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CONFESIONES DE UNA MANO ZURDA

febrero 18, 2013 4 comentarios

Confesiones de una mano zurda

 

LA MODELO Y EL PINTOR

I

Un pintor ciego retrata
a una muchacha desnuda.
Duda. Pinta. Otra vez duda.
Da otra pincelada. Trata
de serle fiel. No se ata
al clásico claroscuro.
Se siente fuerte, seguro.
La modelo es la primera
vez que posa. Quinceañera.
Rostro infantil. Cuerpo duro.

 

II

La modelo teme ser
pasto de la eternidad.
Desnuda, en la claridad
teme desaparecer.
La modelo teme ver
su cuerpo (óleo sobre tela).
Llora. Teme que le duela
la versión que haga el pintor.
El llanto altera el color,
cambia el cuerpo que modela.

 

III

El pintor no ve, no sabe
del llanto de la modelo.
Ya sobre la tela hay pelo,
ojos, cejas, gesto grave.
El pintor quizás acabe
cinco o seis horas después.
El pintor ha estado un mes
soñando con retratarla,
deseando eternizarla,
sufriendo su indesnudez.

 

IV

La modelo odia al pintor,
pero el pintor no, la ama.
Lienzo, ceguera, amalgama,
negrura, aguarrás, color.
Entre los dos, odio/amor.
Entre los dos, cara /cruz.
Se miran a contraluz.
Se soportan con esfuerzo.
Saben que son el anverso
y el reverso de la Luz.

 

 

 

DÉCIMAS UNDERGROUND

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxPara Yoss

Cine Yara. Medianoche.
Huele a cannabis La Habana.
Es larga la caravana
de lycras, largo el derroche
de tatuajes… (No hay anoche
ni mañana, sino ahora).
La vista de una Señora
se estrella contra la espalda
de un ángel púber, su falda
tan escandalizadora…

Esto es 23 y L.
Luces de neón. Mulatas
de cinturas tan baratas
que no alcanzarlas nos duele.
Un metro cuadrado huele
a fresa y otro a María.
La Rampa está todavía
leporina y charlatana,
machista pero lesbiana,
dandy pero policía.
El M-6 alborota
las lozas que ilustró Amelia.
David sale de Coppelia
desnudo y nadie lo nota.
Un extranjero rebota
sobre una grupa nocturna
y le gusta, se embadurna
de esa negritud cutánea:
mixtura mediterránea,
plebiscito ante esta Urna
cuidada por Afrodita
y Safo y Anaïs Nin
y Ochún, Changó, el Yan y el Ying…
Ahora el extranjero invita
a un trago en El Floridita
sobándose los bolsillos.
(Siguen pasando pitillos).
Grunge, heavy, reggae, rap, pop.
Semáforo en rojo. Stop.
Bicitaxis y “amarillos”.

Marilyn Manson y el Che
en dos pulóveres blancos.
Tres gays riendo en los bancos
que hay en 23 y P.
Más bicitaxis (Revé
saltando de sus bocinas).
Travestis en las esquinas,
y gigolós y emigrantes
y yumas… (y vigilantes
esperando sus propinas).

Todos los taxis van llenos.
“¿Y a la Casa del Coctel?”
“¿Y al Club Scheherezada?” “¿Y el
bar Periquitón?”. ¡Qué ajenos
están estos chicos buenos
de la cruda realidad!
Está toda la ciudad
tomada por rastafaris
y Gildas y Mata Haris
y Drag Queens. Hay cantidad
de Bob Marley con sus trenzas
de dreadlocks -contemplativos-,
hay frikis interactivos,
y punks de crestas inmensas
y huele mal (las despensas
y sótanos de La Habana
son campos de marihuana),
huele a semen disecado,
huele a crack adulterado,
huele a sexo en caravana.

No hay muro del Malecón
ni Parque Central, ni taxis…
Sólo lúbrica sintaxis,
tibia yuxtaposición
de pieles. Las calles son
pósteres horizontales.
Las mujeres animales
a punto de desovar.
Los hombres plantas de mar
con piedras vesiculares.

Todo es alucinación,
magia finisecular.
Dejen, niños, de fumar,
basta ya de beber ron.
¿Tatuajes? ¿Perforación
de orejas, labios, ombligos?
Hoy estrenan Sin testigos.
Hoy viene el pollo de dieta.
Hoy dan Visas por libreta.
Hoy bañan a los mendigos.

No hay Coppelia. No hay Habana.
No hay policías azules.
No hay camellos. No hay baúles
repletos de marihuana.
No está Rodrigo de Triana
gritando “¡Negra a la vista!”
No hay éxtasis en la pista
ni Marilyn Manson canta.
La Habana es la Tierra Santa:
Dios es pobre y comunista.

 

 

Díaz- Pimienta, Alexis. Confesiones de una mano zurda. Las Tunas (Cuba): Ed. Sanlope, 2004.

 

PASAJERO DE TRÁNSITO

febrero 16, 2013 2 comentarios

Pasajero de tránsito

 

LA MUCHACHA DE LOS ASCENSORES

Siempre hay una muchacha
que llega al ascensor en el último instante
para que alguien, gentil, detenga con la mano
la puerta automática.
En Madrid, en Bogotá, en La Habana,
en un hostal de Órgiva o en un hotel de Medellín.
Siempre hay una muchacha, y es la misma.
Lo he descubierto casualmente.
Le he dicho: –Ya te esperaba, entra.
Y ella, con disciplina de muchacha atrasada,
se ha acomodado al fondo, donde siempre.
Todos la miran de soslayo, pero luego la olvidan.
Ella nos mira a todos con familiaridad,
con la certeza de hallarnos en el próximo ascensor,
dentro de poco.
Le he dicho: –Ya te esperaba, entra.
Pero ella sabe que la he esperado en todas las ciudades
y que esta escena se repetirá hasta el último edificio.
En Cartagena del Caribe y en Cartagena del Mediterráneo,
en México, en Milán, en La Habana de nuevo.
Sonríe y no me mira.
Ha descubierto que también soy el mismo:
el oportuno dueño de la mano que detiene la puerta.
Sonríe y no me mira. Así está bien.
Si se distrae, puede ocurrir que llegue
antes de tiempo, al próximo ascensor,
en cualquier parte.

 

 

 

EN LA PISCINA DEL HOTEL SEVILLA

Esa muchacha de la piel oscura,
la que besa y abraza al europeo,
la de las trenzas falsas, la que apura
una cerveza Hatuey, la del seseo

impostado en su argot de tierra dura,
de barrio bajo, de hábil cubaneo;
esa muchacha, la de la cintura
como un violín tensado de deseo;

esa muchacha con la noche puesta
a lo largo del cuerpo, la que acuesta
toda su sombra sobre el sol de Europa;

esa muchacha ignora que yo existo,
que le escribo un poema, y que la visto
con versos, mientras él quita su ropa.

 

 

 

EL POETA FRUSTRADO

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxY alguna vez condecorarán al poeta
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxpor usar palabras como fuego.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxJuan Gelman

A veces quisiera ser un poeta social,
de esos que esriben versos duros como panes viejos,
versos obscenos,
xxxxxxxxxxxxgordos,
xxxxxxxxxxxxxxxasfixiantes.

A veces quisiera ser Juan Gelman,
poner la palabra “fuego” en una estrofa,
escribir un verso largo como el silbido de una bala.

Pero estoy en un parque,
esperándote,
llegas de pronto,
con tu saya cortísima,
y el viento abre todas las cárceles.

 

 

Díaz-Pimienta, Alexis. Pasajero de tránsito. Las Palmas de Gran Canaria: Ediciones Excmo. Ayto. de Las Palmas de Gran Canaria, 1997.

 

EN ALMERÍA CASI NUNCA LLUEVE

febrero 15, 2013 2 comentarios

En Almería casi nunca llueve

 

TODO

Si un hombre a los cincuenta años
se enamora de una adolescente,
su pasión confirma la teoría de Einstein,
la filosofía de Kant, la angustia de Shopenhauer,
el teatro de Shakespeare, los zapatos de Chaplin,
y la inocuidad de las puestas de sol.

Si una muchacha en plena adolescencia
se enamora de un hombre de cincuenta años,
su pasión confirma la teoría de Einstein,
la filosofía de Kant, la angustia de Shopenhauer,
el teatro de Shakespeare, los zapatos de Chaplin,
y la inocuidad de los amaneceres.

Si se besan y caminan del brazo por La Habana,
ya lo habían advertido Einstein, Kant,
Shopenhauer, Shakespeare, Chaplin;
si se desnudan en un cuarto de hotel y son felices,
tenían razón los que han llorado en los crepúsculos.

Si, en fin, se aman, todas las otras parejas existentes
(matrimonios legales y metálicos, amantes hotelómanos,
novios castos o impúdicos, simples enamorados,
pretendientes de todos los tiempos y lugares)
han sido y son simple coincidencia,
literalmente, s-i-m-p-l-e c-o-i-n-c-i-d-e-n-c-i-a.

 

 

 

EL OLOR DE LOS ÁRBOLES

Los árboles tienen un olor parecido al olor de tus senos,
un olor entre azul y amarillo,
un tenue olor a sábado con lluvia,
a cine mudo con música de pájaros.

Los árboles tienen un olor parecido al olor de tus manos,
un olor entre blanco y violeta,
un tenue olor a poemas nocturnos,
a balcón hacia el mar,
a miradas de escándalo.

Los árboles tienen un olor parecido al olor de tu vientre,
un olor entre verde y saliva,
un vivo olor a sábanas y copas,
a sopas tibias y marea revuelta.

Los árboles tienen un olor parecido al olor de tus piernas,
un olor entre negro y cansancio,
un olor cursi, casi barítono,
casi palabra escatológica.

Los árboles tienen un olor parecido al olor de tus muslos,
un olor de colores imprecisos,
un olor triste y cándido.

Los árboles tienen un olor parecido al olor de tu sexo,
pero no tanto.

 

 

 

POEMA COLOQUIAL SIN MOTIVO APARENTE

Este documental de La Habana a principios de siglo,
con sus tranvías, con su gente apurada caminando hacia mí;
esas escenas en blanco y negro como la misma vida,
los anuncios lumínicos, los sombreros,
las insólitas faldas de las señoritas;
este documental donde yo no aparezco todavía
pero la lógica indica que pasaré por esa esquina exacta,
que tomaré el tranvía hacia los ojos de otra gente;
esos recodos de la ciudad donde el tendido eléctrico
está lleno de pájaros,
y las columnas cubiertas de propaganda electoral,
y los balcones de las casas con niños
que peligran en los barandales;
este documental donde un desconocido mira hacia la cámara
sin saber que seguirá mirándome tantos años después;
este documental que no ganará premios
ni resiste el más leve comentario crítico,
que nadie viene a ver a este cine olvidado
de un pueblo de campo;
que la proyeccionista accedió a proyectarlo con fastidio;
este documental triste y silente,
me ha recordado, no sé por qué, los ojos de Natalia.

 

 

Díaz-Pimienta, Alexis. En Almería casi nunca llueve. Sevilla: Qüásyeditorial, 1996.

 

EL BELVEDERE

noviembre 19, 2012 Deja un comentario

 

EPITAFIO DEL ATEO

Buscando a un dios incólume al que exigir sentido
para ofrecerlo miedo, adelanté paisajes
vaciando mi memoria cada noche.
Al cabo no encontré más que intemperie.
De mí tan sólo queda el miedo antiguo
que heredé de mis padres y que a mis hijos lego.
Caminante que fijas tu atención en mi lápida:
adelanta paisajes, vacía tu memoria cada noche
pero no pidas sentido a ningún dios.

 

 

EPITAFIO DEL SUICIDA

Todo suicidio es un crimen pasional.
El suicida se sacrifica siempre
por un amor no correspondido:
el que siente por alguien –por sí mismo–
que no siente por él
más que absoluta indiferencia.

 

 

LA CERTIDUMBRE

No es fácil aceptar que cuanto existe nos celebra:
sólo quienes no saben otra cosa, lo saben de verdad.
Si buscas en el fondo de la dicha encontrarás
la inexplicable gratitud que explica
que eres la sede de una gran victoria.

Hay un sabor de infancia en el milagro repetido
de despertar, raya de sol marcando en la pared
la altura de nuestra perplejidad.
Hay un sabor de infancia en el milagro repetido
de deslizarse a las aguas del sueño cada noche,
talco de luna rubricando en el aire de una celda
nuestra inocencia antigua.
Hay instantes así por cuyos huesos
transitan certidumbres colosales
como un vaso de vino o un beso apasionado.
Y todo nos celebra entonces y es el triunfo
sin adjetivos de estar vivos, el de ser espejos
de toda la belleza de este mundo.

 

 

PANIC ATTACK

De pronto la extrañeza se cicatriza en cada
objeto, los esmalta de tiniebla
y el aire de tu habitación se puebla
con la ceniza azul de la mirada

que te arroja un intruso en el espejo.
Te pide que lo sueltes. No le abras.
Forman en tu cerebro las palabras
un pelotón de ejecución. Son viejos

ya todos tus recuerdos como números
de empresas que quebraron hace mucho.
Cierras los ojos, tiemblas: una barca

depositada en un mar calcinado
por el olvido. Un miedo lento encharca
tu pecho y el futuro se pudre en tu pasado.

 

 

PARA QUÉ SIRVE LA LITERATURA

Un hombre me enseñó en La Habana un libro
prohibido, un libro de Cabrera Infante.
En una caja de zapatos lo escondía:
La Habana para un infante difunto, Seix Barral, 1979.
Quiso que lo hojeara.
Resultaba imposible descifrar aquellas líneas,
caravanas de signos grises que ayer fueron palabras.
Las yemas de los dedos de cientos de lectores
habían lentamente ido borrando
la tinta de aquel libro hasta hacerlo ilegible.
Las yemas de unos dedos manchados de literatura perniciosa,
robando a aquellas páginas la vida,
como nos va robando el tiempo la esperanza o el deseo.
Yo le propuse al hombre cambiarle mi ejemplar por aquel libro,
un ejemplar incólume que le envié a La Habana a mi regreso.
Ahora ese ejemplar irá debilitándose de tinta,
las yemas de los dedos de cientos de lectores
trasladarán su prosa a unas manos insomnes.
Aquí en mi estantería el ejemplar que me enseñó ese hombre
liberado por fin de la ceguera de una caja de zapatos
descansa en paz
como un gigante desangrado que donó toda su savia
a una legión clandestina de vampiros.

 

 

BAJO LOS EFECTOS DEL MDMA

Rueda por las fachadas la linterna
policial de la luna y soy feliz.
Sol dormido en mi pecho y por mis venas
avenidas de luz, dragones líquidos
con fauces en las que van triturándose
todos mis sentimientos. Soy feliz.
No sé quién soy. Mi cuerpo es un juguete,
el sol fundido que dormita ciego
en las entrañas de un volcán. No soy.
En la tapicería de los mares
las olas me susurran sus secretos,
las blancas dentaduras de las olas
que al morir en la playa borrarán
huellas fantasmas, sustantivos rotos
de idiomas que perdieron la elocuencia.
Escribo en una lengua fenecida
que no sabe decirme lo que sé,
los buitres del rencor, el ciervo herido
de la culpa, el mensaje que hay grabado
en el capó del viento, los silencios
que en la cornisa de la madrugada
disuelven la verdad que perseguimos.
Tiniebla, acógeme en tu danza de hélices,
hazme salir ileso de la trampa
de envenenados garfios que se amaga
en todas las preguntas que avejentan.
Tiniebla, haz que mis párpados conserven
la rosa de cristal, que el sol dormido
en mi pecho perdure, que en mis venas
las fauces del dragón sigan salvándome,
que el idioma del mar sepa decirme
–las blancas dentaduras de las olas
en las arenas negras de una playa
mi nombre borrarán con su sonrisa–
la verdad perseguida que me salve.

 

 

CANSADO IDIOMA

Escribes árbol pero no consigues
oír el canto de los pájaros en sus ramas
ni el susurro que les arranca el viento.
Escribes agua pero siguen secas tus manos
y agrietada de sed permanece tu garganta.
Escribes sol pero la noche insiste fuera,
lenta tortuga, cuánto tarda
en resbalar al otro lado del horizonte.
Escribes muerte pero sigues sintiendo
en las sienes el compás del corazón,
rumor de tiempo que avanza o que da vueltas.
Para qué escribir más palabras si el idioma
se cansó y ya no sabe suscitar la lluvia
con la palabra lluvia
ni dar calor con la palabra lumbre.

 

 

BONILLA, Juan. El belvedere. Valencia, Ed. Pre-textos, 2002.

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