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ENCUENTRO AMOROSO

 

ENCUENTRO AMOROSO

Tras los atentados de Oklahoma City,
perros de búsqueda y rescate
fueron traídos con sus adiestradores
de todas partes de Estados Unidos.

Pero cuando los perros no pudieron encontrar
ningún superviviente
les venció el desconsuelo,

y tras otro día de nada
excepto cadáveres,
si llegaban a reemprender la búsqueda
ésta era, en el mejor de los casos, inconsistente.

Así que los adiestradores comenzaron a hacer turnos
escondiéndose entre los escombros,
dejando que los perros los encontraran vivos.

 

 

 

Dodge, Jim. Lluvia sobre el río (Trad. Antonio Rómar y Pablo Mazo Agüero). Madrid; Ed. Salto de página, 2017.

 

DE ‘NUEVOS POEMAS Y PROSA BREVE’

 

ÁNGELES NECESARIOS

xxxxxxx1952
Cuando tenía siete años
susurré a la hebilla de mi cinturón
—una radio secreta—:
«crucero estelar dragón 4 llamando a base,
crucero estelar dragón 4 llamando a base…»
y recuerdo ese derroche de alegría
cuando una voz al otro lado
contestaba alto y claro:
«Adelante, capitán Jimmy, adelante…»

 

xxxxxxx1990
«Regrese a base, capitán Jimmy.
¿Me recibe?
Lo estamos perdiendo.
¡Vuelva, capitán Jimmy!
¡Regrese a base!
Oh, capitán Jimmy.
Maldito estúpido.»

 

 

 

 

PÁJARO DEL KARMA

Invisible y chillón
el pájaro del karma se aferra a tu hombro
como el retoño espeluznante
del loro gruñón de John Silver el Largo
y el cuervo que acechaba la mente de Poe.
Está atornillado a tu hombro para recordarte
que lo que se adquiere a costa del espíritu
invariablemente alcanza vencimiento,
que lo que das es lo que finalmente obtienes,
y lo que obtienes es tuyo.

De manera que cuando el karma se invierte,
como decididamente hace,
ese grosero y jubiloso pájaro se vuelve loco,
salta arriba y abajo sobre tu clavícula
chilla con rectitud en tu oreja,
«¡kar-ma! ¡kar-ma! ¡kar-ma!»
hasta que quieres estrangular a ese pequeño cabrón,

cualquier cosa con tal de que se calle.
Pues aunque es cierto
que actuamos con pertinaz ignorancia
y a menudo fallamos a la fe que intentamos mantener,
somos sabios para aceptar
toda consecuencia como merecida;
pero eso no significa que tenga que gustarnos,
ni mucho menos amar a ese pájaro histérico.

 

 

 

 

LA PIEDRA

De dos grandes maestros,
se dice que uno murió serenamente,
con una leve sonrisa en el rostro;
el otro, sacudiéndose entre gritos,
aterrorizado por la muerte.
No hay conclusiones que sacar.
La piedra cae
hasta que choca con la tierra.

 

 

 

 

RASCAR

Atizando por el desierto un T-Bird descapotable
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxdel ochenta y uno robado
xxen una noche de verano atravesada de estrellas,
xxxxla capota abajo, la música a todo trapo
xxxxxx—los Stones, Dylan, el gran Van—,
media libra de hierba descarrilante sobre el asiento
xxentre tú y la jovial monada rubio fresa
xxxxcon piernas de aquí al Cielo
xxxxxxque recogiste haciendo autostop cerca de Barstow
xxdejando tras ella un marido cretino
xxxxjunto con un montón de sueños adolescentes,
xxxxxxaunque comprende
xxxxxxxxque existe una inocencia que nunca perdemos,
xxxxxxxxxxy si vas a viajar con ella,
lo que siempre ha querido
xxes desfilar desnuda por el balcón de una tercera planta
xxxxen el barrio francés en pleno Mardi Gras
xxxxxxpara sentir la noche sobre su cuerpo;
y, sin duda, nada de esto se aproxima siquiera al amor,
xxpero a veces sólo tienes que rascar para ir tirando.

 

 

 

 

RESCATE

El amor es lo que nos salva del rapto.
Una casa construida con madera de rescate
del derruido salón de baile
abandonado en la ribera de Austin Creek
cuando Cazadero era una ciudad de vacaciones.

Rescatada, apilada, arrastrada;
arrancados los viejos clavos de cabeza cuadrada,
los nuevos fijados,
paciente y apasionadamente centrados y alineados.

Una casa que se empieza por el final de una barra de demolición
y se remata en capas de tejas superpuestas,
bien amartilladas
contra los empecinados vientos de febrero
y las ráfagas ascendentes de los días de lluvia.

Una casa lo bastante grande para la intimidad,
lo bastante sólida para guardar la luz,
el tejado sellado en cada junta
y el suelo de tarima de arce
pulida y abrillantada

por mil bailes de medianoche
cuando era primavera y había luna llena
y los bailarines parecían deslizarse en el aire,
los hombres nerviosamente apuestos,
las mujeres con flores en el pelo.

Rescate de ciudad fantasma, construida desde cero.
Construida por la fe, el sudor y el cuidado.
Escuchando el interior de los materiales hasta percibir
la risa de los bailarines discurrir río abajo
para desconcierto de búhos y nutrias.

Hecha de los placeres que perduran más allá del alivio.
Hecha por el rigor de lo real.
El refinamiento, no la captura.
El tallador de diamantes,
no el ladrón de diamantes.

Centrados y alineados.
la casa en la salida al final del risco.
El diamante en la mente de los bailarines.
El asombroso vacío de la luz de la luna
inundando la pista de baile.

 

 

 

 

UN EPITALAMIO PARA VICTORIA

xxxxxxxxCon motivo de nuestro matrimonio, 7 de octubre de 1994.

Toco tu mejilla
y muere otro teólogo
de un aparente ataque al corazón en un motel de Fresno,
el noveno esta semana,
y el forense se ha dado cuenta de algunas coincidencias:
todos hombres por encima de cuarenta;
primero nombres que empiezan por la letra D;
todos se hallaron vestidos con pantalones cortos azul pálido de Mervyn’s,
talla mediana;
todos exhibiendo el mismo uso cuestionable del punto y coma
en poemas angustiados sobre su infancia
que dejaron sin acabar en astillados escritorios de formica.
Y eso apenas al tocar tu mejilla.

Cuando toco tu garganta
(oh, dulce Jesús extasiante y el fundente y radiante Buda, también)
todo catedrático embutido de tweed
que haya malinterpretado un vocabulario impenetrable para el conocimiento
y todo profesor de instituto que haya mentido a una clase,
se queda tonto de golpe en el peaje de la medianoche;
y todos los políticos del Hemisferio Occidental
caen de rodillas, suplican la absolución;
y el último existencialista practicante,
tras años de contemplación del ser intrínseco de una manzana,
por fin se la come.

Lo cual me empuja a besarte
(ah, delirio lunar; oh, cruda eterna nova de diamante de sol)
y, cuando nuestros labios se tocan,
cada pájaro en vuelo pliega sus alas y planea,
y cada pájaro en reposo y cada bebé no nacido
sueña con girar su barriga hacia el sol,
y la Costa Norte es azotada con dos semanas de lluvias torrenciales
hasta que un hombre se parte, grita
«No hay martillo como el pez martillo»,
y se arroja desde el puente Hiouchi al crecido Smith
mientras una anciana vestida de ante con botas de vaquero
suelta plumas de halieto en el punto en que cayó, cantando
«Llévalo a casa, mamma, llévalo a casa».

Entretanto, mientras nuestro beso continúa
en el balcón del Museo del Futuro,
siento remolinos de miel en las costillas
(¡oh, gruesa crianza dorada! ¡ah, felices abejas!)
y cada árbol en 500 millas profundiza en su verde,
las copas se abren, las vainas se dividen y se esparcen,
los retoños de ciruelas hacen reverencias a la tormenta creciente
y un viejo y majestuoso pino de azúcar sacude sus raíces;
y entonces el balcón se desprende
y caemos, todavía el uno en brazos del otro, caemos…

Y no, no ha sido todo una farsa a través de las caléndulas,
pero tras treinta años más o menos compartidos,
de caiga quien caiga, de pica y rasca,
de aventurarnos en noches de cuatro carriles que nos dejaron tirados y sucios boca arriba en la cuneta,
de entregar nuestros culos a los dioses de arriba
mientras enterrábamos nuestros dedos en el suelo,
diría que aún estamos cayendo,
cayendo enamorados.

 

 

 

 

SOLICITUD DE TRABAJO

Quiero tenderme en una ladera abierta
y sentir cómo todo
se aviva bajo la luz.
No quiero pensar, juzgar, decidir.
El invierno ha sido duro.
El padre de Vicky murió en noviembre.
Un mes después, hallé
a mi hermano muerto
en su cabaña de Klamath.
Luego, un mes de lluvia,
inundaciones, corrimientos de tierra.
Y abajo, en el jardín quemado por la escarcha,
los cuervos se acomodan sobre el espantapájaros.

Quiero rendirme en una ladera de hierba
y dejar que todo se eleve por encima del calor.
Darme enteramente a florecer.
Enterrar la cara en las multitudinarias amapolas;
volver la cara al cielo.
Si debo trabajar, que la tarea
concuerde con mi fuerza decadente
y encuentre mi verdadera ambición:
sentir que las raíces cavan hondo
mientras imagino
colores nuevos para una flor.

 

 

 

 

LA BOCA DEL RÍO

Cerrando los ojos para intensificar la sensación,
ella se toca la mejilla con una piedra caliente.
Él se conmueve tan completamente,
otro hombre con menos experiencia podría desmayarse,
mientras que él, cerca de los cincuenta, se queda solamente atónito,
su gemido se ahoga en un suspiro,
encharcado de deseo,

lo bastante lúcido para apreciar
su propia confusión total respecto a lo que siente
por esta joven mujer,
y respecto, si es que hay algo, a lo que debería hacer.
Los motivos rara vez son puros,
ni siquiera está seguro
de lo que quiere ser:

la piedra, su calidez, la mejilla,
el río, océano, o el sol dentro
de la luna que arde en el interior de ella;
todas, ninguna, o una compleja combinación de posibilidades
que conoce lo bastante para saber que lo eluden.
Pero sabe más allá de la comprensión
que el río crecido de lluvia, fuerte y lento,

se mueve del modo en que ella sería tocada,
y él quiere abrir las manos y tocarla de esa forma,
en el límite donde se funden el desliz y el pulimento
contorneando bordes, envolviendo cavidades,
Mozart tejiendo seda esmeralda lechosa,
todo atrapado y rizado con fluida elegancia
de húmeda espiral, chispa de cromo.

 

 

 

 

EL ANTERIOR Y LOS SUBSIGUIENTES CIELOS

En el momento más presente de la noche
—induplicable, acabado—
la luz de la estrellas en nuestras caras
tenía un millón de años luz.
Yo cambié.
Tú también cambiaste.
La luz perduró.

Cambiamos más allá de preferencias,
atados al universo
como sucesos congruentes
con su origen infinito
así como con su paradero momentáneo,
cada aliento y latidos sujetos
a una absoluta relativa
plenitud espacio-temporal
de posibilidades, ilusiones, y partos,
arreglos y desarreglos,
propiedades, principios, y fuerzas misteriosas,
algunas tan estrictas como la gravitación,
algunas tan aleatorias como un lagarto en la sopa.

Tú lo cambias.
Yo también lo hago.
Trataba de escribir la historia de un instante,
para sostener el punto exacto
donde desembocaba en canción,
se unía a la forma luminosa del río,
la luz de las estrellas en nuestras caras,
el fuego bajo la sopa bullente.
Te zambulliste desde la orilla opuesta
y nadaste hacia mí con la luna en la garganta,
el cuerpo planeando bajo el agua
como la sombra de un pájaro.
Tu transcurso cambió la corriente,
cambió el río,
cambiándonos a ti y a mí.

Lo que conocemos nunca es lo mismo.
Se dispersa como la luz de las estrellas en la mente;
se difumina en el futuro que ello crea:
nada se pierde, nada se gana, continúa
como la condición mutable de la gracia divina.

Esta canción de la luz de las estrellas comienza junto al río,
cantando contigo al atardecer del verano,
descalzos y acurrucados en la arena refrescante
esperando que las estrellas emerjan en este mundo,
mientras el lento río verde cosecha nuestras sombras,
cantando a voz en grito,
hasta encoger los dedos de los pies,
y yo me transformé en ti también cambiando.
No para siempre, tal vez,
pero de verdad.

 

 

 

 

TRES MODOS DE CONSEGUIR LA ZANAHORIA DEL PALO

Un súbito salto majestuoso.
Suprimir el hambre.
Romper el palo.

 

 

 

 

JUSTO A TIEMPO

xxxxx3

Mi hermano Bob
no era ningún ángel.
Ahora Bob está muerto,
pero yo lo recuerdo
como un río por un cañón,
y seguramente a causa del dolor con que vivía
por su pierna arruinada,
se refugió cuando pudo
en la flor del momento.
Recuerdo una noche,
tras haber terminado
su séptimo petardo fulminante,
cabeceó y anunció:
«A la mierda el pasado.
Eso ya pasó».

Los ríos no corren hacia arriba.
Recuerdas del río tal vez
el lugar por donde lo cruzaste
o donde paraste a almorzar
junto a una cascada al final de la primavera,
pero ahora lo recuerdas,
la flor del momento,
y tengo lágrimas en las mejillas
porque Bob no está aquí
para acordarse conmigo
—del destello del martín pescador,
las bandas de color crema y ceniza
de los alisos tiritando con la brisa que baja a favor de corriente—
el tiempo no para;
el río se desliza cañón a través,
se embalsa, se hunde;
y Bob estaba en lo cierto,
el pasado ha terminado;
acabado, se ha ido,
aunque no estoy seguro,
un gemido atrapado en la garganta,
de si acaso era yo
el que se despedía con la mano
desde el banco de arena
o el de la barca.

 

 

 

Dodge, Jim. Lluvia sobre el río (Trad. Antonio Rómar y Pablo Mazo Agüero). Madrid; Ed. Salto de página, 2017.

 

RAZÓN PARA VIVIR

 

RAZÓN PARA VIVIR

Tenía veintidós años en el verano del sesenta y siete, cuidaba la casa de mi hermano de la calle G en Arcata, atrapado seriamente por primera vez en el sofoco y la lucha de escribir poesía, tan pobre que no podía permitirme ni un sucio sándwich. Pero aquel día el casero había contratado mis manos ociosas para ayudarlo a descargar un camión de mudanza lleno de pertenencias de su tía recién fallecida, me había pagado diez pavos, y estaba cruzando la calle G hacia el Safeway donde ahora hay un Wildberries, con el dinero caliente en la mano —suficiente, severamente racionado, para una semana de espaguetis— y recuerdo que me reía porque toda una semana de pasta batiría seguro los infames Tacos de Poeta Hambriento de mi colega Funt (una loncha de mortadela en una tortilla fría de maíz, enróllala y adentro), riéndome y estrujando el billete, mofándome de Funt, y justo atravesaba el aparcamiento cuando vi a Julie, desnuda en el bosque, cantando en un idioma que nunca había oído; Julie con la sinuosa cruz que se había tatuado entre el ombligo y el vello púbico con un imperdible romo y tinta china tras la cortina de un baño del Reformatorio para Chicas: le había llevado dos horas, pero las monjas, me explicó, no la detuvieron porque tenían miedo de verla desnuda, y para ser honestos, yo también, pero no dejé que el miedo me detuviese, y me alegro, porque treinta años después todavía me arden los labios allí donde besaron la cruz después de que compartiéramos los espaguetis que hice, y recordaré esa noche para siempre como el tiempo en que comprendí que el dinero y la comida y la poesía eran formas de vivir, no razones para hacerlo.

 

 

 

Dodge, Jim. Lluvia sobre el río (Trad. Antonio Rómar y Pablo Mazo Agüero). Madrid; Ed. Salto de página, 2017.

 

HAGERTY ARRUINA OTRA COMPAÑÍA DE CAMIONES

 

HAGERTY ARRUINA OTRA COMPAÑÍA DE CAMIONES

Ella estaba radiante, bella en plan oh-llévame-Señor, cuando se deslizó fuera del Mercedes SL Roadster junto al Arco de Eddie Smith que cruza la intersección, brillante de nylon, piernas interminables, sonriendo directamente a Bill Hagerty subido al pickup de la Compañía Maderera Roseburg, su pelo como miel derramada al sol, sonriendo directamente y con pleno y congruente conocimiento de la sangre inflamándose en las venas de Hagerty, sus fosas nasales ensanchándose con alguna fragancia fantasma que flotara por la horneada superficie de asfalto que los separaba, sus ojos se encontraron con un destello claro y fatal. Y así poseído, Bill Hagerty se estampó contra la parte trasera de un Trans-Am del 89 detenido ante el semáforo, volcó al reventar la rueda, golpeó el bordillo, levantó el morro y empaló a la compañía Ford contra una boca de incendios.
xxxDesalojado a través de la puerta colgante por el géiser de agua que manaba desde los bajos del coche, Hagerty se dislocó el hombro, se partió dos costillas, se fracturó el dedo meñique de la mano derecha y él, aunque los sanitarios estaban preocupados por un posible daño cerebral mientras lo metían en la ambulancia, siguió tratando de alcanzarla con el brazo estirado, entre quejas, todavía tratando de agarrar las posibilidades perdidas, la promesa cruda de esa gloriosa mujer en un Mercedes nuevo, ronroneando en la distancia.

 

 

 

Dodge, Jim. Lluvia sobre el río (Trad. Antonio Rómar y Pablo Mazo Agüero). Madrid; Ed. Salto de página, 2017.

 

LLUVIA SOBRE EL RÍO

 

APRENDIENDO A HABLAR

Siempre que Jason decía caztor en lugar de «castor»
o aldilla en lugar de «ardilla»
lo adoraba en secreto.
Son palabras mejores:
El ajetreado caztor caztoreando;
la cola gris de la aldilla
enroscada como una culebrilla de humo en una rama de arce.
Nunca le dije que estuviera pronunciando mal sus nombres,
aunque yo sí los pronunciaba según la convención.
En cierta ocasión se dio cuenta, y se explicó:
«Yo digo caztor.»
«Genial», le dije, «como lo veas».
Pero en una semana
estaba pronunciando ambas «correctamente».
Cumplí con mi deber,
y lo lamento.
Hasta nunca, caztor y aldilla.
Tanta belleza perdida para el entendimiento.

 

 

 

 

PSICOECOLOGÍA

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxUn homenaje a Walt Whitman

La realidad es obra de la imaginación.
La imaginación, canal de la emoción.
Tras todas las lágrimas y risas,
la emoción se vacía en el espíritu,
y el espíritu se condensa sobre la realidad
como el rocío en una hoja de hierba.

 

 

 

 

SER

xxxxxODA

Carne y aliento.

Luz lunar licuándose
en la garganta de un lirio de agua.

Matorrales de arce joven
a punto de germinar.

Todo lo que tienes que ser
es quien eres,

desnudo más allá del cuerpo,
de tacto en tacto.

 

 

xxxxxPALINODIA

¿Todo lo que tienes que ser
es quien eres?
Qué puedo haber querido
decir con eso.

Tanto si parte de ti
es quien sueñas que podrías ser
si no fueras el mísero zoquete
que de hecho eres,

como si tu «verdadero tú»
es ese que de brazos cruzados se pregunta quién
es el verdadero tú

—o si alguna vez has deseado ser
alguien más, otra persona;

un contable en Coronado,
un friegaplatos de un asador de segunda en Omaha—

o si entiendes todo esto,
o aún te importa,
probablemente estás bien jodido

o lo bastante próximo
para ser bienvenido como amigo.

 

 

 

 

PRÁCTICA, PRÁCTICA, PRÁCTICA

Exige la más estricta disciplina
tomárselo con calma de verdad

y conservar, no obstante, el mínimo
latido de ambición
necesario para seguir consciente.

En eso he estado trabajando toda la mañana.

tirado en el sillón
junto a la ventana en la cabaña de Bob,

mirando la lluvia,
sin patrones,
caer sobre el estanque,

sólo los perros y yo.

 

 

 

 

SABIDURÍA Y FELICIDAD

La media luna húmeda que dejan las lenguas de los perros
cuando lamen el pienso del gato del suelo de la cabaña;

la hebra de luz, más delgada que las de las arañas,
desenrollándose desde el centro de mi pecho
como una trucha de veinte kilos que raja la corriente río abajo
a través de las aguas celadonas del Smith;

el resplandor del agua a los lados de Victoria
en ese momento en que da el paso
de la sauna al interior de una tormenta salvaje del Pacífico,
centelleo vaporoso, el cuerpo ido;

la elegancia de un sendero de alces
cortado por el limo de un arroyo arenoso;

retoños de alisos rojos a primeros de marzo;

carne de venado y salmón fresco,
la inminencia del maíz del jardín;

Jason dormido una noche entre semana,
su pierna derecha desnuda colgando del colchón
(vaya, se está haciendo grande);

echar un pedazo de madroño
al hogar del fuego durante una noche nevosa,
amortiguar el calor de la estufa
para que las brasas prendan el fuego de la mañana;

el modo en que los terriers estornudan y brincan y corren
delirantemente entre los frutales
cuando saben que vamos a dar un paseo;

las gotas de lluvia en los huecos de las hojas del arándano
horas después de que haya pasado la lluvia.

Hoy he cumplido cincuenta y cinco, todavía en la brecha,
y aunque sólo los tontos reivindican la sabiduría,
no sé de qué otra manera llamarla
cuando cada año
cuesta menos hacerme feliz
y dura más tiempo.

 

 

 

 

RED SAILS

Me siento ante el escritorio
y sin razón aparente
empiezo a cantar, con torpeza,
Red sails in the sunset
Lo canto hasta que me engolfo,
sea un golfo lo que sea,
más loco que el carajo,
tenlo por seguro,
y profundamente agradecido.

 

 

 

 

CONMOCIÓN Y BORRASCA

Has tocado fondo
cuando entiendes
que no hay fondo
que tocar.
Y sólo te metes ahí empapado
en la proa de un barco
contemplando la lluvia
caer sobre el océano.

 

 

 

 

SOBRE EL HUMOR: ACERCA DEL APAREAMIENTO
DE LOS BURROS CON LAS CEBOLLAS

Si cruzas a los burros con cebollas
obtienes principalmente un montón de cebollas con orejotas.

Ésa es la primera parte del chiste.
La bobería del lenguaje invita,
la importancia
sin propósito del juego
cuando sólo estás jugueteando
sacando esto y aquello
de entre infinitas posibilidades
y juntándolo de nuevo.
La mente a tomar por culo toda la tarde.
Divertido, eso es seguro, divertido, pero
no esencial;
y desde luego no lo que esperabas
después de cruzar burros con cebollas
del único modo en que pueden ser cruzados;
en mentes lo bastante libres para unirlos
sólo a ver
qué pasa.

Y lo que pasa
es que principalmente obtienes
cebollas con orejotas.

Pero el amor invariablemente recompensa la imaginación,
así que de vez en cuando consigues
un pedazo de yegua
que te arranca las lágrimas de los ojos.

 

 

 

 

PALMAS HACIA LA LUNA

xxxxx1

Teníamos quince. Verano.
Atravesábamos el pueblo a la luz de la luna
hacia el acantilado de la playa.
Hicimos el amor en aquel campo tembloroso
donde las sensaciones divinieron emociones,
ninguna de las cuales conocíamos hasta entonces.
Nuestros corazones como antorchas arrojadas al mar.
Una magnificencia
que no puede sobrevivir
a la inocencia
que la hace posible.

 

 

xxxxx2

No hay belleza sin desaparición.
No hay amor sin ese primer desolado momento de desgarro
cuando comprendes que algo va mal,
pero no sabes qué es
ni cómo detenerlo.

 

 

xxxxx3

Medianoche, las montañas,
hacemos una cama con nuestra ropa
sobre el bloque de granito.
Desnudos más allá de la piel,
levantamos las palmas hacia la luna,
nuestros cuerpos tiemblan como la rama de un árbol
un latido después de que el pájaro haya volado.

 

 

 

 

UNA COMPRENSIÓN MÁS FIRME DE LO OBVIO

Por la tarde, a principios de junio,
dulcemente cansado del día de trabajo,
vagueando en el porche trasero con amigos,
después de la cena
(espárragos y espinacas
lomo de ciervo
ahumado y poco hecho),

contemplando al ocaso
sacar brillo al océano,
vencejos de alas rígidas
grabados en el aire,
una luna llena alzándose como una fiebre perlada
enorme sobre las secuoyas,

estoy embargado por la comprensión
de que nunca entenderé
el origen y el destino del universo,
el sentido o el propósito de la vida,
ninguna de las respuestas
a las grandes preguntas del ser,
y probablemente poco más.

Y ese conocimiento, por último,
me hace feliz.

 

 

 

 

EL TERCER BANCO DEL RÍO

Los tres ciervos que beben
bajo la luz de la luna en los bajíos del río
oído avizor.

Hocicos que gotean,
orejas tensas bien abiertas,
estremecimiento en los costados cuando los músculos se enroscan

en esa temblorosa pose
entre la quietud y el vuelo;
ellos escuchan los latidos de mi corazón

hasta que los oigo yo mismo.

 

 

 

 

UNA COSA TRAS OTRA

Tantos caminos verdaderos.
Una plétora de maestros excepcionales.
Incontables ríos en los que no he pescado.
las posibilidades del amor desafiando al álgebra.
Todos estos platos sucios.

 

 

 

 

SELECCIÓN INNATURAL: UNA MEDITACIÓN
ACERCA DE LA CONTEMPLACIÓN DE UNA RANA TORO
FOLLANDO CON UNA ROCA

Amalgama de gelatina eléctrica,
nudos neuronales constelados
y la sopa binaria salobre,
tan cierto como que un estímulo provoca una respuesta,
los cerebros están hechos para elegir.
Y debido a un gran error en el reconocimiento de patrones
o a un relevante fallo cognitivo,
el cerebro de la rana toro ha elegido
una roca de dos libras
como el objeto de su cariño incontrolado,
una roca (a mis ojos, cierto es que mamíferos)
que no se asemeja,
ni vaga mente sugiere,
a la hembra de su especie.

Parece estar disfrutando
de un modo descortés,
pero como la roca obviamente permanece impasible
uno sospecha que no es una mezcla de dulces olvidos
lo que aviva su ímpetu,
sino un serio vicio en bucle retroalimentado;
a lo mejor sólo es vicio en general.
Los menos compasivos podrían incluso llamarlo
la quintaesencia del macho insensible.

Asumiendo un vínculo de género más allá de la especie
y una inquietud común,
aconsejo a mi ambicioso compañero:
«Eh, no creo que se esté haciendo la dura.
Te enfrentas a un caso literal aquí, Jack;
historia real, amigo; hechos pétreos.
Y sería negligente en lo fraternal si no compartiera
mi profunda y eminentemente razonable duda
de que la vayas a poder desgastar
por largo y grandioso que sea tu ardor.»

Ignorando mi consejo
tan completamente como mi presencia,
la rana toro sigue con su asalto infructífero
con esa promesa de locura enajenada
que invariablemente acompaña
a la idiota lujuria de ojos saltones.

Pero, en justicia,
¿el cerebro de quién no se ha cortocircuitado en un charco de hormonas
o, inflamado como un bidón de gasolina,
no ha sido arrojado a un torbellino que aullaba
donde una roca, de hecho, podría parecer un puerto?
Uno sólo puede concluir
que tal concupiscencia arrolladora
funciona como un seguro de vida para las especies,
un tipo de anulación procreativa
de cualquier decisión que requiera pensamiento,
un pensamiento que es notoriamente presa del pensar,
y cuanto más piensa uno sobre el pensar
más pensante se pone.
Por tanto, aunque el cerebro está hecho para elegir,
su existencia última depende
de la supremacía generativa del descerebrado deseo;
por lo que, con todo respeto, Monsieur Descartes,
tu soy viene antes de que pienses que eres.
Sucias compulsiones gobiernan deseos poderosos
volviendo irrelevante cualquier elección, así también
la razón, la moral, el gusto, las maneras,
y todas esas otras jarras de purpurina
que vertemos sobre lo pringoso y lo crudo.

La dura verdad es que nunca elegimos elegir:
ni los cerebros que usamos para optar
entre explicaciones opuestas para nuestro lío sexual
ni esos corazones que hemos cargado con nuestros errores
en nombre del amor.
Hacemos aquello que decidimos hacer,
la elección no es libre;
vivimos a merced de carencias más apremiantes.

Así, las urgencias surgiendo urgentemente,
montamos a unas pocas rocas por error.
Algo más embarazoso que la mayoría de nuestras estupideces, cierto;
pero y qué.
El poder de lo imperativo
acoplado a la ley del promedio
garantiza virtualmente que bastantes lo harán bien
para crear más cerebros que sepan
exactamente qué pasos seguir
hacia lo que pensamos que necesitamos
en este viaje pedregoso entre el delirio y el espejismo
—cuándo moverse, cómo usar nuestros sueños—,
un viaje donde aprendemos al final
que la libertad no es una decisión
que el cerebro sea libre de elegir.

Afortunadamente, mi verrugoso amigo,
el alma está hecha para aventurarse.

 

 

 

 

ATACÁNDOLO

Todos los plantadores de nuestra cuadrilla
cargábamos bolsas dobles de plantar.
Piss-Fir Willie llevaba tres en el arnés,
y metió otros veinte brotes desnudos
en su mochila con el almuerzo.
Un día que Timothy le pinchaba
—«Caray, Willie, seguro que podrías llevar
otros seis en cada pierna del pantalón
y una docena más entre los dientes»—,

Willie se volvió para decirle,
lo bastante alto para que lo oyéramos,
«Te diré lo que me dijo mi padre:
Hijo, si vas a ser un oso,
sé un grizzly».

 

 

 

 

TRABAJO DURO

Chicos, he escuchado vuestra mierda lo suficiente.
Si queréis saber lo que es trabajo duro, escuchad:
he cabalgado bajo el látigo de la miseria; he acarreado leña;
trabajado en un aserradero; reducido rocas enormes a piedrecitas;
levantado cien millas de vallas de madera;
plantado cepos en terrenos tan abruptos
que tenías suerte si podías arrastrarte colina abajo.
He hecho frente a un incendio salvaje; apilado sacos terreros frente a una riada;
empacado heno hasta tropezar con mi lengua;
y desguazado trastos de todo tipo
hasta destrozar la cabeza de una almádena
y un par de pares de guantes de soldador.
Así que, chicos, podéis tomar nota como si lo dijeran las sagradas escrituras cuando os digo
que el trabajo más duro que hallaréis en este mundo
es cavar la tumba de alguien amado.

 

 

 

 

SABER CUÁNDO PARAR

Has tenido demasiado
cuando no puedes recordar
cuánto has tenido
ni te importaría una mierda
poder recordarlo.

 

 

 

 

GASTOS VACACIONALES

De vuelta de su quincena de vacaciones anual en Petaluma,
noto que Willie va lento con su pala
mientras colocamos un buzón en la puerta sur de Temple Flat.
Bromeo: «¿Qué pasa, Willie, has olvidado
cómo usar una retroexcavadora irlandesa en la gran ciudad?»
Y aunque replica: «Joder, he desgastado
más palas antes de tener pelo en el culo
de las que probablemente usarás en toda tu vida»,
la respuesta es poco entusiasta para ser de Willie,
Y parece que se moviera con cierto enojo.
«¿Te sientes bajo?», inquiero.
«Un poco», admite.
Apisona algunas rocas alrededor del buzón,
se inclina sobre la pala de mano como un trabajador de Caltrans
y se queda mirando el llano entre las colinas marrones de verano.
«Ya sabes», agita la cabeza,
«hay que ser idiota para querer ir a la ciudad.
Los primeros nueve días los pasé bebiendo whisky,
los siguientes cinco minutos logré
que unos cuantos jornaleros mexicanos
a los que había cabreado en un bar de South Street
me sacaran a patadas hasta la primera puta papilla de mi vida
y el resto de la noche en la celda para borrachos meando sangre
hasta que me llevaron al hospital del condado
donde pasé el resto de mis vacaciones.
Imagina quinientos dólares en whisky, uno de los grandes de multa,
y otros cuatro mil setecientos por la puta factura del hospital.
Aquellos leñadores mexicanos podrían haberme dejado estúpido,
pero no soy idiota. De aquí en adelante,
me voy a tomar vacaciones cada veinte minutos,
aquí mismo en las colinas,
justo como estoy haciendo ahora».

 

 

 

 

PRECEPTOS BÁSICOS
Y UNA ADVERTENCIA PATERNALISTA PARA LOS JÓVENES

No te comas un animal atropellado que puedas arrojar en tu remolque.
No le hagas un calvo a la Patrulla de Carreteras.
Las apuestas largas cuando vas corto de dinero suelen ser perdedoras.
No confundas el góspel con la iglesia.
Nunca te chives de amigos o familiares.
Evita vivir en un sitio donde no puedas mear desde el porche delantero.
Sólo porque sea simple no significa que sea fácil.
No firmes un cheque con tu boca de cocodrilo que tu culo de lagartija no pueda pagar.
Si no la quieres, no silbes.
No te metas entre dos perros a marcar territorio.
Cualquiera machaca unos tomates, pero hace falta un chef para hacer salsa.
Nunca eres lo bastante pobre como para no prestar atención.
No andes farfullando paranoias.
Nunca duermas con una mujer que te está haciendo un favor.
Si te golpea un abusón, pon la otra mejilla. Si vuelve a abofetearte, dispara a ese hijo de perra.
Conservarlo es el doble de difícil que conseguirlo.
Nunca atravieses un pueblo en coche a cien millas por hora con la hija quinceañera
xxxdel sheriff borracha y desnuda en tu regazo.
Nunca dibujes en sentido opuesto a la gota.
Si no estás confuso es que no sabes qué está pasando.
El amor es siempre más duro de lo que se presiente.

 

 

 

 

MATAR

Sólo de dos maneras
puede justificarse
matar a una criatura:

si vas a comértela
o intenta comerte.

 

 

 

 

LA MUERTE Y EL MORIR

No importa un bledo
cuándo, dónde
o cómo
mueras.
Lo importante es:
no te lo tomes como algo personal.

 

 

 

Dodge, Jim. Lluvia sobre el río (Trad. Antonio Rómar y Pablo Mazo Agüero). Madrid; Ed. Salto de página, 2017.

 

EL TARRO DE GALLETAS

 

EL TARRO DE GALLETAS

El centro comercial de Coddington estaba atestado de compradores navideños mientras esperaba en la cola de El Tarro de las Galletas, una panadería que se dedica fielmente a mi dulce favorito.
xxxEra justo después de la pausa tras el almuerzo y quedaba una sola vendedora en el mostrador, una joven de sonrisa fatigada y dispersa. Trabajaba tan deprisa como era capaz, pero la cola avanzaba con lentitud. Yo me entretenía con un diario deportivo, considerando si valía la pena apostar cien dólares por los 49ers estando las apuestas tres a uno contra los Rams, cuando mi atención fue atraída por la anciana que etaba delante de mí. Por su postura inclinada y sus arrugas le eché unos setenta recién cumplidos o al menos sesenta y cinco mal llevados. Llevaba un vestido gris, pero lo oscurecía un grueso suéter negro que lo tapaba casi hasta los bajos. Estaba echada hacia delante, apoyada sobre el bastón y con la nariz pegada al expositor, examinando las galletas con la atención tranquila y fiera de un halcón. Atraído por la fuerza de su concentración, doblé el diario deportivo y dije amablemente: «Siempre cuesta decidirse».
xxxSus ojos ni siquiera parpadearon.
xxxNo puedo culparla por ignorarme. Por qué debería una anciana, en una sociedad de atracadores, violadores y artistas de la estafa, alentar una vaga conversación con un hippy barbudo y medio tarado venido de las colinas, donde probablemente cultiva toneladas de marihuana y hace dios sabe qué a las ovejas. Sentí ese pequeño baño de tristeza que tiene lugar cuando tus buenas intenciones son bloqueadas por circunstancias culturales.
xxxCuando llegó el turno de la anciana, con un grueso acento eslavo pidió tres galletas de chocolate. «De las grandes», especificó, golpeando el cristal con la punta del dedo para indicar su preferencia.
xxxLa agobiada dependienta tomó obedientemente tres galletas del tamaño de un platillo de café con un papel de confitería. Advertí que una de las galletas tenía un pequeño trozo desprendido del borde. También se dio cuenta la anciana: «¡Ninguna de las rotas!», ordenó.
xxxLa dependienta le ofreció una sonrisa con el piloto automático y reemplazó la galleta defectuosa, deslizándola en una bolsa blanca que dejó sobre el mostrador. «Un dólar con sesenta y seis, por favor», le dijo la anciana.
xxxLa anciana me dio la espalda para revolver torpemente dentro de su monedero, que era del tamaño de un pequeño bolso de punto. Después de mucho rezongar, consiguió al final dos billetes de dólar enrollados juntos y atados con esmero por una goma amarilla. Se dirigió a la dependienta con un protocolo acérrimo: «También desearía unas galletas de mantequilla de cacahuete. De las pequeñas. Hasta veinticuatro céntimos».
xxxLa dependienta, con una mirada que suplicaba Dios, ojalá empezara mi descanso ya, sacó tres pequeñas galletas de mantequilla de cacahuete y, sin molestarse en pesarlas, las dejó caer en la bolsa con las otras. La anciana hizo rodar la goma amarilla hasta sacar los billetes y los desplegó sobre el mostrador, deteniéndose a estirarlos bien antes de asegurar la bolsa blanca dentro de su bolso de punto, dejar caer la goma amarilla y el tiquet en el interior y marcharse arrastrando los pies enérgicamente. La perdía de vista entre la multitud mientras avanzaba para hacer mi pedido.
xxxUna media hora más tarde, sin embargo, mientras estaba sentado en un banco del extremo opuesto del centro comercial, todavía sopesando el dinero y los pronósticos, y ventilándome un último perrito caliente, la anciana apareció y, tras considerables maniobras, se dejó caer en la otra punta del banco.
xxxSin ningún gesto de reconocimiento hacia mi presencia, abrió la bolsa blanca de El Tarro de las Galletas. Cada una de un bocado, con lento y exquisito regocijo, se comió las tres pequeñas galletas de mantequilla de cacahuete. Cuando hubo terminado, miró dentro de la bolsa para comprobar las otras tres, las grandes, y entonces, como para confirmar su existencia, su promesa de placer, las nombró una por una:

«Viernes por la noche.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxSábado por la noche.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxDomingo con el té.»

 

 

 

Dodge, Jim. Lluvia sobre el río (Trad. Antonio Rómar y Pablo Mazo Agüero). Madrid; Ed. Salto de página, 2017.

 

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