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EPIGRAMAS. MARCIAL. LIBRO XII.

 

X

Cien millones tiene Africano, sin embargo, anda al acecho de más.
La fortuna da demasiado a muchos, bastante a ninguno.

 

 

 

 

XII

Prometes todo cuando has bebido durante la noche entera;
xxxnada das por la mañana. Bebe, Polión, por la mañana.

 

 

 

 

XIII

Una manera de ahorrar, Aucto, consideran los ricos la ira:
resulta más barato odiar que regalar.

 

 

 

 

XXV

Cuando te pido dinero sin garantía, «no tengo», dices;
xxxpero lo tienes, si por mí responde mi campito:
lo que no me fías a mí, tu viejo camarada, Telesino,
xxxse lo fías a mis coles y a mis árboles.
He aquí que Caro te ha denunciado: que te asista mi campito:
xxxBuscas un compañero de exilio: que vaya mi campito.

 

 

 

 

XXIX

Como tú, siendo senador, desgastas sesenta umbrales cada mañana,
xxxte parece que yo soy un caballero perezoso,
porque no discurro por la ciudad desde el amanecer,
xxxni llevo a casa agotado un millar de besos.
Pero tú buscas dar un nuevo nombre a los fastos purpúreos,
xxxu obtener pueblos de los nómadas o de los capadocios:
en cuanto a mí, a quien obligas a interrumpir lo mejor del sueño
xxxy soportar y sufrir el lodo matutino,
¿qué obtengo? Cuando mi pie errante se ale del calzado roto
xxxy cae una repentina lluvia de gruesas gotas
y no acude al llamarlo mi esclavo con la capa,
xxxse acerca a mi oreja helada un criado
y dice: «Letorio ruega que cenes con él.»
xxx¿Por veinte monedas? No quiero: prefiero el hambre
a que mi recompensa sea una cena y la tuya una provincia,
xxxa que hagamos lo mismo y nos merezcamos lo mismo.

 

 

 

 

XXXI

Este bosque, estas fuentes, esta sombra entretejida
xxxde la alta parra, este canal de agua de riego,
y los prados y las rosaledas que no ceden ante el bífero Pesto,
xxxy las hortalizas que reverdecen en enero y no se hielan
y la anguila doméstica que nada en un estanque cerrado
xxxy la blanca torre que acoge aves del mismo color,
regalos son de mi dueña: de regreso después de siete lustros,
xxxMarcela me ha dado esta casa y estos pequeños reinos.
Si Nausícaa me concediera los jardines paternos,
xxxyo podría decirle a Alcínoo: «Prefiero los míos.»

 

 

 

 

XL

Mientes, te creo; recitas malos poemas, te alabo;
xxxcantas, canto; bebes, Pontiliano, bebo;
te tiras pedos, disimulo; quieres jugar a los dados, me dejo ganar;
xxxuna sola cosa hay que haces sin mí, y me callo.
Sin embargo, no me das nada en absoluto. «Cuando muera», dices,
xxx«te recompensaré». Nada quiero; pero muérete.

 

 

 

 

L

Lauredales,Platanares y aéreos pinares
xxxy un baño para muchos tienes tú solo,
y se alza para ti un elevado pórtico de cien columnas
xxxy hollado bajo tu pie luce el ónix,
y cascos fugaces baten tu polvoriento hipódromo
xxxy por todas partes suena el fluir del agua que mana;
largos atrios se abren. Pero ni para cenas ni para
xxxel sueño hay sitio en ningún lugar. ¡Qué bien no vives!

 

 

 

 

LVIII

Tu mujer te llama cortejador de criadas, y ella misma
xxxlo es con los portadores de literas: sois, Alauda, iguales.

 

 

 

 

LXIII

Córdoba, más rica que el Venafro bañado en aceite,
y no menos perfecta que un ánfora de Istria,
que superas las ovejas del albo Galeso
no engañando con sangre ni púrpura,
sino con tus rebaños teñidos de vivo color:
dile, te lo ruego, a tu poeta, que tenga pudor
y no recite gratis mis libritos.
Lo soportaría, si lo hiciera un buen poeta
al que pudiera darle recíprocos disgustos.
Corrompe sin recibir represalias el soltero,
el ciego no puede perder lo que os arrebata.
Nada hay peor que un ladrón desnudo:
nada más impune que un poeta malo.

 

 

 

 

LXVIII

Matutino cliente, razón de mi abandono de la ciudad,
xxxfrecuenta, si tienes buen juicio, los atrios suntuosos.
No soy yo un picapleitos ni persona apropiada para amargos litigios,
xxxsino perezoso y anciano y compañero de las Piérides,
me gustan el ocio y el sueño, cosas que me negó
xxxla gran Roma: me vuelvo, si se ha de estar en vela también aquí.

 

 

 

 

LXX

Hace poco, cuando un esclavillo patizambo llevaba la toalla a Apro
xxxy sobre su toguilla se sentaba una vieja tuerta
y un masajista herniado le aplicaba una gota de aceite,
xxxera un tétrico y áspero censor de los borrachos:
gritaba que había que romper las copas y derramar el Falerno
xxxque un caballero recién bañado bebía.

 

 

 

 

LXXX

Para no alabar a los dignos, alaba Calístrato a todos.
xxxPara quien nadie es malo, ¿quién puede ser bueno?

 

 

 

Marcial, Marco Valerio. Epigramas (Trad. María Ohannesian). Barcelona; Ed. Plaza & Janés, 2001.

 

EPIGRAMAS. MARCIAL. LIBRO XI.

 

XXIV

Mientras te escolto y te llevo a casa,
mientras presto mi oído a tus chácharas
y alabo todo lo que dices y haces,
¡cuántos versos, Labulo, podían nacer!
¿No te parece una desgracia, si lo que
Roma lee, busca el extranjero,
no menosprecia el caballero, retiene el senador,
alaba el picapleitos, critica el poeta
se pierda por tu causa? ¿Esto, Labulo, no es cierto?
¿Quién podría soportar que para que el número
de tus clientes sea mayor,
sea menor el número de mis libros?
En ya casi treinta días apenas he acabado
una sola página. Así sucede
cuando el poeta no quiere cenar en casa.

 

 

 

 

XXIX

Cuando con tu vieja diestra comienzas a tocar mi virilidad
xxxlanguideciente, siento que me degüellas, Filis, con tu pulgar:
pues cuando me llamas «ratón», o «luz de mis ojos»,
xxxcreo que apenas puedo recuperarme en diez horas.
No sabes de caricias: «Te daré», dime, «cien mil sestercios,
xxxte daré unas yugadas cultivadas de tierra de Setia;
acepta vinos, una casa, esclavos, vajillas cinceladas en oro, mesas».
xxxNo hacen falta dedos: frótamela así, Filis.

 

 

 

 

XXXV

Porque no voy a tu casa cuando me invitas
con trescientos desconocidos,
te sorprendes y quejas y buscas pelea.
No me gusta, Fabulo, cenar solo.

 

 

 

 

LXII

Lesbia jura que nunca la han follado gratis.
xxxEs verdad. Cuando quiere que la follen, suele pagar.

 

 

 

 

LXIII

Nos observas, Filomuso, cuando nos bañamos,
y preguntas a menudo por qué mis esclavos
imberbes están tan bien dotados.
Contestaré sencillamente a tu pregunta:
dan por el culo, Filomuso, a los curiosos.

 

 

 

 

LXXXVI

Para calmar tu garganta, a la que una tos áspera
xxxtortura constantemente, Partenopeo, el médico
ordena que te den miel y nueces y pastas dulces
xxxy todo lo que impide que los niños hagan travesuras.
Pero tú no dejas de toser en todo el día.
xxxEso no es tos, Partenopeo, es gula.

 

 

 

 

LXXXIX

¿Por qué me envías, Pola, coronas intactas?
xxxPrefiero tener rosas ajadas por ti.

 

 

 

 

XCVII

Puedo hacerlo cuatro veces en una sola noche: pero que me muera,
xxxTelesila, si en cuatro años puedo hacerlo una sola vez contigo.

 

 

 

 

C

No quiero, Flaco, tener una amante delgada,
cuyos brazos puedan rodear mis anillos,
que raspe con su nalga desnuda y pinche con su rodilla,
con una sierra en el torso y una punta de flecha en el culo.
Pero tampoco quiero una amante de mil libras de peso.
Soy hombre de carnes, no de grasas.

 

 

 

 

CII

No ha mentido quien me dijo que tú tenías
xxxhermoso el cuerpo, Lidia, pero no la cara.
Es así, si callas y te reclinas tan muda como
xxxun rostro en una estatua de cera o en un cuadro.
Pero cada vez que hablas, pierdes, Lidia, también el cuerpo
xxxy a nadie perjudica más que a ti su propia lengua.
Guárdate de que te oiga y te vea el edil:
xxxes un prodigio cada vez que una imagen comienza a hablar.

 

 

 

 

CVII

Me devuelves mi libro desenrollado hasta el final,
xxxSepticiano, como si lo hubieras leído entero.
Lo has leído todo. Lo creo, lo sé, me alegro, es cierto.
xxxAsí he leído yo, enteros, tus cinco libros.

 

 

 

Marcial, Marco Valerio. Epigramas (Trad. María Ohannesian). Barcelona; Ed. Plaza & Janés, 2001.

 

EPIGRAMAS. MARCIAL. LIBRO X.

 

XV

Dices que no eres menos que ninguno de mis amigos.
xxxPero, para que esto sea cierto, ¿qué haces, Crispo, pregunto?
Cuando te pedí prestados cinco mil sestercios, me los negaste,
xxxaunque tu pesada arca no bastaba para tus monedas.

 

 

 

 

XLIII

Ya a tu séptima esposa, Fíleros, has enterrado en el campo.
xxxA nadie le rinde el campo, Fíleros, más que a ti.

 

 

 

 

XLVI

Quieres, Matón, decir todas las cosas bien. Dilas de vez en cuando
xxxbien; dilas ni bien ni mal; dilas de vez en cuando mal.

 

 

 

 

LV

Cada vez que Marula sopesa con sus dedos
un pene erecto y lo mide un buen rato,
indica sus libras, onzas y gramos;
cuando después del trabajo y sus ejercicios,
yace aquél como una correa floja,
indica Marula cuánto más ligero es.
No es ésta, pues, una mano, sino una balanza.

 

 

 

 

LXV

Cuando de ser ciudadano de Corinto
te jactas, Carmenión, sin que nadie lo niegue,
¿por qué me llamas hermano, a mí, nacido
de íberos y celtas y ciudadano del Tajo?
¿Acaso nuestros rostros se parecen?
Tú te paseas radiante con los cabellos rizados,
yo, contumaz con mis cabellos hispanos;
tú, terso con la depilación cotidiana,
yo, con mis piernas y mejillas hirsutas;
tu boca es balbuciente y débil es tu lengua,
mi hija hablará con más fuerza:
no es tan diferente la paloma del águila
ni la gacela fugitiva del fiero león.
Por tanto, deja de llamarme hermano,
para que yo, Carmenión, no te llame hermana.

 

 

 

 

LXXXIII

Recoges tus pocos pelos de aquí y de allí,
Marino, y el ancho campo de tu brillante calva
cubres con los cabellos de las sienes;
pero movidos por el viento retroceden
y vuelven a su sitio y tu cabeza desnuda
rodean por aquí y por allí con grandes mechones;
entre Espendóforo y Telésforo
pensarías que está Hérmeros de Cidas.
¿Quieres reconocerte viejo con más franqueza
para parecer por fin una sola persona?
Nada hay más ridículo que un calvo melenudo.

 

 

 

Marcial, Marco Valerio. Epigramas (Trad. María Ohannesian). Barcelona; Ed. Plaza & Janés, 2001.

 

EPIGRAMAS. MARCIAL. LIBRO IX.

 

X

Quieres casarte con Prisco; no me sorprende, Paula: eres lista.
xxxPrisco no quiere casarse contigo: él también es listo.

 

 

 

 

LXXXI

El lector y el oyente, Aulo, aprueban mis libritos,
xxxpero cierto poeta dice que no están bien acabados.
No me preocupa demasiado: pues preferiría que los platos
xxxde mi cena hayan gustado más a los convidados que a los cocineros.

 

 

 

Marcial, Marco Valerio. Epigramas (Trad. María Ohannesian). Barcelona; Ed. Plaza & Janés, 2001.

 

EPIGRAMAS. MARCIAL. LIBRO VIII.

 

IX

Tres cuartas partes, Quinto, quería pagarte hace poco
xxxHilas el legañoso. Tuerto, quiere darte la mitad.
Acéptalo cuanto antes; breve es la ocasión de ganancia:
xxxsi se queda ciego, nada te pagará Hilas.

 

 

 

 

X

Por diez mil sestercios ha comprado Baso una capa
tiria del mejor color. Ha hecho un buen negocio.
«¿Tan bien ha comprado?», preguntas. Claro, no la pagará.

 

 

 

 

XIV

Para que tus pálidos frutales de Cilicia no teman el invierno
xxxy una brisa fuerte no hiera el tierno bosque,
unas vidrieras que se oponen a los notos invernales
xxxdejan pasar soles nítidos y el día sin sombra.
Pero a mí me das una habitación cerrada con una ventana
xxxdesajustada, en la que ni el Bóreas querría permanecer.
¿Así ordenas, cruel, que viva un viejo amigo?
xxxEstaré más protegido como huésped de uno de tus árboles.

 

 

 

 

XXVII

Quien te hace regalos a ti, Gauro, rico y viejo,
xxxsi eres listo y te das cuenta, te está diciendo: «Muérete.»

 

 

 

 

XLIII

Fabio entierra a sus esposas, Crestila a sus maridos,
xxxy ambos agitan la tea funeraria sobre el lecho.
Une, Venus, a estos vencedores, a quienes aguardará
xxxeste final: que una misma muerte se lleve a los dos.

 

 

 

 

LXIX

Admiras, Vacerra, sólo a los antiguos
y no alabas sino a los poetas muertos.
Perdóname, Vacerra: no vale
la pena morir para complacerte.

 

 

 

 

LXXIX

Todas tus amigas son viejas
o deformes y más feas que las viejas.
Las llevas de acompañantes y las arrastras contigo
por los banquetes, los pórticos, los teatros.
Así eres hermosa, Fabula, así eres joven.

 

 

 

Marcial, Marco Valerio. Epigramas (Trad. María Ohannesian). Barcelona; Ed. Plaza & Janés, 2001.

 

EPIGRAMAS. MARCIAL. LIBRO VII.

 

III

¿Por qué no te envío, Pontiliano, mis libritos?
xxxPara que tú no me envíes, Pontiliano, los tuyos.

 

 

 

 

XVI

En casa no hay dinero. Sólo me resta, Régulo,
xxxvender tus regalos: ¿me los compras?

 

 

 

 

XXV

Aunque siempre escribes sólo dulces epigramas
xxxy más blancos que una piel cubierta de albayalde,
y no hay en ellos ni pizca de sal ni gota de hiel amarga,
xxxquieres, sin embargo, insensato, que sean leídos.
Ni siquiera la comida gusta sin su chorrito de vinagre,
xxxni es agradable un rostro al que le faltan hoyuelos.
Dale a un niño las manzanas melosas y los higos insípidos:
xxxa mí, me gustan los de Quíos con su picante sabor.

 

 

 

 

LIII

Me enviaste en las Saturnales, Umbro, todos
xxxlos regalos que los cinco días te proporcionaron:
una docena de trípticos y siete mondadientes;
xxxles acompañaron una esponja, una servilleta, una copa,
medio modio de habas con una cesta de olivas de Piceno
xxxy un cántaro negro de mosto de Laletania;
llegaron pequeños higos de Siria con ciruelas blancas
xxxy una vasija pesada llena de higos de Libia.
Pienso que todo suma apenas treinta sestercios,
xxxlos regalos que ocho enormes sirios transportaron.
¡Con cuánta más comodidad y sin esfuerzo alguno,
xxxpodía haberme traído un esclavo cinco libras de plata!

 

 

 

 

LXXVII

Exiges que te reegale, Tuca, mis libritos.
xxxNo lo haré: pues quieres venderlos, no leerlos.

 

 

 

 

LXXXI

«Hay treinta epigramas malos en todo el libro.»
xxxSi hay otros tantos buenos, Lauso, el libro es bueno.

 

 

 

 

LXXXV

Porque escribes algunos cuartetos no insulsos,
xxxporque compones bien unos pocos dísticos, Sabelo,
te alabo pero no te admiro. Es fácil escribir bien
xxxepigramas, pero es difícil escribir un libro.

 

 

 

 

XC

Se jacta Matón de que he escrito un libro desigual:
xxxsi eso es cierto, alaba Matón mis poemas.
Libros no desiguales escriben Calvino y Umbro.
xxxUn libro no desigual, Crético, es el que es malo.

 

 

 

 

XCII

«Si necesitas algo, no es preciso que me lo pidas»,
xxxme repites, Bácara, dos o tres veces en un solo día.
El adusto Segundo me llama con voz inflexible:
xxxlo oyes y no sabes, Bácara, qué necesito.
Delante de ti, clara y abiertamente me reclaman el alquiler:
xxxlo oyes y no sabes, Bácara, qué necesito.
Me quejo de mis mantos gélidos y raídos:
xxxlo sabes y no sabes, Bácara, qué necesito.
Esto es lo que necesito, que te vuelvas mudo de repente,
xxxpara que no puedas decirme, Bácara, «si necesitas algo».

 

 

 

Marcial, Marco Valerio. Epigramas (Trad. María Ohannesian). Barcelona; Ed. Plaza & Janés, 2001.

 

EPIGRAMAS. MARCIAL. LIBRO VI.

 

XXXIV

Dame, Diadúmeno, intensos besos. «¿Cuántos?», preguntas.
xxxMe ordenas que cuente las olas del océano
y las conchas esparcidas por las costas del mar Egeo,
xxxy las abejas que vagan por el monte Cecropio,
y las voces y manos que suenan en un teatro repleto,
xxxcuando de pronto el pueblo ve asomar el rostro del César.
No quiero cuantos al armonioso Catulo dio, vencida por las súplicas,
xxxLesbia: pocos desea quien los puede contar.

 

 

 

 

XL

Ninguna mujer pudo ser preferida a ti, Licoris:
xxxninguna mujer puede ser preferida a Glicera.
Ésta será lo que tú: tú no puedes ser lo que ésta.
xxx¡Qué cosas hace el tiempo! Quiero a ésta, te quise a ti.

 

 

 

 

L

Cuando era pobre, Telesino cultivaba amigos sinceros,
xxxy vagaba triste con una gélida toga.
Desde que empezó a prestar atención a obscenos maricas,
xxxsin ayuda compra plata, mesas y fincas.
¿Quieres hacerte rico, Bitínico? Sé cómplice.
xxxNada en absoluto te darán los besos sinceros.

 

 

 

 

LXV

«Escribes epigramas en hexámetros», sé que dice Tuca.
xxxTuca, suele hacerse y, además, Tuca, se puede.
«Sin embargo, éste es largo.» También esto, Tuca, suele y se puede:
xxxsi apruebas los más breves, lee sólo los dísticos.
Lleguemos a un acuerdo: tú podrás saltarte los epigramas
xxxlargos, y yo, Tuca, podré escribirlos.

 

 

 

Marcial, Marco Valerio. Epigramas (Trad. María Ohannesian). Barcelona; Ed. Plaza & Janés, 2001.

 

EPIGRAMAS. MARCIAL. LIBRO V.

 

XLIII

Tais tiene los dientes negros, Lecania blancos como la nieve.
xx¿Cuál es la razón? Ésta los ha comprado, aquélla tiene los suyos.

 

 

 

 

XLVII

Que nunca ha cenado en su casa, jura Filón, y es así:
xxno cena, cuando nadie lo invita.

 

 

 

 

LII

Recuerdo lo que has hecho por mí y siempre lo tendré presente.
xx¿Por qué callo entonces, Póstumo? Tú lo cuentas.
Cada vez que comienzo a referir a alguien tus regalos,
xxenseguida exclama: «Él mismo me lo había dicho.»
Algunas cosas no las hacen bien dos: basta uno solo
xxpara esta tarea: si quieres que hable yo, tú calla.
Créeme, aunque inmensos, Póstumo, los regalos
xxse malogran por la indiscreción de su autor.

 

 

 

 

LVII

Cuando te llamo señor, Cinna, no quiero complacerte:
xxcon frecuencia también saludo así a tu esclavo.

 

 

 

 

LIX

Si no te envío plata, si no te envío oro,
xxlo hago, elocuente Estela, por tu propio interés.
Quien hace grandes regalos, así quiere recibirlos;
xxcon mis vasos de barro quedarás exonerado.

 

 

 

Marcial, Marco Valerio. Epigramas (Trad. María Ohannesian). Barcelona; Ed. Plaza & Janés, 2001.

 

EPIGRAMAS. MARCIAL. LIBRO IV.

 

XII

A nadie te niegas, Tais. Pero si esto no te avergüenza,
xxque al menos te avergüence, Tais, no negarte a nada.

 

 

 

 

XXIV

A todas las amigas que ha tenido Licoris, Fabiano,
xxlas ha enterrado: que se haga amiga de mi mujer.

 

 

 

 

XXXIII

Puesto que tienes el escritorio lleno de libros elaborados,
xx¿por qué, Sosibiano, no publicas nada?
«Mis herederos», dices, «publicarán mis poemas». ¿Cuándo?
xxYa es hora, Sosibiano, de que se te lea.

 

 

 

 

XXXVII

«Cien mil Corano y doscientos mil Mancino,
trescientos mil me debe Titio, el doble Albino,
un millón Sabino y otro tanto Serrano;
de los pisos y fincas tres millones enteros,
del rebaño de Parma recibo seiscientos mil»:
cada día, Afro, me cuentas estas cosas
y las retengo mejor que mi nombre.
Conviene que me des algo, para que pueda soportarlo.
Compénsame con monedas el empacho diario:
no puedo, Afro, oír gratis estas cosas.

 

 

 

 

XLI

¿Por qué para recitar te envuelves el cuello con lana?
xxÉsta conviene más a nuestras orejas.

 

 

 

 

XLIX

Flaco, no sabe, créeme, qué son los epigramas,
xxquien los llama sólo bromas o pasatiempos.
Bromea más quien describe el banquete del cruel
xxTereo o tu cena, crudo Tiestes,
o a Dédalo ajustando las alas líquidas a su hijo
xxo a Polifemo apacentando ovejas sicilianas.
Toda ampulosidad está lejos de mi librito
xxy mi musa no se hincha con el loco manto trágico.
«Pero todos alaban aquello, lo admiran, adoran.»
xxLo reconozco: alaban aquello pero leen esto.

 

 

 

 

LIX

Una serpiente se arrastraba por las ramas llorosas
xxde las Helíades, cuando una gota de ámbar le cayó de frente:
mientras se extraña de estar retenida por el espeso rocío,
xxde repente se queda rígida, ceñida por aquel hielo cuajado.
No te complazcas, Cleopatra, con tu real sepulcro,
xxsi una serpiente yace en un túmulo más noble.

 

 

 

 

LXXXIII

Cuando estás sereno, Névolo, no hay nada peor que tú
xxy nada mejor que tú, Névolo, cuando estás preocupado.
Sereno no saludas a nadie, desprecias a todos,
xxy no ha nacido para ti ni hombre libre ni persona alguna:
preocupado haces regalos, saludas a tu señor y rey,
xxinvitas. Ten, Névolo, preocupaciones.

 

 

 

 

LXXXVI

Si quieres ser aprobado por oídos áticos,
te exhorto y te aconsejo, librito,
que agrades al docto Apolinar.
Nadie hay más preciso y erudito,
pero nadie más íntegro y benigno:
si te acoge en su pecho o en sus labios,
no habrás de temer las burlas de los malignos,
ni darás molesta envoltura a las caballas.
Si te condenara, deberás correr al instante
a los cajones de los vendedores de salazón,
página cuyo dorso garabatearán los niños.

 

 

 

Marcial, Marco Valerio. Epigramas (Trad. María Ohannesian). Barcelona; Ed. Plaza & Janés, 2001.

 

EPIGRAMAS. MARCIAL. LIBRO III.

 

III

Tu hermoso rostro ocultas con negro maquillaje,
xxpero ofendes las aguas con tu cuerpo no hermoso.
Piensa que la diosa en persona te habla con mis palabras:
xx«O descubre tu cara o báñate vestida.»

 

 

 

 

VIII

«Quinto ama a Tais.» «¿A qué Tais?» «A Tais la tuerta.»
xxA Tais sólo le falta un ojo, a Quinto los dos.

 

 

 

 

IX

Dicen que Cinna escribe versitos contra mí.
xxNo escribe aquel cuyos poemas nadie lee.

 

 

 

 

XXVI

Tierras tienes tú solo, Cándido, dinero,
xxvasos de oro tienes tú solo, vasos murrinos tú solo,
Másico tienes tú solo y Cécubo de Opimio tú solo,
xxinteligencia tienes tú solo, tú solo también ingenio.
Todo esto tienes tú solo —¡yo no quisiera negarlo!—
xxpero tienes, Cándido, a tu mujer con todo el pueblo.

 

 

 

 

L

Ésta es, no otra, la razón de que me invites a cenar:
xxrecitarme, Ligurino, tus versitos.
Me quito las sandalias, al instante se me ofrece un enorme
xxlibro, entre las lechugas y la salsa de garum.
Se lee otro, mientras los primeros platos se demoran:
xxhay un tercero, y aún no ha llegado el segundo plato;
y un cuarto libro recitas y finalmente un quinto.
xxApestaría si me sirvieses tantas veces un jabalí.
Si no ofreces tus letales poemas a las caballas,
xxcenarás tú solo, Ligurino, en tu casa.

 

 

 

 

LI

Cuando alabo tu rostro, cuando admiro tus piernas y tus manos,
xxsueles decirme, Gala, «desnuda te gustaré más»,
y evitas siempre bañarte conmigo.
xx¿Acaso temes, Gala, que yo no te guste?

 

 

 

 

LXV

El aroma que exhala una manzana al morderla una tierna muchacha,
xxel de la brisa que procede del azafrán de Córico;
el de la viña blanca cuando florecen sus primeros racimos,
xxel que despiden las hierbas que una oveja acaba de arrancar;
el del mirto, el del segador árabe, el del ámbar molido,
xxel que emite un fuego pálido de incienso oriental;
el de la tierra suavemente rociada por una lluvia de verano,
xxel de la corona que ha ceñido unos cabellos húmedos de nardo:
todo esto, cruel niño Diadúmeno, exhalan tus besos.
xx¿Qué pasaría si me los dieses todos de buena gana?

 

 

 

 

LXVIII

Hasta aquí ha sido escrito, matrona, este librito para ti.
xx¿Para quién, preguntas, ha sido escrito lo que sigue? Para mí.
El gimnasio, las termas, el estadio están de este lado. Retírate.
xxNos desvestimos: abstente de mirar hombres desnudos.
Aquí, ya depuesto el pudor tras el vino y las rosas,
xxTerpsícore, borracha, no sabe lo que dice,
y abiertamente, sin eufemismos, nombra
xxal que en el sexto mes recibe la orgullosa Venus,
al que en medio de su jardín, como guardián, colocó el granjero,
xxal que contempla la honesta doncella tapándose los ojos.
Si te conozco bien, ya, cansada, este largo libro
xxabandonabas, ahora lo leerás todo entero con fruición.

 

 

 

 

LXX

Eres amante de Aufidia, tú que fuiste, Escevino, su marido;
xxaquel que había sido tu rival, es ahora el marido.
¿Por qué te gusta la mujer ajena, que tuya no te gustaba?
xx¿Acaso sin correr riesgos no se te puede empinar?

 

 

 

 

LXXXV

¿Quién te aconsejó cortarle la nariz al adúltero?
xxNo es con esa parte, marido, que te han engañado.
¿Qué has hecho,imbécil? Nada ha perdido con ello tu mujer,
xxpuesto que a salvo está la polla de tu Deífobo.

 

 

 

 

LXXXVII

Corre el rumor, Quione, de que nunca te han follado
xxy de que nada hay más puro que tu coño.
No te tapas, sin embargo, la parte que corresponde al bañarte:
xxsi tienes pudor, ponte el bañador en la cara.

 

 

 

Marcial, Marco Valerio. Epigramas (Trad. María Ohannesian). Barcelona; Ed. Plaza & Janés, 2001.

 

EPIGRAMAS. MARCIAL. LIBRO II.

 

III

Sexto, nada debes, nada debes, Sexto, lo reconozco.
xxPues sólo debe, Sexto, aquel que puede pagar.

 

 

 

 

V

Que me muera, Deciano, si no quisiera pasar
xxtodos los días y todas las noches contigo.
Pero son dos mil los pasos que nos separan:
xxéstos se hacen cuatro mil, cuando tengo que volver.
A menudo no estás en casa, y estando a menudo dices que no:
xxa menudo sólo tienes tiempo o para los pleitos o para ti.
No lamento, sin embargo, andar dos mil pasos para verte;
xxpero sí lamento andar cuatro mil pasos para no verte.

 

 

 

 

VII

Declamas con gracia, pleiteas, Ático, con gracia,
xxescribes historias graciosas, poemas graciosos,
compones mimos con gracia, epigramas con gracia,
xxgracioso gramático eres, gracioso astrólogo,
y cantas con gracia, y bailas, Ático, con gracia,
xxeres gracioso con la lira, gracioso con la pelota.
Aunque nada haces bien, todo lo haces con gracia,
xx¿Quieres que te diga qué eres? Eres un gran figurón.

 

 

 

 

XI

Que ves a Selio con la frente sombría, Rufo,
que desgasta a horas tardías el pórtico con sus pasos,
que su rostro ceñudo calla alguna cosa funesta,
que su nariz indecente casi toca la tierra,
que golpea su pecho con la diestra y se mesa la cabellera:
no llora la muerte de un amigo o un hermano,
viven sus dos hijos y ruego que vivan,
sana está su esposa y su ajuar y sus esclavos,
no le han arruinado ni el campesino, ni el granjero.
¿Cuál es, pues, la causa de su tristeza? Cena en casa.

 

 

 

 

XXV

Nunca das, siempre prometes, Gala, a quien te ruega.
xxSi siempre mientes, te lo ruego, Gala, di que no.

 

 

 

 

XLI

«Ríe, si sabes, muchacha, ríe»,
había dicho, creo, el poeta peligno.
Pero no lo decía a todas las muchachas.
Y aunque lo hubiera dicho a todas las muchachas,
no te lo dijo a ti: tú no eres una muchacha,
y tienes, Maximina, tres dientes,
pero completamente del color de la pez y del boj.
Por tanto, si crees en el espejo y en mí,
debes temer la risa del mismo modo
que al viento teme Espanio y a la mano Prisco,
que la empolvada Fabula teme la lluvia,
que la albayaldada Sabela teme el sol.
Adopta un gesto más severo
que la esposa de Príamo y su nuera mayor.
Los mimos del ridículo Filistión
y los banquetes demasiado ligeros,
evítalos, y todo lo que con amable procacidad
distiende los labios en una risa franca.
Te conviene sentarte junto a una madre triste
que llora al marido o a su piadoso hermano
y dedicarte sólo a las Musas trágicas.
Y tú sigue mi consejo
llora, si sabes, muchacha, llora.

 

 

 

 

XLVIII

Un tabernero, un carnicero, un baño,
un barbero, un tablero, unos dados,
y unos pocos libros de mi elección:
un solo compañero no demasiado rudo
y un joven fuerte y por mucho tiempo imberbe
y una joven querida para mi joven:
dame estas cosas, Rufo, incluso en Butuntos,
y guárdate para ti las termas neronianas.

 

 

 

 

LI

Aunque a menudo no tienes en tu arca más que un solo denario,
xxy éste está más gastado, Hilo, que tu culo,
no se lo llevarán ni el panadero, ni el tabernero,
xxsino alguien orgulloso de su desmesurado pene.
Tu vientre miserable presencia los festines de tu culo
xxe, infeliz, siempre pasa hambre, mientras el otro traga.

 

 

 

 

LVIII

Pulcramente vestido, Zoilo, te ríes de mis prendas raídas.
xxEstán en verdad raídas, Zoilo, pero son mías.

 

 

 

Marcial, Marco Valerio. Epigramas (Trad. María Ohannesian). Barcelona; Ed. Plaza & Janés, 2001.

 

EPIGRAMAS. MARCIAL. LIBRO I.

 

XXXVIII

El librito que recitas, Fidentino, es mío:
xxpero cuando recitas mal, comienza a ser tuyo.

 

 

 

 

LXIV

Eres bella, lo sabemos, y joven, es verdad,
y rica, ¿quién podría negarlo?
Pero cuando te alabas, Fabula, en exceso,
no eres ni rica, ni bella, ni joven.

 

 

 

 

LXXII

¿Piensas que eres poeta gracias a mis versos,
Fidentino, y deseas que como tal te consideren?
Así, Egle se cree con dientes
cuando ha comprado huesos y marfil;
así Licoris, más negra que una mora madura,
se agrada maquillada de blanco.
Y tú, de la misma manera que eres poeta,
tendrás melena, siendo calvo.

 

 

 

 

LXXIII

No había en toda la ciudad, Ceciliano, nadie que quisiera
xxtocar gratis a tu mujer, mientras se podía:
pero ahora, que has puesto guardianes, es enorme
xxel tropel de folladores: eres un hombre ingenioso.

 

 

 

 

LXXIV

Era tu amante: tú, Paula, sin embargo, podías negarlo.
xxAhora es tu marido: ¿acaso puedes, Paula, negarlo?

 

 

 

 

LXXXVII

Para no apestar, Fescennia, al vino de ayer,
xxdevoras con avidez pastillas de Cosmo.
Este desayuno te frota los dientes, pero de nada sirve
xxcuando un eructo te sube desde el fondo del estómago.
¿No huele más la fetidez mezclada con aromas
xxy no llega más lejos el doble olor de tu aliento?
Estos fraudes demasiado conocidos y estas astucias descubiertas
xxabandónalas ya y sé simplemente borracha.

 

 

 

 

XCI

Como no publicas tus versos, criticas, Lelio, los míos.
xxO no critiques los míos o publica los tuyos.

 

 

 

Marcial, Marco Valerio. Epigramas (Trad. María Ohannesian). Barcelona; Ed. Plaza & Janés, 2001.

 

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