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IGOR BARRETO

 

SIGNIFICADOS

Alguien se lleva la mano al corazón
y dice unas palabras.
Pero las palabras son en realidad insensibles
y quien las hizo
no calculó su capacidad
para significados tan enormes.
A pesar de los cuidados que les prodigamos:
la forma de agruparlas,
el tallado y la orquestación:
siempre los adjetivos
merecerán una reprimenda
por nuestra sentimental torpeza
y los gerundios estancados
en el encabezamiento del verso
codiciarán el sonido de cada vocablo.
Pero además, qué puede ser un verso
sino un corralito de estantillos
de madera podrida
en demasía inútil para contener
el animal que somos.

 

 

 

 

LA COPIA
(Apropiación de unas palabras de Edwin Fischer)

—Fermi aprendió, gracias a la amabilidad de Beethoven,
y Liszt aprendió de Fermi,
y Jean Labert de Liszt.
El maestro Jean Albert
enseñó a otros pianistas jóvenes del conservatorio.

Ahora, ya no hay un ser humano que me enseñe
y las grabaciones me recuerdan a mí mismo:
¡Oh, la copia! La copia que me recuerda
a mí mismo.

 

 

 

 

ARS BREVÍSIMA

El poeta

debe escribir

con calma:

como el tragador de sables

en el circo

que se dice

a sí mismo:

Con calma…

para no herirse.

 

 

 

 

TRASCENDENCIA

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxAl Sr. Lee Masters

—Bajo esta gasolinera
yacen sepultados
mi cuerpo y el de mi esposa
Graciela,
también mis dos hijas: Juana y Luisa.
El problema no es estar sepultados,
la molestia son los continuos trabajos
que se hacen de cambio de aceite
a motores de autos, autobusetas y camiones.
Y que el aceite se escurre
a través de la tierra, incluso del cemento
y llega a un angosto espacio:
un tanque de contención, una fosa,
una habitación cerrada
de dos metros cuadrados
donde estamos.
Y el aceite más denso que la sombra
se filtra hacia este recinto.
Como ya les he dicho
el inconveniente
no es la muerte,
se trata de un asunto de trascendencia.
Digan ustedes:
lo único que continúa vivo
a pesar de las ingratitudes de la carne:
¿no es el cabello?
El cabello aún sigue creciendo:
el de Graciela, con grandes ondas,
y mis hijas tienen una cabellera
de resplandores rojizos.
Pero el aceite
les da un fulgor que no es el suyo.
¿Cómo hace mi esposa para peinar
a sus dos niñas?
¿Cómo hacen mis hijas para tener
un gesto de mimo con su madre
y acicalar su pelo tiernamente?
Es muy ingrato lo que ocurre.
Lo hemos perdido casi todo:
¿perderemos también nuestros cabellos?
Yo sé que el dueño
de la gasolinera del gueto de Ojo de Agua,
el señor Erik Kauzman,
después de habernos asesinado
en su oficina:
apuñalado a mis hijas y a mi mujer,
y luego yo
de un tiro de escopeta,
solo por reclamar la paga debida.
Yo sé que el Sr. Kauzman,
como hombre generoso,
atenderá este inminente llamado.
………………………………………………..
Ahora
es un noche silenciosa
………………………………………………….
y el aceite gotea desde la superficie
hasta lo que resta
de mi ventrículo izquierdo.
Escucho las golondrinas
planear bajo los potentes reflectores
de mercurio,
entre los arcos construidos
a uno y a otro lado de la lujosa
gasolinera.
Nadie podría decir
que ha visto a una golondrina
tomando agua sucia,
no obstante su plumaje se pudre
y el ave derribada
rápidamente deviene polvo.
No así, en nuestro caso.
La muerte podrá detener
el avatar del cuerpo
pero el cabello
impedirá
que nuestros rostros
se desvanezcan.

 

 

 

Barreto, Igor. El muro de Mandelshtam. Madrid; Bartleby editores, 2017.

 

‘EL MURO DE MANDELSHTAM’, DE IGOR BARRETO

 

REPENTINA NEVADA

En el gueto de Ojo de Agua
ha nevado
en honor a Mandelshtam.
Ocurre que con tantas muertes
y tráfico atolondrante
no habíamos tenido ocasión
de mirar a lo alto.
Es un milagro que unió al cielo con la tierra.
¡Ha nevado!
Y alguien sostiene un libro
en la mano izquierda,
mientras palpa con la diestra
los minúsculos copos de nieve.
Todas las casas fueron pintadas
gratuitamente de blanco
y mucha de la pobreza se escapó
por esa loza quebrada
de un cielo encapotado.
Mandelshtam impartió lecciones sobre el frío
a una anciana recién llegada
de un desierto con cabras
de la remota frontera norte.
Los copos de nieve cayeron de un árbol
cuajado de flores:
fueron modestos lirios blancos
y pétalos de margaritas.
Pero en la calle principal del gueto,
el barro se apelmazaba gélidamente.
Era un lodazal cobrizo
donde rechinaban las ruedas
de los automóviles
derrapándose por la cuesta.
¡Pobres perros del barrio!
Las familias han debido
refugiarlos en sus casas
porque mueren como esculturas acurrucadas
contra el dorso de los escalones en la vereda.
Y los gatos congelados
caen de las cornisas
y se parten como un simple jarrón.
No hay pájaros…
pero no importa,
porque la nieve es algo nuevo.
Total
en las muchas fotos
que enviamos por correo,
somos los únicos testigos
de este enigma.

 

 

 

 

MANDELSHTAM

Mandelshtam es un animal
en el centro de un círculo
que unos hombres han hecho armándose con palos.
Es el poste de luz que en esa esquina
tiene la cúpula apagada
por una lámpara rota,
peligrosamente cortante.
No olvidemos que el poeta
es un factor potencial
en la dinámica
iluminatoria.
Mandelshtam es la vereda con escalones,
un venoso pasadizo de obreros
y de «algunas» dispuestas a todo.
Fue también un hombre
dentro de una bolsa negra de plástico:
cara de rata y cola de rata,
un malandro tibio que tal vez resulte
el único hermano de Filippo el Árabe.
Porque todo Mandelshtam provoca en mí
un miedo básico,
la visión e un extraño monumento.
Aún más en este país
donde la ternura
es una frecuente dificultad.

 

 

 

 

SOBRE LA UTOPÍA (EN VENEZUELA)

xxxxxI

Decía el sabio Ángel Rosenblat:

Porqué escribes «pretencioso» con «c»
y no con «s»
¿acaso no viene de «pretensión»?

Cierto, maestro, se trata de un galicismo cultural.

¿Y tú crees que «arribista» viene de «arribar»?
Pues ¡No!: «arribista»,
viene de «arriver».

Y pienso entonces
que la raíz de lo que ansiamos decir,
aquello que en verdad somos
suele estar
en otra parte.

 

xxxxxII

«El invierno trae caballos blancos
que resbalan en la helada.»
He ahí un verso para nosotros imposible.
Pertenece a Jorge Teillier, un poeta de Temuco,
al sur de Chile.
Así que ese verso suyo me parece la clave de todo:
«El invierno trae caballos blancos
que resbalan en la helada.»
Esto es imposible a 40º a la sombra. Y solo en ello
consistió la trampa: enamorarse líricamente de lo «otro»
y ser, de pronto, cómo decirlo: un añorante.

 

 

 

 

ES DE NOCHE Y HABÍAMOS BEBIDO TANTO LICOR DE ANÍS.
MANDELSHTAM PRETENDÍA ORINAR EN UN RINCÓN.
MIENTRAS, OCURRÍA ENTRE NOSOTROS ESTE DIÁLOGO.

Mandelshtam —¿Has ioído ihablar ide eso que llaman Deus
ex machina?

Igor —Claro, se trata de un Dios que pilotea un carro a gran
velocidad.

Mandelshtam —¿Sabes si será un carro lujoso o isi iDios vie-
ne con hombres armados para hacer justicia?

Igor —A ife imía, ieste Dios de la frase latina, no es un hom-
bre sino un robot.

Mandelshtam —Pero (…) i¿A iti iqué ite iimporta? Total, vie-
ne a salvarnos.

Igor —No lo creo. Esto que somos no tiene remedio.

 

 

 

 

LOS VERDADEROS POBRES

Hoy viernes
llegaron al gueto de Ojo de Agua
los verdaderos pobres:
las bellas cajeras del supermarket,
los albañiles con overoles tiznados
y sus manos rajadas por la cal viva,
los vendedores de imitaciones
y aquellos que existen gracias
a la pensión de invalidez.
Darle a cualquiera de ellos
una oportunidad, o no dársela,
es lo mismo.
Todo termina la tarde del domingo
donde la rueca los vuelve a dejar sin nada
y el lunes
el autobús más económico
los retorna al centro de la ciudad.

 

 

 

 

HOMBRE BASURA

Por la calle

ellos (los del Aseo Urbano) recogían:
pilas,
pirámides,
verdaderos muros
de bolsas negras de plástico
que se rompían y desunían
y la basura
era juntada de nuevo
y arrojada al interior del camión
que se la tragaba
llevándola a una prehistoria
futura.
Yo los vi tomar un bulto
tan pesado,
tan pesado,
que dos de Ellos
tuvieron que halarlo por los extremos.
Pero… lo que vi realmente
era que trataban de poner en pie a un amigo.
Porque el camión blanco y mugriento de la basura
no espera.
La basura
está hecha de un presente que no espera.

 

 

 

Barreto, Igor. El muro de Mandelshtam. Madrid; Bartleby editores, 2017.

 

EUSEBIA SARMIENTO

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xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxEusebia Sarmiento

xxxxxxxxxxxxxxxxxxx(26 de mayo 1952 – 2 de julio 2002)

xxOye caminante, soy una mujer de raza negra que por desgracia ahora no ves. En la calle principal del gueto de Ojo de Agua arrendé un quiosco donde ofrecía bollos de carne y panecillos de maíz. Cuando me pagabas con un billete de alta denominación permanecía mirándolo; y si no pedías el dinero del cambio, me apartaba en silencio sin decir nada. Mis ojos querían poseer completamente aquel trozo de papel moneda, hasta que el reclamo tuyo me despertaba de manera tan brusca que aun en la muerte siento demasiada vergüenza.

 

 

 

Barreto, Igor. El muro de Mandelshtam. Madrid; Bartleby editores, 2017.

 

KELVER CORDERO

 

xxxxxxxxxxxxixxixxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxKelver Cordero
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx(28 de julio 1981 – 2 de febrero 2005)

Extranjero, detente solo un segundo. En vida no quise ser juzgado por el precario lugar de donde venía. Fue por eso que gané la beca para estudiar leyes en la prestigiosa Universidad Católica. Apenas llegué, unas hermosas compañeras del primer año de Derecho me invitaron a un lujoso club. Recuerdo los salones enchapados en madera caoba y una piscina olímpica con fondo de mosaico azul. Era un azul incandescente, cuyos destellos se confundían con la nerviosa vibración de la superficie acuática. Todos (incluso ellas) traíamos nuestros bañadores debajo de la ropa, así que entre risas sensuales, nos desnudamos a un tiempo. Ellas se demoraron elogiando sus cuerpos, mientras yo caminaba solitario por el borde de la alberca. Nadie se dio cuenta, ni tan siquiera el salvavidas, pero caí sin saber nadar en la parte más honda, y descendí con los brazos abiertos hasta el fondo, donde mis ojos descubrieron una moneda tal vez lanzada para pedir algún deseo. No ofrecí ninguna resistencia. No podía sentir miedo en aquella habitación tibia y luminiscente; vi que ascendían algunas esferas de aire exhaladas por mis pulmones, y escuché las risas de mis amigas ausentes de la tragedia que acontecía. Se me ocurrió entonces que todo era algo «circunstancial». Y regresé al único pensamiento auténtico que en ese momento gobernaba mi alma: mi condición de pobreza.

 

 

 

Barreto, Igor. El muro de Mandelshtam. Madrid; Bartleby editores, 2017.

 

CONTEMPLANDO EL CUADRO EL GRITO, DE EDWARD MUNCH

 

CONTEMPLANDO EL CUADRO EL GRITO, DE EDWARD MUNCH

El grito de Edward Munch
es la ausencia de grito.
En el centro del cuadro
está el pequeño orificio
de una boca
donde no vemos dientes:
lo que deja al descubierto
a un ser vacío
que es mera silueta.
El puente y el riachuelo
viven
de la insinuación cromática.
Así como las ráfagas de aire
y el fiordo oscuro-azul
son meros trazos gestuales.
No existe ningún reclamo laboral
en esta imagen
por el supuesto ascensor que baja
directo al sótano de tantos años.
Ni tan siquiera una protesta
por la idiotez de las chisteras
y los sombreros de las damas.
En fin, del gran tema
de El grito de Edward Munch
lo que ha quedado,
es el vaciamiento:
la materia que se escapa,
la que no quiere cuerpo,
la sin mí.

 

 

 

Barreto, Igor. El muro de Mandelshtam. Madrid; Bartleby editores, 2017.

 

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