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ELEGÍA

 

PAISAJE CON CAÍDA DE ÍCARO

¿Cómo he podido fallarte así?
pregunta el sujeto

al objeto. El objeto es una urna
de cenizas. Cómo no he logrado salvarte,

muchacho de carne y hueso. Muchacho
compuesto de mente. De años. Una mano

y pintura sobre tela. Una escultura en mármol.
Por qué no puedo alcanzarte donde estés

y tirar de ti. Por qué yo soy
y tú no. Estás para siempre en el andén

mirando la puerta del vagón al cerrarse.
Y luego la estela plateada de mi partida.

¿Qué tren era? El número 6.
¿Qué día era? Miércoles.

Habíamos admirado juntos los mosaicos
del Museo Metropolitano.

Aquel vagón debería estar sellado en ámbar.
Aquel día tan doloroso debería estar

engastado en ámbar.
En granate. En ámbar. En ópalo. Para

poder seguir. Cómo puede ser
que esto no signifique nada para nadie que no sea yo.

 

 

 

 

CORTINAS DE VACÍO

Esto es lo que él no podía ver:
el sendero hasta el mar, restos verticales de roca
hecha añicos por la fuerza de la dinamita.
Así estaba él. Demolido.

Sin embargo la mente de ella palpitaba
con su presencia silenciosa. ¿Cómo se puede vivir
con tanta tristeza? La mano de él sobre su hombro
para decirle, tu afán

por la precisión sólo te traerá problemas.
Tu sentido de la carencia, también.
Soñaba que estaba vivo y enfermo.
Como la Pietà. Soñaba con él

a cualquier edad. Diez años o menos. Catorce y más alto.
Un tictac adelante y atrás como el mar
rompe contra la húmeda roca negra
de la claridad y la circunstancia.

La escena de patinaje vista una
y otra vez, la repetición de una fiebre a los cuatro años,
el día de mayo que estaba con síndrome de abstinencia
y el médico dijo que casi se muere.

Palabras desde donde
lo miraban mientras se comía un helado blanco
con una cuchara de madera. Exclamó: ¡Pero
qué bien sabe esto!

Haciéndonos a todos pensar que quería vivir
para siempre. Ahora ella asqueada
por la esencia de tanto recuerdo.

 

 

 

 

VOLVAMOS ATRÁS

al comienzo de la mañana que amanece
con el alumbramiento de todo
lo que tú serías. La gélida mano
de enero enseñándole el tiempo al reloj.

Y ahora en julio, ese escalón de tu medio
cumpleaños que no marca sino un rastro
para empujar la jauría
de perros salvajes hacia la jaula.

No hay nada peor
que este último acto en el que desapareces
tras la cortina de la catástrofe de tu adicción.
Mira qué acto
más sencillo. Y ahora ya no hay más.

 

 

 

 

FUISTE ERES ELEGÍA

Frágil como un niño es frágil.
Destinado a no durar siempre.
Destinado a convertirse en otro
para la madre. Aquí estoy
sentada en una silla, pensando
en ti. Pensando
en cómo era hablar contigo.
Cómo a veces era maravilloso
y otras veces horrible.
Cómo las drogas cuando había drogas
deshacían lo bueno casi por completo
pero no por completo
porque lo bueno siempre podía ser visto
brillar como brilla el lamé
en el escaparate de una tienda
llamada Las Cosas
Hermosas Nunca Duran Siempre.
Te amé. Te amo. Eras.
Y eres. La vida es experiencia.
Así de simple es todo. La experiencia es
la silla en que nos sentamos.

Sentarse. Pensar
en ti donde eres un vacío
que llenar
por la añoranza. Te amaba.
te amo como amo
todas las cosas hermosas.
La auténtica belleza rara vez es auténtica.
Eras. Eres
en mayo. Mayo mirando
hacia junio que llega.
Así es como mido
el año. Todo Fue Culpa Mía
es el título de la canción
que he estado cantando.
Incluso cuando me pedías calma.
No he tenido calma alguna,
he estado llorando. Creo que tú
me has perdonado. Todavía me pones
la mano en el hombro
cuando lloro.
Gracias por eso. Y
por tu inefable sentido
de la continuidad. Eras. Eres
la cosa más brillante en el escaparate de la tienda,
lo más singular y hermoso que he visto en mi vida.

 

 

 

Bang, Mary Jo. Elegía (Trad. Jaime Priede). Madrid; Bartleby editores, 2010.

 

ESA BELLEZA

septiembre 15, 2019 Deja un comentario

Es este uno de esos libros que uno no sabe por qué no se ha detenido antes a leerlo, a disfrutarlo. La mezcla de escultura, fotografía, filosofía y escritura lo convierte en uno de esos libros que hace que la propia biblioteca aumente unos cuantos enteros de calidad.

En el prólogo del libro, escrito por Jaime Priede -autor también de la traducción-, podemos leer:
xxxxx“A partir de las fotos de las esculturas de Giacometti, Berger reordena su apariencia basándose en un principio de colaboración, el mismo que persigue Trivier. La cámara de Trivier quiere encontrar la cara de lo que busca, persigue su expresión, que la escultura le devuelva la mirada. Berger considera que el artista no es un creador, sino más bien un receptor. “La creación no es sino el acto de dar forma a lo que se ha recibido”. Es uno de los principios que rigen el devenir de este libro, en el que la vista llega antes que las palabras.
xxxxx“La escritura, tal como yo la concibo, no tiene un territorio propio. El acto de escribir no es más que el acto de aproximarse a la experiencia sobre la que se escribe; del mismo modo, se espera que el acto de leer el texto escrito sea otro acto de aproximación”.
xxxxx(…) Trivier se plantea fotografiar las esculturas de Giacometti con la paciencia de un pintor. Cuando Trivier tenía seis años, Berger miraba la foto de Paris Match y anotaba: “Pensemos en una de sus esculturas. Delgada, irreductible, inmóvil, aunque no rígida; imposible de pasar por alto pero, al mismo tiempo, sólo es posible observarla, mirarla. Al hacerlo, la figura nos devuelve la mirada”.

 

 

Y aquí dejo algunos textos del libro.

 

 

xxxxxEscribe Gilles Deleuze a propósito de los filósofos estoicos: “Entre la profundidad de las cosas físicas y la superficie de los fenómenos metafísicos hay una estricta complementariedad”.

xxxxxDamos un salto desde los estoicos a los que se refiere Gilles hasta la piscina municipal. No la de Eastbourne sino otra en el suburbio parisino de Fresnes, donde se encuentra la célebre Maison d’Arret.

xxxxxViene a la piscina gente de todas las edades. Los padres traen a sus hijos. Muchos de los habituales vienen solos. Puede que se saluden con un gesto. A veces hay siete nadadores, a veces setenta. Depende del día de la semana, de la hora, de la estación. Los niños se dirigen a sus padres. Cualquier otra voz se considera innecesaria.

xxxxxLa mayoría de los nadadores llevan gafas oscuras para protegerse del cloro. El gorro es obligatorio, incluso para los calvos. Todo el mundo se concentra en el acto de nadar. Algunos se sumergen, otros descienden lentamente por la escalera. Nadan para mantenerse en forma, para perder peso, para fortalecer el corazón, por el placer de sentirse en el agua o por el íntimo y singular placer de llevar a cabo algo privado y solitario en compañía. De vez en cuando, hay un nadador que sueña con llegar a ser campeón local. Todo el mundo nada de lado a lado, largo tras largo, cada cual siguiendo su propia calle no señalada.

xxxxxCuando sales del agua, si has nadado sin gafas como yo, percibes un ligero halo alrededor de los que aún nadan o salen del agua para ducharse antes de vestirse y secar el pelo. El halo es fruto de la irritación de los ojos pero me gusta creer que sea también obra de la mente. Nunca he aceptado la idea de que el pensamiento clarifica sin más; llena un vacío también. El pensamiento tiene su propia opacidad.

xxxxxCuando las observo, las figuras que están quietas o moviéndose en la piscina de Fresnes son tan difusas como las figuras quietas y en movimiento de Giacometti en una de las fotos de Marc.

xxxxxUn hombre joven y alto enjabona bajo la ducha sus largas piernas. Una mujer madura se agarra al borde y mira atentamente el agua que le llega hasta la clavícula, como si fuera un libro que está leyendo. Un hombre de mi edad nada en estilo crol lentamente hacia su pasado. Una adolescente de once años camina por el borde de la piscina gozando del tesoro de sus caderas.

xxxxxNo hay cabida para el sexo aquí, el lugar no lo permite. Es un sitio con mucho deseo, gran cantidad de deseos, pero el sexo está de más.

xxxxxImagino al hombre joven, la mujer corpulenta, el septuagenario, la adolescente de once años que acabo de describir, volviendo a sus vidas privadas, reconocidos, recibidos por alguien con quien comparten la intimidad.

xxxxxEsa belleza.

 

 

 

 

xxxxxEl deseo sexual, si es recíproco, origina un complot de dos personas que hacen frente al resto de complots que hay en el mundo. Es una conspiración de dos.

xxxxxEl plan establecido es ofrecer al otro un respiro ante el dolor del mundo. No la felicidad sino un descanso físico ante la enorme responsabilidad de los cuerpos hacia el dolor.

xxxxxEn todo deseo hay tanta compasión como apetito. Sea cual sea la proporción, las dos cosas se ensartan juntas. El deseo es inconcebible sin una herida.

xxxxxSi hubiera alguien sin heridas en este mundo, viviría sin deseo.

xxxxxEl cuerpo humano realiza proezas, posee gracia, picardía, dignidad y otras muchas capacidades, pero también resulta intrínsecamente trágico como no lo es ningún cuerpo de animal (ningún animal está desnudo). El deseo anhelaproteger al cuerpo amado de la tragedia que encarna y, lo que es más, se cree capaz.

xxxxxLa conspiración consiste en crear juntos un espacio, un lugar de exención, necesariamente temporal, de la herida incurable de la que es depositaria la carne. Ese lugar es el interior del otro cuerpo. La conspiración consiste en deslizarse al interior del otro, allí donde no se les pueda encontrar. El deseo es un intercambio de escondites (hablar de “volver al útero” es una vulgar simplificación).

xxxxxTocar una pierna con mano de amante. Que sea para excitar o para relajar no supone diferencia alguna. El tacto aspira a alcanzar, más allá del fémur, la tibia o el peroné, el propio corazón de la pierna, y el amante al completo espera acompañar ese gesto y habitar en él. La pierna de Giacometti, la de la piscina de Eastbourne, tiene que ver (entre otras cosas) con el deseo.

xxxxxNo hay altruismo en el deseo. Al principio están implicados dos cuerpos y la exención, siempre y cuando se logre, les protege a ambos. La exención es inevitablemente breve y, sin embargo, lo promete todo. La exención suprime la brevedad y con ella las penas asociadas a la angustia de lo efímero.

xxxxxAnte la mirada de una tercera persona, el deseo es un breve paréntesis. Desde dentro, una inmanencia y una entrada en la plenitud. Normalmente la plenitud se considera una acumulación. El deseo revela que es un despojamiento: la plenitud de un silencio, de la oscuridad.

 

 

 

 

xxxxxUna vez hice un retrato de Andrei Platonov a partir de una fotografía en un periódico. Puede que surgiera también de alguna de sus palabras. Palabras que tuvieron que traducirme porque escribía en ruso, una lengua parecida al murmullo de las primeras horas del día. Nació en Voronez en 1899 y murió en Moscú en 1951. Al fondo del dibujo pegué un billete de tren y anoté una frase de uno de sus relatos: “Se marchaba lejos por mucho tiempo, quizá para siempre”.

xxxxxAhora Andrrei se ha unido a la fila india y Katrin se vuelve para escucharle.

xxxxxEn un libro titulado “Djann”, cuenta la historia de un grupo de nómadas varado en un desierto de sal (de desolación) en alguna parte cerca del mar de Aral en Uzbekistán. Lo han perdido todo: instinto de supervivencia, pertenencias, ganado, cualquier noción de futuro y toda ilusión.

xxxxxEscribió ese libro en 1935 y fue el primero en publicarse tras su muerte, en los sesenta. Andrei Platonov era un caballero andante del compromiso y de la miseria. Compartir, dijo una vez, te devuelve el sentido de la realidad. No puedo oír lo que le dice a Katrin. Él creía que los perdedores eran amados sin saberlo y que en esa ignorancia había algo más sagrado que en cualquier otra cosa sobre la tierra.

xxxxxHacia el medio del relato, una de las noches previas a la llegada del crudo invierno, el protagonista oye por casualidad el susurro de un hombre y una mujer en su desvalida choza.

xxxxx“Ya no servimos para nada, dice la mujer, tú estás delgado y débil, en cuanto a mí, me languidecen los pechos y siento dolor en la médula de los huesos.
xxxxxNo dejaré de amar lo que queda de ti, dice él.
xxxxxNo se dijeron más. Sin duda se tendieron abrazados en el lecho para tener en las manos su única dicha”.

xxxxxNo dejaré de amar lo que queda de ti.

xxxxxLo extremo de esas ocho palabras se aproxima a la pose extrema de Annette.

 

 

 

 

xxxxxNo hace mucho estuve en Florencia. La nieve caía sobre el Duomo y el Arno fluía bajo los puentes con el color de una vieja calavera. La ciudad estaba tan fría como una fortaleza en invierno. Normalmente el tiempo y las colinas sembradas de Toscana encubren el hecho de que Florencia haya sido (es) la más afilada y menos complaciente de todas las grandes ciudades italianas.

xxxxxEn un momento dado, me refugié de las calles heladas en el Museo del Bargello y allí me topé con la cabeza de porcelana de un joven santo —¿o sería un ángel?— de Luca della Robbia. Andaba por los sesenta cuando la hizo. Utilizó solamente tres colores. Un ocre pajizo para el cabello, un verde de acedera para el cuello de la túnica y el inimitable azul de Della Robbia para la propia túnica y la capa. La piel, el blanco de la porcelana. ¿Cómo describir el azul de Della Robbia? Combinar el mar Egeo con el vestido de la Madonna, atrae a la memoria; es el azul de la música. Los colores no tienen vida pero el ángel parecía estar vivo.

xxxxxCuando Luca era joven, antes de ponerse en marcha el negocio familiar de producción de bustos coloreados, relieves y medallones para que la ciudad pareciera más inocente de lo que en realidad era, le consideraban un escultor del bronce a la altura de Donatello. Su tribuna de la Cantoría, una serie de altorrelieves que representan a músicos, cantores y danzarines haciendo música, es asombrosa. No conozco otra obra que muestre con tanta precisión el poder de la música para arrebatar a los músicos y a quienes les escuchan. Observándoles, llegas a pensar que Elvis, Morrison, The Bird, Ferré o Piotr ya han sido anunciados en bronce a principios del quattrocento.

xxxxxLuca se ha unido a la fila y Andrei le explica que su padre trabajaba en el ferrocarril como maquinista y que él mismo, antes de convertirse en ingeniero, realizó sus estudios en la Escuela Politécnica.

xxxxxLuca della Robbia fue contemporáneo del pintor Masaccio. Éste murió a los 29 y él vivió 82 años. El fresco de Masaccio sobre Adán y Eva en la iglesia de Santa María del Carmine, a diez minutos andando del Museo del Bargello, es uno de las más bellas evocaciones de la tragedia inherente al cuerpo humano.

xxxxxAhora Luca está hablando con Katrin. Ella tiene los ojos verdes.

xxxxxEl ángel era bello. Me refiero a su presencia, no al resultado como obra de arte. Hice un dibujo para intentar entender la expresión de su rostro. Y mientras dibujaba esa expresión, me di cuenta de algo muy distinto.

xxxxxSu rostro afirma que es él quien te está mirando. La belleza no procede aquí del placer de mirarle, sino de la necesidad de que te mire. La belleza procede de la esperanza de que te reconozca, y te incluya, la existencia de lo que estás mirando.

xxxxxEsa esperanza de ser mirado y reconocido no se da solamente ante los retratos de los florentinos con su erotismo. El trazo de un león sobre la oscura pared de una cueva hace treinta mil años ofrece, además de la elegancia de su silueta, una inclusión en su propio mundo. Y quizá sea válido igualmente para la belleza que no es obra del hombre, la belleza presente en una puesta de sol, una planta, un animal o una montaña. Todas estas cosas son bellas cuando responden a la misma esperanza que el rostro del ángel parece colmar.

xxxxxEstamos esperando que Annette nos mire.

xxxxxDeja de leer. Busca la foto. Su cuerpo nos mira directamente a los ojos.

 

 

 

Berger, John; Trivier, Marc. Esa belleza (Trad. Jaime Priede). Madrid; Bartleby editores, 2005.

 

EL PELO

Sin heroísmos, por favor

 

EL PELO

Lo intenta con la lengua, luego se sienta en la cama y empieza a escarbar con los dedos. Afuera comienza un día agradable, cantan los pájaros. Coge la caja de cerillas, le arranca una esquina y hurga con ella entre los dientes. Nada. Pero puede sentirlo. Pasa la lengua por los dientes moviéndola de atrás hacia delante y se detiene al toparse con el pelo. Palpa con la lengua alrededor del pelo y luego da un suave toque entre los dientes, tanteando con la lengua la extensión del pelo y aplastándolo contra el velo del paladar. Lo toca con el dedo.
xx“¿Qué pasa? –le pregunta su mujer, sentándose en la cama– ¿Nos hemos dormido? ¿Qué hora es?”
xx“Tengo algo entre los dientes. No puedo sacarlo. No sé. Parece un pelo.”
xxVa al baño y se mira en el espejo. Luego se lava las manos y la cara con agua fría. Enciende la lamparilla del espejo.
xx“No lo puedo ver pero sé que está ahí. Si pudiera cogerlo con los dedos un momento podría sacarlo”.
xxSu mujer entra en el baño, rascándose la cabeza y bostezando. “¿Lo tienes, cariño?”
xxAprieta los dientes y sujeta el labio hasta que las uñas le rasgan la piel.
xx“Espera un momento. Déjame ver”, le dice ella acercándose. Está de pie bajo la luz, con la boca abierta, la cabeza torcida, limpiando con la manga del pijama el cristal cuando se empaña.
xx“No veo nada”, le dice. Él apaga la luz del espejo y deja correr el agua en la ducha. “A la mierda. Tengo que prepararme para ir a trabajar”.
xxNo tiene ganas de desayunar y decide ir caminando hasta el trabajo. Le sobra mucho tiempo. Nadie tiene llave excepto el jefe y si llega tan temprano tendrá que esperar. Pasa por la esquina vacía en la que suele aguardar el autobús. Un perro al que no había visto antes por el barrio levanta la pata y se pone a mear sobre la señal del autobús.
xx“¡Eh!”
xxEl perro deja de mear y se acerca corriendo. Otro perro que tampoco reconocía se acerca corriendo, husmea la señal y se pone a mear también. Una mancha dorada y ligeramente vaporosa avanza por la acera.
xx“¡Eh, fuera de aquí!” El perro suelta unas pocas gotas más y ambos cruzan la acera. Parece que le miran como si se estuvieran riendo de él. Mueve con la lengua el pelo entre los dientes.
xx“Bonito día, ¿no?”, pregunta el jefe al abrir la puerta delantera y levantar la persiana.
xxMiran hacia fuera y asienten sonriendo.
xx“Sí, un día estupendo”, dice uno de ellos.
xx“Demasiado para pasarlo trabajando”, dice otro, riéndose con los demás.
xx“Sí, así es”, dice el jefe. Sube las escaleras para abrir la sección de ropa de chicos. Silba y hace sonar las llaves.
xxMás tarde, sube del almacén en camiseta fumando un cigarrillo después de haber desayunado.
xx“Hace calor hoy”.
xx“Sí, así es”. Nunca se había fijado en que el jefe tenía mucho pelo en los brazos. Se sienta escarbando con la uña entre los dientes, mirando fijamente las gruesas matas de pelo negro que tiene el jefe entre los dedos.
xx“Verá, me preguntaba…si no lo considera oportuno no hay problema, naturalmente, pero si lo cree posible, y siempre que no meta a nadie en un apuro, me gustaría irme a casa. No me encuentro muy bien”.
xx“Bien, podemos arreglarnos. Ése no es el problema, desde luego”. Da un trago a su Coke y se queda mirándole.
xx“Vale, de acuerdo, sólo me lo preguntaba. Disculpe”.
xx“No, no hay problema. Vete a casa. Llámeme esta noche para saber cómo estás”. Mira el reloj y termina la Coke. “Diez y veinticinco. Digamos diez y media. Márchate ahora y apuntaremos a las diez y media”.
xxEn la calle se afloja el cuello de la camisa y empieza a caminar. Se siente raro yendo por la ciudad con un pelo en la boca. Lo toca con la lengua. Camina sin mirar a la gente. Al poco rato empieza a sudar y siente la humedad de las axilas en la camiseta. A veces se detiene ante los escaparates, fija la vista en el cristal e intenta atraparlo con los dedos. Luego continúa en dirección a casa. Cruza el parque Lions Club y se queda mirando a los niños que juegan en la piscina infantil. Más tarde, paga a una anciana los cincuenta céntimos de la entrada al pequeño zoo para ver los pájaros y otros animales. Tras pasarse un buen rato mirando al monstruo de Gila, la criatura abre un ojo y lo mira. Da la vuelta, sale del parque y se dirige a casa.
xxNo tiene mucha hambre, sólo toma un poco de café para cenar. Tras unos sorbos, dobla la lengua de nuevo sobre el pelo. Se levanta de la mesa.
xxCariño, ¿qué te pasa? –le pregunta su mujer– ¿Dónde vas?”
xx“Creo que me voy a acostar. No me encuentro bien”.
xxElla le sigue hasta la habitación y se queda mirándole mientras se desviste. “¿Puedo hacer algo por ti?, ¿No sería mejor que llamara al médico? Me gustaría saber qué pasa”.
xx“No te preocupes, me pondré bien”. Se cubre con el cobertor hasta los hombros, se da la vuelta y cierra los ojos.
xxLe baja la persiana. “Voy a ordenar un poco la cocina y vuelvo luego”.
xxTumbado se siente mejor. Se toca la frente y le parece que tiene fiebre. Lamiéndose los labios palpa el final del pelo con la lengua. Le entra un escalofrío. Poco después, empieza a dormitar pero despierta de repente y se acuerda de que tiene que llamar al jefe. Sale de la cama y se acerca a la cocina.
xxSu mujer lava los platos. “Creí que estabas dormido, cariño. ¿Te sientes mejor?”
xxAsiente en silencio y descuelga el teléfono. Habla con Información. Tiene mal sabor de boca mientras marca el número que le dan.
xx“Hola. Sí, creo que estoy mejor. Mañana iré a trabajar, sí. De acuerdo. Ocho y media en punto”.
xxVuelve a la cama y se pasa la lengua por los dientes otra vez. Suele hacerlo a menudo y no se había dado cuenta hasta hoy. Poco antes de quedarse dormido casi había conseguido no pensar en ello. Pensaba en el día tan estupendo que había hecho y en los niños jugando en la piscina. Los pájaros cantando temprano. Pero se despierta en mitad de la noche gritando y sudando. Siente que se ahoga, mueve la cabeza de un lado a otro pateando bajo las sábanas y asustando a su esposa, que no sabe lo que le pasa.

 

 

 

Carver, Raymond. Sin heroísmos, por favor (Trad. Jaime Priede). Madrid; Bartleby editores, 2006.

 

PROPINA

septiembre 12, 2015 Deja un comentario

Propina

 

DOS MUNDOS

En el aire denso
con olor a azafrán,

sensual olor a azafrán,
veo desaparecer un sol limón,

un mar que cambia de azul
a negro aceituna.

Miro el relámpago que brinca desde Asia como
dormido,

mi amor se vuelve y respira y
se vuelve a dormir,

parte de este mundo y, sin embargo,
parte de aquél.

 

 

 

 

UNA MUJER SE BAÑA

Río Naches. Justo debajo de las cascadas.
A veinte millas de cualquier ciudad. Un día
de densa luz solar
colmada de los olores del amor.
¿Cuánto nos queda?
Tu cuerpo, agudeza de Picasso,
ya se seca al aire de la montaña.
Te seco la espalda y las caderas
con mi camiseta.
El tiempo es un león de montaña.
Nos reímos por nada,
y cuando te toco los pechos
hasta las ardillas
quedan deslumbradas.

 

 

 

 

MI MUJER

Mi mujer ha desaparecido con toda su ropa.
Se dejó dos medias de nailon y
un cepillo del pelo que encontré detrás de la cama.
Me gustaría que te fijaras
a esas medias y a los pelos negros
entre las púas del cepillo.
Tiro las medias al cubo de la basura; el cepillo
me lo quedo para usarlo. Sólo la cama
resulta extraña, no sé qué hacer con ella.

 

 

 

 

REGRESO A CRACOVIA EN 1880

Regreso desde las grandes capitales
a esta ciudad en un angosto valle bajo la catedral de la colina
con tumbas de reyes. A una plaza bajo la torre
y a la trompeta que suena a mediodía, la nota
a medias porque la flecha de los tártaros
alcanzó una vez más al trompetista.
Y a las palomas. Y a las pañoletas chillonas de las mujeres que venden flores.
Y a los grupos de personas charlando bajo el pórtico de la iglesia.
Mi baúl de libros llegó, esta vez sin problemas.
Lo que sé de mi esforzada vida: que la he vivido.
Los rostros son más pálidos en la memoria que en los daguerrotipos.
No necesito escribir recuerdos ni cartas todas las mañanas.
Otros se ocuparán, siempre con la misma esperanza,
aun sabiendo que no tiene sentido, dedicamos a ello nuestras vidas.
Mi país seguirá siendo lo que es, el patio trasero de los imperios,
seguirá alimentando su humillación con fantasías provincianas.
Salí una mañana a dar un paseo con mi bastón:
Los puestos de los viejos ocupados ahora por nuevos viejos.
Y por donde pasaban las chicas con sus vaporosas faldas
pasean ahora otras, orgullosas de su belleza.
Y chicos haciendo rodar sus aros durante más de medio siglo.
En un sótano un zapatero alza los ojos desde su banco.
Pasa un jorobado con su lamento oculto,
luego una dama elegante, viva imagen de pecados mortales.
Así es como perdura la Tierra, en todas las pequeñas cosas
y en la vida de los hombres, irreversible.
Y eso parece un alivio. ¿Ganar? ¿Perder?
¿Para qué? si el mundo nos va a olvidar de todos modos.

Czeslaw Milosz
(traducido al inglés por Milosz y Robert Hass).

 

 

 

 

DOMINGO POR LA NOCHE

Utiliza las cosas que te rodean.
Esta ligera lluvia
Tras la ventana, por ejemplo.
Este cigarrillo entre los dedos,
Estos pies en el sofá.
El débil sonido del rock and roll,
El Ferrari rojo en el interior de la cabeza.
La mujer que anda a trompicones
Borracha por la cocina…
Coge todo eso,
Utilízalo.

 

 

 

 

UNO MÁS

Se levantó temprano, la mañana llena de expectativas,
preparado para ponerse a escribir. Tomó tostadas, huevos y
café y se fumó unos cigarrillos pensando todo el tiempo en el trabajo
que tenía por delante, el difícil sendero a través del bosque.
El viento empujaba las nubes
por el cielo, agitaba las hojas que quedaban en las ramas
al otro lado de la ventana. Unos días más y desaparecerían,
esas hojas. Ahí había un poema, pude ser;
tendría que pensar en ello. Fue
al escritorio, dudó un buen rato, y entonces tomó
la que vendría a ser la decisión más importante
del día, algo para lo que su imperfecta vida
le había estado preparando. Apartó la carpeta de los poemas ‒
uno en concreto seguía aún en su cabeza tras
el sueño agitado de la noche anterior (pero, en realidad, ¿qué importa
uno más o menos? ¿Qué más da? ¿Nada va a cambiar,
no?). Tenía el día entero por delante.
Mejor limpiar primero la mesa. Tenía que ocuparse
de unas cuantas cosas, asuntos familiares que no podía
dejar para más tarde. De modo que se puso manos a la obra.
Trabajó duro todo el día ‒ pasando del amor al odio,
a la compasión (muy poca), una sensación conocida,
también de la desesperación a la alegría.
Tuvo estallidos ocasionales de ira, luego
se calmaba, al escribir cartas, diciendo “sí” o “no” o
“depende” ‒ explicando por qué o por qué no a personas
que apenas había visto o que nunca vería.
¿Le importaban? ¿Le importaban una mierda?
Algunas sí. Atendió también unas llamadas
e hizo otras que, a su vez, provocaron
la necesidad de hacer alguna más. Siguió así
hasta que se sintió incapaz de hablar más y prometió
llamar al día siguiente.

Por la tarde, agotado y convencido (erróneamente, por supuesto)
de que había completado una honesta jornada de trabajo,
se puso a hacer inventario y tomó nota del par
de llamadas que tendría que hacer a la mañana siguiente si
quería seguir al tanto de las cosas y si no quería
escribir más cartas, que no quería. Pero ahora,
pensó, estaba harto de todos esos asuntos, aunque
seguía igual, terminando la última carta, una que debería haber
contestado hace semanas. Levantó la vista. Casi era de noche.
El viento se había calmado. Los árboles allí seguían, despojados
de casi todas sus hojas. Pero, por fin, su mesa estaba despejada,
sin contar la carpeta de los poemas que le
costaba mirar. Metió la carpeta en un cajón, apartándola de su vista.
Es un buen sitio, un sitio seguro, y sabrá dónde está cuando
necesite descansar las manos sobre ella. ¡Mañana!
Hoy hizo todo lo que podía hacer.
Aún le quedaban un par de llamadas,
se le había olvidado que tenía que llamar él y
también unas cuantas notas que debía mandar a causa de las llamadas,
pero no lo iba a hacer ahora, ¿o sí? Había dejado el bosque atrás.
Podía decirse que había cumplido. Había hecho lo que tenía que hacer.
Lo que su conciencia le había pedido que hiciera. Había cumplido
con sus obligaciones y no había molestado a nadie.

Pero en aquel momento, sentado frente a su ordenada mesa,
sintió vagos remordimientos por el poema que seguía en su cabeza
y había intentado escribir por la mañana, y aquel otro
que no conseguía recordar.

Así son las cosas. Poco más se puede decir. ¿Qué se
puede decir de un hombre que prefirió hablar por teléfono
todo el día y escribir cartas estúpidas
mientras sus poemas quedan desatendidos,
abandonados o,
peor aún, sin empezar? Ese hombre no los merece
y no deberían acudir a él de ninguna de las formas.
Sus poemas, si llega alguno más,
deberían comerlos las ratas.

 

 

 

 

LAS JOVENCITAS

Olvida toda experiencia que implique ahora una mueca de dolor.
Todo lo que tenga que ver con la música de cámara.
Los museos en las tardes lluviosas de domingo, etcétera.
Los viejos maestros, todo eso.
Olvídate de las jovencitas. Trata de olvidarlas.
Las jovencitas. Y todo eso.

 

 

 

 

ANTE UNA VIEJA FOTOGRAFÍA DE MI HIJO

Otra vez es 1974, y ha vuelto una vez más. Sonríe
afectadamente, lleva un mono sobre una camiseta blanca,
sin zapatos. El pelo, largo y rubio, le cae
sobre los hombros como el de su madre
por entonces, y como el de uno de esos héroes griegos
sobre los que yo leía. Pero
el parecido termina ahí. En su cara
esa desdeñosa expresión del sabelotodo,
del pequeño tirano. Encuentro esa expresión por todas partes.
Corroe la memoria como ácido. Es
la expresión que esperaba no volver a ver
otra vez. Quiero olvidarme de ese chico
de la foto ‒ ¡ese idiota, ese bravucón!

¿Qué hay para cenar, mamá? ¡Rápido!
Oye, vieja, levántate, ¿por qué no te levantas? Contesta
cuando te hablan. Me parece que te voy a hacer
una llave de lucha a ver qué te parece. Me apetece.
Quiero que te pongas
de puntillas. Baila para mí. Venga,
vieja, baila. Te enseñaré un par de pasos.
Déjame que te retuerza el brazo. Suplícame que te deje, suplícame
que sea bueno. ¿Quieres que te ponga morado un ojo? ¡Te lo pondré!

Ay, hijo, en aquellos días quise
cien ‒ no, mil ‒ veces que te murieras.
Pensaba en todo lo que dejamos atrás. ¿Quién diablos
sacó esta foto y
por qué aparece ahora,
justo cuando empezaba a olvidar?
Miro la foto y se me encoge el estómago.
Me veo a mí mismo apretando las mandíbulas, los dientes, y
de nuevo me puede la cólera.
Sinceramente, necesitaría una copa.
Eso es una prueba de tu fuerza y tu poder, del miedo
y la confusión que aún me inspiras. Es
la prueba de lo poderoso que fuiste. Ah, odio esta
fotografía. Odio todo en lo que nos hemos convertido.
¡No quiero este artefacto en mi casa ni un momento más!
Puede que se la envíe a tu madre, suponiendo
que todavía esté viva por algún sitio y el correo se la haga llegar
a este lado de la tumba. Si es así, reaccionará
de manera diferente ante ella, lo sé. Tu juventud y
belleza, eso será lo único que verá y celebrará.
Mi niño guapo, dirá. Mi maravilloso hijo.
Examinará la foto buscando su parecido
en los rasgos, y el mío (los encontrará, seguro).
Puede que llore un poco, si es que aún le quedan lágrimas.
Puede ‒ ¿quién sabe? ‒ que hasta eche de menos
aquellos tiempos. ¿Quién sabe nada?

Pero los deseos no se cumplen, y está bien que sea así.
Con todo, seguro que dejará la foto
sobre la mesa un tiempo y pensará en ti
alguna vez. Luego, no muy tarde, irás
a parar al gran álbum de fotos de la familia con los otros dementes ‒
ella misma, su hija y yo, su antiguo marido. Allí estarás
a salvo, mejilla a mejilla con todas tus víctimas. Pero no
te preocupes, hijo. Las páginas pasan, hijo mío. Todos
lo haremos mejor en el futuro.

 

 

 

 

COLIBRÍ

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxA Tess

Vamos a suponer que digo verano,
escribo la palabra “colibrí”,
la meto en un sobre
y la llevo colina abajo
hasta el buzón. Cuando abras
la carta te acordarás
de aquellos días y lo mucho,
lo muchísimo que te quiero.

 

 

 

 

PROPINA

No hay otra palabra. Pues eso es lo que fue. Una propina.
Una propina, estos diez años.
Vivo, sobrio, trabajando, amando
y siendo amado por una buena mujer. Hace
once años le dijeron que le quedaban seis meses de vida
si seguía así. Y que por ese camino
no llegaría sino al fondo. De modo que cambió
su modo de vida. ¡Dejó de beber! ¿Y el resto?
Después de eso, todo fue una propina, cada minuto
hasta ahora, incluyendo el momento en que se lo dijeron,
bueno, aunque hubo cosas en su cabeza que se vinieron abajo
y otras que empezaron a formarse. “No lloréis por mí”,
les dijo a sus amigos. “Soy un hombre con suerte.
He vivido diez años más de lo que yo o nadie
esperaba. Pura propina. Y no lo olvido”.

 

 

 

Carver, Raymond. Todos nosotros (Trad. Jaime Priede). Madrid; Ed. Bartleby, 2006.

 

DINERO [SEGÚN RAYMOND CARVER]

septiembre 3, 2015 Deja un comentario

Carrito dinero

 

DINERO

Para ser capaz de vivir
en el lado correcto de la ley.
Para usar siempre su verdadero nombre
y número de teléfono. Para prestarle algo
a una amiga y no soltar
un taco si la amiga se va de la ciudad.
Esperar, de hecho, que lo haga.
Para darle algo
a su madre. Y a sus
hijos y madres.
No ahorrar. Quiere
disfrutarlo antes de que se acabe.
Comprar ropa.
Pagar el alquiler y el servicio público.
Comprar comida y algo más.
Salir a cenar si le apetece.
¡Y estaría muy bien
pedir algo fuera del menú!
Comprar drogas cuando quiera.
Comprar un coche. Si se avería,
repararlo. O comprar
otro. ¿Ves ese
barco? Podría comprar uno
igual. Y doblar
el cabo de Hornos, buscando
compañía. Conoce a una chica
en Porto Alegre a la que le encantaría
verle a bordo
de su propio barco, a toda vela,
entrar en el puerto a buscarla.
Un amigo que pueda permitirse
venir a verla
de esa forma. Sólo porque
le gusta el sonido
de su risa
y su manera de mover el pelo.

 

 

 

Carver, Raymond. Todos nosotros (Trad. Jaime Priede). Madrid; Ed. Bartleby, 2006.

 

NO SABÉIS LO QUE ES EL AMOR

septiembre 2, 2015 Deja un comentario

Acabo de leerme ‘Todos nosotros’, la edición de la poesía que publicó Bartleby editores con la traducción de Jaime Priede.

Sencillamente demoledor. Un libro que debería estar en cualquier biblioteca que quiera denominarse así.

 

'Todos nosotros' Raymond Carver

 

En la primera lectura he marcado más de una treintena de poemas, pero este fue el poema por el que abrí el libro, un poema que vale por un libro.

 

xxxxNO SABÉIS LO QUE ES EL AMOR
(UNA TARDE CON CHARLES BUKOWSKI)

No sabéis lo que es el amor dijo Bukowski
Tengo 51 años miradme
estoy enamorado de esa piba
Piqué el anzuelo pero ella también está colgada
así que perfecto tío así debe ser
Me llevan en la sangre y no pueden echarme
lo intentan todo para apartarse de mí
pero acaban volviendo
Todas vuelven excepto
una a la que dejé plantada
Lloré por ella
pero aquellos días lloraba por todo
No me paséis un peta de esos
luego me vuelvo insoportable
Podría quedarme aquí sentado
bebiendo cerveza con vosotros toda la noche
Podría beberme diez latas de esta cerveza
y sería como agua
pero no me paséis un peta tíos
os echaré por la ventana
tiraré a todo el mundo por la ventana
ya lo he hecho
Pero no sabéis lo que es el amor
No lo sabéis porque nunca
habéis estado enamorados así de simple
Conseguí a esta piba es maravillosa
me llama Bukowski
Dice Bukowski con esa voz suave
y yo digo Qué
No sabéis lo que es el amor
Os lo estoy diciendo
pero no me escucháis
Ninguno de vosotros lo reconocería
si subiera a esta habitación
y os diera por el culo
Siempre pensé que las lecturas de poesía son una claudicación
Mirad tengo 51 años y mucho andado
que son una claudicación
pero me digo Bukowski
pasar hambre es peor que rendirse
así que vas y nada es como debería ser
Aquel tipo cómo se llamaba Galway Kinnel
He visto su foto en una revista
Tiene buena pinta
pero es profesor
Cristo podéis creéroslo
Resulta que vosotros también
ya os estoy insultando
No, no le he escuchado
ni he oído nada de él
Termitas todos ellos
Puede que sea yo ya no leo mucho
pero esos tipos que se hacen
un nombre con cinco o seis libros
termitas
Bukowski dice
por qué escuchas música clásica todo el día
No sabéis cómo lo dice
Bukowski por qué escuchas música clásica todo el día
Os sorprende no
nunca pensaríais que un bruto bastardo como yo
pudiera escuchar música clásica todo el día
Brahms Rachmaninoff Bartok Telemann
Mierda no podría escribir aquí si no
Demasiado silencio demasiados árboles
Me gusta la ciudad ése es mi sitio
Pongo música clásica cada mañana
y me siento frente a la máquina de escribir
enciendo un cigarrillo como éste y lo fumo
y me digo Bukowski eres un hombre con suerte
Bukowski has pasado por todo
y ahora eres un hombre con suerte
y el humo azul flota sobre la mesa
y miro por la ventana la Avenida Delongpre
y veo a la gente subir y bajar por la acera
y echo una calada así
y dejo el cigarrillo en el cenicero
y respiro profundamente
y comienzo a escribir
Bukowski así es la vida me digo
está bien ser pobre está bien tener hemorroides
está bien enamorarse
Pero no sabéis lo que es estar enamorado
Si pudierais verla sabríais de lo que hablo
Pensaba que me acostaba con alguien aquí arriba
lo sabía
me dijo que lo sabía
Mierda tengo 51 años y ella 25
estamos enamorados y está celosa
Jesús es maravilloso
me dijo que me sacaría los ojos si me tiraba a alguien
aquí arriba
Eso es amor
Qué sabéis vosotros de eso
Dejadme deciros algo
he encontrado en la cárcel tipos con más estilo
que la gente que merodea por la universidad
y acude a lecturas de poesía
Sanguijuelas que van a ver
si el poeta lleva los calcetines sucios
o si le huele el sobaco
Creedme no les decepcionaré
Pero quiero que no olvidéis esto
esta noche sólo hay un poeta en esta habitación
sólo un poeta esta noche en la ciudad
puede que sólo un verdadero poeta en este país esta noche
y ése soy yo
Qué sabéis vosotros de la vida
Qué sabéis de nada
A quién de los que estáis aquí han echado del trabajo
o le ha dejado su piba
o la ha dejado él
Me echaron de Sears and Roebuck cinco veces
Me echaban y luego me volvían a contratar
Fui chico de almacén para ellos cuando tenía 35
y luego me echaron por meter nenas dentro
Yo sé de qué va eso estuve ahí
Tengo 51 años y estoy enamorado
Esta pibita dice
Bukowski
y yo digo Qué y ella dice
estás lleno de mierda
y yo digo tú sí que me entiendes cariño
Ella es la única en el mundo
hombre o mujer
por quien dejaría esto
Pero no sabéis lo que es el amor
Todas vuelven al final
todas ellas
excepto la que os dije
una que dejé plantada
Estuvimos siete años juntos
Bebíamos mucho
Veo un par de copistas en esta habitación pero
no veo a ningún poeta
No me sorprende
Tienes que haber estado enamorado para escribir poesía
y vosotros no sabéis lo que es estar enamorado
ése es el problema
Dadme un poco de esa mierda
Bueno no hace frío bien
está bien hace agradable
así que sigamos este circo en la calle
Ya sé lo que dije pero cataré sólo uno
Este parece bueno
Venga vamos entonces dame éste para recuperarme
Que más tarde nadie se quede cerca
de una ventana abierta

 

 

 

Carver, Raymond. Todos nosotros (Trad. Jaime Priede). Madrid; Ed. Bartleby, 2006.

 

BUCEADORES DE LA PIEL

Buceadores de la piel

 

 

JARDÍN NOCTURNO

Tu boca, una mano
ante mi boca.
Imantados a la tierra, soñamos
con el océano: empapados de sudor,
exhaustos, olores de jardín
perturban nuestro sueño marino, romero fresco
a treinta millas de la costa española. La hierba alta
mece los fondos de nuestra barca.
Seguimos una secuencia
de intrincados aromas como una melodía,
navegamos por tierra, por mar, seguimos
la acústica de las montañas,
el gorjeo del instinto en la oscuridad –
Siberia, África y vuelta –
pistas fosforescentes nos guían para fondear,
restos de luz de luna devorada por las olas.

Al otro lado del césped flota una ventana encendida.
Orlada de altramuz. Recuerdas
una ventana abierta, música árabe
entre las hayas húmedas. Sabemos que nos estamos moviendo
a una velocidad tremenda, que si se pudiera ver,
las estrellas serían la mancha
de la velocidad. Pero todo está inmóvil,
maniatado. En el jardín nocturno
la luz es un grito mudo.
Desnudos en medio de la ciudad
brotan decididas de nuestras bocas las estrellas.

 

 

 

NO HAY CIUDAD QUE NO SUEÑE

No hay ciudad que no sueñe
con sus orígenes. En las manos de los ladrilleros
se desintegra el lago desaparecido,
el fondo del barranco donde la memoria de los ríos
quiebra la extensión de luz. Todos los inviernos
almacenados en ese jardín
geológico. Los dinosaurios duermen en el metro
entre Bloor y Shaw, una cama de huesos
bajo el eco de los rieles. La tormenta
que encendía la ciudad con el voltaje
de la primavera cuando teníamos dieciocho años
sobre la tierra lisa. El ferry surca la lluvia,
el viento se humedece con la música de una boda y la canción
del carbono en la piedra y el hueso
una carta de amor que el viento suelta de la mano, sin leer.

 

 

 

Michaels, Anne. Buceadores de la piel (Trad. Jaime Priede). Madrid; Ed. Bartleby, 2003.

 

EL PESO DE LAS NARANJAS & MINER’S POND

El peso de las naranjas

 

 

PROFUNDIDAD DE CAMPO

xxxxxxxxxxxxxxxxx“La cámara nos libera del peso de la memoria…
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxregistra para olvidar”.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxJohn Berger

Ya nos hemos contado una y otra vez la historia de nuestras vidas
cuando por fin llegamos a Buffalo.
Sale un sol difuso y prehistórico
sobre las cataratas.

Una mañana blanca,
el sol salpica de pintura el parabrisas.
Conduces, fumas, llevas gafas de sol.

Rochester, Capital de la Fotografía de América.
Apagando un puro en la tapa de la cajita de un rollo,
el agente de seguridad de Kodak nos indica el camino.
El museo es una mansión en gran angular.
Desde el césped de la entrada miras las ventanas del segundo piso,
transformas mentalmente cuartos de baño en cuartos oscuros.

Un millar de fotos después,
agotados de adivinar el movimiento
invisible de la mente que eligió el encuadre de cada foto,
echamos la siesta en el parking de un instituto
mientras el sol se reclina como los árboles
sobre el capó caldeado del coche.

Volvemos a casa. La luna tan grande y cercana
que mancho el parabrisas dibujándole un bigote.
Te hago cosquillas en el cuello para mantenerte despierto.
No recuerdo nada de nuestras vidas anterior a esta mañana.

Salimos de la ciudad de noche y regresamos de noche.
Compramos frutos secos y flotamos tranquilamente por el vecindario,
árboles frondosos que se lavan en la exuberante oscuridad
o a la íntima luz de las farolas.
Es verano y el aire de la noche se carga de nuestros olores,
aguijoneado por la fragancia verde de los jardines.

El calor no se irá del pavimento
hasta que sea casi de día.

Te amé todo el día.
Tomamos la vieja y familiar Autopista del Encuentro,
comenzamos el largo viaje del uno al otro
como a nuestra ciudad con todas sus luces encendidas.

 

 

 

FLORES

Hay otra piel dentro de mi piel
que se ajusta a tu tacto como un lago a la luz;
que desliza su memoria, su lenguaje perdido
dentro de tu lengua,
borrándome para hacerme de nuevo.

Justo cuando el cuerpo cree saber
los caminos para conocerse a sí mismo,
esta segunda piel sigue buscando sus respuestas.

En la calle – las sillas de los cafés abandonadas
en las terrazas, los puestos del mercado vaciados
de su viva luz,
aunque el pavimento todavía respire
uvas y melocotones –
como la luz de todo lo que crece
en la tierra recién removida,
cada partícula de mí se ajusta a tu tacto,
el viento envolviéndonos las piernas en mi vestido,
tu camisa deshaciéndose en flores por mis manos.

 

 

 

Michaels, Anne. El peso de las naranjas & Miner’s Pond (Trad. Jaime Priede). Madrid; Ed. Bartleby, 2001.

 

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