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¿ASOMADO A LA VENTANA TRANSLÚCIDA?

diciembre 20, 2016 Deja un comentario

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¿ASOMADO A LA VENTANA TRANSLÚCIDA?

xxxxxI

—¡MAMÁ momia, mamá momia! — gritaba el crío de la película mala
xxxde terror.
Cambié de canal.
No emitían nada.

Metí la mano en la pantalla, escarbé entre las bandas de las carta de
xxxajuste,
como arena o tiza molida de colores,
y desenterré una calavera:
la calavera del speaker, la de la objetividad.

Las personas humildes suelen relacionar la soledad
con un animal temible o con un peso excesivo.
Om. We Ommmmm. Am. I ammmmmmmmm…
Yo soy, yo caigo.
El vuelo de la mosca dejaba en el aire como un grafito.

En este poema intento hablar de mí.
Si a ustedes les parece, usaré para ello un diagrama de Ben:
trazaré así —¿comprenden?— desde mi cuerpo una elipse
que contenga la poca conciencia triste, el vaso
pintado y el trapecio de manzana
en la jaula del canario. En todas esas cosas se ha posado la mosca.
Digamos: Ben, el soplador de burbujas.

 

xxxxxII

El fiero postfilósofo me dice que mordí el polvo,
que soy historia.
Porque también me miro al espejo,
pero voy más allá de su superficie
—los cuerpos de los ahogados no flotan,
mi imagen se hunde hasta el fondo
del espejo—.

 

xxxxxIII
(AL COLOCAR EL ESPEJO EN EL CUARTO,
xxxLA REALIDAD PASÓ A SER DOBLE)

Tu mirada en el polen de la flor de ayer.
La fila de hormigas da la vuelta a la esquina
hasta alcanzar el día de ayer. Ayer llovió
y hoy la gente lleva paraguas pero antesdeayer ya no los llevaban.

Día de meditación, día en que la tarde llega con la perentoriedad
del pájaro de madera que sujeta la niña de Balthus.
Oh, trae acá la mano llena de telar,
dame la realidad, muéstrame
en la greda amarilla del óleo
una grieta capaz de cimbrearse como una espiga, una conciencia.
Sí, ayer volvieron a reírse después de que Papageno dijera: “Me
xxxquedo soltero”.
Qué recepción predecible.
Por eso quiero que aparezcas como el buen vidriero por este
xxxestrecho y blanco
patio de vecinos. Tú tienes que salvarlo.
Tiene una extraña forma este patio de vecinos:
la de un corazón pintado por un médico.

 

xxxxxIV

Un patio interior es una trepanación en un edificio.
Se ha encendido una luz en el patio.

Es el manco, seguro. Llega siempre a estas horas con su bolsa muy
xxxllena de carne.
Los mancos suelen guardar su manga vacía en el bolsillo de la
xxxchaqueta.
Enfrente de mí cuelga la camiseta del manco.

Sólo tiene —claro— una manga. La camiseta manca
se parece a un cuadro suprematista.

Yo, en cambio, soy poeta. Mi ademán y mi ropa lo denotan. Por
xxxeso, de mi cuerda de tender cuelga una extraña camisa: una
xxxcamisa que tiene un ojal para abotonar la manga derecha en
xxxel costado izquierdo, sobre el corazón, y otro para abotonar la
xxxmanga izquierda en la nuca, de manera que la ropa obliga a una
xxxpostura de arrobamiento… Es una camisa lírica.

Sí, déjame, estoy insoportable, y te ruego que no te preocupes:
no animal testing, prometo sacar todos los pájaros
de este poema disparatado
—sí, también al de madera—,
pero escucha: el primer día te hablé de leixaprén,
de diseminación recolección.
Pues bien, ¿recuerdas a la mosca de la segunda estrofa del poema?
Creo que tu planta carnívora ha cazado algo.

 

 

CUADERNO DEL APUNTADOR

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxFuor della bocca
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxDante

Los monstruos nacen. Luego, se miran y sonríen.

Es calvo y no tiene brazos.
Está apurando un hueso de mango:
de la boca le sale la mitad de la pieza naranja.
Parece un patito.

CUADERNO DEL APUNTADOR

Un botón en lugar de un dogma o de una idea. Abotonar las cosas a sus usos. Un
botón que une la espalda del pijama de aquel que duerme al colchón.i Otro botón
que une la palma de los guantesi deli soldadoi coni la parte lateral de sus muslos,
para que forme y se cuadre.i U otro, por ejemplo, que une la palma de un guante
coni lai dei otroi guantei parai obligari ali rezo.i Eni definitiva,i unai sutili dictadura
consistente en botones dispersos por la piel de las cosas.

 

 

 

García Román, Juan Andrés. 2/2. Cartagena; Ed. Balduque, 2015.

 

LA MAÑANA SEGÚN TU EVANGELIO Y EL MÍO

diciembre 17, 2016 Deja un comentario

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LA MAÑANA SEGÚN TU EVANGELIO Y EL MÍO

xxxxxI

El origen de todas las cosas… ¿cuándo ha pasado? ¿Y yo qué estaba haciendo
mientras tanto? Estaría dormido, porque no me enteré.
¿Entre qué despertar y despertar de Darwin
le creció la melena a los leones?
El origen de todas las cosas… ¿cuándo fue?
Esta noche habrá sido. La noche es la gran máquina.

Ahora toca inventarles un alma, una palabra,
pactarles una maternidad.
O quizá sea al revés: quizá cada palabra es una búsqueda
del objeto que nombra. Desde su fundación, ¿la fundación de qué?
Pero no va a quedarse en ese objeto,
porque cuando lo alcance, será sólo una tienda en el desierto,
luego proseguirá su camino.
La meta de todas las migraciones lingüísticas es…

Por eso, esta mañana es como si fuera lo de fuera el fruto de lo de dentro
y lo estuviera llamando: “Ven, sé mi perfección”;
un niño que dijera a otro niño
mientras echa a correr: “¡Alcánzame!”.
Y tú te escandalizas: ¡fondo y forma…!, ¿pero es que no lo ves?

Las ideas platónicas: el desalmado Abel, tan desalmado que se deja matar,
es decir: el yo que proyecta mi interior en las cosas, el doble, el experto.

 

xxxxxII

Los niños son los amanuenses de las mañanas,
los niños, que dibujan ángulos y le pintan un semicírculo dentro:
una telarañita.
Los niños, que pintan una circunferencia —cara blanca y redonda—
y le tocan la frente por si tuviera fiebre.

Aún debes explicarme porque alternas tus tonterías con tus sublimidades.

Compréndeme. Es que, ¿sabes?, cuando estás
a punto de decir, a las palabras que rodean la palabra
les entra la risa floja.

 

xxxxxIII

Ommm. We ommmm. I am. Yo soy, yo caigo.
Porque cierras los ojos y piensas en las formas
de las nubes que se hacen y deshacen:
piensas en las nubes mientras acaricias el perfil de una llave antigua,
piensas en las nubes como quien grita muy despacio.

¿Pero qué es eso de gritar despacio? ¿A qué viene ahora un grito?

Mirar pájaros
y tener los bolsillos vacíos.
El brindis con las tazas.
Luego, un cuerpo dormido, el talón vestido de arena.
Las palabras no dicen:
son el entusiasmo.

Es decir, volver a ser eterno, no porque admitas la esencialidad,
sino mientras,
mientras un experimento se demora
y le permite a uno todavía decir:
“El tiempo, el tiempo no sé lo que es, pero
el alma es la forma más clara de las cosas”.

 

 

CUADERNO DEL APUNTADOR

La jirafai se acercó a la cruz yi lamió el rostroi de Jesucristo.i No en vano,i para
ese fin, con motivo de ese momento culmen, le había crecido el cuello durante
milenios y milenios.

 

 

 

García Román, Juan Andrés. 2/2. Cartagena; Ed. Balduque, 2015.

 

LA ESCENA DE AMOR DE ESTA ÓPERA

diciembre 15, 2016 Deja un comentario

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LA ESCENA DE AMOR DE ESTA ÓPERA

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxQue las palabras broten
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxcomo brotaba el vello de las niñas,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxel deseo del vello oculto de las niñas.

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxAlberto Tesán.

xxxxxPRIMER NIVEL

Colocaban un pañuelo debajo de los rostros mientras se besaban,
como cuando se acerca a un rostro enfermo una cuchara llena de jarabe.
Él sostenía el pañuelo. (Que no se caiga y desperdicie nada. Que no manche).

Al quitártelas con prisa, tus bragas se habían enrollado
y, retorcidas sobre el suelo, dibujaban un símbolo de infinito: ∞.

No entiendo lo que dices ni para qué lo dices.
Además, prometiste haber soñado un poema.

Somos tan jóvenes…,
nos amamos: nos decimos uno al otro animal.
—Amémonos. Anémonas.
Tu sexo, un párpado entre tu cuerpo y mi cuerpo.

¡Eres un viejo verde, no un joven! Y además, no conozco varón.
El guión sólo hablaba de “amor entre las almas”, de afinidad, de
xxx“verdadero” amor.

Perdiste la virginidad.
Ahora sólo quedan tres gotitas de sangre oscureciéndose en un
xxxcolchón: oxidadas lágrimas en días de lluvia.

Tres gotas, tres apóstoles:
María, el discípulo amado y Magdalena.

 

xxxxxSEGUNDO NIVEL

El primer amor.
Como si hubieras nevado sobre todas las cosas: tal era mi obsesión.
xxxComo si hubiera nevado pero de piel tuya: automóviles, árboles,
xxxaceras, pájaros cubiertos de piel tuya como nieve. Un mundo
xxxhecho de ti, de tu alma, de tu piel humana, igual que las lámparas
xxxde los nazis.

El primer amor fue morderte el lóbulo de la oreja
con mis dientes de leche,
abrazarte con mis brazos de leche,
decirte al oído “siempre” con mi moral católica de leche.

 

CUARTO NIVEL

Tus ovarios son dos huevos que acaba de poner y enterrar una
xxxtortuga.

Tu sexo es un librito enclavado entre tus muslos: paso sus páginas,
xxxte amo.

 

 

CUADERNO DEL APUNTADOR

Se besaban a través de un corno inglés. Él soplaba por la boquilla y ella ponía su
rostro en el extremo ancho del instrumento. Entonces, el corno inglés se trans-
formaba en un improvisado anticonceptivo metálico, en la armadura de un beso.

CUADERNO DEL APUNTADOR

Borrar con el cursor de la pantalla el signo de infinito en tamaño New Roman 18
no distó mucho de aplastar una cucaracha.

 

 

 

García Román, Juan Andrés. 2/2. Cartagena; Ed. Balduque, 2015.

 

¿SOÑARÁS UN POEMA?

diciembre 13, 2016 Deja un comentario

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¿SOÑARÁS UN POEMA?

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxEra de noche y sin embargo llovía.

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxSchulz
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx“Snoopy está intentando escribir una novela”

(Llovió sólo más tarde. Al principio las nubes no trajeron la lluvia, sólo
las formas curvas)

xxxxxI

La economía especializada hizo crecer en los poetas
un corazón hipertrofiado como los hígados de las ocas.
En tu poema melancólico llueve
“sobre hombres y mujeres”. Y luego puntos suspensivos.
Craso error. Poesía social, mineros que se pintan los labios.

En los poemas del siglo XVI nunca llovía.
Nubes del XIX.

(Acabado el recitativo, el tenor se acerca a la ventana como en disposición
de cantar un aria)

 

 

xxxxxII

Llueve, continúa desvistiéndose el muñeco.
La lluvia es crecimiento interior de lo que se mira por la ventana,
llena las fontanelas de los niños,
crea charcos del tamaño de una moneda.

(Con una mueca trágica y levantándose de la mesa, donde tenía hundido
su rostro entre las manos, soprano se acerca a tenor y lo interrumpe)

Aunque eso fuera así, no responde a mi pregunta.
Lo tuyo es la pura bocambre de decir algo, pero nada.
Otroverismo, pura naufragancia, ¿cómo lo llamaría?

Me gustaría, pero no soy capaz.
Los ciegos sueñan acariciando el braille
y está bien si consideras ciegos mis últimos poemas.
El braille es como una erupción. Tanto exceso de lenguaje.
El higo que Cicerón lanzó al senado ha sido sustituido
por una bola de nieve.
El desierto lingüístico avanza, el desierto simbólico.

Mas, aun sin quererlo, voy entrando en tu juego.
Solo por ti y por mí,
¿soñarás un poema?

 

 

CUADERNO DEL APUNTADOR

Y a la inversa: obsesionado por el braille, un ciego no puede acariciar una
erupción sin pensar en palabras.

CUADERNO DEL APUNTADOR

Los huevos son huecos convexos, florecidos. huecos que han saltado como
palomitas.

 

 

 

García Román, Juan Andrés. 2/2. Cartagena; Ed. Balduque, 2015.

 

LA PRIMERA CENA

diciembre 11, 2016 Deja un comentario

dibujo-1

 

LA PRIMERA CENA

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxFinjamos que este café es champagne.

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxJim Jarmusch
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx“Coffee and cigarettes”

xxxxxI

Primero la pata y detrás los patitos:
en ese orden los sacaste de la cacerola.
El tenedor sobre las hebras
y el cuchillo: a ese acorde no llegaría Aragall.

A la luz de las velas, tu copa sucia de huellas dactilares,
mas ninguna es la mía. El pez nada en el vino.
El vino astral. Contemplas el racimo en el pecho del águila:
¿el emblema vinícola de Baden?
—Qué más da lo que sea —me dices,
me dices que no debo asir
la realidad por el nombre,
que no le asigne un monstruo déjà vu.
Palpémosla mejor como los niños,
mira el césped crecido en el plato
—¡así el orégano está más fresco!—,
no te pierdas la hermosa freso roja cubierta de papilas gustativas
o que al lado de platos apilados el hueso de la jibia y el del mango
se dispensen amor como la avispa y la orquídea del filósofo.

Está bien, lo confieso: amo esa naturaleza en tu mirada última,
no he interrogado todas las sendas del país,
tal hegemonía no existe: la realidad, te digo, la realidad
es la salpicadura del invierno.
¿De la pared emergen animales? El jabalí y el ciervo
no quieren ser tan sólo una cabeza. Vienen de la pared con el ameno
trotecillo de lo irracional.
Se dirigen a nuestra primavera
de sentidos.

Luego, tu nerviosismo ha hecho que rompieras
la vela en la botella; y mientras aún pensabas qué hacer,
sostuviste en la mano la vela encendida:
Lady Macbeth de Füssli, la libertad guiando a los fantasmas.

 

 

CUADERNO DEL APUNTADOR

Es una noche de inviernoi en un club rojo de carretera.i Siemprei que todas las
alcobas del club están ocupadas, las dos cabezas de ciervo en la pared del salón
se vuelven una hacia la otra y se besan. Suenan las cuernas al chocar de amor.

 

 

 

García Román, Juan Andrés. 2/2. Cartagena; Ed. Balduque, 2015.

 

2/2

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POR PRIMERA VEZ ESTÁS TRISTE
(BELISARIO ENVÍA TROPAS A LOS ÁRBOLES)

Shhhhhhhhhh,

el pájaro que canta entre dos luces:
el vuelo de dos cuerpos.

La luz entra hasta la corriente.
Sopla el viento, rueda la rueda.
El ruiseñor acaricia la noche con sus axilas añosas,
el interior del pájaro.

Estás triste. No estoy triste:
simplemente se te ha enredado el pelo en los abejorros.
El viento es un soplón. ¡Rostro soplón y gris
con tirabuzones de rey y bigotes de gato, pon roja la nariz de Martin Peeble!

Tú eres la niña rubia que a lo largo de la mañana gira su pupitre
como un girasol.
Tú eres la niña rubia que entrena un pájaro con el brazo izquierdo.
Pero en invierno no existes, te rapta la vieja fea
—raptar a Proserpina para que exista el invierno—.

Escucha: el corzo de un solo cuerno en la Toscana,
el que —dicen— dio origen al mito
del unicornio, vuelve a esconderse en el boscaje camino de otra edad oscura,
pero antes de entrar gira su cuello.
Entonces, tu mirada de velas sopladas se iluminan un poco más.
Mira, ya comienzan las migraciones de las golondrinas
a países menos democráticos.
Proserpina, la niña que se lleva los jardines
como una tarta de cumpleaños.

Deja en paz los jardines;
no hagas eso, gata.

 

 

 

 

PAPIROFLEXIA O PAZ

Te pasas toda la tarde hablándome de un insecto:
sus élitros, sus membranas, sus ocelos;
intento advertir la relación entre eso y lo que vivimos,
aunque quizás tu poema sólo trata de volar.

 

 

 

 

¡COGE EL TELÉFONO, POR FAVOR!
(LA LARGA NOCHE DEL TENIS SOBRE MOSAICO)

Duermo siempre del lado de la oreja de madera.
Cada noche lo busco: en la almohada
se aloja mi pulso, como en las caracolas el mar.
Hundo mi cabeza en la almohada y escucho un arroyo:
es un arroyo blanco que atraviesa los interiores de las palabras.
Oh canoso río que rompes esta horrible paz del sentido.
Duermo entonces.
¿Duermo? Escucho dar las doce.
Con los años, los relojes de pared se van hundiendo poco a poco en la pared,
naufragan en ella como barcos. Me levanto.
Dicen que mirar los peces tranquiliza.
Pienso en un acuario, los peces construyendo palabras con el hilo de caca,
igual que los aviones que escriben en el cielo.
Los sueños son nuestra vida contada al oído de los peces.

Pero no puedo dormir. Las horas pasan.
¿Y si tuviera uno de tus ansiolíticos?
Ahora recuerdo: se te cayó uno al suelo.
Pero mira: ¡está ahí!, sólo que un gusano lo está ingiriendo.
Entero: como una pitón que se traga a un cabrito.
Y la ingesta deforma a su paso el cuerpo del animal, ahora redondo.

Entonces me dirijo a tus cajones. ¡Ahí está!: hay otro.
Veo cómo la ranura de la pastilla me sonríe. Y yo le sonrío.

Mas la paz dura un solo diazepán.
Luego, sueño que el laberinto comienza a seguirme,
decido levantarme y doy limosna al mendigo que pide en el pasillo
xxxxde la casa. O no es un mendigo.
¿O es una de las muchachas del tenis?
Ya sabes que en los sueños
Eros aguarda casi en cada esquina.

Al fin me incorporé y me puse a leer:
en las novelas de Jane Austen,
aquellas personajes secundarias que no aman se dedican a criar y acariciar lirones.
Fue cuando sonó el teléfono: )))))))))))))) / )))))).
¿Sí? ¿Dígame? Tengo que…

Mi hermana, mi hermana…
—No he podido evitarlo, lo ha hecho… —me dijiste.
Y hablabas
como alguien que grita muy
despacio.

 

 

 

 

HAS SOÑADO EL POEMA

El fruto del ciprés es la naranja.
¿Había niños en lucha de naranjas amargas
o se han subido solas por la escalera de pintor?
En el cuenco, una honda de cuero enredada entre naranjas.

¿Es que nunca sabes poner los pies sobre la tierra?
Tú tampoco lo haces: pedaleas,
mientras la claridad de lo no dicho mueve tu pelo.

Yo hago un puzzle con piezas sobrantes y perdidas. No sé cuál es su fin.
Tan sólo sobrevivo,
riego la hierba blanca que crece bajo mi cama. Eso es todo.
Tú no irás al concierto: llorarías, has dicho.
Estoy enfadado con el arte. Y contigo.
Porque si vas al concierto no escuchas los platillos de loza del instante.

Pero, ¿sabes?, a veces mirar el mundo es como comer un lenguado:
primero una cara y después la otra: el mapa de las ocasiones.
Está bien. Ven conmigo. Corsé de tu sonrisa.
Lo aceptaré. Está bien.

Mi histórica tristeza: cambiar un ay por un símbolo
es optar por la solución de la cúpula para cubrir una intersección.
O esto tal vez; la ceja: el arco iris de la lágrima, es decir,
la lágrima y, luego, el arco iris del pensamiento.
Mirada extrema, fraternidad extrema. Mi poética
hace que lleve a cuestas el paisaje como el bosque dinámico de Macbeth.
Pero “tampoco ya ceno sólo con la mirada”.
Por eso ven conmigo hasta el final de lo que tú también quieres decir.

El viento agita las raíces,
zumban los anillos de los árboles.

—¿Es éste un poema de después que cayeran las montañas? —me preguntas.
Sí, ya no hay montañas, ya no hay literatura, ven conmigo.

 

 

 

García Román, Juan Andrés. 2/2. Cartagena; Ed. Balduque, 2015.

 

JUAN ANDRÉS GARCÍA ROMÁN

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LA PRIMAVERA DE LA ZARZA

Por eso te perdí y quise extinguirme junto a los animales grandes,
los animales grandes que eran tu alma cuando se la miraba con una
linterna. Pues contigo era así: algo podía ser torpe o inane, pero en
torno a las cosas que veías crecía una hiedra buena y cuando alguien se
acercaba a enjuiciarlas, ya estaba aquella hiedra, como una dignidad,
permutando su forma por tu amor.

Pero no es que imaginaras los objetos, no es que tu alma, como se ha
dicho, se metamorfosea en formas geométricas al pensar y diera luz
al mundo, no un pulpo que entra lentamente por el ojo de la aguja, no,
ninguna operación, tú eras tu cuerpo y amabas a partir de él, dando
mundo para ser, agua para germinar. Porque un jardín no está si no
lo miras o si es abstracto, pero si los geranios daban melocotones por
el puro terciopelo del tacto o la rosa levitaba en la rama hasta afrutar
un corazón, eso no era para ti imaginación, era tu amor; y las cosas
florecían, cómo decirlo, las cosas florecían al sumergirse en los colores
que a ti te emocionaban. O porque hervías su creación al calor de
la zarza de Moisés, y entonces bullían en sus contornos: inocentes,
incesantes, la fórmula concreta de todas las infancias.

Así tu bondad hacía correr al Ganges por las escaleras de los rascacielos.
Y qué más da que el ciempiés tuviera noventa y nueve pies o que el
escarabajo fuera un hipopótamo de dos milímetros; tú te subirías a
curumbillo a tu alma y lo llamarías por su nombre, porque tú llamabas
así a las cosas, exactamente iguales al latido que en ti encontraba
mundo, un cabrilleo en el pecho, el hueco exacto para no ser algo solo.

Y eso es lo que he sabido ahora que no estás; eso es lo que he sabido
y eso repito mucho para que todos los seres pobres y torpes de este
mundo y miserables se amasen en un brillo y vuelvan a ser tú.

 

 

 

 

PRÓLOGO

Mi sueño enterrado profundo en la mañana,
en los días que son grandes dinosaurios de luz,
me acuerdo:

una niña, la niña y otra vez una niña.
Recorro esa frase como quien recorre un jardín
para que tú estés, para que algo ocurra en medio o corra
el viento del revés, el que se pone el
sombrero y se ha tragado un bosque
donde la, una, la niña
salta de tronco en tronco.

Por eso me he resuelto,
para quien no la sabe, para que todos puedan olvidarla;
voy a volver mis pasos,
os contaré

la historia.

 

 

 

 

CAPÍTULO 1
EN LA ALDEA DE LAS MONTAÑAS
(LLAMANDO A LAS PUERTAS DEL ASTRÓLOGO)

Dicen que desperté un diez de noviembre, cuando los días se acortan
y acortan y acortan tanto que los hombres no caben en ellos y sacan
primero una pierna, luego la otra, los dos brazos más tarde y la cabeza,
hasta que llevan los días igual que un vehículo de cartón en una ginka-
na. Miran entonces como confundidos y al fin se deciden y avanzan a
sus fines monstruosos y libres.

Un día de esos llamé a la puerta del astrólogo.

Me abrió un niño de un metro de alto. Se encendió una lámpara y,
al hacerse la luz, vi que había una cama en donde se encontraban un
hombre y una mujer. La mujer estaba enferma y el marido la abanica-
ba con una paloma muerta. Llama éste al muchacho y le dice:

—Ocúpate de tu madre.

Cuando da un salto de la cama, compruebo que el rostro del hombre
se estrecha hasta tener barba.

—Tu mano derecha —ordena.

Y yo obedezco abriendo con tanto ahínco la palma de la mano que
logro que se agriete y se dibujen en ellas las líneas.

—¡Expósito, verdaderamente te has propuesto algo terrible!

—Sí, Sternli, quiero morir de belleza —dije; y me detuve, porque al
entrar al cuarto y comenzar a hablar se me habían empañado del ru-
bor las gafas. Por primera vez me supe en mi conciencia, lejos de ti;
las palabras se separaban y se unían pero por sus huecos se colaba el
frío—. Ella no está y yo sí estoy, ¿lo comprendes? Pero no hace mucho
de eso, creo que aún podría, sí, aún podría alcanzar la escultura de
uno de nuestros últimos grandes abrazos y trepar por ella, escalarla
y, en la séptima cabeza del canon, cerrarnos los párpados como a un
cadáver mítico, ¿no crees? —Y aunque Sternli no parecía escucharme
y se entretenía guardando la paloma en un cofre, mi inseguridad iba
disipándose—: El sol se pone en los márgenes y no es justo; al con-
trario, extingámonos en el esplendor mientras ocupa el centro de la
bóveda, pues allí es donde señala la mariposa con sus alas plegadas y
su cuchilla roja exactamente perpendicular al cielo.

—Necesitarías un sherpa para llegar tan alto. Sólo los sherpas convier-
ten paisajes verticales en paisajes horizontales. Mi hijastro…

Se eleva entonces un ruido como de interferencia radiofónica y resulta
ser la ronquera de la mujer:

—¡Nathanael, por Dios, que es sólo un crío!

—¿Tu hijo? ¿Quieres venderme a tu hijo? —me indigné.

—Es mi hijastro, pero ha visto el cielo desde el primer día.

—Cose bolsillos hasta en las sábanas de tu cama, pero no seré yo quien
los llene. ¡No hay en el mundo oro para comprar un niño y tampoco
necesito ningún sherpa! Lo que quiero es morir de belleza.

Se hizo una pausa. No me decidía a marcharme. ¿Y si el astrólogo
tenía razón? Pero como no quería ceder a sus pretensiones, continua-
mos sin movernos siete días y siete noches; y siete días siete quedó
paralizada la escena. Hasta que barrí con la mano una esmeralda bajo
su kipá.

Entonces llama el padre al muchacho:

—Acompaña a este hombre.

 

 

 

 

CAPÍTULO 4
“DESDE QUE SOMOS UN DIÁLOGO”
(F. HÖLDERLIN)

Mi sueño enterrado profundo en la mañana.

Hasta que se entreabre una puerta y entra un escarabajo empujando
una bola de nieve. ¿Es posible? Y me asomé a la ventana: ningún
árbol se llama yo, todos se llaman tú, ils s’appellent elles, o lo que es lo
mismo, ¡ha nevado!

Me apresuro a salir y el sherpa también se cuela dentro de la pelliza y
jugamos hasta que se nos van cansando, uno a uno, los cuatro brazos.
Y la nieve se pone triste. Porque tú eras también la infancia, la estancia
ínfima.

Sí, la infancia, ¿pero por qué? ¿Qué tenías tú que ver? No ser tiempo,
me dije. También la infancia crece iluminándose, en un ser propio
y cada vez más encandecido, un proceso que, si bien lo pensamos,
no se detiene, sólo se aparta. O nos apartamos. Vive, está claro. Y
se diría que entre unas ramas siempre distintas, se atisba el palacio
encendido donde celebra las bodas alguien que no le perdió el paso.
La infancia. También la infancia fue vivida y no tuvo un final. Igual
que tú, prometió algo que no coincidía con la vida. ¿Y se fue? ¿Y te
fuiste?

Aburrido, el sherpa corrió detrás de una ardilla mientras yo recorría
campos semánticos emocionados:

Si esta voz que te dice no te trae,
para qué he de tenerla,
¿para escribirte ven y que acudas si estás
y no acudas si no?
Canción, no has de cansarte
en el donaire de la mujer de espaldas,
sino trepar el rayo como hija de los dioses
y así, siendo y diciendo a
la vez, estando y fuendo,
tornarte en lo que está
fuera de mí y definitivamente
amo.

Y más tarde, hundiéndome en moarés con el puño cerrado:

¡Oh, libertad mía que pondrás fin a la obstinada eternidad de lo
hermoso!

Sobre la huesa invernal del bosque, la neblina acunaba en sus telas
un sol velado y travestido, como una luna pero más rotunda. Y
así continuó la escena, quieta y borracha, hasta que dos hombres
emergieron desde cualquiera de las puertas del bosque.

—¡Ayudadme a cambiar este curso devastador! —me apresté a gri-
tarles—, no persigáis la luna ni el candil, el rumbo siempre os lleve a
vuestro fondo, como navíos que parten hacia su alma, su fuego de San
Telmo.

—¡Yo estoy de su lado! —dice uno de ellos, que resulta ser antropólogo
marxista.

—Yo estoy desolado —añade el otro, que resulta ser profeta.

Se acerca el primero ambiciosamente y dice:

—Mi nombre es Kimberly Clark y lo nombro canciller de nuestra
intelligentsia.

Se acerca el segundo codiciosamente y secunda:

—Me llamo Armitage Shanks. Necesitamos tu mediación, Expósito,
necesitamos tus símbolos.

No sabía qué responder a aquello, así que recurrí a una frase hecha y
los tomé a ambos del hombro diciendo:

—Noble Kimberly y amado Armitage…

Pero como no sabía continuar, Kimberly Clark tomó la palabra:

—De todas formas, su amor es una convención, un convento, amigo
mío. Ni siquiera el género está dado, recuerde que el sexo de los
cocodrilos lo determina la temperatura de los huevos enterrados a
según qué profundidad y que…

Armitage Shanks lo interrumpió:

—Ésa no es la cuestión, Kimberly, los cocodrilos son horizontales
igual que los muertos, plana naturaleza. Lo que nos importa es el
hombre, que, trágicamente erguido, coge fruta de los árboles, se
ahorca o pone en hora el carillón. Y por so aguardamos, en nuestras
obras, al Espíritu: ¡el rodillo de amasar y la línea del horizonte!…

Pero aquel día fui yo quien interrumpió a los dos:

—No, amigos, no nada el pez porque hay agua, sino porque es pez. No
hay tiempo que perder, no somos circunstancias, ni de la tierra ni de
los cielos, somos libres, radicalmente libres.

En ese instante, tanto Armitage Shanks como Kimberly Clark queda-
ron muy pensativos. Y aunque aquel día de invierno la trufa del sol se
escondió tras la cima arrastrada por los renos…

 

 

 

 

CAPÍTULO 9
THE GAP
(ÉL ME LO CONTÓ — EL MELOCOTÓN)

Bajé de mi litera, la decimonovena, y fui a preguntar dónde estaban
los hornos del kibbutz y si habían visto al sherpa. Pero sólo encontré
al cascanueces, el soldado pequeño de Muñequissime, y tampoco me
respondió a eso:

—Atiéndeme, te contaré algo que puede interesarte. Te ayudaré si nos
ayudas.

Respondí que sí, que los ayudaría. Y me lo contó. Me habló de un
filósofo, un autista que vivía en lo alto del campanario con forma
de flauta: el filósofo escribe a máquina, está sentado a la mesa, una
larguísima mesa de banquete cuyo extremo se pierde en la niebla.

Quiere escribir algo, sí, algo, pero qué exactamente.

—No podrás aferrar el instante, no hay mano para todas las hojas
de una puerta giratoria. Aunque yo la sueño, yo sueño esa mano,
una mano quimérica, toda rodeada de dedos como un cangrejo, una
estrella o una rosa de los vientos, con varios índices y corazones.
Sueño esa mano porque la mía se ortiga con lo real, por ejemplo, un
melocotón, un pomo, el pomo de una puerta.

Dice que su pasado no existe ni tampoco su presente, que lo ha
intentado todo. Y nada. Que ha probado “métodos”. Pero ni así.
La-Cadena-en-Flor-Non-Stop-Show. Allí lo ha intentado. Que ha
entrado incluso allí. Recuerda el sonido del hielo en la copa, pero no
que pudiera repetirse. Luego el triángulo del pubis como la punta rota
de una estrella o una flecha que señala el infierno. Recuerda haberse
bajado del tren. Mind the gap, please, mind the gap.

La grieta entre el lenguaje y su adoración.

Please, please, keep clear, do not obstruct the doors.

Dice que las formas salen de él, habla de cómo se las saca de la boca
igual que el tragador de fuego, de cómo usa sus dedos para darle a los
labios la forma de lo que quiere nombrar. Que eso son sus palabras.
Pero en vano. Porque quedan en fantasmas.

Y la vida no puede recordarla, se convierte en pasado, en nana, en
ronquido; y eso no vuelve a entrar, igual que no entra la costurera por
el ojo de la aguja ni manzana podrida en manzana cerrada. Entonces,
la cuestión fundamental: si yo muero, esto puede no haber sucedido.

Dice que asigna formas a las nubes que pasan o a las manchas de una
vaca. Pero que no sirve de nada. A lo sumo enuncia una frase que se
disgrega sin retorno. Que la revisa y no encuentra fallo gramatical
alguno. Pero la frase se derrumba. Presté atención a lo que el
cascanueces escribía_

I didn’t change my mind the gap was deep whereas…

También cuenta historias sin fin, como la que el cascanueces anotó:

los puentes pequeños
los cruzan hombres pequeños
con las manos en los bolsillos
sobre ríos pequeños
con las manos en los bolsillos

Él me lo contó, sí, el cascanueces. Dijo que hasta se sienta mal a la
mesa. Que llega tarde a cubrir la copa para que le sirvan y que el licor
le resbala sobre el dorso de su mano pintándole las uñas. Que las chi-
cas se ríen. Todas excepto una con una mancha roja alrededor de la
boca y a la que llaman mística.

Le obligué a detener la pluma:

—¿Ancila? ¿Hablas de Ancila, la costurera del país natal? ¡Ella me
ayudó, es muy sabia!

El cascanueces se encogió de hombros con un crujido de madera y
terminó su relato. El filósofo autista ya no sale, ya no va a La-Cadena-
en-Flor-Non-Stop-Show. Cuando necesita algo, deja caer de lo alto del
campanario una bolsa con un cordel, una cometa enferma, la bolsa de
infusión de toda una ciudad. Pero escribir sí escribe sin parar:

Yo he estudiado el lenguaje
y he sabido que era la historia de una adoración.

 

 

 

 

CAPÍTULO 24
UN LIBRO EN EL QUE SÓLO TE SALVAS TÚ

—¡Contempla, Expósito, toda la belleza que te rodea!

—En efecto, nunca el kibbutz había tenido aquel aspecto. Había
comenzado el hambre. Gente desnutrida vagaba entre otra gente
desnutrida y apenas si podías distinguir a los primeros de los
segundos. Algunas calles habían adelgazado dentro de otras calles y
eran denominadas guetos.

Pero incluso así, conmocionado y víctima de Shanks, yo también
persistía en ciertas de mis locuras, creo que ya en realidad sin
convencimiento, como quien cuenta corderos sin ir a dormir. Es otra
glotis más —decía para mis adentros—, hay en el mundo mucho dolor
y mucha belleza, pero, además, hay en el mundo mucha belleza y
mucho dolor. Es decir, existe la muerte, existe el horror, pero también
existe el deslumbramiento. La cuestión general es que si se dan los
primeros no puede darse el segundo, pero yo estoy seguro de que
lo contrario ocurre igualmente, que en algún estado de conciencia
individual lo bello eclipsa todo lo demás, y el tiempo y la pérdida.

No obstante, Shanks, experto en deshacer escaleras, parecía olfatear
como un sabueso mis asociaciones, porque me interrumpió con otra
voz:

—¡Pues hazlo ya, estúpido, trepa por la columna y súbete a tu arte
antes de que te tiren de las piernas! —se reía—, Clark se acerca,
Sternli viene por mar hecho una furia y ha logrado una alianza con
el extraterrestre color dólar. Traen cohetes y tracas. Tienes miedo,
¿verdad?, ¿por eso te has quedado al lado de papá grizzly?

—Armitage, si lo que dices es verdad, Clark estará aquí antes que
cante el gallo.

—¡Pues mandaré matar todos los gallos! No, ni siquiera se hará de
noche: ¡mandaré matar todos los grillos!

—Ríndete ya. ¿No tuviste bastante con el sherpa?, ¿a quién se le ocurre
emplear a un niño en unos hornos?

—¿Unos hornos? Mira que eres ingenuo, Expósito. Aquel niño no tra-
bajó en ningunos hornos, murió en el transcurso de un… experimen-
to. Y así debió haber pasado con toda esa estirpe de garrapatas.

No podía creerlo. Cerré mi puño. Nunca miré a nadie con tanto odio.
Pero en eso también me superaba:

—¡Ohlalá! ¿Vas a ponerme la mano encima? Está bien, hagamos
un trato, respóndeme una pregunta y luego seré tu saco de boxeo.
Dime una cosa: ¿de verdad sientes compasión? —Aquello me pilló
desprevenido—. Vas a decir que sí, pero aguarda, te lo pondré un poco
más difícil; fuera de lo que te obsesiona, fuera de la infancia y de esa
muchacha que yerra por tu herrumbre, ¿sientes algo? Dime, ¿de verdad
lo sientes? Porque si así fuera, te tirarías a las calles. Pero, no, poeta, no
sientes nada, nada de nada por esos individuos. Ni siquiera para mí
son tan poco, yo al menos les doy un uso. Clark te robó a tu adsum de
las manos y dejaste pasar una noche hasta pedir cuentas. Para colmo
no estabas en el kibbutz, ¿dónde estabas? Tú no amas, Expósito, ni
siquiera la amaste a ella del todo, sólo querías menos vértigo, lo sabes.
¡Y aun así escribirás un libro en el que sólo te salvas tú! Qué gusano
eres, qué gusano. Dime ahora, ¿todavía tienes ganas de pegarme?

Allí estaba, era como si hubiera saltado dentro de sí mismo y aterrizara
en una arrogancia nueva, con sus ojos clavados en los míos, feliz como
uña en gato. Entonces terminó:

—Por cierto, que tampoco te acuerdas de tu padre. Eres el único huér-
fano que no lo hace. Y ahora déjame comer en paz.

Sonó el chirrido de una polea con una bandeja, era su plato favorito:
conserva de guindas en saliva de muchachas. Shanks comenzó a cu-
charear y yo obedecí, sin fuerzas o razón para objetarle nada. Bajé la
escalerilla, toda la escalerilla. Calles vacías. Arena. Mujeres. Hombres.
Oscuros inviernos preñados de días minúsculos, absurdos, la yogur-
tera de un sol tenue, de calor poco. El cielo volvió a cubrirse de nubes
del prójimo.

 

 

 

 

CAPÍTULO 33
LA QUITANIEVES DEL UNIVERSO

Toda la noche oyeron pájaros.
Por la mañana el cielo sorprendido
compuso a toda prisa alguna nube
para tener cabeza y girarla: un dragón chino
de tela lo surcaba y surcaba el calendario
hacia atrás; primavera,
invierno, diecinueve de diciembre,
un año y otro año.
Se volvieron también las golondrinas,
lejos de los balcones
enamorados y ahora acostumbradas
al ruido de tacones en el suelo de los boeings,
las serpientes se irguieron encantadas
y miraron al cielo
y hasta el pez abisal dio un salto fuera
del mar. Para verlo.

No porque la subida del nivel del océano
ni la disminución del hielo de los polos
hubieran acuciado
el eterno retorno. Nada de eso.
Simplemente fue así. Aconteció.
El dragón chino de La-Cadena-en-Flor
aterrizó en el día en que se amaron,
abrió la boca, sacó la lengua
como una alfombra para que él y un perro
salieran con más lujo que Jonás del cetáceo.
Y, aunque sin dientes no podía hablar,
parecía que dijese: “Aquí los tienes”.

Porque allí estaba ella y, ordenando en su pelo
—¡colores a sus puestos!—, un lazo en que tropiezan
las ardillas dormidas.

No era ninguna copia, era el día mismo
de la amapola en el muslo,
cuando se conocieron
y él tenía un agujero en la suela del zapato
que silbaba al andar. Hasta eso sonó. Igual.
Sólo que ahora un perro movió el rabo,
como asintiendo.

Corrieron, se abrazaron y se ungieron,
se dijeron palabras
—dos íes griegas y dos íes latinas—
de ésas tontas que dicen los que se aman
y que tiemblan cuando se quedan solas
porque no serán dichas
nunca más y lo saben.
Ahora nadie va,
ni el invisible viento, nadie, nada,
un desierto de arena de reloj,
de tiempo, sí, de tiempo de los otros,
porque lo suyo había acontecido.

Pero ningún laurel, nada emparrado,
ni un mosaico que diga:
cave Cangunem, quieto, aquí se amaron
la hoz y la cruz, el tenedor y la cuchara.
Nada quedó de aquello, porque quien lo sabía
ya está dentro de él,
escaló su querencia y se arrojó.

—¿Qué hago con estas gafas? —dijo un guardia—
Juraría haberlas visto caer del cielo.

—¿No son del figurín,
del gafotas? ¿No fue llevado a un pozo?

—Eso nadie lo sabe.

—Pues tíralas al río y ahórranos problemas.

Y las gafas se vieron a sí mismas cayendo
cataratas abajo, en Iguazú,
rodeadas de tucanes y del polvo del agua,
hasta el fin de los tiempos
o hasta otra glaciación
que las deje en la escoba de la quita-
nieves del universo.

Ésa es toda la historia.
La mano de oro viejo de la aldaba
sujetó por la esquina un pañuelo de tela,
lo agitó y dijo Adiós.

Las cosas habían vuelto a habitar los colores,
pero ya estaban libres:
y ahí veías a la nieve quitándose su blanco
como un niño un pijama,
y el cielo su celeste
y el trigo su amarillo.
Hasta que todos juntos se bañaron.

Sólo el camaleón viudo estaba pálido,
quieto sobre ninguna rama,
ingrávido, infeliz,
como un hombre que escribe escribe escribe

 

 

 

García Román, Juan Andrés. 2/2. Cartagena; Ed. Balduque, 2015.

 

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