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LA EXCUSA (y II)

 

En el segundo número de La Excusa tuvieron a bien publicarme mis tres primeros poemas; de hecho, fue genial, porque yo sólo quería publicar uno, pero uno de los encargados de la revista me pidió más y terminó publicando tres. El poema aquel –ya tan antiguo– y que yo quería publicar era este

 

DIVERTIMENTO SACRO

Qué suplicio recordarte
sin tu pregonada eternidad.
Tú, que te hiciste hostia viva,
cuerpo ante mi lengua,
entre mis manos,
bajo mi sexo,
dejándote masticar
sin impedimentos
y sin importarte mi tráquea
o esófago;
a ti, que te recuerdo uva sacra,
vino sobre mis labios,
por mi garganta,
hacia mi estómago,
recorriendo libre
y sin preguntas
mis arterias
o venas.
Y qué absurdo intentar relamer
tus caducas migajas y gotas
esparcidas por el tiempo.

 

Sí, ya sé, las influencias literarias son exageradas, pero esto es lo que hay, así empezó uno…

 

 

 

De todos modos, si hay algo que me gusta recordar -vamos, lo he recitado infinidad de veces en público (sobre todo el comienzo)- de aquel número de La Excusa es el relato que publicó Óscar Tropovski y que lleva por título

 

ÍNTIMAS TORMENTAS EN EL OSCURO CLUB DE JAZZ

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxCaught in that sensual music all neglect
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxMonuments of unageing intellect.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxW.B.Yeats

xxxÓscar llega tarde, como siempre, pero el grupo no ha empezado todavía: maldita suerte la suya, truhán de poca monta, terrorista de tres al cuarto armado con un lápiz Staedler de punta blanda, pues no pretende diseccionar con semejante cetro la piel tostada y sabrosa de las parroquianas de este garito…

xxxSu amada pasa la lengua por las esquinas, todas amazacotadas en un yeso rotundo y cargado de sutiles remembranzas de la infancia. Será salvaje, lamedora incauta y maldita, oh pelo castaño recién lavado oloroso a champú barato, pero qué refrescante, qué fragancia,

xxxy su hermano sólo roe, también lame de vez en cuando, ahora roe con avidez las colillas abandonadas en este rincón ajeno y único del planeta, y venga a roer, y mira con ojos viciosillos a su cuñado

xxxque sigue sentado y a la espera, el grupo aún no empieza, Óscar se repliega sobre sí mismo, observa su ombligo pacientemente con la ayuda de un catalejo que según las lenguas eruditas perteneció a Sir Drake, magnífica torre en miniatura con la que el reputado pirata se ayudaba para masturbar a sus amantes caribeñas, que tesón, oh allende los mares, el viejo verde, y ahora sólo Óscar mira y espera, y pide otro whisky sin agua

xxxy recuerda la frase de un irlandés acerca del whisky y del agua, en una conocida película

xxxpero maldita la gracia que hace a nadie, un chiste tan manido, la gente se repliega, un poetastro borracho y monótono con sus malditas metáforas, y que si qué océano de alcohol y miradas sucias, este bar a estas horas de la noche

xxxdonde apenas entran los rumores de los coches, bestias fáusticas de colmillos cromados y gases de azufre y sal

xxx-Sr. Tropovski, su TERCER whisky.
xxx-¡Anda y que te folle un pez calvo, maldito camarero calvo y bigotudo, verdadero esperpento satánico, mesías de la hueca podredumbre, déjame ya siquiera paladear esta primera nota, pobre sombra del gran Miles

xxxqué sabrán todos, joder, y qué subidón…

xxxpuedo volar, amigos…

xxxPero ya nadie le oye, pues el trompetista reclama las turbias luces y las pasiones vaporosas de los sexos reunidos en torno a su íntima tormenta.

 

LA EXCUSA

Hace un par de semanas les hablaba de una de las revistas de literatura míticas en Murcia, Thader. Pues mientras en Murcia se editaba Thader, en Cartagena -y gracias al Colectivo de Jóvenes Autores- se sacaba a la calle La Excusa, una revista que sólo consiguió dar a luz un par de números , pero en el que se encontraban, entre otros, Antonio Llorente, Alberto Barberá, Vicente Velasco, Alfredo Wandossell, Sergio Gallego, José Luis Abraham López o Pedro R. Celdrán.

 

 

Del primer número de La Excusa voy a dejar un texto de Alberto Barberá que lleva por título

CON EL ESPÍRITU DE BUKOWSKI (Homenaje turbio al último zafio)

xxxxxEstaba en un bar de esos a los que sólo me conducía el aburrimiento a altas horas de la madrugada, cuando el alcohol no me quitaba el frío y las piernas de las mujeres eran demasiado largas para un chaval como yo, que llegaba siempre por accidente a todas partes, apestando a sudor y orinando en cada esquina.
xxxxxTotal, que no había mujeres que quisieran desperdiciar su precioso tiempo entreteniendo los bajos instintos que me asaltaban siempre a la séptima u octava cerveza, momento en el cual los picores de mi entrepierna aumentaban de tal modo que era capaz de insinuarme a una máquina tragaperras.
xxxxxEn el bar sólo quedaban un par de clientes. Estábamos a principio de marzo y hacía un poco de frío. El camarero tenía una cara que parecía no haber echado un polvo desde hacía años. También había una mujer en una esquina de la barra, frente a un vaso de ginebra. No estaba del todo mal, tenía el pelo largo y rizado, recogido por una diadema negra. Tenía la piel pálida y una frígida expresión de crueldad en la cara, pero era bastante atractiva. Descansaba su culo en un taburete con mucha gracia, tenía un buen culo, y unas piernas largas y esbeltas.
xxxxxPedí una cerveza. Me la bebí. Pedí otra. El viejo del fondo de la barra se me acercó.
xxxxx-Dame un cigarrillo, chaval.
xxxxxSe sentó a mi lado y se acabó su whisky. En la radio sonaba algo de música clásica, Mahler, creo. El camarero tarareaba feliz mientras fregaba los platos.
xxxxx-Barman, otro whisky con agua. ¿Quieres uno chaval?
xxxxxVaya, nunca me había invitado un desconocido.
xxxxx-Claro.
xxxxx-Ponle otro al chico.
xxxxxMe dijo, “chico, muéstrame un hombre que viva solo y tenga una cocina perfectamente sucia, y en cinco de cada nueve se tratará de un hombre excepcional”.
xxxxxNo sabía qué coño significaba eso, pero supuse que no habría fregado un vaso en toda su vida.
xxxxxNo dijo nada más, acabamos nuestra bebida en silencio, mientras el camarero le ponía otra cerveza a la chica de las piernas. Me di cuenta de que éramos los únicos que quedábamos en el bar.
xxxxxEntonces me fijé mejor en él. No me dijo su nombre, pero tenía algo en su mirada, en su forma de ver las cosas que me era familiar, tenía la nariz grande y barba de una semana, los ojos vidriosos y claros, enrojecidos, como la nariz, por el frío y el alcohol.
xxxxxCuando acabé me levanté y fui hacia el lavabo. Cerré la puerta mientras le veía pedir otra cerveza.
xxxxxAcabé con lo mío y volví al taburete junto al viejo. Encendí un cigarrillo y miré hacia la mujer. Estaba completamente borracha. Se estaba pintando la cara con maquillaje negro frente a un espejito, pero iba tan bebida que sólo consiguió emborronar sus párpados con una oscura mancha de desolación.
xxxxx-No está mal ¿eh? Bonitas piernas.
xxxxx-Aha, tiene un buen polvo.
xxxxx-Quizá dos. Ponme otra cerveza.
xxxxxPedí también una para mí. Nos las bebimos sin respirar. Entonces soltó “muéstrame un hombre que viva solo y tenga una cocina perfectamente limpia, y en ocho de cada nueve se tratará de un hombre de cualidades espirituales detestables”. Seguía sin entender ni una palabra. Se dio cuenta y me sonrió, como diciendo: “chico, tienes mucho que aprender”. No me molestó, pero mi estómago estaba a punto de estallar. Salí corriendo hacia el váter y descargué.
xxxxxDe vuelta a la barra pedí otra cerveza más, tenía la garganta seca de tanto escupir sangre y bilis y un horrible sabor en la boca a lo mismo. El viejo y la chica habían desaparecido. El cabrón se me había adelantado por sólo un par de cuerpos. La radio estaba apagada y el camarero cantaba “Old Man River” mientras terminaba de fregar los vasos. Me dijo que tenía que cerrar, así que pagué y me largué.
xxxxxSin saber cómo, aterricé en una estación de metro desierta. NO recordaba que en mi ciudad hubiera metro, así que me acojoné un poco. Encontré la salida y desperté en mi ciudad. Tenía resaca y era un viernes por la mañana, cosa que me extrañó, no solía emborracharme en jueves, odiaba los jueves casi tanto como los lunes, así que me quedaba en casa escuchando música.
xxxxxEntré en un bar, pedí una cerveza y pensé si tendría tiempo de llegar a clase de historia. La cerveza era asquerosa, la peor cerveza que había tomado nunca, no conocía el bar, me cagué en los muertos de alguien y salí corriendo sin pagar, tampoco tenía dinero.
xxxxxEstaba en un barrio de pésima monta junto a los muelles de carga. Una prostituta me dijo “lo siento, tío, ya me he enterado, no somos nada”. Le di las gracias y me marché más confundido que antes.
xxxxxEn el instituto todo parecía ir como siempre, sólo que mi cerebro daba vueltas alrededor de una inmensa bola de billar cósmica a años luz de la clase de filosofía. Se acabó la mañana y llegué a casa. Comí bazofia fría y un sandwich con los restos de la ensalada y algo de queso. Me moría por fumarme un cigarrillo.
xxxxxCogí el periódico y fui a dar una vuelta. Todo como siempre, fotos de gente muerta o a punto de conseguir dar el Gran Salto, negros, judíos, musulmanes, por todas partes matanzas de tribus enteras en África y bombas en hospitales de Sarajevo. Me entraron ganas de vomitar. Tiré el periódico al suelo y se abrió. Unos ojos me sonreían desde abajo, sosteniendo una copa de whisky. El titular hablaba de neumonía. Por fin lo habías conseguido maldito hijo de puta, al final acabaron siendo tus pulmones. Entonces lo comprendí todo, quería llorar, así que me eché a reír, y mis lágrimas empañaron la risa.
xxxxx-Mierda, Hank, condenado bastardo, fuiste capaz de follarte a la misma muerte. ¡Jajajajajaja!
xxxxxY ese fue el día en que me enteré de que Bukowski había muerto.

 

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