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UN POEMA DE WILLIAM BUTLER YEATS TRADUCIDO POR JAIME GARCÍA TERRÉS

 

EL VIAJE A BIZANCIO

xxxxxI

Ése no es país para viejos; los jóvenes ahí,
unos en brazos de otros, pájaros en los árboles
—esas generaciones fallecientes— cantando,
cascadas de salmones, macarelas por mares,
parvadas, cuerpos o cardúmenes, encomian al estío
cuanto la vida engendra, cuanto nace y perece.
Presas de tanta música sensual todos descuidan
los monumentos de la sempiterna mente.

 

 

xxxxxII

Triste cosa es un viejo:
un andrajoso abrigo montado en una estaca,
excepto cuando el alma bate palmas y canta
mejorando su brío
por cada desgarrón de su mortal vestido;
ni hay escuela de canto que no reconsidere
los propios testimonios de su magnificencia.
He cruzado por ello los mares y venido
a la urbe sagrada de Bizancio.

 

 

xxxxxIII

Oh sabios enhiestos en el divino fuego
cual en áureo mosaico de un panel,
desde el fuego llegad, revolviendo la espira,
para ser los maestros de canto de mi alma.
Consumid ya mi corazón; vasallo del deseo
y al animal agónico ligado,
no sabe lo que es. Llevadme luego
al artificio de la eternidad.

 

 

xxxxxIV

Una vez desprendido de la naturaleza
no tomaré jamás, al recobrar un cuerpo,
la forma de ningún objeto natural,
sino aquella que labran los orfebres griegos
amartillando el oro y con esmaltes de oro
a fin de sacudir la imperial somnolencia;
o ponen a cantar sobre dorada rama
para los caballeros y damas de Bizancio
acerca de las cosas que pasaron,
xxo pasan, o vendrán.

 

UN POEMA DE ROBERT LOWELL TRADUCIDO POR DAVID HUERTA

 

 

PARA JOHN BERRYMAN
(Luego de leer su última Dream Song)

En los últimos años sólo nos vimos
cuando tú andabas en el camino,
achispado para leer
tu Sueño devastador—
audible, sordo…
en otro mundo entonces, como ahora.
Yo quería vivir
para evitar tu elegía.
Y aun así teníamos la misma vida,
la vida en general
que nuestra generación ofrecía
(Les Maudits — elogio
que cada generación de Norteamérica
formula de sí misma al caducar);
el principio estudiantes, luego por nuestra
cuenta,
nuestra galaxia de grands maîtres,
nuestras becas de los años cincuenta
en París, Roma y Florencia,
veteranos de la Guerra Fría, que no de la
Guerra—
todo lo mejor de nuestra vida…
luego fantaseando con el trago de las seis de la
tarde,
a la espera de ese fuego helado, a la espera
incluso de ese frío cristal, como
se espera a una muchacha…
sin tan sólo hubieras esperado.
Queríamos estar obsesionados con la escritura,
y lo estábamos.
¿No te despiertas como yo, a veces, obnubilado,
y encuentras los perdidos anteojos dentro de un
zapato?
Hay algo tan agobiante en mi corazón—
allá, aquí todavía, los días alegres
cuando nos sentábamos a la orilla de un frío lago
en Maine,
conversando sobre el Winter’s Tale,
los celos de Leonte
en la sintaxis rota de Shakespeare.
Tú llegaste ahí antes.
Apenas el otro día
descubrí nuestras diferencias —tu humor…
hasta en la última Dream Song,
para burlarte de tu vuelo felino
del hogar a las clases
—para saltar así, luego, desde el puente.

Las muchachas no ahuyentarán la escarcha de la tumba.

Para mi sorpresa, John,
digo esta plegaria a ti y no por ti;
pienso en ti, no en mí;
sonrío y me duermo.

 

UN POEMA DE SEAMUS HEANEY TRADUCIDO POR JAIME GARCÍA TERRÉS

 

OSTRAS

Nuestras conchas golpeaban en los platos.
Estuario desbordante era mi lengua,
Mi paladar absorto con brillos estelares:
Mientras gustaba yo saladas pléyades
Orión puso su pie dentro del agua.

Vivas y violadas
Yacían en sus lechos glaciales:
Bivalvas: bulbo rajado
Y galante suspiro del océano.
Por millones abiertas, desnudas y esparcidas.

Habíamos llegado a esa costa
A través de flores y piedras calizas
Y estábamos allí, brindando por la dicha,
Delineando perfectas remembranzas
En tamaña frescura de bálago y de barro.

Sobre los Alpes, bien empacadas entre paja y nieve,
Rumbo al sur los romanos impulsaban sus ostras hacia Roma.
Yo vi los chorreantes canastos que volvían
Por labios como frondas y picados de sal
El atracón de los privilegiados

Y enfurecióme no poder depositar aquel encargo
En la luz transparente, como la libertad o la poesía
Que nos vienen del mar. Consumí la jornada
Muy concienzudamente, para que su regosto
Me apurase a trocarme todo en verbo, verbo puro.

 

UN POEMA DE T. S. ELIOT TRADUCIDO POR JAIME GARCÍA TERRÉS

 

CANCIÓN

Si el espacio y el tiempo, como dicen los sabios,
son cosas irreales,
la vida de la mosca que vive un solo día
y nuestra vida no son desiguales.
Vivamos, sin embargo, todavía,
mientras vida y amor nos vengan de regalo,
porque el tiempo es el tiempo, y se desliza
a pesar de los dichos de los sabios.

Las flores que te di cuando el rocío
temblaba entre las vides,
se marchitaron antes que llegara la abeja
silvestre a visitar las eglantinas.
Pero cortemos pronto flores nuevas
sin lamentar que luego desfallezcan
escasas como son las flores de la vida,
hagámoslas, cortándolas, divinas.

 

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