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Posts Tagged ‘maría cegarra’

CADA DÍA CONMIGO

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OLVIDO

Siento dolor de mí,
De este olvido
Que llena mi memoria.
Traición al amor que dejara su esencia
En estas hojas secas del aromo.

Cuánta infidelidad
Tan sin querer.

¡Qué endeble el pensamiento del corazón!
Estos tallos secos
Quieren decir algo mío,
Despedida o encuentro.
Lágrimas o risas,
Prisioneras entre las hojas de un libro,
Guardan la emoción de un instante muerto,
Sin que yo me conmueva.

Siento una tristeza fría.

Algo de mí está muerto también.

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HOMBRE ANÓNIMO

Quiso sonreír y no pudo.
Se le habían oxidado los labios.
Menos aún, cantar.
Intentó tararear una canción.
Y se escuchó en un sonido gutural
Desacompasado.
Imposible mirar hacia lo alto.
Rezar no sabía.

La nuca le pesaba como un ladrillo,
Metido a martillazos.
Se sabía hombre de madera y de papel.
Madera carcomida de derribos.
Papeles sucios de envolturas
Que vuelan por las calles.

Creyó que podía resistir
La lluvia y la tormenta.
Cansado de polvo y de caminos,
Arrastraba el yelo de la indiferencia.
De todos ignorado.

Se apoyó en una esquina roída.
Un charco sin reflejos
Lo acogió desplomado.

La noche era oscura, sin cielo
Ni voces compasivas.
Un despojo, una miseria que terminaba.

A sus ojos abiertos, sin mirada,
Se asomaban las estrellas.

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SEMEJANZA

Junto al árbol lejano lleno de pájaros,
A la sombra dorada de sus ramas,
Está cantando un hombre.
Nadie le escucha.

Está cantando y parece que llora,
Nadie se acerca.
Está llorando y parece que canta.

La copla y el llanto se asemejan
Cuando es el corazón quien canta o llora.

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REGRESO

Mírame a los ojos
Por si hallaras aún
El limpio azul que admirabas.

Coge mis manos
Por si conservaran, todavía,
Su cálido, suave, latir.

Quédate a mi lado
Sin palabras y escucha,
El hondo despertar de mi silencio.

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Cegarra Salcedo, María. Poesía completa. Murcia; Editora regional de Murcia, 1987.

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DESVARÍO Y FÓRMULAS

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xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxA mis compañeros
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxen la ilusionada tarea
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxde la enseñanza.

He sido
una sencilla profesora de química.
En una ciudad luminosa del sureste.
Después de las clases contemplaba el ancho mar.
Los dilatados, infinitos horizontes.
Y los torpedos grises de guerras dormidas.

He quemado mis largas horas en la lumbre
de símbolos y fórmulas. Junto a crisoles
de arcilla al rojo vivo hasta encontrar la plata.

No he descubierto nada.
No tengo ningún premio.
A Congresos no asistí.
Medallas y diplomas
nunca me fueron dados.

Minúscula sapiencia para tan grandes sueños.
Pequeñez agobiante para inquietudes tantas.
Y rebelde ha surgido, como agua en desierto,
el manantial jugoso, intenso, apasionado,
—dulce herencia entrañable— que tiene la riqueza
de llenar de poesía tan honda desolación.

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¿Qué idea te hizo mentir
para no examinarte?
¿Qué pensamiento de artistas y cuchillos
te empujó hacia el teléfono y enfermar a mi madre?
Me dieron la noticia falsa y salí enloquecida
por el rayo de voz que me empujaba.
Mi casa estaba en paz, sana mi madre,
pero ya no hubo examen como tú deseabas.

Se levantó la polvareda de la culpa.
Todos te delataban despiadados.
Todos me defendían compasivos.
El delito crecía como río sin orillas,
amargo, desbordado.
Se buscaron castigos.
Salieron reglamentos.
Claustro que se reúne.
Derechos y deberes.
Artículo primero, segundo, tercero…

Tú no volviste a clase.
Yo te recordaba.
Tu ausencia me dolía
como la quemadura de un hierro candente
que dejara una incurable llaga.

Si estas líneas te encuentran, ven a verme
en la calma de ahora donde nada me espera.
Y cuéntame tus cosas…

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Estudiante que dejaste los libros
para ingresar en un «grupo musical».
Un júbilo estallante, luminoso,
te arrebataba feliz y sin descanso
a un mundo dilatado de armonías.
Tirabas decidido, entusiasmado,
los programas, horarios, disciplinas,
la regla de cálculo inservible
para medir músicas, emociones.
Los cuadernos son las ruedas dentadas
triturando silencios, soledades.
Los símbolos químicos convertidos
en notas, compases, melodías.

El viento arrebatado de tu marcha
derribaba la calma, el trazado seguro;
bebiendo sueños, despertando ansias.
Vivías la primera fiel demencia,
la virgen rebeldía de escapar.
Consejos, advertencias,
un futuro apacible.
Todo quedaba en gozoso abandono,
en desprecio humillante.

Te dije adiós con la cabeza vuelta.
No podía mirarte.
Temí que descubrieras que yo te comprendía.

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¿Dónde están los cielos de estos cinco mineros
enterrados en vida?
¿Quién soltó las amarras de la tierra corcada?
El suelo se hizo trizas,
bocas desmesuradamente abiertas,
tragándose a los hombres.
La tierra crece, se revuelve, amontona.
No pueden rescatarles.
Estarán en pie con los ojos abiertos,
pero ciegos,
metida en las pupilas la oscuridad final,
muro de eternidades.
Los brazos extendidos buscando un asidero

¡Qué ahogo tan macizo el ahogo con tierra!
¡Qué dura la asfixia con paredes de polvo!

Imposible estar vivos.
La esperanza es absurda superior a todos los milagros.
Sería mejor dejarlos descansar en parcela de vivos
— camposanto imprevisto —
entre amapolas de sílice y los trigos de sus respiraciones.
Las familias esperan confiadas
deseando limpiarles con besos y algodones.
Entre tantas cosas como no gozaron
¿se han perdido sus cielos también?
Se oye el silencio de Dios
sobre el ruido de las cinco muertes.

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Tengo un ancla sin mar y sin navío
apoyada en una esquina de mi casa.
Es presencia de agua verdeazul,
arenas, lunas, horizontes,
y un doloroso olvido de andaduras.

Con sus puntas —toro agónico—
embiste al aire, sin fondos donde anclar.
Ni barca que le espere.
Ni susurros de olas…

Pero algo detiene, impalpable, invisible.
Algo sujeta su inercia de esqueleto.
Entre paredes blancas
emerge de su atlántida en ahogados silencios,
sosteniendo los sueños de mi casa.

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Necesito arena.
Un poco nada más.
La que cabe en la palma de la mano.
Pero ha de ser limpia, suave, seca.
Sin conocer orillas ni mareas.
Ignorando pisadas y desnudos.
Sin voces ni ruídos.
Que no sepa de peces ni de ahogados.
Ni del rumor de caracolas.
Sin tortura de ramblas.
Blanca y pura arena,
recogida con cuidado.
Sola.

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Busco mi alegría.
No sé si la perdí aquella madrugada
de lágrimas y luto.
O en el dolor de la guerra.
O si se la llevó el niño siempre cansado
que un día ya no estaba.

Será el oscuro silencio quien la guarda.
La soledad profunda quien la esconde.
Acaso el tiempo alevoso, cruel,
que hiere sin que salte la sangre
y deja huellas cada vez más hondas,
donde sólo cabe el desaliento.

Hallarla no es posible.
Quien la roba se oculta.

Soy yo misma y no me encuentro.

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Esta tristeza que llevo tan amiga
y guardo y disimulo calladamente,
me empaña los ojos con firme insistencia
y en mi alma se arropa como en un nido.

Esta tristeza que tanto me acompaña,
no quiero perderla aunque me duela.
Es una tristeza singular y distinta.
Apagada bebida que me conforta.

Alrededor está la primavera, el otoño,
flores, frutos, voces, mares, corazones…
La tristeza sobre todas las cosas,
fiel y constante, sin color ni sonido,
con su extraña belleza me sostiene.

Que no me falte nunca esta tristeza,
tan mí, grande, honda.
Tan de verdad amiga.

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Cegarra Salcedo, María. Poesía completa. Murcia; Editora regional de Murcia, 1987.

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DEJADLO

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Este poema no dice nada.
No encuentro sus palabras.
Es tan pequeño, tan sencillo, tan humilde, tan callado.

No es para vosotros.
Es mío solamente.
Están en él mi padre, mi madre, mi otro hermano.
Es un nudo de sangre caliente y apretado.

—No se sabrá nunca
lo que va por dentro de la sangre,
sus ríos de otra cosa—

Este poema no admite palabras.
No puede leerse.
Es tan hondo.
Dejadlo.

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Cegarra Salcedo, María. Poesía completa. Murcia; Editora regional de Murcia, 1987.

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CRISTALES MÍOS

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xxxxx1

BIOGRAFÍA

El 3 de mayo, día de las cruces de flores, naciste. Y tu
vida fue una pasionaria —flor de cruces— que
subyugaba y conmovía.

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xxxxx5

Tú, madre, siempre tan callada, avara de sufrimientos, ni
suspirar quieres para que no se pierda un átomo de tu
dolor.

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xxxxx8

El horizonte ha venido hacia mí; por esto no puedo
moverme. Estoy circuncidada, oprimida por la limitación.
No existe el espacio. Los pies junto a la tierra, la cabeza
pegada al cielo.

Llevando el mundo dentro y los ojos vacíos se puede
soñar y cantar.

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xxxxx10

Madre, ¿es éste tu rostro? ¿Aquél de luz y de risa y el
perenne cantar en los labios?

No te pareces, madre.

Tienes ahora la cara ensombrecida y llevas el andar
cansino, y si me apoyo en tu hombro no me sostienes, y
si te hablo, lloras amargamente.

No te pareces, madre, no te pareces.

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xxxxx32

¿No me viste saltar el viento y romper la noche?

Iba transparente y fuerte, como una realidad exprimida.

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xxxxx34

REACCIÓN

Todo el día será amanecer, claridad recién despierta, sol
nuevo, voces cansadas. Nadie sabrá de mí, porque
estaré cantando.

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xxxxx38

Ya no hacen falta puertos. Que quiten las banderas de
luz de los faros, y encierren los navíos. El mar ha
estrechado su inmensidad, y sólo queda una angostura
para que pase mi espíritu.

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xxxxx82

RENACER

¡Cuánto tiempo que no oigo tu voz!

Por escucharte, canto. Por saber de tí, he inventado este
falso renacer.

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Cegarra Salcedo, María. Poesía completa. Murcia; Editora regional de Murcia, 1987.

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