tierra y de encina escuálida, con su silencio expresivo, con sus ojos de abatimiento, por los que su alma avanza llena de llanto íntimo, de dolor encarcelado. No es una mujer: es una corteza que se apoya en unos pies duros, que suben por un vientre donde los partos dejan huellas de torrente, que se derriba en unos pechos sin lozanía, cabizbajos desde la adolescencia, marchitos y requemados desde que comenzaran a ser pechos. El sol, el hambre, la pena, el trabajo, han mordido las facciones y proporciones de esta mujer que pudo ser bella y que resulta terriblemente hermosa bajo el arco de su pañuelo. Tengo muchos motivos para pegar martillazos contra los culpables de la tristeza de las campesinas de España: mi madre ha sido, es, una de las víctimas del régimen esclavizador de la criatura femenina. Enferma, agotada, empequeñecida por los grandes trabajos, las grandes privaciones y las injusticias grandes, ella me hace exigir y procurar con todas mis fuerzas una justicia, una alegría, una nueva vida para la mujer.

Con el sudor de su frente
Creció sobre la tierra con dificultad de rama pobre de savia,y la abundancia de hijos de su madre y la escasez de pan pesaron pronto sobre sus brazos de chiquilla hambrienta. Desgastó las losas de su casa fregándolas arrodillada en sus ocho, diez, doce años; perdió pelo en las palizas que recibía de su madre si no fregaba con el esmero que le exigía, y lloró dentro de muchos inviernos de frío lavando la ropa de sus hermanos al agua de nieve que hay en todos los arroyos a las cuatro de la mañana. Recuerdo a mis hermanas cuando escribo estas palabras, y recuerdo a todas las hermanas de los pobres. Yo he visto sangrar manos queridas sobre las piedras donde las sábanas habían de recobrar la blancura perdida en el transcurso de los sueños del hombre que trabaja, suda y lleva a la cama restos de barbecho, polvo de camino, trozos de madera combatida por los hachazos, resina, semilla. A los catorce años, la chiquilla ganaba un jornal humillante recogiendo aceituna, espigando rastrojos, trillando centeno, cogiendo la fruta de los huertos de los señores amos.
Luego, ya de mayor, vinieron labores más rudas y deshonrosas para su cuerpo: empuñó la hoz y la esteva como el hombre y si sus huesos y su carne, a pesar de las agotadoras faenas se resistían a la deformación, no se masculinizaban, se alzaban prodigiosamente bellos, femeninos, eran presa forzosa del rico que poseía la tierra de su padre.

Indignante situación
A fuerza de respirar una atmósfera brutal, la campesina se hizo a vivir con ella con resignación, y el palo el salivazo, todo cuanto la humillaba y envilecía, llegó a parecerle cosa de irremediable origen. Así llega hasta nosotros, con una mentalidad rendida, sin horizontes, y con sus manos varoniles, encallecidas, que se ve que son de mujer cuando cogen al hijo entre sus dedos y lo acarician: entonces, debajo de las arrugas, la obscuridad que les dio el sol y los callos, se transparentas delicadezas, rasgos, gestos que sólo a unas manos maternas corresponde. Llega hasta nosotros, y parece fatigada, sin ganas de hacer otra cosa que tomar compañero, parir y resistir sobre sus espaldas las indignas cargas que se le han ido echando durante varios siglos.

Luchamos porque sea otra
Es preciso conmoverla en los más hondo con el ademán más noble. Es preciso encauzar esa fe religiosa que la domina, y que es el afán de su corazón terrestre vuelto al cielo por habérsele negado en la tierra su expansión amorosa. Al hombre de este tiempo corresponde sacar el generoso cuerpo, acostumbrado a la esclavitud, a la libertad sana y a la claridad de la alegría. Los hijos brotados de las entrañas de esta mujer luchan, sueñan, mueren y viven para ello y para las demás pasiones populares en los páramos de Castilla, en las piedras de Extremadura, en los olivos de Andalucía y en las montañas mineras de Asturias. Obra de esta mujer son nuestros soldados reivindicativos, y ella es la que siente la inmensidad y el peso doloroso y glorioso de sus muertes y de sus vidas. Ella es la que reviste de luto hasta el último rincón de su corazón y su casa, y nosotros somos los que plantaremos en ellos un resplandor alegre de victorias. Nuestras madres, nuestras novias, nuestras mujeres han de venir pronto hacia nosotros detrás de la risa, por una avenida de trigales, ante un firmamento despejado de pólvora, con rastrillos relucientes al hombro.

 

 

 

Hernández, Miguel. Crónicas de la guerra civil. Barcelona; Ed. Sol 90, 2009.

 

MIGUEL HERNÁNDEZ

Miguel Hernández

 

Después de lo de ayer no podía por menos que volver a leer a Miguel Hernández. Y aquí tienen algunos de los poemas suyos que creo que me acompañarán siempre y que los descubrí, como muchos otros, gracias a Joan Manuel Serrat.

 

COPLA

La cantidad de mundos
que con los ojos abres,
que cierras con los brazos.
La cantidad de mundos
que con los ojos cierras,
que con los brazos abres.

 

 

 

UMBRÍO POR LA PENA

Umbrío por la pena, casi bruno,
porque la pena tizna cuando estalla,
donde yo no me hallo, no se halla
hombre más apenado que ninguno.

Pena con pena y pena desayuno,
pena es mi paz y pena mi batalla,
perro que ni me deja ni se calla,
siempre a su dueño fiel, pero importuno.

Cardos, penas me oponen su corona,
cardos, penas me azuzan sus leopardos
y no me dejan bueno hueso alguno.

No podrá con la pena mi persona
circundada de penas y de cardos:
¡cuánto penar para morirse uno!

 

 

 

TENGO ESTOS HUESOS HECHOS A LAS PENAS

Tengo estos huesos hechos a las penas
y a las cavilaciones estas sienes:
pena que vas, cavilación que vienes
como el mar de la playa a las arenas.

Como el mar de la playa a las arenas,
voy en este naufragio de vaivenes,
por una noche oscura de sartenes
redondas, pobres, tristes y morenas.

Nadie me salvará de este naufragio
si no es tu amor, la tabla que procuro,
si no tu voz, el norte que pretendo.

Eludiendo por eso el mal presagio
de que ni en ti siquiera habré seguro,
voy entre pena y pena sonriendo.

 

 

 

LLEGÓ CON TRES HERIDAS

Llegó con tres heridas:
la del amor,
la de la muerte,
la de la vida.

Con tres heridas viene:
la de la vida,
la del amor,
la de la muerte.

Con tres heridas yo:
la de la vida,
la de la muerte,
la del amor.

 

 

 

MENOS TU VIENTRE

Menos tu vientre
todo es confuso.

Menos tu vientre
todo es futuro
fugaz, pasado,
baldío, turbio.

Menos tu vientre
todo es oculto,
menos tu vientre
todo inseguro,
todo postrero,
polvo sin mundo.

Menos tu vientre
todo es oscuro
menos tu vientre
claro y profundo.
 

 

 

CANCIÓN ÚLTIMA

Pintada, no vacía:
pintada está mi casa
del color de las grandes
pasiones y desgracias.

Regresará del llanto
adonde fue llevada
con su desierta mesa
con su ruidosa cama.

Florecerán los besos
sobre las almohadas.
Y en torno de los cuerpos
elevará la sábana
su intensa enredadera
nocturna, perfumada.

El odio se amortigua
detrás de la ventana.

Será la garra suave.

Dejadme la esperanza.

 

 

 

 

Y aquí, algunas versiones de Serrat de los poemas:

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hernández, Miguel. Poesía. México; Editores Mexicanos Unidos, 1992.

 

LOS COBARDES

Mientras repasaba mi biblioteca me he puesto a echarle un vistazo a ‘Viento del pueblo’ de Miguel Hernández y me he encontrado con esta joya.

 

Viento del pueblo

 

LOS COBARDES

Hombres veo que de hombres
sólo tienen, sólo gastan
el parecer y el cigarro,
el pantalón y la barba.

En el corazón son liebres,
gallinas en las entrañas,
galgos de rápido vientre,
que en épocas de paz ladran
y en épocas de cañones
desaparecen del mapa.

Estos hombres, estas liebres,
comisarios de la alarma,
cuando escuchan a cien leguas
el estruendo de las balas,
con singular heroísmo
a la carrera se lanzan,
se les alborota el ano,
el pelo se les espanta.
Valientemente se esconden,
gallardamente se escapan
del campo de los peligros
estas fugitivas cacas,
que me duelen hace tiempo
en los cojones del alma.

¿Dónde iréis que no vayáis
a la muerte, liebres pálidas,
podencos de poca fe
y de demasiadas patas?
¿No os avergüenza mirar
en tanto lugar de España
a tanta mujer serena
bajo tantas amenazas?
Un tiro por cada diente
vuestra existencia reclama,
cobardes de piel cobarde
y de corazón de caña.
Tembláis como poseídos
de todo un siglo de escarcha
y vais del sol a la sombra
llenos de desconfianza.
Halláis los sótanos poco
defendidos por las casas.

Vuestro miedo exige al mundo
batallones de murallas,
barreras de plomo a orillas
de precipicios y zanjas
para vuestra pobre vida,
mezquina de sangre y ansias.
No os basta estar defendidos
por lluvias de sangre hidalga,
que no cesa de caer,
generosamente cálida,
un día tras otro día
a la gleba castellana.
No sentís el llamamiento
de las vidas derramadas.
Para salvar vuestra piel
las madrigueras no os bastan,
no os bastan los agujeros,
ni los retretes, ni nada.
Huís y huís, dando al pueblo,
mientras bebéis la distancia,
motivos para mataros
por las corridas espaldas.

Solo se quedan los hombres
al calor de las batallas,
y vosotros lejos de ellas,
queréis ocultar la infamia,
pero el color de cobardes
no se os irá de la cara.

Ocupad los tristes puestos
de la triste telaraña.
Sustituid a la escoba,
y barred con vuestras nalgas
la mierda que vais dejando
donde colocáis la planta.

 

 

 

Hernández, Miguel. Viento del pueblo. Madrid; Ed. Cátedra, 2008.

 

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