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MESTIZAJE Y SUR

Subo algún poema más de ‘Guardia nativa’, el libro en el que Natasha Trethewey, como se puede leer en el prólogo del libro, centra su preocupación por la amnesia histórica, por el borrado intencionado o por omisión: «Desvíos y evasiones, recuerdos metódicos y olvidos necesarios, así como versiones cargadas de amargura, irreconciliables, sobre las vivencias: de todo esto está hecha la memoria histórica» —afirmaba David Blight en su libro Race and Reunion: The Civil War and American Memory—. Son esos huecos, esas grietas por las que se escapan los combates, las pasiones y los anhelos por donde se precisa un ejercicio de rastreo. Habrá, pus, que escarbar en los mitos locales, en las leyendas, en las historias que han pasado a formar parte de la colectividad, así como en el propio legado personal para, de ese modo, abordar los temas del hogar y del exilio, del recuerdo y el olvido, de lo escrito y lo borrado. Es ésa, y no otra, la tarea que Guardia Nativa se impone a sí misma, convirtiendo el poemario en una acumulación de confluencias: blancos y negros, libres y esclavos, guardianes y prisioneros, el norte y el sur, los vivos y los muertos.

 

 

ÉGLOGA

En mi sueño, aparezco con los Poetas
Fugitivos, reunidos para una foto.
A nuestra espalda la silueta de Atlanta
queda oculta por el telón del fotógrafo:
rico y verde pasto, vacas de ojos tiernos
que mugen, su canto suena a no, no. ,
digo cuando alguien me ofrece un vaso de bourbon.
Ya nos alineamos: Robert Penn Warren,
su voz casi inaudible por el zumbido
de bulldozers, nuestra ubicación señala.
Decid «piel», entona el fotógrafo. Tengo
de negro el rostro cuando el flash nos captura.
Mi padre es blanco —les digo—, y de pueblo.
¿No odias el Sur? —me preguntan—. ¿Es que no lo odias?

 

 

 

 

MESTIZAJE

En el 65 mis padres violaron dos leyes de Misisipi;
viajaron a Ohio a casarse, volvieron a Misisipi.

Cruzaron el río al entrar en Cincinnati, ciudad de nombre
que empieza por sin, el sonido de la falta: mis en Misisipi.

Un año después a Canadá se mudaron, siguieron la ruta misma
de esclavos, el tren cortaba el blanco verglás invernal, al salir de Misisipi.

Joe Christmas de Faulkner nació, igual que Jesús, en invierno, lleva su nombre
por el día que lo dejaron en el orfanato, extraña su raza en Misisipi.

Mi padre leía Guerra y paz al darme mi nombre.
Nací rondando la Pascua del ’66, en Misisipi.

Al cumplir los 33 mi padre me dijo Es éste tu año de Jesús: tienes la misma
edad que la suya al morir. Primavera, las colinas verdeaban en Misisipi.

Algo sé que Joe Christmas no supo. Aunque yo no lo sea, mi nombre
es ruso. «Hija de la Navidad» significa, incluso en Misisipi.

 

 

 

 

LA HISTORIA DEL SUR

Antes de la guerra eran felices, dijo citando
el libro de texto. (Secundaria, el último año,

clase de Historia). Esclavos vestidos, alimentados,
y sin duda mucho mejor al cuidado de un amo.

En la página las palabras se desvanecían.
No hubo quejas, ninguna mano. Tampoco la mía.

Aún nos faltaba por ver la Reconstrucción antes
del examen y, pese al retraso, si había suerte

también las tres horas de Lo que el viento se llevó.
La historia del viejo Sur —dijo nuestro profesor—

es el relato fiel de las cosas en otros tiempos.
En pantalla, realista, un esclavo: labios gruesos

y ojo saltón, la prueba y burla del libro de texto,
ficción que el profesor guardaba, como yo, en silencio.

 

 

 

 

RUBIA

Sin duda era posible, que en los genes de mis
padres se hallasen los caracteres recesivos
que me hubieran otorgado un aspecto distinto:
no lóbulos pegados ni ojos verdes del padre,
sino otro color de pelo, el que a los hombres les gusta,
el de las rubias vivarachas. Y con mi tez,
un buen bronceado —mezcla igual de ambos padres—
pasaría por blanca.

Cuando encontré al despertar el día de Navidad
una peluca rubia, un tutú de lentejuelas
y una moña bailarina, rubia y de mi altura,
no supe si preguntar, aun no siendo importante,
si no la había de cara marrón. Fue años antes
de que mi abuela acurrucase en nuestro belén
al niño oscuro, años antes de al fin entenderlo
como esencial para una infancia en Misisipi.

En lugar de eso, estuve brincando por la sala,
un vórtice de futuros; mis padres miraban
a una hija de súbito extraña. En la foto
que tomó mi madre, mi padre —lo poco que
de él se ve— mira como debió hacerlo José
a la milagrosa natividad. Yo, en primer
plano, mi peluca rubia un halo de luz, soy
el neonato, la niña que un azar remoto
pudo haber concedido.

 

 

 

 

GÓTICO DEL SUR

Me he acostado en 1970, en la cama
que mis padres compartirán unos pocos años más.
Recién caída la noche, aún no se han dado la espalda
al dormir, los cuerpos curvados, paréntesis
que enmarcan las vidas distantes a las que despertarán. En sueños
soy de nuevo la niña con mil preguntas que hacer,
los constantes por qué y por qué y por qué
que mi madre no sabe contestar, la boca cerrada, un gesto
que revela su futuro: los labios fríos, apretados y cosidos.
Las líneas del rostro de mi padre se acentúan
con un mohín de aflicción. He vuelto a casa
del colegio con las palabras que nos oscurecen
en esta pequeña ciudad del Sur —pelagatos, amiga
de negratas, mestiza y acebrada— palabras que toman forma
desligadas de nosotros. Nos apiñamos en la isla de nuestra cama, quedos
en el idioma de la sangre: la casa, inestable
sobre sus ancas de cemento ligero, se hunde cada vez más
en la mugre del linaje. Las lámparas de aceite parpadean
a nuestro alrededor; nuestras sombras, oscuros glifos en la pared,
más grandes y extrañas que nosotros mismos.

 

 

 

 

INCIDENTE

Contamos la misma historia todos los años
—cómo oteábamos desde las ventanas, las persianas bajadas—
aunque en realidad nada sucedió,
la hierba carbonizada hoy reverdecida.

Oteábamos desde las ventanas, las persianas bajadas,
la cruz apuntalada como un árbol de Navidad,
la hierba carbonizada aún verde. Entonces
apagamos la luz, encendimos los faroles.

La cruz apuntalada como un árbol de Navidad,
unos pocos hombres reunidos, con túnicas, blancos como ángeles.
Apagamos la luz y encendimos los faroles,
los pabilos temblaban en sus pilas de aceite.

Parecían ángeles reunidos, hombres blancos con túnicas.
Al terminar se fueron en silencio. Nadie vino.
Los pabilos temblaron la noche entera en sus pilas de aceite;
al amanecer se habían atenuado las llamas.

Al terminar los hombres se fueron en silencio. Nadie vino.
En realidad nada sucedió.
Al amanecer se habían atenuado las llamas.
Contamos la misma historia todos los años.

 

 

 

 

PROVIDENCIA

Lo que queda son las imágenes. Las horas antes del
xxxxxxxCamille, 1969: gentes preparándose
xxxxxxxxxxxxxxpara el huracán, palmeras inclinadas
por el viento,
xxxxxxxsus hojas volteadas,

el cabello de una mujer. Y el después:
xxxxxxxlos solares
xxxxxxxbarcos arrastrados tierra adentro, una marisma

donde antes hubo tumbas. Recuerdo

lo apiñados que pasamos la noche en nuestra casa, tan pequeña,
xxxxxxxyendo de una habitación a otra,
vaciando las ollas llenas del agua de la lluvia.

Al día siguiente nuestra casa
xxxxxxx—construida sobre cemento ligero— parecía flotar

xxxxxxxen el jardín inundado: no teníamos cimientos

bajo los pies, me era imposible ver nada
xxxxxxxxxxxxxxque nos atasexxxxxxxxxxxxxxxxxxxxa la tierra.
xxxxxxxxxxxxxxEn el agua, nuestro reflejo
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxtemblaba,
desparecía
al inclinarme para tocarlo.

 

 

 

 

SUR

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxEl Homo sapiens es la única especie
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxque sufre de un exilio psicológico.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxE. O. Wilson

Regresé a una larga fila de pinos,
xxxxxxxxxxxxxxuna falange que hambrienta, en los huesos,

el camino flanqueaba, maraña
xxxxxxxxxxxxxxde escobo —dialéctica de negrura

y luz— y magnolias que florecían
xxxxxxxxxxxxxxcomo ideas tardías: cada flor

es rendición, blancas banderas entre
xxxxxxxxxxxxxxramas colgadas. Regresé al confín

de la tierra, la franja de la costa
xxxxxxxxxxxxxxun corte limpio, enterrado en la arena:

mangle, roble de Virginia, hierbajos
xxxxxxxxxxxxxxsegados y sutituidos con finas

palmas enanas, símbolos de triunfo
xxxxxxxxxxxxxxo desafío, que una y otra vez

señalan esta tierra derrotada.
xxxxxxxxxxxxxxRegresé a un campo de algodón, terreno

sagrado —según leyenda de esclavos—,
xxxxxxxxxxxxxxfrutos que guardan de generaciones

fantasmas: los que medían sus días
xxxxxxxxxxxxxxcon peso de sacos y tiempo usado

en cada hilera, algodón salpicado
xxxxxxxxxxxxxxcon su sudor, cosido en nuestras ropas.

Regresé a un rural campo de batalla
xxxxxxxxxxxxxxdonde a muerte lucharon tropas negras

—Port Hudson, sus cuerpos al sol hinchándose,
xxxxxxxxxxxxxxcalcinándose— sin ser enterrados

hasta que el verde manto de la tierra
xxxxxxxxxxxxxxsobre ellos cayó, sin tumbas ni lápidas.

Donde nombres de calles, edificios
xxxxxxxxxxxxxxy monumentos son confederados,

donde esa vieja bandera aún ondea,
xxxxxxxxxxxxxxregreso a Misisipi, donde un crimen

fui —mulata, mestiza—, una nativa
xxxxxxxxxxxxxxen tierra natal: aquí yaceré.

 

 

 

Trethewey, Natasha. Guardia nativa (Trad. Luis Ingelmo). Madrid; Bartleby editores, 2006.

 

TODO EL MUNDO HA OÍDO HABLAR DE MISISIPI

 

Con el título del post, que pertenece a Nina Simone, se abre una de las secciones de ‘Guardia nativa’, el maravilloso libro que publicó Bartleby editores hace ya ocho años, después de que ganara el Premio Pulitzer hace una década.
De esa sección dejo aquí unos poemas.

 

 

PEREGRINACIÓN
Vicksburg, Misisipi

Aquí vino el Misisipi a esculpir su senda
xxxxxxxoscura y embarrada, este cementerio

para los esqueletos de barcazas hundidas.
xxxxxxxAquí fue donde su curso el río cambió,

de la ciudad se distanció del mismo modo
xxxxxxxen que del pasado, al olvidar, desertamos

—riscos abandonados, laderas que se alzan
xxxxxxxen los recodos— donde hoy el Yazoo ocupa

el lecho antes vano del río Misisipi.
xxxxxxxPétreos aquí se yerguen los muertos, mármol

blanco, en la avenida Confederada. Piso
xxxxxxxtierra antaño horadada por red de cueas;

en mil ochocientos sesenta y tres, sentada
xxxxxxxbajo tierra en su sala a la luz de las velas,

a la mujer catacumbas parecerían.
xxxxxxxLa veo atenta a la explosión de obuses, se hace

un sitio en la historia, escribe ¿qué será
xxxxxxxde todo lo vivo que hay en este lugar?

La ciudad toda es una tumba. En primavera
xxxxxxxPeregrinación— los vivos quieren mezclarse

con los muertos, se rozan con sus fríos hombros
xxxxxxxpor los largos pasillos, escuchan la noche

entera su silencio y su desdén, reviven
xxxxxxxsus muertes en el verde campo de batalla.

En el museo admiramos sus vestimentas
xxxxxxx—entre cristal conservadas— mucho más chicas

que las nuestras, como si hubieran sido niños
xxxxxxxquienes las llevaron. Dormimos en sus camas,

las viejas mansiones ovilladas en riscos,
xxxxxxxenvueltas en flores —fúnebres—, son sus pétalos

visión difuminada contra el gris del río.
xxxxxxxEl folleto en mi habitación historia viva

lo llama. La placa de latón de la puerta
xxxxxxxreza Cuarto de Prissy. Enmarca una ventana

el río que hacia el Golfo se arrastra. En mi sueño
xxxxxxxa mi vera el espectro de la historia duerme,

se gira, un brazo entumecido me sujeta.

 

 

 

 

ESCENAS DE LA HISTORIA
DOCUMENTAL DE MISISIPI

1. El algodón rey, 1907

En cada esquina de la foto penden banderas:
Vicksburg, su calle mayor. En un arco apilads
las grandes balas de algodón del suelo se elevan

cual marola de historia que la ciudad anega.
Llega Roosevelt —un desfile—: la banda marcha
y en cada esquina de la calle penden banderas.

Una pancarta, Algodón, de América el rey, suena
a progreso. Dos años más y el Sur contramarcha
—grandes balas de algodón que del suelo se elevan

de gorgojo infectas—, bíblico azote les cerca.
Negritos hoy en las balas, ropa almidonada.
Desde lo alto, en esta foto, agitan las banderas

al presidente —vemos su espalda— que atraviesa
el arco con rumbo al futuro. En su atalaya
—grandes balas de algodón que del suelo se elevan—

nos miran los niños. Mar de algodón les rodea,
pila en que se encumbran, vista dorsal. En la arcada,
en cada esquina de la foto penden banderas
y grandes balas de algodón del suelo se elevan.

 

 

2. Glifo, Aberdeen, 1913

La cabeza del niño inclina, como en sueños.
Desnudo el pecho, de perfil, se sujeta
en el regazo del hombre que, con peto,
flaco, mece el brazo delgado del niño
—codo en punta, de hueso y piel marcas blancas—
tira de él para exhibir al contrahecho
y acentuar —joroba, columna curva—
el diario infortunio de su vida, el niño
que le sigue a los campos, horas junto a un
saco pasa, desplomado inquiere su
cuerpo ¿cuánto algodón?, o ¿cuánta comida?
buscando en la nevera de la cocina,
o de rodillas en la iglesia a su lado,
¿por qué, Señor, por qué? Posan y nos dicen
Miradnos, del dolor somos la silueta:
con él carga el niño, un túmulo como
tierra sobre una tumba amontonada.

 

 

3. Riada

Sobre el lomo del río crecido
han llegado, la barcaza que
lo divide, sus escasos bienes
apiñados a los pies. La Guardia
Nacional se embosca en el dique
por encima de ellos, rifles listos,
el acceso a tierra alta bloquea.
Que cantase a un grupo de negros

refugiados para acceder a tierra
se le ordenó, reza el pie de foto,
de oración un coro parecen, oscuros
badajos sus lenguas. La cámara aquí
inertes los capta. Posan como para un
retrato escolar, niños que entrelazan
los dedos en el regazo. Un chico
de lealtad hace el gesto, sobre el pulso
eléctrico del corazón la diestra.

Los circunda el gran río, bajo sus pies
la barcaza invisible, la vista fijan
en lo que ante ellos tienen: de un rifle el hueco
del ánima, la lente de aquella cámara,
turbia grieta entre barcaza y tierra firme,
aberturas son todas, del tiempo el pozo
en un instante capturado. A la luz
del ’27 son refugiados de
la historia: la barcaza los ha traído
hasta aquí, para desembarcar esperan.

 

 

4. Tarde llegas

La sombra del niño está con este sol tan alto
bajo ella casi al completo, le roza la planta
del pie descalzo sobre el pavimento. Y da el paso
aunque sin duda hace mucho calor. Son sus ganas

de leer el tema de esta foto: un libro tiene
en la mano, la biblioteca cerrada, fuera
aún de su alcance la puerta. Se acerca, quiere
ver las señales, con calma de nuevo leerlas.

Contra un fondo blanco, en la primera con esfuerzo
se intuyen las tenues letras. En ella descifra
Biblioteca Pública de Greenwood para negros,
mas la otra, en negrita sobre pizarra, le indica

fuera del marco la salida, un dedo que apunta
a la izquierda. Quiero llamarla, decirle espera.
Mas demorarse no puede, la historia le apura.
Leerá esta señal que yo leo: Tarde llegas.

 

 

 

Trethewey, Natasha. Guardia nativa (Trad. Luis Ingelmo). Madrid; Bartleby editores, 2006.

 

BLUES DEL TIEMPO Y EL ESPACIO

septiembre 25, 2017 Deja un comentario

Hace una semana subía los poemas centrales de ‘Guardia nativa’, o quizá debería decir el poema central del libro —la serie de diez sonetos en corona, llamados así porque los sonetos se encadenan por medio de anadiplosis, esto es, el último verso del primer soneto se reproduce en el primer verso del segundo soneto, y así sucesivamente; y que Trethewey extiende a diez sonetos, aunque esta secuencia se componga de siete, para así igualar su número al de las elegías que integran la primera parte de la colección—, el que muestra más a las claras la preocupación de Trethewey por la amnesia histórica, el borrado intencionado o por omisión. Son esos huecos, esas grietas por las que escapan los combates, las pasiones y los anhelos por donde se precisa un ejercicio de rastreo. Habrá, pues, que escarbar en los mitos locales, en las leyendas, en las historias que han pasado a formar parte de la colectividad, así como en el propio legado personal para, de ese modo, abordar los temas del hogar y del exilio, del recuerdo y el olvido, de lo escrito y lo borrado. Es ésa, y no otra, la tarea que Guardia Nativa se ha impuesto.
Así lo leemos en el prólogo, en el que Luis Ingelmo continúa escribiendo: Entiende Michel Focault que la genealogía es «redescubrimiento meticuloso de las luchas y memoria bruta de los enfrentamientos», una amalgama del saber erudito y del saber popular. El momento en que la tiranía de los discursos monolíticos deja paso a los textos marginales, a las investigaciones parciales, es la oportunidad que se abre para la búsqueda de lo presente a través de los hechos extraviados en los relatos acallados. Trethewey (…) lo que persigue es revolverse contra el discurso histórico hegemónico, contra los efectos que éste conlleva sobre las poblaciones y las generaciones venideras, contra el poder que queda centralizado en manos de instituciones pedagógicas, universitarias o científicas, y contra el uso que se le da para silenciar a los que claman por recuperar su ubicación en el complejo entramado de la red histórica. (…) Así pues, liberación del saber histórico parcial, fragmentario, para enfrentarse al discurso dominante, unitario, teórico y sancionado como válido.

 

Y aquí tienen algunos poemas de la primera sección del libro:

 

 

TEORÍAS DEL TIEMPO Y EL ESPACIO

Puedes llegar allí desde aquí, aunque
no sea como ir a casa.

Cualquier sitio al que vayas será un lugar
que no hayas visitado. Haz esto:

coge la Misisipi 49 hacia el sur, kilómetro
a kilómetro las señales irán marcando

un minuto más de tu vida. Síguela
hasta su conclusión natural: callejón sin salida

en la costa, el muelle de Gulfport donde
jarcias de pesqueros son puntos de sutura sueltos

contra un cielo que amenaza lluvia. Cruza
la playa artificial, 40 kilómetros de arena

volcada en el manglar, el terreno
sepultado del pasado. Lleva contigo

lo imprescindible: un tomo de recuerdos
con páginas en blanco al azar. En el muelle

en que embarques hacia Ship Island
alguien te sacará una foto:

la fotografía —quien eras—
te estará esperando a tu vuelta.

 

 

 

 

GENUS NARCISSUS

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxBellos narcisos, amargura sentimos
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxal veros con tanta premura partir.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxRobert Herrick

El camino que de escuela a casa conducía
poblado de árboles y sombras, vera de arroyo,
brillaba con gualdos narcisos, tempranas las

flores en los últimos días del gris invierno.
Supongo que sabía de su crecer silvestre,
no viendo daño alguno en cogerlos. Eso hice,

corté tantos como de sí me dieron las manos
para, en un tarro, ofrecérselos luego a mi madre.
Los puso en el alféizar de la ventana, y cerca

me senté, absorta en la luz curvada en el cristal,
ya el día dando paso a la noche, orgullosa
por haberle regalado a mi madre un detalle.

Vanidad infantil. Debo haberme visto en ellas
de algún modo reflejada: en los finos tallos,
cada corola una cabeza erguida a la espera

de elogios, o gacha para ver su propia imagen.
De camino a casa hace años nada sabía
de Narciso ni del crecer fugaz de esas flores,

cómo, marchitas cual las de las tumbas, susurran
sopladas por el viento, un traicionero silbar
desde el alféizar. Enamórate de ti misma,

me decían a mí; muere joven, a mi madre.

 

 

 

 

BLUES DEL CAMPOSANTO

El día entero llovió cuando allí la enterramos;
de la iglesia a la tumba donde al fin la dejamos.
Los pies absorbidos por barro hueco escuchamos.

Nos llamó el pastor a todos y alcé yo la mano;
quiso presente a un testigo y levanté la mano:
La muerte atasca el cuerpo, el alma es un artesano.

Salió el sol cuando me volvía para alejarme,
con su luz me cubrió dispuesta para alejarme:
di la espalda a mi madre, no podía quedarme.

Llenito de baches estaba el camino a casa,
era todo baches aquel camino a mi casa;
aunque bajemos el ritmo, el tiempo sí pasa.

xxxxxxxEntre muertos y sus nombres deambulo ahora;
xxxxxxxel de mi madre para mí almohada marmórea.

 

 

 

 

LO QUE ES UNA PRUEBA

No los cardenales fugaces que cubría
con maquillaje, oscura mancha cual huella
de telescopio al que con fuerza se pegara
queriendo ver una salida, ni su voz
estremecida que calmaba inclinándose
sobre una olla con huesos al fuego. Ni
aquellos dientes que por los suyos llevaba,
ni aquel documento oficial —emborronados
el sello y su firma— ya amarillo, ajados
los bordes. Ni el rotulador menudo, marca
de fechas y nombre, abstracto como la historia.
Tan sólo el territorio del cuerpo —clavícula
astillada, temporal perforado— huesos
que cada día, como todo, se sedimentan.

 

 

 

 

TRAS TU MUERTE

Saqué primero tu ropa de los armarios,
a la basura tiré la fruta, macada
por el tacto de tu mano, dejé vacíos

tus tarros de conservas. Al día siguiente
oí unos pájaros en los frutales, luego,
al ir a coger un higo maduro y suelto,

lo encontré medio comido, la otra mitad
pudriéndose, o —como otro que arranqué y abrí
al medio— comido desde dentro hacia fuera:

mil insectos lo vaciaban. Llego tarde
de nuevo, otro espacio por la pérdida hueco.
El mañana, el frutero que habré de llenar.

 

 

 

 

AL ANOCHECER

Primero me parece que llama a un niño,
mi vecina, contra el marco de su puerta
al anochecer, el zumbar de farolas
por telón de fondo nocturno. Escucho
luego el retín del arrumaco que hacemos
a los animales que entienden sonidos,
no el sentido de las palabras —misina
misina— ni que a veces se queden cortos.
En otro jardín, donde no alcanza a ver
mi vecina, la gata aguza el oído,
se vuelve hacia la voz, para retornar
hacia la constelación de luciérnagas
que titilan junto a ella. Aún no sabe
si saltar por encima del seto bajo,
la cuidada hilera de flores, y brincar
sobre el porche, en el círculo permanente
de luz, o quedarse donde está: el hechizo
de lo posible —lo que la retendría
lejos de casa— que ante ella revuela.
Oigo a mi vecina, su voz que se apaga.

Desiste por ahora de sus llamadas,
la imagino dentro de casa, esperando,
acaso sentada enfrente de la tele,
o de una habitación a otra, atareada;
quedo pensando que yo también podría
subir la voz, segura de que alguien la oye,
lanzarla por las líneas que suturan
aquí y allá, sabiendo que mis sonidos
bastan para hacer que alguien venga a casa.

 

 

 

Trethewey, Natasha. Guardia nativa (Trad. Luis Ingelmo). Madrid; Bartleby editores, 2006.

 

‘GUARDIA NATIVA’, DE NATASHA TRETHEWEY

septiembre 18, 2017 Deja un comentario

 

GUARDIA NATIVA

xxxxxxxxxxxSi esta guerra fuera a olvidarse, en el nombre de lo más sagrado
xxxxxxxxxxxme pregunto, ¿qué habrán de recordar los hombres?
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxFrederick Douglas

Noviembre de 1862

La verdad sea dicha, no quiero olvidar nada
de mi vida anterior: del paisaje el canto esclavo,
endecha en la garganta del río, allí se agita
al desembocar en el Golfo, el viento en los árboles
ahogados por parras. Pensé en llevar conmigo
el deseo de libertad aun siendo ya libre,
no es un recuerdo permanente la memoria.
Sí: esclavo nací, en temporada de cosecha,
en la Parroquia de la Ascensión, los treinta y tres
he cumplido con la historia de alguien que más joven
fue y llevo grabado en la espalda. Uso ahora tinta
para apuntar, un libro cerrado, no el señuelo
del recuerdo —falaz, mudable— que hace ver suave
el látigo al amo y para el esclavo agudiza.

 

 

Diciembre de 1862

Tener un amo al esclavo agudiza el doblarse
para el trabajo, tal como para la instrucción
—de tropas revista— el sargento instruye y dirige
al batallón. Mas unidad de apoyo nos llaman
—no infantería— y por eso cavamos trincheras,
para el ejército cargamos bultos, pesados
como los de antaño. Oí al coronel llamarlo
trabajo de negros. Las medias raciones lo hacen
todo familiar. De las casas abandonadas
de los confederados lo urgente nos llevamos:
sal, azúcar, aun este diario, con las palabras
de otro casi repleto, solapadas ahora,
bajo las que yo he sombreado. En cada página
se entrecruza su relato con el mío propio.

 

 

Enero de 1863

Ah, y cómo se entrecruza la historia, mi propia
litera en un barco conocido como Estrella
del Norte, y me abro entonces a una vida nueva,
el Fuerte Massachusetts, una gran ironía:
tanto senda como destino de libertad
que no había osado recorrer. Ahora, aquí,
hasta los tobillos metido en la arena, por
insectos picado, asfixiado de calor, puedo
aun ver el Golfo y contemplar las olas que rompen,
sacuden los barcos, mecidos los cañoneros
por las aguas. ¿Y no somos acaso lo mismo,
esclavos en manos de ese gran amo, el destino?
Cielo nocturno, rojo, el augurio de fortunas,
alba, rosa igual que carne joven: sana suelta.

 

 

Enero de 1863

Hoy, un rojo alba de peligro. Pertrechos sueltos
que apilamos al desembarcar, hasta la playa
barridos por una tormenta que en un instante
—desprevenidos— se levantó. Al trabajar, luego,
me uní al grave canto que alguien había empezado
para marcar el ritmo y en la faena un lazo
oculto sentí. Entonces un hombre la camisa
se quitó, expuestas sus cicatrices, sombras como
los renglones cruzados de este diario en su espalda.
Fue él quien apuntó que al romperse en la arena como
látigo suenan las cuerdas, nos hizo estudiar
la furiosa danza al viento de una tienda floja.
Observamos y aprendimos. Cual sagaces amos
sabemos hoy atar lo que retener queremos.

 

 

Febrero de 1863

Sabemos que es nuestro deber tener retenidos
a hombres blancos, soldados rebeldes, aspirantes
a amos. Estamos todos aquí encadenados,
unos a otros. La libertad ha sido para ellos
su cautiverio. Nosotros, por voluntad propia
alistados, carceleros de quienes esclavos
aún nos tendrían. Son cautos, nuestra presencia
les aterra. Algunos ni leer ni escribir saben,
muy bajo han caído y otras palabras no tienen
para enviar sino las que les doy. Mas de un negro
que escribe recelan, del que sus cartas transcribe.
Una X les liga al papel, un símbolo mudo
cual sobre una tumba la cruz. Sospecho que temen
que les escucho pero en tinta otra cosa escribo.

 

 

Marzo de 1863

Escucho, con tinta escribo lo que bien sé que
se afanan por decir con sus silencios, mayores
que las palabras: aprensión por seres queridos
Amada mía: cómo te las vas apañando
qué fue de sus pequeños terrenos de cultivo
¿habéis cosechado suficiente para ahorrar?—.
Anhelan la comodidad de su anterior vida
hoy te veo allí, diciéndome adiós con la mano—.
Algunos envían fotos, un retrato en caso
de que el cuerpo no regrese. Otros dictan las
verdades de la guerra: Un aire caliente arrastra
el hedor de miembros podridos hasta los huesos.
Vuelan negras nubes de moscas. Hambre y flaqueza.
Al morir un hombre nos comemos su ración.

 

 

Abril de 1863

Al morir un hombre nos comemos su ración
tratando de no recordar sus cuencas vacías,
mejillas cosidas de gusanos. Enterramos
hoy al último de los muertos de Pascagoula,
y a los que murieron en retirada hacia el barco:
los marineros blancos de azul nos dispararon
como si fuéramos el enemigo. Creí
la batalla concluida, mas a un hombre caer
vi a mi lado, de hinojos como rezando, luego
otro, brazos extendidos tal que si estuviera
en la cruz. El humo que ascendía de los rifles,
como almas dejando este mundo. El coronel
dijo: un desafortunado incidente; sus nombres,
dijo, adornarán esta página de la historia.

 

 

Junio de 1863

Esta página de la historia adornarán como
grabados en piedra algunos nombres. Otros no.
Llegó ayer el rumor de tropas de color muertas
tras la batalla en Port Hudson; que decir se oyó
al general Banks Entre esos muertos no hay ninguno
mío y allí, sin reclamar, los dejó. Anoche
soñé con sus ojos aún abiertos, nublados
como los de peces arrastrados a la orilla,
mas su mirada fija en mí. Siguen viniendo otros
deseosos de alistarse. Macilentos, llegan
demacrados, traen noticias de tierra firme.
Famélicos, sufren como nuestros prisioneros.
Moribundos, suplican lo que dar no podemos.
La muerte a todos nos iguala: es un justo amo.

 

 

Agosto de 1864

Dumas un justo amo fue para todos nosotros.
A leer y escribir me enseñó: criado de mi amo
era, mas digno. Mi trabajo me permitía
estudiar lo silvestre: toda clase de plantas,
aves que hoy en mi cuaderno dibujo, chochín,
zarapito, garceta, colimbo. Al atender
los jardines sólo quise estudiar seres vivos,
nunca pensé que de los muertos sabría tanto.
Hoy cuido en Ship Island de tumbas, cual dunas túmulos
que mudan y desaparecen. Registro nombres,
envío a las familias breves notas, el cómo
y cuándo tan sólo: mi deber cumplo. Me han dicho
que es mejor prescindir de los detalles, mas sé
que cosas hay de las que cuenta se debe dar.

 

 

1865

Son éstas cosas de las que se debe dar cuenta:
matanza aun con bandera blanca de rendición
—masacre negra en el Fuerte Pillow—; nuestro nuevo
nombre, Cuerpo d’Afrique —palabras que el estatuto
de nativos nos roba—; viejales y libertos
—exiliados en su patria—; enfermos, lisiados,
miembros perdidos, lo que queda —dolor fantasma,
recuerdos que persiguen una manga vacía—;
aquellos que en Gettysburg devoraron los cerdos,
en tumbas sin nombre; cartas muertas, sin respuesta;
historias sin contar de hombres que enmudecerá
el tiempo. Bajo los campos de batalla, hoy verdes,
se agusanan los muertos, andamiaje de hueso
pisado y olvidado. La verdad sea dicha.

 

 

 

 

ELEGÍA POR LOS GUARDIAS NATIVOS

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxAhora que la sal de su sangre
xxxxxxxxespesa el leteo aun más salado del mar…
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxAllen Tate

Mediodía y dejamos Gulfport; gaviotas siguen
la estela del barco —serpentinas y charanga—
hasta arriba a Ship Island. Allí se distingue
primero el fuerte, un refugio, de hierba el tejado
—mínimo recuerdo de soldados que sirvieron—,
de muertos selectos cenotafio erosionado.

Aun con tantas prisas que por bajar a la playa
tenemos, al guarda forestal dentro seguimos.
Menciona tumbas bajo el Golfo, que azotada
por el huracán Camille en dos se partió la isla,
nos muestra casamatas, cañones, tienda de
recuerdos, señas de una historia largo sepelida.

Han colgado aquí una placa, a la entrada del fuerte,
las Hijas de la Confederación con los nombres
de cada soldado confederado en relieve
de bronce. No hay nombres para los Guardias Nativos:
Segundo Regimiento, la Unión, falange negra.
¿Qué monumento su legado mantiene vivo?

Cartelas de tumbas, lápidas toscas, ya todas
anegadas. Los peces entre los huesos nadan
mientras oímos el recitado de las olas.
Queda sólo el fuerte, más de cuarenta pies de alto,
circular, truncado, expuesto al cielo: viento y lluvia
—los elementos— de Dios el ojo empecinado.

 

 

 

Trethewey, Natasha. Guardia nativa (Trad. Luis Ingelmo). Madrid; Bartleby editores, 2006.

 

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