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DE AMICITIA

septiembre 10, 2020 Deja un comentario

 

DE AMICITIA, I

Ya no tengo amigos, los perdí, o les engañé o me engañaron
y los eché de mis días que quedaron vacíos como estrellas en el cielo;
y poco me apena estar solo en las barras de los bares, leyendo
los periódicos y mirando esos corros de adultos que hablan y ríen.

Fundamentalmente era falsa la amistad en cuanto a los altos cometidos
que se le suponen. Frente al amor, que éste sí lo tengo, la amistad
es cosa de hipócritas, de ociosos, de gente vulgar a quien gusta la retórica
y las histriónicas emociones, la gravedad fatua y el alarde febril.

Si no me crees, pon a prueba a tus amigos, que den la vida por ti,
dala tú por ellos sin pensarlo un instante, sin que asome en tus ojos
la mínima duda de que todo no sea una farsa y que tu amigo
es, finalmente, la cosa más odiosa de la creación.

La amistad es asunto de las clases medias, de obreros, de destinos
fáciles, de opiniones comunadas por el miedo, también de escritores
y artistas, de monarcas y del engañoso arte de pasar por el mundo
ayudado del codo ajeno cerrando los ojos a nuestra privada naturaleza.

El amor, en cambio, el sucio amor de los cómplices que se besan
y desnudos sufren en la alcoba, ése es de naturaleza divina y ese sí lo tengo.

 

 

 

 

DE AMICITIA, II

Y, sin embargo, de qué sirve la vida si no vienen los amigos a casa.
Y de qué sirven ellos si, desde la ingrata verdad, jamás llegas a su fondo, a su centro
y es penosa esa dura hipocresía del trato cortés y de la convenida amabilidad.
Está bien que te llamen de vez en cuando, en alegrías o infortunios.
Explicarte reconforta, ayuda la quimera de que quizá algún aprecio despierte
tu suerte por la vida, o las risas al unísono en una noche de fiesta.

Risas destruidas, que van camino del cementerio en la noche estrellada.

 

 

 

Vilas, Manuel. Las arenas de Libia. Madrid; Ed. Huerga & Fierro, 1998.

 

LAS ARENAS DE LIBIA

septiembre 8, 2020 Deja un comentario

 

DESDÉN DEL CIELO

Fue el tiempo mejor de mi vida, y tal vez las mejores
palabras, pues éstas venían del primer deslumbramiento.
Al recobrarlas, recobro a un hombre
cuyo conocimiento y cuya fuerte ilusión sí valió la pena.

Que luego vinieran las sombras
no excusa para que el recuerdo permanezca
intonso, inocente, inalterable,
para que la vida allí reunida,
como ese viaje a París de cuatro noches,
fuera jubilosa y eterna.

Que ya me gustaría a mí
no haber madurado, no haber vivido.
Y quedar como el adolescente,
aniñado y consentido,
de París y su elegía.

 

 

 

 

LA CLASE DE LENGUA

Abatimiento en mitad de una clase de adolescentes.
Quisiera estar en otro lugar, pero en dónde.
Rico y célebre en largos viajes por el mundo.
Tampoco ellos cumplirán sus ilusiones.
Salta a la vista: sin talento, sin inteligencia,
sin familia con posibles, sin belleza,
sórdida clase media-baja de la democracia
a quienes han prometido una educación intrascendente.
Enséñales, al menos, a querer la vida
con fuerza, con justicia, con dignidad,
con las palabras duras que a solas tú aprendiste.
Ayúdales a imaginar la ruina nada discreta
en que acabarán convertidos.
Los tristes negocios de su vida ya son un escándalo.
Diles que sólo la verdad con las palabras justas
defiende de la verdad abandonada a su sombra.

 

 

 

 

OTRA CANCIÓN DESESPERADA

Siento una vaga sed y estoy triste.
El invierno está acabando, da sus últimas batallas
entre las nubes y los mares, y deja los postreros
fríos en las altas montañas, lejanas, sombrías.

Las camas tocadas por el invierno son las del amor.
Así lo fueron para mí, y me acuerdo tanto de ella,
de cómo brillaban sus palabras y lo dulce que era.

Una mujer dulce, del invierno en mi invierno aparecida.
Como si Dios quisiera reír de mí un poco más,
viéndome feliz haciendo las maletas, planeando
románticos viajes a su lado, recogiendo su ropa
interior con delectación de cuarentón
cuyas plegarias han sido oídas en el último momento.

Siento una vaga sed y estoy triste:
Así la sonrisa de ella —la cuenta del hotel
le pareció muy cara—, y nos fuimos,
y yo estuve pensando en su cuerpo todo el viaje.

¿Se puede pensar en un cuerpo como si éste
fuera un laberinto, un problema de incompleta resolución,
una endiablada álgebra, un acertijo inmortal, inmoral?

Los perfumes, sus ropas, sus palabras, sus labios,
su huida, su verdad, su misterio, las heridas
de su corazón juntándose con las mías, su vida
entera, la vida que me enseñó y la que adiviné,
muy enamorado estuve, y casi me muero.

¿Con quién estará ahora? ¿A quién amará?
Adonde ella esté habrá alta vida, dura y salvaje,
futuro, riesgo, enigma, pasión precisada, expuesta.
Adonde ella esté, mejor yo ya no voy,
ya no podría.

Siento una vaga sed y estoy triste.

 

 

 

 

VEINTIDÓS DE FEBRERO: PENSAMIENTOS PARTICULARES
xxxEN EL ANIVERSARIO DE LA RUPTURA ENTRE KAFKA 
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxY FELICE BAUER

xxxxxI

La desértica iluminación, el corazón de una mujer,
el ultraje de almas, el mal, sus súbditos, célebres destinos,
consumados y lóbregos y torrenciales amantes,
ni una sola noche me acuesto sin rezarles,
sin abrazar esas figuras defenestradas de los altos limbos
de la vida lejos de Dios, de la vida regalada con liberales racimos.

Nada sacia, nada. Nada es bastante.
Mas no por ello desechemos los placeres convencionales:
un sexo tórrido y velludo, con ese sabor agonizante,
una comida al lado del mar, un baño en el lago de la sierra.

 

 

xxxxxII

He vivido media vida al cuidado de extraordinarias drogas,
en vitales y cultas alienaciones, estudiando, viajando, leyendo,
y ahora no sé cómo hacerme viejo sin terror, sin externos dramas
inútiles e ineficientes,
aceptándome; no sé cómo sobrevivir de aquí hacia adelante.
xxxEl viernes voy al cine,
el sábado me cito con desconocidos. El lunes trabajo,
el domingo no le doy gracias a Dios: qué habría de agradecerle.
xxxAsí es mi vida,
pero, aunque dura y sin interés, no concibo otra mejor y  que me sacie:
de allí el envenenado, portentoso mal que me vence a todas horas.
No creas que tu existencia, insensato vanidoso, es mejor que la mía.
Y de eso se trata, de contarnos la vida con las luces de la muerte.

 

 

xxxxxIII

El amor a las mujeres, a las más insatisfechas, obviamente.
Pero estas te cambian por su padre, que es el único
hombre de su vida, y llevan razón,y se hacen viejas
y se afean por las mañanas como el resto
y buscan lo que un hombre: fama, dinero, y vida eterna.
Pues lo peor de las mujeres es que son como los hombres.
Poco cambian de cintura para arriba, la misma final descortesía,
el malhumor longevo y bárbaro, y también se mueren.
El amor a un perro, que calla y camina.
Imagen de una inocencia que otro Dios alienta,
pero no encuentras tiempo para pedir un milagro.
El amor a un hábito, a una rutina ruinosa y cómica,
el amor a uno mismo, sin demasiada fascinación.
El amor a ellas, de cintura para abajo.
El odio a todo ser que aún siga vivo, tras la juventud.
El odio a uno mismo ofrece más respeto y dignidad.
Amor y odio a uno mismo, ilustres proyectos desbaratados.

 

 

 

 

CONFESIONES

Melancolía de la mitad del célebre camino
de la vida: «lo que no hagas ahora ya nunca
lo harás».
xxxMas ya nada quiero hacer,
sino mirar la decrépita luz de mis pensamientos
y recordar algunos días,
algunas noches de inmerecida ruina,
de inminente olvido.
Nada trajeron los años, frente a lo que pensé.
Las amantes fundaron familias,
—no goza la familia de buena prensa
en las vidas que me gustan—,
inhóspito el corazón, ya no conozco
a nadie.
xxxAtroz se me antoja la vida última
que no tengo, el tiempo, las tardes muertas,
los recuerdos que ya no recuerdo y bien quisiera
para salvarles con diestra inteligencia,
el cuerpo de la nueva mujer con que me acuesto,
y el mustio advenimiento de la infernal soberbia
de querer en un papel grabar las confesiones
no pedidas; mas toda confesión fue género
de ricos, de burgueses dadivosos y aburridos.

Dejé de creer en Dios, y cómo me alegro.
En los hombres, en el amor, en el trabajo,
en todo cuanto supusiera un horizonte claro.
La vida es un arsenal de creencias derrotadas,
y debo haberme vuelto egoísta, y un materialista.

Y aún me seduce, en las noches del lujoso verano,
buscar alguna pasión inconfesable que me haga sentir
el héroe de novela antigua del que por escrito
hago pública renuncia y amojamado vituperio,
sin que éste empañe la lujuria de Dimitri Karamázov.

Al mundo poco le conocí aunque para él
me preparaba leyendo los libros donde dijeron
que él estaba de forma impredeciblemente hermosa.
Una aspirina a la noche con un whisky sin agua,
mirar una eternidad por la ventana,
el descargado e inútil revólver, una antigualla
del año treinta, recuerdo de familia, en la fría mano,
y llorar bajo la quieta oscuridad esta ruina tan adusta.

Me quedó inédita la gloria. Es pena aborrecible.
En alguna vida futura, en fervorosa reencarnación,
exigiré tal conocimiento que no viví a mi pesar sediento.
Mas la gloria en el futuro, según va la democracia,
será a lo mejor calderilla del siglo romántico y vanguardista.

Adiós, adiós a la vida, como dice la letra,
mas no me resigno, algo en mí, restos, poderosos
restos de juventud,me impelen a esconder
el pasado, y salir a la calle a buscar
la santa felicidad, si bien no dure la búsqueda
ni la mitad del tiempo que perdí soñándola desnudo.

 

 

 

 

LAS ANTORCHAS

xxxxxI

Unos pocos en la historia contra los dogmas arcaicos
levantaron sus divinos pensamientos; no podían vivir bajo la férula
voraz de la ignorancia que limita el paraíso de la vida;
pero existe el vulgo, no es retórica quien alimenta su existencia,
existen las gentes grises y las hogueras adonde quemar el pensamiento,
y la carne humana que es más real que el pensamiento y arde mejor,
viéndose su humo en los lejanos pueblos y oliendo hasta los perros
el olor de las brasas y el polvo del alma, su crujir sarnoso, grasiento.

Ningún hombre merece vivir más que aquél a quien privan
de la vida la oscuridad, las ratas masivas de sus semejantes, la ley,
la luz, la justicia, camino del calvario, del patíbulo, puesto su nombre
en boca del populacho adoctrinado en las pocilgas de los reyes.

La ley, la justicia, el bien, el estado, la sociedad, tú mismo,
la risa y el escarnio del que nada hizo sino pensar la otra luz
que en sus ojos los días y la vida ponían caprichosos.

Y el silencio de los temerosos, de los asustados, todo ese vulgo
que miraba a Servet arder como un espantapájaros en el laberinto de su vanidad.

 

 

xxxxxII

Tarde, muy tarde, acabada ya la juventud, la vida va dando esa verdad
de que hablo, esa configuración de la monstruosa normalidad
de la que huye Darío y hace bien y es justo, huir del silencio,
de ese correr como los otros, esa gente hosca y atea
que no entenderá nunca por qué hiciste, escribiste,
te manifestaste si no tenías nada que ganar.
Nada que ganar, y qué han ganado ellos. Y qué se gana aquí,
en este triste horizonte de cipreses, sino toda la impaciencia y toda la amargura.
Mala suerte, pésima, ¿pero no es inherente a la maquinación,
a la libre espera, a la confirmación de que por tu mano elegiste tu destino?

(Aborrece, quien seas, el suplicio que padecieron aquellos
que la legítima sospecha de que la autoridad era un vicio y un arte de ignorantes
declararon en el juicio de los mundos, bajo la lluvia de preceptos humanos).

 

 

 

 

EL TEATRO

Cómo me acuerdo de todos aquellos días en que aún era inocente:
antes de salir a escena, esos grandes instantes de premonición y de deseo.
El lamento por el papel que finalmente nos toca en el sorteo de nada sirve.
Personaje secundario en una comedia de enredo, una obra corta,
representada por aficionados; o en una revista, donde medio emplumados
al lado de la corista decimos una frase frívola en tanto nos castañean
los postizos dientes; o quizá de sementales en un espectáculo de pornografía
anticuada, con una verga oscura y alargada entrando en otro cuerpo
mientras cuatro espectadores ebrios acaban sus brebajes, ríen y fuman
en una discoteca de pueblo, con cuarentones empalmados,
con ratas en los váteres, con las ruedas pinchadas del coche en que vinimos.

 

 

 

 

LOS VIAJES

Ya no viajo, ya no quiero saber aquellas suntuosas estancias
en míticas ciudades en donde supuse sería feliz, único, grande, espléndido.
Ahora se me ve por los pueblos de Aragón, andando por caminos de cabreros,
triste y harapiento, hosco y antiguo, garrulo de manos ásperas y negras
que saluda a los pastores, orina bajo las encinas y se masturba,
con la cara golosa del ayunado, del lelo o del chiflado,
en la noche estrellada, bajo los besos del aire y los rasguños de la luna.
De las arenas de Libia me acuerdo, pero dónde están.

 

 

 

 

FORD FIESTA L

Bajo unos pinos, en el parque de diciembre,
con los cristales empañados, con esa presencia
incómoda del cambio de marchas y del freno de mano,
después de convencerla de que, medio desvestida,
ansiosa, sin el sujetador, se tumbara en el asiento de atrás,
comienza una faena a oscuras, irrespirable el ambiente
de cigarrillos, de frío, de música de John Lennon.

 

 

 

 

DARÍO

¿De qué es ejemplo Darío? ¿De belleza contrariada,
de ejecución de la carne en medio de placeres haraganes?
Hay en sus palabras el delirio infantil de la nochevieja,
la ebriedad del caballero que pierde los papeles y blasfema,
el griterío de los golfos, la parisién cordura de las formas,
hay un hotel con la espada del Cid en la habitación del americano,
hay demasiados dioses para que alguno escuche
y una fúnebre colección de carbunclos, joyas, postrimerías.

Hay, por fin, ese miedo de los fuertes, de los que vivieron
cada día con la ruin sorpresa de que el paraíso es mentira,
de que el cielo es plegaria, de que la oración una cobardía,
de que la resurrección de la carne una errante mitología.

Desde que te fuiste París es una tumba.

 

 

 

 

CATULO

Tu fama de majara, tu fama de cura, tu fama de egocéntrico,
tu fama de que no te quiere nadie, tu fama de escritor de pueblo,
tu fama de perdedor, tu fama, tus vicios, tus poemas
donde dijiste que la culpa es de los otros, y dijeron que no,
que la culpa era sólo tuya. Y qué, si yo me marcho a Nueva York
mañana, si me he cambiado el corte de pelo, llevo gafas,
he perdido siete kilos, me voy con una puta de cien billetes,
hermosa, dura, grande, envidia de quienes atacan mi impudicia,
y cuando regrese, ya veré cómo resuelvo el asunto de mi fama.

 

 

 

 

EL JOVEN Y LA MUERTE

Delicada es la mano de la muerte. Su misterio invita al vivo
a devorar los días, las formas claras que en la tierra prosperan.
Mas aun así es inútil y esa belleza no querida nos espera.

No querer morir, no conformarse con el destino del que gozan
los ya idos, es más hermoso que la viciosa resignación.
En la noche venturosa del gozo y las ciudades, el pacto
con las deidades que han de darnos las gran rareza del inmortal
nos envenena y nos exalta: Dejar la vida para tomar
otra vida humana, mejor, inacabable, llena de mal,
de placeres suntuosos, pérfidos, de egoísmo y hermosura.

 

 

 

 

EN VERUELA

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxde la Naturaleza en nada avara…
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxFrancisco de Medrano

Las alamedas del aire enardecido brillan junto a Veruela.
Rareza inmortal mantiene alegres a los pájaros en el nublado cielo.
Ciudad del sauce, juvenil hermosura y vieja fe que ya no vuelve,
seto de abandonadas lágrimas, canción de prometidas rosas.

¿Quién como tú, desde niño, cultivó la muerte y el silencio?
Caballos de la noche, llevadme al pasado del pasado,
bajo esa zarza que brilla sobre el hielo vespertino de Veruela.

Naranjos floridos en mitad de la nieve, así el amor.
Lloran desde las torres injustas y dramáticas los muchachos.
Domingo nocturno en que aquí alcancé ningún secreto
sino la soledad de amar al hombre que en mí hubo.

Desnudo en los actos de amor, en el acto del descubrimiento,
y se llenaba la noche de intensa zozobra, de gozo al fin logrado.
No era fingida la saciedad, sí abrasadora y llena de humo su mano.

Flores esparcidas en el dormitorio han sido las miradas del amor.
Dama desenterrada, hondo árbol de la lengua, abominable entrada
en el bosque armado de la luz y la espuma, hierro en los labios,
el hacha del verdugo, las alabanzas, el disco negro de los besos.

Si creímos, moriremos; si dudamos, moriremos; si amamos, moriremos.
Gozosos van los gladiadores, con andrajos vestidos, a morir inocentes.
Bestias, hombres, flores, relámpagos, qué más da, vida o sueño,
terror o escándalo, a la deriva del tiempo, lento veneno que yo bebí.

Como quien suscita memoria de la muerte en día de celebración.
Como quien ha huido de su humanidad, y es la lluvia del invierno
quien sale a recibirle en un viejo monasterio ya cerrado para siempre.

 

 

 

Vilas, Manuel. Las arenas de Libia. Madrid; Ed. Huerga & Fierro, 1998.

 

EL ESTILO DE NUESTRO TIEMPO

 

EL ESTILO DE NUESTRO TIEMPO

No creáis que el hombre que de su vida habla con cruel acento,
áspera palabra y enemigo gesto de sí mismo es un indeseable.
Este hombre, conocido luego, resulta adorable, simpático, generoso.
No diré entrañable, porque le repelen los títulos del populacho.
Son paradojas del estilo de nuestro tiempo, enigmas de la infelicidad
de los que no cabe asustarse sino leerlos con acerada sonrisa.

Dejad que acaricie a vuestros hijos aunque sus libros sean
los de un ingrato, un viejo inmaduro que ultraja lo sagrado de la vida.
No dejéis de nombrarle hijo predilecto de la villa en que nació:
acudirá al acto, comerá con la mujer del alcalde y dirá amables palabras.

Años lleva este hombre en un cuarto sin luz, en una gran ciudad.
Entiende pocas cosas, no es feliz, y como un perro faldero
acepta la caricia de cualquiera, pero Dios, que creó su corazón
en noche desgraciada, le conduce, por mor de las palabras,
al acto sublime de juzgar las cosas y condenarlas en solitaria guerra.

 

 

 

Vilas, Manuel. Las arenas de Libia. Madrid; Ed. Huerga y Fierro, 1998.

 

TATUAJE

 

TATUAJE

Cuando después de muchos años, por un azar
ingrato, en alguna caja antigua de ti ya olvidada,
te encuentras aquellas fotografías de los años perdidos,
donde aún eras joven y sonreías ilusionado
no sé muy bien por qué o ya no lo recuerdo
(lo que es, sin duda, peor), y comienzas
a pensar que es sórdida y miserable
la experiencia del tiempo como pocas en la vida:
una humillación más, la última que faltaba,
no menos triste y violenta
que las que aún no has olvidado,
seguro que otro crimen sin venganza.
Allí estás en esas fotografías con tipos lamentables,
—darías lo que fuera, tu mano derecha por ejemplo,
por no haberlos encontrado en tu camino—,
con fulanas imposibles, amigas de poetas
que nunca lo fueron, licenciadas en letras,
alguna de las cuales acabó en tu cama.
Todo para mayor escarnio de tu memoria,
porque eso no lo aclara el pie de la fotografía
pero va contigo, allá en tu carne. Desolación
de lo que fui, qué estúpido es el tiempo
y qué inconsistencia, comicidad, burla y agravio
hay en su transcurso, en eso que los metafísicos
llaman, estirados, «el paso del tiempo»,
algo que tú ya no vas a cantar
por la mala vida que has llevado
y por la que aún te queda por llevar.

 

 

 

Vilas, Manuel. Las arenas de Libia. Madrid; Ed. Huerga y Fierro, 1998.

 

HISTORIA DE UNA CAMARERA

 

LA NOCHE DE VERANO

Cómo he cambiado en estos últimos años,
qué feliz soy por haber cambiado tanto,
cómo me gustan todas las grandes ciudades de la tierra,
qué poco me importa que todo muera,
qué poco me importa que agonicen las estrellas,
cómo me acuerdo de quién fui y qué contento estoy
de saber cómo era entonces y de qué manera amé
y viví, cómo me gusta que me besen las mujeres hermosas,
que toquen mi cuerpo con libertad como yo toco el suyo,
cómo me alegro de haber leído a Catulo a los catorce,
a Rubén Darío a los dieciséis, qué bonitas son las playas
en las que dormí de joven, qué dulce era aquella adolescente
que besé por primera vez, todo irá al reino de Dios
y allí gozaré de nuevo, y si no fuese así, qué poco
puede importarme, porque la vida al fin era eso,
la vida era un secreto, una gran alegría, la vida misma era
más de lo que pensamos es la vida, mucho más,
pero había que darse cuenta, había que saberlo muy bien.
Era demasiado grande y lo sigue siendo, demasiado perfecta
es la vida, un dinero incalculable, grandes fincas, grandes
posesiones en América, en Asia, en París, en Roma y en Berlín,
pisos nuevos y pisos viejos en el centro, rehabilitados,
joyas, cuadros, automóviles de museo, caballos,
casas y castillos en todas partes, fortuna tras fortuna
amasadas a lo largo de la historia, duele que la vida sea
tan formidable, duele que la vida sea tan inteligente.
La vida entera es nuestro hospital, la palabra perdida.
Así yo gozo del sueño, de la comida y del viento,
del viaje y de la playa, del árbol, de la navaja
que hundiré en mi corazón, de las calles,
de los mendigos, de las azoteas donde revolotea
la ropa tendida, de los fuegos artificiales
de la fiesta de un pueblo de mala muerte,
de un río que no cubre sino hasta los tobillos
y tienes que luchar con las piedras para poder gozar
del baño, de una furgoneta abandonada en mitad de un camino
con todas las ruedas pinchadas y los cristales rotos,
y dentro de ella me gustaría hacer el amor conmigo mismo.
Adoro mi pasado, adoro lo que fui, sé plenamente lo que fui,
conocimiento de causa tengo de lo que fui y lo adoro,
y adoro lo que seré mañana y me adoraré eternamente,
mientras sea posible que un hombre adore la vida tan adorable.

 

 

 

 

HISTORIA DE UNA CAMARERA

Encima de la cama estoy, sin sueño, está amaneciendo en Cádiz,
se oyen gaviotas trayendo el nuevo día, que yo no sé si viviré,
porque tengo ganas de morir, y llaman a la puerta, y es el servicio
de habitaciones, que me trae un desayuno delicioso: pruebo
un poco de todo, y he salido desnudo a recibir mi bandeja,
y una camarera veinteañera se ha ruborizado, es la playa y el mar,
le he dicho con acento francés, fingiendo ser un turista,
y ella iba tan guapa con su bata azul, y tan limpia y tan mona,
y cómo se le notaba lo bien que había dormido; ven, pasa,
le he dicho, enséñame el color de tus bragas y te daré diez
billetes, sólo quiero saber de qué color son y tal vez si están
ya un poco viejas, cuánto te pagan en el hotel, enséñamelas
y luego te dejaré mi cartera y coges lo que te dé la gana.
Está bueno el café, el cruasán lleva miel y las frutas están
maduras, y ella ha puesto una pierna sobre la silla y se ha subido
la falda y no llevaba bragas, me ha enseñado su culo,
su precioso culo de camarera y se ha reído un buen rato,
y casi me ha apetecido tocarle el culo pero para qué hacerlo,
para qué acariciar una bestia salvaje como ésta que se esconde
bajo la apariencia de una inocente camarera, con ver
el capricho de su ausencia de bragas, su descaro virginal,
su carne dulce y su muslo firme, el vello suave, ordenado, me basta,
y le he dado un cheque de cien billetes porque pensaba
morirme esta mañana, pero la sorpresa de que mi camarera
no llevase bragas, ni rojas ni negras ni blancas, me ha devuelto
el interés por la vida, porque la vida es una inacabable fantasía.
Me despido de ella y le digo lo que el espectro del padre
de Hamlet a su hijo “recuérdame” y pongo voz grave y teatral,
y ella me sonríe de nuevo, y se va contenta con su pequeña fortuna.
Y otra vez vuelvo a ser feliz, y dejo el café con leche y las tostadas
y me pongo ginebra en el vaso del zumo de naranja, y ya hace calor,
y miro el mar desde la terraza de mi habitación, y me afeito
y me ducho, y paseo desnudo por la habitación, y bebo más,
y me pongo un exquisito traje de verano, y salgo a la calle.

 

 

 

 

COSTA DORADA

Me acuerdo de las francesas y alemanas desnudas sobre la arena
de la playa, esos culos duros, de gimnasio, el pelo corto y rubio,
la ingle depilada, el marido cabrón que se baña con un patín alquilado,
las hijas del matrimonio moviendo preciosos senos al aire, y el encargado
del alquiler de los patines empalmado por culpa de la madre y las hijas.
“Estas guarras no pueden tener bastante con un solo hombre,
se dice, así que tú a esperar a que te llamen, y si no llaman
ya me dejaré caer por ahí, marcando el buen paquete que me dio mi santa madre”.

¿Qué tienes contra Dios, contra la vida, contra la felicidad,
contra el cuerpo, contra el placer, contra la belleza?

Ahora me acuerdo del mes de julio, del joven verano que prometía
el tiempo sin armas, el mediodía abierto, la luna concedida.

Los hombres tienen tiempo y pensamiento,
las montañas, los árboles, el mar no tienen nada.

Me acuerdo de la joven pelirroja, acurrucados los dos en una toalla,
en la noche del mar, jodiendo como profesionales en un escenario.
Y luego la piscina del hotel, la ducha, el pollo con patatas fritas.
Un libro de Bernhard sobre la mesilla, el austriaco que odiaba
a Austria, mucho whisky, mucha cerveza helada,
y me acuerdo de un fin de semana en París, jodidamente caro
dijiste en el avión, en julio de hace
diez años, borracho, desnudo en el pasillo del hotel pidiendo
un cruasán recién hecho para la bestia de mi amante,
que estaba duchándose, meándose de risa en el bidé,
y aquí no hay metáfora, sino apunte realista, estendhaliano
o galdosiano, pies con las uñas rojas, el culo sobre la loza,
las piernas bien abiertas, y el agua saliendo.

No me olvido de la obra de Dios sino que la contemplo
desde la tentación y el gozo, desde la promiscuidad y la pesadilla,
desde el instinto y la flor de santidad, desde la violencia, la santa violencia.
Desde la extravagancia que da la edad y el salario mínimo.

Dos jóvenes, en un banco del parque, junto a una playa,
despiden agosto amándose con maneras de época y de película.
Cualquiera podría verlos, y esto regala más barro a su deseo,
cualquiera podría ver el culo del chico, arrastrando
el vaquero con los pies, bien amorrado
entre las piernas de su novia, las tetas pequeñas
de una veinteañera con un tatuaje en un pezón,
la desafiante voluntad con la que joden,
esa voluntad de joder, de morder y de meterla a mala fe,
cuando se tienen veinte años, me enamora a mí también.

 

 

 

Vilas, Manuel. El cielo. Barcelona; DVD ediciones, 2000.

 

EL NADADOR

 

EL NADADOR

Se acerca un árabe negro en mitad de una terraza frente al mar.
Aún tiene la piel mojada, viene de bañarse y se sienta a mi lado
y me dice en un español envidiable, y en un tono secreto y sonoro:
sabes, no tengo nada, no poseo nada, y podría haberlo tenido todo,
los hombres se distinguen por lo que ambicionan: unos quieren
dinero y poder, otros renombre y méritos, triunfar, el éxito,
otros hombres buscan placeres, otros un trabajo honesto y fundar una familia,
otros ahorrar para cambiarse de coche, otros quieren divorciarse y casarse
con alguna más joven, pero yo, créeme, sólo quiero hablarte a ti,
que tú sepas por mi boca que todo es mentira, que hasta el arte
y la música son mentira, que hasta el aire que respiras es una mentira,
y de eso me he dado cuenta ahora, cuando salía del agua;
he estado toda la mañana en el mar, fíjate cómo tengo las manos
de arrugadas, he nadado hasta muy lejos, y luego he vuelto, me podría
haber quedado allí, pero he vuelto y al salir del mar, cansado,
triste, te he visto en esta terraza y he mirado tus ojos
y me has dado pena porque sé que estás completamente solo,
que duermes solo, comes solo, bebes solo.

¿Qué más viste allá, cuando estabas en mitad del mar, después de haber
nadado toda la mañana?, le pregunto. Y me contesta:
ya te he dicho que podría haberme quedado allí, muerto o vivo,
ahogado o convertido en una ola de sangre, vi que muerto
importo lo mismo que vivo, y vivo lo que muerto,
y en ese instante, me vinieron a los ojos los ojos de mis padres
el día en que nací, y me sentí muy libre, demasiado libre.
Pero si quieres saber lo que me dijo el mar, bien, esto es lo que me dijo:
“Ninguno de entre vosotros fue mejor que otro y todos moriréis.
Todos carecisteis de la mínima grandeza, ni uno sólo
de entre los vuestros fue excepcional, todos valéis lo mismo”.

El árabe negro se levanta de la silla y se marcha. Yo pido una ginebra
con hielo y limón y bebo hasta que llega la noche, casi en ayunas.
Borracho, terriblemente borracho pido la llave de mi habitación
en la recepción de mi hotel, estoy muy mareado, salgo a la terraza
de mi habitación frente al mar —me costaron tarifa doble las vistas al mar—,
y me entran unas dolorosas ganas de joder con tres mujeres juntas:
será que me estoy muriendo en medio del mar, pero, en efecto,
todas las instituciones de la tierra son una enervante mentira,
como el moro negro me dijo, aunque no me revelase lo peor.
Lo peor, sin duda, es que da igual, porque todo el mundo cree
firmemente en la mentira. Puede que los únicos que no creamos
en ella seamos él y yo, él en el agua, seis horas nadando,
como en la película aquella El nadador, de piscina en piscina,
de playa en playa, yo, bebiendo, de hotel en hotel, ginebra tras ginebra,
los dos completamente solos, ¿quién nos iba a querer,
si no creemos en nada, si estamos obsesionados con lo que fuimos,
pensando que en lo que fuimos se esconde la razón de esta falta de fe?
Ojalá no nos quiera nadie, y podamos seguir nadando, porque nadar
es bueno, porque nadar en el mar, en el mes de julio, es muy hermoso.

 

 

 

 

MALLORCA

Yo también estuve en Mallorca y compré la entrada de la Cartuja
de Valldemosa y me fui —gratis— a la tumba de Robert Graves,
que eligió España como quien elige una cubertería para la boda
de unos parientes lejanos.

Chopin y la viciosa de su novia anduvieron por aquí con pijama
de invierno, no se tocaron un pelo, ni soñaron los millones
de turistas que a Mallorca vendrían cien años después.
De haberlo sabido hubieran comprado media isla.

El mar confunde al atardecer, pues me devuelve héroes de la antigüedad,
de mi pasado, y me veo con barbero en un recreo de los Padres Escolapios,
me veo haciéndole el amor a una china, que me pagó un camarada del ayer.
Me veo trabajando de albañil para pagarme los estudios
que, claro está, no me sacaron de pobre.
Me veo con los ojos llorosos cuando supe que Anabel, mi novia
de los quince años, murió en la carretera, estampada contra un camión,
y toda la clase asistió al entierro y ella quedó allí, en su penumbra,
en su mala suerte, en el robo o rapto de su vida. Ya no gozaría
de lo que yo iba a gozar, y el mar de la existencia nos separó para siempre.
Ella quedó muerta, y yo vivo, ella paralizada, yo creciendo como un árbol.
Sus ojos eran como lilas, ella se fue al gran reino de la nieve
enterrada en la tierra, nieve dentro de una tumba que no se deshiela,
y yo me quedé por aquí, por las calles, por las tiendas y los bares.

Alquilé un Ford K con aire acondicionado y me fui a Porto Cristo.
Estuve toda la tarde en el agua, y me hervía la piel, y no podía
calmar ese calor, y salí del agua y bebí ginebra con hielo
y pagué una cuenta de ochenta mil pesetas, estuve bebiendo y comiendo
mejillones de roca y doradas y almejas y langosta,
hasta que se hizo de día, y luego, con arena en los ojos y en los labios,
nadé hasta el horizonte y vi mi piel arder y era el mes de julio,
eterna nube de verano, cómo me gusta que vayas sin bragas,
que te sientes en la mesa del hotel, morena y dichosa, medio desnuda
de cintura para abajo, que comas la ensalada ilustrada
sabiendo que debajo del vestido está lo que a Pedro Salinas tanto entusiasmara
y no supo muy bien cómo llamar sino usando lo de siempre: las metáforas.

Y mañana te vas a Nueva York y me dices que no me olvidarás nunca
y las dos cosas son ciertas, y para eso sirven desde siempre las playas de España.
Vuelves a tu trabajo de azafata en las tiendas de Carolina Herrera de Manhattan.
Nueva York es un sitio con quince millones de rostros, perderás el bronceado,
colgarás el póster de las Cuevas del Drac y esconderás la fotografía
que me hiciste en mitad de la arena, cuando dijiste que la tenía
como el Faro de Alejandría. Yo no tengo dinero para ir a Nueva York,
lo gasté todo en una semana en Mallorca, yo soy un señor de la península,
yo sólo tengo lo justo para mandarte esta postal del cielo, como dijo otro poeta.
Y tú, como todas las Navidades y en señal de memoria,
desde América me mandas un lote completo
(gel, colonia, after shave) de Carolina Herrera for men.
Y no sabes lo bien que me viene y lo mucho que me dura.

 

 

 

 

EL BOSQUE DE LAS HAYAS

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx(Valle del Aspe, agosto del 98)

Dios dio a la clase media el buen tiempo y el verano
para que gozasen del baño, del agua y de la luz,
como esperanza y anuncio de un futuro inigualable,
superior al esplendor y el gobierno de los tiranos.
La vida y España siempre estuvieron llenas de tiranos.

Así llegaban los obreros y los empleados a la orilla del mar,
del río o del lago, con sombrillas y hamacas baratas,
con la comida hecha en casa, con la bebida en la nevera
portátil, con las sandalias nuevas, con las flores del gorro
de agua, con el periódico, el cigarro, y el bigote sobre el labio.

No quiero seguir escribiendo poesía. No creo en ella.
Es una dedicación de cobardes, de legisladores menesterosos.
La poesía dejó de servir a la vida para servir a la historia
de la poesía, una vieja tentación de los hombres,
un ridículo aburrimiento, un vaso vacío en la medianoche.
Me paso la vida comprando navajas.

Me miro en el espejo del hotel Bernadette,
voy vestido de blanco, con corbata de seda,
como un comulgante, con el rosario y la cruz
en las manos, telúrico, claro, exaltado y ni siquiera
son las once de la mañana y ya he bebido
con indebida abundancia, mano fastuosa en la botella.

Me miro en el espejo sucio del hotel Sahara Inn,
en Marraquech, la moqueta roja del suelo es casi sangre,
las toallas no quitan el sudor de los cuerpos,
y el agua quema y está contaminada.

El bosque de las hayas está ofendido y me acuerdo del pasado.
En el bosque de las hayas busco frambuesas y arándanos.
Quisiera estar aquí, sobre la tierra, como están las hayas,
los robles, los serbales y los abetos blancos.
Los árboles son como los muertos.

Mi pasado es un río, un molino, una navaja, una caña de pescar.

 

 

 

Vilas, Manuel. El cielo. Barcelona; DVD ediciones, 2000.

 

ROSARIOS Y NAVAJAS

 

ROSARIOS Y NAVAJAS

Hice un viaje a Lourdes, Francia, en julio del noventa y ocho,
fecha radiante, días de cerveza helada y de amantes pobres
en la carretera de París.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxEn Lourdes no hay casinos
sino decenas de hoteles para peregrinos que rezan y piden,
como yo,una vida longeva, salud a raudales y un error
de la Virgen que otorgue al pecador irreverente la curación de su alma,
o de su cuerpo, o de ambos a la vez, juntos en platónico matrimonio.

Lourdes es el gran comercio de los templos,
se venden rosarios y navajas, suvenires desdichados,
vírgenes azules, espejos bifrontes que simulan
la encarnación del espíritu con un mal gusto clásico
y con un misticismo de tómbola española,
mantos, oraciones, plegarias, agua bendita y toda la colección
de cuchillos de la famosa marca “La main couronnée”,
y un adhesivo horrible del “Tour de France”.

La mano se corona con un rosario o con una navaja.
Vi muchos curas con sotana, curas jóvenes, atractivos,
y curas africanos, que ya son muy frecuentes: ese cura negro,
con gafas de pasta, ilusionado, con belfos duros
como la mirada martirológica de Cristo,
cura negro al servicio del delirio religioso del invasor blanco.
Los sacerdotes negros siempre han renovado mi fe en Roma.

“Tal vez haya hoy un milagro”, comentaba alguien en español
del Sur de América, tierra milagrera y harapienta.
Y a las siete en punto comenzó el desfile de sillas de ruedas:
canadienses, ingleses, italianos, franceses, polacos, rusos,
todo un mundo rico, lisiado y meditabundo, buscando aquí
la última fuente sin fundamento es el rigor de nuestra raza.

Cené en Mc Donald’s, porque en Lourdes hay Mc Donald’s,
una buena hamburguesa con patatas fritas, y un vaso
de cocacola con hielo, treinta y cinco
francos, comí al lado de monjas, postulantes, novicias y creyentes.
Yo, un hombre solo, una mano en la hamburguesa,
en la otra una patata larga y amarilla, fina y quemada,
un turista absurdo, un tipo que viaja
a los confines morales de este mundo blanco: la mano se corona
con un rosario o con una navaja, tal vez con las dos cosas juntas.

En la habitación de mi hotel, con vistas a ese río de aguas verdosas
con olor a incienso —en Lourdes todo es olor a incienso, a la más despiadada
enfermedad, a romanticismo conservador, a siglo diecinueve,
a las páginas de Chateaubriand, a sacristía con tinieblas doradas,
a pecado y a éxtasis, a faja de monja de la talla más grande,
a sostén de novicia de la tela más áspera,
a sotana sudada, a sandalia de fraile,
a tortilla y merluza hervida,
a camas que, al abrirlas, exhalan olor a muerto,
a todos los muertos, a todos los Santos—,
extiendo sobre la cama húmeda lo que he comprado en esas tiendas
que se parecen tanto a las de la Costa Dorada de España:
un rosario brillante y barato, y una navaja “La main couronnée”,
la que corona la colección, la más vistosa,
la más larga, la más ancha, la más cara,
la que se ha llevado mis últimos doscientos francos.

Dicen que el engañado hace descender todo su infortunio
de un arquetipo repetido y gastado, de un solo rostro;
el rostro de uno mismo, añadiría yo, visto a lo largo del tiempo,
la pesadilla de estar vivo, la feliz pesadilla de la vida muy amada.
Ojalá cuanto me causó pena y sacrificio se convierta en Dios mismo.

Abro el balcón del hotel “Bernadette”,
un balcón blanco, cuyos postigos predicen una canción de despedida,
y me acuerdo de todo lo que he sido y no sé adónde viajaré mañana,
cuando esta noche de agosto iguale mi oración y mi deseo,
porque yo también me extingo, demasiado sé que me extingo,
pero esta voluptuosidad malsana, media, cansada, monástica,
de robar el aire y la santidad de lo que arde y es vida,
y esta ciudad que postula y duerme de rodillas,
y esta esencia maquiavélica del Cristianismo y de los ídolos,
esta liturgia  de navajas y rosarios que morirán conmigo,
y este whisky que bebo maniáticamente mientras el alba crece,
y estas punzadas en el corazón, me dicen que todos mis pecados,
mis malas artes, mi pequeña avaricia y mi contumaz sacrilegio,
el ídolo que hubo en mí y se esfumó como un traidor confeso,
el dolor, mi dolor, mi pena antigua, cansada, distinta,
estos días, estos años, de pueblo en pueblo, solo, soñando,
viejo de sotana raída donde las flores del mundo cuelgan miserablemente,
y a veces no tan miserable sino divina o dichosamente,
estos años viajando por Aragón, con la mirada de Iván el terrible,
todo este tiempo se ha hecho, finalmente, bueno, puro y noble,
o majestuoso y cándido, muy bello, muy frío y muy Ulises
tentado por sirenas de culos grandes y bocas negras;
y con la conciencia de un hombre que ha bebido
demasiado para una velada solitaria, me tumbo sobre las sábanas,
desnudo como una reciencasada en su noche de bodas.
Y es el mes de julio, y aún es el verano más fuerte de mi vida.

 

 

 

 

MACBETH

Esta mañana he embarcado en el Ferry que va a La Gomera
desde Santa Cruz de Tenerife, me he sentado en la terraza
de cubierta y he empezado a beber Campari y a comer olivas rellenas,
y al rato ya estaba completamente ebrio, una escocesa
sucia y pintada, de unos cuarenta años, con un escote duro,
enseñándome sus hermosos pechos negros y hermanos,
se ha sentado a beber conmigo; es una estudiante de español
de la Complutense de Madrid, me ha dicho, y ha sacado la lengua
de su boca para decírmelo, ¿dónde está Escocia?, le he preguntado yo,
¿dónde está tu verga?, me ha contestado ella; hemos pasado
del Campari a la ginebra blanca, y tras un rato le he dicho a la escocesa
en un español inspirado, del que no habrá entendido nada:

Santo es todo cuanto está bajo las aguas,
desde el buque hundido hasta el pendiente de bisutería,
que cayó al mar en un amoroso descuido.

También el libro de mi vida está bajo las aguas,
sostenido por un hechicero de herrumbre,
entre peces y corales, algas y oscuridad.

La escocesa se reía y se ha quitado las bermudas
y se ha quedado con las bragas puestas como si fueran
un biquini, quítate las bragas le he dicho, vámonos de cubierta,
quítatelas, y se las ha quitado, y en un rincón del barco,
en un cuarto pequeño donde había ropa de trabajo y un cubo
sin agua, hemos fornicado como dos borrachos sin escrúpulos,
pero con suerte, que atinan a meterla y menearse con pericia,
después, he cogido sus pendientes y los he tirado al mar,
ella ha cogido mi cartera y me ha dicho eres un hijo de puta,
esos pendientes eran de oro y valen diez vergas como la tuya,
y ha sacado de mi cartera los diez billetes que guardaba para comer
solo en la isla, y tomarme una ginebra en algún garito de la playa.

El reino de Dios está adornado con las joyas de oro
que los mejores hombres llevaron hasta Él,
he fumado mucho esta noche y toso, voy de tasca
en tasca, y ya sólo hay cerveza caliente en los garitos del amanecer,
pareces un cura rebotado o un pringao, me dice alguien que me escucha.

Lejanos y marchitos, los héroes abandonaron el cielo y la tierra,
su lejanía hace que mi vida sea triste, su abandono es mi abandono.
Yo crecí con ellos, niño que espera en un balcón sobre el río, o nadando
en el mar, en vísperas del mar de julio, y les oía venir, y no vinieron.
Les oí hablarme, y no me hablaron, les oí amarme, y me olvidaron.

El mar acepta mi vulgar regalo de unos pendientes de oro
en honor de los siglos que ha permanecido solo,
acepta que yo me acuerde de él un momento.
La vida se quemó, no puedo estar enamorado siempre, no quiero nada.

La noche de las estrellas, la ballena albina,
el siglo diez antes de Cristo, una choza en medio del mundo,
un río, una lengua que no tiene escritura, frutos,
verduras, alguna cabra, una liebre herida, un fuego,
una cueva, una piel de cordero, una lanza de piedra,
el mar como un escudo, como el pecho de todos los pecados,
los dioses miserables, inventados,
el bosque, la nieve, el asado, el mar es el terror,
el gran terror, la cara de los muertos, la muerte,
el dolmen, el granizo, la intuición de que Dios vendrá.

Mandorla negra del océano, cripta con agua salada muy abajo,
la fotografía de una época remota, nada hubo, nada quiere ser en mí,
y el mar se retira y llega la luz del amanecer y yo regreso al hotel en que me hospedo.
El niño desapareció, los héroes cantaron y no fueron oídos, el mar marchó
hacia un gran silencio, y yo bebí, y toda la tarde estuve durmiendo.

Y de todo aquello que acompaña a la vejez, como el honor, el amor,
la delicadeza, la obediencia, las grandes legiones de amigos,
yo no debo esperar nada.

 

 

 

Vilas, Manuel. El cielo. Barcelona; DVD ediciones, 2000.

 

SIETE POEMAS DE ‘EL CIELO’

septiembre 30, 2019 Deja un comentario

 

AIRE DE TORMENTA

Desde hace diez años duermo de día y también de noche.
He venido a la Costa intentando despertar, me quedé solo en la vida,
mi mujer me abandonó por otra mujer y no lo supe hasta el último día,
me quedé con mi perro Trajano, otro bello durmiente, la herencia que me dejó
mi abuelo Valero la gasté con golfas valencianas, catalanas,
andaluzas, vascas y africanas, y luego empecé con las francesas,
con las chinas, y las peruanas, y me dediqué a viajar como una tormenta,
dejando agua y nubes negras, lluvia y granizo, rompiendo las cosechas
y mojando a los novios que se besaban en el parque o en las afueras.

Vivía aquí y allá, paseaba por ciudades como Roma o París,
solo, rico, lo suficientemente rico, ocioso, disfrutando de mi herencia,
mirando las casas, los bares, los hombres, los restaurantes y las tiendas.
Sin trabajo y con dinero, y hermosas calles de París ante mi vista.
Pecados negros, pecados blancos, callejones, orillas del Sena,
el teatro, el veneno, las copas ya bebidas, la luz de Gabriela,
una amante que tuve, su piso viejo, un exorcismo, un milagro,
la luna arriba, la inmensa tormenta que descargó aquel verano;
Gabriela que hablaba de su padre,un argentino muerto
en Alemania, pisado por un tren, un fantasma que la visitaba,
una licantropía rigurosa, nietzscheana, el horror y el fervor de vivir.

He sido el ser más inocente, el más viajero, el más silencioso,
Retrataba las habitaciones de los hoteles donde dormía,
la cama, el escritorio, la ventana, la alfombra, la ducha,
luego dejé de hacerlo, eran tantas las fotografías que no sabía
dónde guardarlas, quizá en una caja fuerte de la diplomática Suiza.
Pedía la llave 224 de mi habitación y un conserje me atendía
con mucha ceremonia, subía en el ascensor, abría la puerta
y estaba solo, y ponía la tele y me pasaba la noche viendo
un programa de la televisión francesa, profundamente solo,
y luego un telefilme, y luego una película, El turista accidental.
Nadie sabía dónde estaba, nadie ya me conocía.

A veces me enamoraba de alguna mujer apenas entrevista en la mesa
de un restaurante, una mujer con vestido blanco, de unos treinta años,
quizá treinta y cinco, otras veces me refugiaba en los museos de arte,
me quedaba horas enteras delante de lienzos de Delacroix, o iba
a los cementerios donde enterraron a los poetas de la pasada centuria,
siempre solo, siempre deseando estar aún más solo, soñando
una soledad más dura, más grande, y con ella una perfección imposible.
Los hombres fueron ingratos conmigo, y las mujeres imagino que también.

 

 

 

 

EL ÚLTIMO HOMBRE

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxVuestra Merced escribe se le escriba
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxLazarillo

Sentados en una terraza veraniega de Mallorca,
le digo a un amigo, inspirado por una ginebra blanca:
“El hambre de los niños es la única gravedad
de la historia, del estado y de la filosofía.
De los hambrientos son las guillotinas del futuro.
Dios es el ídolo de los pobres”.

No sé por qué pienso estas cosas ni por qué escribo de ellas,
cosas tan poco brillantes, tan de seminarista de aldea
que no ha visto las capitales de Europa donde viven
las novicias jóvenes,
esas que se pintan y salen a bailar por la noche,
esas de labios nuevos, sin estrenar, y carnes duras
porque tienen veinte años y muy mojadas las bragas.

Bebí otra vez de mi ginebra y supe que ya estaba solo,
en Mallorca, en una plaza con iglesia, llena de guiris,
acariciaba mi cartera, mordía mis gafas, acariciaba a Trajano,
y proseguí: “Si tuviéramos vergüenza nos haríamos misioneros
y tú, Trajano, llevarías en tu espléndido lomo un botiquín de la Cruz Roja.
Soy un seminarista ocurrente, un lobo marcado en la oscuridad,
soy un predicador del desierto, que se ha quedado sordo,
un teólogo retirado, un chamán ilustrado,
una celestina beata, un lazarillo tuerto,
una concha de mar ascendida de lo Alto,
un ser encendido que arde solo para él,
una velada con un único invitado,
aburrida, geométrica, lunar,
el hijo de Dios, el último que tuvo.
No dedicaré mi vida al servicio de la verdad.
Nací en julio del sesenta y dos, soy un hijo del verano
de España, un verano con sol y noches de fiesta
para el cuerpo, para la boca, para los pies,
para el culo de la mujer madura, para los muslos
de la mujer pagada donde se quema un tatuaje,
una boca abierta, el verano se muere de hambre.
Mes de julio, España, la sed, la moderna sed de no hacer nada
sino tomar el sol, desnudarse, estar desnudo,
muy empalmado, bebiendo todo el día cerveza y vino.
Mes de julio, España, los ricos, incompetentes y vagos,
los pobres, pobres y tristes”.

 

 

 

 

CAPRICHOS DEL QUE NO DUERME

Por las noches, cuando no puedo dormir de tan feliz que soy,
me levanto de la cama y me pongo a escuchar música y a escribir,
repaso muy vagamente recibos que me llegan del banco,
compruebo la marcha de los relojes de mi casa, mi casa está llena
de relojes, me plancho alguna camisa si estoy inspirado,
contemplo el sueño doméstico del gran Trajano y me ordeno
la mesa del despacho, me abrillanto los zapatos y escribo
con poca fe y me acuerdo de todos mis amigos de la infancia
y pienso en un acantilado frente al mar, y en el mar veo un barco
donde están mis pequeños amigos, navegando como valientes.

Encima de la mesa de mi despacho están las fotos de Kafka,
(a la señora que limpia mi casa le dije que era mi bisabuelo
y le pareció muy guapo y comentó que mis ojos eran los suyos),
un destornillador que compré en una oferta y que ahora empleo
para matar transparentes insectos del buen tiempo que se meten
en mi casa atraídos por la lámpara de mi mesa, una calculadora
Firstline con la que saco las tristes y baratas cuentas de mi vida,
un sello de caucho con mi nombre y dirección, una grapadora
negra con los bordes dorados, muy bonita, las gafas
de mi discreta miopía, las gafas de sol que no deberían
estar aquí, y una agenda con teléfonos y direcciones inútiles.

Y en la gaveta guardo una navaja preciosa, con la que, de vez
en cuando, amenazo, en extravagancia lúdica, al gran Trajano
y éste me reprende con algún ladrido de enfado melodramático.
Por la noche, mientras dura mi vigilia, repaso los rincones
de mi casa, a oscuras, descuelgo el teléfono y oigo la voz
grabada del contestador diciéndome que no tengo mensajes
ni nuevos ni antiguos, temo abrir las puertas de los armarios,
me gusta el contacto frío de los picaportes de las habitaciones
de mi casa, y luego, después de esta ronda noctívaga,
regreso a la cama, me quito las zapatillas, me arreglo con la almohada,
y mientras me duermo rezo un Ave María, un Credo y un Padre Nuestro.
Y aún me queda tiempo de que me resbale una lágrima azul
por las manos cerradas, por el pecho abierto, por la mejilla húmeda.
El verano es la estación en que me enamoré de ti
y conocí lo que la vida entrega, íbamos juntos al río,
España era una dictadura cayéndose sobre nosotros.
Y sólo sé decir, como esos seres obsesionados por algunas palabras
que difícilmente representan los hechos, el verano es la estación
en que me enamoré de ti, y sólo me faltaría añadir “Sabedlo”.
Pero ¿sabedlo?, no es ese sabedlo una señal de presumida retórica,
si nadie supo nunca nada de nosotros, ni nadie sabrá cómo te quise,
porque los amantes como nosotros no dejan rastro, no dejan nada.

 

 

 

 

RECUERDOS DEL QUE NO DUERME

Qué maravillosa estabas aquel amanecer, tumbada en el sofá
de la habitación, desnuda, fumando, leyendo una revista,
con los labios rojos, con la sonrisa de quien tiene una fortuna,
—mucho dinero he heredado de mis tíos suizos, dijiste en la cena.

Una mujer que recorre el mundo, amiga de las playas y del buen tiempo,
toda luz, espantosamente joven, no envejecerás nunca
le dije, bésame aquí, entre las manos, entre los rubíes de los dedos,
así lo haré, le contesté, es enorme esta suite, qué bello está el mar
cuando amanece, me gusta el Sur, aunque de todo me canso,
y lo hicimos un rato más, junto a la ventana, con las manos pegadas
en el alféizar, y yo cogiéndola por detrás, ¿cuántos años tienes?
Te gustaría que dijera dieciocho, pero tengo más de treinta.
Estaba sonando Cabaret en el hilo musical, y ya hacía calor.

Luego, aún desnuda, te miraste en el horrible espejo de la suite
y me dijiste ven acércate, elige una parte de mi cuerpo,
elige lo que quieras, acércame un cigarrillo, llama al servicio
de habitaciones, telefonea al aeropuerto, quiero irme a París.
Es mejor que viajes a Estocolmo, quizá a Helsinki, un lugar frío,
alejado de la impaciencia del verano, ven, elige una parte
de mi cuerpo, elige una parte del mundo, bésame despacio.

Una vez maté a un hombre, podría matarte a ti también.
He deseado que me mate una mujer como tú, ya he vivido
bastante, puedes hacerlo ahora mismo, no me moveré,
de verdad, planéalo mientras me ducho, planea un buen crimen.

Y ella me volvió a besar. Mátame tú, ya he tenido mucho amor,
mátame con tus manos, tampoco he de sacar nada ya de ti,
pero yo podría ser tu esclavo, estás tan hermosa a veces,
ese labio, esa mano, ese gesto tan noble, esa alma dura,
ese silencio, te hacen muy codiciable. Codicias lo que yo
de ti, el secreto de lo que fuimos, con ese secreto hemos amado
esta noche, márchate ya, ojalá no nos volvamos a ver nunca.
Ojalá, así sea, déjame contemplarte una vez más, ya no puedo tocarte,
estoy arruinado, yo podría hacerlo con otro hombre ahora mismo,
¿te das cuenta?, la vida nos dio una naturaleza inagotable,
márchate ya, quiero dormir un buen rato y olvidarte.

Imagínate que sólo estuviéramos tú y yo sobre la tierra,
que el mundo volviera al año mil antes de Cristo,
que no hubiera caminos ni ciudades ni estados ni gobiernos,
sino cuevas y aldeas, casas de cañas junto al río, y una luna
enorme en las noches de verano, piénsalo mientras te duermes.

 

 

 

 

EL ENAMORADO

Toda la noche soñando contigo, me he pasado la noche entera
soñando que te besaba en el patio de una iglesia junto al mar.
Qué enamorado estuve de ti, y no te lo dije nunca.
¿Lo adivinaste? ¿Lo deseaste? ¿Lo suplicaste?
Tenías seis años más que yo, estabas más hecha a la vida,
no te ibas de la cabeza como yo, sino que eras moderada y prudente,
aunque llena de amor por dentro, amor hacia mí,
hacia mí, que era un tipo de lo más perdido, y eso sí
se notaba a la primera, y cómo me acuerdo de tus manos
y de tu sonrisa, todos los amantes se acuerdan de lo mismo,
sólo que yo no me metí nunca en tu cama, un día me la enseñaste,
pero nada más. Y ahora me despierto y he soñado que te besaba,
y son las diez de la mañana de un verano monumental
y ya estoy bebiendo una ginebra, así, en ayunas, y salgo
a la terraza de mi habitación y veo a las turistas tumbarse
sobre la arena, y pienso que tú podrías estar aquí conmigo,
qué enamorado estuve de ti y cómo lo estuviste tú también,
y qué mal hicimos en no habernos revolcado mil veces
por mil camas, o qué bien hicimos, porque, conociéndome,
igual te hubiera pedido en matrimonio y tú hubieras aceptado,
y borracho como estoy todo el día, cuando me hubiera cansado
de joder todas las noches, a lo mejor me daba por darte un puñetazo
o tirarte a un río, o a ti por pegarme un tiro,
o envenenarme o pegármela con otro.
Cómo puedo decir todo esto de ti, que eras un ángel
y lo sigues siendo, y de mí, que te quise con inocencia.
Será mejor que siga bebiendo hasta que te borres de mi memoria,
y esto sí que me hace llorar, y soy un tipo que está llorando
a las diez y media de la mañana, sentado en la terraza de una habitación
para turistas, con una ginebra caliente en la mano —son los restos
de la noche—, llorando porque si te echo de mi memoria,
verdaderamente entonces sí que ya no me quedará nada.

 

 

 

 

EL DESCONOCIDO

En una noche de agosto, en Cadaqués, empecé a beber con un desconocido.
Se hicieron las seis de la mañana, nos fuimos con una botella de ginebra a la playa,
ya hacía ese maldito calor del que no ha dormido, esa vejez del deseo.
El desconocido miraba las luces de las estrellas y divagaba, había una barca
en la arena y le tiraba pequeñas piedras mientras bebía y fumaba.
El desconocido me había acompañado de barra en barra, con muchas ginebras
en el cuerpo, presos los dos del mar y de los barcos del acabamiento físico,
hablando de mujeres y de fútbol, contando chistes y moviendo el pie
en señal de ritmo, cogiendo con la mano un mechero Bic y con la otra la copa.
El desconocido me dijo ya está amaneciendo, ahora refrescará, una vez
tuve un buen trabajo, ganaba bastante dinero y mi madre estaba orgullosa
de mí. Yo era bueno en mi oficio y le dedicaba mi vida entera. Un día mi madre
enfermó, y los médicos me advirtieron que iba a morir, pero de una muerte
larga y lenta, impredecible. Me ausenté de mis obligaciones todo lo que pude para cuidarla,
mis jefes me preguntaban por mi madre casi todos los días, pero me di cuenta
de que no podía faltar a la oficina por más tiempo y busqué una enfermera.
Una noche mi madre empeoró terriblemente, pero a la mañana siguiente
me dijo que estaba mejor y yo me fui a trabajar, y mientras estaba trabajando
en mi despacho, mi madre murió. Yo no la vi morir ni estuve con ella en ese instante.
Llegué a casa y ya estaba muerta. A los seis meses me despidieron del trabajo
porque mi departamento ya no era rentable y yo mucho menos que mi departamento
porque me había vuelto melancólico, intratable, perezoso, alcohólico, violento.
Me dejé la piel y la piel de mi madre por ese curro y luego me mandaron al limbo.

No me vas a dar lástima, le dije. Si no tienes donde dormir, duerme en la playa.
Yo ya te he pagado quince ginebras y seis paquetes de Marlboro, y yo sí
tengo donde dormir, en un hotel de tres estrellas, que no está mal, el chorro de la ducha
es potente y las toallas y las sábanas están mucho más limpias que tu alma.
No obstante, si te sirve de algo, te diré que siento lo de tu madre, y si tuviera
una edición de las poesía de Jorge Manrique te la regalaría ahora mismo,
porque Manrique fue un tipo que perdió a su padre como tú a tu madre,
pero él no tenía un mal curro como tú, y desde luego, bebía mucho menos que tú.
Y Manrique, el poeta y el guerrero, hubiera sabido degollar
a todos esos jefes tuyos que impidieron que le cogieras la mano
a tu madre cuando se fue de este mundo.
Eso es lo que te está matando, que no hayas tenido el valor
de matar a quienes te confundieron y te indujeron a una vida falsa, sin honor.

El desconocido se levanta y arroja al mar una botella vacía de ginebra,
se quita la camisa, se queda desnudo y entra en el agua con gesto decidido,
adiós, me dice, me marcho al fin del mundo, y se cae en mitad de una ola.
Está tan borracho que, al caer, se ha abierto la cabeza contra una roca del fondo.
Cuerpo inerte, la ropa en la orilla mojada por las olas, la cabeza y el pelo lleno de sangre,
la ginebra que se mezcla con la sangre y la sangre con el agua, llamo a la policía
y un médico dice que el desconocido acaba de palmarla, que estaba tan borracho
que el golpe lo ha asfixiado, y le miro a la cara y sí, tiene cara de faltarle el aire.
Me llevan a comisaría y regreso al hotel a las siete de la tarde, cansado, sucio,
con cien declaraciones firmadas, con un cheque de cuarenta billetes extendido
a un joven que ha hecho las veces de mi abogado, harto de cafés y subcomisarios,
me echo en la cama del hotel y me quedo dormido pensando en la madre del desconocido,
en el encuentro de los muertos, de la madre muerta, el hijo muerto, todo muerto,
y mientras los vecinos de mi habitación toman el sol en la terraza
y la orquesta del hotel —un hotel de turistas— empieza a montar el escenario
al lado de la piscina, y yo estoy perdido en este mundo como una bestia
sin corazón, como un capitán de infantería de la Gran Guerra con el pecho
cosido a balazos, con un bigote grande, con cejas negras, ancho de hombros,
un capitán que parecía muerto, pero que de repente sale de la trinchera
y comienza a disparar a todas partes, y resulta imposible que un hombre
que lleva tantas balas dentro pueda seguir empuñando una pistola.

 

 

 

 

LA LUZ

Entraba la luz de la tarde, posándose en las pequeñas botellas
del minibar de la habitación de mi hotel, una luz de montaña
—estábamos en el hotel más caro de los Alpes—, que traía el frío
de finales de agosto. Desde la terraza, ponte un jersey si sales
a la terraza, se podía ver esos pinos enormes, religiosos, fragmentos
de la carne de un dios inocente, ¿por qué no quieres ver a nadie,
cabrón antisocial, te pasas los días aquí metido, bebiendo
y mirando los pinos?, me preguntaste, y yo te lo dije bien claro,
estoy jodidamente muerto, soy sólo un cadáver que viaja
por el mundo, un cabrón de vacaciones eternas, un asaltador
de minibares de hoteles de lujo, un consumidor de minibotellas,
y sólo me importa esta luz, esta luz que ilumina la habitación
porque esta luz es lo más misterioso que he visto nunca,
parece como si en ella cupiese la vida que he vivido
y la que no podré vivir, todo mezclado, claro fantasma.

Tu falda y tus bragas negras estaban en la silla, y tú sentada en el suelo
bebiendo un gintonic, si no me gustases tanto, dijiste, ven aquí,
volvamos a la cama, y empecé a comerme tus brazos,
tus manos, tus uñas bien cortadas, y la luz seguía entrando
y resplandecía en las etiquetas de las pequeñas botellas
del minibar. Eres un guarro, hijodeputa, no me lo hagas así,
eres un guarro, seguías diciendo, pero la luz no se marchaba nunca.
Y ella que hablaba de su vida y de sus ilusiones,
y su ropa interior esparcida por la habitación,
decentemente esparcida, y quejándose
de que, en vez de salir por ahí, nos quedásemos jodiendo
toda la noche, y luego, colmada, diciéndome eso
de erres un guarro, hijodeputa, te he dicho que no me lo vuelvas
a hacer así, toda la noche llamándome, repitiendo lo mismo.

Me quedé dormido un rato, me levanté de la cama, desnudo,
fui al minibar, cogí el último botellín y me lo bebí de un trago,
fui al lavabo y dejé correr el agua hasta que salió fría
y luego bebí, y mojé mi boca y mi lengua mucho tiempo,
tú seguías durmiendo, aún tenía líquidos tuyos por todo mi cuerpo,
saliva tuya y aguas de tu sexo y de tu boca, escociéndome,
y la luz ya se había ido, trayendo una paciente oscuridad.

 

 

 

Vilas, Manuel. El cielo. Barcelona; DVD ediciones, 2000.

 

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EL HUNDIMIENTO (y 2)

septiembre 24, 2016 Deja un comentario

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FOREVER IN BLUE JEANS

Recuerdo tu pelo rubio bajo el sol del Mediterráneo.

Tú tenías quince años y me dejaste que te besara.

Vendería mi alma al Diablo, al Rey de España,
a la Reina de Inglaterra, al Presidente de los Estados Unidos,
al Papa de Roma,
por regresar indemne a ese momento.

Caminábamos de la mano, aquella noche estrellada,
al lado del mar iluminado.

¿En qué triste matrimonio vives ahora o tal vez ya estés muerta?

O no te casaste, y vives sola, o con un novio nuevo de vez en cuando.

Qué más da.

Anda, llámame, seguro que aún estás por ahí.

Preséntame a tus hijos, igual alguno quiere ser escritor
y le puedo echar una mano con las faltas de ortografía,
porque con otra cosa no.

Si volviera a verte, acabaría odiando la tierra, la vida y la luz.

No vuelvas nunca.

Que qué tal me ha ido.

Eso se te ocurre preguntarme.

No me ves: soy el hundimiento.

 

 

 

 

GATSBY

La vida tenía que ser necesariamente generosa y plena,
ese era el pacto, el pacto sobrenatural, la luz verde.

¿Quién lo incumplió?

¿Los dioses?

Aún no me he ido.

Me gustan tanto los señores que se fueron elegantemente.

Amo tanto a esa gente que dijo adiós desde una novela,
esa gran luz verde en una gran noche de automóviles amarillos.

La vida es estilo, tal vez solo sea estilo.
El estilo es amarillo.

Dios nos libre de la gente sin estilo,
esa gente que envilece la enigmática gracia de estar vivo.

Fuiste un hombre demasiado incorruptible como para ser real.

 

 

 

 

EL HUNDIMIENTO

Sí, cuando lo conocí el tipo ya estaba acabado.
Solo bebía y reía y esas cosas. Te daba besos y abrazos.
Venga, vamos a tomar una copa aquí, otra allá.
“Una aquí, otra allá”, era todo cuanto decía
pero lo decía con gracia,
con conocimiento,
como si supiese algo más, algo especial,
que callaba.

Cuando le llegaban las pruebas de su nuevo libro,
en vez de corregirlas y mejorar la novela o los poemas,
lo celebraba bebiendo, bebiendo hasta que su cabeza
de piedra caía muerta sobre la mesa de mármol.

Celebraba sus libros nuevos antes de haberlos escrito,
pero era feliz así y no le hacía mal a nadie,
solo a sí mismo, era una eucaristía, se daba por nada.

Y era un tipo maravilloso, brindo a su salud,
brindo por don Miguel de Cervantes Saavedra,
genio de España.

¿Pero así se llamaba?

Claro que no se llamaba así, cretino.
Pero cómo puedes tener tan poca imaginación.

Solo le gustaba celebrar cosas.
La pereza y la vejez prematura lo estaban matando.

Todos acabamos igual, así que hizo bien.

Y si hizo mal, a nadie le importa.
Solo a la madre tierra, que recoge nuestra podredumbre,
piel, huesos, carne corrompida,
y examina los despojos con ojos de forense iluminado o martirizado.

Intentaba que la gente sonriera, era muy buen tipo.

Aún me parece oírlo, “siéntate hermano, qué quieres
beber un whisky o un gintonic,
qué alegría verte, qué guapo y qué elegante se te ve”.

Yo pensaba en su padre y en su madre,
jamás habló de ellos y, sin embargo, lo que decía
hacía pensar en ellos, misteriosa o tal vez tristemente.

 

 

 

 

REDENCIÓN

Dime una palabra amable antes de que termine el día.

Me dijiste “cariño, tienes que ser fuerte, no puedes
depender de esa gente, estás muy cansado,
olvídalos, ayúdame a recoger el lavavajillas”,
y yo miraba la noche de octubre con sus estrellas
entrar en nuestra casa, iluminar nuestros cuerpos,
vaciar nuestras almas, y tú dijiste “cena algo,
hay un poco de arroz en el horno, cena algo, cariño,
come algo, y olvídate de todas esas ideas absurdas
sobre el odio y el fracaso, ese arroz está divino”.

Dime una palabra amable antes de que termine el día.

 

 

 

 

EL ÚLTIMO ELVIS

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxNo fear, no envy, no meanness
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxLiam Clancy

Respeta siempre la destrucción de las mujeres
y de los hombres que amaron o intentaron, al menos, amar
la vida y esta les quemó o les rompió los huesos de la cara,
las entrañas y las venas y el hígado y el buen corazón,
respeta todos los sagrados y los más humildes hundimientos
de los seres humanos.

Respeta a quienes se suicidaron.

Respeta a quienes se arrojaron a los océanos.

No hables mal de ellos, te lo ruego, te lo pido de rodillas.

Ama a toda esa gente, esa muchedumbre, ese río amarillo
de la Historia de todos cuantos perdieron tan injustamente,
o tan justamente,
da igual.

Gente que aceleró en una curva.

Gente que escondía botellas en los rincones de su casa.

Gente que lloraba en los parques de las afueras de las ciudades.

Gente que se envenenaba con pastillas, con alcohol,
con insomnios aterradores, con veinte horas de cama todos los días.

Lo intentaron, pero no lo consiguieron.

Gente a quien le sobraba tres cuartas partes de su pequeño frigorífico.

Gente que no tenía con quien hablar semanas enteras.

Gente que no comía por no comer sola.

Son hermosos igualmente, te lo juro.

Resplandecerán un día.

Nombremos todo aquellos
que nos convirtió en seres humanos.

Para que no haya miedo, ni envidia, ni maldad.

Amo, celebro, y exalto todos los hundimientos
de todos los seres humanos que pisaron este mundo.

Porque el fracaso no existió jamás,
porque no es justo el fracaso y nadie merece fracasar,
absolutamente nadie.

 

 

 

 

ORANGE

Él dijo que te ayudaría a que abandonases a tu marido.
Él dijo que te amaba, te inundaba a guasaps.

Estúpida de ti, no viste que solo quería tu cuerpo.
¿Qué veía ese hombre en tu cuerpo?, te preguntas ahora,
para desearlo más que tu corazón, que se lo diste sin pedir nada.

Quedasteis en una cafetería.
Él dijo que había encontrado un piso magnífico, con mucho sol.

Llevabas en tu coche dos maletas y el portátil.

Una excitación salvaje rompía esa alma tuya, tan tuya.
Él no vino. No sabías qué pedir. Del café con leche
pasaste a tres whiskies seguidos.

La mirada del camarero, no la olvidas, esa mirada.

Llamaste mil veces a su móvil.
Una voz de la compañía telefónica “Orange”
decía que ese número no estaba disponible.

Odiaste y temiste esa palabra: “Orange”.

Todo el rato “Orange le informa que…”

La palabra Orange fue para ti una sentencia de muerte.

Volviste a casa y tu marido te rompió la cara.

Te dio una salvaje bofetada que te dañó el oído
y no oías los insultos,
eso que te ahorraste.

Aquella noche dormiste en un hotel barato del centro.

Pero no podías dormir.

Bebías más.

Te quedaste dormida por efecto del alcohol
y a las tres horas te despertaste con un ataque de pánico.

Tu marido dijo que no volverías a ver a tu hijo.

llamaste a una amiga, que no te ayudó.

Al día siguiente acudiste a tu trabajo,
y a los tres días tu jefe te despidió.

Dijo que no quería mujeres desesperadas en su empresa.

 

 

 

 

EL IV REICH

Ten en cuenta que somos tipos que nunca hemos tenido nada.
Que no somos nadie, y nunca seremos nadie, y eso nos gusta.
Somos soldados del siglo XXI, en una región infértil de la Tierra.

Yo trabajo en una zapatería, el otro es conserje
en un colegio de monjas ahorradoras y maniáticas,
y el tercero está en el paro.
Mitos, como mucho, buscamos mitos legendarios
en el hundimiento de la Historia.
Eso nos calma, nos ilusiona.

Nos juntamos las noches de los sábados
en un local a 33 km de Madrid centro,
un local de 66 metros cuadrados,
nos gusta el estúpido simbolismo de la aritmética.

Es un local asqueroso, un garaje o algo así. Hay taburetes,
un sofá con costurones,
una nevera de los setenta, que enfría más que las actuales
—un milagro de la miseria— y una pantalla.
Y un portátil, un Mac excelente, eso es lo mejor que tenemos,
lo compramos de segunda mano entre los tres.

Bebemos mucha cerveza.

Allí ponemos las pelis de Hitler y de su ascensión al poder.

Nos encanta Leni Riefenstahl, lloramos con La trilogía de Núremberg.

El nazismo parece algo, y nosotros no parecemos nada.

Compramos también un proyector
de saldo en Ebay, por cuarenta euros,
somos gente muy organizada.

Somos tres tipos: los tres tenemos tres coches de quinta mano.

A veces pagamos a alguna prostituta de los polígonos
y la llevamos al IV Reich, así se llama nuestro garito,
que se lo alquilamos al cuñado —cuyo nombre no importa,
como tampoco el mío— de uno de nosotros tres,
por veintiséis euros.

A ella no la tocamos, a la prostituta; prácticamente,
somos célibes por nuestro compromiso político
con el Führer, nuestro Dios; es simplemente nuestro
Dios porque somos pobres, gente hundida.

A veces pensamos que podríamos haber elegido a Stalin.
Stalin no tuvo una Leni Riefenstahl,
de haberla tenido hubiéramos dudado mucho.

Las películas que había sobre Stalin no nos gustaban.

Albergamos nuestras incertidumbres intelectuales.

Le ponemos los discursos de Hitler
y le pedimos que aplauda, eso es todo,
a ella, a la prostituta, que nos cobra veinte euros.

Ella aplaude y su sexo descansa esa noche, qué bien.

Ella aplaude, los discursos son en alemán,
ella es ecuatoriana, no sabe muy bien quién
demonios es el tipo del bigote y bebemos cerveza.

Nos gusta mucho otra película: El hundimiento,
los últimos días de Hitler en su magnífico búnquer,
la hemos visto mil veces, nos gusta su suicidio.
Es un suicidio de lujo, mucho mejor que los nuestros,
que están al caer, sí, porque queremos acabar ya con todo.

No le hacemos mal a nadie.

No somos proselitistas, sencillamente nos gusta el teatro.

Nos gusta ver esas películas, simplemente.

Nos gusta la marcialidad de esos tipos.

Parecen gente importante, hundiéndose.
Nosotros nos hundimos igual, pero no somos importantes,
por eso vemos esos vídeos.

Unas veces yo soy Himmler, otras soy Albert Speer,
y ellos también eligen, unas veces eligen Rudolf Hess,
otras Joseph Goebbels, otras Herman Goering.

Tenemos nuestros uniformes, y así pasamos la vida,
creyendo que la Historia fue nuestra alguna vez.

 

 

 

 

ESPAÑA, DUERME

xxMe acuerdo de que todos, con dieciocho años, teníamos ganas de largarnos, irnos muy lejos, far away; me he pasado más de veinte años viendo ministros de gobiernos de España entrar en los juzgados, así pasó mi vida, viendo telediarios con ministros y secretarios de estado y diputados y alcaldes de pueblo y concejales y miembros de la monarquía entrando en las dependencias judiciales, muy escoltados, con una nube de periodistas. Esto era mi país y esto sigue siendo. Me hubiera gustado ser uno de ellos, así al menos hubiera salido en la televisión.
xxPero los españoles, anestesiados, vivíamos en los bares, y las mujeres españolas son muy hermosas y los hombres españoles son muy guapos. Bebíamos y bebemos. Se bebe mucho aquí.
xxPensaba en ese error histórico de la gente de aquí, ese gran error que consiste en abrir un abismo entre la vida que tenemos y la vida mejor que podríamos haber tenido. Para eso estaba la política y la literatura, para cerrar ese abismo, para alcanzar una vida diferente.
xxEn verano me voy a las playas de España, a broncearme y beber sangría y comer paellas y gambas a la plancha. Casi todas las playas españolas (alguna excepción hay, como el Delta del Ebro) son tan grotescas como nuestros telediarios. Somos una masa caliente, muy caliente de corazones suspendidos.
xxSe va a parar España. Como una de esos fúnebres relojes del siglo XIX.

 

 

 

 

EL POETA DE CINCUENTA AÑOS

No sabes cómo has alcanzado a vivir cincuenta años,
la gente como tú siempre se marcha con veintiocho o treinta,
o treinta y cinco o como mucho cuarenta y uno en el mejor de los casos,
no por nada romántico, ni por destino heroico, ni nada de eso,
dios santo, esas palabras casi me enferman;
nada de eso nunca, por favor, por favor, mil veces por favor,
sino por defecto de fabricación, por falta de inteligencia en todo caso.
Defecto de fábrica, eso es todo: malos órganos,
neuronas atrofiadas, sangre vaga, debilidad mental,
pensamientos errados, equivocaciones, errores vulgares,
un excedente de chapuzas en el cuerpo y en el alma.

Bueno, eras un buen madrugador; tenías un estupendo despertador.

Ir a trabajar y madrugar orienta en la vida.

La gente te habla de libros ahora; justo ahora
cuando ya no te importan los libros,
¿a quién con cincuenta años puede importarle los libros
sino a los grandes beneficiados por los libros?

No, queridos, no me habléis de libros.
Habladme de quienes los escribieron desde la miseria.

Me importa, sí, la miseria,la humillación, el desprecio, el insulto,
el silencio, el hundimiento de quienes escribieron
esos libros de los que me habláis ahora
con tanto entusiasmo, en una fiesta literaria de verano,
con exquisita comida,
en una excelente terraza frente al mar,
con champán y vinos caros,
con gente sonriendo, con gente muy feliz,
con mujeres muy guapas y muy jóvenes y chicos atléticos.

Me importa el amor,
eso sí me importa;
el amor eternamente
no correspondido,
eso fue para mí la poesía.

 

 

 

 

TRES SARGENTOS

Me tiré quince días en Buenos Aires y Montevideo,
desayunaba una cerveza con un trozo de pizza.
Como Fitzgerald,combatía la depresión con alcohol.
Acaba a la larga siendo destructivo, pero funciona,
ya lo creo que funciona, y a quién le importa el futuro.

Era un tiempo raro de mi vida.
Todo el día estaba bebido y eso no era malo, te lo juro.
Daba prestigio, extrañamente.

Íbamos a la calle Tres Sargentos en la medianoche.

No veíamos ni siquiera a uno de los Tres Sargentos,
sería por la oscuridad, porque era de noche.

¿Quién demonios fueros los Tres Sargentos
que dieron nombre a esa célebre calle bonaerense
que tan bien conocían todos los taxistas?

“Dame lo mío”, dijo ella, en la habitación de tu hotel.

“Por supuesto”, dijiste tú, y contabas
los billetes como un banquero minucioso.

Pensaste en los taxistas de Buenos Aires, en si ellos,
tan enfangados, tan gordos, tan sórdidos, tan pobres, tan malolientes,
también se tiraban a hermosuras de veinte años
como la que tenías delante, ya medio desnuda.

Dejaste la plata encima de la cama.

Eran billetes muy gastados,mal diseñados, no eran dólares.
Eran pesos argentinos, una moneda imaginaria.

Daba igual que fuesen falsos como que no.

Te hubieras casado con ella, era tan hermosa, y era tan joven.

Te la quedabas mirando como si quisieras redimirla,
pero redimirla de qué, ella era feliz así, no tenía importancia
moral lo que hacía, y tenía un hijo.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxTodas dicen que tienen un hijo.

Era guapa. Se lo dijiste, pero no te creyó.

Y le estabas diciendo la verdad, pero quién se fía de quién
en este mundo del que todo juramento ha desertado.

“No tienes conciencia de tu hundimiento, tan joven tú”,
le dijiste, “porque no tener conciencia es tener
la libertad de Dios, te admiro tanto,
mi pequeña, mi amor, mi zorra”.

A la hora ella se fue.

No dormiste en toda la noche,
y sobre todo, te fuiste al otro extremo de la cama queen,
el extremo en donde ella no había posado su cuerpo desnudo.

Porque la parte de la cama en que ella depositó
su joven culo pecoso de prostituta bien pagada,
su delicada espalda, sus bellas piernas, su vacua cabeza,
te parecía Fukushima, Chernobil, un infierno giratorio.

Debe ser hermoso redimir a todo un país.
Salvar un país entero, salvar a cuarenta o cincuenta
millones de seres humanos.

Si fuese el rey de Argentina, lo haría.
Pero no soy más que otro cliente de la oscuridad.

 

 

 

Vilas, Manuel. El hundimiento. Madrid; Ed. Visor, 2015.

 

EL HUNDIMIENTO

septiembre 22, 2016 Deja un comentario

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SEATTLE

Tampoco ocurrió en Seattle, una noche de mayo.
De bar en bar, bares elegantes y caros,
alta madrugada, pedías a los dueños
que pusieran música de Sixto Rodríguez
y en tus manos había agua, agua de todos
los felices océanos de la Tierra.

Veías a mujeres y hombres.
Hablaste con mujeres que estaban locas.

¿Estás aquí? ¿Es hoy? ¿Vendrás por fin?, le preguntabas a ella.

Habitación del hotel, con la cama abierta.

El mismo Dios dentro, allí, en la cama,
tumbado bajo forma de tigre luminoso.
“No es hoy, hermano mío”, dijo.

Me desperté a la mañana siguiente,
en Seattle, en América.

Me duché y vi la circulación de mi sangre
bajo el agua.

Nunca es, pensaste. Nunca.
Nunca vienes, hijadeputa.

“La insoportable y maligna crucifixión de tener dos mil años,
siente eso, sopórtalo, amor mío”, dijo alguien
en aquella lujosa habitación del hotel,
mientras secabas tu pelo, y tu espalda y tus piernas y tu sexo
con una toalla blanca.

“Siempre son blancas las toallas
de los mejores hoteles de la tierra,
podrían ser negras, sería bonito que fuesen negras,
radicalmente negras”, dijiste tú.

 

 

 

 

EL ANIMAL MORIBUNDO

¿Qué hace un hombre de mi edad
cuidando de una criatura de dieciocho meses,
tu hija, rubia y hermosa,
jugando con ella,
intentando
hacerla sonreír
con carantoñas?

Me he enamorado de ti, es verdad.
Pasamos las horas con tu niña,
en tu piso, en tu pequeño piso
de joven divorciada.

Los domingos por la tarde
tengo que beber para poder aceptar todo esto.

Y tú me miras, inquieta, asustada más bien.
Lo primero que pillo en tu casa:
Una vieja botella de vodka, medio vacía.

Me aburre y me da miedo tu niña,
pero es tu niña. Y me amas a mí
tanto como a ella.

No hablas de su padre salvo para insultarlo
ni yo pregunto por él; mi falta de curiosidad
debería de dolerte.

“Menudo hijodeputa”, dices tú y yo asiento
diciendo “menudo cabronazo”,
sin saber si el pobre hombre era San Pablo
o el mismísimo Jesucristo
y tú la más puta de la tierra, qué más da
y a quién le importa.

Yo ya fui padre una vez, hace tanto.

“¿Dónde están tus hijos?, amor”
tú sí me preguntas eso, dulcemente
y con miedo.

A veces me llaman por teléfono,
te contesto.
están far away te digo, sonriendo.

Fuimos felices hace años y tú tienes
que serlo ahora con tu niña.

no sabes cuánto tiempo ha pasado
desde que mis hijos tenían la edad
que tiene ahora tu niña, amor.

Mejor no pensarlo o tendré que bajar
al bar de debajo de tu casa.

Tu sexo no apaga mi desequilibrio.

Tu sexo y tu belleza y tu amor,
y tu idea heroica de que tenemos un futuro,
y tus besos largos como las sequías castellanas,
tus besos apasionados y de una entrega rabiosa
que a cualquier otro enloquecería,
no apagan esta desdicha del tiempo,
la desdicha del animal moribundo.

Tengo que decirte adiós, amor mío.

Y no, no podremos ser solo amigos,
eso yo ya lo sé.

No insistas.

¿Amigo tuyo?

No lo vuelvas a pedir ni llores.

Tú también lo acabarás sabiendo, quizá no hoy.

Desgraciadamente, lo sabrás, con otros,
con otros lo acabarás sabiendo.

Esta es la última tarde en esta casa.

Ya no hay ni una gota de vodka en esa vieja botella,
un resto de cuando vivías en pareja,
de cuando vivías con el padre de tu bebé,
“el sinvergüenza”, así lo llamamos,
cuando estamos compasivos.

Es verdad que te amo.

Es verdad que nadie me ha follado como tú.

También es verdad que nunca volveremos a vernos.

Sí, sufrirás.

Y yo más que tú, pero estoy acostumbrado.

No permitiré que nadie vea mi final.

Orgullo de samurái, mi niña.

Tu juventud, finalmente, me resulta insípida
y horrible tu perfume barato.

 

 

 

 

FRANCIS SCOTT FITZGERALD

Convertiste tu vida en un derrumbe prematuro.
Y son palabras tuyas estas que ahora cito:
“está claro que vivir consiste en hundirse poco a poco”.

Y un veintiuno de diciembre de 1940,
caíste muerto en el living-room del apartamento
de Sheila Graham, en Hollywood,
el gran favor de aquel infarto que te sacaba de la vida
porque ya no había vida en ti,
mil pedazos, mil cristales dorados,
brillando sobre el suelo.

Dime, ¿la amaste?, dime ¿te amó ella?

¿Dónde está Sheilah ahora, y Zelda, dónde?

Tú, que creaste a Jay Gatsby, la criatura más resplandeciente de la vida
e hiciste —nunca te lo perdonaremos— que ese hombre enigmático
se enamorara locamente de una mujer llamada Daisy,
la mujer más egoísta de la Historia
y la más bella y la más codiciosa del santo dinero,
de la riqueza y de las fiestas y del champán y de los coches de lujo
y de las mansiones y de los grandes viajes
a la Riviera francesa, todos nuestros amigos esperándonos
en la playa, con la copa en la mano, en veranos legendarios.

Pero aquí estás ahora, de pie, frente a mí,
como fantasma ilustre de la gran literatura
y por tanto de nuestro escaso saber sobre la vida,
con tus depresiones, con tu alcoholismo, con tu expiación,
con tu mujer, con tu amante, con tu pobreza final, con tu hija Scottie,
pagando facturas de universidades y de médicos,
y con tu conquista laboriosa, al fin, de la nada y de la muerte.

Y en 1948, Zelda Fitzgerald ardió viva en el incendio
de un Manicomio de Carolina del Norte, donde sobrevivía
como un fantasma más entre los millones de fantasmas
que pueblan este mundo
del que tú ya habías, elocuentemente, desertado.

Tu elegante y envidiable fracaso,
tu ascensión a las nubes cristalinas
del firmamento, tu penuria, tu caminar erguido
hacia la destrucción,
pero no la destrucción común a muchos hombres,
(porque vivir es hundirse poco a poco pero no todos
—tú lo sabías— se hunden igual).
No la destrucción común —digo— a miles de hombres
y miles de mujeres,
sino la rigurosa y lenta liturgia del derrumbe,
su ceremonia inmemorial,
la conciencia bajo el calor de agosto, en el Sur ardiente,
mandorla calcinada del dolor insoportable.

Duerme, duerme en paz,
hijo del viento último de la tarde áspera,
de los grandes veranos de Long Island
y de sus crepúsculos agudos.

Te beso.

Bésalas tú a ellas tres a cambio de mi beso,
a Sheila,
a Zelda,
a Scottie,
a la oscuridad,
a la enfermedad
y a la inocencia.

 

 

 

 

LA LIBERTAD

Has de saber que no todos los hombres
ni todas las mujeres somos iguales.

Has de saber que hay seres humanos ruines.

Has de saber que hay seres humanos bondadosos.

Has de saber que hay seres humanos vulgares.

Te mentirán muchas veces.

Intenta no mentir tú a cambio.

Acabarás mintiendo.

Puede ser que el tamaño de tu sufrimiento
por haber mentido sea cien millones de veces más grande
que el tamaño de tu mentira, ¿quién puede saber eso?
Solo tú, tendrás que soportarlo.

Has de saber que existen los pusilánimes:
viven y mueren bajo un extraordinario silencio
que tal vez acabes envidiando, yo no.

Intenta que nadie note nunca que sabes
que no todos los seres humanos somos iguales.

Intenta santificar tu vida, hacerla alta, rara, compleja.

Asesina sin piedad a quien se atreva a juzgarte.

No dejes vivo a nadie que intente juzgarte
ni en este ni en el otro mundo, ni dejes vivo
a quien escuche juicio alguno sobre tu identidad y tu vida.

Tu vida está fuera del juicio de los hombres
y más aún de los dioses, porque no existen.

Tu vida es un acontecimiento universal,
la única verdad desde la formación de la materia
y la única verdad que sobrevivirá al hundimiento de la materia.

 

 

 

 

THE HOLY WHO

De adolescentes escuchábamos a los Who, noches de inexperiencia hasta la madrugada azul en bares pobres de los pueblos de España, en los años setenta, intentando vivir, intentando perder la virginidad, era lo que nos habían dicho.

Solo amábamos a los Who y eso era suficiente, eso era el Todo ¿Os acordáis? Eran los reyes de la vida legendaria; nuestros héroes, la versión mil millones de veces mejorada de nosotros mismos.

Keith Moon se murió muy pronto. Pasados los años, me he preguntado si Daltrey y Townshend y Entwistle lo lloraron lo suficiente.

Hay que llorar siempre, y mucho, vasto torrente de lágrimas, cuando muere alguien como Keith Moon. Yo me habría pasado mil años llorando.

¿Llorasteis lo suficiente, hijos de puta? Treinta y dos pastillas de Clometiazol en su estómago, solo seis disueltas, con solo seis bastaba, las otras veintiséis intactas. Todo un hundimiento premeditado, qué bien. Un ataque atómico contra su pobre corazón. Un no a la vida que era un enorme sí a la vida: nadie sabe en qué momento tú te comes la vida y en qué momento la vida te come. Juega, es un juego a muerte. El final de hombres de ochenta años y el final de hombres de treinta años es el mismo. No te asustes, esos cincuenta años de diferencia son imaginarios.

¿Qué sentisteis, cuando vuestro mánager os dijo un siete de septiembre de 1978: “Keith, sí, Keith, es horrible, aún no nos lo creemos, parece todo tan irreal, parece un mal sueño, una jodida pesadilla, Keith se ha ido, nos ha dejado”?

Me gustaría saberlo antes de irme de este mundo: ¿Qué demonios sentisteis vosotros tres? ¿Estuvisteis a la altura, a la gran altura del adiós del batería más chiflado del universo? Keith, “el chiflado”, así lo llamabais.

Y, pasados los años, un 27 de junio de 2002 en un hotel de Las Vegas, apareció muerto John Entwistle, al lado de una fan desconocida que gritaba como una loca.

John, fue un gran hundimiento el tuyo, yo te celebro, te hundiste más solo que las ratas. John, hijodeputa, yo acabaré como tú, pero sin groupie a mi lado y no en un hotel de lujo como tú, sino en una asquerosa pensión de la Gran Vía, pero da igual, ¿no te parece? El que muere ya no percibe la categoría de los hoteles, es una gentileza, una cortesía del poder igualatorio de la muerte, porque la muerte es comunista, una loca comunista, ya ves. La muerte, revolucionaria ella.

¿Lo llorasteis? ¿Se os partió el corazón? Y qué sentisteis entonces, oh, holy Daltrey y oh, holy Townshend, cuando John la palmó así, tan barato en el fondo. Como no sintierais un amor perforador, un duelo inhóspito, os mataré a los dos. Os cortaré el cuello por canallas.

Y el último, ¿qué sentirá el último?

¿Estaréis a la altura del adiós?

Uno de vosotros dos es el siguiente: Tú, Daltrey, o tú Townshend. Uno de los dos. Yo sé cuál, pero no quiero decirlo.

Lo sé perfectamente.

Nada vale en la vida si no es eso: estar a la altura dorada del adiós, el gran adiós que conmueve a las estrellas, al cielo, al mar, a la luna, al desierto y a todas las ciudades de la tierra y al futuro de esas ciudades, al futuro de todos, al futuro de millones de adolescentes que viven en la pobreza, en la miseria, en la nada, que oyeron y vieron en vosotros la esperanza de una vida distinta.

Eh, escuchad a esos críos, que os escuchan en spotify.

Holy Daltrey.
Holy Moon.
Holy Townshend.
Holy Entwistle.

Los chicos están bien, siempre lo estuvieron.

Estamos bien, sí.

Siempre estaremos bien.

Somos chicos de setenta años, pero estamos bien, con ganas de pelea, con ganas de vivir, con ganas de saltar, con ganas de cantar la célebre canción de la vida, de todas las vidas.

Somos los Reyes de la Santa Tierra.

Somos los Who, tío.

Somos todo lo que existe.

Nosotros sí somos el Aleph y no Jorge Luis Borges.

La gente follaba con nuestras canciones.

La gente se despedía de sus trabajos asquerosos con nuestra música.

La gente se drogaba con nuestros gritos.

La gente se casaba con nuestro poder.

La gente se divorciaba con nuestras letras.

La gente pedía morir con nuestras guitarras.

Nosotros quemamos el corazón de todos los jóvenes del Universo.

Haz tú eso, Borges, si sabes.

Nadie ha follado leyendo un cuento tuyo.

Y si la gente no folla con lo que haces, dime, hermano,
dime qué coño estás haciendo sino el vago.

 

 

 

 

THINK IT OVER

Piénsalo, a nuestra edad ya no saldría bien.
Cada uno viviendo en su casa es mucho mejor, habrá más deseo.
Para qué quieres hacerme el desayuno, eso da igual.
Yo creo que eso no ha funcionado nunca, pero la gente
cumple años, y se dejan llevar, porque enseguida
te mueres, y si cumples los sesenta, qué más da.

Cenamos los viernes.
Nos llamamos entre semana, jugamos.
Nos mandamos fotos eróticas por el guasap.

Cómo me iba a ir con una de treinta
si son todas tontas, ambiciosas y sin talento.

Cómo te ibas a ir tú con uno de treinta
si son todos tontos, grandilocuentes y calvos.

Piénsalo, piénsatelo mientras te vistes.

 

 

 

 

A.R.

Tú, que te hundiste a propia y barata voluntad, acepta mi suicidio.

Tú, que te tambaleabas ruidosamente en las tabernas, acepta mi aullido.

Tú, que estuviste en la cárcel charlando con las ratas amarillas, acepta mis drogas.

Tú, que envenenaste a conciencia tu joven cuerpo, acepta mi hundimiento.

Tú, que fuiste pobre y miserable y torpe, acepta mi desesperación.

Tú, que tuviste los trabajos más duros y sucios, acepta mi funcionariado.

Tú, que estuviste completamente solo y sin amor, acepta mi autocompasión.

Tú, que viste la cartografía de este mundo imaginario, acepta mi desequilibrio.

Tú, que entendiste las fórmulas de las arterias solares, acepta mi sabiduría.

Tú, que del sexo hiciste una corona de fantasmas, acepta mi afición a pagar.

Tú, que le hablaste de mí a mi padre agonizante, acepta mi amistad.

Tú, que pedías limosna y sufrías de dolores inconmensurables, acepta mis humillaciones.

Tú, que tuviste un amigo que resultó ser nada y nadie, acepta mis palabras.

Tú, que te fuiste de este mundo sin haber sido feliz, acepta mi alcoholismo.

Tú, que te fuiste mucho antes de que yo llegara, acepta mi espera.

 

 

 

 

CANCIÓN CALLEJERA
(A hustle here and a hustle there)

Viajo por España, de una punta a otra.
De Santander a Sevilla, cosas así.
El baile español. Un poco harto de ir y venir.
Pero me gusta.
Me gustan los hoteles NH y los AC y los Silken.
Me gusta beberme un Faustino IV en el bar del AVE.
Me gusta conocer bares y restaurantes
en ciudades españolas donde enseguida advierten
que no soy de allí: eso, por ejemplo, me pasó en Granada,
en Oviedo, en Valencia, en Bilbao, en Barcelona,
es divertido, te tiemblan las manos cuando te tomas una cerveza.

Siempre con este maldito temblor en las manos,
en mis santas manos. Es el miedo, el miedo de vivir aquí.

Ya sé que es un país que no merece la pena,
pero es el que, inexplicablemente, me ha tocado a mí.

La culpa la tuvo mi abuelo o mi bisabuelo
por no haber tenido el valor de emigrar a los Estados Unidos,
ni siquiera a Francia o a Alemania o a Suiza.

Eligieron quedarse aquí, y yo acabé
escribiendo en esta lengua callejera.

Yo creo que hay países plenos, grandes, fuertes
y países que no valen nada, igual que los seres humanos,
los libros, las casas, los artistas,
y la razón es una razón simple: la atávica voluntad
de querer ser o de no querer ser.

Y yo soy voluntad de querer ser, plena y violenta.
Muy violenta.

Siempre hace calor en España.
Era finales de octubre en Oviedo y hacía calor,
tuve que poner el aire acondicionado de mi NH.

A mi padre no le gustaba el calor y a mí tampoco.

Estamos bien en este albañal de país: hay playas, Ok, está bien.

Ahora viajo por España.

Me hice unas fotos de carnet en Chamartín
porque me tengo que renovar el DNI y el pasaporte;
había unos críos españoles jugando con el fotomatón,
les dije “largaos de aquí, capullos”.
Sus padre vinieron a pedirme explicaciones.
Cogí al padre por el cuello, y se meó encima.

Voy al gimnasio y mi cuerpo es una máquina.

Me molesta que tarden tanto tiempo
en hacerte el check-in en los hoteles.

Me gustan las chicas de la recepción.
Son jóvenes y guapas, me gustaría follármelas
a todas, pero parece que está prohibido o algo similar.
Es un deseo mental, luego seguro que no me empalmaba.
Me gustaría tener una polla de oro, infalible.

Me cabrea perderme por los pasillos
porque no entiendo bien la indicación
de los números de las habitaciones
de lo colgado que suelo estar siempre.

Pero al final encuentro la habitación.
Me falla la aritmética.

Oh, ciudades de provincias españolas,
necesitáis que alguien os eche una mano.

El gobierno pasa de vosotras
y el Rey de España también.

Todo el mundo quiere vivir primero en Madrid
y luego en Barcelona, aunque ahora menos
en ésta última, yo qué sé, tío, política y eso.
Política y eso, no política y sexo, que quede claro, tío.

Claro que me gustaría vivir en Madrid.

Claro que me gustaría tener mucha pasta
y muchos amigos, pero ya ves dónde he acabado
viviendo, y encima últimamente tengo problemas
de todo tipo, y eso, hermano, es otra historia
que no te pienso contar ni aquí ni ahora.

 

 

 

 

SPIRITUAL

Bob Marley, que estás muerto y bien muerto y en los cielos
y en el paraíso y en el corazón de todos los mares con ballenas,
con dulces ballenas enamoradas,
ayúdame a morir.

Ayudadme a morir, ayúdame tú, quien seas,
tú que pasas por una calle de Cádiz, de Leganés, de Sagunto,
de Murcia, de Tarragona, de Alcalá de Henares,
ayúdame.

Hay que ayudar a los que no saben morir.

¿No sabes morir, hermano? Es muy sencillo:
A todos nos pasa, nos pasa a todos,
es muy sencillo, hermano mío, ya verás qué bien lo haces.

Ayúdame a desaparecer, ayúdame a no haber sido.

 

 

 

 

974310439

Quien me trajo al mundo se ha ido hoy del mundo.
Ella, que me llamaba a todas horas, para saber de mí.

Lo mal que la traté y lo mal que nos tratamos,
aun queriéndonos tanto; y lo poco que supiste de mi vida
en los últimos tiempos, ocultándote lo mal que me iba
en mi matrimonio y en todas partes
y tú sabiéndolo, porque, al fin, todo lo sabías,
me veías beber esos licores fuertes,
me veías esa sed tan rara, esa sed tan desconocida para ti,
que tanto te asustaba y tanto temías.

Ya nadie me llamará, tan obsesivamente, para saber
si estoy vivo y a quién le importará si estoy vivo o muerto;
yo te lo diré: a nadie.

De modo que el gran secreto era éste:
ya estoy completamente desamparado,
arrodillado
para la decapitación,
para el anhelado adiós de este cuerpo,
de esta existencia meramente social y vecinal que lleva mi nombre,
nuestro nombre.

No volveré a ver nunca
tu número de teléfono en la pantalla
de mi teléfono móvil; tú, que te quejabas de que no tenías uno,
de que yo no te regalara uno,
te juro que no hubieras sabido hacerlo funcionar,
lo habrías tirado por la ventana,
como yo haré con el mío esta noche del supremo delirio.

Porque eras un número de teléfono, cincuenta años
en ese número encerrados: nueve siete cuatro, treinta y uno,
cero, cuatro, tres, nueve.
Márcalo ahora,
márcalo si tienes valor y te contestarán
todos los misterios inconmensurables: el tiempo y la nada,
la ira roja
de los peores huracanes celestiales,
la árida y blanca nada convertida
en una mano negra.

Daba igual dónde estuviera: podía estar en América o en Oriente,
tú llamabas, tú llamabas a tu hijo siempre
porque yo era Dios para ti, un Dios fuera de la ley,
poderoso y sagrado, lo único real y suficiente,
siempre tu hijo fuera de todo orden, siempre reinando,
porque todo cuanto yo hacía e hice recibió tu larga aprobación,
cuya moralidad no es de este mundo.

Sabedlo.

Tú, que me amabas hasta la desesperación.
Tú, que derramaste sangre por mí y por mi discutible y oscura vida,
llena de liturgias cuyo sentido tú desconocías,
y hacías bien, pues nada había que conocer, como finalmente
he acabado sabiendo,
igualado en ese conocimiento
al más sabio de los hombres.

Y ahora, otra vez camino del Crematorio,
como ya escribí en un poema con ese título,
en el que hablaba de tu marido, mi padre,
a quien también quemamos,
unos mil grados alcanzan esos hornos.

Mi gran padre, del que tú te enamoraste —vete a saber por qué—
en mil novecientos cincuenta y nueve,
y a quién demonios le importa ya sino a mí,
el que siempre os quiso tanto y os querrá hasta el último minuto del mundo.

Te di un beso en la santa frente helada
un domingo
por la mañana
de un veinticuatro de mayo del año dos mil catorce,
lloviendo,
en una primavera inesperadamente fría,
mientras una máquina sofisticada introducía tu caja barata
—mira que somos pobres— en el fuego final,
al que mi hermano y yo
te condujimos.

Sentí tu frente antigua y acabada en mis labios
antiguos y acabados,
pero aún conscientes los míos;
los tuyos,
venturosamente, no.

Nunca pensé que el sentimiento final fuera este:
la envidia que me diste, la codicia de tu muerte,
codiciando tu muerte,
porque me dejabas aquí,
completamente solo
por primera vez
un nuestra larga historia de amor,
y solo para siempre.

Y recuerdo ahora a todas aquellas mujeres
que querían acostarse conmigo,
hacer el amor conmigo,
y eso acabó siendo mi vida,
cuando yo solo quería
estar contigo para siempre.

Vaya, mamá, no sabía que te quería tanto.
Tú sí que lo sabías, porque siempre lo supiste todo.

Qué bien que todo haya acabado,
en una culpable tarde de primavera
en donde comienza el mundo,
en donde para ti acaba el mundo,
en donde para mí ni acaba ni comienza
sino que persiste involuntariamente.

Qué bien este silencio omnipotente, aquí, en Barbastro,
donde fuimos madre e hijo, por los siglos de los siglos.

Aquí, en Barbastro, en ese sitio tan nuestro,
tan escuetamente nuestro: todo ocurrió aquí, en estas calles.

Todo lo recuerdo, y todo lo recordaré.

Te amo, finalmente.

Como no he amado a nadie: todas fueron tu réplica.

Ah, se me olvidaba: podías haber dejado algo
para pagar tu entierro,
no sabes lo mal que me va y lo pobre que soy,
mira que fuiste manirrota y derrochadora,
y lo que vale
el ataúd más económica,
como dicen ellos, los caballeros dulces de la funeraria.

Mira que fuimos pobres y desgraciados tú y yo,
ma mère, en esta España de granes hijosdeputa enriquecidos
hasta la abominación.
Y aun así, pobres como ratas tú y yo,
mantuvimos el tipo,
como dos enamorados.

Qué bien. Qué hermoso. Cuánto te quiero
o te quise, ya no sé, y a quién le importa,
desde luego no a la Historia de España,
nuestro país, si es que sabías cómo se llamaba
la solemne nada histórica en que vivimos papá, tú y yo.

 

 

 

Vilas, Manuel. El hundimiento. Madrid; Ed. Visor, 2015.

 

GRAN VILAS (y 2)

septiembre 19, 2016 Deja un comentario

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EL ESPAÑOLETO

A ti te lo puedo decir, amor de mis amores,
sangre de mi sangre, reina testaruda de la nada en que acabaré,
gracias demos a Dios que sabrá devolvernos,
nulos al fin,ya tranquilos, en nuestra nada—,
a ti sí puedo decirte que sueño un poco,
a veces más que un poco,
con la destrucción de España,
con la defenestración de sus élites,
con quemar su historia y a sus líderes y a sus cantantes,
y a sus futbolistas y a sus toreros y a sus nobles y a sus actores
y a sus libros de éxito y a su televisión española,
sueño con eso, con calentarme las manos en ese fuego
cuando llega el invierno y nieva mucho en los Pirineos,
mi santa tierra,
solo mía,
inocente de mí,
buena persona siempre, sabedlo, no obstante.

Sueño con el aniquilamiento
de la vida peninsular tal como la conocemos,
sueño con el delirio final de todos nosotros,
los ancianos españoles,
muertos de miedo,
solo salvaría el Tren de Alta Velocidad,
y algunas películas de Buñuel y de Berlanga,
porque soy un sentimental y estoy enamorado
y me pone a mil que me hablen en la lengua de Cervantes.

Que Vilas sea español, que le den, dijo
un sádico arcángel un 19 de julio de 1962.

A ver qué hace, dijo otro, será interesante ver eso.
Seguro que se hunde, pobre diablo, no podrá con eso.
Se matará, se colgará, se dará la bebida, beberá
hasta reventar, o delinquirá
o se convertirá en un drogadicto, en escoria barata.

Qué buena idea, sí, dijo el arcángel San Miguel
con una copa de vino de Rioja en la mano.
Apostemos fuerte por el Gran Vilas y su hispánico destino.
A ver cómo se apaña con España, dijeron todos
mientras reían y bebían y fornicaban
en la alta oscuridad del Paraíso.

Bah, hicisteis bien, colegas,
amo este país, lo amo mucho,
daría mi vida por él y no es coña,
lo amo porque en España
las mujeres son mejores que los hombres desde siempre,
hicisteis bien, hijosdeputa,
y sabed que lo mismo da España que Francia, China o Rusia,
Italia que Alemania, Suecia que Finlandia,
lo mismo da, hermanos míos,
la vida es buena y ya la misma en todas partes,
pero sí, la jodida España era mi sitio,
el lugar de mi arcangelidad
dionisíaca, veraniega y popular.
Allí estuvisteis de fábula, pequeños hijosdeputa,
reinones del celestial azar,
libidinoso y acre.

I love sweet, España.
Yo soy el españoleto, y me encanta.
Vilas, el españoleto final,
como el gran Ribera,
un hombre de infinito talento.

 

 

 

 

VILAS Y VELASCO

Un día del otoño del año 2010
Manuel Vilas abrió el ordenador y se enteró
de la muerte del poeta español Miguel Ángel Velasco,
ocurrida en Palma de Mallorca.
Vilas no conocía a Velasco,
pero le dolió esa muerte,
tenían la misma edad.
De modo que comenzó a buscar como un poseso
datos sobre la muerte de Velasco.

Temió que se hubiera suicidado.

Vilas tenía bastantes libros de Velasco en casa.

No sintió ninguna necesidad de releer esos libros.

Hizo algunas llamadas y consiguió
el número de teléfono
de la madre de Velasco.

No se atrevió a llamarla, pero fantaseó
con posibles conversaciones con la madre de Velasco.

Imaginó una mujer digna y de atractiva madurez.

Imaginó a la Virgen María y pensó en Velasco
como su hijo doliente, el mismísimo Jesucristo.

Vilas meditó sobre la fama literaria de Velasco como poeta.

Vio que era posible que Vilas y Velasco
tuviesen la misma fama.

De haber ido al mismo colegio
se hubieran sentado juntos
por la proximidad alfabética de sus apellidos.

Todo era proximidad entre Vilas y Velasco,
pensó Vilas.

Estaban juntos en un montón de fotos, inventó Vilas.

Juntos en viajes a los veinte años, fabuló Vilas.

Juntos en fiestas y en noches inmortales, volvió a inventar.

Vilas, finalmente, pensó en la clase media española
de los años sesenta que dio poetas
para la combustión de la democracia que venía.

La clase media internacional, con destinos misteriosos
para sus hijos ateridos en mitad de la tormenta.

Vilas imprimió una foto de Miguel Ángel Velasco.

Misterios de la raza.

Misterios de la clase media universal.

Democracia española, clase media y poesía.

Los chicos se mueren.

En general, la gente se muere.

Dicen los que regresan haber montado
en un gran tiovivo.
En una montaña rusa.
Estás y ya no estás nunca más.

Pero en el fondo,
debes recordar, querido Vilas,
que el mundo llevaba miles de años existiendo sin ti,
y sin Velasco.

Podéis marcharos los dos tranquilamente,
habéis cumplido.
La vida os da permiso y un bonito beso
de despedida.

 

 

 

 

LAS PALIZAS

Los libros que escribí saquearon mi cuerpo.
Me dieron puñetazos en la cara.

Muchos eligieron el cerebro.

Alguno se llevó el hígado, todos robaron.

Agotado, envejecido, deteriorado,
poco saludable,
así me dejaron las palabras bajo mi nombre.

El aparato digestivo, el sueño, los mareos,
la tráquea, las arritmias, el asma,
los huesos torcidos, la neumonía.

Mis poemas, mis novelas saquearon mi cuerpo.

Cada libro escrito era una paliza.

Daban fuerte.

Me dieron palizas de muerte, tío,
esos libros míos, esos hijosdeputa
que finalmente no valieron la pena.

Mis libros no cambiaron el mundo,
solo me cambiaron a mí.

El glaucoma, la sed, el alcoholismo,
las lumbalgias, las taquicardias,
el pánico, la bulimia,
las palizas,
ellos saqueaban,
se lo llevaban todo.

Mis libros,
mis asesinos.

Pero me gusta que me peguen.
Las palizas del amor.

Ponte una tirita en la ceja,
aún te queda un pulmón sano,
respira, pues,
deja de beber,
y adelgaza.

 

 

 

 

I LOVE WOODIE GUTHRIE

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxThis poem kills fascists

Esta tierra fue hecha para ti y para mí.
Desde las costas de Galicia hasta el mar de Barcelona,
desde Cantabria hasta la ciudad de Tarifa,
esta tierra nos pertenece.

Deberíamos querernos más y caminar por los campos
con una sonrisa inacabable en el rostro.

Desde el puerto de Somport hasta las costas de Cádiz,
esta tierra fue hecha para ti y para mí.
Desde la lujosa nieve del Aneto
hasta la luz de Almería,
esta tierra fue hecha para ti y para mí.

¿Has visto el mar de Pontevedra, has visto la belleza testaruda
del pueblo pirenaico de Gistain bajo el sol de mayo?

Todo nos pertenece. Esta tierra es nuestra.

Mi casa está abierta para ti porque te quiero.

Nuestros antepasados decidieron matarse
porque eran gente sin imaginación y no amaban a Woody Guthrie,
pero nosotros haremos el amor libre y repartiremos
las riquezas, porque esta tierra es nuestra.

Repartiremos el oro,
porque repartir el oro es fascinante.

Si te despiden en Madrid, yo te daré mi empleo en Sevilla.
Si te despiden en Bilbao, yo te daré mi empleo en Valencia.
Si te despiden en Valladolid,
yo te daré mi empleo en Santa Cruz de Tenerife.

Si nos despiden a todos, venid a mi casa,
os daré lo que tengo.

Desde las costas de Galicia hasta el mar de Mallorca,
repartiremos todo nuestro dinero, nuestras casas,
nuestros maridos,
nuestras mujeres,
nuestro plan de pensiones,
nuestros coches,
nuestros excelentes trabajos,
nuestras rentables empresas,
compartiremos todo,
porque compartirlo todo es deslumbrante y es nuevo,
la vanguardia de lo que vendrá.

Mi casa es tuya porque te quiero,
porque quererte es revolucionario y es apasionante.

Para ti y para mí, en nuestro honor, fue creada la tierra.

Desde las costas de Galicia hasta el mar de Barcelona,
desde las cimas de los Pirineos hasta los vientos de Tarifa,
esta tierra fue hecha para ti y para mí.

Desde el mar de San Sebastián hasta el mar de Málaga,
no habrá pobreza ni alienación ni humillación ni tristeza
sino hombres y mujeres libres,
haciendo el amor en medio del campo,
en medio de los ríos,
en medio de las tormentas,
en medio de las calles,
en medio de los caminos,
bajo la luna.

Y seremos felices aquí en la tierra.

Esta tierra fue hecha para ti y para mí.

 

 

 

 

NOTICIAS DE MARZO DEL AÑO 2011

El año comenzó con revoluciones en los países árabes.
Se desmoronaban Túnez, Egipto y Libia.

Parecía que la Historia había muerto y de repente
una mujer entró en el bar del tiempo y dijo “champán para todos”.

Japón volvió a beber un trago largo de veneno.
La tierra tembló y las centrales nucleares niponas
sintieron nostalgia de Dante, de la Biblia y del Apocalipsis.

El mundo volvía a estar caliente.

Gadafo, el líder Libio, no aceptó la copa de champán.

El mundo árabe se estaba convirtiendo en una banda de rock.

China seguía comprando presidentes de gobiernos occidentales
a bajo precio y convertía la vida en basura universal.

La nave espacial Cassini detectó lluvias de metano
en las dunas del ecuador de Titán,
la luna de Saturno.
Pero seguía sin aparecer ningún vestigio de vida extraterrestre
en ese descomunal y vacío cielo que nos corona inútilmente.

Hosni Mubarak y Muamar el Gadafi y Silvio Berlusconi
usaban el mismo tinte de pelo y sus septuagenarias cabelleras
resplandecían al sol de la Historia con el claro color
de los cabellos juveniles de los dioses griegos de la Iliada.

El hijo del cielo, el emperador Akihito,
habló a su pueblo desde las televisiones japonesas,
desde los receptores con la tecnología más sofisticada del planeta,
en medio de la radiación nuclear, que quema la vida del planeta.

Los reyes y los emperadores y los generales condecorados
se convierten en los grandes ídolos de la televisión
cuando llega el Apocalipsis.

Barack Obama viajaba por América Latina con la mano extendida.

Fuego, volvía el fuego, un clásico de la Libertad.

La crisis económica bailaba flamenco en España.

España se estaba calentando.

Ya nadie leía a Góngora en España
ni a Francisco de Quevedo ni a Mariano José de Larra.
Ni siquiera se sabía quiénes fueron
ni si estuvieron vivos alguna vez.
La Historia se estaba resquebrajando, caminaba, al fin.
La creíamos muerta y como Lázaro salió de su tumba.

Murieron el presidente Néstor Kirchner
y el actor Dennis Hopper y Bobby Farrell,
el cantante de Bonney M, y el escritor José Saramago
y el domador de leones Ángel Cristo.

Nació el primer bebé libre del gen del cáncer de mama,
y sus padres se sintieron fuertes, inmortales casi.

Las relaciones familiares empeoraban por culpa de la crisis.

La tierra tembló en Japón y la Historia se movía,
como un vampiro en la medianoche.

De qué sirve la vida si no es para acabar completamente muerto.

De qué sirve la vida si no es para cambiarla completamente.

 

 

 

 

THE VILAS

xxJohn Vilas tiene 27 años. Canta en una banda de rock and roll. John vive en Detroit. Su primer disco, titulado “Vilas One”, pasó completamente desapercibido. John odia Detroit y está pensando en largarse a vivir a España, a la Costa del Sol, a Málaga.

xxHey, Vilas, take a walk on the wild side.

xxRamiro Vilas tiene 42 años. Vive en Canal de Berdún, provincia de Huesca. Es agricultor. Tiene un tractor al que llama, en broma, “Mariano”. Cuando nadie le ve, le da patadas con sus polvorientas botas —compradas en un Carrefour— a las ruedas del tractor y le dice obscenidades como “me has jodido la vida”. El tractor ni se inmuta.

xxHey, Vilas, take a walk on the wild side.

xxAlonso Vilas tiene 87 años y vive en Madrid. Es sacerdote jubilado. Vive en un Seminario. Desde su habitación oye los coches que pasan por la M30. Le gustan los coches rojos. También puede verlos. Se ha comprado en un bazar chino unos prismáticos y ve los coches. Ve la cara de los conductores y se asusta y se conmueve.

xxHey, Vilas, take a walk on the wild side.

xxCristo Vilas tiene 62 años y vive en Lima. Es peluquero y homosexual célibe. Tiene cáncer de páncreas pero sigue yendo a la peluquería todos los días. A veces, en mitad de un servicio, se pone a temblar de dolor, suspira hondo y sigue peinando al cliente.

xxHey, Vilas,take a walk on the wild side.

xxClermont Vilas tiene 54 años y es profesor de autoescuela y vive en Lyon. Su padre murió hace mucho y Clermont vive con su madre. Su madre le prepara un sándwich de cuatro quesos con mortadela de Bolonia todos los días y Clermont le da un beso en la boca antes de irse a trabajar a la autoescuela.

xxHey, Vilas, take a walk on the wild side.

xxGodfried Vilas tiene 29 años y acaba de asesinar a su novia en un piso de las afueras de Frankfurt. Tiene delante, atemorizado, temblando, al amante de su novia, un hombre maduro, y no sabe si matarlo también. Finalmente, decide apuñalarlo como ha apuñalado a su novia. Godfried Vilas mide 1,91 y hace culturismo. Se queda mirando a los dos cadáveres y se arrepiente de haberlos matado, pero se da cuenta de que son hechos tan irredimibles como olvidables en poco tiempo. Piensa en siete años y seis meses.

xxHey, Vilas, take a walk on the wild side.

xxRosario Vilas era una niña-mendiga que fue encontrada ayer en un sótano de la Rambla de Catalunya. Era una gitana muy morena y tenía once tristes años. Tenía el cráneo reventado y los ojos metidos en la boca.

xxEh, Vilas, que sirva este poema para que la gente recuerde que los muertos también fuimos amor.

xxHey, Vilas, take a walk on the wild side.

 

 

 

 

THE MAN COMES AROUND

xxEstaba muy oscuro cuando el avión aterrizó en el aeropuerto de Moscú. Sin embargo, aquel fantasma estaba eufórico; eran el frío y Moscú que le ponían a mil. Vio un bar de aeropuerto y se detuvo: estoy tan feliz de regresar a Moscú, que necesito tomar un vodka —dijo el espectro.

xxSe sentó en una mesa.

xxQué abstractos son los aeropuertos que glorifican la tierra con sus alargadas pistas de aterrizaje. Qué bonita es la palabra tierra, masculló el fantasma. A veces el fantasma sueña con que esas pistas de aterrizaje sean comestibles. Sean como serpientes, como pescados ardientes, como árboles de piedra que los ángeles contemplan desde el cielo vacío.
xxCantan los ángeles canciones duras que exaltan la construcción de miles de aeropuertos en todos los continentes de la gran tierra de los hombres.
xxLos ángeles aman los aeropuertos. Los ángeles lo aman todo. Porque un ángel es un aeropuerto, víscera de piedra,ganas caprichosas de volar, ganas de estar en las alturas, ganas de fornicación en las alturas. ¿Has probado a hacer el amor a once mil metros sobre el mar? It’s too romantic.

xxLos ángeles se casarían con los aeropuertos si estuviera permitido.

xxEl bar tenía unos enormes ventanales que permitían ver un día gris y oscuro. La grandeza de la grisácea oscuridad parecía revolucionaria. De repente, se puso a nevar.
xxLa nieve es el mayor espectáculo de la materia, su calor, su complejo y extranjero calor. La nieve que trae la santidad a los seres humanos; la nieve, whisky del cielo.
xxLa nieve es el amor también.

xxEn las calles de Moscú seguía nevando. Era la alegría del cielo. Esa alegría irreal que exalta la vida. Alta oscuridad. Alta muerte. Alto amor.

xxEl espectro no llevaba calzado adecuado para la nieve.

xxEl espectro visitó muy caras y lujosas zapaterías de Moscú. Al espectro le fascinan las zapaterías; grandes palacios para esa misteriosa obra maestra que son los pies de los seres humanos. Recordó el espectro el pie de una mujer a la que había amado mucho y lloró a solas. Lloró en mitad de la zapatería y otra vez pidió morir. Alto pie femenino de la alta oscuridad. Mucho tiempo dedicó el espectro a probarse botas de todos los estilos. La fantasmagoría del pie de una mujer de quien estaba enamorado arrojaba al espectro hacia los campos de concentración nazis de la Segunda Guerra Mundial, en una compleja operación de martirio y amor. Judío de los pies enamorados en las cámaras de gas.

xxAcariciaba las botas. Miraba que nada de lo que le ofrecían fuese “Made in China”.

xxAl final, el fantasma se compró unas botas altas mexicanas acabadas en punta, como un cuchillo negro, como homenaje a la revolución mexicana. El espectro amó todas las revoluciones de la gran tierra de los hombres. Las botas que eligió no estaban, precisamente, indicadas para la nieve, de modo que el espectro pronto advirtió en sus botas una gran mancha de humedad.

xxEl espectro cogió un barco moscovita en mitad del hielo. En el hielo veía su rostro y leía su nombre, su nombre aún vivo. Se acordaba de ella. Siempre de ella.

xxAnduvo por muchas calles de Arbat. Cenó, con sus botas humedecidas, en un restaurante llamado “La trucha negra”. Cenó carne, arenques y patatas. Rompió la estructura de las patatas con un tenedor industrial fabricado en serie, “Made in China”.

xxHabía en la carta un texto turístico, en inglés, que decía “los arenques son buenos para la sangre, son diuréticos y alejan el espíritu de la impotencia”.

xxEl espectro rió.

xxTiene que ser muy bonito estar muerto. Pero aún no.

xxSolo estoy enamorado de una mujer que me olvidó.

xxEl amor me ha convertido en una tempestad de miseria.

xxEl amor me ha convertido en un mendigo cósmico.

xxCreo que soy el hombre más solitario del Universo y también el más tercamente enamorado.

xxMis entrañas están maduras para la muerte, pero aún no.

xxAún podría llamarla al móvil, pero estará con otro y ni siquiera contestará, y aunque contestase, ella no se acordaría, y yo tampoco.

 

 

 

 

MEMPHIS

Manuel Vilas llegó a la ciudad española de Santander
conduciendo su Audi 100, ventanillas bajadas, pelo alborotado,
alma venenosa, alma muy gastada, alma tóxica, como su coche,
tenía reservada una habitación en el Hotel Silken Coliseum.

Entró en la habitación, la 301, y sintió algo especial.

Inspeccionó la habitación. Todo estaba en orden.

Había muchas cosas en el cuarto de baño,
eso pone de buen humor siempre,
hasta los muertos se regocijan con los regalos:
Kit de afeitado, cepillo de dientes, aguja e hilo.
Había un calzador y una esponja abrillantadora para los zapatos.
Había un boli pequeño, de bolsillo, con el anagrama
de Hoteles Silken.

Puso una foto de su padre en la mesilla.
Puso una canción de Johnny Cash en el ordenador portátil.
Vilas hace esas dos cosas siempre en los hoteles.

Revisó los poemas que iba a leer esa tarde,
en Santander.

Se cansó de los poemas.
Son solo poemas, palabras.
No son personas, no son seres humanos,
no besan, no hacen el amor.
Me casé con las palabras, pensó.
Me casé con mujeres muertas.

Oh, desesperación, protégeme de las bestias
de la tristeza, conviérteme
en el gran mendigo del amor, dijo.

Se duchó. Estuvo un rato bajo el agua,
maldiciendo su soledad inacabable,
más grande que la soledad de Dios,
no oía a Johnny Cash desde la ducha,
y eso le pareció una tragedia.
Tenía que elegir entre la canción y el agua caliente.
Siempre había que elegir.

I went up to Memphis, oyó.

Con la toalla en la cintura, abrió el minibar,
consultó los precios, y volvió a cerrarlo
con un portazo fuerte, sonoro, absurdo,
goma de la puerta contra la goma de la nevera
en un choque anónimo,
innecesariamente cruel.

Bueno, se dijo, volvió a abrirlo,
y sacó una botellita de whisky.
Al rato otra más. Al rato comenzó con e vodka
porque el whisky se había acabado.

Pensó en su poema El alcohólico.

Miró la habitación: qué blancas las almohadas,
qué bonito el teléfono,
qué sensación de limpieza en el cuerpo.

Sonaron unos golpes secos y fuertes
en la puerta de la 301,
golpes fantasmales y a la vez esperados,
y Vilas abrió.

Era el mismísimo Johnny Cash, con camisa negra,
con botas y con levita y con el pelo alborotado.

Cash entró en la habitación, se sentó en la cama
y dijo “Vilas, cariño, camarada, amar a los seres humanos
no es suficiente si quieres amarlos de verdad,
estás desesperado, y no te curarás nunca,
no hay cura para esto, hermano, siempre estarás así,
violento, insatisfecho, radiante, destruido,
hermano mío, mi hijo casi”.

Vilas pensó que Johnny le había leído el pensamiento
porque Vilas ama a todos los seres humanos
que ha conocido en esta vida.
A todos los ama hasta la extenuación, hasta la cruz;
aunque solo haya hablado dos minutos con un hombre o una mujer,
Vilas lo ama.

Dios hace lo mismo.

Dios y su mismísimo hijo el Gran Jesucristo hacen lo mismo.

Más allá del beso, más allá de la fornicación.
Más allá del erotismo radiante.
Más allá de la posesión y del placer inimaginable.
Más allá de la amistad.
Más allá del matrimonio.
Más allá de la admiración, la lealtad y la fraternidad.
Más allá de todas las falacias del amor,
los fuertes comemos seres humanos,
dijo Johnny.

Vilas estaba solo en mitad de la habitación.

Debería pegarme un tiro ahora mismo,
dijo Vilas, mientras miraba la foto de su padre
encima de la mesilla, con su portátil marco de plata,
y Cash cantaba desde el ordenador I went up to Memphis.

 

 

 

 

DELIA’S GONE

Bendito sea el suicidio.

Lo mejor de nuestro amor fue suicidarnos.

Tantos suicidas en París, en Nueva York,
en Ginebra, en Londres, en Estocolmo y en Madrid.

Hombres y mujeres que se arrojan por las ventanas,
desde décimos o undécimos pisos,
intentando volar en el absurdo viento de las ciudades.

Bendito sea el suicidio, que nos iguala a los ángeles
más famosos en las rutinarias gradas del universo.

Es temperamental, la muerte por amor.

Suicídate, no significa nada, el mundo resplandecerá
aún más y no habrá tristeza alguna porque ya nadie te quiere.

Hombres y mujeres que dispararon negras pistolas
contra sus inocentes y vencidas sienes,
que castigaron su aparato digestivo
con cápsulas verdes y blancas, rojas y amarillas.

No soporté que me abandonaras, amor mío.

No soporté quedarme sin trabajo, amor mío.

No podía verte con otra,amor mío.

San Ian Curtis, San Mariano José de Larra, Santa Silvia Plath,
la santa horca, la santa pistola y el santo gas,
y el amor siempre,
el amor
tan asesino.

Di adiós a tu cuerpo, se ha quedado vacío.

Bendito sea el suicidio
que nos aleja de la mirada de todos los Emperadores.

Bendito sea el suicidio, el gran adiós de los lunáticos.

Qué bella es la muerte y su hermano el sueño,
dijo un inglés ilustre.

No podía soportar las nubes, el mar, las calles,
amor mío.

Cúbreme de tierra, estaré bien no estando,
amor mío.

Cómprame un ataúd barato, estará bien así.

No hace falta que me recuerdes, amor mío.

 

 

 

Vilas, Manuel. Gran Vilas. Madrid; Ed. Visor, 2012.

 

GRAN VILAS

septiembre 17, 2016 Deja un comentario

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NOTICIAS DE JUNIO DEL AÑO 2009

Los aviones de Air France se caen del cielo,
caen en mitad de las planicies oceánicas y se hunden
a la velocidad de los peces, cuatro mil metros bajo el agua.

Los familiares buscan abogados y leyes y luz y justicia
a las gran velocidad de la desesperación,
demonio y matadero del adiós ingrávido.

Michael Jackson pesaba cincuenta kilos de viento quemado
cuando se fue de este mundo como si fuese un negro de Nairobi.
Cuerpo adentro tenía vísceras de goma.

Hay un Big Bang carnal en todo esto.

Esta fiesta idéntica a las fiestas solares, a los sacrificios
humanos, comiéndonos los unos a los otros.

El canibalismo también es moderno.

Los cerdos, humillados, inventan virus que matan a los hombres,
comedores de cerdo.

Mercedes baja los precios de sus berlinas
De creer en algo, creería en un Mercedes-Benz,
y te juro que no es broma.
Adoraría sus ruedas,
su volante final.

En un país pobre y sin historia llamado Honduras
los militares dan un golpe de estado: negros y soldados,
indios y piedras, hispanos y locos, ratas y cárceles,
hundidos en Honduras.

Una biblioteca de Nueva Gales del Sur exhibe
la lista de Oskar Schindler, fechada el 18 de abril de 1945,
la célebre lista que hurtó al III Reich
ochocientos y un judíos en trece páginas amarillentas,
el buen triunfo de la vida.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxY en esa lista
salimos tú y yo, que estamos vivos de milagro.

El futbolista Kaká pasa el reconocimiento médico.

No hay mensajes nuevos, dice mi Windows Mail.

Cae otro avión, de una compañía fantasmagórica,
barata y africana,
sobre el Océano Índico.

Demasiados aviones en el cielo.
Demasiada gente volando.

Michael Jackson estuvo casado con la hija de Elvis Presley.
En las noches de verano, desnudos, hacían espiritismo.
La autopsia de Elvis también fue poesía pura.

Es mucho más triste que no te hagan ni la autopsia,
como a esos desgraciados que se hundieron
en el Atlántico y en el Índico
y sus cuerpos desaparecieron
como si nunca hubieran existido.

La autopsia es un espejo moral.
La autopsia es un matrimonio con la gravedad.

La autopsia me pone a mil, desconocidos
metiéndome mano, árbol adentro,
donde ni siquiera tú has estado, y eso que eres
la más perra de la tierra, amada mía.

Pienso en los riñones (creo que tenemos dos),
en el hígado, en el intestino grueso de Michael Jackson.

No hay mensajes nuevos, dice mi Windows Mail.

Nadie me escribe.

 

 

 

 

EL ALCOHÓLICO

Era el 30 de mayo del año 2009
y estaba en La Habana.

Somos los santos bebedores esparcidos por el mundo,
grandes y últimos —y escasos en número—
corresponsales del santo oficio: dos en París,
tres en Nueva York, cuatro en San Petersburgo,
cinco en Tokyo,
uno en La Habana.

El que bebe solo espera beber con Dios un día.

Vieja piscina del Nacional,
de cuerpo entero bajo el agua.
Vieja piscina de la tierra,
y el fervor
y el santo oficio
y la alegría espantosa.

Veo la luz del sol,
pero soy más humano que esa luz.

Siempre estuvo aquí.

Vengo de allá arriba.

Si la alegría fuese
este oficio
del que bebe en gloria.

Otra vez estoy al mando del gran ejército de la desesperación.
Al mando de las altas y superiores legiones solares,
en mi puesto,
aquí en La Habana,
diseñando la estrategia final de la victoria.

Soy el César,
estad pendientes de mis órdenes.
Mañana quemaremos la Historia.

 

 

 

 

SOLOS ANTE EL PELIGRO

La nada de los perros es igual a la nada de los hombres.

Aquí me tienes de nuevo, a tu lado, como siempre.
Alégrate, alégrate porque he vuelto no más de cinco minutos.

Todos los días, los grandes días —lo sé— te acuerdas de mí.

Me ves en la cocina de tu casa mirándote a los ojos,
mientras te bebes un café.

Te gustaba tanto contemplarme:
en los parques, en las playas,
en las calles de las ciudades españolas.

Nadaba en los lagos de montaña
al lado de los árboles y sacaba
piedras húmedas de los ríos
con mi boca enaltecida por el sol.

El sol era nuestro hermano.
El sol era nuestro imperio, nuestro imperial hermano,
se dejaba besar, lo besábamos nosotros a él,
aunque ardíamos, sí, ardíamos sin notar las llamas,
pues qué nos importaba arder a nosotros
si éramos amor, porque el amor nos quiso mucho,
acuérdate.

Nadamos juntos en los altos ríos de las montañas de Huesca,
en el mes de mayo, cuando el frío aún es aterrador.
En medio del agua de los santos deshielos,
solos ante el peligro.
Los muertos venían a hablar con nosotros, viejos
muertos de las montañas de Huesca, afables y atormentados,
dulces y ensombrecidos, pero siempre enamorados.

Tú contemplabas cómo se deshacía la nieve en las alturas.
Oíamos el cántico de las alturas.
Sí, lo oíamos.

Estábamos hechos el uno para el otro,
y aún te quiero.
Te quiero mucho porque nadie te quiere ya
como tú quieres que te quieran.

La nada de los perros es igual a la nada de los hombres,
un rigor primitivo, antes del mundo,
que iguala la desaparición de la carne.
El célebre adiós de la carne.

Me llenabas de caprichos,
acabábamos comiendo lo mismo.
Me comprabas salchichas alemanas.
Me comprabas galletas danesas.
Me comprabas pollo pequinés con salsa de almendras.
Me comprabas mortadela de Bolonia.

Y me llevabas a hoteles de lujo que aceptaban mascotas.
Y nos tumbábamos en la misma cama.
Y escuchábamos juntos a Johnny Cash.
Y pensábamos las mismas cosas.

Y me alquilabas una hamaca en las playas,
durante los veranos legendarios.

Nunca volveremos a estar juntos.
Nunca, entonces, estuvimos juntos.

No volveré.
No te querré ya más.
No te veré morir.

 

 

 

 

GRAN VILAS

Cómo me gusta el dinero,
cómo me gustaría
ser uno de los hombres
más ricos del planeta.

Me gusta ese momento en que la gente te paga por lo que sea.

Creo que lo que me mataría de verdad es no tener dinero.
Eso mató a mis antepasados: no tener nada.

Me gusta recibir transferencias bancarias.

Pero no me estoy haciendo rico,
sólo me hago viejo.

Se acerca el momento final
y sigo igual de pobre que siempre,
igual de pobre que mi padre y el padre de mi padre,
raza negra de negros españoles,
y eso me mete mala y negra sangre en la cabeza.

Muy viejo e igual de pobre que todos los viejos de la tierra.

Mira que era pobre mi padre y mira que yo amaba
esa pobreza, los pobres elegantes españoles
con la frente llena del sol del Mediterráneo.
Mi padre era un Woody Guthrie de las montañas de Huesca.
Era el mejor, siempre guapo, siempre radiante.
Pero se murió, así fue, se murió.

¿Por qué no soy rico si soy el mejor de los hombres,
si soy un santo,
si soy San Vilas,
muy colega de mis colegas,
un vitalista cordial?

Pagan mal en todas partes. Pagan mal en todo el planeta.
Pronto ya no pagarán nada, y volveremos adonde siempre
estuvo la gente como yo, allí abajo, quemados, enloquecidos,
ajusticiados, esclavizados, rotos.

¿Has visto cómo bajan los ríos de la tierra,
llenos de cadáveres flotantes,
llenos de moscas que se posan en los labios
de los cadáveres golpeados por la tiranía universal?

No soporto envejecer,
dejar de ser la criatura más resplandeciente de la tierra.

Ser pobre y joven era tolerable.

Ser pobre y viejo será un martirio.
Me comeré la pobreza y la vejez con ardiente mala sangre.

Y haré milagros, partiré el mar por la mitad
y me beberé las olas, los peces
y me beberé a todo el alto mando
de la marina de guerra norteamericana.

Beberé almirantes, capitanes y delfines.
Beberé ballenas.

También me beberé al alto mando
de la marina mercante de los Estados Unidos.
Me beberé los portaviones de la OTAN.

Necesito cambiar de sangre,
de órganos,
de vísceras,
de cuerpo,
pero no de alma.

Mi alma estará bien siempre.

 

 

 

 

MI NOVIA

xxVilas, dicen por ahí que tuviste padre y madre, pero yo no me lo creo. A ti, Vilas, te engendraron las ballenas, la selva, los mandriles y el vientre de la luna.

xxVilas, dicen por ahí que fuiste al colegio y a la universidad y que te hiciste un hombre de bien, que aprendiste a leer y a escribir, a sumar y a multiplicar. Pero eso sí que es imposible, solo hay que verte ahora, más pobre que los chinos y los negros y las ratas. Además yo sí sé de dónde vienes tú, Vilas.

xxVilas, dicen por ahí que te casaste dos veces y tuviste solo dos hijos, pero yo no me lo creo. Sabemos que te casaste cientos de veces y que tuviste millones de hijos y de hijas.

xxVilas, dicen por ahí que te hiciste escritor, que escribías libros, y eso tiene gracia, eso sí es muy, pero que muy gracioso.

xxVilas, dicen por ahí que eras español, bah, tío, yo no me lo creo. Eso sí que no puede creérselo nadie. A ti, Vilas, te echaron de todos los países serios, como echan a las cucarachas de las casas, pero con honor, gigantesco honor, te expulsaban con honores de estado.

xxTú eras hijo de las montañas de Huesca, eso sí es verdad.

xxDe los ibones, de los barrancos y de las praderas, del Valle de Benasque, de Monte Perdido y Panticosa, de Ordesa y Añisclo, sí, de allí eras tú, como lo fue tu padre, si es que tuviste padre.

xxVilas, dicen por ahí que naciste en el siglo XX. Pero eso sí que es un decir bien tonto, pus los virus como tú contribuyeron a la creación de los huesos y de la carne y estaban aquí antes de que el sol hiciera brillar las heladas olas del mar y las azules crestas de las montañas.

xxVilas, dicen por ahí que eras un hombre, pero tú y yo sabemos que eras una mujer vieja, acabada y muy promiscua, por no decir otra cosa.

xxVilas, dicen por ahí que amas a hombres y mujeres, vivos y muertos, a millones de mujeres y a unas docenas de hombres buenos, y eso sí que yo me lo creo.

xxEso, tío, eso es verdad. Vilas, eso sí.

xxVilas, eres perfecto. El Ser, eso eres tú, y no la Nada, Gran Vilas.

xxUn ciego plenario.
xxEl ciego que puso pleitos y demandas voraces a la exigua luz del mundo.

xxDame un beso, hijodeputa.

xxEsa lengua, Vilas, quiero sentirla.

xxSoy yo, la tonta de tu novia, la única que te ha querido.

 

 

 

 

EL ENAMORADO

xxYa sabes, amor mío, porque te lo he contado varias veces, que la desesperación de los hombres maduros ante las mujeres jóvenes y nuevas, bendecidas por la vida, es el tema de Susana y los viejos, un célebre cuadro de Tintoretto.

xxTe fuiste con otros tantas veces.

xxQué bien que te fueras con otros, porque mi amor es más extenso en el tiempo y en el espacio que tus infidelidades y ya es decir; mi amor está más allá, en las remotas regiones de una plenitud desconocida, sobre todo para ti, tan joven y tan guapa y tan dulce.

xxLa destrucción, el deterioro y el alcoholismo final, eso me dejaste. Tres árboles negros, con flores rojas.
xxTuyo era el poder y tuya mi vida.
xxTe adoraba.

xxAsí que te fuiste con otros, con docenas, mejor no los cuentes, amor mío, y fuiste muy feliz con ellos. Y yo imaginaba esa felicidad y te concedía una rara bendición.

xxA mí me parecía que no valían nada esos chicos guapos, con los que te ibas hasta el amanecer, insípidos, jóvenes sí, pero inanes, y sí, altos, nueva raza de españoles a quienes la estatura física situó en la vanguardia de la evolución de la especie, aunque no sabían decirte nada bonito.

xxEso solo sabía decírtelo tu novio maduro, o sea, yo. Las cosas bonitas te las decía yo y nunca las habías oído antes y nunca te las habían dicho esos chicos nuevos, y eso me daba pena, porque está claro que vienen tiempos feroces para el amor. Y cómo ardías en mis palabras. Mías eran las palabras, pero los besos duros se los dabas a ellos, a los otros.
xxYo te exaltaba, pero a ti no te exaltaban los chicos a quienes amaste, tristemente.

xxClaro que envidiaba a esos chicos a quienes hacías cosas muy alejadas, pero que muy alejadas, de los abrazos casi fraternales que guardabas para mí. Y temía que te hiriesen, porque tú eres frágil, y esos chicos jóvenes, atléticos y musculosos, tienen vergas muy largas y racialmente ofensivas, y yo padecía, sufría por tu cuerpo delicado y suave. No podía soportar que te embistiesen como si fueses un animal perecedero.

xxPero yo también fui un Rey. Gran Rey de mi derrota, que es un universo al que nunca estuviste invitada. Allí, planetas, continentes, soles radiantes, orquestas y bailes hasta el amanecer, océanos dorados, todo ocurre para mi solitario amor: El amor, única luz del mundo.

xxY me dejabas solo en casa. Y te inundaba a sms que tú no contestabas.

xxEstabas con otros. Y yo quería abrazaros a ti y a ellos, porque me daba igual. La verdad es que da igual, ya acabarás comprendiendo que da igual, si el amor es grande.

xxQuería ver cómo abrazabas y besabas a esos chicos y hacías el amor con ellos y no conmigo, el hombre viejo.

xxCuando tengas mi edad, amor mío, cuando seas vieja, cuando tus 27 años, por arte de magia, se conviertan en 72, imagínate lo muerto que estaré yo entonces, gracias a Dios y a su mismísimo hijo Jesucristo.

xxQué bien no volver a verte hasta el Big Crunch, dentro de 72 mil millones de años, allí nos juntaremos todos otra vez y tus chicos serán igual de viejos que yo, será imposible distinguir nada, a ellos de mí.

xxQuerrás besarlos, y me besarás a mí, finalmente.

xxY a mí no me gustan las viejas decrépitas,
xxamor mío de 27 años.

xxPero te quiero tanto.

xxTe adoro, tristemente.

xxMi alma es tuya.

 

 

 

 

PASADIZO

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxThe Kids Are Alright
xxxxxxxxxxxxxxxxxxixxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxThe Who

Amigas, mis guapas amigas, mujeres de conocimiento,
dijo Vilas a las presentes, dando un beso
en los labios a cada una, todas hermosas y sabias y fuertes;
me acuerdo de cuando era un crío
en el pueblo de Barbastro, donde yo nací,
hace doscientos cincuenta años,
—y Vilas sonrió levemente—,
es como si estuviera viendo a ese crío aquí delante,
me ardía el pensamiento, tenía tantas cosas en la cabeza.
Estaba muy flaco y era tímido.
Era temeroso y estaba pálido.

Me gustaría decirle algo a ese crío.
Es que veo que tiene dudas, el crío, digo,
veo que está sufriendo,
y me duele que ese chico sufra
porque ese chico era bueno,
era un buen chico.

Atraviesa el tiempo y dile que le quieres,
le dijeron a Vilas sus resplandecientes amigas.
Dile que era el crío más guapo de Barbastro.
Dile que era un seductor, un James Dean.
Dile que era bueno.
Dile que estás construido sobre él:
él una iglesia románica,
tú una catedral gótica.

Dile que no lo olvidarán ni el sol,
ni la luna,
ni los bares,
ni las calles,
ni las noches,
ni las chicas de Barbastro.

Vilas, el viejo, sonreía, y miraba a sus amigas.

Se concentró en un punto
y rompió las puertas del tiempo.

Te quiero, chico, dijo Vilas a la oscuridad,
eras La muerte en Venecia.

Claro que lo era, dijeron las chicas.

Dadle un beso con vuestros labios maduros,
antes de que se cierren las puertas del timpo otra vez.

Y todos rieron y se pusieron a cantar Love me Tender
de Elvis Presley en honor del joven Vilas.

No tengas miedo, chaval, estoy aquí para echarte una mano,
volvió a decirle a la oscuridad.
Todo se arreglará.

Cuidadme a este chico, cuidádmelo.

Pero no me lo cuidasteis, no.
Bien sé que no me lo cuidasteis.

 

 

 

 

LA ESPAÑA DE LA TRANSICIÓN

El rey Juan Carlos I está algo hinchado,
y algo sordo, no oye a los periodistas.
Fue el dueño de un rato largo de la Historia.
Y ahora habla con los muertos mucho rato,
con su padre, a quien ya ha vuelto a ver en sus sueños.

El ex-presidente Adolfo Suárez
se convirtió en el hombre invisible.
Murió su esposa, se entristeció para siempre,
y envejece en un lugar desconocido.
No recuerda nada porque nada hay que recordar.

El escritor Camilo José Cela se murió
como muere la gente corriente.
Parecía inmortal y eterno, pero no lo era.
Su viuda aparece muy de tarde en tarde
en la prensa española, pero ya nadie la recuerda.

El ex-presidente Felipe González
se divorció y se fue con una más joven.
Sale de vez en cuando en las televisiones.
Parece un hombre bueno,
pero solo es un hombre envejeciendo.
Da consejos y opina de economía y de mercados.

La ex-miss del universo Amparo Muñoz
se disolvió tristemente
en un piso de Málaga.
Dijeron que era una drogadicta y que por sus venas
corría la España de los años setenta.

El actor Fernando Fernán Gómez
se murió de la misma forma
que Camilo José Cela.
Cuando murió,
murió una forma de ser español.

El gran Santiago Carrillo, el último comunista,
se morirá un día de estos,
tal vez ya esté muerto ahora mismo.
Resiste, porque el comunismo latió en su corazón
como una santa campana de penicilina.

La gente se muere o está a punto de morirse.
Se murieron poetas a quienes ya nadie lee
como Gerardo Diego y novelistas oscuros
como Torrente Ballester; y Gerardo y Torrente
parecen ahora mismo el mismo muerto,
el mismo fiambre, gemelos españoles.

El juez Baltasar Garzón ha engordado
y está envejeciendo.
Persigue a los fantasmas que no persiguieron
aquellos que ya también se volvieron fantasmas.
Fantasmas que no persiguieron
a otros fantasmas más antiguos,
porque entre los fantasmas la antigüedad
en el cargo se llama Historia de España.

Me dan pena los muertos españoles.
Oh, sí, qué pena dan los muertos españoles.

¿No te parece?, hermano mío, mi compatriota.

 

 

 

 

CAMBRILS

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxverano de 1975

Los Mercedes descapotables, los BMW con ojos de tigre,
los Peugeot, los Alfa Romeo, los Opel, los Wolkswagen.

Es un verano del año 1975, en el pueblo turístico
de Cambrils, en la costa de Tarragona,
—hace mucho sol y el Mediterráneo es nuestro paraíso—.
Por el largo aparcamiento junto al mar,
un niño en bañador está curioseando el cuentakilómetros
de un Porsche: 210, 230, 250, 270, 290.

El automóvil de su padre termina en 160 km/h.
Y es nuevo, y era el mejor y el más veloz,
dijo el padre.

Eso le entristece.

Esa gente tan alta y tan guapa, ¿de dónde viene?

Parecen más felices que nosotros.

Algo está pasando. Algo se resquebraja.

Esos coches, no puede quitárselos del pensamiento,
esas formas tan distintas, esas marcas raras,
impronunciables,
esas ruedas tan grandes,
esos cuentakilómetros siderales.

Acaba de ver un BMW rojo, y acerca su cara
a la ventanilla: 200, 220, 240, 260, 280 km/h.

Imagina el mundo a 280 kilómetros por hora
y sonríe como un dios adolescente.

Nadando en el mediterráneo, en mitad del agua,
seguía pensando en esa industria misteriosa
del automóvil, en esas formas calientes de la materia.

Ya supo el niño entonces que la materia es espíritu radiante.
La alegría de los motores ardiendo,
los cilindros, el volante de noble madera,
las ruedas y su espíritu militar.

Se pasaba las vacaciones mirando
con estúpida fascinación
y con inesperada humillación
los coches de los turistas europeos.

Allí, en aquellos coches, había un misterio doloroso,
también una forma de la pobreza,
y un destino.

 

 

 

Vilas, Manuel. Gran Vilas. Madrid; Ed. Visor, 2012.

 

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LOS COBARDES

Selfie juvenil

 

LOS COBARDES

xxA cuántas mujeres has amado, di. Esa es la pregunta final, ¿en cuántas viste la felicidad universal? Hubo una, ¿te acuerdas? Hubo una, tan especial, de la que te acuerdas ahora que vas a morir. ¿Quién era? ¿Por qué duró tan poco, si estabais hechos el uno para el otro? Realmente, la amaste. Aún vive en tu ciudad, en la ciudad en la que vas a morir. ¿Qué estará haciendo ahora? La amaste mucho, y ella a ti también. Tú, obviamente, morirás antes.Ella tal vez alcance los noventa años, a quién le importa. Tú la sigues amando, y ella a ti también. Afortunadamente, tu muerte, que está llegando, te dará la paz y la grandeza de las montañas doradas; ella, con su pasión por seguir viva, seguirá muerta. Os besabais en los bares oscuros de aquella Zaragoza, era el año 2006. Era ella tan poca cosa. Tan falsa su conversación. Tan verdadera su soledad. Idénticos.

 

 

 

Vilas, Manuel. El hundimiento. Madrid; Ed. Visor, 2015.

 

25 CENTÍMETROS

Se puede leer en la contraportada de ’25 centímetros’, editada por la añorada DVD ediciones, el siguiente texto escrito por Manuel Vilas: “Esta novela de David Refoyo es puro sexo. Es sexo y política. Sexo y destrucción. Sexo y complejidad social. Sexo e Internet. Sexo y alienación. Sexo y terror. El escritor se cuela en los intestinos de la industria del porno. El porno aquí es un símbolo del deterioro de la civilización occidental. Casi todo el libro demuestra que nuestro tiempo ha convertido a la pornografía en el último animal tecnológico. Se folla mucho en esta novela. Actores porno, prostitutas, emigrantes, mujeres desesperadas, gigolós, convierten esta primera novela de David Refoyo en una orgía tipo “Walk On The Wild Side” de Lou Reed. Es una novela coral, pensamientos de mucha gente que cuelgan del aire postindustrial. David Refoyo ha escrito una novela original y distinta, también valiente, y tal vez todo ello signifique que estamos circulando ya por las nuevas avenidas de la literatura española del siglo XXI, lugares del futuro, porque esta novela revela que España es ya un país globalizado. 25 centímetros es una narración de terror. Me gusta este libro. Me he leído este libro con pasión, y he pasado miedo, miedo auténtico. Me gusta pensar que España tiene ahora escritores diferentes, nuevos escritores.”

 

Asia Argento

 

Aquí tienen algunos capítulos del libro.

 

xxxxxI

xxRamoncín no tiene ni idea.
xxEn realidad, poca gente tiene idea de qué va todo esto. La SGAE se dedica a llorar, es lo único que sabe hacer: llorar. Supongo que con algunos de sus representados a poco más puede aspirar. La crisis cultural a la que se refieren estos tipos va mucho más allá. Mucho más. Sí, podemos llegar a estar de acuerdo en los aspectos negativos del top manta, podemos estar de acuerdo en muchas cosas, pero sólo hay dos realmente claras. Meridianas. Una es que no apostaron a caballo ganador. Mientras todo fue de color de rosa se convirtieron en seres inmovilistas. Cuando Napster avisaba del cambio, de la verdadera revolución, se lanzaron al cuello del Sub Comandante Napster pero no pudieron ver que el verdadero problema estaba en discos de plástico malo, productos de usar y tirar, limusinas en las puertas de los hoteles. Alfombras rojas donde exponer el glamour incierto de anoréxicas niñas de diecisiete años.
xxEl otro, el más importante, el que afecta a muchas más industrias que a la musical, es Internet. Internet como amenaza y no como oportunidad.
xxRamoncín, el Rey del Pollo Frito: El Chuli. Aquel que salió del barrio buscando la gloria. Aquel que se agarró al cheque de los derechos de autor para seguir viviendo. La falsa rebelión de los setenta. La transición no fue a la democracia, fue al capitalismo. Ése era el verdadero negocio. Ramoncín lo sabía. Sabía que tenía que colocarse en la fila. Ya llegaría el tiempo de entrar. El rombo negro alrededor del ojo. El pelo corto. Las palabras soeces y malsonantes. Las canciones inspiradas en las afueras. Las provincias se convirtieron en la prolongación radial de la capital. En la Deep Spain. Marginalidad.
xxRamoncín no se entera de nada. Si Internet ha acabado con algo, ha sido con la industria del porno. Cientos de mujeres operadas, oh reinas de silicona, hundidas en la más absoluta miseria. Acostumbradas a recibir por todas partes, una más tampoco se nota demasiado. El paro. El desempleo. Las colas en el INEM. Noventa, sesenta, noventa. Nadie puede luchar contra la democratización de la cultura. Ni tú, Ramoncín, ni yo mismo. El Emule, los vídeos caseros, Hungría, Indonesia, Puerto Rico.. ¿No sabes todavía nada de la deslocalización? ¿No has oído hablar de la crisis? Cuando crece tanto la oferta y la demanda se mantiene, algo va a terminar explotando. El P2P se encarga de satisfacer esa demanda. Gratis. Por una suscripción mensual que va, en un porcentaje poco definido, a los mismos que nos vendían aquellos cd’s de dudosa calidad. Todo queda en las mismas manos.
xxLa propiedad de estos 25 centímetros es mía. De nadie más, pero Ramoncín no sabe de qué va la película. Todavía.

 

 

 

 

xxxxxVIII

xxEran otros tiempos. Está claro. Ahora nadie cruza una frontera para comprar revistas eróticas, para ver películas de sexo explícito. Internet, kioskos, libertad de prensa. Ahora tenemos decenas de canales de televisión, algunos de ellos de pago, que emiten contenidos para adultos. El porno está en la vida cotidiana. El porno es parte de nuestra cultura.
xx
En los años setenta sí, España estaba llena de curioso y los viajes al extranjero eran una práctica muy arraigada. El movimiento hippie, el Mayo francés del 68, el destape. España eran Ozores y Esteso. Los Bingueros, Benidorm, Ibiza. Marisol enseñando las tetas en la portada de Interviú. Aquí no hicieron falta tanques ni soldados para dinamitar la vida pública. La revolución llevada al extremo. Ya sabes a lo que me refiero: el nudismo, el culto a lo prohibido. La transgresión como forma de vida. Bastaba con tener un poco de arrogancia y un poco de desvergüenza para ir contra lo establecido. Había tan pocas cosas establecidas que parecer rebelde era demasiado fácil. ¿Crees que Kaka de Luxe habría triunfado veinte años después?
xx
La Reserva Espiritual de Europa se venía abajo. Franco estaba en las últimas. El blanco y negro estaba a punto de ser coloreado por Dalí o cualquier otro. Los futbolistas con melena, huyendo de los tiempos del macho ibérico. Huelgas de hambre, encierros en la Universidad. Revueltas. Todo está cambiando deprisa. Todo había acabado de la peor forma posible: en pelotas y blasfemando.
xx
La Industria del porno comenzó a crecer. Los americanos y algunos europeos vieron en aquella España la posibilidad de crear un negocio. No fue fácil establecerse, empezar de cero, ir a contracorriente pese a todo. España como cantera del porno internacional. Paisajes idílicos, más horas de sol y un grupo de consumidores potenciales muy por encima de los países del entorno. Llegaron las productoras, los castings, las discográficas, los grupos musicales.. Todo llegó de repente y la tarta, a golpe de talonario, se fue para Norteamérica.
xx
Penélope Cruz, Antonio Banderas, Pau Gasol… siempre ha habido fuga de talentos hacia la industria del ocio norteamericano. También con la pornografía, el sexo y el erotismo. España se subía al carro de Occidente enseñando sus tetas al mundo y creando su propia industria. Más pequeña. Más limitada. Menos filosófica. Producto español para el hombre español. La publicidad nacionalista vigente desde los años cuarenta volvía a ponerse de moda, sólo faltaba seguir creyendo en el concepto. Que todos creyeran. Decenas de cuentas corrientes en Suiza. Dinero. Campañas de publicidad. Marketing. Contratos suculentos. Mass Media.

 

 

 

 

xxxxxXII

xxTengo la necesidad de encontrar nuevos estímulos. Mirar más allá de las ventanas. Comprender otro concepto de espacio-tiempo. Olvidar la lenta limpieza étnica a la que sometemos nuestros cuerpos con alcohol de garrafa. Una generación, quizá dos, condenada a la aniquilación y al abandono. Lo tenemos todo, dicen nuestros padres. Tenemos un iphone, un ordenador portátil con pantalla táctil, una televisión de plasma pegada a la pared. Hemos viajado a Londres, tenemos camisetas de marca, estudios subvencionados por nuestros padres y el Estado en una combinación que destrozaría cualquier concepto de la solidaridad. Lo tenemos todo pero, a veces, tengo la sensación de que me falta algo. Quizá es que no viniste a la fiesta. Quizá me falte el éxito social que proporciona el beso público. No sé exactamente qué es, pero yo me miro en el espejo y ya no veo a Kurt Cobain, ya no veo a aquel bebé buceando sobre el Nevermind. Veo chinos que pretenden lanzarse al espacio. Chinos que quieren venderme cervezas. Chinos inferiores a todos nosotros. Nuestras ojeras ya no pertenecen al grunge. El grunge murió. Nuestras ojeras son todas aquellas noches en las que esperábamos la casualidad en un bar. Tal vez fuera un exceso de responsabilidad y nos señalaron con el dedo para liderar algo que no sabemos muy bien de qué se trata. Alguien que creyó darnos una oportunidad y nos entregó una losa inamovible. Nuestro miedo a fracasar hizo el resto. Aquí y ahora no hay nada. Sólo queríamos que papá aplaudiera nuestros goles desde la grada, que tu hermana llegara por sorpresa a la graduación. Queríamos una foto en la portada de una revista, una placa recordando aquellos momentos que creímos perfectos. Especiales. Somos la generación técnicamente mejor preparada. La más competitiva. La más guapa. La generación de hombres y mujeres incapaces de levantar la voz. Vivimos en la era de la comunicación, de las pastillas de diseño. La que se deja seducir por cualquier estímulo que nos ponga una sonrisa, puede que artificial, sin el peso de la exigencia. Somos la generación a la que le tiembla el pulso por las mañanas. Somos la generación perdida. Papá, tú lo sabías,
xxy no hiciste nada por evitarlo.

 

 

 

 

xxxxxXXVII

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxEl marketing viral o la publicidad viral son términos emplea-
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxdos para referirse a las técnicas de marketing que intentan ex-
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxplotar redes sociales preexistentes para producir incrementos ex-
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxponenciales en “conocimiento de marca” (Brand Awareness),
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxmediante procesos de autorreplicación viral análogos a la ex-
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxpansión de un virus informático.

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxhttp://es.wikipedia.org/wiki/Marketing_viral

xxLa mayor parte de los negocios no suelen ser estáticos, salvo en el caso de las antigüedades y cosas del estilo. El sexo mueve millones de euros al día, a nivel global. El sexo es consumido en diversas franjas de edad y satisface gustos dispares. En la agencia sólo trabajan con hombres. El público es indiferente. No tratan de vender sexo sino de aportar un valor añadido. Un plus. Venden compañía de calidad. Manejan una gran cartera de clientes y un buen servicio, profesional, que cumplen chicos jóvenes y no tan jóvenes. Educados. Correctos. Formales. Responsables. Un servicio a la altura de las circunstancias. En principio, no admiten extranjeros. El trabajo es relativamente fácil. Consiste en recoger al cliente, generalmente mujer, y acompañarlo a cenar, al cine, al teatro… Darle conversación. Ser dulce si es dulzura lo que busca. Se trata, simplemente, de ofrecer lo que pide, sin más. Aquí no corre dinero en metálico. Todo se negocia mediante la agencia, que gestiona todos los planes y sus respectivos gastos. Organiza las citas y guarda una exquisita confidencialidad. Se guarda un porcentaje de cada negocio. Con o sin factura. Cumple escrupulosamente con la ley. Si el cliente sólo demanda sexo tampoco hay problema. La carta de servicios es amplia. El muestrario de hombres, también. Lo importante es que la clientela quede conforme. Se trata de un buen negocio. Apenas existe competencia y el deseo de un acompañante se repite tanto en ciudades grandes como pequeñas. La sede de la agencia está en una ciudad periférica, de provincias. Gracias a internet trabaja a nivel nacional. No dejan rastro. La profesionalidad se cuida con cada detalle, por ínfimo que parezca.
xxNo venden prostitución masculina. En absoluto. La agencia no es un club, carece de un lugar físico donde practicar sexo. Ponen en contacto a una serie de hombres bien dotados con personas que demandan sus servicios. No se trata de modelos sin cabeza, porque las mujeres gustan de una buena conversación por encima de todo. Cobran sumas elevadas de dinero porque el cliente se siente seguro invirtiendo en este tipo de compañía. Hay chicos muy jóvenes que tienen que pagarse un piso y una carrera universitaria sin el sustento económico de sus padres. Hay hombres maduros que trabajan en el ministerio y, sin embargo, de vez en cuando, aceptan un trabajo de la agencia. Se cuidan, se mantienen en forma. Están bien cualificados físicamente y mentalmente. La agencia no hace ningún tipo de publicidad convencional. Poca gente sabe que la agencia existe. El boca a boca y un servicio adecuado es lo que permite alcanzar el éxito. Los chicos trabajan bien y por un par de contactos al mes pueden pagar un alquiler en el centro de cualquier ciudad. Es un buen trabajo, sí. La agencia no mira cómo son los clientes. Sólo exige limpieza y dinero. Lo demás corre a cuenta de los chicos. Son altos, fuertes, ágiles, apuestos, interesantes, listos. Y, además, tienen el suficiente estómago como para hacérselo contigo.
xxY con cualquiera.

 

 

 

 

xxxxxXXXI

xxLas chicas cenaban alrededor de una piscina iluminada con un toque artístico. Luces cálidas. La típica noche de agosto. Las invitadas aparecían vestidas de forma elegante y adecuada. Algunas se habían bañado antes de cenar. Otras lo harían después. Había muy buen ambiente. Esperaban pasar una noche inolvidable alejadas de los hombres. Celebraban la despedida de soltera de Valentina, una espléndida joven que se casaba dentro de dos semanas. Las amigas habían alquilado la casa en las afueras. Contrataron un servicio de catering que les sirviese la cena. Un menú con algunos entrantes para picar y pescado o carne como segundo plato. Se trataba de una cena ligera. Después de cenar vinieron los regalos. Habían comprado regalos un poco picantes: ligueros, bragas, tangas… alguna un poco más lanzada le regaló un consolador. Valentina estaba muerta de vergüenza, pero todas reían sin parar. Luego vendrían los regalos serios y los deseos para el futuro.
xxValentina, entra en la casa a buscar la tarta. Está preparada sobre la encimera. Valentina fue a buscarla. Supuso que la tarta tendría alguna inscripción o sorpresa. Y sí, tenía una sorpresa. Un grupo de hombres con el torso desnudo la esperaba junto al postre. Valentina se llevó un buen susto al verlos. Después de que los hombres se presentaran y le dijeran unas cuantas cosas, la acompañaron hasta el jardín. Las demás invitadas comenzaron a chillar y a silbar. Alguien puso música muy alta. Una música de pista de baile. Los tipos empezaron a bailar. Primero bailaban junto a las invitadas. Rozándose. Haciéndolas sentir una vergüenza enorme. Luego se quitaron los pantalones, con tan solo tirar de ellos. Eran profesionales. Y eso se notaba. No se olvidaban de jugar con ninguna de las presentes. La temperatura fue subiendo. Algunas de las invitadas se dejaban llevar y sobaban a los bailarines. Y de qué manera. Ellos no le hacían ascos a ninguna. Se dejaban tocar. Algunos de los chicos jugaron con toallas insinuando que se desnudaban por completo. Luego, las chicas se lo pidieron. Los hombres seguían con el baile y se iban quitando la ropa, hasta quedarse sin ella. Algunos se tiraron al agua. La piscina, con su iluminación efectista, resultaba un marco incomparable. Algunas mujeres saltaron al agua. Besaban a los chicos. Deseaban tocarles todo cuanto alcanzaba la vista. Las mujeres querían guerra. Los hombres sólo seducirlas, animar la fiesta con sus bailes y juegos.
xxValentina no dejaba de beber. Algunas amigas habían ido al baño a esnifar cocaína. Un día es un día. Volvían pletóricas. Querían más. Y los hombres estaban dispuestos a servirles en lo que quisieran. Es un negocio que se paga muy bien. Grupos de dos y tres mujeres agarraban a alguno de los boys y comenzaban a besarlos, masturbarlos e incluso a practicarles felaciones. Los hombres estaban en su salsa. Dispuestos a llegar hasta el final de una orgía no planificada. Valentina, tras la sorpresa y el deseo del principio, empezó a asustarse al sentirse penetrada por uno de los tipos. Era una de las últimas noches de soltera, pero las dudas la asaltaron inmediatamente. Nunca nadie la había follado así, ni siquiera su futuro marido, después de doce años de noviazgo. El streapper la follaba sin descanso. A una velocidad brutal. Valentina trató de ocultar sus pensamientos y decidió disfrutar de lo que estaba viviendo. Como hacían sus amigas. Llegó al orgasmo, presa de un deseo que no había experimentado hasta entonces. Primero fue con un hombre. Luego con dos. Después con tres. Se sentía bien, deseada por muchos hombres, como esas mujeres que salen en las películas. Esas mujeres que salen en las revistas y en los programas de noche. Disfrutaba mucho, quería aprovechar el final de esta etapa, previa al matrimonio, aunque nunca se le había pasado por la cabeza.
xxLas amigas reían. Reían y hacían lo mismo. El alcohol, las drogas y unos profesionales del deseo que sabían manejar estas situaciones. Algunas amigas casadas follaban enloquecidas. Otras miraban. Un par de ellas comenzaron a montárselo juntas. Chicas serias, con trabajo y parejas estables. Una escena grotesca.
xxSobre la mesa de la cocina, sonaba un teléfono móvil. Eran las cuatro de la mañana y alguien más quería participar en la fiesta. Era el móvil de Valentina. En la agenda de su Nokia E65 aparecía Emilio, churri. En la pantalla: tres llamadas y una esposa perdidas.

 

 

 

 

xxxxxXXXVIII

xxLa industria de la pornografía es una secta con su corporativismo, sus dueños, sus inversores, sus gurús y sus mitos. Celebran cada año decenas de reuniones. Reuniones en las que, y no literalmente, se miden el tamaño de sus respectivas pollas. Intentando ver a dónde pueden llegar. Hay grandes productoras que han absorbido el negocio serio del cine y las revistas. Los medios tradicionales. En esas reuniones siempre se aborda un apartado inamovible: Internet. Lo que antes era una seria amenaza para la Industria ahora se ha convertido en una oportunidad de negocio. Empezó con los vídeos amateurs. Una chica se pone frente a su webcam y se graba mientras se desnuda. Una pareja folla delante de la cámara para que otros usuarios lo disfruten on-line. Siempre una idea anónima puede abrir una puerta que estaba cerrada. Ahora, la Industria se ha diversificado. Ha contratado amateurs y ha hecho de sus anteriores megaproducciones una cosa más casera. Se trata de que lo normal, lo de la calle, llegue a la gente, porque la gente no quiere actrices famosas ni tetas de silicona. Busca chicas jóvenes, delgaditas, con sus defectos… chicas con las que se tropezarían en la calle y con las que fantasear resulta más interesante. Las tetas de silicona y las mujeres rubias de bote con figuras perfectas siguen ahí. Realizan grandes producciones que se venden y distribuyen como siempre. La única diferencia es que el reparto de estas películas no cobra las sumas millonarias que se cobraban en los años ochenta. Aunque sigue siendo un oficio bien pagado. Las mejores fiestas, las mejores compañías: políticos, deportistas de élite, la magia de EEUU, empresarios con mucho dinero… las grandes estrellas de la Industria no necesitan más de siete u ocho películas al año para vivir a todo trapo. Para marcar la línea que separa a una actriz porno de una pornstar. Lo mismo pasa con los actores. Sin embargo, la piratería está haciendo mucho daño. Muchas empresas han optado por la estrategia de pocos-muchos. Es decir, cobrar una suma pequeña de dinero, pero diario, a millones de personas que quieren ver a través de su pantalla a chicas que actúan sólo para ellos. Y ellas. Sería un error pensar que la pornografía afecta sólo a los hombres. El mecanismo es fácil. Un usuario paga con tarjeta de crédito a través de una web poco más de un dólar diario y tiene acceso a chicas normales que ofrecen un show de streapper, masturbación y a veces sexo en vivo con otros hombres y mujeres. La webcam posee la facultad de ofrecer cierto anonimato a quienes actúan, porque la resolución no es demasiado alta. Son muchos los amateurs que trabajan en esto. Chicas que quieren pagar sus estudios, mujeres que se aburren de un matrimonio convencional, hombres que buscan sacarse un dinerillo extra. No resultarán grandes ingresos si no fuera porque dispone de un público potencial de decenas de millones de clientes. En todo el mundo. Además, las webs más visitadas reciben dinero por ingresos publicitarios.
xxEs seguro que todo esto se termine un día, tal vez pronto, pero mientras dure, la delgada línea entre la pornografía y la prostitución llevará código html para descifrarla.

 

 

 

Refoyo, David. 25 centímetros. Barcelona; DVD ediciones, 2010.

 

LAS SEÑORITAS DE AVIGNON

Después de que mi compadre Joseda me prestara ‘Aire nuestro’, me dejó ‘Los inmortales’ y me parece que este capítulo, el de ‘Las señoritas de Avignon’, es una joya.

 

Los inmortales

 

xxEstábamos en París y Pablo dijo que París era el mejor sitio para comprar dos buenos disfraces de Elvis Presley. Miramos tiendas por Internet. Anotamos las tiendas en el GPS y, como era verano, alquilamos dos bicicletas y recorrimos París buscando esas tiendas, con el GPS en la mano. Fue divertido. Parábamos de vez en cuando a beber cervezas. Estuvimos en cinco tiendas de disfraces, pero Pablo no se decidía. Hasta que llegamos a la sexta tienda y allí vio un “Burning Love” que le gustó mucho. Valía cuatrocientos cincuenta euros. Compramos dos, uno para cada uno. Salimos de la tienda disfrazados de Elvis. Pablo no podía aguantarse.
xxEstábamos alojados en el Ritz, aunque no pensábamos pagar la cuenta, en el último momento ya se nos ocurriría algo. Aparecimos vestidos de Elvis. No nos dejaban entrar. Tuve que enseñar la documentación. Pablo se reía. Nos rogaron discreción, muy amablemente. En la habitación Pablo se negaba a quitarse el traje. Llamó y dirección y pidió que le dejaran vestir de Elvis; si no, se marchaba del hotel. Estábamos en una suite carísima. Accedieron, creyeron que éramos dos multimillonarios esnobs. Nos fuimos al bar de Ritz disfrazados de Elvis. Todo el mundo nos miraba y todo el mundo se reía. Pero Pablo estaba feliz. Luego nos fuimos a una discoteca que se llamaba Elvis, en las afueras de París. Allí ya estábamos más contextualizados. Había mucha gente disfrazada de Elvis. Nuestros disfraces eran de los mejores. Pablo estaba muy contento. Las mujeres también iban disfrazadas, algunas se habían disfrazado de Elvis, y otras, las más sensatas, de rockeras tipo la película Grease. En las televisiones de la discoteca se podían ver actuaciones de Elvis. Pablo se puso a bailar con una chica que iba disfrazada de rockera y que estaba muy gorda. Se llamaba Lucinda. Lucinda nos presentó a sus amigas, que estaban incluso más gordas que la propia Lucinda. Se llamaban Brigitte y Nico. La discoteca ardía de pasiones. Elvis sonaba a toda pastilla por los altavoces. Todo era Elvis y todo eran las tres chicas obesas. Lucinda llevaba tatuajes de cruces religiosas en la espalda y en los brazos. Brigitte llevaba tatuada una moto en las tetas. Nos enseñó la moto, allí delante de todo el mundo. Nico llevaba tatuado un rostro de Elvis en el vientre. Era el Elvis de la última época, el que pesaba ciento veinte kilos. Nos enseñó el rostro ensanchado de Elvis, y al hacerlo se bajó un poco la braga para que viéramos más cosas. En ese momento, Pablo me dijo al oído: “Bienvenido al reino de las mujeres gordas”. Las tres mujeres gordas aprovechaban cualquier pretexto para enseñarnos algo. Pablo estaba exultante y de vez en cuando me decía cosas al oído, como “la grasa y la carne son conocimiento, estamos de suerte”, o “tócalas, son el espíritu de la Navidad, de la provisión, de la abundancia, de la celebración, son el calor y la plenitud, la victoria sobre el hambre, son la izquierda política universal, la obesidad es el futuro”. Ellas eran unas artistas en el destape progresivo. Nos enseñaban un pecho, el carnoso nacimiento de la nalga, una ingle, el vientre, abrían la boca. Iban muy pintadas. Nos pusimos a bailar los cinco. A las chicas les encantaban nuestro disfraz de Elvis. Nos besaban en la boca y aplastaban sus gigantescos pechos contra nuestro disfraz. Pablo decía: “Sois las mujeres más hermosas de la Tierra, os quiero pintar a todas, sois como mis señoritas de Avignon pero mejoradas, expandidas, dilatadas, en plena expansión por el espacio, mis señoritas sobrealimentadas, bulímicas y trágicas”.
xxSalimos de la discoteca y las Tres Gracias nos propusieron ir a una fiesta muy especial. Montamos en el coche. No era un coche. Era una furgoneta Mercedes. Conducía Nico. Atravesamos remotas circunvalaciones de las afueras de París. Atravesamos una urbanización de lujo. Nico entró con la furgoneta en los jardines de una gran mansión iluminada. Allí había una fiesta. Salimos de la furgoneta Mercedes y nos encaminamos hacia la fiesta, hacia donde se oía la música. Enseguida salieron a recibirnos. Estábamos en el reino de las gordas. Era un clan de gordas. Lucinda nos lo aclaró: formaban una secta de gordas que se reunían una vez al año.
xxYo conocía la existencia de estos aquelarres de la carne sin límite dijo Pablo, son celebraciones excepcionales, se basan en la idea del delirio de lo que crece; crecimiento, estiramiento, ensanchamiento. El principio científico es la explosión inicial del Universo, el célebre Big Bang. Sólo lo que se expande o crece existe. Si verdaderamente existes, tienes que estar en expansión.
xxLa fiesta tenía lugar al lado de la piscina. Bajo una carpa había mesas y bandejas. Había pollo, faisán, salmón, caviar, patatas fritas, hamburguesas, foie gras, croquetas, jamón de bellota, quesos, vinos, champán, y las gordas hundían sus manos en la comida y se la metían en la boca. La música, de manera obsesiva, era el Metal Machine Music de Lou Reed, con algunas canciones de The Velvet Underground, como European Son o Sister Ray y la clásica Heroin. Nuestros disfraces de Elvis empezaban a no tener mucho sentido con semejante música. Pero daba igual. Pablo se puso a comer. Lucinda le dijo que aquí no se comía solo, que se alimentaban los unos a los otros. Y era verdad. Las gordas se tiraban la comida a la boca, y tenían una puntería admirable. Abríamos la boca y las gordas nos tiraban la comida tratando de acertar.
xxPronto esto será una orgía me dijo Pablo en privado, y ya verás como faltarán preservativos.
xxBrigitte, Nico y Lucinda comenzaron a desnudarse y otras gordas estaban haciendo lo mismo. Brigitte se me acercó y me dijo:”Vincent, me encanta que seas pelirrojo y medio amarillo, ¿es que padeces del hígado, guapetón?”. Les dije a Brigitte y a las otras que me llamaran Vin a secas.
xxLas gordas se metían en la piscina iluminada. Conocimos a más gordas, eran francesas, alemanas, suecas, japonesas y rusas. Las gordas rusas daban miedo, eran muy altas, muy estética Schwarzenegger. Había una gorda rusa de raza negra, que medía uno noventa y cinco y debía de pesar unos doscientos kilos. Pablo habló con ella. Pablo me dijo que era un Frankenstein moscovita. Pablo hablaba en francés con la rusa. A los diez minutos estaban bailando. Al cuarto de hora se estaban besando. Pablo le tocaba los pechos. “Si tengo que pintarla, tengo que saber de qué está hecha”, dijo Pablo. Vi a Pablo besándole los pezones, descomunales. Eran como pasteles de nata. Una nata amarillenta. Pablo dijo: “Oye, Vin, tú todo lo ves amarillo, y eso es bueno”.
xxYa había bastantes gordas bailando desnudas. Y empezaron a tirarse a la piscina. La gorda nipona era fascinante. Era altísima, yo diría que un centímetro más que la gorda negra rusa. Pero la nipona era asombrosamente blanca. Se desnudó delante de todos. A todas las gordas les encantaba que yo fuera pelirrojo y que Pablo fuese calvo. Yo creo que la japonesa era la más gorda. Nos permitió que le tocáramos los pechos, los michelines, las piernas. Cuando metías tus manos en medio de tanta carne sentías vértigo y dolor y una erección insoportable. Todas las gordas tenían graves problemas de salud. Se cansaban. Jadeaban. Tenían que sentarse. Se confiaron a Pablo. Se acomodaban en sillones muy grandes. Luego tenían problemas para levantarse de los sillones. Se ayudaban en esa tarea las unas a las otras, como si fuesen grúas humanas. De hecho, había grúas mecánicas a su disposición. Pablo estuvo jugando con una de esas grúas ortopédicas, geriátricas. Estaba pensando en pintar a una gorda subida a la grúa. Hizo un boceto en un papel. “Vin, mira, mira, súbete a la grúa, es muy divertido”, me gritaba Pablo, con el mando a distancia que accionaba la grúa en una mano.
xxLa gorda nipona se llamaba Nanami. Pablo y yo, y otras gordas, rodeamos a Nanami mientras se desnudaba del todo: los tobillos completamente hinchados, las uñas de los pies grandes y pintadas de azul, los pechos desparramados sobre el vientre, y Nanami abría la boca y sacaba una lengua que parecía una alfombra bereber, llena de colores, pesada, ardiente, como una golosina blanda y plomiza. Brigitte, Nico y Lucinda jaleaban a Nanami. La besaban, le acariciaban los pechos y el culo. Nanami le acariciaba la calva a Pablo. Era una gran fiesta de gordas desafiantes. Había dos bombonas de oxígeno junto a un sofá. Las gordas se fatigaban en extremo y de vez en cuando se sentaban y se aplicaban la mascarilla. Salían como nuevas, dispuestas a bailar y a hablar y a amar, pero les duraba poco el chute de oxígeno. Nosotros seguíamos con nuestro disfraz de Elvis Presley. Dejó de sonar Metal Machine Music de Lou Reed, cosa que agradecimos todos. Y empezó a sonar Heart of Gold en la voz de Johnny Cash. Entonces, Nanami levantó la carne que le caía sobre el vientre y pudimos ver una cicatriz. Nanami le confesó a Pablo, en francés, que era la cicatriz de una cesárea. Lucinda nos explicó que Nanami había sido madre en Japón. Le robaron a su hijo. “Desde entonces, se mata comiendo, como todas nosotras. En realidad, somos las gordas suicidas”, dijo. Pablo hizo un boceto de la cicatriz. Yo pinté una bola dorada con un rotulador amarillo que me prestó Lucinda.
xxLa forma de desnudarse de estas mujeres era confusa. Se iban quitando la ropa, poco a poco. Y tardaban. Tal vez porque mientras no las veíamos, volvían a vestirse un poco. Pablo seguía intentando hacer bocetos, tomaba apuntes. “Volveré a pintar Las señoritas de Avignon, estas notas me serán de utilidad, qué bien”, dijo.
xxCompletamente desnudas se quedaron sobre las cinco de la madrugada. Tardamos en ver el espectáculo de su desnudez rigurosa. Siempre quedaba alguna ropa. Por ejemplo, yo creía que Brigitte ya estaba completamente desnuda, y sin embargo todavía llevaba medias. O Nico un tanga casi invisible. O Lucinda unos zapatos. Los pies de las gordas eran especiales. Todas las gordas llevaban las uñas pintadas: unas de rojo, otras de azul, otras de amarillo. La carne en abundancia pegada a los huesos de un pie producía en la mirada vértigo y dulzura, pero creo que eso ya lo he dicho. Vi a dos gordas en un rincón que se estaban besando y acariciando, y empleaban los pies como extremidad dolorosa, como extremidad varonil. Yo me quedaba mirando los pies de las gordas, poseído por una ternura muy morbosa que casi me llevaba al borde de las lágrimas. Los pies de las mujeres gordas, sobre todo las que llevaban las uñas pintadas de amarillo, eran violentos y suntuosos. Había algo allí, pero qué. Pablo dijo que pensase en los pies como fundamento de un cuerpo, como lo que une al cuerpo con la tierra. Dijo: “Son raíces peligrosas, o mejor aún: religiosas”.
xxCuando estuvieron todas desnudas, se pusieron en fila, como en una formación militar. Fue entonces cuando observamos un temperamento marcial en las mujeres gordas. El metro noventa y cinco de Nanami y de la rusa negra destacaban sobre el grupo, aunque la estatura media de las gordas estaría en torno al uno ochenta. Pablo dijo que tal vez tendría que acabar pintando un ejército, una pintura de carácter napoleónico, y que yo pintase a las gordas atravesando un campo de trigo amarillo con cielo azul. Al verlas a todas en formación, percibimos con claridad que eran gordas altísimas. Serían unas quince mujeres. Todas desnudas. Parecían un ejército del fin del mundo, una alegoría inesperada del Juicio Final. “Tal vez esto debiera pintarlo otro hombre”, dijo Pablo, asustado. “Tal vez Miguel Ángel”, dije yo. “Sí, una Capilla Sixtina”, dijo Pablo. Eran como saxofones humanos expuestos a nuestros ojos. “Vin, ni siquiera tu amarillo puede representar tanto misterio roto”, concluyó Pablo.
xxOs hemos hecho venir dijo Nanami, poniéndose al frente de la formación porque necesitamos una reparación. Todas nosotras hemos sido humilladas por los hombres, por el capitalismo y sus gobiernos, por la ley de los hombres. Yo sufrí una cesárea absolutamente gratuita, fruto de una negligencia médica. Cada una de nosotras os contará su historia. Me practicaron la cesárea con un importante déficit de anestesia. Sentí el corte, y lo sigo sintiendo.
xx‒Yo fui violada a los trece años ‒dijo Nico‒, desde entonces me dediqué a comer como una bestia. Mi organismo está destrozado. Me violaron tres soldados serbios. Una y otra vez. Me pegaban. Me orinaban encima. Y me follaban con extremidades que no eran suyas. Eran de gente muerta. Me penetraron con un fémur de un niño musulmán. Aún quedaban restos de carne. Olía el fémur a putrefacción, y la putrefacción entró en mí, y ellos empleaban un guante para tocar el fémur. El asqueroso y goteante fémur, que había pertenecido a un niño maravilloso de once años, y mientras hacían todo esto ponían en un aparato de música portátil Hey Jude de los Beatles. Otra vez me penetraron con el dedo índice de un viejo. Vi al viejo, la mano del viejo. Le cortaron el dedo delante de mí, y luego lo utilizaron de la misma manera que el fémur, y ponían Yesterday de los Beatles. Desde entonces, no puedo escuchar esas canciones. A veces las ponen en sitios públicos y tengo que taparme los oídos, porque me entra pánico y ganas de vomitar. ¿Podéis imaginarlo? Que alguien sienta pánico al escuchar Yesterday, que alguien vomite al escuchar Hey Jude.
xxTodas aquellas mujeres fueron narrando historias de sufrimiento. Me vinieron a la cabeza los últimos días del Imperio Romano. Estas gordas, en alguna medida que desconozco, eran hijas de Roma. Una Roma amarillenta.
xxNo comemos por indolencia sentimental, comemos por desesperación. Somos las grandes desesperadas dijo Lucinda, el terror nos condujo a la comida, nuestra grasa es sufrimiento material; materializamos el dolor, grasa sórdida que obstruye nuestras arterias, somos el espejo de los hombres.
xxTampoco creemos que exista la vida privada dijo Margarita, así se llamaba la negra rusa, nuestra desesperación es una desesperación histórica. No engordamos porque tengamos vida privada y dentro de esa vida privada elijamos comer; nunca elegimos nada; la vida privada es una ficción, un látigo, un bozal, un engaño miserable.
xxEs una desesperación de época corrigió fervientemente Brigitte.
xxBusqué a mi hijo durante varios años y aún lo sigo buscando dijo Nanami, los médicos me lo robaron. Luego supe que a ese niñito le fue extirpado un riñón. Lloré lo indecible. Y comí, comí, comí. Comí hasta cabezas de pollo, hasta tripas de merluza y ojos de jabalí. Y mi estómago se engrandecía como el océano Pacífico.
xxTodas hemos comido y todas estamos desnudas aquí para vosotros dijo Mary, la inglesa, muy callada hasta ese momento, deseábamos que dos hombres de justicia, dos hombres que aman la verdad y ningún hombre ama la verdad y la justicia tanto como un artista, supieran de nuestro sufrimiento. Yo también fui madre como Nanami y mi niña murió con doce años en un atentado terrorista en Londres. Engordamos y nos desnudamos. Todas estas grasas son dolor y desesperación. Cuando me dijeron que mi niña había sido reventada por una bomba, pensé en matar a la reina de Inglaterra. Quise saber quién era el responsable de mi desgracia. Sólo hallé símbolos, como la monarquía o el libre mercado. Símbolos que explotan. Símbolos que mataron a mi hija.
xx‒Somos un Big Bang ‒dijo Nanami‒, nos rompimos y comenzamos a extendernos, como el Universo. Si tocas nuestros cuerpos, podrás sentir la radiación de fondo. Estos homéricos pliegues en la piel son representaciones carnales del sufrimiento. Somos artistas gonzo del dolor. Representamos el dolor en nuestra carne, como si nuestros cuerpos fuesen cuevas plenas de arte rupestre. Queremos hacer el amor con vosotros. Vais disfrazados de Elvis. Elvis fue el rey del dolor. Él se ensanchó, se corrompió, habló con el misterio del dolor. Y además, sois pintores. Tenéis que retratarnos, para dar un testimonio inmortal del sufrimiento de las mujeres en el siglo XXI. Una titánica Capilla Sixtina llena de gordas suicidas. ¿Habéis visto la película Sin perdón de Clint Eastwood? ‒preguntó.
xx‒Claro ‒dijo Pablo‒, es una gran película, me gusta cómo muere Morgan Freeman, y me gusta el rollo de fidelidad a la esposa muerta de Clint Eastwood. En eso Clint se comporta como un poeta mística; renuncia a la fornicación por amor a una mujer muerta, corrompida bajo tierra. Es fidelidad a la nada. ¿Cómo demonios se puede pintar la fidelidad a la nada?
xx‒Os hemos hecho venir para que nos venguéis ‒dijo Lucinda‒. Queremos justicia.
xxEn la película las mujeres que contratan los servicios de Clint Eastwood son prostitutas, y tienen dinero para pagar su venganza dijo Pablo.
xx‒¿Qué queréis que hagamos? ‒pregunté yo.
xxQueremos que pintéis nuestro dolor dijo Lucinda.
xxHubo un silencio. En ese instante me di cuenta de que ya todas estaban completamente desnudas y comenzaron a besarnos. Eran hermosísimas. Tan gordas. Tan destrozadas.
xxPor mucho talento que emplearan en pintar nuestro dolor, daría igual, la gente sólo vería una obra de arte dijo Nico. Acabaríamos en un museo.
xxTiene razón Nico dijo Nanami, no nos puede satisfacer una obra de arte, aunque sea inmortal y grandiosa.
xx‒Yo os diré lo que queremos que hagáis ‒dijo Margarita, la rusa‒, queremos una acción espectacular. Queremos que les cortéis la cabeza a los principales directivos de las empresas de telefonía móvil del mundo.
xxEn ese momento Margarita se dirigió a Pablo.
xx‒Queremos que les cortes la cabeza a los directivos de Movistar, es una empresa española, Pablo, tú eres malagueño, eres español. Haznos justicia.
xx‒Queremos ‒dijo Brigitte‒ que Bill Gates, el hombre más rico del planeta, renuncie a su imperio económico. Queremos que le ocurra lo mismo que a San Francisco de Asís, que elija la pobreza. Que vaya desnudo por las calles de Nueva York, que pida en las entradas del metro.
xx‒Queremos que pintéis desnuda a la reina de Inglaterra, que pintéis su decrepitud, su vejez ancestral, su carne muerta ‒dijo Mary.
xxQueremos que pintéis el mal dijo Nico, ¿sabréis hacerlo sin pintar una bestia o un demonio? ¿Sabréis pintarlo de verdad? No queremos alegorías ni símbolos, sino su rostro preciso.
xxSí, así lo haremos dije yo, pintaremos el Mal desnudo.
xxComenzó a amanecer y con la llegada de la luz las gordas se fueron desvaneciendo. Estallaban sus cráneos. Eran gordas vampiras. Parecían salidas de una película de Robert Rodríguez. Estallaban sus enormes pechos y salían de dentro nubes de sangre que volvían a estallar en confeti y luz. Pablo gritaba: “Amo a las gordas, la Virgen María pesaba ciento quince kilos”.
xxLa aventura de las gordas nos dejó drogados y ausentes, víctimas de un encantamiento insondable. Hicimos autoestop, intentando regresar a nuestro hotel. Pero como íbamos disfrazados de Elvis, nadie quería llevarnos a París. Evitábamos hablar de lo que había pasado durante la noche. Estábamos muy cansados. Pablo aún conjeturaba algo sobre la posible obesidad de Jesucristo, el gen de la obesidad doliente. Pablo dijo: “Cristo pesaba ciento veinte kilos”. “Tal vez ciento treinta”, dije yo. “Si la gente supiese que Cristo era obeso, el cristianismo desaparecería en tres días”, dijo Pablo. “Imagínate que la gente se entera de que tuvieron que apuntalar la cruz de tanto como pesaba Jesucristo; ninguna fe soportaría semejante iconografía”, dije yo.
xxFinalmente, entramos ya en el hall del Ritz. Sin mediar palabra, nos dirigimos a una tienda de perfumes de los salones del hotel. Fuimos directamente a los probadores de Chanel.
xx¿Te fijaste? dijo Pablo, todas las gordas olían a Chanel.
xxSubimos a nuestra suite. Nos acostamos. Al rato, tuve miedo, veía mujeres sufrientes por todas partes y encendí la luz. Pero Pablo no estaba en la cama de al lado. La cama de al lado estaba sin deshacer. Volví a apagar la luz e intenté dormirme. Entró una camarera para hacer la habitación, encendió la luz y dijo: “Vaya, esta habitación está impecable”, y apagó la luz y se marchó.

 

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