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Posts Tagged ‘invierno’

CUADERNO DE BUDAPEST

Día gris

 

LA GRAVEDAD

Gravedad: f. Fís. Manifestación terrestre de la atracción universal, o sea tendencia de los cuerpos a dirigirse al centro de la tierra. (Diccionario de la Real Academia Española. 21ª edición, 1992).

La gravedad es la manifestación de la inmovilidad para evitar cavar agujeros de luto en el centro de la Tierra. (Violeta. Budapest, julio de 1998).

 

 

 

 

INVIERNO

He buscado en los bolsillos de la chaqueta, consigo rescatar un cigarrillo roto. No me conviene, dicen, que fume ni que beba, últimamente incluso los sueños me han sido limitados. Qué más puede pasarme, si hace ya tanto tiempo que decidí mi suerte. Dejadme. Con la memoria a ratos, con el pulmón a trozos, con la alegría a veces y la tristeza siempre, qué esperáis. Dejadme. Prometo no morir en primavera. Yo moriré en invierno. Cualquier invierno es bueno para morir sin llanto. Prometo no morir en primavera, yo moriré en invierno con las hojas del sauce. Prometo no morir llena de ausencia, plena de ti me iré. Confía.

 

 

 

Temporelli Montiel, Manuela. Cuaderno de Budapest. Madrid; Ed. Bartleby, 2014.

 

 

ÁNGEL DE TIERRA

Antonio Marín Albalate 'Ángel de tierra -Provincia-'

 

 

UNA CIERTA Y ANTIGUA SABIDURÍA

Mi padre sabio tiende el pan al aire y al sol
Para que se ponga duro –dice.

Luego calla y lo come con ajos crudos
Como el mejor de los manjares.

Mi padre –pellejo de odre y fermento–
Muerde así, desde hace años,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxLa vida.

 

 

 

ELEMENTAL

Mi padre se quitó un día la boina aquella,
Tantos años pegada a sus ideas.

Mi padre decidió entonces,
Ponerse el mundo por montera.

 

 

 

HUMANAMENTE HABLANDO

Mi padre es ya casi un ocaso,
Sombra y nada más que sombra
Según se lee en sus manos de blues
Una víspera –como dijo Vallejo.

Mi padre, inevitablemente, tiene un número
De cansancio en la mirada.

 

 

 

RAP

Búscame un sitio, padre, donde olvidar
El nombre que hace cuarenta años me diste.
Muéstrame pronto la bondad de ese lugar,
Pan de tu paz, que tú sabes que existe.

Entrame ahí, donde mi alma pueda estar
Sin odio, sin ira, serena, triste
En su catarsis, bella en su pintiparar.
Dime que, al fin, el lugar elegiste.

Bueno es, ya veo, que sea aquí a este lado
De tu silencio, el sitio de las rosas
De soledad que mis manos cortaron.

Al fin empiezo a entender ese estado
Tuyo de no estar estando en las cosas.
Al fin, padre, éstas me pacificaron.

 

 

 

ÁNGEL DE TIERRA

Mi padre, sin saberlo, abre caminos
–Antiguas heridas–, cuando recuerda
La boina negra de su juventud tendida
Como una alfombra en las solitarias alamedas
Por donde discurrían tábanos los domingos.

Mi padre, sin pedirlo, fue cauce con el agua
A lo largo de las boqueras.
Un ángel de tierra y raíces
Entre los arados y las bestias.

La luz de un candil, su mecha en la noche.

Mi padre en 1927 comía pan con pringue,
Soñando con llevarse alguna novia al pajar.

 

 

 

INVIERNO

Mi padre teme la industria del frío.
Su pesada maquinaria.

Mi padre teme esos duros mecanismos
Que el invierno pelea por poner
En sus manos lentas de blues y raíces.

Mi padre nocturno teme, sobre todas las cosas,
La nieve violeta de los telediarios en diciembre.

 

 

 

TIEMPO ÚNICO

El tiempo de un poeta es,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxSin duda,
Un tiempo aparte, nunca perdido.
Como el de mi padre cuando lo pienso
Teniendo en cuenta el día por venir.

El tiempo de un poeta se mide, por tanto,
Según la tinta necesaria por metro lineal
Para el alumbramiento de las palabras
A lo largo del papel. Y también, es cierto,
Por el miedo a perder de pronto y para siempre
Todo cuanto se ama.

El tiempo de un poeta es,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxRealmente,
Un tiempo no común al resto de la tribu.

 

 

 

LA VOZ DE LA EXPERIENCIA

Todo llega en esta vida
Dice mi padre con su voz más vieja,
Mientras amarra la soga a la viga,
Por si acaso.

Sí, todo llega en esta vida,
Aunque el camino sea largo.
Todo llega en esta vida,
Como llegó la lluvia honda
Cuajando dentro de mis ojos.
Todo llega en esta vida.

Elemental, imparable,
La muerte –como la vida casi siempre–
Es sólo un principio de nada,
Un irse en el tiempo,
Atravesando sendas,
Bordeando abismos.

La muerte
xxxxxxxxx–Ahora lo sé–
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxPuede ser mi padre esperando.

 

 

 

Marín Albalate, Antonio. Ángel de tierra. León; Diputación de León, 2001.

 

EL PRIMER LIBRO

septiembre 1, 2012 1 comentario

Este verano ha hecho ocho años que conseguí el que era considerado como el tercer premio más importante de la región de Murcia, el Premio de poesía Emma Egea; un premio que se convocaba por la fundación que existía en la ciudad de Cartagena como «homenaje» a dicha poeta.

Tras tres años persiguiendo el premio, cumplí con el refrán y comenzó uno de los hechos más surrealistas que me han sucedido en el mundo de la literatura. Por primera vez, la entrega del premio no se celebró donde solía hacerse, se cambió la fecha de la entrega y se llevó a cabo una pequeña presentación de los premios que convocaba la fundación que llevaba el nombre de la poeta. Y entonces llegó lo divertido: mandarles el texto del libro en un cd y que a los varios meses me dijeran que lo habían perdido, tener que pasárselo directamente a la imprenta para que no pasara por más manos y se volviera a perder, tener que ir a la imprenta a recoger los libros, que no se me pagara la dotación económica del premio (luego se enteraría uno que alguien había malversado fondos de la fundación), y que cuando un año más tarde reclamé los libros que quedaran todavía hubiera una impresentable que me preguntara que por qué estaba tan irritado… Luego hablan del mundo de la música, de la cantidad de golfos que hay, pero eso lo dicen quienes desconocen la cantidad de hijos de puta que hay en el mundo de la literatura.

El caso es que al menos conseguí publicar mi primer libro en una colección, la de los premios Emma Egea, en la que ya estaban poetas como Antonio Marín Albalate o Cristina Morano. E incluso tuve la suerte de que el Aula de Poesía de la Universidad de Murcia (más precisamente, Isabelle García Molina) me invitara a presentarlo.

Ahora que sólo me quedan esos cinco ejemplares que uno se guarda por si acaso, dejo unos cuantos de los poemas que forman parte de ese libro.

 

 

Pudiera sernos útil el invierno
como pseudónimo,

así ocultaríamos blancamente
todo nuestro fracaso,

ese fracaso que, quizás, ni exista.

 

 

 

 

 

 

 

María,
no hablo solo
del frío extremo,
ni aun de la aparente
falta de vida,
ni siquiera de esa sensación
de ausencia
de uno mismo…

…hablo, sobre todo, de lo que queda,
en esta misma página, después
de este undécimo y último verso.

 

 

 

 

 

 
En Portsmouth, las palabras
parecen peces muertos
derivando hacia una playa extinta.

Sentado en sus costas de piedra,
ahora que todo en lo que creímos
es un fracaso,
contemplo el silencio como la única opción
que nos deja el invierno.

Asusta haber visto la vida
sosteniéndose llena de cicatrices;

el sexo bajo un témpano de miedo;

el amor ocultándose en las estatuas;

y la libertad como unas cuantas letras
en un orden erróneo.

 

 

 

 

 

 
Me justificaba, entre otras cosas,
la rebeldía
concentrada en tu cabello.

Pronunciaba, de una manera sencilla
y en voz alta, tu nombre la madrugada
de cada día veintiséis.

Casi todos los verbos me desvelan
una senda de pasados, presente
queda, solamente, este invierno,
esta certeza de sal
esparcida sobre la tierra.

 

 

 

 

 

 
María:
qué absurdos resultan los modos
con que pretenden definir
el paso del tiempo, me siento
casi estafado cuando escucho
que hemos pasado ya otro día
o que ha empezado otra estación;

como si yo no intuyese el frío
–su intensidad– que desde ahora
ha de sobrevenirme

qué frío, amor, de ahora en adelante
qué frío.

 

 

 

 

 

 
En el mundo llueve y hace frío.
Y yo fingiendo ser
para no desvanecerme.

 

 

 

 

 

 
En Viena es tarde y nace el frío.

Desde la plaza del Zürich Kosmos
las palabras se nos escapan
más allá de balcones y azoteas y cúpulas,

nos dejan mudos, huérfanos,
con las manos manchadas
de significados de tinta;

se elevan y nos abandonan
–dejando que pisemos
estalagmitas de miedo–
en mitad de la enrarecida atmósfera
que dejan a sus espaldas.

 

 

 

 

 

 
Desengañémonos: las bajas
temperaturas y los vientos húmedos
lo dificultan todo, hasta el extremo
de habernos creído auténticos
mirándonos en el ridículo
reflejo de las palabras

cuando nos hemos obstinado
en seguir sintiendo
sólo a flor de piel

cuando hemos sido incapaces
de la más mínima metáfora
y al abrir la boca
cuanto hemos podido ofrecer
no ha sido más
que una mueca de hielo.

 

 

 

 

 

 

 

Munich se convierte en un nudo en la garganta
si intento pronunciarlo.

Recuerdo la ciudad: hostil,
su cielo ceniciento,
su vientre umbrío,
construida desmedidamente
por encima de nuestra levedad.

La vieja experiencia de la ciudad:
la marcha de sus trenes, sus ausencias,
su vil gesto de costumbres,
hará que la sepamos
helada y sola
desde siempre

aunque nunca –pobre ignorancia
del metal y la piedra– lo haya sabido.

 

 

 

 

 

 

 

Creo que la distribución del tiempo
que hemos adoptado resulta,
cuando menos, muy curiosa.

Es curioso este almanaque nuestro,
su principio invernal
y su fin
xxxxxxxde invierno.

 

 

 

 

 

 

 

En Siena
los cuerpos domados retienen
el peso ancestral de la nieve.

Esta tierra tan lenta
conjuga los verbos despacio,
como sacia la sed
quien sabe muy poco del mar.

La juventud, aquí, envejece
con las preguntas recibidas.

Toda la seriedad que la circunda
se encierra
en la palabra mañana,
xxxxxxmañana,
(como una letanía)
mañana…

 

 

 

 

 

 

 

Hay tanta nieve entre nosotros.

 

 

 

 

 

 

 

Asís, tranquilo como piedras.

Y entre las mantas nos recuerdo
mientras veíamos amanecer
detrás de la ventana de alguna habitación
creyendo que todo lo horrible
quedaba fuera (y era cierto).

Ahora tengo cada vez menos dudas
de que no hay sitio para la belleza
porque el futuro se nos vuelve escarcha

de que todo se resume en el golpe frío
de despertar a solas.

 

 

 

 

 

 
Ya no me quedan centros que marcar
en geografía alguna.

Ahora, cualquier tierra está
desconfiadamente lejos.

Lo único que me resta es la distancia
de una ciudad elegida
a conciencia entre todas las demás;
una manera de escoger
cómo sobrellevar la ausencia.

 

 

 

 

 

 
Florencia sólo tiene su historia
para sujetarse a si misma,

su geografía ya no es de mansedumbre,

su cataclismo más interno
es, ahora, estéril
como el invierno.

Y desde la prisa de vivir esta ciudad
en una sola noche
lo que ansío es regresar a la calma
de una casa de techo inalcanzable,
a la sola habitación que me espera,
la triste habitación que ya era triste
hace tantos inviernos

 

 

 

 

 

 

 

Echo de menos aquel miedo,
tan breve, que te recorría el cuerpo
cuando la madrugada te despertaba a solas
(lejos mi cuerpo del alcance
de tus manos de sueño);
aquel miedo, que duraba
el tiempo que tardara
en volver a abrir la puerta de la habitación…

…la puerta que ahora abro sabiendo
que no volverá aquel miedo, tan breve.

 

 

 

 

 

 

 

María:
el tiempo, al otro lado del balcón
es tiempo de noche y fiesta, de ruido y de risas.

A este lado el tiempo es de ausencia,
de una nieve deshecha oscuramente
en un silencio igual
al de los ahogados.

Aquí, el tiempo se vuelve contra si
y el esfuerzo es inútil, así que
Basta ya
Seguir cargado de mundos de países de ciudades
Muchedumbres (…)
Cubierto de climas hemisferios ideas recuerdos.

Me queda ya tan poco por decir.
Espero una respuesta. Cuéntame,
María, cualquier cosa. Escríbeme
que la poesía no es
un arma cargada de invierno.

 

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