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LAS CONDICIONES DEL PÁJARO

 

QUE YO ME HE DE ENTREGAR DE OTRA MANERA

A qué vienes en medio de la noche
tan sobrado de gracia,
mi pájaro atrevido, insinuándote,
persiguiendo mi carne que te ansía;
mi carne desbravada y otoñal
que en tu presencia arde y reverdece,
despertando a la luz de tu belleza.
Por qué vienes ahora a desarmarme
y a hostigar mi deseo
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxcon tu clara hermosura.

Qué pretendes de mí, visitante inoportuno,
que alborozas la vida sin razón
y enciendes esta piel que se estremece
si pienso la caricia de tus plumas.
Qué haces, di,
xxxxxxxxxxxxxqué haces recubriendo de seda
las paredes ajadas de mi cuarto
y esparciendo en mi cuerpo tu fragancia.

Qué exaltación aviva tu aleteo en el aire
que al saberse prendido se extasía,
y así respiro yo
xxxxxxxxxxxxxxel prodigio elevado
que mana de tu canto preciosísimo
y llama a los placeres y a la ofrenda.

Pájaro soñador, qué frívolo te ofreces
y qué ambición indigna —impropia de tu nombre—
persigues al venir a cortejar
a quien aún defiende sus virtudes
y es honesto contigo.

Refrena tus ardores
y no inquietes mi mundo, enardeciéndome,
que yo me he de entregar de otra manera.
No me hagas infringir
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxmis votos que juré
y, en la renuncia,
son promesa que nunca traicionará tu vuelo.

Ay pájaro imprudente,
qué anhelo insatisfecho solicita cumplirse
mientras lucho, callado, por negarte
y temo que me embauque la pasión
que, en un desliz, acceda a complacerte.

Aunque tal vez no es cierto cuanto veo
—porque todo sea engaño, fantasía
de quien no reconoce su impureza—,
y en verdad no eres tú, estoy soñándote,
y, lejos de que puedas afligirme,
no eres sino aquel que, a mí rendido,
por siempre ha de quererme de otro modo
y le basta tan sólo con mirarme.

 

 

 

Aniorte, Ginés. Las condiciones del pájaro. Sevilla; Ed. Renacimiento, 2012.

 

PRESAGIO PARA EL FINAL DEL INVIERNO

 

PRESAGIO

Ha de ser este encuentro
fugaz como un relámpago,
y en todo semejante a la belleza
de las rosas.
xxxxxxxxxxxIntensa
es la dicha que ofrece tu presencia
porque no ha de durar
la gloria de su reino.

De estos días de amor que me consumen
en la hoguera reciente de tus brazos,
quedará el imposible milagro de tu cuerpo
anclado para siempre en mi deseo,
el rumor de los besos ya sin tiempo.

Y la memoria en llamas de tu nombre,
transformada en espinas
y dando fe de cuanto ahora somos.

 

 

 

 

FE

Vendrás, lo sé, por devolver el orden
a mi vida perdida,
y dar luz a mis noches. Llegarás
sin nada, con la entera desnudez
del pájaro que trae
los sueños en su vuelo,
y, como yo, se sabe herido
por el tiempo y los días
que rozaron sus alas.
Y aquí estaré. Ya espero
con la mirada fija en el fijo horizonte,
tras los montes aquellos tan lejanos
que esconden la ventura
de este dulce presagio.

Y aunque, tal vez, sea tarde
para colmar de antiguas emociones
mis manos que ya alcanzan
a ser sombra y otoño,
merecerá la pena tu llegada.

Allí donde creciera la esperanza
hay un jardín, y entre las rosas
invisibles que habitan en sus lindes,
anida, misterioso, el amor ensoñado
que nos vale la vida.

 

 

 

 

HOMO SAPIENS

Aunque abrace la suerte de habitar esta dicha,
y apenas sí me inquieten los designios del cielo,
—sabedor de la sombra que acecha en mis palabras—
no me dejo cegar por la luz del destino,
pues fácil es saber que el fulgor de esta rosa
que hoy anida en mis ojos durará sólo el tiempo
de soñar una vida.
xxxxxxxxxxxxxxxxxY si bien el azar
quiere ahora premiarme con tan gratos favores,
y los astros me brindan la gracia de su lumbre,
desde el mar del olvido el pasado me dice
cuán efímera y frágil es la gloria del mundo.

 

 

 

 

DESPUÉS DE LA TORMENTA

Han pasado los días más amargos,
y hoy por fin es de nuevo aquel que conocimos.

Vuelto en sí ya es capaz
de darse a la costumbre de vivir
al lado de sus libros más amados,
dormir en paz, vencido en brazos del sosiego,
rendirse a su trabajo, y ser el que antes fuera
y siempre trasegaba los afanes
que la vida concede a quien los busca.

Con los amigos habla cordialmente.
Le divierten las chanzas, y a las fiestas asiste.
Flirtea en el amor y en los placeres,
y se interesa, incluso, por los mundos ajenos.

Pero ay de él. No habrá de esperar hasta el próximo
otoño para hundirse
otra vez en el fango y, como ayer,
dejarse seducir por la corriente
de una lluvia imprevista y torrencial.

Quien lo conoce sabe que, en su vida,
las estaciones todas son propicias
para abrazar la sombra y el desastre.

 

 

 

 

EL TIEMPO QUE ME DISTE

El tiempo que me diste es una hondura
en el alma, y es luz
que, sin brillo, deslumbra.
La noche toda cabe
en la sombra que arroja hacia este día,
y aunque sólo es memoria,
acaso nada, acudo
a su fuente con sed y con angustia,
por llevarme a los labios
la humedad olvidada de un río recobrado
que cruzara la vida,
y ahora se confunde
en la oscura quietud de un mar sin fondo
que soy yo cuando pienso
el tiempo que te diera
y que me diste.

 

 

 

 

LAS TRES PARTES

Eres la espalda atroz
o el secreto puñal
que divide mis días en tres partes:
cuando no eras sino ausencia
o presagio, la vida en vano ardía;
tu llegada supuso ignorar el peligro,
y arrojarse a los brazos
de un dios fugaz que fue la hoguera del amor
arrasando los años;
después de ti, la nada
de un mundo calcinado,
o mis labios besando
el filo del puñal
o de la espada.

 

 

 

 

ÚLTIMA VOLUNTAD

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxA Dionisia García

Que hoy los dioses consigan eclipsar
el pasado aquí escrito y del que soy,
y que una estrella nueva tan brillante
como los ojos que ayer quise
se cruce en mi camino, y sepa conducirme
a través de los bosques de la vida
por los que siempre vagarán
mis pasos.

xxxxxxxxxxHe aprendido a no pedir
nada, y por eso nada espero
sino perderme en días iguales, y avivar
la llama exigua que preserve el fuego
durable y necesario de mis noches
para seguir viviendo.

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxDe nuevo buscaré
el misterio olvidado de las cosas
en el fulgor de su comienzo,
y ofrecimientos nuevos me darán
otra razón de ser, distinta a ésta
que es vestigio y ceniza de otro tiempo.

Y así, con la secreta certidumbre
de que la vida ofrenda
su heredado cansancio,
en paz me iré de estos recuerdos,
mientras la noche, sigilosa, viene
a mí para llevarme hasta tus brazos,
que preludian la luz de un mismo afán
donde habrá de iniciarse el mismo sueño.

 

 

 

 

EL FINAL DEL INVIERNO

Ahora, fiel a tu deseo,
cuando concluyas estos versos,
abandona la pluma
hasta que un nuevo invierno
te devuelva, en el tedio de sus días,
el afán por soñar
la vida en tus poemas.

Aquí se extingue el tiempo
que te fue concedido
para decir aquello que en tu mundo
ha sido sombra o luz
que habitara el silencio.

Y te preguntas si valió la pena
darte a la poesía,
si servirá de algo publicar
estos versos, a cuántos gustará
esta manera tuya
de transcribir el canto de las cosas.

No muchos ejemplares
alumbrará la imprenta,
y sólo tus amigos y algunos seguidores
de este oficio olvidado,
se acercarán al libro que hoy concluyes.
Así pues, nada temas.
Poco puedes perder en este asunto.

Y puesto que la tarde te reclama
en esta primavera ineludible
que tanto has esperado,
acude a la ciudad,
y entrégate a sus calles bulliciosas
con la alegría propia de tus años,
no sin presagiar antes
que volverás, sin duda,
a este oficio tan grato
que procura el destino,
para buscar alivio en lo que escribas,
y poder expresar, desafiante,
cuanto olvidaste o no supiste
decir en estas páginas.

 

 

 

Aniorte, Ginés. Cuanto quise decir. Sevilla; Editorial Renacimiento, 2004.

 

CUANTO QUISE DECIR

 

DÍAS DE OCTUBRE

No persigas el rastro del amor
ni de las cosas que te hicieran daño.
Que la sombra de aquello que perdiste
se torne oscuridad, y tras ella verdezcas
con la lluvia serena de este otoño.

Olvidar el pasado te conviene.

Si consigues cubrir los nombres con más nombres,
y dejas que la hierba y las palabras
crezcan, al fin, sobre los años,
vendrán los sueños nuevos
a ofrendarte sus alas, sus misterios.

Y porque el tiempo —a ello acostumbrado—
habrá de arrebatarte esto que ahora tienes,
aguarda, indiferente, cuanto la vida ofrezca,
y gana hoy la paz de estos días de octubre
en que nada te turba, y eres joven.

 

 

 

 

LA VENGANZA

Es muy grata la sombra que procura este muro
habitado de yedra, y guarda del calor
en medio del verano. Un mar, reflejo
del deseo que en mí prende su fuego,
sabe de mi inquietud
desde lalejanía
apenas entrevista de sus aguas.

El cielo acecha, cómplice del horror que se intuye,
y revive fulgores de una juventud
ahora verdecida.
Mi corazón también se enciende,
y henchido de rencor,
ensaya su delito.

El lugar es seguro para el crimen.

El viento mueve, lentamente,
las ramas temerosas de los árboles,
y enmascara el silencio.

Hay soledad. Aquí es donde me dijo,
en el inicio de la tarde,
cuando las gentes, ya vencidas,
se entregan al descanso
en esta hora hiriente de la siesta.
Aquí ha de cumplirse,
irrevocable, mi venganza.

Descubrirá, ya tarde,
que no es ella la causa
de mi dulce desvelo.
Que mi cita es con alguien
que también sabe de ella.

Y advertirá el engaño,
no más cruel que su agravio,
cuando llegue muy pornto
quien en verdad yo ansío,
como un prodigio en el exceso
de luz que es este agosto,
y su presencia sea entonces
un puñal que mis ojos
claven al fin, con decidido aplomo,
en el viejo y maldito
corazón de la espera.

 

 

 

 

LOS DESTINOS

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxA Chema Mérida

Y entonces, cuando un mar
brotaba de mi pecho,
eran llamas mis ojos,
y el corazón, tan joven,
albergaba razones poderosas;
en aquel tiempo ya lejano
que mostraba, encendido, los destinos,
y prometía a nuestros años
milagros y pasiones,
a dónde, a qué lugar, qué costas
de qué perdido paraíso
habría yo alcanzado,
si me hubiese rendido
a aquella suerte tuya
tan plena de pasiones y de intrigas,
que adivinaba un mundo incierto
al borde siempre del peligro.

¿Me equivoqué, tal vez?
¿O valió más la certitud
de esta otra aventura
que me lleva, puntual y sin asombro,
a contemplar la luz
de todos los veranos?

 

 

 

 

REGRESO

A tu ciudad regreso hoy,
después de tanto tiempo,
como a un cementerio negado por los hombres
que aún guarda los ecos
de la canción que amamos
aquel verano espléndido.

Han pasado los años, y parece
que no quiero de ti sino olvidarte.

Pero sé que no es cierto, y es dulce esta mentira
cuando pienso en tu nombre,
y, en el sueño, me digo
que me basta esta calle,
el verde de sus árboles,
este sol de septiembre declinando en el cielo,
y la emoción fingida de estar solo,
aquí, sentado en la terraza
de un bar que reconozco,
y a tan sólo unos pasos de la casa
donde dicen que vives todavía.

 

 

 

 

PARA COMPLACER A OTROS

Apenas has dormido.

Oyes los pájaros cantar afuera,
e intuyes el trasiego cotidiano
de la ciudad que anuncia tu destino.

Ya debe ser muy tarde,
y tienes que marcharte.

No recuerdas muy bien dónde te encuentras,
ni sabes qué verías si abrieras la ventana.

Ha pasado una noche como tantas, hermosa
y fugaz pero, al fin, te preguntas: ¿qué queda?

Y piensas, con tristeza, si a esto llamas vida,
andar de cama en cama,
mostrándote valiente, aunque morir desees,
sin nadie a quien decir de tu despecho,
de tus sueños callados,
de la dicha que, a veces, adivinas,
y que, en tus brazos, dura lo que dura la noche.

Mas a nadie te quejes si elegiste este modo
de vencer tu infortunio
—designio de la carne que adelanta su suerte—,
pues siempre imaginaste la costumbre
de esta hora infeliz en que una voz
extraña te despierta y te saluda,
para luego decirte que te vayas,
que el trabajo le espera, y que, antes de irte,
si a bien tienes, apuntes su nombre y su teléfono,
por si un día te acuerdas de este raro momento,
y acaso te apetece
sumar otra desdicha.

 

 

 

 

CARPE DIEM

Qué pena que no afrontes la vida de otro modo,
y que en noches como ésta,
cuando la soledad abruma y es difícil
abismarse en el sueño,
no frecuentes los sitios en que el amor aguarda,
y te des a la suerte y a la música
que procuran encuentros imprevistos,
y ofrezcas tu mirada a quien te mire,
y alces tu copa y brindes
con algún dios que acceda a tu deseo.

A tus años, qué esperas.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxPiensa y dime
si habrás de resignarte a vivir así, sola.

De todos tus amigos nada aprendes,
pues nos damos sin pausa a bacanales
en días cualesquiera que nos busques.

Que no amas la vida es evidente.
Son tus gustos extraños,
y vano es el calor que en ellos duerme.

Y es que debes cambiar,
ordenar tu futuro de otra forma,
emprender ambiciones valerosas,
avenirte a los sueños.

No lo pienses y sal.
xxxxxxxxxxxxxxxxxMira los cuerpos
que, a menudo, se brindan, y no dudes
—inútil actitud que nada fructifica—
en poseer el fuego de sus bocas.

Porque un día, vencida y con tristeza,
comprobarás, ya tarde, que soñar es morir,
cuando evoques la luz
de los ojos sin fondo que hoy esquivas,
y, en el tiempo, te encuentren y te cieguen.

 

 

 

 

DESPUÉS

Oigo en tu cuerpo ese rumor
pausado de las olas,
cuando el mar se abandona
exhausto y sin aliento
en brazos de la noche,
y la húmeda brisa
que, lentos, respiramos,
nos devuelve la entrega simultanea
de lo cuerpos que ardieron
en la hoguera apagada de este lecho.

Y es hermoso mirarte, y con mis ojos,
te pregunto, callado, si me amas.
Y en tu boca que aún guarda
el calor aturdido
de mis besos recientes,
descubro una sonrisa.

Interpreto en tus labios el silencio.

 

 

 

 

EPIGRAMA

Cuando la vida niegue sus prodigios,
y, viejo, ya no puedas brindarte a los placeres
que te colman ahora de su gracia,
piensa que nada ganarás
si al tiempo te abandonas,
y el deseo obstinado consigue atormentarte
con su ira y su fuego.

Pues todo está perdido, acepta,
desde el día que augura y escribe este poema.

Contempla entonces la belleza,
y regala al mejor postor lo que de ti
quede y trasluzca todavía.

 

 

 

 

SIMILITUD

Relee los poemas que hace tiempo
escribiera. Mas hoy le parecen nefastos,
tal vez artificiales,
y exentos de belleza.

Y aunque intuye que nada podrá hacer
por salvar del olvido
la vida y las pasiones
de entonces, piensa que no importa.

Cuando escribió estos versos disfrutó.
Y le basta.
xxxxxxxxxSi ahora los descubre
perdidos para siempre,
entiende que no sólo con aquello que escribe
ocurren estas cosas.

 

 

 

 

SEGÚN CONSEJO DE SABIO

Entretén esta vida con dinero,
y entrégate a los sueños y al amor,
y a los vicios que igualan
al hombre con su mundo.

Desdeña a quien intente adoctrinarte,
y adiéstrate en la lucha
para la guerra que, al final,
declararás al cielo.

Pues si mortal te muestras,
y, a sabiendas, profanas
aquello que, con celo, atesoran tus años,
habrás vivido al menos
transitando el camino de la dicha.

Y que poco te importe
si extravías la dicha en el camino.

 

 

 

 

TUMBA

Nada queda de aquello que ayer fuera.
de lo que soy qué queda
si somos cuanto fuimos.
Mi vida es sólo el sueño
de la luz de mañana.
Y puesto que así es, y nada hay,
y jamás fue la vida
el sueño que soñamos,
hoy escribo estos versos
como quien pone flores
sobre la tumba abierta
que es este poema.

 

 

 

 

MEDIOCRIDAD

Hace tiempo que injurias mi nombre entre la gente,
y hablas de los lugares prohibidos que frecuento,
y de las fiestas que a deshora
confunden noche y día,
en donde abunda el sexo y el alcohol
y algún otro placer que se me antoje.

Y si bien no es calumnia lo que dices
—tal vez esto te anime—,
en vano esperas que me ofenda.

No me importa si piensas que mis gustos
y mis actos resultan depravados,
como no me interesa tu opinión
acerca de mi vida.
xxxxxxxxxxxxxxxxPues parece juicioso
que abrace lo que ansío.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxQue de hipócritas es
acallar el deseo y el ardor de los cuerpos
con salmos y plegarias
y falsas convicciones
muy propias de tu estilo.

 

 

 

 

OBRAS COMPLETAS

A tu lado, en la mesa, tienes hoy ese libro
que desde siempre amas, y en el que te descubres
como si tuya fuera la vida que trasluce.

Hay un vaso vidriado
con las flores silvestres
que ayer te trajo Nuria;
una nota sobre algo que olvidar no conviene,
algunos caramelos,
un papel y una pluma.

Y cuando te dispones, confiado, de pronto,
a iniciar un poema, una duda te asalta:
¿escribir el poema o releer el libro?

Y en silencio te ríes porque sabes de sobra
que hacerte la pregunta te convierte en iluso:

rendirte enteramente al libro que te espera,
y disfrutar del mundo que regalan sus páginas.

Por qué perder el tiempo en tus versos efímeros,
si, en los últimos días, acaso pesimista,
a ti mismo te dices que nada de lo tuyo
merece recordarse.

 

 

 

 

LLUVIA

Llueve. En la estancia
en que ahora se encuentra
—un viejo y olvidado
cuarto al que, a veces, se retira,
para encontrar la soledad
que necesita el alma—
hay poca luz pero le basta
para darse a estos versos
que a la manera de quien nada
quiere sino ahuyentar el tedio
que se instala en sus días,
dirán cómo le hiere
la oración de la lluvia,
a pesar de que hoy comenzó junio,
y el verano se intuye.

 

 

 

Aniorte, Ginés. Cuanto quise decir. Sevilla; Editorial Renacimiento, 2004.

 

SABIDURÍA

contra-gines-aniorte

 

SABIDURÍA

Mi padre fue pastor allá, en la sierra,
cuando tenía siete u ocho años.
No fue a la escuela nunca
y escribe a duras penas su nombre cuando firma
—eso sí, con el garbo
y la elegancia propia del que, a su modo, sabe
que la caligrafía y la sintaxis
nunca fueron espejos que muestran las virtudes.
No hizo falta que nadie lo instruyera
para llegar a ser un hombre justo
y parecerse a un sabio
de esos que, en Oriente, albergan en su calma
la erudición moral que los distingue.
Si lo pensamos, hay
una sabiduría natural —ajena a toda lógica—
que niega la enseñanza:
la que se adquiere a solas
tratando con la vida y con el mundo.
No hay diploma ni título
que acredite la honra y la decencia.

Si a los ojos lo miro,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxpuedo leer en ellos
lo que escribir no sabe su mano temblorosa.

 

NOSOTROS

Tenía pendientes los últimos libros de Ginés Aniorte, y al pasar el otro día por la biblioteca decidí sacar ‘Nosotros’, un libro que hace ya cuatro años que vio la luz.

 

Ginés Aniorte 'Nosotros'

 

Aquí tienen algunos de los poemas que me emocionaron en su primera lectura.

 

 

CUANDO yo tenía unos cinco años,
mi padre renegó de aquel destino
que el mundo nos brindaba,
y decidió enfrentarse a la fortuna
marchándose muy lejos
en busca de otra suerte.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxLa noche que se fue,
mi madre, temerosa
de que ya no volviera –o sólo enamorada–,
gritaba por la casa como loca,
y en aquel desvarío avivado, sin duda,
por la gente que vino a despedirlo,
el aire se impregnó de una extraña desdicha,
que hoy –después de tanto tiempo–,
alienta todavía en mi memoria
y, al pensarla, me embriaga de no sé qué infortunio
o velada tristeza.

Sentada en un rincón, inconsolable,
mi abuela sollozaba entre oraciones
que pedían al cielo por su hijo,
y aquello era un duelo en el momento último
cuando al muerto se llevan.

El equipaje estaba preparado en la entrada,
y un 1500 negro,
que tenía el aspecto de un pájaro agorero,
esperaba en la calle.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxLuego llegó la hora.
Entre abrazos y besos sacaron las maletas,
y yo me asusté mucho cuando el coche arrancó
y el cuervo se llevó a mi padre en sus garras.
De aquella noche lejanísima
recuerdo, sobre todo, el beso interminable
que mi padre le diera a mi madre en la boca.

Después, de vez en cuando,
el cartero traía cartas llenas de nieve
que mi hermana, muy seria,
descifraba con labios temblorosos
mientras todos llorábamos
heridos de nostalgia y de kilómetros,
y yo hallaba consuelo
admirando las fotos de quien tanto extrañaba
porque había en su rostro el aura prodigiosa
de sagradas imágenes.

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxPasaron largos meses
como grandes desiertos,
y mi padre volvió para poner
un tejado impecable a nuestra casa
que, desde entonces, tuvo para mí un dormitorio,
y por borrar la sombra
que su ausencia imprimiera en las paredes,
compró un televisor
donde yo confundí la vida con los sueños.

Pero aquel hombre joven
que, a los ojos de un niño, volviera como Lázaro
para jugar conmigo
y subirme a sus hombros,
volvió a irse de nuevo.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxMás cartas y más lágrimas,
y fotos enturbiadas de nevados paisajes,
consiguieron, al cabo, que mi infancia,
como un sueño del tiempo,
aún esté por cumplirse.

 

 

 

 

EL EXTRANJERO

Abrazaba yo entonces los años más dichosos
–que siempre suelen ser aquellos
en que ignoramos todo de la vida–,
y me inquietaban las arrugas
del rostro deslucido de mi abuela.
Me fijaba en los pliegues de su cuello
y en los surcos ajados de sus manos
que, por amor, yo imaginaba
con el tacto y la luz del terciopelo.
El tiempo todavía era algo remoto
que habitaba un lugar desconocido,
aunque ya, como estigma, se anunciaba
en la tierra sin sol de su carne marchita.

Más trade me fijé en las de mi padre;
los cauces de su frente eran espejo
de los años que fueron sucediéndose,
y en su boca ya herida amanecía
el rictus apagado de un otoño.
En la playa abatida de su pecho
se escuchaba el rumor embravecido
de las olas de un mar antiguo y solo
que arrastraba los restos de un naufragio.
Y aquel lugar soñado –que era el tiempo–
se avistaba a mis ojos entre brumas
como un barco pirata que amenaza.

Hoy descubro, al mirarme, mis arrugas,
y las líneas que trazan en mi cuerpo
son augurios certeros, despiadados,
que al andar de mis pasos van cumpliéndose.
Se ha plagado mi piel de inconveniencias;
las estrellas que ayer lucían altas
han mudado su luz por manchas turbias
en el cielo tiznado de mi cara.

Reconozco esta tierra que hoy me acoge,
pero extraño su aire melancólico.

Vivo como un proscrito desalmado,
y los días de ayer son enemigos
que conmigo cayeron en el frente
de una guerra que yo nunca libré,
pero he perdido.

xxxxxxxxxxxxxxxEl extranjero habita
en un país ajeno
y, sin embargo, el único.

 

 

 

 

EL QUINCALLERO

Aquel señor de oscuro
llevaba una maleta sucia y rota,
y venía, a menudo, por la tarde,
cuando el sol, derrocado,
abandonaba el oro de su reino.
Se detenía, como siempre,
a la sombra apacible del olivo
y, antes de que acudieran las mujeres
para ver los primores que anunciaba,
se abría la maleta
deslumbrando con blondas y puntillas,
botones, cintas, hilos…

Mi madre se acercaba con premura
y yo veía reflejarse en su rostro encendido
los encajes de seda que adornaban
el ajuar, aún soñado, de sus hijas.
Cuando la suerte se mostraba favorable,
compraba una cenefa, un bordado precioso,
un flecoque, al tocarlo,
dejaba su tersura entre los dedos,
algún calado, un lazo de organdí
que prendía en la blusa de mi hermana.

Aquel hombre de oscuro y hablador
cerraba su maleta de repente
y, lo mismo que un viento,
se iba con la tarde
barriendo con su sombra los caminos.

La vida ya se rinde a la memoria,
y los ojos sombríos de mi madre
hoy se muestran vidriados por el tiempo,
y, a veces, al mirarme, los descubro
ribeteados por el brillo
de aquel encaje veneciano
que acabara luciendo –a su pesar–
en el lecho afligido y sin consuelo
donde un cinco de junio
amortajaron a su hija.

 

 

 

 

LA FOTO DE BODA

Hace años, buscando algo perdido,
mi madre y yo encontramos
la foto de su boda
en un cofre, olvidada.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxLa miramos, absortos,
con el asombro que procura
el hallazgo feliz de las cosas que, un día,
nos brindaron la luz para cegarnos
con su efímera gloria.

–Estás guapísima –le dije–.
Pareces una reina.

De repente, un fulgor oscurecido
por la sombra del tiempo
que todo lo entristece, apareció en sus ojos
para hablar del vestido que llevaba.
Me comentó que era de una prima
que se había casado poco antes;
que la toca blanquísima
–en el retrato, ahora, amarillenta–
se la dejó una amiga
que murió no hace mucho.
No se ven los zapatos,
pero eran de mi tía –quiso decir,
prestados–.
xxxxxxxxxxxDe los guantes no sabe, no recuerda…

Y al final, sonriendo –cosa en ella muy rara
si habla del pasado–,
añadió con ingenio:

–Sólo el novio era mío.

 

 

 

 

EL CINE DE VERANO

Al regresar del cine de verano
yo volvía subido
a la espalda robusta de mi padre,
y a mí me parecía que iba a lomos
del pequeño elefante que montaba
el hijo de Tarzán,
y que a veces, de pronto, para que yo riera,
galopaba.
xxxxxxxxxTendría acaso cinco años,
y, desde arriba –por jugar–,
imaginaba el mundo semejante
a una selva plagada de amenazas
que algún grillo anunciaba con su canto,
pero yo estaba a salvo de las sombras
de aquella noche expuesta
a innumerables riesgos y desdichas
que todavía, al recordarla,
celebra su recuerdo y me conmueve.

Han pasado los años
y a duras penas, hoy,
consigo abrirme paso por la jungla
de los días que ponen su trampa en mi camino.
La vida ruge a mis espaldas;
los peligros me acechan.
Y el elefante, ahora, muy cansado y ya viejo,
busca la senda que conduce
a un lugar que merece y ha soñado.

 

 

 

 

MADRUGADAS

En los días aquellos del principio
–cuando yo era aún la promesa de un hombre
y la vida estrenaba su amenaza–,
a altas horas de la noche, y a menudo,
solía despertarme en medio del silencio,
temeroso del alma y de las cosas
que ocultaban su luz
a mis sentidos.
xxxxxxxxxxxxxxY, entre sueños,
entonces, contemplaba las visiones
de horrorosos espectros que oprimían mi pecho
asustadizo, y parecía así
que el mundo todo, de repente,
estaba abandonado de la mano de Dios,
vacío, y que yo solo entre las sombras
–indefenso y perdido bajo el cielo–,
respiraba, olvidado.

En aquellos moentos deseaba
que mi padre tosiera
por romper ese tono insoportable
que muestra la presencia de lo oscuro
cuando todo lo llena de su nada;
o que en el fondo del pasillo, milagrosa,
se encendiera la luz
del cuarto de mi hermana porque acaso también
no pudiera dormirse;
que el canto distraído de un viandante
o el ruido lejano –y misericordioso–
de un motor, que a lo lejos se perdía,
le robara a la noche su terrible destino.

Si aguzaba el oído podía oír, tan sólo,
el tic-tac de un reloj meditabundo
que velaba el descanso de mi madre
y hacía aún más hondo aquel abismo.
Cualquier señal de vida
hubiera sido suficiente
para abrazar de nuevo el sueño
y proscribir la angustia y el espanto
de aquellas madrugadas.

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxDespués de tanto tiempo,
quién me iba a decir
que, en medio de otras noches
–temeroso de cosas bien distintas
y herido por el paso de los años–,
amaría el silencio que ofrenda el abandono
y que, harto de ser, entendería
que ya no hay soledad
que no celebre el alma tan cansada.

En las noches que ahora me conceden
el gastado latir de un mundo viejo,
cualquier señal de vida
es ahora un peligro
que adopta el cuerpo torvo de un fantasma.

 

 

 

Aniorte, Ginés. Nosotros. Sevilla; Ed. Renacimiento, 2009.

 

Y MÁS PEQUEÑOS PREMIOS Y ANTOLOGÍAS

Después de aquellos primeros premios, Antonio Marín Albalate me invitó a formar parte de un antología publicada como homenaje a José Agustín Goytisolo, una antología en la que compartía páginas con poetas como Ginés Aniorte, María Teresa Cervantes, Luis Felipe Comendador, Pedro López Martínez, José Luis Martínez Valero o el propio Antonio Marín Albalate. En aquella antología, ‘Goytisolo, veintisiete voces para un único poema, veintisiete miradas para un mismo rostro‘, me publicaron este poema.

 

DESDE LAS PROPIAS PESADILLAS

Hablan de ti, aún no sé si en el apartado
de sucesos o en el de cultura y deambulo
por el salón diciéndome que no puede ser,
que no te puedes haber ido así como así
(para siempre), que no puedes haberte marchado
al fin del barrio, como meditabas, dejando
poemas inconclusos en los que aún quedaban
jazmines y buganvillas y algún que otro resto
de veneno…
xxxxxxxxxxxPero dicen que todo está en orden,
hablan de fútbol, de tenis, o me recomiendan
alguna obra de teatro o el último estreno
de música clásica en Madrid. Entonces salgo
de casa y no logro acostumbrarme a lo estúpido
que resulta citarte en pasado en esta noche
sucia en la que nadie querrá cambiarle el color
tan oscuramente azul al mar.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx¿Acaso no sabías que
dar tanto consejo a manos llenas sin cumplirlos
tú antes que nadie te llevaba a caminar
bajo farolas a gas donde reconocías,
o creías reconocer, a viejos fantasmas
con los que cantabas horriblemente o bebías
con ellos hasta el amanecer o discutías
por cualquier tontería para acabar pensando
pensando
xxxxxxxxxpensándote absurdamente solo?

Creo que desde aquella gris ventana observabas
la felicidad y a la vida y las disfrutabas
aunque sabiéndolas falsas, o al menos quebradas,
como un verso que no cuadra; desde esa ventana
desde la que saltaste para dejar, al fin,
tu última poética –roja– sobre el asfalto.

Yo también pude haber saltado, hace ya un tiempo,
desde otra ventana gris y tú entonces podrías
haberme dedicado algún verso y el lector
podría haber sido cualquiera y podría haber
descubierto en estos versos recuerdos nocturnos
que no son sólo recuerdos, sino, además,
la constatación de haber convertido esta noche
gris, la de la muerte, en un lugar al que huir
a ojos abiertos desde las propias pesadillas.

 

 

Después volvía a quedarme a las puertas del Creajoven, el del año 2000 (me llevé el 3er premio), entre otras cosas porque Ángel Manuel Gómez Espada presentó dos poemas inmensos, el segundo de ellos, dedicado a Juan de Dios García, que estaba empezando la terrible etapa de opositor, era este

RESPUESTA DEL POETA A LA PREGUNTA QUÉ ES LA VIDA, HECHA A BOTE PRONTO POR UN TESTIGO DE JEHOVÁ EN LA CALLE PLATERÍA

Naces,
te pasas unos años sin saber quién eres,
otros pocos haciendo tonterías,
machacándote el hígado, quizás.
Y el resto, lo dedicas a echar de menos eso,
a buscar la juventud en cada esquina
con ojos de perra en celo,
y a decir si yo tuviera 20 años menos,
cuando pones el despertador a las siete
para irte a trabajar.
Y todo para qué, dime, para qué.
Al final, vas y te pones a hacer resumen:
ni le has dado la vuelta al mundo
ni te has follado a todas las que querías.

 

 

Pero es que poco después, Pedro López Martínez me invitaba a formar parte de un libro que guardo como oro en paño, un libro en el que comparto páginas con poetas como Jose F. Kosta, Ginés Aniorte, Antonio Marín Albalate o Javier Orrico. El libro se llama ‘Actuales inactuales‘ y en él publiqué un poema que algún día de estos me tendré que poner a trabajar, este

COMO UNA TORMENTA QUE NO ESTALLA

No luchar contra el insomnio, ver
en cada pared de la casa todo
lo que nunca será: fotografías
que el calor del tiempo convertirá
en cenizas, detalles cotidianos
que se sacralizaron de ya tanta
repetición…
xxxxxxxxxxxxEso sí, habrá
que esquivar, como sea, los espejos,
las miradas o los gestos que aún
pudieran quedar pegados detrás
del reflejo incomprensible que dan.

Las luces de la calzada avasallan
la tranquilidad de la habitación
y creo oír a la ciudad llorar
silenciosamente, como si fuese
una tormenta que no deseara
estallar. Silencioso, me acerco y
hay un terrible frío a ambos lados
del cristal que hace doler todo aquello
que no fuimos. Con la frente apoyada
en la ventana miro la ciudad
dejando que se me hielen las sienes
y creo que la noche es una copa
imperfecta,
xxxxxxxxxxxun vino inacabado.

 

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