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LAS CONCUBINAS

 

LAS CONCUBINAS

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxA Carmen Romero

Las concubinas saben que el rojo del color
de la seda que tejen no es el rojo
que el lenguaje revierte con su signo,
sino la luz que envuelve, antes de anochecer,
a la Naturaleza.
Ni el verde, sino el campo
que acude a sus miradas por poniente
y deja un territorio en duermevela.
No es el azul, sino
el color del estanque en la mañana.
No el gris, sino la última
nube que aplazará un cielo de tormenta.

Las concubinas saben el nombre del color
de la seda que tejen como un juego infantil
de metáforas puras.
¿Alguna vez han visto la vacuidad del nombre
de las cosas? ¿Alguna la belleza
de vivir lo nombrado y, con la seda,
cual juego de ignorancias
donde se tejen telas y lenguaje,
tratar de trascenderlo?

En el harem el rosa es el desierto
que separa el lenguaje de la literatura.

 

 

 

Lorenzo Candel, Javier. Juegos de construcción. Madrid; Ed. Visor, 2004.

 

JUEGOS DE CONSTRUCCIÓN

 

SOBRE LA MEDIDA DE NUESTRAS POSESIONES

El que mira al espejo
no tiene alrededores
en los que refugiarse,
no está próximo el mundo
de lo que no percibe;
y adivina la forma
exacta de su rostro.
El tiempo ya no duerme,
y el espacio lo aísla
de lo incomunicado.
La verdad es, ahora,
una voz que pronuncia
el nombre del que mira
y asedia a quien la busca
a través del espejo.
Pero quien con los ojos
fieles a lo que observa
aprende a distinguir
el nombre, la materia
a la que pertenece,
y busca las fronteras
que aíslan territorios
donde habita su alma,
el que mira al espejo
hallará, descubierta
en toda su pureza,
la condición del hombre.
Y dirá para sí:
Todo está en el espejo,
faltaba contemplarlo.

 

 

 

 

NAVEGACIÓN DE ASOMBRO

Después del mar quizá no quede nada,
después de dar por buena la memoria
empeñada en mostrarnos tierra firme
tal vez sólo nos queden recuerdos de la costa
y no la costa misma.

En esta singladura
y detrás de este mar
pueden haber dejado de existir
las huellas sobre el barro,
la humanidad, la tierra o el recuerdo
que la mantiene viva.
O puede haber dejado, definitivamente,
de sentirse el abrazo del puerto en la arribada.

Y a pesar del temor
de no encontrar jamás otro destino
el navegante atiende,
ante esta inmensidad,
a un húmedo extravío que hace olvidar el rumbo.
En el palo mayor nadie descubre
un solo acantilado batido por las olas.

Detrás de tanto mar, desde tanta memoria,
quizá no quede nada.

 

 

 

 

COMUNICAR LA LUZ

Me preocupa la luz,
pero no esa luz que ilumina las cosas desde fuera
y les da un sitio exacto y también una sombra,
sino esa luz que ocupa desde dentro
el camino del hombre,
la que dirige,
como una costumbre,
el paso hacia la muerte que aún no ha sucedido.

Me preocupa no haber reconocido
el alba que nos deja los párpados cerrados,
ahítos de una luz ajena a la mirada
y nos rescata, ufanos, del dolor,
del fondo de un presagio
inexorablemente escrito con ceniza.

Me preocupa la luz,
pero no la del faro que previene
a las naves de montes y laderas,
sino esa verdad que aflige a quien la busca.

Esa luz desde fuera del mundo
me preocupa esta noche,
porque su solo encuentro,
su reconocimiento, su origen,
no permita vivir para contarlo.

 

 

 

 

DEBERÍA DECIRSE

Debería decirse, por ejemplo,
que un instante después de pasar la tormenta
hace pensar que el mundo ha callado de pronto.
Y en la serenidad,
ni el clamor de las aguas,
ni los sonidos mágicos de la Naturaleza
se atreven a romper tanto silencio.

Debería decirse, pero el hombre
olvidó que el silencio justifica una historia,
un saberse capaz de describir el mundo
y atraerlo al origen de cada sentimiento,
y empezar a sentirlo.

Debería decirse, por ejemplo,
que es preciso detener el instante
en que la alondra canta,
y correr a contarlo.

 

 

 

 

NINGUNA ESTACIÓN

Ninguna estación dura eternamente.
El otoño suplanta a un verano con largos mediodías;
el invierno, a un otoño con niños que persiguen
el juego entre las hojas;
la primavera, al invierno arrasado,
llamado a la luz fría de la luna;
y el verano, al sueño preferido
de tanta primavera.
Así es también el hombre
porque desde el origen
no hay sensación que dure eternamente.
El paso de los años va dejando estaciones de derrota.

 

 

 

 

NOMBRADÍA

Has recorrido el tiempo de los lirios
con la fugacidad
con que el viento transporta la corriente
y hecho brizna de humo
has llegado a la casa.
Cerradas las compuertas
no hay prisa para el viento,
no hay caminos hacia ninguna parte,
los cauces son antiguas
promesas en la nieve,
ya no hay acantilados
ni luz aminorando los astros de la noche.
Ahora la calma mide
las tormentas de invierno,
y buscas una voz que precipite un nombre
donde reconocerte.
Pero nadie te nombra.

En este inmenso páramo,
que en las horas del alba
se atreve a confundirse con el cielo,
has vencido a la vida.

 

 

 

Lorenzo Candel, Javier. Juegos de construcción. Madrid; Ed. Visor, 2004.

 

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