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HOY SE PRESENTA ‘MAMÍFEROS QUE ESCRIBEN’, DE MANUEL MOYANO, EN EL MUSEO RAMÓN GAYA

 

Esta tarde, a las 19:30h, se presenta el nuevo libro de Manuel Moyano, ‘Mamíferos que escriben’, en el Museo Ramón Gaya. El libro, que ha sido editado por Newcastle ediciones, estará presentado Miguel Ángel Hernández Navarro.

 

EL ORO CELESTE

 

MONÓLOGO DEL TÍTERE

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxSólo me interesa la estimación de unos
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxcuantos espíritus excepcionales.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxAndré Gide

Soy una marioneta. A primera vista, parecerá cosa increíble a todos que un ser como yo, hecho de trapo, madera e hilos, pueda dirigirle la palabra a alguien; pero —¿será preciso recordarlo?— no soy el primero de mi especie. Una larga nómina de antecesores me precede, de entre los que no hará falta citar a Pinocchio, o Pinocho, ese italiano tan afamado como algo bobalicón, ni a Kásperle, aquel polichinela insomne disfrazado siempre de arlequín.
xxxFui creado por las cariñosas manos del señor Dimas, quien en cierto modo es mi dios, pues no sólo me dio forma, sino que además me insufla vida cada día cuando me saca al proscenio para representar esa obrilla —un tanto ñoña, todo hay que decirlo—  en la que debo moler a palos al brujo Picahuevos, besar a la princesa Brunilda, y ser nombrado Gran Maestre de la Orden del Higo por su padre, el Emperador de Transilvania.
xxxEn vano he tratado de hacerme oír por mi amo y señor, a quien hubiera querido proponer una serie de cambios sustanciales en la obra. Por ejemplo, que dotara de mayor complejidad psicológica al taimado Picahuevos, o que restara algo de candor a Brunilda, pues en qué cabeza cabe que pueda caer una y otra vez en las trampas absolutamente previsibles del brujo.
xxxSé que es utópico pretender esto, como es estéril pretender que Dimas represente de una vez por todas una obra de Shakespeare en la que yo, pudiendo dar al fin la justa medida de mi capacidad interpretativa, prestara vida a Hamlet o a cualquiera de los personajes inmortales creados por el egregio escritor, despertando así el fervor del público… Aunque no ignoro que la voz impostada de que hace uso Dimas, sacrificando la obligada severidad del Arte en aras de satisfacer —servilmente— a una audiencia de mocosos, tal vez no sea la más adecuada para declamar los profundos y arrebatados monólogos del dramaturgo.
xxxPero qué puedo decir del buen Dimas. Sus carencias son tan innumerables como insoportable resulta su empalagosa ternura. Este pobre hombre, transido de una melancolía espesa, no puede siquiera imaginar que yo acecho sus vigilias alcohólicas desde mi estante, que lo escucho con más asco que pena cuando le oigo decir “mis pobres muñequitos” ante el crepitar de la hoguera. Qué puedo esperar de un amo como éste, entregado a la autocompasión y esclavo de la botella y de una sensiblería tontorrona y barata. Qué puedo esperar de compañeros como los que me han tocado en suerte.
xxxMirad si no a Brunilda, con esas trenzas de lana amarilla y esos desmesurados labios rojos de papel de charol, que le hacen parecer una ramera. Mirad al Emperador: el pobre desgraciado a llegado a asumir su papel hasta el punto de creer que esa corona de papel de aluminio es, en realidad, de plata, o que su manto de fieltro blanco es de piel de armiño. Tanta ingenuidad resulta patética.
xxxY qué decir de los otros comparsas de la obra. De ese ladrón Tragapavos, un rufián de mirada abyecta, tumultuosa de cuchillos y de sangre, tan pródigo en maldades como en torpezas. O de aquel petimetre afeminado que se hace llamar, ridículamente, Marqués de Foie Grase, incansable pretendiente de la princesa Brunilda.
xxxVed sin embargo al viejo Picahuevos, tuerto, tullido, desdentado, obligado por Dimas a llevar un ridículo sombrero en forma de cucurucho. No despierta en mí aprensión, sino un sincero afecto. De esta troupe carnavalesca, él es el único al que aprecio, y cada golpe que Dimas me obliga a infligirle, alentado por un público vociferante y ahíto de sangre, me duele como si me lo diera a mí mismo.
xxxY, en cuanto a mí, el héroe insípido armado de una vana espada de madera, el pomposo caballerete vestido con un uniforme infestado de galones y charreteras, qué puedo decir sino que, vestido de tal guisa, me sé indigno de representar obras de mayor altura.
xxxSe encienden los focos. Oigo el aplauso febril de la chiquillería: pronto va a empezar la mascarada. Ya Dimas me coge de los hilos y me veo obligado a representar una vez más, infinitamente, un odio visceral por Picahuevos que no siento, un amor eterno hacia Brunilda que no he sentido ni sentiré nunca.

 

 

 

 

SIXTO Y EL SPITFIRE

En primavera, trabajando en secreto y a deshoras bajo la luz moribunda del taller, su padre le había construido una hermosa cometa de color rojo que imitaba un avión modelo Spitfire, de la Segunda Guerra Mundial. Medía más de un metro y medio de largo desde la hélice hasta la cola, y se la regaló en mayo por su séptimo cumpleaños. Sixto se presentó con ella al concurso comarcal, muy orgulloso, diez días más tarde. Sobre un prado de alfalfa recién cortada había más de treinta niños con sus cometas de colores ondeando al viento, y no pocos miraron con envidia el majestuoso Spitfire, remontándose en el cielo como si lo impulsara un motor mágico y secreto.
xxxAlgo pasó. El viento que llegaba aullando desde las colinas del Norte empezó a arreciar, y Sixto anudó el cordel de la cometa a su muñeca por temor a perderla. El viento siguió creciendo en fiereza, y pronto pareció que el Spitfire quería liberarse de sus ataduras en la tierra y seguir volando hacia el sol. Su padre se encontraba a unos cien metros, apoyado en una cerca pintada de color verde, y cuando los talones de Sixto comenzaron a despegarse del suelo, se miraron a los ojos por última vez.
xxxSixto se elevó a gran velocidad sobre las antiguas casas coloniales coronadas de buganvillas y sobre los edificios de ladrillo rojo; sobrevoló las azoteas donde había sábanas tendidas al sol, los campos ya atardecidos, los grandes meandros del río flanqueados por sauces. Se cruzó con una bandada de pájaros oscuros y atravesó la columna de humo de un incendio. Finalmente, el Spitfire siguió la estela blanquecina de un reactor hasta que ambos desaparecieron de la vista de todos los presentes.
xxxEl Spitfire pudo ser hallado seis días después, en un estanque de otra ciudad en el que nadaban carpas centenarias, pero la búsqueda de Sixto se prolongó en vano a lo largo de los años. Los cadáveres de niños encontrados en ese tiempo resultaron ser falsas alarmas, víctimas de degenerados que habían comenzado a abundar por el país en aquella época extraña. El padre de Sixto nunca había dejado de sentirse culpable por su desaparición, casi dejó de hablar y de alimentarse, y una mañana, cuatro o cinco años después del suceso, amaneció muerto en la cama con las manos enfrentadas entre sí por las palmas, como si rezara.
xxxLa madre, en cambio, pudo vivir lo bastante como para saber que el cuerpo de su hijo había sido hallado. A los veinticinco años de haberse celebrado el concurso de cometas, una pareja de campesinos escuchó a media noche cómo algo golpeaba violentamente el tejado de chapa del granero. Al salir afuera temblorosos, bajo una lluvia abrileña de estrellas fugaces, descubrieron un cadáver sonriente sobre el tejado.
xxxLos análisis forenses no dejaron lugar a dudas sobre la identidad del desconocido que había caído del cielo. Era Sixto, pero su cuerpo parecía el de un hombre de treinta años.

 

 

 

 

LA DOBLE VIDA DE MEDARDO

Medardo Requena tenía el poder de transformarse en caballo a voluntad. Ya bajo su apariencia humana llamaba la atención su largo y morrudo perfil, similar al de los équidos, y su corpachón desgarbado. No menos su forma de caminar, como si trotara. Estaba compinchado con un tal Mouriño, gallego de Orense, quien había practicado sin fortuna la emigración a América. Juntos recorrían las ferias de ganado y Requena, transmutado en brioso corcel, era vendido por Mouriño al mejor postor. De noche, una vez en el establo, recuperaba su forma humana y salía de allí andando tan campante. Si lo sorprendían dentro de la cuadra, desnudo, hacía como que se había perdido, y su aspecto era tan extraño e inquietante —especialmente si aún no se había completado la transformación— que enseguida lo dejaban marchar sin pedirla más explicaciones.
xxxMedardo Requena se confesaba harto de aquel tipo de vida, de ir de aquí para allá, sin tener un hogar, esposa ni hijos, estafando a la gente honrada. Pero las ganancias eran tan sustanciosas que Mouriño lo convencía siempre de dar un nuevo golpe antes de retirarse. Llevaban ya un decenio trabajando juntos, cuando un año, en Medina del Campo, tras haber cerrado trato con un ganadero de Osuna, Mouriño esperó en vano a que Requena apareciera en el lugar convenido. Fue a los establos, temiendo que hubiera ocurrido cualquier contrariedad, y comprobó con estupor que su socio seguía allí, pero aún bajo la apariencia de un caballo. Cuando le preguntó qué diablos pasaba, Requena agitó las crines, piafó alegremente y, con un movimiento brusco de cabeza, señaló a una yegua que com´´ia heno a sólo diez metros de donde se encontraban. Como Mouriño pareciera no entender, Requena dibujó en el albero, con su casco aún sin herrar, la torpe forma de un corazón.

 

 

 

 

EL ORO CELESTE

Anselmo Verdejo tenía trato con los ángeles. Era un hombre forzudo y cejijunto que trabajaba en el alquitranado de carreteras, y a quien un buen día, en la comarcal de Estriégana a Sigüenza, atropelló un turismo de matrícula suiza que se dio a la fuga. Lo último que vio Anselmo Verdejo en su vida fue la cruz blanca sobre fondo escarlata de la Confederación Helvética. Después cayó en un coma profundo del que no regresaría sino seis meses más tarde: paralítico, castrado y ciego. Si sus ojos materiales dejaron de ver, no así los de su corazón. Anselmo Verdejo les contó a las enfermeras que durante su larga convalecencia había viajado hasta el cielo, y que allí, vestido con ropa de faena, había paseado por calles amplísimas cuyos adoquines eran todos de oro. También contó que había estado platicando con un arcángel llamado Ismael, rubio y de espléndidas alas blancas, quien le había prometido revelarle algún día el secreto de la Pureza. Cuando la señora de Verdejo y sus tres hijos oyeron la historia, se miraron a los ojos largamente, lloraron en silencio, y dieron a Anselmo por un caso perdido. El bueno de Verdejo, de hecho, ni siquiera se acordaba de ellos. Se lo llevaron a casa y lo tenían todo el tiempo en el salón, como a un mueble, y el turno de limpiarle las heces creaba siempre agrias discusiones entre ellos. Anselmo iba a lo suyo. No le preocupaba el mundo exterior, con el que casi se encontraba incomunicado, y en cambio realizaba con su mente frecuentes travesías al cielo, y ampliaba el número de sus conocidos por aquellas latitudes. A Ismael se sumaron Samal, Anael, Gabriel y Sabaoc, y Anselmo decía que pasaba frecuentes apuros porque los confundía entre sí, tan rubios todos, y tan altos, y con los ojos de un azul tan puro. Como una vez, harta de oírle, su mujer le mandara no contar más gilipolleces, Anselmo Verdejo se enfadó mucho y le dijo: verá señora como yo nunca miento; y al día siguiente, cuando despertaron, vieron que Anselmo tenía una pluma muy grande y muy blanca en la mano, y él dijo: ésta me la prestó Gabriel (él pronunciaba “Grabiel”), y contó que al arcángel le había dolido mucho al arrancársela. Imaginaron que pudiera ser la pluma de un cisne, que el viento hubiera arrastrado hasta la ventana, y la esposa dijo esto no prueba nada en absoluto. Al día siguiente amaneció Anselmo con una corona trenzada de flores, regalo de Sabaoc, y ya era difícil imaginar que aquello hubiera venido volando por la ventana. Pero nadie le creía, y el hijo mayor le dijo: papá, por qué no traes uno de esos adoquines de oro de los que hablas; y Anselmo le contestó: no sé si podré, caballero, porque son muy pesados para hacer el viaje. Con todo, apareció al día siguiente con un ladrillo entre las manos. El ladrillo pesaba una barbaridad y era dorado y brillante, y lo llevaron a un joyero que certificó esto es oro puro, vale una fortuna. No le dijeron de dónde lo habían sacado, pero le pidieron a Anselmo que se trajera del cielo un capazo lleno de adoquines, y que entonces le creerían para siempre, y que no volverían a poner nunca en duda nada de cuanto dijera. Anselmo dijo bueno, veremos si no me lisio al arrancarlos, porque el cemento que usan allí es muy fuerte, pero lo intentaré. Ninguno de ellos durmió esa noche, haciéndose cábalas sobre el número de adoquines que cabría en el capazo, imaginando las casas, las fincas, los coches, las joyas, las ropas de lujo que comprarían con aquel dineral. Amaneció, y hasta bien avanzado el día no se aventuraron a entrar en el salón, por miedo a interrumpir el sueño o viaje astral de Anselmo. Cuando por fin lo hicieron, encontraron allí al señor Verdejo, sentado como siempre en su silla de ruedas, pero ahora el pobre hombre estaba muerto: muerto del todo. Un hilo de baba le colgaba desde el labio inferior hasta el pecho, y sus manos, desolladas, estaban cubiertas por un polvillo muy fino que brillaba como oro bajo el sol de la mañana.

 

 

 

 

EL CENTINELA

Fue Otero quien les hizo reparar en la marquesina iluminada de la calle Ibarra. Algún vivales había tenido la idea de organizar el cotillón de Nochevieja en el viejo almacén de cerveza. De las calles colindantes, sucias y oscuras, llegaba un enjambre de hombres de etiqueta fumando cigarros puros, de mujeres vestidas con abrigos de piel. Al llegar bajo la marquesina, le enseñaban una cartulina al portero quien, con gesto displicente, les dejaba pasar.
xxxAl cancerbero había que echarle de comer aparte, como dijo Valle, quien ya estaba maquinando la forma de entrar de matute en la fiesta. Aquel hombre era una mole informe de carne, derramada sobre una sillita de la que no se levantaba en ningún momento, por mucha que pareciese la calidad del recién llegado. Tenía una expresión bovina en el rostro, y los dedos de sus manos parecían morcillas. Iba vestido como un militar de opereta, con gorra de plato y un uniforme de color púrpura que le iba dos tallas más pequeño. Valle tiró el cigarrillo al suelo y lo aplastó con la suela del zapato.
xxx—Yo me cuelo delante de esa vaca. Miradlo. Parece un besugo.
xxxValle era siempre el que escupía más lejos, el que driblaba mejor con el balón y el que tumbaba más mozas. Se tenía por bravo. Si una cosa se le metía entre ceja y ceja, no paraba hasta conseguirla. Propuso a Yepes y a Otero que simularan una pelea junto a la puerta, para colarse a una distracción del portero; pero, por más encarnizamento que mostraron en la riña, Mole de Carne no se inmutó.
xxx—Ese tío es como una estatua.
xxxSeguía el desfile de hombres elegantes, de señoritas con manguitos de piel de marta cibelina, y Valle se daba al diablo por no poder entrar allí. Por fin propuso que arrojaran una moneda a los pies del portero, y esta vez Mole de Carne sí que reaccionó. Se incorporó pesadamente y caminó seis pasos hasta alcanzar el lugar en que la moneda había caído. Mientras se agachaba, Valle se precipitó hacia la puerta como un delantero que burla la defensa. Antes de penetrar en el almacén, tuvo tiempo para volver la cabeza y guiñarles un ojo.
xxxCuando entró, la luz era escasa, y un perfume acre, como de sustancias químicas, lo invadía todo. Había grupos de personas en pie, sosteniendo copas de champán vacías, pero ni siquiera hablaban entre ellos. No le gustó la forma en que lo miraban. Sus rostros estaban distorsionados, como si hubieran sufrido una extraña metamorfosis al entrar en el local. Valle se preguntó si a él no le habría ocurrido algo parecido, o si no se trataría de un efecto óptico producido por la luz mortecina del interior.
xxxUn camarero de gesto patibulario le ofreció una bandeja de licores y, cuando Valle retiró una copa, el tipo emitió un barboteo indescifrable. En el centro de la sala, elevada sobre una tarima de tres escalones, se hallaba una gran mesa de piedra, una suerte de altar flanqueado por cirios encendidos. A su lado, una mujer ataviada con un quimono dorado bailaba en estado de trance. Valle pensó que debía de estar loca de atar. Bruscamente, la mujer abrió los ojos y señaló hacia el lugar donde él se encontraba.
xxx—¡Cogedlo! —gritó con un berrido.
xxxValle corrió hacia afuera con el corazón en un puño, pero, antes de que franqueara la puerta, Mole de Carne atajó su carrera de un palmetazo en la sien. Cayó al suelo como un edifico dinamitado. El corazón le palpitaba a un ritmo frenético; las siluetas de sus perseguidores no tardaron en rodearle. En un instante de clarividencia comprendió, ya demasiado tarde, que la misión del portero en aquella fiesta no era impedir la entrada en el almacén, sino evitar que cualquier intruso pudiera escapar de allí con vida.

 

 

 

 

UN PINTOR DE VIENA

Venido de provincias, huérfano de un inspector de aduanas, el joven llega a Viena y se deja maravillar por la maginificencia de los grandes palacios y de los vastos jardines imperiales.
xxxEs alto, escuálido y triste. Viste abrigo oscuro, usa sombrero negro, y lleva un bastón con empuñadura de marfil. No trabaja. Se aloja en un cuartucho pobre, oloroso a humedad y a parafina, del 31 de Stumpergasse. Le ha confiado a su madre que quiere ser pintor, un artista.
xxxTiene el rostro inexpresivo, como de cera. Pasa el tiempo a solas, en su cuarto o en los parques desiertos, y dedica las horas muertas a dibujar sobre las páginas de un cuaderno rectangular. Toma apuntes del natural o de una enciclopedia.
xxxLee mucho. Gasta su poco dinero en acudir a la ópera y apenas come: pan de nueces con mantequilla y, en las grandes ocasiones, un vaso de leche. No fuma ni bebe. Empieza a escribir obras de teatro, pero no tarda en desanimarse y romperlas. Dibuje innumerables bocetos de edificios colosales, grandiosos. Su propósito es ingresar en la Academia de Bellas Artes, alcanzar renombre, ser alguien.
xxxA veces visita un cafetín antiguo, en el que hay divanes de terciopelo y estatuas neoclásicas. Pasa la tarde entera apurando un vaso de seltz, pero no se atreve a hablar con ninguno de los artistas —consagrados o bohemios— que por allí pululan.
xxxLejana ya la pubertad, no ha conocido mujer. Se siente alejado del festín de la vida, como un eunuco en una orgía. Piensa en pintar un cuadro magistral que lo redima de su insignificancia: un paisaje bañado por la luz bajo la atmósfera pulida del verano en Viena.
xxxEn el día de la prueba de ingreso, dibuja palacios, caballos, bosques. Cree haber dado lo mejor de sí mismo, pero, tras dos días de tortuosa espera, busca en vano su nombre en la lista de aprobados. Pide ver su examen y un profesor de cara rancia, vestido de gris, le hace ver que ha dibujado “pocas cabezas”.
xxxSu madre acaba de morir. Habla con su tutor, Joseph Mayrhofer, y le promete que aprobará al curso siguiente. Durante un año se afana en captar con su lápiz la figura humana: una anciana vendiendo castañas, un mendigo en un banco, el rostro de Kubizck (su único amigo). Se siente acechado por el fracaso pero, al llegar la fecha, se presenta al examen y, contra todo pronóstico, lo supera.
xxxVeinte años después es un modesto y respetado artista que vive de sus pinceles, que huele a alcanfor y a casa limpia. Imparte clases particulares y realiza algunos trabajos por encargo, como esa Anunciación —no demasiado brillante— que cuelga en un lateral de la iglesia de Sta. Maria am Gestade.
xxxLos años le han dejado como gravamen un vientre ligeramente abultado y unos ojos fatigados y dóciles. Se ha casado con una mujer frágil y honrada, quien le ha dado un hijo al que han bautizado como él: Adolf.
xxxEs un hombre de bien, honesto, cabal, que a veces finge ser feliz. Liba el vino de la vida en vasos pequeños, y tal vez no le importa. Acepta que nunca ocupará el podio de la fama, que nunca levantará en las mujeres pasiones desatadas, ni despertará en los otros hombres la admiración o el asombro.
xxxPero, en las largas noches de invierno, lo asalta desde hace ya mucho tiempo una pesadilla recurrente y atroz. En ese sueño, él no aprueba su examen de dibujo y no consigue ingresar en la academia: durante años vive como un paria, un mendigo. La gente lo desprecia. El rencor anida en su pecho y apenas le deja respirar.
xxxEn ese mismo sueño se alista en el ejército imperial, acaba por fundar un partido político, arenga a muchedumbres enfervorecidas desde un púlpito improvisado, conoce la prisión y escribe un libro, gana las elecciones al parlamento alemán.
xxxEn ese mismo sueño declara la guerra a los demás países de Occidente, dirige divisiones acorazadas desde su despacho, manda la exterminio a miles de hebreos, conquista el amor de una mujer llamada Eva Braun.
xxxEn ese mismo sueño, él es un dios terrible y pavoroso que gobierna un imperio de hierro y de sangre. Bajo su mando se decide el destino de millones de hombres; las naciones pronuncian su nombre con un terror reverencial, sagrado.
xxxEn ese mismo sueño, en la extraña e intrincada tramoya de ese sueño, hay dolor, pólvora, desembarcos, trincheras, muñones, sepulcros, lodo, rencor y lágrimas.
xxxInvariablemente, el pintor vienés despierta, sobresaltado. Se asoma a la ventana y contempla las calles silenciosas, el rostro angelical de su esposa apoyado sobre la almohada. La realidad, razona con alivio, no admite sucesos tan atroces.
xxxY, sin embargo, sabe que en él anida el germen de ese otro, del monstruo que habita en el sueño: el que pudo ser y no fue. Siente miedo de sí mismo, pero también una cierta envidia. Porque al otro, al monstruo, al caudillo que nutre millones de tumbas, nunca hubiera podido borrarlo el olvido de la memoria de los hombres.

 

 

 

Moyano, Manuel. El oro celeste. Zaragoza; Xordica editorial, 2003.

 

Y MÁS LECTURAS DE VERANO

Manuel Moyano

 

 

De esa joya que pueden ver en la imagen, ‘El amigo de Kafka’, de Manuel Moyano, aquí tienen una perla.

 

CORAZÓN SIN BARRERAS

xxPaquita apagó el televisor con los ojos llenos de lágrimas. La música machacona de Corazón sin barreras, episodio ciento nueve, se expandió en el éter, pero aún siguió retumbando un buen rato en su cabeza. Una vez más, Roberto Alberto se la había pegado a la tonta de Alicia con esa puerca de Fernanda. Cuándo aprendería. Cuando aprendería que todos los hombres son iguales y que ninguno es de fiar. Alicia era muy guapa y tenía carrera, pero le faltaba mundo, y aquella pelandusca de Fernanda, que era poco menos que analfabeta, se las sabía todas. Llevaban treinta episodios disputándose a Roberto Alberto, y aún no había forma de saber por cuál de las dos tomaría partido. Paquita lo tenía claro. Ella le habría pegado una patada en el culo a Roberto Alberto a la primera de cambio, en concreto en aquel episodio ‒¿era el ochenta o el ochenta y uno?‒ en que el muy desgraciado le regaló a ambas el mismo vestido, y las dos coincidieron en la fiesta de Leonor. Menuda cara de pazguata se le puso a Alicia. Pero Paquita en vez de haberse echado a llorar le hubiera cruzado la cara a Roberto Alberto, y a Fernanda la habría llamado puta delante de todo el mundo.
xxManolo, el marido de Paquita, no vino a comer, y cuando llegó por la tarde resoplaba como un caballo exhausto. La besó sin mirarla, se puso las zapatillas y abrió una lata de cerveza. No había terminado de acomodarse en el sofá cuando sonó el teléfono. Él dijo:
xx‒No estoy para nadie.
xxPaquita descolgó el auricular y oyó como un estruendo: era la voz de su cuñada. Parecía histérica.
xx‒Ha ocurrido algo horrible ‒le gritó‒. Dile a Manolo que se ponga.
xxEl marido se puso al teléfono, de espaldas a Paquita. Cuando colgó y volvió la cara, había en sus ojos un brillo acuoso.
xx‒Mis padres ‒dijo él‒. Han muerto en un accidente de coche. Cuando iban a la playa.
xxPaquita no supo cómo reaccionar. Trató de abrazar a su esposo, pero lo hizo de un modo torpe. Él rehuyó sus caricias: parecía decidido a no llorar. Le pidió que se vistiera a toda prisa y cogieron el coche para ir al tanatorio. Por el camino iba fumando como un descosido, arrojando las colillas una detrás de otra por la ventanilla, y se sentía más encolerizado que triste.
xx‒Ya le dije yo a mi padre que no estaba en condiciones de llevar un coche. Se lo dije mil veces.
xxCuando llegaron al tanatorio, la familia entera de Manolo estaba allí. Todos se abrazaban y sollozaban. Los padres yacían colocados en sendos féretros, detrás de una vitrina, y a Paquita le sorprendió no sentirse impresionada por la visión de los dos cadáveres. Manolo se abrazó a su hermana, y ahora sí que empezaron a correrle lágrimas por la cara. Parecía inconsolable. Paquita se acercó, dejó que su cuñada la besara en la mejilla, y sólo supo decir:
xx‒Lo siento.
xxSe escabulló como pudo y se fue sola a la cafetería del tanatorio. Estaba avergonzada. No lograba conmoverla ni siquiera el llanto de su esposo, y en aquel drama familiar se sentía como un convidado de piedra. Todos la criticarían al día siguiente por su frialdad. Trató de pensar en algo terrible, en algo que le permitiera disfrazar su indiferencia bajo una máscara de dolor. Fue entonces cuando se acordó de Alicia, la infeliz de Alicia.
xxDiez minutos después volvía a la sala de visitas con los ojos llenos de lágrimas.

 

 

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LUNAS DE PAPEL

Luna de tarde

 

 

DIONISIA GARCÍA

PATRIAS

Recuerdo aquel lugar donde por vez primera
me besaron la frente.
El sol y las miradas calentaban mis manos,
y el olor a cereales invadía las plazas.
Es una larga historia de huidas y retornos,
de creer en la tierra pisada en los comienzos.

De pueblo en pueblo fui, de casa en casa.
Me siento de los lugares que habito.
Cada día comienzo mis trabajos.
Vivo, sin más, la lucha
entre paredes blancas, entre libros y enseres.
Sueño, puedo soñar. El porvenir espera
con la prestada luz de otros inviernos.

 

 

 

APUNTE GRIS

xxxxxxxxxxxxxxxxxxEn memoria
xxxxxxxxxxxxxxxde Irene Guillén

Se irá en su soledad, porque es invierno,
a un paisaje distinto,
a conocer sin límite el tiempo dela espera,
el vuelo detenido de jardines cercados,
sin ventanas azules;
y sí el milagro de la luz
que invadía la casa.
Erguida su figura,
dirá adiós a la estancia,
a su rincón caliente
que gobernó el recuerdo.
Incansable viajera, en ella viven
países y lugares, con personas amadas
que fueron compañía. Todo fue y está siendo
en su memoria clara de imágenes sensibles,
realidad persistente en sus días de ahora.

 

 

 

 

RAQUEL LANSEROS

SOBRE UNA CAMA HELADA

No es invisible el modo
en que ya no te busco,
ni esta manera nueva, sin fe ni mediodía
de llovernos despacio, -como gotas de hielo-,
xxxxde no ceder un palmo en medio del tornado.

El olvido es azul. Nunca termina
xxxxxxxxde convertirse a golpes en él mismo.
Se mide por ausencias y papeles en blanco.

Tras su paso, el silencio
deja detrás de sí un paisaje de ruinas,
una patria deshecha e inmolada
xxxxxxxxxxxxxxxa los grises fantasmas de la pérdida.

El ánimo rojizo de las uvas maduras
se apodera despacio de la tierra.

Te quise. Me quisiste. Nos quisimos.
Qué fácil es decirlo cuando no queda nada,
cuando ya ni siquiera recordamos
xxxxxxxel tacto de los sueños.

Ahora que la memoria se bate en retirada,
-vencida y silenciosa
xxxxxxxcomo un niño sin cromos-,
y lo único tangible frente a  nosotros mismos
xxxxxxxxxxxxxxes lo que ya no existe.

 

 

 

EL VÍNCULO

Es cierto, nos dijeron muchas veces
que la vida es un juego peligroso.
No la vida de pétalos y estambres
que acunó nuestra infancia. Esta otra vida,
la de las colas y los formularios,
la auténtica existencia, nos dijeron.
En aquel tiempo teníamos nosotros
los ojos rebosantes de futuro
y una impresión confusa del amor.

Qué poco sospechábamos entonces
la lección desasida para la libertad
como un pacto sagrado: la invención de uno mismo.
Y no es casualidad que la raíz
xxetimológica del término invención
xxxxsignifique el encuentro. El mismo encuentro
xxxxxxmantenido en la eterna inmensidad del tiempo
xxxxxxxxcontra todo pronóstico. Como hiciera Penélope.

Hoy hemos aprendido que ser libres
significa luchar, imponerse al destino,
intercambiar sin miedo las identidades.
Y quizá recordar
xxxxque los dioses tiranos desoyeron a Ulises.

Los mismos que tampoco nos oirán a nosotros
el día que decidamos olvidarnos.

 

 

 

BOCETO DE SOMBRAS

Hoy ha debido ser viernes en todas partes.
xxxxVarios ángeles han ido resbalando
xxxxxxxxxxa las aceras desde los tejados.
El viernes no es un día, sino un tiempo compuesto,
subjuntivo, futuro, plural, pluscuamperfecto.
Un puesto de aduana en la frontera
xxxxxxxxxxque separa a los vivos de los supervivientes.

Ha debido de ser viernes
xxxxxxxxy tú no estás conmigo.
Sin embargo he sentido que tu ausencia
se ha ido haciendo viscosa al avanzar la tarde,
xxxxxxxxxxcomo un pesado dique contra el tiempo.

Tu alma está en todas partes, sonámbula, celeste,
decidida a vagar ingrávida en mi eje
xxemergiendo de todo, henchida de las cosas,
xxxxretornando a la nada, ese sinónimo
xxxxxxde una noche de viernes y una cama vacía.

 

 

 

 

JOSEFINA SORIA

[cinco poemas inéditos del poemario ‘ESTA ES MI FIESTA Y LLORARÉ SI QUIERO’]

HORA PRIMA

Un mar lleno de peces me navega.
Abro a la vida sus compuertas altas
y en resplandor me anego.
¡Soy yo la que amanece!
¡Contempladme!
Han nacido palabras en mis labios
soñando hacerse verso.
El viento mañanero
músicas va poniendo en mi garganta.
Es temprano.
Ahora mismo
el horizonte estrena una alborada
de primorosas luces.
A esta hora no se hacen reproches.
Las falaces promesas
no han comenzado a oírse todavía
dispuestas van las horas
a dejarse llenar por la hermosura.

 

 

 

ABRIL

Venid conmigo, entrad. Esta es mi casa.
Sobre el húmedo césped abril camina
adensando el aroma de los pinos.
Quizás queráis llegar hasta el almendro
y preguntarle qué soñó esta noche
o volver a la higuera y convidarla
a una taza de té con yerbabuena.
¿Oís esas palomas cuyo zureo escucho?
Parece que trajeran en sus alas
aromas de azahar.
¡Son hermosas las mañanas de abril!
Contemplad como vienen pintando el horizonte.
Con su perfil convoca gorriones
en el viejo tejado.
Este es el momento de encontrar
esa dicha infinita que buscamos.
Antes que alguno se levante
abra la radio
y preso ponga el tiempo en los relojes.

 

 

 

OIGO TU VOZ

Oigo tu voz y llego
al delirante mundo de las rosas.
Deletreo tu nombre
y las jaras se yerguen
con su salvaje aroma
y florece el aloe
sin memoria de acíbar
y azules se perfilan
los genios de la noche.
Te acercas a llamarme
y se llenan los aires de arrebatadas voces.
El espino permite
que emerja su ternura
y su ruda presencia el cierzo guarda.
Tú y yo nos encontramos
y surge la canción definitiva
su tonada llevando hasta los astros.
Para colmar de gozo
los umbrosos caminos de la noche.

 

 

 

VEHEMENCIA

Y luego, un día
llegaron los deseos
a ceñirme las sienes y tus manos,
tus manos cual magnolias
ocuparon mi sangre.
Estelas que marcaron los caminos
con cauces deslumbrantes.
Qué inusitado gozo fue aprenderte.
Nunca me dijo nadie
que tan hermosa fuera
esta entrega total.
Caminar
sin saber dónde llevan los caminos.
Te seguí fascinada a donde dispusiste.
Donde Dios quiere el mundo
enhebrado en su fuego.
Sin tener más noticia.
Y encontrar que ya era
tan hermoso el amor.

 

 

 

ASALTO A MEDIANOCHE

Cual furiosa avalancha
que invadiera mis sueños
se acerca a despertarme
un alud de palabras.
Se apoyan en mi almohada
sugerentes, impúdicas, soberbias.
Se columpian en mis pestañas.
Danzan ante mis ojos,
que apenas pueden mantenerse abiertos.
Se arrojan en tropel hasta mi frente.
Las nombro levemente
desde mi duermevela. Las acaricio
y ellas se apoyan en mis labios
que arden.
Finalmente me levanto
tomo pluma y papel
y las voy anotando en mi cuaderno.
Ya rendida
las cito para mañana
y lo hago apresurada. Antes
de que alguien despierte
abra la puerta y se pregunte
qué nueva orgía
organicé esta noche.

 

 

 

 

MIGUEL ÁNGEL HERNÁNDEZ-NAVARRO

LO REAL Y SU DOBLE

Siempre me ha costado trabajo despertar de los sueños. Pero de un tiempo a esta parte, no sé si por el estrés, el cansancio o las preocupaciones, lo cierto es que me cuesta horrores entrar en el mundo real. la culpa la tienen una serie de sueños no reparadores, sin sentido alguno, que hacen que me levante mucho más cansado de lo que me había acostado, de modo que el cansancio se acumula y los días se me hacen interminables. Lo peor es que muchas veces los sueños son tan reales que, al despertar, se mezclan con la realidad y me duran casi toda la mañana; en alguna ocasión, incluso todo el día.
Casualmente, a principios de año tradujeron al castellano Travesía nocturna, el diario de sueños de Clement Rosset, donde el pensador francés describe una experiencia muy semejante a la mía, y propone un método para paliar el efecto real de los sueños: escribirlos. Una vez escritos, los sueños, aunque se mezclen con la realidad, no van creciendo con ésta, pues uno sabe en todo momento lo que es real y lo que proviene del sueño.
Desde que descubrí esto, he llenado más de cuatro cuadernos con mis vivencias nocturnas. Todas las mañanas paso entre media hora y una hora escribiendo el sueño. Si no lo hago, el sueño comienza a ganar terreno a mi realidad.
Escribo los sueños ara poder controlarlos, para mantenerlos “a raya”, literalmente hablando. Y para que la escritura sea efectiva, he descubierto que es mejor dramatizarlos, relatarlos como si fueran historias. Así logro tomar distancia respecto a lo que pudieran ser mis vivencias personales, y los sueños se van, o al menos dejan de perturbar mi realidad. Además, muchos de ellos los puedo aprovechar para mis relatos. De hecho, este último año, gran parte de los relatos que he ido publicando en revistas provienen, ligeramente modificados, de mi archivo de sueños. Un archivo poblado de pesadillas perturbadoras que apenas puedo soportar, como ese sueño reiterativo en el que comienzo a morder mis manos y por alguna extraña razón que nunca logro encontrar, siento aquello como algo agradable. Me despierto entonces sobresaltado, con los dientes y las mandíbulas doloridas. Y tengo que ir corriendo a escribir antes de que el dolor se me extienda por todo el cuerpo. Si algún día me demoro en la escritura, puedo llegar a morderme realmente.

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx*

Hace algo así como una semana tuve un sueño completamente diferente. Fue el primer sueño reparador en mucho tiempo, como si al final, igual que le sucedía a Clement Rosset, me hubiese recuperado.
Soñé que estaba en una estancia indefinida y que mi cuñada, la hermana de mi mujer, vestida de un blanco inmaculado, aparecía de la nada y me abrazaba con fuerza. Yo me sentía reconfortado con aquel abrazo. Luego, los rostros se rozaban y, después, ella me besaba en la boca.
Confieso que siempre me ha atraído mi cuñada. En general siempre me han atraído mis cuñadas. Primero las mujeres de mis hermanos, y luego, las hermanas de mi mujer. Sin embargo, en el sueño, el beso de mi cuñada no tenía nada de sexual. Era un beso que, sin llegar a ser casto, no pertenecía al espectro de las relaciones sexuales, al menos tal y como las entendemos.
Nunca había sentido un beso así en la realidad, ni había leído ni sabido acerca de un beso de tales características, pues, por lo general, los besos tienen que ver con la falta y no con la plenitud. Los besos acrecientan el deseo, y no lo apagan. Pero el beso del sueño era un beso de plenitud, un beso que apaciguaba todo deseo, un beso gozoso, en el que sentí que se paraba el mundo, en el que sentí condensados todos los besos.
Y lo más importante de todo, el beso del sueño tenía un sabor particular. Un sabor tan intenso que me hizo despertar. Un sabor que todavía, mientras escribo esto, puedo paladear. Eso quizá fue lo más inquietante. Que cuando desperté tenía el gusto en la boca. Sentía realmente que ese beso había tenido lugar, que había una porción de realidad en aquel sueño.
Me costó un trabajo enorme levantarme. Estuve saboreando el beso en la cama durante algún tiempo. Mi mujer ya se había marchado al trabajo y pude quedarme allí un buen rato. El problema vino después, cuando decidí -y creo que esa fue la peor decisión que pude tomar- que no iba a escribir. Había sido el primer sueño reparador en mucho tiempo. Había superado las pesadillas. Además, no recordaba una experiencia de tanta paz y plenitud como la que había vivido esa noche. Pensé que si la escribía se perdería para siempre. Y quise permanecer algún tiempo más con el sabor en la boca.
Recuerdo que esa mañana ni siquiera quise desayunar. El sabor del beso me saciaba, y no quería quitarme el gusto de la boca. Luego, al mediodía tuve hambre, aunque pude resistirlo. Y, conforme avanzaba la tarde, comencé a pensar que lo mejor sería volver a casa y acostarme lo más rápido posible para intentar encontrarme de nuevo con mi cuñada en el sueño.
Cuando llegué, mi mujer me estaba esperando para cenar. Pero yo no tenía hambre, ni quería comer. Tampoco quise besarla. Al ver su rostro de preocupación, le dije que había tenido un día muy duro y que me iba a dormir enseguida.
Intenté soñar de nuevo con mi cuñada, pero fue imposible. El sabor del beso aumentaba cada vez más. Cada vez que paladeaba, lo sentía con más fuerza. No era desagradable. Todo lo contrario. Era tremendamente delicioso. Sin embargo, así como en el sueño el beso colmó todo deseo, en la realidad, su sabor en mi boca acrecentaba la necesidad de repetirlo. La plenitud se transformaba en falta, cada vez con más fuerza, con mayor intensidad. Hasta que, a la mañana siguiente, el deseo ganó la partida a la satisfacción y la sensación se volvió insoportable. Tanto, que no dudé en intentar escribir el sueño. pero ya no era posible. El sabor del beso se había hecho tan fuerte en mí que no podía expresarlo con palabras. Ya era demasiado tarde.
Durante el resto de la semana apenas comí ni dormí. El beso me había quitado por completo el hambre. Y tampoco soñé. por las mañanas me levantaba y no recordaba nada de lo que había soñado. Intenté mil veces escribir el sueño… pero ya no podía describir el sabor ni la sensación. Todo estaba poblado de realidad. Había transcurrido demasiado tiempo. El sueño se había apoderado de la realidad.

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx*

Mi mujer no hacía más que preguntarme qué me ocurría, por qué no quería comer y, sobre todo, por qué evitaba sus besos. Al final tuve que decirle que había soñado con su hermana, y que el sueño se me había ido de las manos. Le dije también que estaba desesperado. Que ya no aguantaba más, que tenía que saber si ese beso era real o sólo era parte de mi imaginación. Y ella, con su habitual templanza, me dijo que me tranquilizase, que al día siguiente buscaríamos ayuda médica. Y sobre todo que bajo ningún concepto se me ocurriera hacer lo que estaba pensando. Porque ella me conoce bien, y sabía que en ése momento sólo había una idea en mi mente.
El beso me estaba volviendo loco, y tenía que pararlo de alguna manera. Estaba claro que la escritura ya no podía hacerlo. La única solución pasaba por romper la idealización, destrozar la ilusión y caer a lo real: besar a mi cuñada, aunque eso significase poner en peligro mi matrimonio. A esas alturas, mi matrimonio era lo de menos. Después de una semana de delirio, sólo me importaba una cosa, sacar de mi cuerpo aquella sensación. A toda costa.
Ésa misma noche cogí el coche y fui a la casa de mi cuñada, que vivía en un piso de soltera. A las tres de la mañana toqué al timbre. Al verme, se asustó. Pero me invitó a pasar. Yo le conté la situación y le dije que necesitaba besarla. Pero ella se negó. Entonces intenté hacerlo por la fuerza, aunque siempre ella conseguía retirar sus labios. Por fin conseguí besarla, pero de modo muy fugaz, así que no me dio tiempo a saborear el beso. Necesitaba sosiego y calma. Necesitaba saborear su boca. Confrontar sabores. Y eso era imposible de aquel modo. Así que decidí atarla a una silla. Y para que no gritase más, la amenacé con un cuchillo. Incluso tuve que hacerle un pequeño corte en la mejilla para que se tranquilizara. Yo no quería, pero la situación me condujo a eso. Al final, cuando entendió que su vida no me importaba demasiado, accedió a mis peticiones, y logré que me besara con pasión. Probé de todas las maneras. Pero sus besos no recordaban ni de lejos al beso del sueño. Ni siquiera el roce de su rostro. nada era igual. No era ella. No era su sabor lo que yo buscaba. Se había roto la ilusión. Pero eso, lejos de salvarme, fue lo que me condenó. Porque besar a mi cuñada y constatar que no era la mujer del sueño fue como abrir la caja de los truenos, y el beso que llevaba dentro se desencadenó con una violencia tremenda.
Mi cuerpo comenzó a tambalearse de dolor. Y mientras tanto, mi cuñada me miraba con los ojos llenos de lágrimas. Yo le pedí perdón. Pero sabía que había ido demasiado lejos. Si la soltaba, llamaría a la policía. Tampoco me importaba demasiado, así que decidí dejarla allí. Desconecté el teléfono y cerré la puerta con llave. Ya la encontrarían. Todo estaba perdido.
Salí corriendo de la casa y subí al coche. No sabía dónde ir. Pero lo peor era la terrible sensación que se había apoderado de mi cuerpo. Era un dolor tan indescriptible que nunca me acostumbraba a sentirlo. Y se incrementaba cada vez más.
Pasé cerca del malecón, y se me ocurrió, en medio de la desesperación, en probar más besos, los besos más desesperados. Así que subí al coche a una prostituta, y le dije que quería que me besara. Nada más. Fue una experiencia terrible. Luego otra.. y otra más. Creo que esa noche besé a todas las prostitutas callejeras de Murcia. Pero no obtuve respuesta alguna a lo que estaba buscando. El beso cobraba fuerza en mi interior. Era como si me expulsara de mí. Hacía días que no había comido, días que no había dormido, y el beso se había apoderado de toda mi realidad.
No sabía cómo iba a volver a casa después de aquello. Mi cuerpo se entumecía poco a poco. Pero el dolor más terrible lo tenía en la boca. Ya apenas podía saborear. la boca se me había puesto densa, pastosa, como si estuviese mascando algodón. Un algodón húmedo que me envolvía y no me dejaba moverme, como si todos los poros de mi piel se estuviesen saturando. Me ahogaba. Y ya no podía salir a flote.

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx*

Estaba claro que nunca encontraría un beso que pudiera frenar aquella metástasis. Entonces, sumido en la desesperación, decidí que lo mejor era el suicidio. Al menos, podría saber cuándo acabaría.
Conseguí llegar a la casa que mis padres me dejaron en la huerta. Todo acabaría allí. Aquel maldito sueño, aquel maldito sabor. Mi padre siempre guardó una escopeta de doble cañón. Esperaba que también hubiese guardado algún cartucho. Gracias a Dios, así lo hizo. Encontré el arma y la munición, me senté en la cama de mis padres y, alargando el brazo todo lo que pude, me metí la escopeta en la boca e intenté disparar. Juro que lo intenté. Cerré los ojos, apreté los dientes junto al cañón. Pero en el último segundo, no tuve valor para hacerlo. Ni siquiera la desesperación me hizo apretar el gatillo.
Fue entonces cuando de impotencia mordí mi mano con tal fuerza que comencé a sangrar. Y fue también en ese momento cuando sentí algo extraño en el sabor de mi sangre. Un gusto metálico que, extrañamente, se aproximaba bastante al del beso del sueño. Saboreé un poco más. Y, en efecto, mi propia sangre era lo más parecido al sabor del beso.
Cuanto más saboreaba, cuanto más fuerte mordía, más cerca estaba del sabor del beso, como si estuviese afinando un instrumento musical, buscando el tono perfecto. Sentía que a medida que me desangraba y me quedaba sin fuerzas me aproximaba más al sabor del beso. Así que mordí y succioné tanto como pude… hasta que, en un momento, perdí el sentido por completo.

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Cuando mi mujer me encontró ya casi no tenía sangre en mi cuerpo, y la mano izquierda prácticamente me la había comido entera.
Ahora tengo las manos vendadas, pero aun así el médico me obliga a escribir mis sueños. Para que no me ocurra más lo del beso. Para que en la palabra escrita pueda encontrar un saber… un sabor.

 

 

 

 

MANUEL MOYANO

TIEMPO Y CENIZA

He ahí al gran escritor y a su mujer, él repantigado en su butaca preferida y releyendo Tiempo y ceniza, la novela que publicara hace ya más de veinte años, ella viendo la televisión con el volumen muy bajo para no molestar a su marido, quien humedece la yema de su dedo índice con su propia lengua empapada en whisky para así poder pasar de la página 77 a la 78, donde acaba el tercer capítulo de esa obra que algunos críticos acogieron en su día con tibieza -pobres mentecatos-, pero que otros elevaron de modo inmediato a los altares de la literatura y que calificaron de tumultuosa y sublime: “fiel espejo de nuestra época”, en palabras de R. S.; “magnífico templo verbal”, según la encendida reseña de M. G.; qué importa que Tiempo y ceniza se vendiera poco, piensa el gran escritor, a quien ya empieza a fastidiarle que su mujer lleve varios minutos intentando atraer su atención hacia alguna cosa, la verdad es que le público se alimenta de bazofia, por suerte aún quedan espíritus cultivados que, año tras año, siguen promoviendo su candidatura al Cervantes (recuerda mientras vuelve a decir que no a su esposa con la cabeza) “por haber alcanzado con una sola obra las más altas cimas líricas de nuestra narrativa”, recita para sus adentros el gran escritor quien, finalmente, acaba de ver rebasado el límite de su paciencia y, sin apartar la mirada del libro manoseado que tiene en el regazo, le espeta así a su mujer: “yo no pienso ir, estaría bueno. Habíamos quedado en que esta semana la basura te tocaba bajarla a ti”.

 

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