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LA CANCIÓN DE AMOR DE LOS CHAVALES

diciembre 16, 2015 Deja un comentario

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¿Pero adónde vamos ahora
si del tanto parvulear por los caminos
nos ha ardido toda la vida entre las manos
y ya no hay paso que dar
donde no engañe una quimera?
¿Adónde vamos ahora, a ver nuevos paisajes
y rostros y ciudades y amigos con los que irse de juerga
si en cada curva o cada esquina, al trasdoblarla,
al girar la cabeza para decir con una voz peliculera:
“¡vamos por aquí, hay un tugurio que es demasiado!”
se nos ha hecho la encontradiza nuestra vida,
nos ha dado un codazo de compinche
y con un gesto perezoso ha preguntado si realmente,
si en verdad era aquello lo que estábamos de hacer?

Por el lado de la noche
los chavales se atusan el cabello
mientras el hombre asomado a la ventana
renegaba de Dios o fumaba un cigarrillo.
¡Qué demonios!, el gran libro no podía tener
una columna para los amores y otra para las mesnadas,
no estaría de más sumar, en buena aritmética,
tres guijarros con cinco jilgueros
“y rostros y ciudades y amigos con los que irse de juerga”.

Y por el otro lado del delito, bajo un cielo soleado,
los mejores corazones de mi generación
escuchaban cantar a las sirenas entre ellas
con los oídos bien abiertos, el cigarrillo
apoyado en el borde de la mesa,
más tranquilos que el silencio;
yo los he visto
y eran casi la sombra de una oración suya
medio sonriendo o amando a bulto a su pareja
por el lado de las juergas de la noche.
¿Pero ahora adónde iremos,
qué haremos entonces por el lado de la noche,
a quién deberemos sonreír por el otro lado de las juergas?

¿Cuántas noches nos hemos pasado de esta estrella,
en una esquina de la barra,
dejando pasar el tiempo con un brillo en la mirada entre burlona y somnolienta
dedicados a echarle una mano a nuestra suerte que vendría?
Nos hemos dedicado a oficiar nuestros misterios
al tiempo que nos preguntábamos por la próxima coartada,
el derrotero que bastase por una vez para que nuestro dolor,
ya que no escuchado,
pudiese al menos ser señalado por un dedo no culpable
que dijese: ¡mira!, esto no es miedo
“ni tampoco un puñado de polvo”,
sino un coraje hecho trizas al mando del timón por sus derrotas,
el principio celebrado de un gozo azul y oscuro
que está descansando de su oficio,
oficiando su trabajo.

Hemos curioseado como casualmente
por entre todos los rincones de las horas que se iban,
nos hemos dedicado a besar unos labios, mirar una mirada,
o luego le hemos preguntado a las muchachas
si realmente era verdad que habían hablado alguna vez de Miguel Ángel
en una habitación muy clara
mientras bebían té frío y caía la tarde.
¿Pero cuánto vale un piropo bien dicho
ahora que todavía no nos fatigamos por las cuestas?
¿A quién, a quién deberemos amar entonces
si ya le hemos tirado los trastos a todas las noches,
si ya se los hemos tirado a todas las mujeres?

Vivamos, puesto que nada ocurre,
están diciendo ‒una pizca enfurruñados‒ los chavales,
y que en nuestros actos todo sea honrado y un poco distraído,
que nuestro amor sea el descaro de un abril al que e faltasen los mendigos
cada vez que escuchemos cantar a las sirenas entre ellas
y que sea un temor turbado y mozo, casi una herida
(pues yo me atrevo, me atrevo realmente)
cuando nos duela abril
del otro lado del descaro de las juergas.

Nuestro amor será una broma dicha con verdades
deslizándose por entre una letanía de hermanos.

Y tú, que ahora ya has hecho añicos todas tus vibraciones contra el suelo,
como una buena baza que se te hubiese escurrido de la manga,
se te hubiese escurrido de la manga contra el suelo,
las has desparramado sobre un montón de rostros honestos, sosegados
(pero tú tienes mucha suerte de ser mi amigo,
habrá pensado más de uno),
quizá te has dicho, con un descaro mozo,
“¡venga!, olvídate de ese asunto
y vamos a tomarnos una copa”
al tiempo que arruinabas tu última sonrisa en un cariño ajeno;
te has preguntado si habría algo, Dios santo, alguna copla
con la que mereciese la pena medir tu vida,
una retahíla de incredulidades que en un instante,
aunque sólo fuese uno,
estallase en un esplendor al que podemos llamar
‒ahora que todavía no nos fatigamos por las cuestas‒
nuestro triunfo,
nuestro rostro, nuestro amigo;
tú, yo digo, debes entonces ahora señalar un lugar
en el que hubiesen podido ser redimidos tus reproches,
verdaderos o falsos,
debes decir ‒una vez inclinado levemente el espinazo‒:
“celebro o maldigo este tiempo y sus testigos”
(¡pero este chorvo se ha equivocado de noche!,
están diciendo ‒una pizca divertido‒ los chavales),
debes, en suma, porque has visto el paraíso
y estaba lleno de cercados,
dejar que al menos una brizna de amor
haga cabriolas por entre los búmerans de tu no entender

“Supongo que sería esto lo que quería decir”,
están diciendo ‒una pizca resignados‒ los chavales.

Por el lado de la noche
a lo largo de los desaires que van dejando las palabras
nuestro amor será una guerra sin nombre y sin batallas
y aunque sea verdad eso que dicen
de que ya saben cuál fue nuestro en pecado
no por eso dejarán de cantar en nuestro sueño las sirenas.
Nos acordaremos de una cita,
nos citaremos,
compartiremos los momentos de una charla,
de una tarde que se hubiese tendido contra el cielo
como una mentira profanada por dos a un tiempo,
lloverá, tendremos un amor al que decirle cosas,
podremos reconocernos en el destino de los otros
pero cuando la suerte ya haya sido al fin echada
y llegue el alba y amanezca
habrá tiempo para ponerse de milagro y tristes:
nos alzaremos las solapas,
pararemos si hay un puente a liar lo que tengamos
y perdidamente solos, perdidamente tan campantes,
nos iremos dándole patadas a las piedras.
Luego la mañana vendrá,
como una herida.

 

 

 

Norio, T. S. Tres poemas. Tenerife; Ed. Baile del sol, 2009.

 

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