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Posts Tagged ‘marta sanz’

TODO SUENA

Amigas 5

 

EN presencia de otros,
siempre,
preferiría
estar
desnuda.

 

 

 

 

EL ir y venir
del líquido interior.
El trasiego del agua.
Y del flujo.

Todo suena
mientras se está amando.
O se fornica.

 

 

 

Sanz, Marta. Vintage. Madrid; Bartleby editores, 2013.

 

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CÍNGULO Y ESTRELLA

Marta Sanz 'Cíngulo y estrella'

 

DEBERÍAS contarme
muchísimos más
cuentos
antes de dormir.

Recortes del periódico,
datos científicos,
relatos pornográficos,
confesiones,
cazuelita cuece,
intentos minúsculos
de la autobiografía.

Qué te daba tu madre para merendar.
Pensamientos impuros.
Pecados escolares.

Deberías enseñarme fotos viejas.

 

 

 

 

PERO dices que tu memoria es débil.
Pero dices que nada recuerdas hasta los quince años.
Pero dices que tienes una fecha borrada por efecto del alcohol y las pastillas.
Pero dices que tu vida empieza justo en el momento en que yo entré allí para quedarme.

Es muy posible
que tengas razón.

 

 

 

 

ME gusta que otras mujeres
te encuentren atractivo.
Que te crean
un claro cascabel.

Guardarles el secreto
de tus escoceduras.

El último repliegue
de un animal
muy triste
que solo conozco yo.

 

 

 

 

CON los años parece
que hubiésemos brotado
de la misma bolsa.
Gemelar.
Nido de cuco.

La misma temperatura
del líquido amniótico.

La postura perfecta
para no molestarse.

Y para darse calor.

 

 

 

 

NO se puede hablar
del amor
en abstracto.

Quintaesencia cubista.
Destilación de la cebada
en un castillo escocés.
Santa hostia
entre algodones de azúcar
dentro del sagrario
de una catedral.

El amor solo tiene sentido
entre las cacerolas.

Dentro de las sílabas.

Plumero,
claro de luna
y factura de la luz.

 

 

 

 

CURIOSO, nervioso, tierno.
Con un punto de soberbia
que crece con los años:

A medida
que te haces más hombre
y yo me siento
cada vez
más Campanilla.

 

 

 

Sanz, Marta. Cíngulo y estrella. Cancionero. Madrid; Bartleby editores, 2015.

 

VINTAGE

Marta Sanz 'Vintage'

 

EL poema es un espacio.
Mide cinco por tres centímetros.
Es un piso de protección oficial.

 

 

 

 

SE puede exagerar
ahorrando las palabras.

Estamos en crisis.

 

 

 

 

LA memoria
es
un hilo
frío.

El borde
de una hoja
de papel
que me rasga
las yemas
de los dedos.

 

 

 

 

HE perdido
la capacidad para percibir lo viejo.

No sé
si me puedo poner
esta camisa
‒malva,
añil,
gris‒
color de la nieve que cae
y se ensucia
al rozar
la carbonilla del aire.

Hoy
ya
no sé
cuál es su color.

Tendría que llevar la ropa vieja
al contenedor amarillo.

Y vaciar el armario.
Tirar cosas.

 

 

 

 

TENEMOS
ya más
de cuarenta años
y podríamos
decir
una vulgaridad
portentosa:
aún
ignoramos
quién
nos espera
al fondo del espejo.

 

 

 

 

HACE años
yo pensaba
que crecer
era decrecer.

Gastar:
el egoísmo,
el valor.

Pero crecer
es ‒tan solo‒
quedarse quieto.

No jugar más
a arrojar la pelotita
contra el muro.

No correr ni gritar
alrededor del patio
hasta que
el corazón
se te sale
por la boca.

Quedarse quieto.

Pasar inadvertido
ante los ojos
de la muerte.

 

 

 

 

SÓLO me interesan
las manchas negras del espejo,
la enfermedad de los cristales,
lo que hay detrás.

Ejerzo mi derecho a contar historias
de persona mayor.

Por fortuna,
voy cumpliendo años.

 

 

 

 

DEL muro brota,
como una humedad,
la antigua fachada
de una taberna
que ya no existe.

El lugar
donde libé
trescientas treinta y tres
jarras
de cerveza rubia.

Me he quedado mirando fijamente
porque tengo la sensación de que me oigo reír
dentro del muro.

Aunque en aquellos tiempos
‒es la verdad‒
yo me reía
muy,
muy poco.

Miro ese muro
y, de sus junturas,
nacen
polinizadas flores,
yo misma
en la extática visión
de mis veinte años,
el modo en que me recuerdo
y hablo de mí,
el modo en que soy
y me perpetúo,
mujer sin amasar,
mujer precaria,
campanilla,
un punto justo de virtud,
que no se encuentra.

Veo
lo que recuerdo.
Y lo otro
se diluye.

Un cuadro
se desmorona
‒chorrea, se filtra, cae‒
tras el barrido
del aguarrás.

La imagen antigua
de lo que yo recuerdo
revive
y se espesa,
contra el muro,
impidiéndome ver
que me hago mayor:
tienda de golosinas de petróleo.
Franquicia de pan.
Espacios para no fumadores.
Un montón de oxígeno.

 

 

 

 

CÓMO calzarse
la palabra mujer
sin que el pie zancajee
dentro del zapatito.

Después,
muy pronto,
los cordones aprietan
y el cuero,
el tafilete,
el charol,
nos hacen rozaduras
y ampollas
que nunca cicatrizan.

 

 

 

 

ESCRIBO
la memoria
del cuerpo
de un hombre
que amé
con una tinta blanca
que se diluye.

 

 

 

 

SOLAMENTE
si estoy apagada,
te podrías acercar.
Para besarme.

Si no,
es muy posible
que sea yo
quien te rete
o te muerda los labios.

El reborde negro
del escroto.

Aunque me gustaría
haber sido
así,
no,
no me recuerdo
de esa forma.

Es una lástima.

 

 

 

 

EL pecho de la madre
recuerda la leche
cuando amamanta al hijo.

El hijo
recuerda la succión
y se aferra a la areola.

Lo mismo ocurre
con las uñas,
con el pelo de los muertos
y con los dedos de los pies.

 

 

 

 

SIEMPRE llega
un segundo en la vida
en que uno deja
de sentirse invulnerable.

Se tuercen
las rayas de la mano.

La memoria,
los aires felices,
los gestos de ternura,
la sal y la playa,
no representan ya
ningún consuelo.

No son de carne.

 

 

 

 

LA memoria se va.
Como el agua.

A través de un sumidero
horadado aposta.

 

 

 

 

NUNCA he probado
una cucharada
de aceite de ricino.

Y, no obstante,
persiste
el miedo a su sabor
en el cielo
de mi paladar.

 

 

 

 

LA memoria del daño
no es una prenda íntima.
Sujetador color carne.
Braguero.
Pétalo de amapola
‒completamente muerta‒
entre las páginas
de un libro.

El miedo es la mosca madura
de la larva
de la repetición.

 

 

 

Sanz, Marta. Vintage. Madrid; Bartleby editores, 2013.

 

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HARDCORE

Bailonga 1

 

Hay hombres en mi vida
que no son mi marido ni mi padre.
Que no son mis amantes ni mis novios.
Que están ahí
y que me hacen temblar cuando me cercan
con palabras
que no entiendo
y que a menudo
no sé
cuántas cosas
significan.

 

 

 

 

Hubo una vez
un hombre con gafas de sol
barbilampiño
que me escribía cartas y postales.
Ahora sé
que si le hubiese devuelto
las palabras que
quizá
él presentía,
hoy
yo tendría un tiznajo en la frente,
un hijo
y, casi con toda seguridad,
estaría muerta.

 

 

 

 

A veces
lo más inquietante
no es
lo que más importa.

A veces
aquél
que no me roza
‒ni con su pluma
ni con su caligrafía
ni con la punta ágrafa
de su lengua
o de su pene,‒
aquél
es quien me deja
un peso legendario
en el centro
de mi
gravedad.

Joroba de camello
y
palo roto
contra el espinazo.

 

 

 

 

Le echo un pulso.
No me gusta.
Le echo un pulso.
Le gano.
Me retiro.
Queda la marca
de haber sudado
más de la cuenta.

 

 

 

 

Estoy en casa
y, no,
tú y yo
no somos amigos.

 

 

 

 

Noto
cómo sus palabras
me van creando,
alrededor del cuerpo,
una corteza
que nunca
jamás
formará parte
de mi piel.

 

 

 

 

Cuando limpio,
persisto
en restregar
con mi trapo
más allá
de lo que mis ojos
pueden percibir.


que, por debajo,
está la mancha
y que mi trapo,
mi fuerza,
yo persisto,
nunca
alcanzarán
esa sombra
que me culpa
y hace
que todo
tenga
mal olor.

 

 

 

 

¿Quién es ése
que me habla
de la chica
que chupaba
un hielo
en el ángulo
más turbio
del bar
más tenebroso?

¿Qué pretende
contándole
esa historia,
tan caliente y tan fría,
a alguien
como yo?

 

 

 

 

Noto
cómo sus palabras
me sobrevuelan,
me dan sombra,
soplan
aire caliente
en una habitación
tan fría.

 

 

 

 

Contarle una historia a un niño,
hacer ruidos con la boca,
vestirse de Caperucita,
es correr el riesgo
de la depravación.
Cervatillo huérfano,
abandonado,
en medio del bosque.
Crecido asesino en masa.

Contarle una historia a un niño
es
correr un riesgo.

Mejor será
enseñarle
a contener la orina
y a apretar los muslitos,
uno contra el otro,
para derramarse
en un final feliz.

Y es que no todos los pubis
están depilados.

 

 

 

 

En los sueños
se me cuelan sombras
de hombres
con el pelo sucio
que están
ahí
probablemente
por alguna razón
que yo conozco.

 

 

 

 

Todo lo malo
que no he conocido
se me queda
en los labios
como una calentura.

 

 

 

 

Dentro de este abrazo,
que sólo él
es capaz de darme,
se me olvidan los poemas
y las demás tonterías.

 

 

 

Sanz, Marta. Perra mentirosa/Hardcore. Madrid; Ed. Bartleby, 2010.

 

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PERRA MENTIROSA

Perra mentirosa

 

De la ciencia me interesa más
el descubrimiento del endoscopio
que todos los viajes a la luna.

¿Me explico?

Estoy hablando del cuerpo.

 

 

 

 

No soy una escritora de quince años.
No soy una madre de quince años.
Ni una hija.

No soy una novia de quince años.
No soy una paciente de quince años.
Ni una enferma.

No soy una muchacha de quince años.
No soy una poeta de quince años.

En ninguno de los casos,
tengo ya ningún futuro.

 

 

 

 

Si mi vida interior no existe,
adquiero el derecho a hablar de mí misma
porque, en cada masturbación,
cuando el dedo busca
o, contra la corteza del árbol, la loba descubre;
en cada círculo vicioso;
en cada voluta y en cada fleco de mi vida interior,
que no existe,
cada vez que enredo con mi dedo índice,
que no es acusador,
cada vez que chupo o muerdo
esos mechones de pelo de mi vida interior,
cada vez que se la cuento al enemigo,
estoy fuera de mí,
hablando de vosotros.

 

 

 

 

Contra la luz
los ojos de mi gato
son dos amplísimas habitaciones
que no tienen
tabiques.

 

 

 

 

No quiero la palabra precisa.
Es pobre y es pequeña.
Quiero una palabra
llena de flecos.

Una lámpara con chupones morados.
Una excrecencia.
Gota que rezuma del canalón.
La estalactita rota.
El polvo de trabajar los brillantes.
Un hielo deshecho.
Y deshaciéndose.
La saliva que le escapa, por la comisura,
a la bella que duerme en el bosque.
La ganga del mineral.
El hilo que sobra detrás del cañamazo.

No quiero la palabra precisa,
sino una llena de flecos,
una lámpara y vuelta a empezar,
un laberinto,
la flor,
una palabra
que ni yo misma entienda
y sólo pueda poseer
cuando los otros,
los de buena voluntad,
me la traduzcan.

 

 

 

 

Flesh.
Ni políglota ni anglófila,
pero flesh es la palabra que prefiero
para nombrar a la carne.
Porque es blanda y es sensual
y salpica
al ser pronunciada
con un poco de entusiasmo.
Ola del mar.
Flesh.
Carne del labio.
Húmeda carne
que no se hace pasta
en el hueco del gañote.
Anuncio de chicle de menta.
Sin azúcar.

 

 

 

 

Nosotras también tenemos derecho a la vida.

Las perras que mienten.
Y las que llevan bozal.

Las niñas perpetuas
que son
viejas prematuras.
Bette Davis lleva un vestido de encaje,
calcetines cortos,
huele a chicle
y un lazo le recoge los tirabuzones.
Tiene ochocientos setenta y nueve años,
y canta una canción
con inflexiones vocales
de estrella juvenil.
No necesita doblaje.

Tenemos derecho a la vida.
También nosotras.
Las tejedoras tristes.
Las retrospectivas.
Las mujeres mimadas
que desatienden a los hijos.
Las lolitas caprichosas
que chupan el palo del polo de mango.

Nosotras también tenemos derecho a vivir.
Aunque todos los días
miremos al frente
y nos lancemos,
rudas e indomables,
sin consideración por la que limpia,
escaleras abajo, hacia el vacío.

 

 

 

 

Una mujer canta
en un vagón de metro
tristes canciones de Angola
que me aprietan el corazón.

Con un altavoz sobre la estructura metálica de un carrito de la compra.
A través de su micrófono, la mujer se disculpa.
Perdón, perdón, perdón.
La mujer entona y canta con su voz rasgada,
tan rugosa,
una bella canción de las costas de Angola.

La mujer tiene el pelo amarillo y la tez oscura.
Lleva un vestido de flores marrones
y, pidiendo perdón, nos canta
una melodía incluso muchísimo más triste
que la torpeza con la que mueve los pies
mientras se lleva el micrófono a la boca.

¿Quién eligió el maquillaje?

¿Y será cosa de la perra
que tenga yo el corazón tan apretado?

Pago una moneda
para curarme la angustia.

La angustia siempre nos cuesta
un montón de calderilla.

 

 

 

 

Éste
es el espacio
para recuperar
lo perdido.

Y lo por venir.

 

 

 

Sanz, Marta. Perra mentirosa/Hardcore. Madrid; Ed. Bartleby, 2010.

 

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