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CUANDO YA NO HAY REMEDIO

 

Salvador Pérez Valiente fue un poeta murciano cuyos primeros poemas tuvieron una excelente acogida. De hecho, de él diría José Hierro que en sus versos era tan importante lo que se decía como lo que se ocultaba.
Con el tiempo, este poeta de segunda fila (sólo llegan a la primera fila entre diez y veinte poetas cada siglo), fue perdiendo el pulso, pero quedan algunos buenos poemas.

De ‘Cuando ya no hay remedio’, su primer libro, dejo aquí algunos poemas; cuya portada, junto al retrato que para el interior le hizo al poeta el pintor Antonio Gómez Cano, encabezan este post.

 

 

MUERTE MÍA

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxA Rafael Montesinos

Seré cuerdo, buena gente,
seré cuerdo.
Llamaré al jazmín, jazmín,
al sol, sol,
y al cielo, cielo.
No soñaré los balcones
clarísimos de la luna,
no querré ser marinero
en la llanura.
Colgaré del pino tierno,
—verde olor—,
colgaré del pino tierno,
rosas de mi desazón.
Y sin oficio y sin nombre,
—os tuve que dar las cosas
que son—,
me marcharé cualquier día
muy rígidamente cuerdo.
Tres curas y cuatro grillos
cantarán la letanía:
gori, gori, gori, gori…
¡Qué alegría!
Metidos en trajes negros
en todas voces diréis:
— ¡Pobre muchacho! ¡Tan bueno!
Me reiré.
Sobre la caja de cedro,
los puñaditos de tierra
sonarán.
El viento se irá llevando:
«¡Tan sencillo! ¡Tan correcto!»
Y yo, solo. Como antes.
Como siempre, siempre, ¡siempre!
Muerto.

 

 

 

 

CON EL CIELO TAN LEJOS

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxA Eusebio García Luengo

Ahora,
con el cielo tan lejos,
viejos parientes robadores del sueño,
con el cielo
tan igual, tan vacío, tan triste,
sobre vuestras cabezas
y vuestros heredados cuerpos,
ahora,
casi desconocidos parientes,
en este instante,
cuando un San José de yeso,
un abreviado Santísimo Rosario,
un interesado rezo,
no podrían defender vuestras cosechas,
vuestros campos,
los desiertos graneros,
ahora,
labriegos ciudadanos,
con la tierra que inexorablemente el sol maldice ahogándoos
y que os sobrará para los huesos,
sin trigo, sin aceite, sin almendros, sin flores,
con los Bancos cerrados,
con los Registradores enfermos
y la antigua medalla de caciques
colgándoos del cuello,
ahora, lejanos tíos,
ignorados parientes de una sangre que muere,
cuando sólo dos perros defienden vuestra casa
ahora quisiera hablar de mis recuerdos.

xxDebisteis no olvidarlo,
nunca es tarde para hablar de esta historia,
de este resentimiento
que puede maldecir vuestro destino,
vuestras letras de cambio,
hasta el postrer gemido,
la olorosa madera de un ataúd
que irremediablemente os va a servir de enterramiento.
Debisteis no olvidarlo.
Yo era entonces un niño perdido, abandonado.

xxOs hablo de mi madre.
Cada lágrima suya,
cada carbón manchando su mejilla,
la dulce mansedumbre de sus manos,
separa nuestras vidas.
Oh, lejanos parientes de una sangre que lloro,
debisteis no ignorarlo.
Intentasteis hasta borrar los nombres,
las señales, los años.
Pero un corazón crece sobre el mundo
y un abismo separa nuestras vidas
irremediablemente,
fatalmente,
oh parientes lejanos.

xxNunca es tarde para hablar de estas cosas.
La Historia es una historia repetida,
la plenitud de un llanto.
Quisisteis que olvidase.
Pero un corazón crece. Y un abismo.
Fatal, infranqueable,
eterno,
ancho.
Nunca es tarde, parientes,
para cantar furiosamente,
interminablemente
los agravios.

xxHablo
de una primera comunión
sin traje blanco,
de doce carnavales sin pierrot,
de un bautismo,
de una confirmación
entre lluvias y barro.
Nunca es tarde, parientes,
cuando hay un corazón que señalamos.
¡Los mecánicos y complicados juegos de los primos,
los vestidos,
los pájaros!
Y yo tan solo. Solo.
Tímido corazón deshabitado.
Por olvidar mi sangre, mi edad, mis apellidos,
guardasteis los retratos.
Borrasteis las señales, repartisteis
papeles, montes, campos.
Un abismo,
un abismo separa nuestras vidas,
no queráis ignorarlo.
Ahora que los aperos enmudecen
sobre la tierra —¡mía!—
que basta a vuestros pasos,
hora es de recordar, viejos parientes,
para gritar furiosamente,
interminablemente,
los agravios.

 

 

 

 

DESESPERADA NOTICIA A JOSÉ GARCÍA NIETO

xxxxxxxxxxxxxxxx«Siempre es demasiado tarde y siempre en vano
xxxxxxxxxxxxxxxxcuando se abren mis ojos para verme a mí mismo».

xxxxxxxxxxxxxxxx«¿Y no es esta la voz de un viviente, acosado
xxxxxxxxxxxxxxxxhasta en su propio centro, desvalido y despeñado
xxxxxxxxxxxxxxxxsin recurso…»
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxGoethe

xxxxxxxxxxxxxxxx«Siento que sólo la sombra me alumbra».
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxMiguel Hernández

xxxxxxxxxxxxxxxx«Donde habite el olvido».
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxBécquer,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxleyendo a
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxixxxxxLuis Cernuda

xxxxxxxxxxxxxxxx«Bien sabe el cielo que con sangre escribo».
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxixxxxxxxxxxAntonio Enríquez Gómez

He llorado tantas veces,
en la alta soledad de la noche,
cuando la paz es patrimonio sólo del más frágil de los recién nacidos,
xxxxxxxxxxxx[del más apartado de los sepulcros,
he pensado tantos años enteros sobre el oscuro destino de cada ma-
xxxxxxxxxxxx[drugada, sobre el cadáver que eternamente entierro si
xxxxxxxxxxxx[pasa un día, si pronuncio una palabra, una sola palabra,
que ahora no sé,
oh triste corazón de llanto,
hasta cuando esperaré inútilmente.
Imperiosa, eterna, enemiga de los humildes hombres, del huérfano
xxxxxxxxxxxx[vuelo de los pájaros, la vida pasa inexorablemente,
xxxxxxxxxxxx[transcurre para no regresar jamás, se olvida…
Como un río de barro sucede,
interminable y repetida como un pozo de frío y de sombra.
¿Hemos de pisar siempre sobre muertos,
hemos de caminar descalzos
sobre verdes botellas deliberadamente rotas,
sobre una misma historia inútil?
Dios seguirá ignorando mi vida porque me cuesta creer en la resu-
xxxxxxxxxxxx[rrección de los muertos,
en el perdón de los pecados veniales.
Mas Dios no debía olvidarse de que una lágrima no suena nunca
xxxxxxxxxxxx[sobre el montón de calderilla y odio que hemos de
xxxxxxxxxxxx[conquistar cada mañana,
cuando apenas si el alto sol alumbra los cuartos abandonados
xxxxxxxxxxxx[precipitadamente,
los cementerios,
los tristes hospitales,
los hospicios y el fácil sueño de los niños ricos,
los húmedos patios de vecindad y arrabales.
He complicado mi vida en la esperanza
y ahora sólo sé,
oh abandonado corazón,
que una mano se tiende acusando,
que amenaza y exige detrás de todo,
donde termina todo.
Cien millones de mundos giran eternamente,
perfectamente.
Casi dos mil millones de habitantes
pasan,
se pierden,
mueren.

He complicado mi vida en el silencio, en la esterilidad de unos la-
xxxxxxxxxxxx[bios que nunca sabrán decir sí, ni quizá, ni acaso.
He manchado mi vida con las viejas historias de abandonados ni-
xxxxxxxxxxxx[ños, de mujeres redimidas a tiempo, de hombres
xxxxxxxxxxxx[amenazados y de puños cerrados de impotencia y
xxxxxxxxxxxx[de rabia.
Y pienso que si el cielo, con premeditada intención, desplomase
xxxxxxxxxxxx[sobre nuestras resignadas cabezas su martillo, su
xxxxxxxxxxxx[maciza presencia, convirtiendo la vida en una man-
xxxxxxxxxxxx[cha de sangre, en una noche eterna, igual, única,
xxxxxxxxxxxx[sin regreso posible,
alguien,
los condenados a muerte,
los que habitan las más altas buhardillas,
los jóvenes enfermos,
los muchachos a punto de perderse,
volverían a Dios.
He manchado mi vida esperando, esperando siempre.
He gritado junto al corazón de los hombres para regresar desde el
xxxxxxxxxxxx[antiguo camino.
Porque el hombre está solo.

Amigo, tú lo sabes,
tú lo sabes, pero voy a repetirte
que nuestra soledad no tiene remedio,
que habría que multiplicar por cien cada palabra para que la gen-
xxxxxxxxxxxx[te detuviese un instante su enloquecido paso.
¡Las palabras!
Se atropellan, se agitan, fallecen en el aire.
¿Tú podrías decir cómo te llamas?
He gritado interminablemente,
he vuelto a preguntarme
con un clamor de sangre en la garganta.
mas nada queda ya, sino ceniza,
detrás de las palabras.
Oh tu amistoso abrazo: Dios existe.
Mas quizá sea demasiado tarde.
Tú lo sabes;
un sólo gesto podría salvarnos si una muchacha en flor quisiera,
si alguien nos preguntase, una vez sólo, que si somos católicos,
o cómo nos llamamos.
He tenido que olvidar rencorosamente tantas horas perdidas.
Mas clamaré en el silencio de las calles desiertas, de los templos
xxxxxxxxxxxx[vacíos.
Porque ese es el destino del hombre.
Olvidaré los apellidos, las ciudades, para seguir muriendo de
xxxxxxxxxxxx[cansancio.
Y esperaré la luna todavía.

Yo quisiera saber que sobre los faroles,
sobre las pobres mujeres indefensas que han nacido desnudas
xxxxxxxxxxxx[para poblar la noche,
para creer remotamente en Jesucristo,
—árboles, piedras, quizá sólo paisaje, cosas—,
Dios tiende su mirada.

Amigo,
abandonado como yo al dolor eterno de volver a empezar,
tú ya lo sabes.
Si las palabras quieren decir aún algo,
si es verdad que los pájaros viven milagrosamente y el desinte-
xxxxxxxxxxxx[resado cántico de las cigarras importa,
si un buen día va a amanecer hecho de luz gloriosa
y Dios ordena el viento y la sonrisa,
¿va a cesar de repente la costumbre de un llanto donde hemos
xxxxxxxxxxxx[aprendido tantos inconfesables siglos?
Dime, amigo, que esperas.
Y habitaré el olvido, el sueño,
las dulces avenidas de mi infancia.
¡Oh soledad, destierro, viva historia!
Esta es mi vida, amigo,
sencillamente escrita.
Tú lo sabes.
Sea contigo la paz.

 

 

 

 

HABITACIÓN

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxPara Juliana Moreno Sanmartín.

Amada: ya está aquí.
(Plazoleta de niños).
Y llueve.
¿Allí?
No, no. Más lejos.
Llueve.
(Alocados pájaros
en los pararrayos).
Y llueve.
¿Dónde está el barco? ¿Dónde?
Alguien llora,
alguien grita,
va y viene
alguien.
Pero nadie
sonríe.
Y llueve. ¡Siempre llueve!

 

 

 

Pérez Valiente, Salvador. Cuando ya no hay remedio. Valladolid; Halcón – Colección de poesía, 1947.

 

BRAHMS CLARA SCHUMANN

septiembre 22, 2014 Deja un comentario

Brahms Clara Schumann

 

Repasando libretas en las que uno apuntaba versos y poemas que se iba encontrando por el camino, he vuelto a redescubrir esta maravilla del libro ‘Agenda’ de José Hierro.

 

BRAHMS, CLARA, SCHUMANN

 

Eres mi amor, mi amor, Paula, Clara quise decir.
Y cuanto tiempo, Paula, digo Clara,
sin ti y sin mí. Las diligencias
parten sin mí y sin ti.
O a ti te llevan hacia el norte, hacia el pobre Roberto.
A mí, hacia el sur, contigo, hacia el sur, donde ya no estabas,
donde nunca estarías. Ahora he tomado el tren
para decirte adiós. Y sueño, sueño mío.

Cerré los ojos, deslumbrado por la memoria.
Apreté la cintura del paisaje, recorrí sus caderas,
miré sus ojos verdes, ceniza con sentido.
Tendía el cielo su metal hermético.
Y se superpusieron mediterráneos y cantábricos,
cipreses respirados desde un sótano,
casi a vista de muerto, y jazmineros.
Después, las cosas y sus nombres
perdieron sus contornos, su significación
y fueron nada más que ritmo, armonía viajera
liberada de los instrumentos que le dieron su carne.

No queda nadie ya que pueda perdonarte,
que pueda perdonarme, perdonarnos.
Nadie que pueda rescatar los besos que se pudren
sobre Roberto y su locura piadosa.
Ahora que voy a ti, a encontrarte en la aduana de la muerte,
pienso, Clara, amor mío, que cuando nos besábamos
era a Roberto a quien besábamos, al engañado
hijo de nuestro amor. Él murió un día.
Su esposa, tú, amor mío, Clara, también has muerto ahora.
Yo tomé el tren para encontrarte en la frontera,
para decirte adiós desde el lado de acá de la muerte, amor de mi vida.
Pero nunca llegaré a ti.
El viejo Brahms es viejo, y está gordo.
Me he quedado dormido y me he pasado de estación.
¿Comprendes, amor mío, que nunca llegaré a tu lado
por culpa de este sueño, que es mi bálsamo y mi enemigo?
Ya nunca llegaré a tu lado.
Puede ser, amor mío, que no te amara ya,
que no te hubiese amado nunca,
que sólo hubiese amado a mi propio amor,
al amor que te tuve, Clara, amor mío.

 

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CUADERNO DE NUEVA YORK

Cuaderno de Nueva York

 

EZRA POUND

ACOTACIÓN PRIMERA

Desconectado de su lugar y de su tiempo,
extravagante americano nacido en Gran Bretaña,
a contratiempo, a contraluz, a contralugar.
Todo, hasta su lengua materna,
le vino estrecho. Por eso recurría
al griego clásico, al latín,
al provenzal antiguo, al italiano del Dante, al chino.
En Spoleto salmodiaba
con susurro ancianísimo, en italiano
–una sutil manera de venganza–
algunos de sus Cantos Pisanos,
escritos en inglés, como es sabido.
Esto ocurría años después
de su exaltación del fascismo
–Inglaterra mi natura, Italia mi ventura
USA mi sepultura–.
Porque fue en USA donde estuvo
al borde de la ejecución
–gas, horca, silla eléctrica, inyección letal
o cualquier otra forma de exterminio
civilizada y piadosa.
Antes había sido la jaula, la vergüenza,
la befa, el improperio. Finalmente,
el psiquiátrico.

 

 

 

 

QUÉ será de vosotras, Marta,
Azucena, Laura… Oleaje
de caderas, cabellos, pechos.
Oleaje tallado en humo,

vestido de melancolía,
de sonrisas hacia las dunas
plateadas. Y el cielo aquél,
azul y frío, que enmarcaba

al Minotauro pensativo…
Marta, Azucena, qué habrá sido
de vosotras, cálida música
entre espejos y cortinajes.

Ahora sois ritmo, sois volutas
de humo, vedijas de las nubes,
ojos de niebla, donde un día
palpitaba la juventud.

 

 

 

 

COPLILLA DESPUÉS DEL 5º BOURBON

Pensaba que sólo habría
sombra, silencio, vacío.
Y murió. Estaba en lo cierto.
El mismo Dios se lo dijo.

 

 

 

 

HABLO CON GLORIA FUERTES FRENTE AL WASHINGTON BRIDGE

Pasea con el luto de viuda de sí misma,
payasa, miliciana,
entre los arces plateados de New Jersey
(o tal vez sean pinos, encinas, jaras y retamas
de Chozas de la Sierra… Yo ya no sé).
La navaja del río corta pan y tomate
de la tarde que se evapora.

Don Gil, Jilguero de las calzas verdes,
asado con madera del cajón de la portería,
miraba compasivo
cómo acunan tus brazos esqueléticos,
mientras dan de mamar a la guerra de nunca,
teta arrugada, guerra guerreada,
y todo lo demás.
Y todo blanco y negro. Y desvaído.
Un hombre levantaba su cabeza de ortiga
en el menesteroso anochecer.
Mendigos con fusiles (que yo los vi pasar
porque tú los mirabas).
Y niños muertos que esquivabas para no pisarlos
en la calle de Atocha
(nunca los vi ni quise verlos),
y aquel puente estrechísimo que no es el más con más
de Nueva York, sino de nieve y de cellisca,
(yo lo he visto, y lo veo, y seguiré viéndolo,
con las mujeres de ébano y marfil arrugado,
porque era entonces todo blanco y negro).
Y ahora vuelve sin Filis, cabalgando su cáncer,
¡hasta mañana, Filis!

Más tarde, en tu memoria cristalizaban sombras,
entre los rascacielos de acero y miel:
sombras de mondas de patatas
que has olvidado, pues no quieres morir,
no queremos morir,
y fachadas de catedrales bordadas de palomas,
y que mañana no será otro día,
y otra sombra resbalando sobre una lágrima,
enhebrando una aguja, zurciendo una bufanda
a la sombra de una lenteja.

 

 

 

 

Cuaderno de Nueva York'

 

 

Hierro, José. Cuaderno de Nueva York. Madrid; Ed. Hiperión, 1998.

 

LIBRO DE LAS ALUCINACIONES

Libro de las alucinaciones

 

En mi memoria, este libro siempre estará unido a la presentación que del primero de los dos poemas que hoy dejo aquí, hizo Félix Grande en un ciclo que se le dedicó a Pepe Hierro en Murcia hará algo así como quince años.

 

LOS ANDALUCES

Decían: “Ojú, qué frío”;
no “Que espantoso, tremendo,
injusto, inhumano frío”.
Resignadamente: “Ojú,
qué frío…” Los andaluces…

En dónde habrían dejado
sus jacas; en dónde habrían
dejado su sol, su vino,
sus olivos, sus salinas.
En dónde habrían dejado
su odio… Parecían hechos
de indiferencia, pobreza,
latigazo… “Ojú, qué frío”.
Tiritaban bajo ropas
delgadas, telas tejidas
para cantar y morir
siempre al sol. Y las llevaban
para callar y vivir
al frío de Ocaña y Burgos,
al viento helado del mar
del Dueso… Los andaluces…

Éstos que están esperando,
desde Huelva hasta Jaén,
desde Jaén a Almería,
junto a las plazas de cal
y noche, deben de ser
hijos de aquellos. Esperan
que alguno venga a encerrarlos
entre rejas. Como aquellos,
no preguntarán por qué.
No se quejarán de nada.
Ni uno se rebelará.
“Las cosas son como son,
como siempre han sido, como
han de ser mañana… Ojú,
qué frío…” Los andaluces…

Apenas dejaban sombra,
sonido, cuando pasaban.
Se borraban sus cabezas.
Tan sólo un inmenso frío
daba fe de ellos. Y aquella
dejadez que rodeaba
su fragilidad. Más solos
que ninguno, más hambrientos
que ninguno… (Deseaba
que odiasen, porque los vivos
odian. Los vivos perdonan.
El hombre es fuego y es lluvia.
Lo hace el odio y el perdón.)
Indiferentes: “Ojú,
qué frío…” Los andaluces…

Un grano de trigo. Una
oliva verde. (Guardad
el aliento de la tierra,
el parpadeo del sol
para ayer, para mañana,
para rescataros…) Quiero
que despierten del pasado
de frío, de los cerrojos
del futuro. Todo está
tan confuso. Yo no sé
si los veo, los recuerdo,
los anticipo…
xxxxxxxxxxxxxHace pocos
kilómetros tuve aquí,
en mi mano, la madeja
de los días. La emoción
de los días. Como un padre
que olvidó hace tiempo el rostro
de los hijos muertos. Y ahora
los recuerda. Y ahora vuelve
a olvidarlos, unos pocos
kilómetros más allá.
Olvidados para siempre…

Cuántos años hace de esto.
O cuántos faltan para esto
que hace un momento viví
por los caminos… –ojú,
qué frío– de Andalucía.

 

 

 

 

CARRETERA

Volvía, volvía –con qué poca ilusión–
a donde tuve mis raíces, mis recuerdos, mi casa
frente al mar, y los árboles
plantados por mis manos, pisoteados por los niños,
comidos por los animales.
Mi casa junto al mar, más solariega
que otras, la que fue más hermosa que todas.
Con qué poca ilusión volvía.

Cárdenas tierras húmedas y soleadas, trigos
color de aquellos ojos, pincelada morada
sobre lo verde, allá en Vivar del Cid,
murallas de olmos negros, amapolas,
verdes sombríos por Entrambasmestas,
platas de la bahía, con qué poca ilusión
pasaba por vosotros.

 

Cómo se puede vaciar así
un corazón. Cómo se puede
llorar así, por dentro. Frustraciones o muertes,
nada me arrancó lágrimas desde aquellos aviones,
los que volaban sobre mí y arrasaban mi mundo
sin que arrojasen bombas, ni metralletas: sólo
con el ruido de sus motores,
demasiado terrible para mí entonces y ahora.

 

Qué quedó de mi vida entre sus alas.
Qué en la música oída en la noche,
la que vestía nuestra desnudez
mientras caía el agua pálida, qué gozo, el agua…
Qué se hundió por aquellas escaleras
precipitadas en la noche.
Qué congeló la luna que iluminaba las fachadas.
Qué llevó la marea en la playa de octubre.

Cómo es posible edificar,
reconstruir con tantos materiales
disueltos en el tiempo,
gastados por la lluvia que no vimos caer…

Volví, volvía como ahogado
bajo un montón de escombros
que fueron mi edificio, mi alcázar,
sin una sola lágrima –para qué- que llorar,
apoyado en el llanto de otros días,
como si sólo con lágrimas de entonces
pudiese liberarse este dolor presente
que ya no encuentra llanto.

 

 

 

 

Hierro, José. Libro de las alucinaciones. Madrid; Ed. Cátedra, 2003.

 

UNA TARDE CUALQUIERA

Quinta del 42

 

UNA TARDE CUALQUIERA

Yo, José Hierro, un hombre
como hay muchos, tendido
esta tarde en mi cama,
volví a soñar.

xxxxxxxxxxxx(Los niños,
en la calle, corrían.)
Mi madre me dio el hilo
y la aguja, diciéndome:
«Enhébramela, hijo;
veo poco».

xxxxxxxxxxTenía
fiebre. Pensé: —Si un grito
me ensordeciera, un rayo
me cegara… (Los niños
cantaban.) Lentamente
me fue invadiendo un frío
sentimiento, una súbita
desgana de estar vivo.
Yo, José Hierro, un hombre
que se da por vencido
sin luchar. (A la espalda
llevaba un cesto, henchido
de los más prodigiosos
secretos. Y cumplido,
el futuro, aguardándome
como a la hoz el trigo.)
Mudo, esta tarde, oyendo
caer la lluvia, he visto
desvanecerse todo,
quedar todo vacío.
Una desgana súbita
de vivir. («Toma, hijo,
enhébrame la aguja»,
dice mi madre.)

 
xxxxxxxxxxxxxxxAmigos:
yo estaba muerto. Estaba
en mi cama, tendido.
Se está muerto aunque lata
el corazón, amigos.

 
Y se abre la ventana
y yo, sin cuerpo (vivo
y sin cuerpo, o difunto
y con vida), hundido
en el azul. (O acaso
sea el azul, hundido
en mi carne, en mi muerte
llena de vida, amigos:
materia universal,
carne y azul sonando
con un mismo sonido.)
Y en todo hay oro, y nada
duele ni pesa, amigos.
A hombros me llevan. Quién:
la primavera, el filo
del agua, el tiemblo verde
de un álamo, el suspiro
de alguien a quien yo nunca
había visto.

 
Y yo voy arrojando
ceniza, sombra, olvido.
Palabras polvorientas
que entristecen lo limpio:
xxxxxFuncionario,
xxxxxtintero,
xxxxx30 días vista,
xxxxxdiferencial,
xxxxxracionamiento,
xxxxxfactura,
xxxxxcontribución,
xxxxxgarantías…

 
Subo más alto. Aquí
todo es perfecto y rítmico.
Las escalas de plata
llevan de los sentidos
al silencio. El silencio
nos torna a los sentidos.
Ahora son las palabras
de diamante purísimo:
xxxxxRoca,
xxxxxáguila,
xxxxxplaya,
xxxxxpalmera,
xxxxxmanzana,
xxxxxcaminante,
xxxxxverano,
xxxxxhoguera,
xxxxxcántico…

 
… cántico. Yo, tendido
en mi cama. Yo, un hombre
como hay muchos, vencido
esta tarde (¿esta tarde
solamente?), he vivido
mis sueños (esta tarde
solamente), tendido
en mi cama, despierto,
con los ojos hundidos
aún en las ascuas últimas,
en las espumas últimas
del sueño concluido.

 

 

 

Hierro, José. Quinta del 42. Madrid; Univ. Popular San Sebastián de los Reyes, 1991.

 

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