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Posts Tagged ‘las arenas de libia’

DE AMICITIA

septiembre 10, 2020 Deja un comentario

 

DE AMICITIA, I

Ya no tengo amigos, los perdí, o les engañé o me engañaron
y los eché de mis días que quedaron vacíos como estrellas en el cielo;
y poco me apena estar solo en las barras de los bares, leyendo
los periódicos y mirando esos corros de adultos que hablan y ríen.

Fundamentalmente era falsa la amistad en cuanto a los altos cometidos
que se le suponen. Frente al amor, que éste sí lo tengo, la amistad
es cosa de hipócritas, de ociosos, de gente vulgar a quien gusta la retórica
y las histriónicas emociones, la gravedad fatua y el alarde febril.

Si no me crees, pon a prueba a tus amigos, que den la vida por ti,
dala tú por ellos sin pensarlo un instante, sin que asome en tus ojos
la mínima duda de que todo no sea una farsa y que tu amigo
es, finalmente, la cosa más odiosa de la creación.

La amistad es asunto de las clases medias, de obreros, de destinos
fáciles, de opiniones comunadas por el miedo, también de escritores
y artistas, de monarcas y del engañoso arte de pasar por el mundo
ayudado del codo ajeno cerrando los ojos a nuestra privada naturaleza.

El amor, en cambio, el sucio amor de los cómplices que se besan
y desnudos sufren en la alcoba, ése es de naturaleza divina y ese sí lo tengo.

 

 

 

 

DE AMICITIA, II

Y, sin embargo, de qué sirve la vida si no vienen los amigos a casa.
Y de qué sirven ellos si, desde la ingrata verdad, jamás llegas a su fondo, a su centro
y es penosa esa dura hipocresía del trato cortés y de la convenida amabilidad.
Está bien que te llamen de vez en cuando, en alegrías o infortunios.
Explicarte reconforta, ayuda la quimera de que quizá algún aprecio despierte
tu suerte por la vida, o las risas al unísono en una noche de fiesta.

Risas destruidas, que van camino del cementerio en la noche estrellada.

 

 

 

Vilas, Manuel. Las arenas de Libia. Madrid; Ed. Huerga & Fierro, 1998.

 

LAS ARENAS DE LIBIA

septiembre 8, 2020 Deja un comentario

 

DESDÉN DEL CIELO

Fue el tiempo mejor de mi vida, y tal vez las mejores
palabras, pues éstas venían del primer deslumbramiento.
Al recobrarlas, recobro a un hombre
cuyo conocimiento y cuya fuerte ilusión sí valió la pena.

Que luego vinieran las sombras
no excusa para que el recuerdo permanezca
intonso, inocente, inalterable,
para que la vida allí reunida,
como ese viaje a París de cuatro noches,
fuera jubilosa y eterna.

Que ya me gustaría a mí
no haber madurado, no haber vivido.
Y quedar como el adolescente,
aniñado y consentido,
de París y su elegía.

 

 

 

 

LA CLASE DE LENGUA

Abatimiento en mitad de una clase de adolescentes.
Quisiera estar en otro lugar, pero en dónde.
Rico y célebre en largos viajes por el mundo.
Tampoco ellos cumplirán sus ilusiones.
Salta a la vista: sin talento, sin inteligencia,
sin familia con posibles, sin belleza,
sórdida clase media-baja de la democracia
a quienes han prometido una educación intrascendente.
Enséñales, al menos, a querer la vida
con fuerza, con justicia, con dignidad,
con las palabras duras que a solas tú aprendiste.
Ayúdales a imaginar la ruina nada discreta
en que acabarán convertidos.
Los tristes negocios de su vida ya son un escándalo.
Diles que sólo la verdad con las palabras justas
defiende de la verdad abandonada a su sombra.

 

 

 

 

OTRA CANCIÓN DESESPERADA

Siento una vaga sed y estoy triste.
El invierno está acabando, da sus últimas batallas
entre las nubes y los mares, y deja los postreros
fríos en las altas montañas, lejanas, sombrías.

Las camas tocadas por el invierno son las del amor.
Así lo fueron para mí, y me acuerdo tanto de ella,
de cómo brillaban sus palabras y lo dulce que era.

Una mujer dulce, del invierno en mi invierno aparecida.
Como si Dios quisiera reír de mí un poco más,
viéndome feliz haciendo las maletas, planeando
románticos viajes a su lado, recogiendo su ropa
interior con delectación de cuarentón
cuyas plegarias han sido oídas en el último momento.

Siento una vaga sed y estoy triste:
Así la sonrisa de ella —la cuenta del hotel
le pareció muy cara—, y nos fuimos,
y yo estuve pensando en su cuerpo todo el viaje.

¿Se puede pensar en un cuerpo como si éste
fuera un laberinto, un problema de incompleta resolución,
una endiablada álgebra, un acertijo inmortal, inmoral?

Los perfumes, sus ropas, sus palabras, sus labios,
su huida, su verdad, su misterio, las heridas
de su corazón juntándose con las mías, su vida
entera, la vida que me enseñó y la que adiviné,
muy enamorado estuve, y casi me muero.

¿Con quién estará ahora? ¿A quién amará?
Adonde ella esté habrá alta vida, dura y salvaje,
futuro, riesgo, enigma, pasión precisada, expuesta.
Adonde ella esté, mejor yo ya no voy,
ya no podría.

Siento una vaga sed y estoy triste.

 

 

 

 

VEINTIDÓS DE FEBRERO: PENSAMIENTOS PARTICULARES
xxxEN EL ANIVERSARIO DE LA RUPTURA ENTRE KAFKA 
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxY FELICE BAUER

xxxxxI

La desértica iluminación, el corazón de una mujer,
el ultraje de almas, el mal, sus súbditos, célebres destinos,
consumados y lóbregos y torrenciales amantes,
ni una sola noche me acuesto sin rezarles,
sin abrazar esas figuras defenestradas de los altos limbos
de la vida lejos de Dios, de la vida regalada con liberales racimos.

Nada sacia, nada. Nada es bastante.
Mas no por ello desechemos los placeres convencionales:
un sexo tórrido y velludo, con ese sabor agonizante,
una comida al lado del mar, un baño en el lago de la sierra.

 

 

xxxxxII

He vivido media vida al cuidado de extraordinarias drogas,
en vitales y cultas alienaciones, estudiando, viajando, leyendo,
y ahora no sé cómo hacerme viejo sin terror, sin externos dramas
inútiles e ineficientes,
aceptándome; no sé cómo sobrevivir de aquí hacia adelante.
xxxEl viernes voy al cine,
el sábado me cito con desconocidos. El lunes trabajo,
el domingo no le doy gracias a Dios: qué habría de agradecerle.
xxxAsí es mi vida,
pero, aunque dura y sin interés, no concibo otra mejor y  que me sacie:
de allí el envenenado, portentoso mal que me vence a todas horas.
No creas que tu existencia, insensato vanidoso, es mejor que la mía.
Y de eso se trata, de contarnos la vida con las luces de la muerte.

 

 

xxxxxIII

El amor a las mujeres, a las más insatisfechas, obviamente.
Pero estas te cambian por su padre, que es el único
hombre de su vida, y llevan razón,y se hacen viejas
y se afean por las mañanas como el resto
y buscan lo que un hombre: fama, dinero, y vida eterna.
Pues lo peor de las mujeres es que son como los hombres.
Poco cambian de cintura para arriba, la misma final descortesía,
el malhumor longevo y bárbaro, y también se mueren.
El amor a un perro, que calla y camina.
Imagen de una inocencia que otro Dios alienta,
pero no encuentras tiempo para pedir un milagro.
El amor a un hábito, a una rutina ruinosa y cómica,
el amor a uno mismo, sin demasiada fascinación.
El amor a ellas, de cintura para abajo.
El odio a todo ser que aún siga vivo, tras la juventud.
El odio a uno mismo ofrece más respeto y dignidad.
Amor y odio a uno mismo, ilustres proyectos desbaratados.

 

 

 

 

CONFESIONES

Melancolía de la mitad del célebre camino
de la vida: «lo que no hagas ahora ya nunca
lo harás».
xxxMas ya nada quiero hacer,
sino mirar la decrépita luz de mis pensamientos
y recordar algunos días,
algunas noches de inmerecida ruina,
de inminente olvido.
Nada trajeron los años, frente a lo que pensé.
Las amantes fundaron familias,
—no goza la familia de buena prensa
en las vidas que me gustan—,
inhóspito el corazón, ya no conozco
a nadie.
xxxAtroz se me antoja la vida última
que no tengo, el tiempo, las tardes muertas,
los recuerdos que ya no recuerdo y bien quisiera
para salvarles con diestra inteligencia,
el cuerpo de la nueva mujer con que me acuesto,
y el mustio advenimiento de la infernal soberbia
de querer en un papel grabar las confesiones
no pedidas; mas toda confesión fue género
de ricos, de burgueses dadivosos y aburridos.

Dejé de creer en Dios, y cómo me alegro.
En los hombres, en el amor, en el trabajo,
en todo cuanto supusiera un horizonte claro.
La vida es un arsenal de creencias derrotadas,
y debo haberme vuelto egoísta, y un materialista.

Y aún me seduce, en las noches del lujoso verano,
buscar alguna pasión inconfesable que me haga sentir
el héroe de novela antigua del que por escrito
hago pública renuncia y amojamado vituperio,
sin que éste empañe la lujuria de Dimitri Karamázov.

Al mundo poco le conocí aunque para él
me preparaba leyendo los libros donde dijeron
que él estaba de forma impredeciblemente hermosa.
Una aspirina a la noche con un whisky sin agua,
mirar una eternidad por la ventana,
el descargado e inútil revólver, una antigualla
del año treinta, recuerdo de familia, en la fría mano,
y llorar bajo la quieta oscuridad esta ruina tan adusta.

Me quedó inédita la gloria. Es pena aborrecible.
En alguna vida futura, en fervorosa reencarnación,
exigiré tal conocimiento que no viví a mi pesar sediento.
Mas la gloria en el futuro, según va la democracia,
será a lo mejor calderilla del siglo romántico y vanguardista.

Adiós, adiós a la vida, como dice la letra,
mas no me resigno, algo en mí, restos, poderosos
restos de juventud,me impelen a esconder
el pasado, y salir a la calle a buscar
la santa felicidad, si bien no dure la búsqueda
ni la mitad del tiempo que perdí soñándola desnudo.

 

 

 

 

LAS ANTORCHAS

xxxxxI

Unos pocos en la historia contra los dogmas arcaicos
levantaron sus divinos pensamientos; no podían vivir bajo la férula
voraz de la ignorancia que limita el paraíso de la vida;
pero existe el vulgo, no es retórica quien alimenta su existencia,
existen las gentes grises y las hogueras adonde quemar el pensamiento,
y la carne humana que es más real que el pensamiento y arde mejor,
viéndose su humo en los lejanos pueblos y oliendo hasta los perros
el olor de las brasas y el polvo del alma, su crujir sarnoso, grasiento.

Ningún hombre merece vivir más que aquél a quien privan
de la vida la oscuridad, las ratas masivas de sus semejantes, la ley,
la luz, la justicia, camino del calvario, del patíbulo, puesto su nombre
en boca del populacho adoctrinado en las pocilgas de los reyes.

La ley, la justicia, el bien, el estado, la sociedad, tú mismo,
la risa y el escarnio del que nada hizo sino pensar la otra luz
que en sus ojos los días y la vida ponían caprichosos.

Y el silencio de los temerosos, de los asustados, todo ese vulgo
que miraba a Servet arder como un espantapájaros en el laberinto de su vanidad.

 

 

xxxxxII

Tarde, muy tarde, acabada ya la juventud, la vida va dando esa verdad
de que hablo, esa configuración de la monstruosa normalidad
de la que huye Darío y hace bien y es justo, huir del silencio,
de ese correr como los otros, esa gente hosca y atea
que no entenderá nunca por qué hiciste, escribiste,
te manifestaste si no tenías nada que ganar.
Nada que ganar, y qué han ganado ellos. Y qué se gana aquí,
en este triste horizonte de cipreses, sino toda la impaciencia y toda la amargura.
Mala suerte, pésima, ¿pero no es inherente a la maquinación,
a la libre espera, a la confirmación de que por tu mano elegiste tu destino?

(Aborrece, quien seas, el suplicio que padecieron aquellos
que la legítima sospecha de que la autoridad era un vicio y un arte de ignorantes
declararon en el juicio de los mundos, bajo la lluvia de preceptos humanos).

 

 

 

 

EL TEATRO

Cómo me acuerdo de todos aquellos días en que aún era inocente:
antes de salir a escena, esos grandes instantes de premonición y de deseo.
El lamento por el papel que finalmente nos toca en el sorteo de nada sirve.
Personaje secundario en una comedia de enredo, una obra corta,
representada por aficionados; o en una revista, donde medio emplumados
al lado de la corista decimos una frase frívola en tanto nos castañean
los postizos dientes; o quizá de sementales en un espectáculo de pornografía
anticuada, con una verga oscura y alargada entrando en otro cuerpo
mientras cuatro espectadores ebrios acaban sus brebajes, ríen y fuman
en una discoteca de pueblo, con cuarentones empalmados,
con ratas en los váteres, con las ruedas pinchadas del coche en que vinimos.

 

 

 

 

LOS VIAJES

Ya no viajo, ya no quiero saber aquellas suntuosas estancias
en míticas ciudades en donde supuse sería feliz, único, grande, espléndido.
Ahora se me ve por los pueblos de Aragón, andando por caminos de cabreros,
triste y harapiento, hosco y antiguo, garrulo de manos ásperas y negras
que saluda a los pastores, orina bajo las encinas y se masturba,
con la cara golosa del ayunado, del lelo o del chiflado,
en la noche estrellada, bajo los besos del aire y los rasguños de la luna.
De las arenas de Libia me acuerdo, pero dónde están.

 

 

 

 

FORD FIESTA L

Bajo unos pinos, en el parque de diciembre,
con los cristales empañados, con esa presencia
incómoda del cambio de marchas y del freno de mano,
después de convencerla de que, medio desvestida,
ansiosa, sin el sujetador, se tumbara en el asiento de atrás,
comienza una faena a oscuras, irrespirable el ambiente
de cigarrillos, de frío, de música de John Lennon.

 

 

 

 

DARÍO

¿De qué es ejemplo Darío? ¿De belleza contrariada,
de ejecución de la carne en medio de placeres haraganes?
Hay en sus palabras el delirio infantil de la nochevieja,
la ebriedad del caballero que pierde los papeles y blasfema,
el griterío de los golfos, la parisién cordura de las formas,
hay un hotel con la espada del Cid en la habitación del americano,
hay demasiados dioses para que alguno escuche
y una fúnebre colección de carbunclos, joyas, postrimerías.

Hay, por fin, ese miedo de los fuertes, de los que vivieron
cada día con la ruin sorpresa de que el paraíso es mentira,
de que el cielo es plegaria, de que la oración una cobardía,
de que la resurrección de la carne una errante mitología.

Desde que te fuiste París es una tumba.

 

 

 

 

CATULO

Tu fama de majara, tu fama de cura, tu fama de egocéntrico,
tu fama de que no te quiere nadie, tu fama de escritor de pueblo,
tu fama de perdedor, tu fama, tus vicios, tus poemas
donde dijiste que la culpa es de los otros, y dijeron que no,
que la culpa era sólo tuya. Y qué, si yo me marcho a Nueva York
mañana, si me he cambiado el corte de pelo, llevo gafas,
he perdido siete kilos, me voy con una puta de cien billetes,
hermosa, dura, grande, envidia de quienes atacan mi impudicia,
y cuando regrese, ya veré cómo resuelvo el asunto de mi fama.

 

 

 

 

EL JOVEN Y LA MUERTE

Delicada es la mano de la muerte. Su misterio invita al vivo
a devorar los días, las formas claras que en la tierra prosperan.
Mas aun así es inútil y esa belleza no querida nos espera.

No querer morir, no conformarse con el destino del que gozan
los ya idos, es más hermoso que la viciosa resignación.
En la noche venturosa del gozo y las ciudades, el pacto
con las deidades que han de darnos las gran rareza del inmortal
nos envenena y nos exalta: Dejar la vida para tomar
otra vida humana, mejor, inacabable, llena de mal,
de placeres suntuosos, pérfidos, de egoísmo y hermosura.

 

 

 

 

EN VERUELA

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxde la Naturaleza en nada avara…
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxFrancisco de Medrano

Las alamedas del aire enardecido brillan junto a Veruela.
Rareza inmortal mantiene alegres a los pájaros en el nublado cielo.
Ciudad del sauce, juvenil hermosura y vieja fe que ya no vuelve,
seto de abandonadas lágrimas, canción de prometidas rosas.

¿Quién como tú, desde niño, cultivó la muerte y el silencio?
Caballos de la noche, llevadme al pasado del pasado,
bajo esa zarza que brilla sobre el hielo vespertino de Veruela.

Naranjos floridos en mitad de la nieve, así el amor.
Lloran desde las torres injustas y dramáticas los muchachos.
Domingo nocturno en que aquí alcancé ningún secreto
sino la soledad de amar al hombre que en mí hubo.

Desnudo en los actos de amor, en el acto del descubrimiento,
y se llenaba la noche de intensa zozobra, de gozo al fin logrado.
No era fingida la saciedad, sí abrasadora y llena de humo su mano.

Flores esparcidas en el dormitorio han sido las miradas del amor.
Dama desenterrada, hondo árbol de la lengua, abominable entrada
en el bosque armado de la luz y la espuma, hierro en los labios,
el hacha del verdugo, las alabanzas, el disco negro de los besos.

Si creímos, moriremos; si dudamos, moriremos; si amamos, moriremos.
Gozosos van los gladiadores, con andrajos vestidos, a morir inocentes.
Bestias, hombres, flores, relámpagos, qué más da, vida o sueño,
terror o escándalo, a la deriva del tiempo, lento veneno que yo bebí.

Como quien suscita memoria de la muerte en día de celebración.
Como quien ha huido de su humanidad, y es la lluvia del invierno
quien sale a recibirle en un viejo monasterio ya cerrado para siempre.

 

 

 

Vilas, Manuel. Las arenas de Libia. Madrid; Ed. Huerga & Fierro, 1998.

 

EL ESTILO DE NUESTRO TIEMPO

 

EL ESTILO DE NUESTRO TIEMPO

No creáis que el hombre que de su vida habla con cruel acento,
áspera palabra y enemigo gesto de sí mismo es un indeseable.
Este hombre, conocido luego, resulta adorable, simpático, generoso.
No diré entrañable, porque le repelen los títulos del populacho.
Son paradojas del estilo de nuestro tiempo, enigmas de la infelicidad
de los que no cabe asustarse sino leerlos con acerada sonrisa.

Dejad que acaricie a vuestros hijos aunque sus libros sean
los de un ingrato, un viejo inmaduro que ultraja lo sagrado de la vida.
No dejéis de nombrarle hijo predilecto de la villa en que nació:
acudirá al acto, comerá con la mujer del alcalde y dirá amables palabras.

Años lleva este hombre en un cuarto sin luz, en una gran ciudad.
Entiende pocas cosas, no es feliz, y como un perro faldero
acepta la caricia de cualquiera, pero Dios, que creó su corazón
en noche desgraciada, le conduce, por mor de las palabras,
al acto sublime de juzgar las cosas y condenarlas en solitaria guerra.

 

 

 

Vilas, Manuel. Las arenas de Libia. Madrid; Ed. Huerga y Fierro, 1998.

 

TATUAJE

 

TATUAJE

Cuando después de muchos años, por un azar
ingrato, en alguna caja antigua de ti ya olvidada,
te encuentras aquellas fotografías de los años perdidos,
donde aún eras joven y sonreías ilusionado
no sé muy bien por qué o ya no lo recuerdo
(lo que es, sin duda, peor), y comienzas
a pensar que es sórdida y miserable
la experiencia del tiempo como pocas en la vida:
una humillación más, la última que faltaba,
no menos triste y violenta
que las que aún no has olvidado,
seguro que otro crimen sin venganza.
Allí estás en esas fotografías con tipos lamentables,
—darías lo que fuera, tu mano derecha por ejemplo,
por no haberlos encontrado en tu camino—,
con fulanas imposibles, amigas de poetas
que nunca lo fueron, licenciadas en letras,
alguna de las cuales acabó en tu cama.
Todo para mayor escarnio de tu memoria,
porque eso no lo aclara el pie de la fotografía
pero va contigo, allá en tu carne. Desolación
de lo que fui, qué estúpido es el tiempo
y qué inconsistencia, comicidad, burla y agravio
hay en su transcurso, en eso que los metafísicos
llaman, estirados, «el paso del tiempo»,
algo que tú ya no vas a cantar
por la mala vida que has llevado
y por la que aún te queda por llevar.

 

 

 

Vilas, Manuel. Las arenas de Libia. Madrid; Ed. Huerga y Fierro, 1998.

 

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