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LA DENSIDAD DE LOS ESPEJOS

En diciembre del año pasado, la editorial El sastre de Apollinaire publicaba la edición (ampliada y) definitiva de ‘La densidad de los espejos’, de Manuel Rico, que incluye como epílogo el texto que Manuel Vázquez Montalbán publicó el 1 de noviembre de 1997 en el suplemento Babelia del diario El País, en el que se puede leer:
La densidad de los espejos fue premio Juan Ramón Jiménez, uno de los más serios premios de poesía de España y aprece publicado en la colección dirigida por otro poeta, Juan Cobos Wilkins. Premiar este libro representó en su día una ratificación de la poesía desadjetivada en tiempos en que la poesía española pasa por una de sus etapas más ricas e interesantes, pero también más tontas. Entretenida en antologías convertidas en razzias de ausencias, militantes en causas tribales poscómicas, la poesía de vez en cuando tiene que autoconcederse treguas y premiar a un poeta verdadero. Es el caso. Poeta de la memoria más que de la experiencia, aunque toda experiencia pase por el trámite de la estilización subjetiva antes de ser memoria. Rico construye una verdadera narración poética a partir del espejo como interlocutor traidor. «Es la luz enquistada que nos habla de otros» y entre ellos está el uno mismo, esa mismidad que como en los boleros se busca toda una vida y no se encuentra. El espejo como luz de terror que conduce al conocimiento de sí mismo para la muerte, aunque el poeta renuncie a la morbosidad de esa evidencia y reclame del espejo la noción neoplatónica de las dos caras, la una vuelta hacia la representación del paso del tiempo, de la vejez, de la muerte, y la otra hacia la inteligencia, la introspección, la situación entre los otros, la historia.
xxxNo hay memoria personal sin subjetividad, pero no hay memoria personal orientada si no asume la Historia, incluso sin entusiasmo, porque tal vez pasaron los tiempos en que se asumía la Historia con entusiasmo. La Historia…, «…esa región terrible que extendieron los siglos / el fuego del origen, la huella o el estigma en que reconocernos. / Lefevbre, Pirenne, Hobsbawn y tantos otros / arañaron los muros que habían decretado / los propietarios de la muerte», la Historia tal vez aporte como mejor herencia la pulsión de buscar lo imposible para conseguir lo posible. El poeta, que ha comenzado su viaje ante el espejo traidor contándose su historia y que ha abordado la relación entre historia personal e Historia, llega a la asunción de su conciencia, es decir, de su consciencia construida como las esculturas y los poemas vaciando volúmenes, masas verbales, creencias…, «…gestos y palabras que hoy sientes inquilinas». El poeta-personaje que una noche de 1969 abandonó disidente el salón donde su padre contemplaba fascinado la llegada yanqui a la luna termina su relato casi refugiado en una casa de campo que fue el sueño de su padre…, «…custodiando los restos / de un universo roto por otras exigencias».

 

 

Y aquí dejo cuatro poemas del libro.

 

 

AQUEL JUNIO MALDITO

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxvive en este mundo
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxcual si fuera la casa de tu padre
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxNazim Hikmet

Fue una primavera mejor de lo esperado.
Muchos años después, quizá una eternidad
más tarde de tu sueño
—roto, como la juventud, por tiempos de ceniza—,
volvió la claridad: Madrid era una fiesta.
Otra vez era abril y era en mil novecientos
setenta y nueve: yo te supe, padre,
redimido, cercano a la quimera
que fermentó en tu noche de terror y de frío.

Fue un abril diferente sin embargo.
Las esquinas ardían de palabras
ocultas desde antiguo en desvanes en sombra.
Bebiste de su luz. No estabas solo.
Contigo la bebimos los más jóvenes.
Tu mirada de asombro aún puedo contemplarla
en esa latitud, que a la muerte traiciona,
de la fotografía:
la tengo frente a mí.
Es un dolor de piedra contra la madrugada.

Mas huyeron los días de aquella primavera
hasta estancar la luz en un junio maldito.
Fue en la noche, cuando huelen
las madreselvas y los amantes buscan
la oscuridad del descampado, las viejas estaciones solitarias
y el verano prepara su cielo más estricto.

El aire, en un instante, mudó en nieve. Y el abismo
se apropió de tu voz y la hizo suya.
La primera conciencia de la muerte
vino, padre, a traición, a visitarme,
y volvieron el frío y la ceniza,
y viajaste a esa patria
donde las flores muertas nos hablan del vacío.

Han pasado los años, muchos años.
Todavía huelo los algodones
y el aire absorto de la madrugada,
y escucho todavía tu voz quebrada y última, esa voz
que me arrancaba el mundo
que los dos levantamos contra la soledad, contra el silencio
de los días difíciles, que me entregaba
una orfandad adulta tan de pronto,
un desierto de sueños, el llanto seco
frente al absurdo.

Pero hoy, padre, regresas. Sin avisarme, abriendo el toldo
de esta noche penúltima del año,
como si nada hubiera ocurrido entre nosotros, como
si en este tiempo interminable
se hubiera convertido mi orfandad
en un lugar soñado.

 

 

 

 

IMBORRABLE AMOR

Aún recuerdo el humo de la ciudad lejana.
También la habitación donde mis manos
buscaron en tu carne la salvación huidiza
contra el miedo y la hora.
La piel era la tierra
donde aprender las trampas de los amantes,
el refugio en precario
frente al cierzo que en los amaneceres
afilaba las calles, dejaba en las aceras
su noticia de frío y de derrota.
Allí cultivaríamos
la pasión del encuentro para desvanecer
la voz acostumbrada al desamparo.

Habitamos, insomnes, en falsos domicilios,
celebramos los cuerpos, buscamos cavidades
donde aventar la niebla: barrio de San Lorenzo,
allá donde Madrid se disolvía
hacia un norte de trenes fugitivos,
o la hierba agostada en el jardín de julio
al pie de la ventana de aquel piso en Aluche,
custodiados
por un absurdo cristo y el retrato
borroso de la Piaff, o aquel apartamento
en La Esperanza, agonizaban tardes
de tinta y de palabras que, sin remedio, urdían
un final anunciado en lechos desabridos
que olían a tabaco y a sueños sobre todo.

Llevábamos el mundo prendido a nuestra carne.
A tientas descubríamos, en el ardor sin tregua
de la noche, los misterios negados
y sonaba la música, era la voz de arena
de algún juglar herido
por la ofendida luz de Sudamérica,
mordíamos
turbios amaneceres industriales, huelgas
generales, muerte
y desamparo, lluvia, siempre lluvia, ¿por qué
retorna tu piel nueva adherida a la lluvia?

Me sabes todavía a la lana de entonces,
a libros de poetas derrotados,
a aquel silencio turbio
de noche amenazada, a tarde de domingo
interminable.

 

 

 

 

CONTRA CIERTO DESCRÉDITO

Sé que hoy el descrédito, ese oficio
que sutilmente enhebran
críticos eminentes, literatos
largamente instruidos en desmemorias varias,
se cierne sobre un tiempo
que nos hizo de viento mutilado.

Haber nacido en mil
novecientos cincuenta y dos y en un lugar proscrito
de la ciudad olvidadiza, haber tenido
la mirada culpable y un atisbo de ira
cuando sólo en la ira
podían las palabras tener la plenitud que les fue hurtada
puede ser el estigma del que nadie nos salve.

No vuelvas la mirada, no interrogues
a los supervivientes de tu noche, no les dejes
ni siquiera el aroma
que aún conservas de la flor desgajada
de aquella juventud dudosamente joven.

Duerme si puedes. Y, ante todo, olvida.
En la luz de la tarde tiembla
un resplandor muy viejo,
una brizna de mar, y es la llanura
una respiración que nos acoge
y en los árboles ocres se dibuja el otoño.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxEs fácil
soñar así, engañarte, llegar a la certeza
que este tiempo requiere: no es la claridad muerta
que alza en los vertederos de la ciudad sin nombre
su deslealtad de humo
lo que contemplas. Ni la sombra antigua
de quien camina, y es hueco, y te ignora
porque aprendió a ignorar, a no saberse, a ser ajeno
a la voz donde cuece el desamparo.

Ensaya, cada noche, ante el espejo.
Bebe hasta la embriaguez si no te embriaga
la desmemoria.
xxxxxxxixxxxxxxxOlvida como quien cumple
el pacto nunca escrito con quienes inventaron
el disfraz y la lámpara
de luz ambigua.
En cada amanecer te esperan
para abrazarte, viven
lejos de los desagües, aprendieron
la densidad oscura de una lengua para el engaño,
la falsedad que desde lejos llega
envuelta en una música que sientes apacible.

Tal vez en esa tierra
donde dicen que hay dioses y seres misteriosos
te aguarde, hospitalaria,
la mentira más dulce. Prepara
tu menguado equipaje, aprende
palabras no malditas, entierra
tu inútil debilidad entre las piedras, diles
a tus antepasados que fueron flor equívoca,
innecesaria voz, historia vana.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxY camina.
Ve hacia el norte sobre todo. Si algo aprendiste
de ese largo sendero que a tu espalda se pierde,
es que en el sur aguardan
las miradas heridas y, a veces, el espanto.

 

 

 

 

AROMAS

xxxxxI

Llega hasta mí un rescoldo,
una brizna de olor, una fragancia
de pronto y no esperada.

Se acrecienta y se extiende
en este territorio donde hilvana
pequeñas reincidencias que son luz y significan:
el pasado se apropia del presente, deja un rastro
como una nebulosa.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxY allí te atreves
a descubrirte en los aromas.

 

 

xxxxxII

Ese olor algo acre
a madera de cómoda
que alberga oscuridades, flecos
de antiguas colchas, señas, contraseñas,
bolas de naftalina, pañuelos
y jabones, nos habla de la cueva
donde la carne duerme
o vive la pereza, ese tesoro
que en tu cuarto se oculta
es un olor que siempre me acompaña.

 

 

xxxxxIII

Esa fragancia en que respiras
memoria de trigal y de granero,
sin saberlo te ofrece
el amor a una piel no fronteriza,
las tardes descubiertas en la flor de su sexo,
—adolescente todavía y entregado—,
la luz de ese tiempo de cegueras y fiebres,
las siestas clandestinas, los domingos
de un verano que tuvo
noticias de la carne, algo rural entonces,
soñada y perseguida.

 

 

xxxxxIV

Llegan a mí.
xxxxxxxxxxxxCon la traición en ciernes
se elevan propietarios del paisaje
donde se bebe el polvo, el poso oscuro
del presente.
xxxxxxxxxxxxxSu asedio me interroga.

Porque nada es la voz si no se arraiga
en lo que fuera voz en otros años.
Nada la luz si sus destellos
no buscan con pasión casi enfermiza
la raíz de su brillo
en otra luz que no es sino
ella misma con algún año menos.
Nada el alcohol sin la gris referencia
de otras noches por el tiempo empañadas
de una magia imprecisa: la que tiembla
en el dudoso extremo de tu pluma.

 

 

xxxxxV

De todo cuanto fue quedan rescoldos
aún temblando en la tarde.
Renacen de improviso, se revelan
en el caz de un olor, en la mirada
de quien no te conoce, en el diamante
no esperado de la escarcha de enero.

Pongamos otro ejemplo: la quietud
—que es quietud y a la vez desasosiego—
de la huerta bajo las luces últimas
de la tarde de agosto, cuando el aire
carecía de límites y el brillo de lo insólito
se alzaba sobre el pueblo que retuvo
el final de una infancia
inconsciente y efímera,
a todas las infancias parecida.

 

 

xxxxxVI

El humo. Olor a leña ardiendo en el hogar.
O a tabaco de pipa. O a mentol algo triste.
O a puta y escalera, por ejemplo.
O a los cines de invierno
y de sesión continua, por ejemplo.

 

 

xxxxxVII

La hierba muy temprana. Humedecida
en el amanecer. Olor a campo virgen
en los viejos jardines
de la Universitaria: jeans apresurados,
blusones transparentes
de sedas orientales, la carne abotonada
a la altura del pecho, llegan con el olor
de la hierba segada, en la premura
de un empeño aprendido en el tumulto
de una mañana
entre miedo y deseo construida
que en la tarde mudó
la piel en pólvora, en centauros
de caballos muy tristes y uniformes.

 

 

xxxxxVIII

La proximidad de esta barriada
propicia al heroísmo se vislumbra de lejos,
a miles de kilómetros quizá.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxTan sólo
—y tan poco— se precisa
reconocer en el aire el olor de la lana
humedecida por la lluvia, por ejemplo.
En su entretela, en la urdimbre
de su fragancia asoma
el universo escueto y manejable
de lo que fuera cotidiano,
de lo que no prescribe por ser parte,
andamio o esqueleto de tu vida.

 

 

xxxxxIX

Olores, luces, vínculos, señas
de identidad, pájaros
en cuyas alas permanece
tu huella todavía y donde existes
acaso no completo pero sí perfilado
para el ojo interior que no claudica:
esa lente deforme
que llamamos memoria.

 

 

 

Rico, Manuel. La densidad de los espejos. Madrid; Ed. El sastre de Apollinaire, 2017.

 

ARS AMANDI

1

 

De esta joya que reúne toda la poesía amorosa de Manuel Vázquez Montalbán y que publicó Bartleby editores en 2001, dejo hoy aquí algunos poemas.

 

VERANO Y HUMO

Ya sabemos lo que cuesta
vencer la resistencia tenaz
de dos piernas unidas
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxel sabor
de algún aliento amargó el aire
de madrugada en nuestras fauces
y el cuerpo resultó torpe al despertar
o se quejó triste por un frío olvidado

y sin embargo
más de una vez se nos otoñizan los árboles,
brilla la calle bajo la lluvia amarilla,
damos lumbre a un paseante solitario
por el puerto
xxxxxxxxxxxxy silbamos una melodía
ramplona, ya tarde, cuando los veleros
mienten puertos ansiados y el aire
salino no pregunta
xxxxxxxxxxxxxxxxx¿quién,
quién no teme perder lo que no ama?

 

 

 

 

SEIS Y NUEVE

En tu seis y en mi nueve
hay un instante el mismo instante
de nuestra vida y de la vuestra

(¿o fue una tarde?)

suele ser por las tardes de mayo
cuando se descubren emociones
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxsolidarias
y la lengua se niega a reparar las cosas
las lame y las dilata
xxxxxxxxxxxxxxxxxxabolidas las palabras.

 

 

 

 

DESNUDO

Hay días en que tienes
toda la carne muy mal abotonada
y mis manos te cierran
el cuerpo descarado
xxxxxxxxxxxxxxxxxxlos ojos
con los que miras tu desnudo
en los míos te delatan
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxy eres blanca
con junturas de cárdeno
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxdescenso
manchas de musgo y vuelo
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxvencido
de cabello que se inclina
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxlento.

 

 

 

 

REFLEXIÓN MORAL SOBRE LA ANATOMÍA

Hay mujeres que hacen daño
en el pecho del que muere
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxal contemplar
la contención exacta de su carne
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxla refrigeración
blanda de sus cabellos limpios
y el pretexto caedizo de sus ropas

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxotras
tienen los ojos tristes pero hermosos
o un bello lomo para un torpe frente
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxo dos piernas
sin cansancio muscular columnas
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxde seguro cielo

otras sólo tienen
dos senos a punto de abrirse por su peso
de fruta para labios agostados
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxpara manos
sin otro mundo que llevarse al alma
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxy en ocasiones
sólo un seno es hermoso sólo un hombro
sólo un vencimiento de la piel
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxsólo los labios

pero siempre hay un hombre enamorado de tanto o de tan poco
enamorado fugaz o consecuente ama
las pequeñas patrias de una noche
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxsin clarines
frente a unos párpados cerrados murmullos
fracasadas sintaxis
xxxxxxxxxxxxxxxxxrespetad las plantas
y los cuerpos donde el deseo se descansa
el infinito miedo a todos los olvidos.

 

 

 

 

PONME LA MANO AQUÍ

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxyo sin saber qué hacer
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxde aquel olor a mujer
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxa mango y a caña nueva…

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxChavela VARGAS

Cuando te encuentre
en el trastero del mundo
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxChavela
me mostraré indiscreto
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxquisiera
saber qué fue de tu Macorina
si supiste qué hacer
xxxxxxxxxxxxxxxxxxde aquel olor a mujer
a mango y a caña nueva

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxte perdono
las mujeres que me hayas quitado
a cambio de que me cantes
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxcuerpos prohibidos
calientes como danzones color
canela humedecida por los deseos

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxcuando te encuentre
con los pies en un barreño de lágrimas
los ojos caídos de perro perdido
el cabello sucio por cenizas y viajes
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxChavela
quisiera que cantaras la muerte de Macorina
sobre un colchón tripudo
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxlas hojas de maíz
salientes por los descosidos del mundo
la vieja Macorina seguramente mal amada
en los años en que no fue tuya
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxni mía
sino un cuerpo progresivamente absurdo
abandonado por las guitarras y las quejas.

 

 

 

Vázquez Montalbán, Manuel. Ars amandi. Madrid; Bartleby editores, 2001.

 

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