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HIMNO A LA VIDA -extracto-

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HIMNO A LA VIDA

El viento posa su mejilla en la tierra y siente su frescor húmedo
y levanta la cabeza con pequeñas ramas y briznas de hierba seca
pegadas a ella como la arena que te quitas al levantarte
en la playa. El día es fresco y dice «Sólo me quedaré hasta mañana».
El mundo está lleno de música y, entre la música,
y alternando con el silencio, toda suerte de sonidos, naturales y humanos:
se oye un avión, algunos coches, gansos que graznan, y, no aquí, pero tampoco
lejos, un grito tan desgarrador que oírlo supone no ser
ya el mismo nunca más. «Vaya, esto parece el infierno». Surgen aquí, de la tierra
que emana muerte, emblemas de inocencia, amarilis que se empeñan con soltura
en vivir e inclinar su blanco esmalte hacia la tierra, y entre la hierba amarillenta
hay pequeños azafranes silvestres de los montes a los que las cabras han llevado
casi a la extinción. Los bulbos que llegaron por correo, ya plantados, hacen
lo que mejor saben: vivir, vivir. Debe ser tan difícil y tan natural para los tallos verdes
—por muy difícil que parezca— atravesar el barro medio congelado e insistir
en que, al igual que la semilla de maleza de la que ya apunta la radícula,
también ellos van a vivir. Las hojas se ensanchan, el brote aparece y se amplía, su
semilla engorda y cae, el tallo verde se vuelve amarillento y, al marchitarse,
yace sobre el suelo. En Washington, las magnolias ya tenían brotes. En
Charlottesville los bulbos ya asomaban entre la tierra mugrienta, animándola. Mañana
empieza otra primavera. nadie consigue tener muchas, o no a la vez, como la carta
que se espera largo tiempo y que un día por fin llega. Pero puede que no diga lo que deseas
o que, ya despreocupado, no pueda significar lo que antes había supuesto para ti. Llega
la primavera, pero el tiempo invernal, aquí, logra quedarse. Es así de arbitrario, como
la planificación de Washington D. C. Avenidas y rotondas en su tela de araña
de asfalto y nadie se hace más joven, lo que no es cierto para los jóvenes, que descubren
nuevas libertades a los veinte años, qué alivio no ser ya un adolescente. Uno de nosotros
tenía almorranas, otro líquido en la rodilla, otro una hernia —una hernia estrangulada es
una de las noticias menos agradables que se pueden dar— y sólo uno
a los veinte años se movía con facilidad por todas las galerías para conseguir
dormir sin píldoras. Bueno, no todo está tan mal. La luz del sol me da en la mano
y la miríada de líneas que se cruzan y entrecruzan cuentan la historia de casi cincuenta
años. Lo siento, es demasiado largo de contar. Una vez, cuando era joven, me
desperté al alba y me senté en una mecedora a ver salir el sol por detrás
de las casas del otro lado de la calle. Otra vez, permanecí junto a la baranda
de un trasatlántico y miré la estela que dejaba girar y volver
a girar sobre sí misma. En otra ocasión me desperté y en una botella
encima de una cómoda el precavido doctor había dejado mis amígdalas. No
las conservé. El giro del orbe no resulta tan real para nosotros
como el giro de las estaciones y los días que emanan de la grisalla de sus principios
—el mundo es un recortable en ese momento— y se desliza o desciende resuelto
por las pendientes de nuestra vida hasta donde las emociones y las necesidades brotan. «Te necesito»,
árbol, que domina este patio, con cintura ancha, con su altura y sus ramas
retorcidas. Su corteza se descascara como aquello que olvidamos:
el dolor, una invitación a una fiesta, lo que pasó exactamente hace incontables
años, o días, u horas. Y el mismo arrendajo azul vuelve, o quizás
sea otro. Todos los arrendajos me parecen iguales. Pero el sol no, siempre con cada
amanecer parece nuevo, como si durante la noche representase su muerte y resurrección,
igual que las flores. Las rosas este junio serán rosas distintas
aunque cortes un ramo y entres diciendo «aquí tienes las rosas»,
como si los capullos mismos hubiesen vuelto, con su blanco listado de rojo
y su fuerte perfume. O una rama cortada del peral florece antes de tiempo,
«con florecimiento provocado». El tiempo nos lleva a nuestro florecer y esperamos, atareados,
pero sin dejar de esperar el espontáneo flujo de palabras, de intimidad, de sueño compartido
y sueños en los que el pasado parece anunciar un futuro que es sólo más
vida cotidiana. El gato tiene una oreja rasgada. Se pelea, no para de pelearse con todos
los gatos machos todo el tiempo. Hay gotas de sangre en un asiento de terciopelo.
Se limpian bien, pero estas gotas rojas en un libro de Stifter, ¿me acordaré
en el futuro y diré «ah, sí, ése fue el día en que Hodge trajo la oreja rasgada
y sangró sobre el tapete de jugar a las cartas?» Pobre Hodge, maltratado
como un coche viejo. El silencio se cuela en mi mente. Ya es
primavera. También sigue siendo invierno. No es un día en el que se pueda decir
«qué estupendo día de primavera». Un día como una tarde o un crepúsculo
en los que te dices «voy a contemplar cómo se pone el sol». Y entonces empieza
a llover. «Tienes que estar», dice el tendero, «preparado para aceptar las cosas
como vengan». Una ventana que da al sur ha aceptado en su superficie
gotas de lluvia que, al aplastarse con la persiana, forman jeroglíficos
indescifrables. Una historia por contar: tantas cosas sin comprender:
una mirada, un vislumbre, y tú prosigues, a juicio de cada día otro día es mera subjetividad, y su número
total lo dan los días en que uno la vive. El día nos vive y, a cambio, nosotros
lo vivimos: tras el tiempo de las bolas de nieve, tras un mes, marzo, de falsos comienzos, de vientos
y lluvia, llegan indicios de primavera y el invierno se retrasa en el pago. El tiempo pasa
factura al mal tiempo, como en una discusión en un hotel de Washington, «No voy a discutir
pero yo no he hecho ninguna llamada local». Extraña ciudad, amplia y desoladora, con monumentos
encabritados y oficinas como monumentos y multitudes que hacen cola para ver
el interior de la Casa Blanca. «Fuimos a ver la Casa Blanca. Fue estupendo».
Pero no tan extraña como el cementerio con sus velitas vacilantes y las tumbas
de almirantes y generales con lápidas más grandes que los don nadies enterrados
debajo de la casa del general Lee, con sus columnas de mármol de imitación y ese interior tan
común, en cada habitación el chal abandonado en una silla, en las camas,
no hacía pensar que el lugar pudiese ser habitado. Algo que sí consiguen las vincapervincas,
en arriates bajos con flores de azul violáceo, flores algo reservadas que tanto estiman, según
parece, los muertos, presentes muy a menudo donde éstas se congregan. Una cita
de Esquilo: se me ha olvidado. Todo, todo se termina olvidando y uno
duda si estas ideas que parecen pasar de mano en mano sin más son ahora las que fueron antes.
Una idea puede mutar como una planta, y lo que una vez se consideró una verdad indudable
puede ser ahora una banalidad, como decir «¿Plantamos alguna vez vincapervincas allí
al lado del arbusto? Son plantas en las que se puede confiar». El viento sacude la persiana
y todas las gotas de lluvia fluyen y se suman imitando tallos. Ya hace más frío.

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Schuyler, James. Himno a la vida (Trad. Mario Jurado). Madrid; Ed. Galería Luis Burgos, 2006.

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