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LLEGADAS

diciembre 31, 2018 Deja un comentario

 

Este año han llegado a casa varios libros y algunos discos, y quiero dejar constancia públicamente del agradecimiento hacia quienes han hecho que mi biblioteca y mi discoteca particulares hayan aumentado en cantidad y calidad.

Gracias por sus libros a Vicente Velasco, a Carlos Vitales, a José Luis Martínez Valero, a Ramón Bascuñana, a Natxo Vidal, a Manuel Rico, a Eugenio Sánchez Salinas, a Alfredo Rodríguez, a Sandro Luna, a Óscar Navarro, a Luis Sánchez, a Javier Sánchez Menéndez, a la editorial El Sastre de Apollinaire, a Joaquín Calderón y a Pedro Gascón.
Además, no quiero olvidarme de los regalos musicales que me han hecho Paco Cifuentes y Lichis.
Por supuesto, también a Alberto Alcalá, a Ferrán Exceso, al niño de la hipoteca, al Kanka, al Manin y a Álvaro Ruiz, por contar conmigo cada vez que pasan por Murcia y traen su música a esta ciudad.
Y, por último, quiero agradecerle a María Marín que contara conmigo para presentar su primer libro.

Gracias a todos.

 

LA DENSIDAD DE LOS ESPEJOS

En diciembre del año pasado, la editorial El sastre de Apollinaire publicaba la edición (ampliada y) definitiva de ‘La densidad de los espejos’, de Manuel Rico, que incluye como epílogo el texto que Manuel Vázquez Montalbán publicó el 1 de noviembre de 1997 en el suplemento Babelia del diario El País, en el que se puede leer:
«La densidad de los espejos fue premio Juan Ramón Jiménez, uno de los más serios premios de poesía de España y aprece publicado en la colección dirigida por otro poeta, Juan Cobos Wilkins. Premiar este libro representó en su día una ratificación de la poesía desadjetivada en tiempos en que la poesía española pasa por una de sus etapas más ricas e interesantes, pero también más tontas. Entretenida en antologías convertidas en razzias de ausencias, militantes en causas tribales poscómicas, la poesía de vez en cuando tiene que autoconcederse treguas y premiar a un poeta verdadero. Es el caso. Poeta de la memoria más que de la experiencia, aunque toda experiencia pase por el trámite de la estilización subjetiva antes de ser memoria. Rico construye una verdadera narración poética a partir del espejo como interlocutor traidor. «Es la luz enquistada que nos habla de otros» y entre ellos está el uno mismo, esa mismidad que como en los boleros se busca toda una vida y no se encuentra. El espejo como luz de terror que conduce al conocimiento de sí mismo para la muerte, aunque el poeta renuncie a la morbosidad de esa evidencia y reclame del espejo la noción neoplatónica de las dos caras, la una vuelta hacia la representación del paso del tiempo, de la vejez, de la muerte, y la otra hacia la inteligencia, la introspección, la situación entre los otros, la historia.
xxxNo hay memoria personal sin subjetividad, pero no hay memoria personal orientada si no asume la Historia, incluso sin entusiasmo, porque tal vez pasaron los tiempos en que se asumía la Historia con entusiasmo. La Historia…, «…esa región terrible que extendieron los siglos / el fuego del origen, la huella o el estigma en que reconocernos. / Lefevbre, Pirenne, Hobsbawn y tantos otros / arañaron los muros que habían decretado / los propietarios de la muerte», la Historia tal vez aporte como mejor herencia la pulsión de buscar lo imposible para conseguir lo posible. El poeta, que ha comenzado su viaje ante el espejo traidor contándose su historia y que ha abordado la relación entre historia personal e Historia, llega a la asunción de su conciencia, es decir, de su consciencia construida como las esculturas y los poemas vaciando volúmenes, masas verbales, creencias…, «…gestos y palabras que hoy sientes inquilinas». El poeta-personaje que una noche de 1969 abandonó disidente el salón donde su padre contemplaba fascinado la llegada yanqui a la luna termina su relato casi refugiado en una casa de campo que fue el sueño de su padre…, «…custodiando los restos / de un universo roto por otras exigencias».

 

 

Y aquí dejo cuatro poemas del libro.

 

 

AQUEL JUNIO MALDITO

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxvive en este mundo
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxcual si fuera la casa de tu padre
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxNazim Hikmet

Fue una primavera mejor de lo esperado.
Muchos años después, quizá una eternidad
más tarde de tu sueño
—roto, como la juventud, por tiempos de ceniza—,
volvió la claridad: Madrid era una fiesta.
Otra vez era abril y era en mil novecientos
setenta y nueve: yo te supe, padre,
redimido, cercano a la quimera
que fermentó en tu noche de terror y de frío.

Fue un abril diferente sin embargo.
Las esquinas ardían de palabras
ocultas desde antiguo en desvanes en sombra.
Bebiste de su luz. No estabas solo.
Contigo la bebimos los más jóvenes.
Tu mirada de asombro aún puedo contemplarla
en esa latitud, que a la muerte traiciona,
de la fotografía:
la tengo frente a mí.
Es un dolor de piedra contra la madrugada.

Mas huyeron los días de aquella primavera
hasta estancar la luz en un junio maldito.
Fue en la noche, cuando huelen
las madreselvas y los amantes buscan
la oscuridad del descampado, las viejas estaciones solitarias
y el verano prepara su cielo más estricto.

El aire, en un instante, mudó en nieve. Y el abismo
se apropió de tu voz y la hizo suya.
La primera conciencia de la muerte
vino, padre, a traición, a visitarme,
y volvieron el frío y la ceniza,
y viajaste a esa patria
donde las flores muertas nos hablan del vacío.

Han pasado los años, muchos años.
Todavía huelo los algodones
y el aire absorto de la madrugada,
y escucho todavía tu voz quebrada y última, esa voz
que me arrancaba el mundo
que los dos levantamos contra la soledad, contra el silencio
de los días difíciles, que me entregaba
una orfandad adulta tan de pronto,
un desierto de sueños, el llanto seco
frente al absurdo.

Pero hoy, padre, regresas. Sin avisarme, abriendo el toldo
de esta noche penúltima del año,
como si nada hubiera ocurrido entre nosotros, como
si en este tiempo interminable
se hubiera convertido mi orfandad
en un lugar soñado.

 

 

 

 

IMBORRABLE AMOR

Aún recuerdo el humo de la ciudad lejana.
También la habitación donde mis manos
buscaron en tu carne la salvación huidiza
contra el miedo y la hora.
La piel era la tierra
donde aprender las trampas de los amantes,
el refugio en precario
frente al cierzo que en los amaneceres
afilaba las calles, dejaba en las aceras
su noticia de frío y de derrota.
Allí cultivaríamos
la pasión del encuentro para desvanecer
la voz acostumbrada al desamparo.

Habitamos, insomnes, en falsos domicilios,
celebramos los cuerpos, buscamos cavidades
donde aventar la niebla: barrio de San Lorenzo,
allá donde Madrid se disolvía
hacia un norte de trenes fugitivos,
o la hierba agostada en el jardín de julio
al pie de la ventana de aquel piso en Aluche,
custodiados
por un absurdo cristo y el retrato
borroso de la Piaff, o aquel apartamento
en La Esperanza, agonizaban tardes
de tinta y de palabras que, sin remedio, urdían
un final anunciado en lechos desabridos
que olían a tabaco y a sueños sobre todo.

Llevábamos el mundo prendido a nuestra carne.
A tientas descubríamos, en el ardor sin tregua
de la noche, los misterios negados
y sonaba la música, era la voz de arena
de algún juglar herido
por la ofendida luz de Sudamérica,
mordíamos
turbios amaneceres industriales, huelgas
generales, muerte
y desamparo, lluvia, siempre lluvia, ¿por qué
retorna tu piel nueva adherida a la lluvia?

Me sabes todavía a la lana de entonces,
a libros de poetas derrotados,
a aquel silencio turbio
de noche amenazada, a tarde de domingo
interminable.

 

 

 

 

CONTRA CIERTO DESCRÉDITO

Sé que hoy el descrédito, ese oficio
que sutilmente enhebran
críticos eminentes, literatos
largamente instruidos en desmemorias varias,
se cierne sobre un tiempo
que nos hizo de viento mutilado.

Haber nacido en mil
novecientos cincuenta y dos y en un lugar proscrito
de la ciudad olvidadiza, haber tenido
la mirada culpable y un atisbo de ira
cuando sólo en la ira
podían las palabras tener la plenitud que les fue hurtada
puede ser el estigma del que nadie nos salve.

No vuelvas la mirada, no interrogues
a los supervivientes de tu noche, no les dejes
ni siquiera el aroma
que aún conservas de la flor desgajada
de aquella juventud dudosamente joven.

Duerme si puedes. Y, ante todo, olvida.
En la luz de la tarde tiembla
un resplandor muy viejo,
una brizna de mar, y es la llanura
una respiración que nos acoge
y en los árboles ocres se dibuja el otoño.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxEs fácil
soñar así, engañarte, llegar a la certeza
que este tiempo requiere: no es la claridad muerta
que alza en los vertederos de la ciudad sin nombre
su deslealtad de humo
lo que contemplas. Ni la sombra antigua
de quien camina, y es hueco, y te ignora
porque aprendió a ignorar, a no saberse, a ser ajeno
a la voz donde cuece el desamparo.

Ensaya, cada noche, ante el espejo.
Bebe hasta la embriaguez si no te embriaga
la desmemoria.
xxxxxxxixxxxxxxxOlvida como quien cumple
el pacto nunca escrito con quienes inventaron
el disfraz y la lámpara
de luz ambigua.
En cada amanecer te esperan
para abrazarte, viven
lejos de los desagües, aprendieron
la densidad oscura de una lengua para el engaño,
la falsedad que desde lejos llega
envuelta en una música que sientes apacible.

Tal vez en esa tierra
donde dicen que hay dioses y seres misteriosos
te aguarde, hospitalaria,
la mentira más dulce. Prepara
tu menguado equipaje, aprende
palabras no malditas, entierra
tu inútil debilidad entre las piedras, diles
a tus antepasados que fueron flor equívoca,
innecesaria voz, historia vana.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxY camina.
Ve hacia el norte sobre todo. Si algo aprendiste
de ese largo sendero que a tu espalda se pierde,
es que en el sur aguardan
las miradas heridas y, a veces, el espanto.

 

 

 

 

AROMAS

xxxxxI

Llega hasta mí un rescoldo,
una brizna de olor, una fragancia
de pronto y no esperada.

Se acrecienta y se extiende
en este territorio donde hilvana
pequeñas reincidencias que son luz y significan:
el pasado se apropia del presente, deja un rastro
como una nebulosa.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxY allí te atreves
a descubrirte en los aromas.

 

 

xxxxxII

Ese olor algo acre
a madera de cómoda
que alberga oscuridades, flecos
de antiguas colchas, señas, contraseñas,
bolas de naftalina, pañuelos
y jabones, nos habla de la cueva
donde la carne duerme
o vive la pereza, ese tesoro
que en tu cuarto se oculta
es un olor que siempre me acompaña.

 

 

xxxxxIII

Esa fragancia en que respiras
memoria de trigal y de granero,
sin saberlo te ofrece
el amor a una piel no fronteriza,
las tardes descubiertas en la flor de su sexo,
—adolescente todavía y entregado—,
la luz de ese tiempo de cegueras y fiebres,
las siestas clandestinas, los domingos
de un verano que tuvo
noticias de la carne, algo rural entonces,
soñada y perseguida.

 

 

xxxxxIV

Llegan a mí.
xxxxxxxxxxxxCon la traición en ciernes
se elevan propietarios del paisaje
donde se bebe el polvo, el poso oscuro
del presente.
xxxxxxxxxxxxxSu asedio me interroga.

Porque nada es la voz si no se arraiga
en lo que fuera voz en otros años.
Nada la luz si sus destellos
no buscan con pasión casi enfermiza
la raíz de su brillo
en otra luz que no es sino
ella misma con algún año menos.
Nada el alcohol sin la gris referencia
de otras noches por el tiempo empañadas
de una magia imprecisa: la que tiembla
en el dudoso extremo de tu pluma.

 

 

xxxxxV

De todo cuanto fue quedan rescoldos
aún temblando en la tarde.
Renacen de improviso, se revelan
en el caz de un olor, en la mirada
de quien no te conoce, en el diamante
no esperado de la escarcha de enero.

Pongamos otro ejemplo: la quietud
—que es quietud y a la vez desasosiego—
de la huerta bajo las luces últimas
de la tarde de agosto, cuando el aire
carecía de límites y el brillo de lo insólito
se alzaba sobre el pueblo que retuvo
el final de una infancia
inconsciente y efímera,
a todas las infancias parecida.

 

 

xxxxxVI

El humo. Olor a leña ardiendo en el hogar.
O a tabaco de pipa. O a mentol algo triste.
O a puta y escalera, por ejemplo.
O a los cines de invierno
y de sesión continua, por ejemplo.

 

 

xxxxxVII

La hierba muy temprana. Humedecida
en el amanecer. Olor a campo virgen
en los viejos jardines
de la Universitaria: jeans apresurados,
blusones transparentes
de sedas orientales, la carne abotonada
a la altura del pecho, llegan con el olor
de la hierba segada, en la premura
de un empeño aprendido en el tumulto
de una mañana
entre miedo y deseo construida
que en la tarde mudó
la piel en pólvora, en centauros
de caballos muy tristes y uniformes.

 

 

xxxxxVIII

La proximidad de esta barriada
propicia al heroísmo se vislumbra de lejos,
a miles de kilómetros quizá.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxTan sólo
—y tan poco— se precisa
reconocer en el aire el olor de la lana
humedecida por la lluvia, por ejemplo.
En su entretela, en la urdimbre
de su fragancia asoma
el universo escueto y manejable
de lo que fuera cotidiano,
de lo que no prescribe por ser parte,
andamio o esqueleto de tu vida.

 

 

xxxxxIX

Olores, luces, vínculos, señas
de identidad, pájaros
en cuyas alas permanece
tu huella todavía y donde existes
acaso no completo pero sí perfilado
para el ojo interior que no claudica:
esa lente deforme
que llamamos memoria.

 

 

 

Rico, Manuel. La densidad de los espejos. Madrid; Ed. El sastre de Apollinaire, 2017.

 

LOS DÍAS EXTRAÑOS

 

MEJORES QUE NOSOTROS

Oh muchachas de los años setenta,
os recuerdo esta tarde, mientras miro a quien amo.
Ella fue de las vuestras. Descubría
la luz y los semáforos, las sábanas heladas
y los sábados heridos de filmes imposibles.

Muchachas de blue jeans adictos al pecado
y a los viejos caminos y a músicas indóciles.

Muchachas de habitación estudiante, camisa de franela
xxxy discos de prestado,
de flor muy generosa y de poemas malditos,
de arcillas y cerámicas, de ropas adquiridas
xxxen viejos mercadillos.
Muchachas torturadas, frágiles como la espuma
de las últimas bahías vírgenes del siglo en que nacisteis.
Erais pequeñas patrias donde el amor tenía
un lugar fugitivo y una tarde de lluvia,
virginidades rotas cual dudosas batallas
xxxcon pocos vencedores,
caminatas sin fin por calles que esperaban
la decisión y la vehemencia frente a las ciegas sombras
del pasado.

Muchachas como ella, la mujer a quien amo,
gigantescas anémonas de cine matinal
xxxy parques escondidos
que tuvisteis ternura traicionada, que agotasteis a Freud
buscando lo imposible. Dulces muchachas
xxxa las que amamos mal, a las que casi dictábamos
frases de Whilhelm Reich torpemente aprendidas.

Hoy os recuerdo dulces y entregadas,
generosas y bellas e inmerecidas,
encogidas bajo el poncho o con los pies helados
bajo una manta rústica en un pueblo perdido
detrás de cualquier sábado.

 

 

 

 

ELEGÍA

xxxxxxxxxxxxxxxSe van separando lentamente de la tierra, de esa parte en la
xxxxxxxxxxxxxxxque han vivido, y podemos ver su rendición al silencio.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxSiri Hustvedt

A veces, es la muerte quien habla de nosotros.
Hoy he vuelto a los campos, he vuelto a la llanura
que fue de ella, a los campos de nuestros hijos,
de mi tardía adolescencia, llevado por tu muerte,
mujer vencida desde niña, alzada contra la noche
xxxy el silencio y los botones
y las mangas menguadas del abrigo.

Llegamos con agosto ardiendo por los trigos.
El pueblo se acunaba en un letargo de desmemoria.

Vinimos a tu muerte para buscar tu vida
de servidumbre y soledad: fulgía entre las casas
un recuerdo de huertos, delantales, cómodas, vasijas,
retratos sin color, crepúsculos de julio flotando
xxxsobre el campo
como un humo enfriado por sombra y arboleda.

En el aire se oían las voces de los niños:
inapropiados hijos que buscaron la lana
de tu maternidad inútil, mujer crecida en vano,
huérfana de descendencia, hueco para los hijos
forasteros, aturdida conciencia de la verdad negada
xxxpor altares e incienso.

En el aire temblaban la habitación perdida y los tesoros
llegados de viajes no vividos:
xxxceniceros absurdos, piezas
de porcelana, medallas y cadenas, postales, abalorios,
viejas fotografías, caracolas, sedimentos
de unas vidas tocadas sólo un poco, cuando apenas
descubrían el mundo y te llamaban.

En el aire, junto a la iglesia
que apenas recordaba, florecías sobre tu muerte,
regresabas
con las esquirlas de una tarde, quizá agosto de un año
vivo todavía, en que acudimos, caminando,
a los huertos:
reíamos contigo y aprendíamos el misterio del agua
y del mantillo, los secretos que guardan
xxxlas hortalizas,
la luz de los crepúsculos de tu infancia perdida
respirando el olor y el desaliento de un tiempo
xxxde preguerra, de días de carencias y achicoria.

Te han dejado en la tierra. A ti, la nacida en el aire,
la invitada del aire, la llamada a negar
el encierro y las sombras para ser ceniza
que sembrara los cuerpos y volara
por encima del pueblo.

Debiste caer, como una harina mansa,
sobre surco y tejados, debiste acariciar
las calles del lugar, reconciliarte
con el musgo y la hierba, con los trigos
y girasoles, con los chopos vencidos por la tarde
y el río, con los hijos maduros.

Pero estás bajo tierra. Te han dejado en la tierra.

 

 

 

 

ESTACIÓN PERDIDA. EL DIRECTO

Los grajos, los animales
de las noches y de los abandonos:
la estación rota que habitó algún mendigo
y, a veces, la tormenta. El refugio del sexo
y del furtivo tacto, de las traiciones y el desamor.

La he visto esta mañana, en la fotografía
sobre el muro de un bar que apenas visitamos:
estuvimos allí en tiempos casi alegres, antes
de la demolición y del olvido, del dominio
de los murciélagos, de los amores clandestinos
y adolescentes en las noches de fiesta
de los pueblos del valle.

Son ruinas,
sombras de trenes, de muy viejas palabras y de lluvias,
de dependencias donde, a veces,
arribaban viajeros de lugares remotos,
amigos de otros años y buhoneros, caminantes
herederos de un tiempo de hollín y carbonilla
y maderas podridas, borrosas huellas de noches
xxxmuy remotas
y crueles, cuando los prisioneros
quebraban el granito, tendían el metal, alzaban
los travesaños, horadaban los túneles, entregaban
la vida y la memoria y la palabra.

Hoy nada queda de la vieja estación.
Sólo la luz de los alrededores.
Sólo la niebla de los inviernos de la memoria.
Sólo la grava que una tarde remota
se manchó de gasoil. Quizá la imagen
de un talgo en lontananza cruzando algún verano
y un chiquillo que juega a contemplarlo
desde el refugio que la fantasía de las tardes de tedio
construyó tras las rocas entre sueños de cine
y de imposibles.

 

 

 

 

NOTICIA DEL OTOÑO

xxxxxIII

Ha llegado de pronto. Las voces rozan
la extrañeza y la duda porque el aire
baja templado desde las cumbres últimas:
huele al humus que renace entre los helechos,
los viejos bares que colmó el verano
vuelven a la quietud de los anocheceres cortos,
xxxy en los campos
alguien corta la leña contra el viento,
alguien ama tras la pared del cementerio antiguo,
alguien llora las muertes innecesarias
al lado del camino, alguien vuelve
a contarnos historias de fusilados y a temer al relente
de las noches largas.

 

 

xxxxxV

Leer a Auden, cerrar la puerta al aire que atardece,
dejar que las ventanas muestren un patio crepuscular
y traigan de la calle incertidumbres y manchas
xxxde pobreza.
Leer al viejo Steinbeck y respirar el barro
xxxde remotas multitudes
sin amparo.
xxxxxxxxxxxxEscuchar el sonido y las pausas
de lejanos talleres, de artesanos a punto de acabar
xxxla última vasija
en pueblos escondidos donde nadie recuerda
porque duele el recuerdo y hace mucho
que el olvido desteje la razón aprendida, la ilustrada
devoción del abuelo perdido en los cuarenta.

 

 

 

 

EN VIANA DO CASTELO

No es posible, esta noche,
evitar el retorno a otro verano
también en Portugal, cuando los sueños
se hilvanaban con miedo y con un dos caballos
tan frágil como aquellas veladas
donde amantes y dioses convivían.

Hoy la noche, olorosa
a menta y a lavanda, me sorprende
en medio de un jardín cercano al mar
cuando agosto se rinde.

Muere el día en Viana
do Castelo: hemos sido, por horas, paseantes
por sus calles de piedra hasta sabernos
sólo fragilidad, pues nuestro hijo
nos hablaba del tiempo con su sola presencia,
dibujaba la edad en la conciencia, devolvía
nuestros días indóciles,
las mudas sucesivas que fuimos adoptando
xxxhasta llegar a él.

Y a mí volvió la luz de Guarda en el agosto
del año ochenta y nueve, y la vieja piscina
donde ahogamos el tedio, y abajo la ciudad
en cuesta: y tú y yo, repletos
de certezas endebles como la juventud o nuestras manos.

 

 

 

 

EN MÁNCHESTER

En una esquina de la lluvia de Mánchester,
donde ardía diciembre en mercadillos
callejeros y en tenderetes
de tiempos ideales y nieves y abundancia,
tú, caminante que busca rarezas
y azogues oxidados, objetos de unos años difíciles,
descubriste, no lejos
de la catedral de piedra oscurecida, el rincón apacible.

Allí, bajo la lluvia de Mánchester, la habitación
que asomaba a un jardín ocultaba,
en su paz de entresueño,
que en días muy lejanos, en la mesa
que el tiempo ha oscurecido, floreció una tormenta.

Muy cerca de la Chetham’s Library,
evocando el olor y las manchas
del hollín y la grasa, de la fiebre y el hambre,
de la miseria de tantos invisibles,
Carlos Marx, filósofo de la cifra y el torno,
entre antiguos legajos y a salvo de la lluvia,
lentamente fue abriendo
el cegado horizonte de los nunca premiados.

Lo llamó manifiesto. Desde entonces
no ha dejado el fantasma de temblar en las calles
del mundo. Afuera, llueve sin tregua. Y anochece.

 

 

 

 

DE PASO

Llegar a las ciudades
cuando nadie te espera:
un día antes, tal vez algunas horas
de la presentación o la lectura,
quizá de un curso de relato o de poesía.

Ser en ellas ausencia o extrañeza, anonimato
puro: tomar café de incógnito
junto a un ventanal que da al paseo
o en cualquier velador mirando al mar
mientras cruzan la calle anécdotas en fuga,
señales de otras vidas, tentaciones
para tu condición de forastero.

Mujeres que te observan sin saberte,
viejos que siempre acuden
a algún lugar cercano donde venden pan y compañía,
niños que te contemplan en silencio.

Viejas urbes con mar o con gaviotas.
Con paseos extensos que sombrean
hayas centenarias y robles quebradizos,
escaparates, plazas apacibles o callejas
sombrías y asustadas que dan a catedrales
o a parques junto al río.

Existir sin que nadie lo sepa,
en el espacio vacío que entre viaje y lectura
carece de nombre, de lugar en el tiempo de los otros, sólo
vive en tu tiempo
o en el de un camarero que comienza a olvidarte.

 

 

 

 

LETRAHERIDOS

Envejecidos, a veces, los encuentro
en las lecturas: rostros que fueron luz
y casi adolescencia, gesto
de asombro, que ahora lucen
la densidad del tiempo y sus excesos,
sus raíces, sus sombras, su noticia avergonzada
de la vejez.
xxxxxxxxxxxFueron
deslumbramiento y compañía
en los años ochenta del siglo más violento:
nacíamos entonces a las revistas y a la lluvia,
a la noche de las infamias y de las músicas dudosas
de un Madrid recobrado, ávidos de mañana y juventud.
Nacíamos también
al poema impreso, a las novelas, al canto que asomaba,
entre nieblas y destellos, en bares algo rotos,
como extensos refugios de letra interminable.

Rostros que ahora acontecen
como sombras de lo que fueron:
los recuerdo jóvenes e inmutables,
adictos a la noche y al gin-tonic, al sexo sin abrigo,
ebrios de la palabra a descubrir, amigos entusiastas
de un tiempo sólo lúcido
en la distancia y en los temporales
de la juerga y la noche.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxYa la edad nos avisa,
somos otros: hemos convivido en jurados extraños
o previsibles, compartido renuncias
en ciudades desconocidas, en lecturas tardías
por viejos ateneos o en flamantes salones
de alguna obra social,
en mesas redondas y en casetas
de ferias donde al libro
se le obliga a salir y a mirar a la gente
que quizá no lo ama.

Hemos sido inquilinos
de noches desatentas y frías madrugadas
constatando la crecida y la bruma que la edad
xxxnos concede,
bebiendo, sin saberlo quizá, la madurez soñada
cuando entonces: nacían los ochenta y el siglo XXI
era tal vez
la almena inalcanzable de quienes comenzábamos.

 

 

 

Rico, Manuel. Los días extraños. Granada; Valparaíso ediciones, 2015.

 

VERSIONES DEL INVIERNO

 

GARY COOPER HABLABA. Sonreía
en la niebla del sueño y en las calles
donde un niño crecía a contrasombra.

Y en Marilyn ardía la mirada
hasta teñir de fiebre los domingos.

Allí tu mente convertía
la saliva en enagua, en fina braga
jamás acariciable, condenada al armario
de las quimeras de los quince años,
hechas de eternidad y desmemoria.

Ellos eran los ídolos de nube,
sueños de nube en la ciudad anónima.
Nos daban alimento, en nuestras noches
germinaban, cual semillas de un mal,
en el cántaro umbrío de la alcoba.

Daban sentido al mundo. En sus imágenes
se encendía la luz del universo,
una luz esforzada que negaba
una España real hecha de sombras.

Sobre rotos deseos, sus miradas
fueron conjuras contra el hambre,
contra el tedio infantil, contra aquel frío
que temblaba en la ropa y la lejía.

Claridad de los cromos, qué emboscada
de momentos sin horas nos dejaron.

Para cruzar la noche interminable
fueron, contra la niebla, un buen remedio.

 

 

 

 

CIUDADES

¿Por qué nos llega
de gris estremecida
la luz que poseímos? ¿Por qué no avisa
y aventa en la habitación las sombras del presente y nos propone
un pacto con aromas
olvidados, olores que regresan
de amarillos familiares que ya no conocemos,
que tan sólo perviven
en el amargo olor de la naftalina
o en la ternura enferma
de colonias ocultas entre ropas sin uso?

¿Han muerto las ciudades? ¿Han perdido
su poder las ciudades que habitamos, territorios de llama
de esos años sin niebla
en que era la vida
negación de la sombra?

Nos sorprenden las calles
que ya no serán nuestras
desde un tranvía imaginario: gotas
de sangre seca, huellas de neumáticos
y avenidas que fueron paseadas
con el poder que aporta la inconsciencia.

Vemos
su dispersión, sus mitos aferrados
a cansadas esquinas,
a carteles heridos por el polvo,
a paraguas de luto brillantes por la lluvia.
Casas deshabitadas, ruinas bajo la luz,
tejas con musgo
sorprendidas de paso desde un tren olvidado,
gabardinas gastadas por las horas y el agua,
vagones indecisos que llevaban la vida
prendida en un pescante gastado por el tiempo.

¿Acaso fueron nuestras esas viejas ciudades
que el ojo del presente ya no reconoce?
Con sigilo, escaparon. Tras aquella tormenta
que fue la madurez, buscaron otras tierras, dejaron solamente
su brillo en la memoria, su luz en los espejos
y un sabor a café con algo de humareda.

 

 

 

 

CIUDAD Y AÑOS CINCUENTA
xxx(Memoria de infancia)

xxxxx1

No existe la memoria si la voz enmudece.

De todo lo que fuimos, de cuanto nos hurtaron
sólo el lenguaje sabe.
Con él nos conjuramos para salvar el viento:
no el que quedó absorto en el calendario,
no el que tuvo
olor a grama o a hojarasca, sino aquel otro
que encontró en la palabra
el destello de vida que tiembla en lo perdido.

Tu ciudad, por ejemplo.
Una ciudad donde ya nadie habita. Sólo fantasmas cruzan,
en las noches sin sueño, sus esquinas sin sueño.

Ese lugar que fue
territorio excluido, sótano de la Historia,
refugio de quienes heredaron
monedas de intemperie, es tan sólo un relumbre
en la oquedad del duermevela
donde a veces invocas al pasado.

 

 

xxxxx2

Había pájaros de agua y cementerios, calles
que a cada amanecer nos enseñaban
un paraje de grietas con suturas de hilo,
campos donde , al crepúsculo, irrumpían
espectros de derrota: con un bastón de azufre
removían la tierra
en busca de los huesos calcinados del miedo.

Había náufragos sin isla, amantes
clandestinas buscando entre las sombras
la puerta del desván. Cruzaban los tranvías
la orfandad del invierno y en los escaparates
florecía la luz que evidenciaba
la débil estatura de los nunca elegidos.

Había periferias, descampados,
pupitres y luciérnagas. Y sábados y alfombras,
y fiestas de olvidar.

 

 

xxxxx3

A veces descubríamos a viajeros sin nombre
que llegaban de un octubre aprendido
en la quimera de los antepasados:
entraban en la casa embozados de bruma
y entre sus pertenencias nos dejaban
páginas encendidas de ira y certidumbre.

Con voz de iluminados, al cobijo
de trastiendas o sótanos, leían
los heridos vocablos de la tribu,
las verdades ocultas, las sílabas herejes.
Era fácil soñar al escucharlas.

Después, la luz nos regresaba
al mundo que nos hizo y encontrábamos
sábanas frías y banderas
con tintura de desaliento,
hombres de traje oscuro proclamando
la extensión de la sima, agrimensores
para tierras de humo, vendedores
de espejismos, relojes sin esfera, calendarios
en blanco, amaneceres cuyas flores de escarcha
dibujaban una sombra aterida
en los ojos —huérfanos todavía de desastres—
de los niños.

 

 

 

 

ADIÓS EN BLANCO Y NEGRO A BETTE DAVIS

Ha muerto Bette Davis. En octubre,
cuando abdican los dioses y los mitos,
se nos dejó caer, más vieja y tal vez menos distante
que en el blanco y negro de aquellos fotogramas
como abismos de niebla y de ternura
que nunca nos salvaron.

No lo siento por ella. Hay edades
en que la muerte tranquiliza
al cuerpo hecho condena, y la derrota
es alivio o ensalmo, absolución de farsas y delitos.

Pero duele su muerte porque octubre
—no es fácil olvidar que en otro octubre
Jacques Brel se nos deshizo
también en blanco y negro, como ella—
es tierra promisoria, abierto valle al tiempo en que Bette era
símbolo de la ira, puerta a la soledad, refugio
de la angustia, del miedo, del fracaso.

¿Eramos niños?
xxxxxxxxxxxxxxxx¡Qué difícil decirlo!
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx¿Quién recobra
la urdimbre de los juegos
aprendidos también en blanco y negro
como ella, ídolo de las tardes
de luz crepuscular de los domingos,
mujer en blanco y negro eternizada?

Qué trágico el olvido. Qué absurda la desmemoria.
Qué lamentable modo de tejer el vacío
asumieron después los bardos que bebieron
frivolidad en Oriente, artes de dibujar
horizontes sin luz estremecida.

Bette Davis ha muerto.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxCon su ausencia han crecido
signos que nos hicieron: calles de carbonilla,
manchadas lluvias entintando la tarde y los abrigos,
bebiendo en el vaso de todos los inviernos
las propiedades de la niebla.

Pedíamos ternura, una dádiva escasa,
siempre huidiza en aquellos tiempos deshabitados
del padre joven y vencido.

Buscábamos la piel caliente, el prodigio
que ardía en las palabras, la caricia dispersa, el alimento
que apenas degustamos en la infancia insegura,
finales del cincuenta,
refugiada en los cines y en los sábados.

Pero ella, Bette Davis, siempre nos era esquiva:
diosa de la infancia, hada de dormitorios
y de cómodas, fue la cara escondida de los sueños.

Cómo no iba a dejarnos en octubre
si era el mito, si era la proyección de la mentira
necesaria, si era la madrastra o la puta,
la ternura escondida tras la máscara,
el odio vulnerable, como nunca
habrá de serlo nadie en este siglo
que agoniza entre escombros.

 

 

 

 

PAISAJE TRAS LA VENTANA

Lo que amamos. Ese trazo
que anticipan las sombras alargadas
de los últimos bloques de la ciudad hundida
en un diciembre de viento y de ceniza, de domingos
grises, de rastros de otras lluvias,
de siluetas que huyen, embozadas,
del asedio de la noche que, lenta, se aproxima.

Se agitan, con violencia, los toldos. Las ventanas
muestran su luz no decisiva, tiemblan
en soledad. En el frío se azoran
parques y escaparates, qué diciembre
en mudanza vive tras los cristales —más allá
del cenicero usado, del sonido imperfecto
de una radio muy vieja—.

Es el confín de tu ciudad, el inseguro
talud de las afueras extendido
ante tus ojos vueltos al impreciso páramo
de la memoria.
xxxxxxxxxxxxxxxEse niño que cruza la avenida.
Ese abrigo de paño. Esa mujer algo encorvada
que no mira ni te advierte, que ignora tu espionaje
tras la fría ventana de tu cuarto, tras la estela
de un domingo disperso entre los libros de la tarde,
tienen algo de ti, tal vez la duda
común ante el vacío.

 

 

 

Rico, Manuel. Versiones del invierno. Córdoba; Cajasur publicaciones, 2008.

 

DE VIEJAS ESTACIONES INVERNALES

 

ACADEMIA DE CORTE Y CONFECCIÓN

Inevitable rastro. Borroso fotograma
de un paisaje hoy cercado por ruinas, en el límite
de la vieja ciudad donde las tapias
se hacen decrepitud, materia en despedida.

Sobre el muro, ya sin color, ajado
—tanta lluvia, desleída en los años,
difuminó el añil que hiciste propio—
quedan las letras, los perfiles del estremecimiento.

Academia de corte y confección.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxQué asedio; algo borrosos
llegan a la memoria los portales donde acampó,
indeciso, el ensayo amatorio, la cautela
perdida en las aceras y en la bruma,
entre lanas y fieltros e imperdibles mojados,
sobre telas marcadas por tiza casi añil y olorosas a cómoda.

Edificio en declive.
A su sombra aún respiran
mujeres de crepúsculos perdidos
amadas desde lejos, perseguidas por callejas muy tristes
—¿por qué era invierno siempre?— con la vaga esperanza
de ablandar tradiciones
que prohibían deseos y caricias.

Y es el aire y su abrigo, la memoria de un beso
teñido por la urgencia, el helado mandato
de un reloj insalvable, el que medía
la hora del regreso cada noche.

 

 

 

 

PUEBLO ABANDONADO

En este cántaro, en este pueblo herido
por el viento y la huida, por los pájaros últimos
de viejas primaveras, nada crece, nada busca
la voz, el horizonte.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxTodo muere,
se hace ruina, silencio, desolada
penumbra.

Acaricias las piedras, las maderas vencidas,
los nidos huérfanos, te pierdes por senderos
donde crece, cual hiedra, el abandono
y el recuerdo del tacto se pierde entre los días,
que se han hecho rastrojo.

En esta zanja nadie ama, ni canta. Gana el polvo
la batalla, es quimera el regreso
del agua.
xxxxxxxxxYa no sabes qué hacer, dónde extender los sueños
que heredaste, la vida legada por los tuyos.

Caminas entre escombros,
entre enseres inútiles, hundido en un paisaje
que es tan solo memoria,
rescoldo de una tierra y de un tiempo
jamás recuperables.

 

 

 

 

EL CUARTO Y LA CALLE

xxxxxI

Perdido, atento —tras la ventana que reincide—
a las calles vacías, a ese andar solitario
de la silueta anónima que arrastra entre las casas
un lastre oscuro, indefinido,
te preguntas por la vida.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxEsa duda
que eleva en el alcohol, a veces, su estatura
inestable, su cáscara más ácida,
te persigue.

Más allá de este cuarto, en el límite gris de tu mirada,
camina el hombre oscuro, el desconocido, la sombra
—quizá por ti habitada—.

Huye del escenario que poblaste de escombros
buscando luz incierta en la ventana
mientras crece el invierno.

 

 

xxxxxII

El sol, otoñal y dudoso, nos vigila, se detiene
en los objetos que, en la mesa, brillan de pronto, te revelan
la pasión contenida de las horas recientes.

Derrotado, amarillo, ilumina el papel,
su interrumpida fiesta de las palabras, o ese libro
aplazado y sombrío que en la mesa reposa
desde meses atrás y nos contiene.

Y momentos idénticos a esta tarde apagada
arden en tus papeles mientras llegan
de la calle las voces y te duele
su incierta lejanía, su ausencia de este cuarto
donde crecen las letras.

Y te invade una conciencia ambigua
de traición y silencio, acaso
el dolor de un olvido involuntario.

 

 

 

 

TU BRUMA

No confundas la noche con tu noche, la bruma
con tu bruma.
xxxxxxxxxxxxxxBebe tu soledad, camina
por las altas cornisas donde la angustia llueve
a veces.
xxxxxxxxPiénsate vencido.
Noche y bruma, así, sin adjetivo, son otras.
Otros cuerpos habitan sus dominios, no
tu noche: ella jamás podrá dejar sus ruinas
en el jardín ajeno, en el corazón algo turbio de los otros.

No confundas la noche que vives con la noche.
Es tuya solamente: antigua propiedad que odias a veces.

 

 

 

 

VIEJA TRAICIÓN

¿Por qué me amarga tanto
ese beso perdido
en las islas en sombra
de antiguas despedidas?

¿Por qué, como un destello, aturde
mi conciencia el rescoldo
de un acto que fue hurto,
bien medida traición, preámbulo
de la distancia
que han abierto los años y los trenes?

 

 

 

 

MEMORIA DE LOS TRENES Y DEL TIEMPO

xxxxxIV

Una muchacha azul tu silencio buscaba.

Su mirada era un río sin cercos
resbalando en maderas, en vidrios ateridos,
cuando el campo dormía y en ti el hombre y su riesgo
asomaban despacio con el miedo en el rostro
en busca de ciudades para siempre abolidas,
para siempre.

La adolescente azul fue en el tren de aquel tiempo
la caricia imborrable, el beso y el ensalmo
cuando julio cumplía el trámite forzoso
de salvar el verano del abismo.

 

 

 

Rico, Manuel. De viejas estaciones invernales. Tarragona; Ed. Igitur, 2006.

 

USO DE LA MEMORIA

 

USO DE LA MEMORIA

xxxxxxxxxxxxxxxxxxx…tiempos en que hablar de árboles casi es un crimen…
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxBertolt Brecht
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx(A nuestros sucesores, 1938)

Aprendí, desde niño, a perdonar silencios
y cegueras no sé si transitorias. Nunca
fui capaz, sin embargo, de asumir el olvido
como un bálsamo. Sí como hiel o penumbra
envenenada, como fraude. Tampoco supe
abismarme en la helada belleza que el poema
proponía.
xxxxxxxxxxSabed que en la Alemania parda
y negra,
entre enguantadas voces y láminas de plomo,
los magos del lenguaje, teñidos de una luz
de habitación tapiada, pulían la sintaxis
hasta encender el árbol o dar flores de nieve,
buscaban el destello innombrado en los mármoles
de los acantilados de la desolación
a la vez que en el aire, sobre la Selva Negra
o sobre el Rhin, la carne se hacía transparencia,
sedimento de humo y voz deshabitada,
hedor tan sólo a Humanidad extinta,
a flor de cieno.

En ese tiempo mate, Walter Benjamin supo
del frío de la muerte y del exilio, y Jochen
Klepper, en su jardín, dio tierra a los diarios
de un tiempo de cristales rotos. Después, urdió
la muerte propia al lado de los suyos
burlando, así, al gas zyklon y a la Gestapo.
Por decreto, la voz
de Henrich Mann era expropiada
y el coraje de Ernst Wiechert vagaba entre cadáveres
en un lugar llamado el bosque de los muertos.

Mientras, así, la noche dibujaba
el envés del lenguaje en una tierra amarga,
los magos del silencio bebían los detritos
del himno y la proclama o enfermaban de culpa.

¿Cómo dar al olvido el poder de una noche
huera de amaneceres? De mis antepasados
recibí como herencia la luz de la memoria.
En su raíz alientan todavía
las voces condenadas. Y aquel frío.

 

 

 

Rico, Manuel. Donde nunca hubo ángeles. Madrid; Ed. Visor, 2003.

 

DONDE NUNCA HUBO ÁNGELES

 

VIAJE

Viajaste por los años
en pos de las señales de otra tierra, sospechabas
que nada nos redime detrás del maquillaje, ni siquiera
convivir con los sueños de un junio fermentado
en el hondón con musgo de la edad inocente, ni siquiera
ser el sueño que escribieron otros.

 

 

 

 

HERENCIA

En la piel heredada la luz languidecía
como un sol robado.

Debías reinventar el mundo, devolverle
la hurtada claridad y defenderte
de un legado de escombros. Así nació el poema:
creció en los duermevelas del lenguaje
hasta entintar el horizonte
con los destellos de una luz deforme
pero tuya.

 

 

 

 

PATRIMONIO

Te apropiaste del humo de los atardeceres,
cruzaste entre la niebla que temblaba en el bosque,
bebiste el abril turbio que anidaba en la boca
de las muchachas,
allanaste moradas que jamás existieron,
luciste los ropajes que dormían ocultos
en el arcón
de una estirpe de antiguo condenada
a habitar el silencio de las nieves perpetuas
de una orfandad de cobre, cuyo origen
temblaba en el principio
de los siglos.

 

 

 

 

PIEL NECESARIA

Te inventaste otra piel para salvarte:
en nocturnos de tinta, sin testigos,
diste forma al disfraz
hasta reconocer en sus contornos
la luz negada, la soga rota
del ahorcado, el candil tembloroso
de tus muertos, la salada humedad
de la carne proscrita, la saliva
de quien mordió la noche hasta no ser nada
en un frío galpón de Buenos Aires, el tedio
que levantó las catedrales o tejió las quimeras
de las hormigas.
xxxxxxxxxxxxxxxxDescubriste
la verdadera piel, la que nunca
habrá de traicionarte. No vivía
ni en la luz familiar ni en el principio. Desdeñaba los mapas
que, en tardes de oro sucio, te enseñaron,
fermentó en la impostura que nació en la palabra
hasta ser una máscara fundida con la carne.

 

 

 

 

DISCUTIR DE POESÍA. 1

Discutir de poesía abrazando las horas hasta dar con el alba
no es despojar al tiempo de sentido.
Es armarlo.

El humo y el coñac, y la noche y la música
levantaron el mundo en torno de una mesa: discutimos
acerca de lo inútil y amamos el instante
que jamás nos consuela, que nos ata
y esclaviza.

¿Mas sabemos que en el aire de un verso algo respira
más allá del lenguaje?
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxDecimos
viento y nos convocan tardes vencidas,
horas de soledad o de intemperie,
días de dicha o desventura. Decimos tierra
y nos visita la oscuridad y el légamo
donde nunca hubo ángeles, y el paladar se empaña
con el sabor a muerte de un verano maldito,
decimos niebla y la luz se estremece
entre muebles sin uso y busca la memoria
el frío de un invierno en el muchacho
que apenas conoces.

 

 

 

 

MARTÍN SANTOS

El silencio era largo
y gris. Era el silencio
el signo de la hora. Y era gris
también la hora. Y la voz era baja,
contenida
y oculta en los bares inhóspitos
de los barrios extremos. Daba
cierta angustia escuchar sus ecos temerosos.

«Ya ves, son tiempos duros», nos decía
la voz de algún pariente convertido en penumbra.

Como flores cortadas,
los hombres caminaban en silencio.
Como huecos inmensos.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxComo huecos.

 

 

 

 

POE

Diabólico tendón. Despedazado
domingo o noche rota. Águila
disecada.
xxxxxxxxxUn viento frío
cruzando la penumbra y los relojes,
la soledad del niño
y de la alcoba.

El abrigo del padre era una sombra
deforme. La percha del pasillo
un halcón al acecho.
Una amenaza
de cieno entre las sombras
de la casa apagada, el libro, los relatos
de aquel anglosajón alcoholizado.

Amé su brillo sin embargo.
Su palabra sin grietas. Su llamada.

 

 

 

Rico, Manuel. Donde nunca hubo ángeles. Madrid; Ed. Visor, 2003.

 

LOS REGALOS DE LOS AMIGOS (LXI)

Una de las cosas que tengo que agradecerle al blog es que, de vez en cuando, hay quien tiene a bien regalarme algún libro suyo. O algún disco, que también ha ocurrido.
Pero lo que sucedió hace unos días me sobrepasó porque, después de que subiera algunos poemas del único libro suyo que tenía, Manuel Rico ha decidido regalarme esto que pueden ver en la imagen.

 

 

De verdad que no sé cómo dar las gracias por un regalo así.

x
En unos días empezaré a mostrar poemas de los diferentes libros.

 

Categorías: Poesía Etiquetas:

DIRTY REALISM

 

DIRTY REALISM

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxRaymond Carver. In memoriam.

Raymond Carver relata. Escribe cuentos.
No del brillo letal que riza el oro
o pule la esmeralda —u otras piezas
de valor similar—.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxSu voz se adhiere
a lo que siempre tuvo
esa condena eterna de lo anónimo.
También de lo cercano:
el abismo y el vértigo —segura-
mente el vértigo más duro:
la soledad acompañada—
de unos seres normales:
vacíos personajes que devoran
su angustia en la hamburguesa
frente a un televisor que muestra astillas
de un mundo amurallado
junto a una carretera solitaria
en Minnesotta. Equivalente muestra
de lo que no muy lejos de tu casa,
a miles de kilómetros de aquéllo,
tristemente sucede.

Relata. Escribe cuentos.
El duro desencanto
de un divorciado frente al whisky
que lentamente mata, o el oficio
de un viejo y repetido oficinista
—una misma desidia, un mismo tedio,
una idéntica angustia ante la noche
repartida en el aire
del colectivo anonimato—.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxRosas
mustias, fragancias sin retorno, huecos
de luz confusa, calles sin salida,
cuerpos hacia el abismo
que solo se conocen por llevar en los ojos
un parcial anticipo de ese abismo.

Nacido en Oregón. En su paisaje
habita la grandeza de lo próximo.

Con un borde de asombro percibimos
su rara condición de americano.

 

 

 

Rico, Manuel. El muro transparente. Madrid; Ed. Libertarias, 1992.

 

CASA DE CAMPO

 

Las mañanas de invierno,
esas mañanas frías,
sin celaje, ni niebla, cuando el aire
es pura transparencia y los objetos
despliegan su forma y colorido
con la violencia propia
del desnudo absoluto, extienden
por la Casa de Campo un anticipo
del tiempo posterior, una avalancha
de lo que el viejo marzo
nos dejará en la mano cuando arribe.

Respiramos la luz. Hacemos propia
la duda que se arrastra
en los ojos gastados de esa joven
que, con medido ritmo, avanza
alrededor del lago, busca acaso
tu rostro entre los árboles.

Probablemente sea
el chandal amarillo, el salto leve
de los senos ocultos e intuidos
—oh vaivén reiterado
de lo abundante, tenso e inmaduro
que su carne delata—,
el hueco donde habita
lo que te identifica con su duda.

Es la Casa de Campo
de la fría mañana de febrero.

 

 

 

Rico, Manuel. El muro transparente. Madrid; Ed. Libertarias, 1992.

 

CHAQUETA DE PANA

 

CHAQUETA DE PANA

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx«Grandola, vila morena
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxterra da fraternidade…».
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxXose Afonso

xxxxxI

No raída. Si acaso
un brillo matizado en las coderas, restos
de una hierba inicial, tenues señales
de tabaco de pipa, tal vez briznas
de un pétalo anterior, aquel que supo
a Portugal y a nube, a beso urgente,
quién sabe si a domingo, a tarde plana
y a papeles exhaustos, derribados
sobre el puro escritorio adolescente.

Abandonada.
xxxxxxxxxxxxxSometida
en la quietud de sombra del armario
a la muda pasión de la polilla, vieja prenda
por fin acostumbrada al pozo informe
que nutre el aposento del olvido.

 

xxxxxII

La hueles a traición y con urgencia.
Como si un voyeur, tras la cortina,
pudiera sorprenderte en ese acto
y azuzar los caballos de la culpa
al gesto o tentación que es un instante.

La hueles. Tocas
el brillo frío de su forro ajado.
De súbito, a ti acude
un extraño temor, rondan preguntas
por tu mente vencida, por tus ojos
cazados por la luz deshabitada
de la humilde chaqueta que hace tiempo
dejó de ser costumbre.
Y te asedian. Te cercan las preguntas.
Te someten.

 

xxxxxIII

¿Qué buscas? ¿Qué gozo o qué desaire,
qué traición o qué manos, qué perfume
o canción, qué golfería
intentas retener mientras contemplas
su tono de melaza algo apagado
por tiempo y abandono?

¿Qué preside tu sed?
¿Qué incierta geografía, qué canto entre la hierba
de los años tempranos,
qué perdida pasión entre sus hebras
te conduce o te acampa
en sus proximidades?

¿Qué gesto colectivo, qué mañana bebida
con cerveza, qué amenazada noche,
qué maraña de asombros y de hazañas?

 

xxxxxIV

Todo un tiempo resume: aquel que crece
en el turbio portón que derribamos
sólo un poco. El que tuvo un clavel,
mustia materia a pesar nuestro,
en la solapa. El que compuso
un horizonte de imperfecto vuelo.

Oh símbolo del viento derrotado.
Oh chaqueta de pana sorprendida
entre ropa de desuso y viejos discos.

 

 

 

Rico, Manuel. El muro transparente. Madrid; Ed. Libertarias, 1992.

 

EL MURO TRANSPARENTE

 

EL AZAR ESPERADO

Si, por azar, me tocas.
Si tus dedos encuentran el abismo
de mi piel cuando el último
cigarrillo del día nos revela
la senda oscurecida de la cama,
ten la certeza, dama irresponsable,
de que habrás desbocado
la feria del instinto,
de que el paso inmediato de mis manos
será buscar el límite inseguro,
la frontera adorada
que tu duda dispone por la ingle
hasta desbaratarte.

 

 

 

 

TINTA Y PIEL COMPLEMENTARIA

En la tinta se arriesga
el acierto o la luz de la palabra.

Cuando la voz se prende o se obsesiona,
baja al papel movida por tu mano,
tórnase en escritura,
nada tiene remedio. Es tuya, propia,
tan sólo parcialmente.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxAsí tu carne,
es invento feraz que adquiere cada día
el brillo peculiar que precipita
sobre tu cuerpo tembloroso la nevada
de mínimos detalles, quién sabe si insolencias,
nacidos en el piélago cansado
del crepúsculo.
xxxxxxxxxxxxxxxAsí tu carne,
flor extensa, sometida
al maleficio torpe de mis manos,
es tuya
tan sólo parcialmente, en la medida exacta
que la caricia ordena,
ese afán prodigioso
—teñido por la magia del cointreau
y por la voz quebrada de Brassens—
de hurgar tus curvaturas poco antes
de salir a la calle a conocernos
más allá de la piel investigada
con pasión en el blando territorio
que habita en los divanes.

 

 

 

 

AMOR EN AUTOMÓVIL

El coche detenido,
isla o cala o desierto,
como un vagón inútil
bajo asedio de estrellas.

Tus muslos,
ah remanso de fiebre voluntaria,
a su luz sometidos, a la sed
de la inexperta mano que despieza
la euforia no esperada
de un amor descubierto en el tumulto
de la noche.
xxxxxxxxxxxxxBuscábamos
la oscura soledad de las afueras
—carreteras desiertas,
antiguas estaciones, descampados,
dunas donde el prodigio del contacto
sembraba de parejas no visibles
la bruma ilimitada, el territorio
de la provocación oscura, acaso
la vieja latitud
donde pasión y urgencia se articulan
en el procaz reverso
de la ropa interior investigada
con loca obcecación—.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxBuscábamos
la magia de la bruma para hacernos
algo más dioses,algo
más libres, algo más insolentes.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxFértil
candil de aceite largo, vieja
y tenaz vocación que nos alumbra,
a pesar de los años transcurridos,
en el fuego y el agua del presente.

 

 

 

Rico, Manuel. El muro transparente. Madrid; Ed. Libertarias, 1992.

 

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