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Posts Tagged ‘jorge berlanga’

MUJERES

noviembre 30, 2013 Deja un comentario

hollywood

 

xxDespués de que Sammy se fuera, Lydia me dijo:
xx–No tenías por qué haberle largado. Sammy es un tío divertido, de lo más cachondo. Heriste sus sentimientos.
xx–Pero yo quiero hablar contigo a solas, Lydia.
xx–Me gustan tus amigos. Yo no conozco a tantos tipos de gente como tú conoces. ¡A mí me gusta la gente!
xx–A mí no.
xx–Ya sé que a ti no, pero a mí . La gente viene a verte. Quizá si no viniesen a verte los apreciaras más.
xx–No, cuanto menos les veo más me gustan.
xx–Heriste los sentimientos de Sammy.
xx–Oh, mierda, se fue a casa de su madre.
xx–Eres celoso, eres un ser inseguro. Te crees que me quiero ir a la cama con todos los hombres a los que hablo.
xx–No, no creo. Oye, ¿te apetece un trago?
xxMe levanté y le preparé uno. Lydia encendió un largo cigarrillo y miró ensimismada su bebida.
xx–Tienes de verdad una pinta estupenda con ese sombrero –le dije–, esa pluma púrpura es soberbia.
xx–Es el sombrero de mi padre.
xx–¿Y no lo echa de menos?
xx–Está muerto.
xxLa eché en el sofá y le di un largo beso. Ella me habló de su padre. Al morir les había dejado a las cuatro hermanas algo de dinero. Eso les había permitido independizarse y le había permitido a Lydia divorciarse de su marido. Me contó también que pasó una temporada muy depresiva y que estuvo algún tiempo en un manicomio. La besé de nuevo.
xx–Oye –le dije–, vamos a echarnos en la cama. Estoy cansado.
xxPara mi sorpresa, ella me siguió al dormitorio. Me tumbé en la cama y noté como ella se sentaba. Cerré los ojos y me pareció sentir que se quitaba las botas. Oí caer una bota al suelo, luego la otra. Yo empecé a desnudarme en la cama. Me incorporé un poco y apagué la luz. Me acabé de desvestir. Nos besamos más.
xx–¿Cuánto tiempo hace que no estás con una mujer?
xx–Cuatro años.
xx–¿Cuatro años?
xx–Sí.
xx–Creo que te mereces algo de amor –dijo–. Soñé un día contigo. Abrí tu pecho como si fuera un gabinete, tenía puertas, y cuando abría las puertas veía toda clase de cosas suaves: ositos de peluche, pequeños animales de piel aterciopelada y todas estas cosas blandas y suaves que daban ganas de acariciar. Luego tuve otro sueño acerca de otro hombre. Se me acercaba y me entregaba unas hojas de papel. Era un escritor. Cogí las hojas de papel y las miré. Y aquellas hojas de papel tenían cáncer. Su escritura tenía cáncer. Yo me gobierno por mis sueños. Tú te mereces algo de amor.
xxNos besamos otra vez.
xx–Escucha –me dijo–, cuando me hayas metido esa cosa dentro, sácala justo antes de correrte, ¿de acuerdo?
xx–Entiendo.
xxMe monté encima de ella. Era algo bueno. Era algo que estaba ocurriendo, algo real, y con una chica veinte años más joven que yo, algo, al fin y al cabo, hermoso. Pegué como unas diez sacudidas… y me corrí dentro de ella.
xxElla se levantó de un brinco.
xx–¡Tú, hijo-de-puta! ¡Te has corrido dentro!
xx–Lydia, hacía tanto tiempo… me sentía tan bien… no pude evitarlo. ¡Me salió sin darme cuenta! Te doy mi palabra de que no pude evitarlo.
xxSe fue corriendo al baño y abrió el grifo de la bañera. Se puso delante del espejo pasándose un peine por todo aquel largo pelo marrón. Estaba verdaderamente bella.
xx–¡Hijo de puta! Dios, vaya un sucio truco de bachillerato. ¡Es una memez de escolares! ¡Y no ha podido ocurrir en peor momento! ¡Bueno, los dos estamos juntos en esto! ¡Es cosa de los dos!
xxMe acerqué hasta ella.
xx–Lydia, te amo.
xx–¡Lárgate de mi vista!
xxMe sacó de un empujón y cerró la puerta. Me quedé fuera en la sala, oyendo correr el agua de la bañera.

 

 

 

Bukowski, Charles. Mujeres (Trad. Jorge Berlanga). Barcelona; Ed. Anagrama, 2000.

 

CARTERO

noviembre 28, 2013 Deja un comentario

cartero

 

xx17

xxDespués de 3 años llegué a “regular”. Eso significaba paga en vacaciones (los auxiliares no tenían paga) y una semana de 40 horas con 2 días libres. La Roca se vio también forzado a asignarme un sector permanente de 5 rutas. Eso era todo lo que tenía que controlar, 5 rutas diferentes. Con tiempo, podía conocer las cajas como la palma de mi mano, y todos los atajos y trampas de cada ruta. Cada día sería más fácil. Aquello podía empezar a ser confortable.
xxDe todas formas, no me sentía demasiado feliz. Yo no era un hombre que buscara deliberadamente el sufrimiento, el trabajo era todavía bastante difícil, pero de alguna forma echaba en falta el viejo encanto de mis días de auxiliar, aquel no-saber-qué-coño iba a pasar a continuación.
xxUnos pocos regulares vinieron a estrecharme la mano.
xx–Felicidades –me dijeron.
xx–Ya –dije.
xx¿Felicidades por qué? Yo no había hecho nada. Ahora era un miembro del club. Era uno de los muchachos. Podía continuar allí durante años, incluso llegar a tener mi propia ruta. Recibir regalos de Navidad. Y cuando llamara diciendo que estaba enfermo, le dirían a algún pobre bastardo auxiliar:
xx–¿Qué le ha pasado al cartero de siempre? Llega usted tarde. El cartero de siempre nunca llega tarde.
xxEn fin, así estaba. Entonces salió una circular diciendo que ni la gorra ni ninguna otra parte del equipo podían ponerse encima de la caja de cartero. La mayoría de los chicos dejaban sus gorras allí encima. No molestaba para nada y ahorraba un viaje al vestuario. Ahora, después de 3 años de dejar allí mi gorra, me ordenaban que no lo hiciera.
xxBueno, seguía llegando con resaca y mi mente no estaba como para pensar en cosas como gorras. Así que un día después de que saliera la orden mi gorra estaba allí.
xxLa Roca vino corriendo con la amonestación. Decía que iba contra las reglas el tener parte del equipo encima de la caja. Metí el papel en mi bolsillo y seguí clasificando cartas. La Roca se sentó en su silla, girándose de un lado a otro y mirándome. Todos los demás carteros habían puesto sus gorras en sus armarios. Excepto yo y otro tipo, un tal Marty. Y La Roca se había acercado a Marty y le había dicho:
xx–Bueno, Marty, ya leíste la orden. Se supone que tu gorra no debe esatr encima de la caja.
xx–Oh, lo siento, señor. Es la costumbre, ya sabe. Lo siento –había contestado Marty, quitando su gorra de la caja y subiendo corriendo a dejarla en su armario.
xxA la mañana siguiente me olvidé de nuevo. La Roca vino con la amonestación.
xxDecía que iba contra las reglas el tener parte del equipo encima de la caja.
xxMe la metí en el bolsillo y seguí clasificando cartas.

xxA la mañana siguiente, cuando entré, pude ver a La Roca observándome. Me observaba de forma muy deliberada. Estaba esperando a ver qué hacía con la gorra. Le dejé esperar un rato. Entonces me quité la gorra de la cabeza y la puse encima de la caja.
xxLa Roca vino corriendo con su amonestación.
xxNo la leí. La tiré a la papelera, dejé la gorra donde estaba y seguí con el correo.
xxPude oír a La Roca con la máquina de escribir. Había rabia en el sonido de las teclas.
xx¿Dónde habrá aprendido éste a escribir a máquina?, me preguntaba.
xxVolvió de nuevo. Me entregó una segunda amonestación.
xxLe miré.
xx–No tengo por qué leerla. Ya sé lo que dice. Dice que no he leído la primera amonestación.
xxTiré la segunda amonestación a la papelera.
xxLa Roca volvió corriendo a su máquina de escribir.
xxMe entregó una tercera amonestación.
xx–Mire –le dije–, ya sé lo que dicen todos estos papeles. El primero era por tener mi gorra sobre la caja. El segundo por no leer el primero. Este tercero es por no leer ni el primero ni el segundo.
xxLe miré y entonces dejé caer la amonestación en la papelera sin leerla.
xx–Puedo tirar estas cosas tan rápido como usted las escriba. Puede continuar durante horas, y muy pronto uno de los dos a a empezar a caer en el ridículo. Me refiero a usted.
xxLa Roca volvió a su silla y se sentó. No escribió más. Simplemente se quedó allí observándome.
xxAl día siguiente no fui. Me quedé durmiendo hasta mediodía. No avisé por teléfono. Luego bajé hasta el Edificio Federal. Les conté a lo que iba. Me pusieron delante de una vieja muy flaca. Tenía el pelo gris y un cuello muy estrecho que de repente se doblaba por la mitad, lo cual le hacía inclinar su cabeza hacia delante; se quedó mirándome por encima de sus gafas.
xx–¿Sí?
xx–Quiero dimitir.
xx¿Dimitir?
xx–Sí, dimitir.
xx–¿Y es usted un cartero regular?
xx–Sí –dije.
xx–Tsch, tsch, tsch, tsch, tsch, tsch, tsch –se puso a hacer este sonido con sus labios secos.
xxMe entregó los papeles necesarios y yo me senté a rellenarlos.
xx–¿Cuánto tiempo lleva en el Servicio de Correos?
xx–Tres años y medio.
xx–Tsch, tsch, tsch, tsch, tsch, tsch, tsch, tsch –siguió–, tsch, tsch, tsch, tsch.
xxY eso fue todo. Volví a casa con Betty y descorchamos la botella.
xxPoco podía imaginarme que un par de años después volvería allí como empleado y que me pasaría cerca de 12 años jorobándome doblado sobre un taburete.

 

 

 

Bukowski, Charles. Cartero (Trad. Jorge Berlanga). Barcelona; Ed. Anagrama, 2005.

 

SE BUSCA UNA MUJER

noviembre 25, 2013 Deja un comentario

se busca una mujer

 

 

xxUN HOMBRE

xxGeorge estaba tumbado en su remolque, echado de espaldas, mirando una pequeña televisión portátil. Los platos de la cena estaban sin limpiar, los platos del desayuno estaban sin limpiar, necesitaba un afeitado, y la ceniza de su cigarrillo liado le caía sobre la camiseta, y cuando le quemaba la piel, blasfemaba y se la sacudía de encima.
xxSe oyeron unos golpes en la puerta del remolque. El se levantó lentamente y abrió la puerta. Era Constance. Llevaba una botella de whisky sin abrir en una bolsa.
xx–George, he dejado a ese hijo de puta, no pude aguantar a ese hijo de la gran puta por más tiempo.
xx–Siéntate.
xxGeorge abrió la botella, cogió dos vasos, llenó cada uno con un tercio de whisky y dos de agua, y se sentó en la cama con Constance. Ella sacó un cigarrillo de su bolso y lo encendió. Estaba bebida y sus manos temblaban.
xx–También me he llevado su maldito dinero. Agarré su maldito dinero y me largé mientras él estaba trabajando. No sabes lo que he sufrido con ese hijo de puta.
xx–Dame algo para fumar –dijo George.
xxElla le alcanzó un pitillo y cuando estaba más cerca, George le puso su brazo alrededor, se la atrajo y la besó.
xx–Tú, hijo de puta –dijo ella sonriendo–, te eché de menos.
xx–Yo eché de menos esas magníficas piernas, Connie. Realmente eché de menos esas piernas.
xx–¿Te siguen gustando?
xx–Me pongo cachondo sólo de verlas.
xx–Nunca lo he podido hacer con un tío educado –dijo Connie–. Son demasiado blandos, no son hombres. Y este tío limpiaba la casa, George, era como tener una criada. Lo hacía todo. El piso estaba sin una mota de polvo. Podías comerte un filete fuera del plato, en medio del suelo, donde fuese. El era antiséptico, eso es lo que era.
xx–Bebe algo. Te sentirás mejor.
xx–Y era incapaz de hacer el amor.
xx–¿Quieres decir que no se le levantaba?
xx–Oh, sí se le levantaba. La tenía siempre tiesa. Pero no sabía cómo hacer feliz a una mujer, ya sabes. No sabía actuar. Todo ese dinero, toda esa educación. Era un inútil.
xx–A mí me hubiera gustado tener estudios.
xx–No necesitas nada de eso. Tú tienes todo lo que necesitas, George.
xx–Sólo soy un desgraciado. Todos esos trabajos de mierda…
xx–Te digo que tienes todo lo que necesitas, George. Tú sabes cómo hacer feliz a una mujer.
xx–¿Sí?
xx–Sí. ¿Y quieres saber algo más? ¡Su madre venía con nosotros…! ¡Su madre! Dos o tres veces a la semana. Y se sentaba allí mirándome, pretendiendo apreciarme, pero tratándome todo el tiempo como si fuese una puta. ¡Como si yo fuese una mala puta robándole a su amado hijo de sus brazos! ¡Su precioso Walter! ¡Cristo! ¡Vaya un plato!
xx–Bebe, Connie.
xxGeorge había acabado. Esperó a que Connie vaciara su vaso, entonces lo cogió y llenó de nuevo los dos.
xx–El juraba gritando que me amaba. Entonces yo le decía: ¡Mírame el coño, Walter! Y él no me miraba el coño. Decía: “No quiero mirar esa cosa”. ¡Esa cosa! ¡Así es como lo llamaba! Tú no tienes miedo de mi coño, ¿verdad, George?
xx–No me ha mordido nunca por ahora.
xx–Pero tú sí que lo has mordido, lo has roído bien, ¿eh, George?
xx–Supongo que sí.
xx–¿Y lo has lamido, lo has chupado?
xx–Supongo que sí.
xx–Tú sabes condenadamente bien lo que has hecho, George.
xx–¿Cuánto dinero te has cogido?
xx–Seiscientos dólares.
xx–No me gusta la gente que roba a otra gente, Connie.
xx–Eso es porque eres un jodido friegaplatos. Eres honesto. Pero él es un gilipollas tal, George… Y además puede permitirse el lujo de perder ese poco de dinero, y yo me lo he ganado… él y su madre y su amor, y su amor a su madre, y las pequeñas y limpias escudillas de lavar, y las bolsas higiénicas y los coches nuevos y todos esos olores asfixiantes de colonias, sprays, lociones de afeitar, y sus pequeñas erecciones y su preciosa manera de hacer el amor. Todo para sí mismo, entiendes. ¡Todo para sí mismo! Tú encambio sabes lo que una mujer quiere, George…
xx–Gracias por el whisky, Connie. Alcánzame otro pitillo.
xxGeorge llenó de nuevo los vasos.
xx–He echado de menos tus piernas, Connie. De verdad que las he echado de menos. Me gusta cómo llevas esos tacones altos. Estas mujeres modernas no saben lo que están perdiendo. Los tacones altos modelan la pantorrilla, el muslo, el culo; imponen ritmo al andar. ¡Realmente me ponen cachondo!
xx–Hablas como un poeta, George. Algunas veces hablas de verdad como un poeta. Eres un endiablado friegaplatos.
xx–¿Sabes lo que de verdad me gustaría hacer?
xx–¿Qué?
xx–Me gustaría azotarte con mi cinturón en las piernas, el culo, los muslos. Me gustaría hacerte gritar y llorar y cuando estuvieses gritando y llorando, entonces te la metería en un golpe de puro amor.
xx–No me gusta eso, George. Tú nunca me has hablado de ese modo. Siempre te has portado bien conmigo.
xx–Súbete la falda.
xx–¿Qué?
xx–Súbete la falda, quiero ver mejor tus piernas.
xx–Te gustan mis piernas, ¿eh, George?
xx–Deja que la luz las haga brillar.
xxConstance se subió el vestido.
xx–Dios, cristo y la mierda–dijo George.
xx–¿Te gustan?
xx–Adoro tus piernas.
xxEntonces George se acercó a Constance y le pegó una fuerte bofetada en la cara; el cigarrillo voló de su boca pintada.
xx–¿Por qué has hecho eso?
xx–¡Te follaste a Walter! ¡Te follaste a Walter!
xx–¿Y qué coño pasa?
xx–¡Que te subas más la falda!
xx–¡No!
xx–¡Haz lo que te digo!
xxGeorge la abofeteó de nuevo, más fuerte. Constance se subió la falda.
xx–¡Por encima de las bragas! –gritó George–. ¡Quiero verlas enteras!
xx–Cristo, George. ¿Qué es lo que te pasa?
xx–¡Te follaste a Walter!
xx–George, te juro que te has vuelto loco. Me quiero ir. ¡Déjame salir de aquí, George!
xx–¡No te muevas o te mato!
xx–¿Que me matas?
xx–¡Te lo juro!
xxGeorge se levantó y se llenó un vaso entero de whisky, se lo bebió de un trago y se sentó al lado de Constance. Cogió su cigarrillo, agarró la muñeca de Constance y lo apoyó firmemente sobre la piel. Ella gritó. El lo sostuvo allí sin moverlo, hasta que por fin lo apartó.
xx–Yo soy un hombre, nene, ¿entiendes?
xx–Sé que eres un hombre, George.
xx–¡Aquí, mira mis músculos! –George se levantó y flexionó ambos brazos–. ¿Bonito, eh, nena? ¡Mira estos músculos! ¡Tócalos! ¡Tócalos!
xxConstance tocó uno de sus brazos y luego el otro.
xx–Sí, tienes un bello cuerpo, George.
xx–Soy un hombre. Soy un friegaplatos pero soy un hombre, un hombre de verdad.
xx–Lo sé, George.
xx–No soy como ese mierdaleches que has dejado.
xx–Ya lo sé.
xx–Y también puedo cantar. Tienes que oír mi voz.
xxConstance estaba allí sentada. George empezó a cantar. Cantó “Old man river” y luego cantó “Nobody Knows the trouble I’ve seen” y luego “The St Louis Blues” y también “God Bless America” interrumpiéndose a menudo y riéndose. Entonces se sentó al lado de Constance. Dijo:
xx–Connie, tienes unas piernas muy bonitas–. Le pidió otro cigarrillo. Lo fumó, se bebió dos vasos más, y entonces apoyó su cabeza en las piernas de Connie, contra las medias, en su regazo, y dijo:
xx–Connie, sé que no soy bueno, sé que estoy loco, siento mucho haberte pegado y haberte quemado con ese cigarrillo.
xxConstance siguió allí sentada. Pasó sus dedos entre los cabellos de George, acariciándole, consolándole. Pronto él se durmió. Ella esperó un poco. Entonces apartó la cabeza de sus piernas y la apoyó en la almohada. Se levantó de la cama, se fue hacia la botella, se sirvió una buena cantidad de whisky, añadió un poco de agua y se lo bebió. Se dirigió hacia la puerta del remolque, la abrió, bajó y la cerró. Caminó a través de la parcela, abrió la verja, salió a la carretera y se fue andando bajo la luna de la una de la mañana. El cielo estaba limpio de nubes, repleto de estrellas allá arriba. Llegó al bulevar y caminó hacia el este hasta divisar la entrada del Blue Mirror. Entró, echó un vistazo y allí estaba Walter sentado, solo y borracho al fondo del bar. Ella se acercó y se sentó a su lado.
xx–¿Me echaste de menos, querido? –preguntó ella.
xxWalter levantó la mirada. La reconoció. No contestó. Miró al camarero y el camarero se acercó a ellos. Todos se conocían entre sí.

 

 

 

Bukowski, Charles. Se busca una mujer (Trad. Jorge Berlanga). Barcelona; Ed. Anagrama, 2005.

 

FACTOTUM

noviembre 23, 2013 Deja un comentario

Factotum

 

 

xx3

xxSalí un día a la calle, como de costumbre, y me puse a vagr por ahí. Me sentía feliz y relajado. El sol estaba en su punto. Era como una melodía. Había paz en el aire. Cuando llegué al centro de la manzana, había un hombre de pie a la puerta de una tienda. Pasé de largo.
xx–¡Eh, COMPADRE!
xxParé y me di la vuelta.
xx–¿Quieres un trabajo?
xxVolví hasta donde él estaba. Por encima de su hombro pude divisar una gran sala a oscuras. Había una gran mesa con hombres y mujeres alineados a ambos lados de la misma. Manejaban martillos con los cuales golpeaban objetos que tenían enfrente de ellos. En aquella penumbra los objetos tenían la pinta de ser almejas. Olían como almejas. Me di la vuelta y continué mi paseo calle abajo.
xxMe acordé de cómo mi padre solía volver a casa cada noche y hablaba a mi madre de su trabajo. La murga del trabajo empezaba nada más cruzar la puerta, continuaba en la mesa de la cena y acababa en la cama cuando daba el grito de “¡Luces fuera!” a las 8 de la tarde, de modo que él pudiera descansar y recobrar fuerzas para el trabajo que le esperaba al día siguiente. No había otro tema en su vida a excepción del trabajo.
xxAl llegar a la esquina, otro hombre me hizo parar.
xx–Escucha, amigo… –empezó.
xx–¿Sí? –pregunté.
xx–Mira, soy un veterano de la primera guerra mundial. Arriesgué mi vida en el frente por este país, pero nadie me quiere contratar, nadie quiere darme un trabajo. No aprecian lo que hice por ellos. Tengo hambre, ayúdame un poco…
xx–Yo no trabajo.
xx–¿No trabajas?
xx–Como lo oyes.
xxContinué mi paseo. Crucé la calle hasta la otra acera.
xx¡Estás mintiendo! –me gritó–. ¡Tú trabajas. Seguro que tienes un trabajo!
xxPocos días más tarde, andaba buscando alguno.

 

 

 

Bukowski, Charles. Factotum (Trad. Jorge Berlanga). Barcelona; Ed. Anagrama, 2005.

 

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