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MACBETH EN LAS MURALLAS

 

PENSAR EN VERSO

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxAprender a pensar
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxen renglones contados.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxJ. G. de Biedma, El juego de hacer versos

Algunos aún se asombran de que haya
personas que divaguen sobre el mundo
y sus formas tangibles o intangibles
—realidades o simples pensamientos—,

de que cosas sencillas como el agua,
la luz o las distancias, den lugar
a poemas o largas reflexiones
donde mezcladas viven con nosotros.

Con lo fácil que nos resultaría
seguir el curso que dibujo el mundo
sin desviar la vista o detenerla
en algún recoveco del camino…

Pero hablamos, vivimos, nos movemos,
amamos y después nos gusta ir
buscando explicaciones, recordando
dónde estábamos antes de llegar.

Se asombran. Les parece que perdemos
el tiempo convirtiendo en un obstáculo
para el hoy el ayer. Y les parece
un ejercicio inútil la costumbre

de pararse a pensar sobre lo sido,
cuanto más el buscarles acomodo
—retorciendo el lenguaje— a todas esas
reflexiones en versos que detestan

o dicen no entender, porque les quitan
la razón, desdibujan esos nítidos
perfiles de las cosas y los seres,
les colocan —desnudos de certeza—

delante el engaño, y sienten frío
al tener que salir de su seguro
refugio de inocencia. Entonces dicen
la vida hay que vivirla y los poetas

sólo piensan en verso sobre ella…
Habría que ir pensando en arrancarles
los ojos y arrojarles en medio del
océano, para que no molesten.

 

 

 

 

LA VIDA DEL PINTOR

Está toda su vida por el suelo
desparramada, están sus muebles rotos,
sus dibujos, sus libros, colecciones
de láminas de arte —las que ofrecen
a modo de reclamo los periódicos—,
todo eso que fue probablemente
tan querido por él metido en esas
enormes bolsas de basura yace
en la calle, a merced de los viandantes.
Hay frascos de cristal de diferente
tamaño y formas, lámparas, enchufes,
productos de pintura, portafolios
sin nada en su interior… Y sobre todo
vida roto y ausente ya, quebrada
como algunas figuras del curioso
ajedrez medieval que a buen seguro
reunió también de algún diario. Algunos
magrebíes rebuscan cuanto pueda
serles útil, un grupo de señoras
que parecen haberle conocido
se llevan algún libro, algún boceto
de su mano, «como recuerdo», dicen.

Y todo ante la incómoda mirada,
de sus hijos, que intentan evitar
el vergonzoso expolio que han causado,
pidiéndoles que cojan lo que quieran
pero que por favor no dejen todo
aún más esparcido, que no rompan
las cajas y las bolsas de basura
en que han ido bajando hasta la calle
todo aquello… Sin éxito. Apenas
una mujer se vuelve, les pregunta
cuándo, cómo ha ocurrido, mientras sigue
buscando entre los libros y las láminas
sin esperar respuesta, y ellos tratan
de meter otra vez todo en las bolsas.

Yo he intentado reunir las figurillas
de ajedrez medieval pintado a mano
y una curiosa biblia de la Watch Tower
Bible and Tract Society of Pennsylvania
vertida del inglés —muy diferente,
me parece, de la de Casiodoro
de Reina— y me he sentado en un pequeño
jardín para anotar esta somera
descripción del expolio del que he sido
partícipe también, espectador
y actor, tan miserable como el resto
de los que allí se untaban, impasibles,
las manos con el barro de la muerte.

 

 

 

 

UN POISON TUTELAIRE

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx(S. Mallarmé, Le tombeau de Charles Baudelaire)

Qué quieren que les diga, no parece
que éste sea el lugar para que tontos
del culo vengan a escribir soflamas
incendiarias sobre lo que se hace
o se deja de hacer en la poesía
actual… Porque siempre estuvo clara
mi opinión al respecto: Baudelaire
ya escribió esa fiebre de mirarse
vivir y ver tan sólo lo que pasa
alrededor, o sea del vacío de la propia
identidad. Lo dijo con palabras
más cargadas de ritmo y de sentido
y de abismos y fuerza y de nostalgias
absurdas y precisas y tremendos
nubarrones de asco hacia sí mismo
y de piedad también, sí, de infinita
piedad de su figura miserable,
su siglo desquiciado y de los pobres
humanos tan absurdos que veía
claudicar ante el reto de la sangre.
No es el lugar ni el tiempo de contarles
lo que ya deberían haber leído,
lo que ya deberían haber vivido
ni que dejen de usar ese lenguaje
tan pomposo y vacío para hablarnos
de infiernos que seguro desconocen,
por mucho que se empeñen en llenar
con ira de fogueo sus bitácoras.

 

 

 

 

Y POR FAVOR NO LEAN A VALLEJO

Sigan dándole vueltas al oscuro
misterio de los astros, al tranquilo
discurrir —tan terriblemente ajeno—
de las horas, al lento sucederse
de los años sobre las estaciones
cada vez más iguales y propensas
a extraños cataclismos; sigan dándole
vueltas y buscando en ese gesto
displicente y cansado con que el mundo
nos mira, hormigas crédulas, cigarras
engreídas que nada ven u oyen
de lo que se nos viene encima, aquéllas
afanadas colmando sus estrechos
hormigueros para el invierno y éstas
absortas en su cháchara ruidosa,
disfrutando el calor de un sol con fecha
—no por lejana menos inquietante,
segura y cierta— de caducidad.

Sigan, sigan quitándose de en medio
los obstáculos para su insaciable
afán de construir, de perforar
de organizarlo todo a su manera
para un futuro estable. Del presente
no vayan a acordarse ahora, sólo
supondría un obstáculo y tendrían
que quitarlo también de en medio, igual
que las selvas inmensas donde apenas
algunos centenares de salvajes
—recelosos y sin civilizar—
se empeñan en seguir siendo el estorbo
mayor a su tarea.
xxxxxxxxxxxxxxxxxNo claudiquen
—les suplico— en su empeño, aunque falten
todavía unos cuatro mil millones
de años hasta que ese mismo sol
que sigue iluminando sus hazañas,
se convierta en estrella roja y borre,
abrase con su fuego, engulla toda
huella de este planeta. Mucho tiempo,
¿verdad? Por eso —insisto— sigan dándole
forma a ese inefable paraíso,
confiados en el agradecimiento
de las generaciones venideras.

No hagan caso de nuestra pobre cháchara
desencantada, sigan adelante
y, por favor, no lean a Vallejo
ni a Szymborska, ni a Milosz, ni a ninguno
de sus torpes, inútiles congéneres:
ya se irán —como las cigarras— cuando
no quede ningún árbol desde donde
parlotear en contra del progreso.

 

 

 

Paniagua, Ángel. Debajo de los días. Murcia; Ed. Raspabook, 2018.

 

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