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LA CAJA DE PLATA

 

LA TRISTEZA

Cuando Shakespeare murió, ya estaba triste.
Cuando la Armada naufragó, mis ojos
habían naufragado ya en su daño.
A Marlowe lo enviaron al infierno
y ya mi corazón estaba roto.

 

 

 

 

EL REGRESO

Vengo de desertar en Bouvines o de pelear en Midway,
vengo de la victoria o de la cobardía.
No sé si estoy buscando un cuerpo o si necesito un amigo,
si vengo a provocar un duelo o si vengo a evitarlo.
Puedes recibirme en tus brazos o no reconocerme.
A mi alrededor todo es sombra o un perfil demasiado concreto.
He venido a matarte o a morir en tus manos.

 

 

 

 

LA HERIDA

Nada, ni el sordo horror, ni la ruidosa
verdad, ni el rostro amargo de la duda,
ni este incendio en la selva de mi cuerpo
que amenaza con no extinguirse nunca,
ni la terrible imagen que golpea
mis ojos y tortura mi cerebro,
ni el juego cruel, ni el fuego que destruye
esa otra imagen de armonía y fuerza,
ni tus palabras, ni tus movimientos,
ni ese lado salvaje de tu calle,
impedirán que encienda en tu costado
la luz que da la vida y da la muerte:
tarde o temprano sangrará tu herida,
y no será momento de hacer frases.

 

 

 

 

CONVERSACIÓN

Cada vez que te hablo,otras palabras
escapan de mi boca, otras palabras.
No son mías. Proceden de otro sitio.
Me muerden en la lengua. Me hacen daño.
Tienen, como las lanzas de los héroes,
doble filo, y los labios se me rompen
a su contacto. Y cada vez que surgen
de dentro —o de muy lejos, o de nunca—,
me fluye de la boca un hilo tibio
desangre que resbala por mi cuerpo.
Cada vez que te hablo, otras palabras
hablan por mí, como si ya no hubiese
nada mío en el mundo, nada mío
en el agotamiento interminable
de amarte y de sentirme desamado.

 

 

 

 

JANO

Dices que sólo soy Enrique Jekyll
y que no existe fórmula en el mundo
capaz de convertirme en Mr. Hyde.
Cuando pasen los días o los años,
cuando el tiempo nos lleve a otras hogueras,
hacia otra plenitud u otro desastre,
imagíname entonces, imagina
los rasgos de mi cara, reconstruye
lo que tu hielo convirtió en cenizas.
Y en la memoria esquiva de tu frío,
en el recuerdo de tu lejanía,
Eduardo Hyde seré, y por un instante
me amarás, aunque yo ya esté muy lejos;
y será hermoso, pues por un instante
yo seré tu tristeza, y no los otros.

 

 

 

 

DEDICATORIA

La tierra estaba seca.
No había ríos ni fuentes.
Y brotó de tus ojos
el agua, toda el agua.

 

 

 

 

CASADA

En el hombro la herida me latía
como un segundo corazón. Si a ella
le dolía también, no me lo dijo.
La puerta se cerró. Por un momento
nos abrazamos, y eso era la vida.
Pero volvió el dolor, volvió la niebla
sobre mis ojos y frente a mis labios.
Y volverían dudas y reproches,
y la herida del hombro, y su marido.

 

 

 

 

BRILLANTE

Me dejó brocha, crema y una máquina
de afeitar en los bordes del lavabo.
Hice correr el agua fría, y dije:
«Anoche estuve a punto de violarla.»
«¿De verdad pensó en mí?», respondió ella.
No contesté. Seguí frente al espejo,
viviendo mi afeitado. Eran las once.
Podía verla al fondo de la alcoba,
resplandeciendo al sol de la mañana.

 

 

 

 

LOCA

«Calla y escucha —dije—. No se trata
sólo de ti; se trata de mi vida.
Te sacaré de aquí. Vendrás conmigo.»
Respondió: «Pero tú no me conoces.»
«No te conozco a ti. Tú a mí tampoco.
Sólo tienes que hacer lo que te he dicho.
Hasta mañana.» Dije. Abrí la puerta.
«Debes ser tú quien está loco», dijo.
Y desde su galaxia me miraba.

 

 

 

 

DESEADA

Era su turno. Cuidadosamente
dobló la gabardina sobre el brazo.
Se echó el pelo hacia atrás, y su mirada
se cruzó con la mía. Con los ojos
le devolví la calma. Se marchaba,
pero regresaría, y todo aquello
terminaría bien. Cerró la puerta.
Yo me quedé sentado, acariciando,
tembloroso, su ropa interior verde.

 

 

 

 

EN PELIGRO

había sangre en su vestido. Sangre
en el escote y en las piernas. Sangre
en las mejillas. Sangre seca. Oscura.
La desnudé y lavé. Mientras dormía,
fui en busca de cartuchos. No fue fácil
encontrarlos. Por fin aparecieron
entre viejos papeles y revistas.
Cargué el fusil. Había menos niebla.
Dos o tres horas y amanecería.

 

 

 

 

PELIGROSA

«¿Qué es más, un inspector o un comisario?»
Lo dijo distraída, desde lejos.
Se lo expliqué. Siguió: «¿Por qué no tiemblas?
Yo soy más peligrosa que esos tipos.»
No sabía qué hacer. Quería irme.
Largarme a conducir por un sembrado.
Devolver la licencia. Suicidarme.
Pero no me marché. Busqué sus ojos
y le cerré la boca con un beso.

 

 

 

 

DEGOLLADA

«¿Ha habido algún problema? ¿Te ha seguido
alguien?» «Todo ha salido bien.» (El tiempo
ya no era un instrumento de tortura.)
«Somos ricos.» (No había que olvidarlo.)
«Voy a ducharme.» «Espera, voy contigo.»
(La abracé. Recordé que la quería.)
Treinta y cinco millones en billetes
usados. Tu cadáver en el baño.
Déjame ser feliz, ahora que puedo.

 

 

 

 

LA HUIDA A EGIPTO

Le pagaba para que me matase,
y se ha largado al sur. Todas se marchan.
Aceptan cheques, flores y mentiras.
Se comprometen a matarme. Dicen:
«No verás el otoño. Te lo juro.»
Y se van antes de la primavera.
También ésta se ha ido. Con un mapa
de Egipto y con las llaves de mi coche.
Quiera Dios que los vientos no conduzcan
su nave a puerto. Que una lluvia roja
le queme el corazón, si es que lo tiene.
Que nunca llegue a Egipto esa maldita.

 

 

 

 

ISABEL

Isabel se ha matado. Dejó cartas absurdas
con recomendaciones y sarcasmos estúpidos.
Lo consiguió por fin, y me alegro por ella:
sufría demasiado. En la autopsia el forense
desmenuzó su cuerpo y encontró dentelladas
cerca del corazón y a la altura del pubis.
No hay luz en la buhardilla de Zurbano. El silencio
pasea su victoria sobre las papelinas
ocultas en el libro de Arcimboldo, y la muerte
ha llenado la casa de paz y de goteras;
sigue abierto un tebeo de Conan por la página
en que matan a Bélit, y otro de Gwendoline
con manchas de carmín en las dulces heridas.
Isabel ha dejado de molestar. Sus ojos
ya no arrojan al mar residuos radiactivos.

 

 

 

 

LA PESADILLA

Javier ha decidido suicidarse.
Elige hacerlo lejos de su casa,
donde los muebles no le reconozcan
y no le hablen de Marta las paredes.
Viaja al azar por una carretera
que se prolonga demasiado. Sabe
que no habrá viaje de regreso y nunca
volverá a repetirse aquel tormento.
Se acaba el combustible, y su automóvil
se detiene a un kilómetro de Burgos.
Va a pie hasta la ciudad y se dirige
al mismo hotel donde nos hospedamos
Alicia y yo. Recuerdo su llegada:
su palidez, las manos ateridas
con que estrecha las mías en la puerta
del ascensor, camino de su cuarto.
Ya está en la habitación, ya la ponzoña
traga con avidez, el bebedizo
que lo rescatará de los desdenes
de Marta, del amor que lo destruye.
Mientras tanto, anochece. Alicia baja
a tomar una copa y yo me quedo
solo en la oscuridad, medio dormido.
Y sueño que Javier se está matando,
y que llego a su alcoba y me recibe
a tiros y me dice que me vaya
al infierno, y yo llamo a un camarero
a quien Javier acierta, y luego a otro,
y parece que va a seguir cargándose
a todo aquel que intente reducirlo,
pero el veneno avanza por sus venas
y la conciencia de Javier se nubla,
y suelta la pistola, y cae al suelo,
y vomita la vida en un espasmo
final sobre la alfombra del pasillo.
Llega entonces Alicia y me despierta
con dulces, largos besos de borracha,
y me quita la ropa y me pregunta
por qué tengo los ojos tan abiertos,
y no le digo nada, y nos amamos
duro, como en Ampurias, en agosto
del 80, y naufragan mis temores
en el mar de sus dientes y uñas.

 

 

 

 

EUROPA

No son estas fronteras mis fronteras.
No es éste el mundo de las viejas runas.
Gobiernan los cobardes, los oscuros.
Cómo duele vivir en la agonía
de la cruz y en la herrumbre de la espada.
Cómo duele esta noche del coraje.
Cómo duelen los atlas. Y no hay signos
que anuncien el final de la derrota.

 

 

 

de Cuenca, Luis Alberto. Los mundos y los días. Poesía 1970-2002. Madrid; Ed. Visor, 2007.

 

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