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FÁBULA 23

Fábula 23

 

 

Carlos Martínez Aguirre

CUANDO EN LO ALTO

Cuando en lo alto
no existían aún las dimensiones
ni el espacio, ni el tiempo,
en el Primer Instante,
los dioses se agolparon sorprendidos
sobre el súbito aroma del hidrógeno.

La llegada de aquello
anunciaba el comienzo del ocaso.

 

 

REFLEXIONES ROBÓTICAS (AÑO 2093)

De la prístina rosa
sólo nos queda el nombre.
Ese nombre desnudo
que es el signo y el alma de las cosas.

 

 

POÉTICA POSTATÓMICA

Yo creo en las palabras sagradas del Rig Veda:
“la luz que nos alumbra, es la luz que pasó.”
El universo vuelve, como vuelve una rueda,
pero el cosmos palpita, como tú y como yo.

No temas que por ello esté fijo el destino.
Poco importa qué senda dejaron nuestras huellas.
Lo que sé es que si hay algo que nos marque el camino
no se encuentra en el barro… ¡Se encuentra en las estrellas!

Somos el universo que se piensa a sí mismo,
como un viejo marino que busca el septentrión.
Que mis versos no sean un grito hacia el abismo
sino el rayo de un láser orientado hacia Orión.

 

 

EPITAFIO AL DR. VAN HALEN

Nuestro Dr. Van Halen ya reposa aquí muerto.
Guárdale, caminante, una última mirada.
Su capa, su monóculo, su linterna apagada,
ya no recorrerán las tierras de lo incierto.

El profesor Van Halen nunca estuvo tan muerto.
¿O quizá sí lo estuvo? Yo lo vi en su mirada,
cuando me habló en San Marcos del numen de su amada
vi llorar al león sangre del Juramento:

“Hellen no volverá, pero sé que el barquero
no tomará en sus manos mi moneda marcada.
Como sombra imposible de un sueño que se aferra

a amar a una Quimera, recorreré el sendero
y en él esperaré por siempre su llegada…”
O, carissime amice, sit tibi levis terra.

 

 

UN ROBOT NO ENVEJECE

Un robot no envejece
y ni siquiera tiene sentimientos.

Su mente positrónica se rige por tres leyes:

“Proteger al humano.”

“Obedecer sus órdenes
(siempre que no interfieran
con la primera ley.)”

“Protegerse a sí mismo
(esto es, al robot,
siempre que no interfiera
con la primera ley o la segunda.)”

Un robot no comprende
quién programó este mundo, tan contrario
a las leyes robóticas.

 

 

EPITAFIO MR. SPOCK

Hoy he visto el espíritu errante de un vulcano:
aquel Mr. Spock, el grave tripulante
de la nave Enterprise. Y allí vi en su semblante
lo mejor de su mundo, lo mejor de lo humano.

¿Qué ley del universo equivocó tu arcano?
¿Qué ciencia postatómica adelantó el instante?
Tal vez la interferencia de un número constante
transmutó en laberinto tu tránsito andoriano.

La sangre verdemar ya no corre tus venas.
Tu razón imparable no computa distancias.
Spock, -aunque sea ilógico-, perdido en las arenas

de esta playa que somos del mar de las galaxias
rezo por ti a mi Dios y yo sé que, distante,
escuchas mi oración y piensas… ¡Fascinante!

 

 

SUEÑO DE ESTOICISMO

Con cantos de sirena hice afinar mi lira
y escuché las preguntas de mi esfinge interior.
Di espinas a la rosa, valor a la mentira,
naufragio a la tormenta y cuerpos al amor.

Sentí del marinero el vago desengaño
de un cielo sin estrellas, de una noche sin luna
y en islas ignoradas viví como un extraño
sin apretar la mano de la diosa Fortuna.

En busca de la fuente de mis propios latidos
hice correr mi pulso con vigor de centella
mas perdí la consciencia vital de mis sentidos
en el eco infinito que eterniza su huella.

Cansado de mí mismo, de vuelta de mi lodo
desaprendí el secreto del sagrado temblor:
Los dioses están cerca, le tengo miedo a todo,
la muerte es el pecado, la vida es el amor.

 

 

MAR DE AZAFRÁN

La luz se duerme sobre lo que existe
insensible al transcurso de las horas.
Una gota de azul entre tus ojos,
un corazón desenredó mis años.
El tiempo se confunde: no distingue
el trigo de un puñado de naranjas,
y todos somos puertas en la vida
ávidos de encerrar la primavera.
Pero hay campos de nardos en tus senos,
hay mosto entre tus labios, hay espigas
copiadas sobre el oro de tus piernas,
hay un mar de azafrán, hay esmeraldas
prendidas de tu pelo, hay la bandera
victoriosa en los campos de tu cuerpo.

 

 

 

 

CARMEN BELTRÁN FALCES

LOS HOMBROS DE LOS GIGANTES

Ser bueno era un problema.
Muy grave si lo eras en muchas cosas.
Todos esperaban que cayeses,
que fallases estrepitosamente.
Un fracaso que evidenciara
esa imperfección que tú ya conocías.
Tu punto débil.
Rabiaban por conocerlo.
Te enfermaba su hipocresía
pero te aterraba estar solo.
Y te dejaste devorar por ellos.
Caíste.
Dejaste que te superaran
las veces que fueran necesarias
para lograr que te tuvieran
más pena que envidia.
No volviste a levantar la cabeza.
Pero tampoco volviste a estar solo:
los hombros de todos
los triunfadores a los que aupaste
aguardan a que llores en ellos tu fracaso.

 

 

 

 

NEREA FERREZ

LA BELLA Y LA BESTIA DEL SIGLO XXI

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxLa belleza existe, pero a veces está distraída.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxEva Alejandre Villate

Tus ronquidos se oyen desde el cuarto de baño
mientras trato de eliminar tu olor en mis pestañas,
ese aroma a sudor y cigarro
que tanto me molesta
pero del que, parece ser,
no quiero desprenderme.
He terminado por acostumbrarme a esas pequeñas cosas
que nunca creí poder superar
como tus calcetines tirados por el suelo
o la manía que tienes de morderte las uñas casi hasta la raíz.
Supongo que la convivencia del día a día,
las peleas a gritos
por el dominio del mando
en una casa que no es nuestra
sino del banco,
los abrazos callados bajo las sábanas,
los sábados eternos arropados por la oscuridad,
los lunes de ojeras y malas caras,
las sonrisas tras cada aguja del reloj
y los besos que nos regalamos a escondidas
me han hecho verte como lo que nunca creí querer
un compañero
que me quiera incluso sin maquillaje ni zapatos de tacón
y no un príncipe azul
que me abandone por su caballo blanco
en cuanto asome la primera luz del día.

 

 

 

 

JUAN PEDRO APARICIO

METALITERATURA

xx-Doctor ¿le puedo hacer una consulta telefónica?
xx-Claro.
xx-Soy el escritor que prepara un libro de trescientos treinta y tres relatos cuánticos, ¿se acuerda?
xx-Perfectamente. Usted soñaba que se hundía a sesenta y cinco metros de la orilla cuando nadaba huyendo de un naufragio.
xx-Exacto, doctor.
xx-¿Y qué le pasa ahora?
xx-Lo mismo, doctor. Ahora me hundo a cuarenta y cinco metros de la orilla.
xx-Dígame una cosa: ¿cómo se le ocurren las ideas para los cuentos?
xx-Mientras paseo con mi perra por el monte, un largo paseo de hora y media. Llevo una libretita y un lápiz y voy anotando cuanto se me ocurre.
xx-Pero estos días de atrás que ha llovido tanto ¿no ha interrumpido su paseo?
xx-Sólo cuando ha diluviado.
xx-De ahí el sueño del naufragio. Lo que le angustia es que no pueda acabar el libro por culpa del agua.
xx-¿Usted cree?
xx-Ya verá cómo, cuando salga usted de nuevo al monte, se le vuelven a ocurrir ideas. Ya no le queda nada.
xx-Cuarenta y cinco metros. Digo, cuarenta y cinco cuentos.
xx-Suerte, amigo. Y anímese que estoy deseando verle llegar a la orilla.
xx-¿Sabe, doctor, que a esta conversación que usted y yo tenemos los estudiosos lo llaman metaliteratura?
xx-¡Qué bueno! Porque usted, cuando escampe, va a llegar precisamente a meta, ¿no tiene gracia?
xx-Gracias, doctor. Me ha animado mucho.

 

 

NOVELA DE PERDEDOR

xxEl multimillonario Norte, deseoso de vivir nuevas emociones, tuvo el capricho de experimentar la gloria literaria. Habló con sus consejeros y decidió comprar el manuscrito de un autor cuya carrera estaba en serio declive mediático, con problemas incluso para encontrar editor. Las condiciones del contrato eran por demás leoninas. Norte figuraría como autor exclusivo. Gregorio Bauzá, que ya esperaba muy poco de la literatura, aceptó con mucha más facilidad que una madre se desprende por dinero de su hijo biológico.
xxEl libro se titulaba “El muladar de las esperanzas”. Era extenso y de difícil lectura como todos los de Bauzá, pero, promocionado por las empresas mediáticas de Norte, vendió siete ediciones y se tradujo a varios idiomas en sólo unos meses.
xxEl libro era de verdad espléndido. Y Norte los disfrutó mucho. Su prestigio social aumentó de manera notable. El presidente del Jurado que le concedió el Premio Nacional de Literatura escribió: “Lo que más sorprende es comprobar cómo desde esa cúspide de la sociedad en la que vive Norte puede llegar a conocer con tanta minuciosidad y sentimiento el alma profunda de los perdedores”.

 

 

ADÁN Y EVA

xxEl Nobel Alfred Cambridge, a sus más de noventa años, tenía conocimientos profundos sobre casi todo, de modo que su muerte sería una pérdida irreparable. Lo convencieron para que en el momento final dejase que sus neuronas se volcaran en un ordenador que llevaría su nombre. Así se hizo y todo fue bien durante algún tiempo. Era como tener al propio sabio entre nosotros.
xxTodos los días a la hora del desayuno se le escaneaban los periódicos y se le informaba de las nuevas publicaciones de libros y revistas científicos. Cambridge seguía leyendo y seguía opinando con el mismo juicio sereno del que había hecho gala en vida.
xxUn día, en que supo que la escultural bailarina Jeanette Duval había sufrido un accidente que la tenía a las puertas de la muerte, pidió que se hiciera con ella lo mismo que se había hecho con él.
xxHubo dudas y discusiones hasta que Cambridge se negó a permanecer activo si no se realizaban sus deseos.
xxPoco antes de que la pobre Jeanette muriera sus neuronas se volcaron en un ordenador. A continuación Cambridge exigió compartir cuarto con ella y que les dejaran pasar las noches a solas, sin la presencia de funcionarios ni vigilantes.

 

 

¿VENGANZA POST MORTEM?

xx¡Qué duro es morir así, con las ansias de venganza intactas!, pensaba el brigada Ignacio Tébar ante el pelotón que le iba a fusilar, víctima de la intriga de su propia esposa y el sargento Vilorio, a quien había considerado su mejor amigo.
xxCuando el jefe del pelotón levantó el sable el suelo tembló. Para Ignacio Tébar fue una trepidación, para el pelotón una caída, pues el suelo se hundió bajo sus pies. A la vista quedó uno de los fusiles. Tébar lo tomó y corrió a las dependencias del Regimiento.
xxSin que nadie lo detuviera se apresuró escaleras arriba, atravesó corredores, cruzó el gimnasio y llegó a la residencia de suboficiales. Allí estaban los adúlteros, desnudos y asustados con la lámpara desprendida del techo sobre las piernas.
xxA él le disparó en la cabeza, a ella en el pecho, apuntó al pezón izquierdo; luego, sin abandonar el arma, volvió a la carrera al patio. Dejó en el suelo el fusil y volvió a colocarse de espaldas al paredón. Un temblor gemelo del anterior, pero de fuerza contraria, restauró los suelos, vomitando al pelotón de soldados a la superficie.
xxEl oficial dejó caer el sable y Tébar fue fusilado mientras, su mujer y el sargento Vilorio se refocilaban en su vivienda de la residencia de suboficiales.

 

 

EL AMOR ES COSA DE DOS

xxEra una vaca hermosa, con muy buen cuerpo y unas ubres firmes. Sin embargo no aceptaba al semental que le habían llevado para que la cubriera. Se resistía con tal fuerza que sus dueños temieron que se hiriera o que hiriera al toro.
xxEl veterinario que la visitó opinó que era un caso raro, aunque mejor ser prudentes y llevarla otro toro, recomendó. Pero una y otra vez se repitió la escena. “Reacciona como si la fueran a violar”, comentó el veterinario desalentado.
xxSus dueños no sabían si sacrificarla o venderla. Para ver qué pasaba la llevaron a la feria de San Andrés, en Lot, uno de los mercados de ganado más importantes del noroeste.
xxAtravesaron con la vaca la mayor parte del recinto. Sus formas perfectas y su andar cadencioso llamaban la atención. Llegado un momento se negó a seguir. El dueño pugnó con ella y le dio unos varazos airados. Entonces reparó en el toro puesto a la venta allí al lado. “¿No se me habrá encaprichado con éste?” -exclamó el hombre.
xxY así era. Allí mismo comprobaron que la vaca aceptaba sin problemas, antes bien con mucha complacencia, las arremetidas amorosas de aquel bicho retinto que no era, por otra parte, gran cosa.

 

 

PREGUNTAS INTELIGENTES

xxAcabada la conferencia, se había abierto el coloquio y, tras un breve intervalo, un hombre levantó la mano desde una de las primeras filas. Acto seguido el laureado escritor se esforzó por hallar una respuesta satisfactoria a aquella serie encadenada de preguntas. Tomó primero una dirección recta por la que se lanzó con un buen montón de palabras, luego entró en una curva ascendente por la que sus palabras iban de revuelta en revuelta en medio de una niebla cada vez más espesa. Finalmente, antes de caer en una sima, se detuvo. El hombre, insatisfecho, hizo otra pregunta igualmente brillante, muy bien escoltada por algunas palabras previas. El laureado escritor se preparó para transitar otro buen tramo por aquel puerto oscuro y algunas personas comenzaron a irse. Nadie lo tomó como un reproche dirigido al conferenciante sino a su interpelador.
xxLuego, en la cena que siguió al acto, el laureado escritor elogió, con la cortesía de que siempre hacía gala, la agudeza del interpelador. Pero el concejal de Cultura y Deportes o el rector de la Universidad o los dos a la vez hicieron un gesto de desprecio o de lástima. “¡Pobre Julianín!” Está como una cabra -dijeron- siempre quiere dar la nota.

 

 

EL ÁNGEL DE LA GUARDA

xxAlberto Sarriá era un escéptico que, sin embargo, creía en el Ángel de la Guarda desde que una madrugada alguien enderezó de súbito el volante de su coche y evitó que chocara contra una farola. Pasado el susto, aquel inusitado copiloto se presentó a sí mismo como un viajero del tiempo que llegaba del futuro, un descendiente suyo cuya llegada al mundo dependía de que Alberto tuviera algún hijo, lo que todavía no había ocurrido. A partir de ese día la indolencia de Alberto fue una provocación constante, convencido de que hiciera lo que hiciera el viajero del tiempo le salvaría en el último momento. Si iba a bañarse en el mar, elegía las zonas más peligrosas, si bebía no tenía moderación y en las discotecas formaba broncas y se metía en peleas.
xxUna noche, de regreso a casa, después de haber perpetrado toda clase de barrabasadas, Alberto tomó la autopista en sentido contrario. Iba a ciento ochenta kilómetros por hora. “¿Estás ahí, pequeñín?” -así llamaba Alberto al viajero del tiempo-. El viajero se li hizo una vez más presente, pero se esfumó enseguida, un instante antes de que el coche se estrellase contra un camión cargado de bobinas de acero. “Ahí te quedas -dijo a modo de despedida-. No puedo decir que haya sido un placer conocerte. Pero debes saber que, de los cinco que habéis violado en pandilla a esa pobre chica, tú, precisamente tú, has sido quien la ha dejado embarazada”.

 

 

EL GENIO DEL CAJERO

xxMr. Champeau trataba de extraer dinero de su cajero automático cuando un hombrecillo de aspecto difuso le tocó en el hombro. “Soy el genio del cajero automático -le dijo-. El azar te ha elegido para que te haga entrega de esta tarjeta. Puedes hacer uso de ella a voluntad. Siempre habrá más dinero en tu cuenta. Ahora bien, ten presente que por cada cien euros que saques morirá un hombre en la China”. Y, en diciendo esto, desapareció.
xx¡Pobre Mr. Champeau! ¡Cuántas dudas antes de decidirse a utilizar la tarjeta! Pero, una vez que sacó los primeros cien euros, su conciencia se embotó. Sólo veía el aspecto grato de su acción, a pesar de que una epidemia de neumonía atípica se había desatado en China. Y, aunque las autoridades ocultaban la verdadera cifra de los muertos, a Mr. Champeau le bastaba con repasar las extracciones que había realizado en su cajero automático para saberla: un millón y medio de euros igual a quince mil chinos muertos.
xxLas noticias cesaron y Mr. Champeau empezó a pensar que todo había sido una coincidencia o un sueño. Sin embargo, su crédito seguía siendo ilimitado. Se compró dos nuevos pisos en París, una finca en el Mediodía, un hotelito en St. Tropez. Y nada dijeron los periódicos de más muertes de chinos.
xxLlevado de su curiosidad, viajó al Oriente. Estuvo en Tailandia; en Vietnam; también en Singapur, donde se fotografió junto al león de piedra del puerto. Finalmente arribó en la República Popular China por Shanghai. Ya en el cajero del aeropuerto sacó mil ciento diez yuanes, equivalentes a cien euros y en el momento de tocar el dinero comprendió su error. Sintió un dolor intenso en el brazo izquierdo como si un estilete de acero le horadara la arteria hasta alcanzar su corazón. Supo que se iba a morir de un infarto y recordó que el genio del cajero no le había especificado que los muertos en China tuvieran que ser necesariamente chinos.

 

 

CARISMA

xxEl hospital tenía el inconveniente de su alejamiento, a cambio el paraje en el que se asentaba, de suaves colinas y prados verdes con alguna mancha boscosa, era paradisíaco. Peter Oblondi, un italiano del Piamonte, muy rubio y de ojos azules, era el jefe de catering y además, en horas libres, cortaba el pelo a cuantos trabajadores ingleses o extranjeros requiriesen sus servicios. Por cada servicio cobraba diez chelines. Oblondi, muy sociable y comunicativo, sabía encontrar para cada uno la palabra adecuada. Casado con una compatriota, tenía dos hijos, un buen coche y una buena casa. De cuando en cuando, ligaba con alguna estudiante de enfermería, de las que también vivían en los pabellones, más de lo que cualquier otro trabajador que no fuera médico podía siquiera intentar.
xxUn día llegaron de Londres instrucciones de desmantelamiento. El personal que lo deseara sería indemnizado, el resto trasladado a otros hospitales. Obondi no cambió de humor, el enviado de Londres para dirigir el desmantelamiento, aceptó una invitación suya para cenar en su casa. Mr. Lamers en solo una semana había cautivado a todo el personal. Había sido piloto en la batalla de Inglaterra y era un hombre abierto y simpático. Con todos hablaba y por todos se interesaba, de modo que las negociaciones se desarrollaban con mucha suavidad.
xxJimmy López, uno de los electricistas del hospital, de quien algunos decían que era gibraltareño, otros que sevillano, moreno, alto, con bucles negros cayéndole por la frente, la mirada ardiente, y siempre silbando, incluso cuando saludaba, no podía ver a Peter Oblondi.
xxMr. Lamers murió de la noche a la mañana de un ataque al corazón. La consternación se apoderó del personal. Buena parte, con Oblondi a la cabeza, se desplazó a Londres al entierro, no así Jimmy.
xxA la mañana siguiente el trolley que empujaba Oblondi tropezó con la escalera de madera en la que estaba subido Jimmy. Oblondi se excusó de palabra y con una sonrisa, pero Jimmy le golpeó en la cabeza con su caja de herramientas y le dejó malherido.
xxA Jimmy lo detuvieron y Oblondi, desde la cama del hospital, lo disculpó. “Se lecruzaron los cables”, dijo. Jimmy lo consideró una nueva ofensa. “La próxima vez no fallaré, ese hijo de puta a mí no me engaña”.

 

 

LAS MÁSCARAS

xxUna vez más había vuelto ala ciudad de su nacimiento para dar una conferencia sobre algunos aspectos de su obra narrativa que había titulado “Buriles para tallar el tiempo”. Luego, en compañía del alcance, dos profesores de Universidad y un escritor joven que al final de la intervención hizo unas cuantas preguntas, había bebido un buen vino de la tierra y había cenado acaso algo más de lo conveniente. Le dejaron por último en su hotel, en las afueras, un edificio recién estrenado con más de diez plantas y casi trescientas habitaciones.
xxSe acostó pero no podía dormir. Se levantó y abrió el balcón. Hacía frío pero lo aguantó. Miró a su ciudad, al valle completamente edificado donde había nacido, en una elevación de terreno entre dos ríos. ¿Por qué la quería? O dicho de otra manera: ¿Qué es lo que amaba de ella? Sus abuelos, sus padres habían desaparecido, incluso la casa donde había nacido ya no existía, en su lugar un alto edificio irreconocible. ¿Qué amigos verdaderos tenía allí? Sintió un escalofrío. ¿A quién podía llamar en esta ciudad, en su ciudad, a estas horas de la noche para disipar su angustia? Necesitaba alguien que le escuchara, no en conferencia sino en amistad. El alcalde, que tan amable había sido honrándole con su presencia en la conferencia y en la cena, no había hecho, aún en el exceso, más que cumplir con su trabajo. Y lo mismo, los dos profesores. Acaso uno de ellos, Aurelio Cejador, se prestaría a levantarse de la cama y vendría a hablar con él o aceptaría dar un paseo por las calles, ahora bajo el frío helador de la madrugada. Recordó, sin embargo, que le había comentado que tenía que madrugar para salir de viaje, y ese inconveniente adicional incrementó su angustia. Pensó entonces en el joven escritor, acaso el más dispuesto a acompañarle, pero lo descartó por la vergüenza de mostrarle su debilidad, mayor en el caso del joven…
xxLos periódicos no pudieron recoger la noticia sino hasta el día siguiente. “El escritor Arturo Cancelar se había asomado al balcón de su habitación en la planta séptima de un hotel de las afueras y se había caído a la calle a causa de un desvanecimiento repentino. La noche anterior, después de una conferencia, interesante como todas las suyas, a la que asistió numeroso público, cenó en compañía del alcalde y algunos amigos, mostrando siempre muy buen estado de ánimo”.
xxY seguían varias páginas de información en las que se valoraba muy encomiásticamente la obra de Cancelar.

 

 

FINAL

xx-Doctor, ¿se acuerda de mí? Soy el escritor que preparaba un libro con trescientos treinta y tres cuentos breves, brevísimos y extraordinarios y que se atascó dos veces. Pues bien, he acabado el libro, pero me extraña que ahora no se me ocurra ningún relato más.
xx-Lo recuerdo. Usted soñaba con que al llegar a muy pocos metros de la orilla se ahogaba. Vimos que el agua representaba la lluvia diluvial de aquellos días que, al impedirle el paseo diario con su perra, no le permitía tener ideas, pues se había acostumbrado a tenerlas estimulado por ese paseo. Ahora ha acabado el libro. Se había propuesto una meta y la ha logrado. No sea usted pesado. No se puede nadar en tierra firme, que eso es lo que parece pretender usted ahora. En tierra firme hay que caminar. Quiero decir: prepare usted otra cosa, otro libro, otra novela. Ya verá como de nuevo se le llena la imaginación.
xx-Así lo haré doctor.

 

FÁBULA 22

Fábula 22

 

 

Enrique Álvarez

DESESPERANZA CRECIENTE

xxPronto va a hacer quince años que se casaron mis padres, y las esperanzas de que me traigan al mundo son cada día menores. Es triste decirlo, pero mis padres han dado un cambio nefasto en los últimos tiempos. De su generosidad inicial a su egoísmo y racanería de hoy media un auténtico e inexplicable abismo.
xxRecuerdo perfectamente cómo, durante su noviazgo y primeros años de matrimonio, soñaban con engendrar no menos de cuatro hijos. Recuerdo la ilusión, el amor y -por qué no- también el placer de sus primeras prácticas conyugales a la hora de la siesta.
xxMi hermano Matías tardó casi dos años en venir al mundo. La matriz de mi madre no estaba aún lo bastante formada y fue un parto con muchas complicaciones. Por aquel entonces el negocio de mi padre -una joyería modesta- atravesaba momentos tan agobiantes que, meses después de nacer mi hermano, contrajo una grave neurastenia que le tuvo casi un lustro incapacitado para cualquier tipo de actividad. Sólo la impagable ayuda de tía Veli -la hermana soltera de mi madre- evitó el hundimiento de la joyería y la ruina absoluta de la familia.
xxSin embargo, pasado aquel lustro, las cosas comenzaron a rodarnos mucho mejor de lo que nadie esperaba. No sólo el negocio disparó en poco tiempo los beneficios, sino que tanto la salud de mis padres como la naturaleza vigorosa de Matías parecieron desterrar para siempre del seno familiar toda sombra de inquietud.
xxFue entonces cuando yo me dispuse a nacer en cualquier momento. Pues, aunque mis padres continuaron aplicando por pura inercia -sin intención alguna de evitar el embarazo- el método de Billings en sus prácticas maritales, yo me sentía totalmente seguro del acaecimiento inminente de mi concepción, y más considerando mi condición de segundogénito. De modo que, durante largo tiempo, me apliqué con delirio al placer de saborear por adelantado una vida que yo auguraba fructífera y sobresaliente. Incluso, en mi euforia, llegué a elegirme un nombre precioso para mi persona: Damián.
xxPero he aquí que, inexplicablemente -repito-, siete u ocho años después la realización de mi sueño aún no se ha visto cumplida. No haré recaer toda la culpa sobre mi hermano Matías, pero estoy convencido de que él es la causa fundamental del desánimo de mis padres. Siendo un niño saludable y robusto, ha resultado sobremanera rebelde y caprichoso, y a una edad demasiado temprana ha venido ya a demostrar su completa carencia de rasgos creativos, interesantes o simplemente agradables.
xxPero insisto en que la decepción de mis padres respecto a su obra progenitora no hay que achacársela sólo a esta mediocridad precoz del pequeño Matías. Pues lo cierto es que, aun sin un propósito firme de excluir para siempre a otros hijos, quizá por mero afán mimético o bien por otras razones que prefiero no mencionar, desde hace una temporada mis padres han comenzado a abandonar el método natural de copulación y se entregan cada vez con mayor frecuencia a cierto tipo de ejercicios sexuales, abominables y estériles, que ponen de manifiesto una sequedad preocupante de juicio.
xxY así es como hemos llegado a la situación actual, a cinco años o menos de la menopausia de mamá, con la salud de papá nuevamente deteriorada -a pesar de la prosperidad económica-, con mis esperanzas de llegar al mundo cada vez más sombrías. Pues a lo dicho debo añadir (sin que el miedo a presumir de arrogante me frene) la cesión que de mi derecho a nacer en la próxima fecundación he efectuado a favor de mi hermana Natalia, la que me sigue en el orden generativo. Aún si despedirme del todo de las ilusiones inmensas que la vida me produce, quizá la ternura me ha movido a comprender de algún modo la superioridad de las ilusiones de Natalia, mi deber moral de dejarle a ella el disfrute de esta esperanza ya mínima (que para eso es mujer), sin descartar tampoco la posibilidad remota de que una fecundación doble nos permitiese nacer a los dos juntos como hermanos gemelos.
xxDe cualquier forma, el presentimiento de que nuestro padre no podrá sobreponerse ya nunca a su actual recaída, nos lleva a contemplar con escepticismo creciente estos cuatro años que quedan, y nos vemos ya condenados (con el único consuelo del inmenso y fraterno cariño que no une cada vez más a Natalia y a mí) a lamentar por los siglos de los siglos el egoísmo, la mezquindad y la feroz falta de imaginación de papá y de mamá.

 

FÁBULA 16

Fábula 16

 

 

GABRIEL INSAUSTI

RETRATO ROBOT

Ta y tantos. 1’80. Michelines.
Una hipoteca, un SEAT, unos hijos
pero en numerus clausus, por supuesto
que dicen que hoy es Halloween y flipan
con el top megaguay de la Play Station.
Los sábados, squash con los amigos.
Vagas aspiraciones a un ascenso
y un piso en Benicásim. Sus costumbres
corbata, taxi, VIP’s lo han convertido
en carne de estadística, aunque a veces
fantasea entre copas sobre el ChoOyu.
Nunca paró un penalti en el descuento
ni ligó con Brigitte, ni llegó al Tao.
Pero mejor no sigo. Punto en boca.
Tú y yo, lector, sabemos de quién hablo.

 

 

 

EL TEDIO ES EL MENSAJE

Es lo de siempre:
xxxxxxxxxxxxxxxatasco en Villaplana,
las crisis de la Bolsa, el BarçaAthletic,
crucigramas, vanessas, recesiones
y un presidente de Algo que promete
Justicia, Paz, etc.
xxxxxxxxxxxxxxxxYa digo:
lo mismito de siempre, y me pregunto
sentado en el sofá con mi gaceta
si no será verdad el cielo humilde
de esta tarde de abril, si no habrá algo
de cierto en su grisura,
su rara lentitud.
xxxxxxxxxxxxxxxA fin de cuentas,
¿quién dice que no existan esas nubes
y su leve materia y que yo mismo
no esté mirando ahora, distraído,
cómo asciende en el aire, se apelmaza,
acaricia los montes?
xxxxxxxxxxxxxxxxxxPor si acaso,
lo dejo aquí apuntado:
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxx“Descubiertas
formaciones lluviosas a las 14:30.
Se espera, según fuentes no oficiales,
que escampe a media tarde.
(Continúa en la pag. siguiente)”.

 

 

 

INSCRIPCIÓN PARA UN ÁRBOL EN EL VALLE DE EGÜÉS, CERCA DE PEÑA IZAGA

Si una tarde, viajero, te detienes
dentro de muchos años junto al chopo
donde hoy estás leyendo estas palabras
escritas por mi mano,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxy si en el aire
hay todavía un coro de vencejos
que ríen, parlotean, saltan, huyen,
y, a lo lejos, la niebla -como un aliento mágico
se insinúa en las lomas de los montes,
no vuelvas la mirada.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxAprieta el paso
y di que ha sido hermoso hurtar al tiempo
el recuerdo imposible de otra tarde.

 

 

 

 

JEAMEL FLORES HABOUD

6 (de ‘TODO ERA LEJOS’)

Yo era su amigo,
Su mejor amigo,
Caminaba con él descalzo al borde del jordán
Reíamos mirando el cielo
Orábamos cuando los otros dormían
Esperábamos juntos el amanecer
Y era hermoso ser cómplices
Cerca del río o entre los árboles
Pero debo confesarles
Que nunca supe amar como él,
Por eso me ahorqué.

 

 

 

 

GONZALO CALCEDO JUANES

EL CORAZÓN DE LA MANZANA

xxSandra decidió prescindir de Horatio esa noche. Horatio no era un gato al que se cierra la puerta del patio trasero, por ejemplo, sino un atemperado ejemplar de hombre adulto. Yacía ahora a su lado, boca arriba, con los brazos extendidos a lo largo del cuerpo, las piernas separadas, cada pie un encapuchado inclinado hacia un punto de fuga de la habitación. Llevaban juntos dos años y el cuerpo y la mente de Sandra habían dicho “¡basta!” al unísono.
xxSandra contemplaba a Horatio bajo la claridad aterciopelada de la lamparilla. La pantalla, con forma de pagoda, estaba decorada con guarismos orientales; una de las vertientes del tejado se veía deteriorada y maltrecha a causa de un accidente doméstico. La luz anaranjada creaba la ficción de un pequeño crepúsculo. Incluso acostado, el estómago de Horatio no encontraba espacio para desparramarse y crecía hacia el techo, anómalo y vivo. Era profesor de ciencias naturales en un instituto, ella nunca recordaba cual, como si limitando sus conocimientos sobre los aledaños de Horatio (amigos, parentela, horarios, aficiones, necesidades, maldades, marca de coche) le resultase más fácil abandonarle. Así había sido. Chasqueó la lengua y el pastel familiar de hermanas y hermanos, padres ancianos y reuniones de Navidad precipitadamente compartidas se deshizo en su boca. Estaba revenido. Horatio respiraba despacio, permitiéndole espaciar sus pensamientos. Estaba tan gordo porque apenas hacía ejercicio. No se desplazaba. Eran sus alumnos los que capturaban ranas y sapos y traían los especímenes a su mesa, para ser catalogados. Un reino peculiar y trascendente, un nuevo orden. Él debería cuidarse, según los análisis de de la revisión anual para el personal docente: glucosa en sangre, exceso de peso. El exceso era visible, la glucosa una fantasía dulce.
xx-Si sigo engordando, dejarás de mirarme.
xx-No me importa que estés gordo. Bueno, gordo no. Ligeramente obeso.
xx-Gracias por matizarlo.
xx-No mires de ese modo la mermelada.
xx-Sólo estaba fijándome en como la luz atraviesa todas esas capas de gelatina. Es una refracción curiosa. Parece ámbar, pero no es sólido.
xx-Yo no veo nada. Mermelada, quizás. ¿Es mermelada, cariño?
xx-De naranja amarga. Comprada en ‘Trazzio’.
xx-¿La tienda de exquisiteces de la esquina?
xx-Las mejores mermeladas del mundo en permanente exposición.
xx-Deberías hacerte un análisis de sangre diario. Te ayudaría a razonar.
xx-Para eso te tengo a ti.
xx-No te fíes.
xxLa luz de la lamparilla oscilaba, como si la corriente eléctrica fuese vieja y jadeara. Al principio, Sandra había mirado con fijeza la bombilla, el filamento, su conjunción ardiente, sin oxígeno, conjurándolos, temiendo que de un momento a otro se produjese un sobresalto definitivo del suministro, pero ya se había acostumbrado a esos titubeos. Hacía calor. En septiembre nunca hacía tanto calor.
xx-Una vez nevó en septiembre. Un amigo mío, aficionado a la meteorología, guardó un puñado de nieve en un tarro de cristal y lo trajo al laboratorio. Estuvo escondido en el refrigerador durante semanas. Había briznas de hierba entre la nieve.
xx-¿De su jardín?
xx-Supongo.
xx-¿Cuándo va a dejar de hacer éste calor?
xx-Nunca. Moriremos deshidratados.
xx-Amén.
xxLa tormenta había cesado, pero la humedad volvía pesadas las sábanas. Sandra pedaleó a cámara lenta hasta destapar sus piernas. Miró el vientre de Horatio, el vello oscuro que se arremolinaba en torno al ombligo, como si la oquedad fuera un sumidero, una fuerza centrífuga. Introdujo dentro un dedo y el hombre se estremeció, abanicó el aire enranciado con su brazo remo (la varita de incienso había dejado de arder días atrás) y cambió de postura. Dijo algo entre dientes. Sandra miró el despertador, apostado como un tutor de un solo ojo en la otra mesilla. Las cinco y media. Apenas había dormido por culpa de su decisión. Por culpa de su querido profesor.
xxEn la cocina encontró algo que comer. Asado frío con salsa de zanahorias. La rebanada de carne era tan delgada que parecía una membrana expuesta a la luz del fluorescente; el cartílago semejaba una ramificación nerviosa. La salsa coagulada apenas goteaba. Los cubiertos, en cambio, estaban helados. Comió la mitad. Después mordisqueó una manzana y salió con ella al porche, en ropa interior. Tiró del elástico de sus bragas permitiendo a la carne enrojecida, macerada, un respiro. Había muebles baratos, de plástico, profusamente ornamentados por colonias de mohos y líquenes que, desde la deteriorada tarima, ascendían por sus patas. El jardín rezumaba agua de lluvia, incapaz de tragar más, solitarios charcos en los que se reflejaban porciones de cielo. Vio claros entre las nubes, estrellas incómodas por su papel de testigos aquella noche; una luna enflaquecida y macilenta, anciana, saludó desde su altar y dio paso a un episodio de nubosidad permanente, tal como repetía el hombre del tiempo. Cuando mordía la manzana se escuchaba un chasquido de rama rota, como si alguien se acercase, pero todo eso ocurría en su boca, en sus encías. Sandra, al contrario que Horatio, había perdido peso durante este tiempo y al morder su mandíbula se dibujaba en su rostro, poderosa, masculina. El pelo corto siempre le había favorecido, pero endurecía su aspecto, como si su enfado brotara en el exterior y creciera hacia dentro; a la mayoría de las personas que ella conocía les sucedía lo contrario: el malhumor caldeaba sus cuerpos desde un núcleo de órganos vitales y luego escapaba entre los labios en forma de réplicas aceradas e insultos.
xx-No sé, deberías dejártelo crecer un poco.
xx-Me molesta largo, mamá. Me da calor.
xx-¿Lo llevas corto por Horatio?
xx-Me gusta llevarlo corto, mamá. Creo que siempre lo he llevado así. Es cómodo.
xx-¿Comes lo suficiente?
xx-Devoro la comida.
xx-¿Vomitas después?
xx-Me niego a responder.
xx-Soy tu madre, cariño.
xx-No vomito, mamá. ¿Es verdad que de pequeña pesabas mis heces?
xx-Ahora soy yo la que no va a responderte, niña tonta. ¿Por qué quieres saberlo?
xx-Simple curiosidad.
xxEnseguida tuvo frío, pero siguió sentada en la silla de plástico, balanceándose, notando como las patas traseras soportaban el peso y se curvaban, dos arcos en tensión; sostenía entre dos dedos el corazón mordisqueado de la manzana. Al rato volvió sobre sus pasos, se deshizo de la manzana (¿Por qué el cubo de la basura estaba vacío? ¿Su amor ni siquiera era capaz de producir desperdicios?) y fue al lavabo que habían instalado aquel mismo verano bajo el hueco de la escalera, su primer proyecto de reforma juntos, una tímida alianza de revoque y ladrillos. Sandra cerró la puerta. El espacio era reducido, no habían instalado las previstas baldas de cristal y algunos frasquitos de colonia y el papel higiénico conjuraban la mala suerte de un salto suicida desde el borde del lavabo. Del techo aún pendía una bombilla raquítica porque no se habían puesto de acuerdo acerca del aplique: ella prefería algo japonés, limpio y escueto; Horatio había pensado en una profusión de pequeños focos.
xx-Como un camerino de actriz.
xx-No soy ninguna zorra de tres al cuarto.
xx-No he querido decir eso.
xx-Ese cuarto de baño es tan diminuto que los focos te quemarían la piel. Sería como estar dentro de un horno. Te cocinarías a ti mismo a la hora del afeitado.
xx-No lo había pensado.
xxSandra se miró en el espejo que dominaba la pared sobre el lavabo, en un vano intento por contrariar la leyes matemáticas del espacio y duplicarlo. Las juntas de los azulejos eran perfectas y blancas. No sucedía lo mismo en el resto de la casa, una construcción antigua, incómoda, que algunos turistas fotografiaban desde la acera, imaginando que allí había vivido algún poeta famoso o un científico con manchas de yema de huevo en su bata de trabajo. La gran buhardilla era la coartada que tenía la casa para sentirse importante, distinguida. Pero sólo era una casa vieja, comprada a través de una amistad en una subasta bancaria (representaba, en cierta manera, la memoria arruinada de una familia) y Sandra, antes de conocer a Horatio, había pensado a menudo en venderla, confiando en que en vez de derribarla la convertirían en un hotelito. Para no sentirse absolutamente miserable.
xxOrinó sosteniéndose la barbilla entre las manos, cada codo encajado en una rodilla, los pies firmemente posados sobre las ocho baldosas que componían el suelo. ¿Tan difícil resultaba entrar en la habitación, despertarle y decirle, vete, ya no te quiero?
xx-Estás loca por mí, lo siento aquí dentro.
xx-Dices muchas tonterías.
xx-Tengo experiencia.
xx-Oh, el casanova de la clase de ciencias ha vuelto. Conduce y calla.
xx-Mis alumnos me quieren más desde que salgo contigo.
xx-Querrás decir que te aprecian más. Yo nunca quise a ningún profesor. Y no me refiero a enamoramientos.
xx-¿A qué te refieres?
xx-Ya lo he dicho. Apreciar a alguien. nada más.
xx-En mi caso es diferente. Les gustas.
xx-No me conocen.
xx-He querido decir que sé que les gustarías.
xx-No me gustan las personas que hablan y conducen a la vez.
xx-Por Dios, eso es un hecho absolutamente natural.
xx-Conduce y calla.
xxVació la cisterna, se lavó las manos (notaba el tacto pegajoso de la manzana) y abrió la puerta sin evitar un pequeño estrépito, confiando en que la conjunción de ruidos le despertasen y allanaran el camino. Pero al asomarse al hueco de la escalera y escuchar no oyó nada. Seguía dormido. Subió los escalones uno a uno, procurando no tentar más a la suerte. Acababa de otorgarse un nuevo aplazamiento. Cada tabla un crujido diferente, una sentencia, una fábula, una paradoja. Sandra haz esto, Sandra haz lo otro.
xxTengo una tienda donde se enmarcan cuadros, pensó, pero no hay ningún cuadro en esta casa. Cuadros caseros, pintados por madres desocupadas que siguen cursos de pintura por correo, cuadros de niños, con las huellas de sus manos embarulladas entre personajes con cabeza enorme y miembros de palo, pinturas en tela, en madera, en corcho. La inmortalidad en un rectángulo, la trascendencia colgada de la pared.
xxGiró el pomo de la puerta. La lamparilla seguía encendida. Horatio yacía de costado, la grasa de su cintura abolsada, el pecho raquítico, huidizo, escapando de ese volumen opresor. Sandra se sentó adrede en el borde de la cama. Grandullón, pensó. Ella se subía encima de él a horcajadas durante su sexo seguro y rápido, una cópula de insecto. Horatio se explaya después de hacerlo así y pedir perdón. Los Simbius alectorum, una clase de saltamontes, también lo hacían de ese modo: el macho era enorme y pasivo y la hembra diminuta y laboriosa. Ella gobernaba la situación y él era absolutamente inane y torpe.
xx-Tendrás que perdonarme, soy algo patoso.
xx-Eres un eyaculador precoz.
xx-No lo digas así, por favor. Me ofendes. Son los nervios.
xx-El sexo no es tan importante.
xx-¿No?
xx-La gente tiene que quererse un poco. Eso mejora las cosas.
xx-Me dejas confundido. Voy a dedicarle más tiempo a los ratones blancos del laboratorio. Se aparean continuamente.
xx-¿No separáis las hembras de los machos?
xx-Eso es un divertimento. No es ciencia. Pero le encanta a los chicos.
xx-Puede que me apetezca otra vez. Dejaré a un lado eso de quererse un poco.
xx-Dame un respiro. Por favor.
xx-¿Diez minutos?
xx-¿Veinte?
xx-Vaya negociación. Voy a la ducha.
xxHoratio despegó los labios; su respiración se trocó en estertor. Masculló algo. Sandra le acarició el rostro con las yemas de los dedos, cada dedo el itinerario de una mosca. Horatio, le llamó sin mover los labios apenas, sin llegar a pronunciar su nombre. Pronto sería invierno y el coloso de la clase de ciencias desplazaría su culta mole hasta un autobús escolar y por primera vez en mucho tiempo, acompañaría a sus alumnos a la excursión de otoño: recolectar hojas, ramitas, musgos, larvas, huevos, crisálidas, nidos ensalivados, putrefacción.
xxSandra miró de reojo el reloj, su aliado. Había transcurrido un cuarto de hora, una porción de tiempo exacta, poco emocional. Fin del aplazamiento. Llevaba horas en vela por algo. Estaba preparada, lista, y como si fuese a dirigirse a toda su familia durante la reunión del día de Año Nuevo, haciendo acto público de contrición (ante el regocijo de su hermana pequeña y la angustia de sus padres), para comunicarles su embarazo, el deseo de irse de casa, la compra de otra lavadora o que había decidido casarse con su nuevo novio, un piloto de avionetas fumigadoras, carraspeó. la tosecilla se propagó enferma por la casa. Horatio se movió. Iba a decírselo. Si se despertaba, se lo diría automáticamente: el mecanismo se había puesto en funcionamiento y ya no se podía parar. cariño, tengo algo que decirte, puntos suspensivos.
xxHoratio se giró hacia el otro lado, el brazo extendido, como buscándola. Entonces se despertó. Abrió un ojo, luego el otro, enfocó ambos. Ella seguía sentada en el borde de la cama.
xx-¿Qué hora es?
xx-Casi las seis.
xx-¿Por qué demonios tienes que madrugar tanto?
xx-Tenía hambre.
xx-Ven aquí.
xx-No quiero volver a acostarme.
xx-Ven aquí.
xxSandra obedeció. Se acurrucó junto al gigante, se dejó arropar.
xx-¿Me estabas mirando?
xx-No te estaba mirando.
xx-Vamos, era como si mirases una radiografía. Me di cuenta. ¿Qué veías? ¿Hablaba en voz alta? En mi familia hay toda una tradición de parlanchines sonámbulos.
xx-Estabas dormido. Y mudo. No has podido darte cuenta.
xx-Noté que me mirabas. Como un escozor. Aquí, y allí. Por todas partes.
xx-Bueno, sí, te estaba mirando. Pensaba.
xx-¿Y en qué pensabas?
xx-Secreto de sumario. Te lo diré a la hora del desayuno.
xx-A la hora del desayuno tenemos mucha prisa. Siempre llegamos tarde.
xx-Entonces te lo diré otro día.
xx-Ahora.
xx-Otro día. El jueves, por ejemplo. Eso es…
xx-Pasado mañana.
xx-Pasado mañana, perfecto. ¿Te viene bien el jueves?
xx-Me viene bien, supongo. ¿Qué vas a decirme el jueves?
xxSandra se rió. Una de sus trampas verbales, una suave telaraña de palabras. Al principio le había gustado por eso. Era sencillamente gracioso. Y no estaba tan gordo entonces. Pero por qué pensaba que la sustancia de su amor, de su enamoramiento, se había convertido en grasa fermentada. respiró hondo. Tenía treinta y siete años, treinta y ocho el mes que viene. No era ninguna niña, pero ya estaba pensando en un recambio, en parchear su corazón, en remendar las suturas que permaneciesen abiertas tras extirpar a Horatio de su piel. Ojalá él no siguiese preguntándole.
xxLa abrazó sobresaltándola, como si leyese su pensamiento y pretendiera aturdirla con los modales de un enamorado variopinto y pasional.
xx-Déjame, me das calor.
xx-De acuerdo. Tu mitad de la cama y la mía. Ese es el trato de hoy: “Mantente alejado”.
xx-Perfecto. No lo olvides. “Mantente alejado”.
xx-Lo tendré presente.
xxSandra esperó; tenía que suceder algo. La casa bostezaba, se desperezaba como un anciano senil. Horatio aniñó el tono de su voz:
xx-¿Harás una visita a mi lado antes de volver a levantarte?
xx-Creo que hoy no.
xx-Suspenderé injustamente a algún alumno si no lo haces.
xx-Me importan un bledo tus alumnos.
xxHoratio no replicó. Sandra supuso que volvería a quedarse dormido (tenía esa facilidad, el poder de conciliar el sueño en segundos, en un sofá ajeno, en una silla, en una biblioteca, durante una recepción, como un muerto viviente, o en el asiento de un vagón de tren), pero no fue así. Ella tampoco pudo. Había apagado la lamparilla de un manotazo y la luz que entraba en el dormitorio, cuadriculada por la persiana, era la del alumbrado público, media docena de farolas, en su tramo de avenida, que imitaban a vetustos fanales de gas y en opinión de la chica de una agencia inmobiliaria con la que Sandra había charlado en varias ocasiones, “convenían” a la casa, realzaban su planta señorial, su clase.
xx-Si me das tiempo encontraré un comprador apropiado.
xx-No sé. Hoy pienso en venderla, mañana probablemente no.
xx-Las casas como la tuya son difíciles. Especiales.
xx-Vivir en una casa especial tiene su encanto, no lo niego, pero prefiero traspasar ese derecho. ¿Qué tal una semana?
xx-Es poco tiempo.
xx-¿Dos?
xx-Un mes mínimo.
xx-Charlaremos de otra cosa, terminaremos nuestras copas y nos despediremos. ¿Qué te parece?
xx-No me has dado ni una sola oportunidad.
xx-Te la estoy dando, preciosa. ¿Sales con alguien?
xx-Con un chico de la agencia.
xx-Valiente estupidez.
xxA las siete y media en punto las farolas se apagaron, como bailarinas que se repliegan para saludar al público desde un escenario, y la penumbra se enquistó en el dormitorio, se hizo tan vieja y descascarillada como aquel hogar. Sandra tenía los ojos abiertos. Le oyó moverse; se estaba levantando, buscaba sus babuchas de Sultán de Esquiletia, su trasnochado batín de raso, colgado del respaldo de una silla. Tropezó con algo al salir: su portafolios de piel vuelta, engordado por la cincuentena larga de exámenes que tenía que juzgar. Se disculpó. Vagabundeó por el pasillo y más tarde le oyó entrar al cuarto de baño. Silbaba, así que dedujo que, a pesar de sus amenazas, de su rencor, de su desaliento, de la cuarentena que afectaba a sus cuerpos y sus ideas y sus corazones, esa mañana perdonaría a sus alumnos y redimiría sus almas. Ellos no tenían la culpa.
xx-¿Horatio?
xxCorría el agua en la ducha.
xx-¿Horatio?
xxNo la oía. Era mejor así. Se lo habría dicho en ese preciso momento.
xx-Cariño, ya no te quiero.

 

 

 

ANDRÉS BARBA

TRAMPOLÍN 1

Ya no tienes padre, ni madre, ni memoria. Nadie te ha mentido. No han pasado por ti las largas horas del aburrimiento infantil, ni el rencor, ni la cebada de las vísperas, ni el poder. No ha habido juez, ni mujer que haya amanecido a tu lado oliendo a sueño. No has estado allí, donde creíste sufrir. Esas cosas tuyas que con tanto afán has alimentado y vestido no las reconoces ya, ni esas cosechas. No te ha requerido nadie para ser consolado ni has buscado tú a nadie ya nunca. No percibes la alegría de los cuerpos, ni su tristeza. Ni la enfermedad. Ni la carga. Ni el ansia. Ni los cráneos minúsculos de los pájaros, ni los fluidos. La cucaracha murió al borde del fregadero encogida de veneno en polvo. Murieron las hormigas y el perro. ¿Lo recuerdas? Di, ¿Lo recuerdas? Murió la tarde y la pequeña de los vecinos de una pena redonda en el estómago amarilla y risueña de sedantes, como el amanecer de un teatro, y tu hermano murió, y las manchas de la servilleta murieron y el placer de la arena caliente de la playa y las cerillas murieron también. Ya nunca has estado allí donde se echan al fuego los excrementos olorosos de las vacas, ni has acariciado más nada. tampoco eso es cierto: ni siquiera has dudado. Aquella tarde no te sentaste en aquella puerta. Aquel sol no era verdad. Aquellos labios no eran verdad. No te has detenido a despedirte, no has buscado arbitrar el frescor del mundo en las manos del otro, no has aprendido, no has admirado, no has visto, no has danzado, no has hablado, no has alabado en ningún templo, no has reído. Recuerda. Ya no tienes padre, ni madre, ni memoria.

 

 

TRAMPOLÍN 2

Serás quizá como el ángel a quien fue asignada la luz en el principio. ya nunca la clausura habitará tus miembros. Volando estarás, como la plegaria de los niños. Este es el designio que te fue otorgado. No podrás vivir así; atado a la tierra, tendrás que alzar voces sobre voces, luz sobre luz. Serás quizá como la voz primera que dijo “quédate, no te vayas”, porque sintió la presencia necesaria, o tal vez como una eterna fuente que se desborda y abastece sin descanso en el larguísimo verano. Saltar y convertirse en aire; he ahí tu designio. Lo demás: exaltación. Ahora sabes tanto de nosotros. Podrías enumerarnos como a piedras distintas. Como a ramas cuyas flores se pigmentan sin voluntad pero por un hondo mandato que ahora ya comprendes. Definitivamente observas. Nosotros, que te tocamos antes de saltar, nos olemos los dedos. Tal vez a tu altura perdiste esta extensa dimensión de lo humano: el olor. En nosotros vibra aún la dicha de aquella tu coordenada equívoca. Somos imperfectos y te amamos de forma imperfecta. Todo en ti era proyecto. Y cuando lo supiste fue como si un juego último se te hubiera hincado en la piel. Las cosas estaban tan cerca unas de otras que el primero del año nació con tristeza. Serás quizá como el ángel primero que dijo “tú has de llamarte árbol, tú: piedra, tú: niño, tú: deseo”. Y serás, más que ellos, piedra, y árbol, y niño, y deseo. He ahí tu designio. Por eso saltaste, porque comprender era una palabra que quedaba lejos, como el amor a las cosas. y todo se empeñaba en ser. Por eso saltaste. porque todo tenía tu nombre.

 

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