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Posts Tagged ‘evgueni evtuchenko’

COLISEO

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COLISEO

Coliseo,
xxxxxxxno vengo a ti como a un museo.
Yo no soy un ocioso papanatas cualquiera.
Nuestro encuentro
xxxxxxxxxxxxxxxxes el encuentro de dos viejos amigos,
de dos viejos enemigos,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxColiseo.
Mi fin has esperado en vano.
He vuelto,
xxxxxxxxxolvidado por ti,
como a un lugar
xxxxxxxxxxxxxxxdonde hubiera matado mil veces
y donde mil veces hubiera muerto.
Me acariciaban tus leones con sus garras,
peligrosa caricia.
Dale al gladiador,
xxxxxxxxxxxxxxxxlo que es del gladiador,
Coliseo,
xxxxxxxen todos los tiempos.
Orgulloso y cansado,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxtú querías
que por nada
xxxxxxxxxxxxy para nada
yo muriera en la arena bellamente,
pero nadie muere bellamente.
Y cuando,
xxxxxxxxxsin sentir ya las lanzas,
yo caía,
xxxxxxxmuerto como una fiera,
señalando
xxxxxxxxxcon el dedo
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxhacia arriba,
me parecía que estaba señalando
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxhacia abajo.
He vuelto como la venganza.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxY no hay venganza más temible.
No lo esperabas, Coliseo.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx¡Tiembla, Coliseo!
Y he venido, no de día,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxsino en la noche profunda,
cuando duermen todos tus guías,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxlos granujas,
y en torno sólo se percibe la orina de los perros,
y sólo hay latas
xxxxxxxxxxxxxxy ladrillos rotos.
Pero tú puedes lanzar gritos
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxy rugidos,
en mi cuerpo
xxxxxxxxxxxxse mueven
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxlas lanzas,
los restos de las garras,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxlos restos de las pasiones…
De nuevo, entre el crujir de los huesos cristianos,
oigo crujir los dulces entre los dientes de los niños de las tribunas…
Coliseo…
xxxxxxxx¿no estás acostumbrado ya a tales diversiones?
¿Qué me vas a enseñar hoy,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxColiseo?
Buscan las ratas sin ser molestadas
en el reino de la noche y las ruinas.
Pederastas empolvados
se abrazan junto a la salida de los leones.
Y donde huele a asesinatos,
en la tierra donde están mis huesos blancos,
una ramera, diligentemente,
se agacha.
En el lugar donde nosotros, los gladiadores,
parecíamos míseros, desdichados,
un tipo mira a los rostros diciéndoles:
«Heroína… ¿Quién quiere heroína?»
Acepta,
xxxxxxxColiseo,
xxxxxxxxxxxxxxsin rechistar
esta venganza
xxxxxxxxxxxxxy no te quejes de la suerte.
A todo lo que está basado en la sangre
acaba por faltarle la sangre.
Pero te diré,
xxxxxxxxxxxColiseo,
xxxxxxxxxxxxxxxxxsin ironía,
que el miedo a veces me hiela.
Solo aparentemente no hay Nerones
en nuestro mundo,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxverdadero Coliseo también.
Con naturalidad, se desintegran los átomos,
la inmensidad de las estrellas ya se alcanza,
pero aún sigue el mundo dividido
en espectadores
xxxxxxxxxxxxxxxy gladiadores.
No ofenderé a los gladiadores:
toda mi piel y todas mis entrañas
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxsufren por ellos.
Pero a los espectadores, los odio.
En cada espectador
xxxxxxxxxxxxxxxxxxhay un Nerón.
Instigadores,
xxxxxxxxxxxvociferantes,
incitáis desvergonzadamente.
Sin duda os gustaría
xxxxxxxxxxxxxxxxxxque nosotros, los gladiadores,
nos matáramos siempre unos a otros.
Los que instigáis
xxxxxxxxxxxxxxxgritando
desde vuestros cómodos puestos,
nos animáis
xxxxxxxxxxxpara que no desmayemos,
para que nos lancemos bellamente contra las lanzas.
Yo maldigo los gestos de Nerón.
Pero oídme,
xxxxxxxxxxcanallas:
en el mundo hay verdugos
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxy víctimas,
pero también
xxxxxxxxxxxxhay luchadores.
Hambriento de fraternidad,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxtropezando,
vago
xxxxpor los siglos,
y en mis sueños de gladiador
veo a un nuevo Espartaco.
Estoy en la arena del escenario,
ante la sala
xxxxxxxxxxque hierve como el infierno.
Estoy extenuado,
xxxxxxxxxxxxxxxdeshecho,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxherido,
pero no caigo.
xxxxxxxxxxxxxxNo me perdonarán.
Las fauces de un león me esperan
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxatronando.
Todo el teatro ruge entre sus garras.
Me lanzan preguntas
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxcomo venablos.
Y mi único escudo
xxxxxxxxxxxxxxxxes la piel.
¡Coliseo,
xxxxxxxaplaude,
xxxxxxxxxxxxxxmira!
¡Maldito seas,
xxxxxxxxxxxxverdugo Coliseo!
¡Y
xxgracias por tu lección!
Entre los gritos y chillidos
alzo sobre ti
xxxxxxxxxxxmi mano vengadora
y, sin piedad,
xxxxxxxxxxxxhacia abajo señalo con un dedo…

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Evtuchenko, Evgueni. Entre la ciudad sí y la ciudad no (Trad. Jesús López Pacheco). Madrid; Alianza editorial, 1968.

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ASÍ SE FUE EDITH PIAF

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ASÍ SE FUE EDITH PIAF

París ante nosotros, una sala y, en ella,
un ser haciendo gracias y moviendo el trasero
que el arte desterró una hora con sus saltos.
Todo esto era el complemento de Edith Piaf.

De repente entró ella, semejante
de una forma increíble a un tosco ídolo,
lo mismo que si entrara la tragedia cansada,
confundiendo las puertas, en un alegre sketch.

Y sobre aquella algarabía de feria
se elevó pálida, sin fuerzas, como
un mochuelo con los ojos enfermos
y torpe por sus alas destrozadas.

Raquítica y pequeña, mal pintada,
su tos disimulando, más muerta que viva,
se mantenía en medio de la época
sosteniéndose apenas sobre sus pobres piernas.

Nos miraba lo mismo que si mirara al Sena
y parecía a punto de arrojarse.
Sentí deseos de subir al escenario
para evitar que se tirara al agua.

Pero, a un gesto preciso de su mano arrugada,
la orquesta comenzó… Ella avanzó
hasta el borde… Irguiéndose increíblemente,
temblando, recogió su espalda, recogió la música.

Y comenzó a cantar, igual que si volara,
cayendo, separándose de sus ojos, que pesaban más
que el cuerpo destrozado por los cirujanos,
emitiendo ronquidos, revolviéndose ante nosotros.

Su cuerpo volaba, sollozaba, se carcajeaba,
susurraba como el delirio de la hierba en el bosque de Bolonia,
resonaba como un carro en Sint-Germain,
aullaba como una sirena. Esta era Edith Piaf.

En ella se mezclaban toques de rebato, chaparrones, cañonazos,
juramentos, gemidos, voces de sombras…
Como gigantes con una liliputiense, antes
habíamos sido, sin querer, bondadosos con ella.

Pero de su garganta manaba dolor, fe,
salían de su garganta estrellas y campanas.
Y ella en sus manos nos cogía jugando
igual que un gigante a pobres Gulliver.

Pero en ella, auténtica actriz, lo más importante
era que, a pesar de la muerte cercana,
salían de su garganta nuevos artistas
dejando en la garganta nudos de lágrimas.

Retumbaba Edith Piaf, al salir de la escena,
profetizándonos con frenesí.
El mochuelo cantaba igual que cantaría una quimera
caída al escenario desde Notre-Dame.

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Evtuchenko, Evgueni. Entre la ciudad sí y la ciudad no (Trad. Jesús López Pacheco). Madrid; Alianza editorial, 1968.

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BALADA DE LAS FOCAS

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Duerme papá foca como un lumpen
y mamá foca adora a su hijito:
como si fuera un caramelo,
lleva en sus dientes un pececito
a su foquita de ojos castaños
a la que llama «Mocosita».

¡Ah, focas semejantes a niños!
Podríais vivir en este mundo tranquilas,
pero en el programa comercial
ya hace mucho que fuisteis incluidas.
Y no saben las mamás focas
que hay cables telegráficos
volando de Moscú a nuestro barco.

Y que, ahora, en un lugar de Boston,
en una gran subasta de pieles,
hay un comerciante radiante
extendiendo cheques cordialmente
y exclamando: «¡Paz y amistad!
¡Paz y russian foca!»

Para que una dama
delgada como un palo
pueda envolver con pieles sus huesos,
alguien de rostro importante
por el morse nos envía
órdenes que se clavan en los sesos.

¡Ah, focas! Os amamos,
pero os golpeamos con porras
porque el país lo exige.
Os pegamos en los ojos con saña
porque sois divisas, oh focas,
y las divisas nos hacen falta.

Lloran y lloran las focas,
a sus hijos protegen bajo la panza,
pero no les podemos tener lástima.
Y otra vez les pegamos con las porras.
Lamiendo nuestras botas,
nos miran suplicantes los ojos de las focas.

Lloran y lloran las focas…
Si hiciéramos el mundo otra vez
(pero es, al parecer, algo imposible),
¡ah, cómo os amaríamos, focas!
No os pegaríamos nunca, focas.
Os invitaríamos a vodka
y jugaríamos al dominó con vosotras.

¡Todo ha ido bien! ¡Doblamos el plan!
Nos felicitarán en nuestro gremio.
¿Por qué estás tan triste como un arenque?
¡Con dinero no hay nunca tristeza!
Con tu sueldo te podrás comprar
el mejor de los televisores.
¡Que te levante el ánimo el partido
de fútbol que se juega hoy en Madrid!

Pero con pena amarga,
borracho, a tu mujer,
le alzas la mano, amenazándola,
y tus nervios no pueden ya aguantar…
Y tiemblas, porque sus ojos suplicantes
te miran como los ojos de una foca.

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Evtuchenko, Evgueni. Entre la ciudad sí y la ciudad no (Trad. Jesús López Pacheco). Madrid; Alianza editorial, 1968.

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SIETE POEMAS DE EVGUENI EVTUCHENKO

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EN EL PUENTE

Una mujer y un hombre solos, en un puente,
sobre el dormido Sena azul.
Debajo está el tumulto sin sentido,
las luces irreales.
Cambia el gobierno en algún sitio,
se pronuncian sabios discursos.
Pero ellos, desde el puente, apenas si lo ven:
tan sólo ven el Sena
xxxxxxxxxxxxxxxxxxturbio y lento.
Así están, sin palabras
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxy sin besos,
hasta la madrugada, bajo un impermeable,
como un paquete envuelto en celofán,
¡un regalo del mundo
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxpara el mundo entero!
¡Quiera Dios que no tengamos
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxni casa
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxni hacienda,
ni aturdidora comodidad en nuestra vida!
¡Quiera Dios
xxxxxxxxxxxque, estemos donde estemos,
siempre nos encontremos en el puente!
En el puente
xxxxxxxxxxxpara siempre inscrito en el cielo.
En el puente que hace sagrado a quien le habita.
En el puente
xxxxxxxxxxxsobre el tiempo,
sobre toda
xxxxxxxxxxla vanidad y la mentira…

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LA MIEL

Voy a contarles algo de la miel.
Alguno se dará por aludido.
Mas no importa que alguien no comprenda
que se refiere a él.
Escuchad
xxxxxxxxxesta historia de la miel.
En el cuarenta y uno,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxen Tchistopol,
año sin pan ni sol,
en el mercado
xxxxxxxixxxxxnevado
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxsacaron un tonel,
un enorme tonel
xxxxxxxxxxxxxxxde miel.
Era un canalla el vendedor,
un negociante del dolor.
Y el dolor formó cola,
sencillo,
xxxxixxxamargo,
xxxxxxxxxxxxxxxdesvalido.
No cobraba en dinero,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxsino en jerseys,
en relojes
xxxxxxxxxo en cortes de traje.
Su mano ensortijada de entendido
despreciaba con gestos harapos evidentes.
Todo lo examinaba a la luz, atentamente.
Mientras con una mano un pintor viejo
desataba el cordón de sus zapatos,
con la otra
xxxxxxxxxxtendía una botella.
Miró caer la espesa miel en ella,
sin protestar, curvado,
y luego, con su miel,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxpreciada mercancía,
se alejó por la nieve en calcetines remendados.
Formando un cerco de miradas frías,
mujeres de oficiales y soldados
esperaban de pie con tarros y con vasos,
silenciosas y tensas.
Y una niña,
xxxxxxxxxxcon mano transparente,
como en un sueño extraño,
tendía una copa diminuta
con un anillo de mamá al fondo.
De pronto se acercó
xxxxxxxxxxxxxxxxxxel ruido de un trineo
de costados ornados con rosas.
Poniendo un ceño en su importante frente,
se bajó del trineo un hombre
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxalto,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxximponente.
Tan solemne
xxxxxxxxxxxcomo un retrato
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxdesde el marco,
sin una sombra de pesar, habló:
«Dame todo el tonel.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxTe pagaré en alfombras.
Date prisa, buen hombre.
Ya nos pondremos de acuerdo después.
Ayudad a subirlo, hermanos. Venga».
Y se marcharon juntos.
Ellos siempre se pondrán de acuerdo.
Quedó la cola inmóvil y sombría
como si aquello nada le importase.
Y el anillo cayó de la copita
al surco que el trineo había dejado…

¡Qué muerto está ya aquel cuarenta y uno,
año de penas y retiradas!
Aún vive, sin embargo,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxaquel goloso de miel,
ha vivido hasta hoy, y dulcemente.
Cuando muestra con aire sosegado
su tripa bien henchida,
cuando mira el reloj,
cuando el bigote satisfecho se acaricia,
yo recuerdo aquel año,
recuerdo aquella miel.
Aquella miel que, entonces,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxde ese mismo bigote,
abundante escurría.
Jamás podrá limpiárselos
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxde miel,
siempre
xxxxxxxle escurrirá
xxxxxxxxxxxxxxxxde los bigotes.

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CONVERSACIÓN CON UN ESCRITOR AMERICANO

«Me dicen:
xxxxxxxxxxxEres valiente.
No.
xxxYo nunca fui valiente.
Juzgaba indigno, simplemente,
rebajarme con mis compañeros cobardes.

No demolía instituciones.
Tan sólo me reía de lo falso,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxlo engolado.
Escribía artículos.
xxxxxxxxxxxxxxxNo denuncias.
E intentaba decir todo
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxlo que pensaba.
Sí,
xxdefendía a la gente de talento,
señalaba a los que, sin tenerlo,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxquerían meterse a escritores.
Pero eso es un deber,
aunque hablen siempre de mi valentía.
Con amarga vergüenza recordarán
nuestros descendientes
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxcuando hayan vencido la infamia
aquellos tiempos
xxxxxxxxxxxxxxxextraños
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxen los que
a la simple honradez
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxllamaban valentía…»

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LA TERCERA MEMORIA

Todos tenemos un instante en que
nos entra una tristeza pegajosa,
y la vida, quedándose al desnudo,
se nos muestra como algo sin sentido.

Frío de muerte llena las entrañas.
Pero, para vencerlo, golpeamos
sin fuerza apenas a las puertas de la memoria,
como quien va a una hermana de la caridad.

A veces, sin embargo, hay dentro de nosotros
tanta noche y es tanta la ruina,
que ayudarnos no puede la memoria,
ni la del corazón, ni la de la razón.

Se nos apaga el brillo de los ojos.
Y la conversación, los movimientos…
todo se apaga. Pero existe aún
la tercera memoria: la del cuerpo.

Que recuerden los pies
el polvo y el calor de la carretera,
la hierba fresca
cuando descalzos caminaban.

Que recuerde la mejilla con ternura
cómo, tras una riña, la consolaba
la agradable aspereza de la lengua
del perro, que todo lo comprende.

Que recuerde la frente, avergonzada,
cómo, bendiciéndola,
un beso la rozaba, apenas la rozaba,
descubriéndole toda la ternura de madre.

Que los dedos recuerden los pinos, el trigo,
y la lluvia casi imperceptible,
y el temblor del gorrión,
y las crines nerviosas del caballo.

Que los labios recuerden otros labios.
Hay hielo y fuego en ellos. Hay tinieblas y hay luz.
Todo el mundo contienen, impregnado
de aroma de naranjas y de nieve.

Y entonces pedirás a la vida perdón,
y le dirás: «A ciegas te acusaba.
Absuélveme del grave
pecado de mi absurda irritación».

Y si la maravilla de este mundo
es preciso pagarla
con un precio cruel,
no importa, yo lo acepto.

Pero ¿acaso el capricho del destino,
los golpes y las pérdidas,
son un precio tan alto por gozar
las maravillas que la vida ofrece?

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LA CÓLERA

Me dicen,
xxxxxxxxxxmoviendo la cabeza:
«Tienes que cambiar…
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxEres muy colérico…»
Yo he sido bondadoso.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxPero no mucho tiempo.
La vida me hizo añicos.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxMe golpeó en la boca.
Viví
xxxxcomo un estúpido cachorro.
Me pegaban
xxxxxxxxxxxy yo ponía la otra mejilla.
La cola de la bondad,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxpara hacerme más colérico,
de un solo golpe
xxxxxxxxxxxxxxalguien me la cortó.

Les voy a hablar ahora de la cólera,
de esa cólera con la que se va de visita
y se sostienen conversaciones ceremoniosas,
mientras, con unas pinzas, al té se le echa azúcar.
Cuando me invita usted a tomar té
yo no me aburro:
xxxxxxxxxxxxxxxxle estudio.
Me bebo humildemente hasta el té del platillo,
y, ocultando las garras,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxle estrecho la mano…

Les hablaré también de otra cólera…
Cuando, al comienzo de una reunión, me susurran:
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx«Déjelo…
Es usted muy joven,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxlo mejor es que escriba.
No tenga prisa por buscar pelea».
¡yo no cedo en absoluto!
Sentir cólera ante la mentira es ser bueno.
Les prevengo
xxxxxxxxxxxxque mi cólera no cederá.
Sepan
xxxxxxque hay en mí cólera para mucho tiempo.
Ya no tengo la timidez de antes.
Y, además,
xxxxxxxxxx¡es tan interesante vivir
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxcuando se es colérico!

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EL MUSEO DE CERA DE HAMBURGO

Macizos de grandeza,
altivos y ramplones,
ceñudos ante el comunista ruso,
los Kürfürst alemanes.
Todos los presidentes
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxy cancilleres,
con multiforme vulgaridad,
miran sombríos
xxxxxxxxxxxxxxdesde su estirpe,
y su estirpe
xxxxxxxxxxes la ruindad.
Por haber mutilado a la vida,
por haberla retorcido
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxy aplastado,
los inmortalizaron aquí
o, mejor dicho,
xxxxxxxxxxxxxxlos cerificaron.
Entre engolados,
xxxxxxxxxxxxxxxgordos
y flacos monstruos malvados,
¿cómo estás aquí tú,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxSchiller?
¿Cómo estás aquí tú,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxMozart?
Deberíais estar
xxxxxxxxxxxxxxen prados luminosos.
Deberíais estar
xxxxxxxxxxxxxxentre flores del bosque.
A vosotros os siento
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxcomo a mis compañeros.
Y a todos los demás
xxxxxxxxxxxxxxxxxxcomo a enemigos.
Los enemigos me lanzan miradas asesinas,
pero no me molesta
disgustar a Bismarck
ni a Hitler, desde luego.
Veo entre ellos, sin embargo,
como a sombras fatídicas,
enemigos
xxxxxxxxxaún vivos
en figuras de cera.
Miren allí
xxxxxxxxcierto premier,
y un poco más allá
xxxxxxxxxxxxxxxxxaquel otro,
y este de aquí,
xxxxxxxxxxxxxtan poco ejemplar,
y este otro,
xxxxxxxxxxque tampoco es un ejemplo.
Pero sí, son ejemplos,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxsí,
pero ejemplos de lo vil,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxde lo falso.
Habría que traerlos hasta aquí,
a este museo de cera,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxarrastrándolos de las solapas,
ponerlos en su sitio a cada uno
y cubrirlos de cera.
¡Faltan en este museo
tantos sinvergüenzas!
Estamos hartos de su juego.
¡Basta ya de mentiras, canallas!
Ya hace mucho que ha llegado la hora
de cubrirlos vivos
xxxxxxxxxxxxxxxxcon cera.
Que les tape la boca.
Que les ate las manos.
Que se queden sin respiración,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxmuertos
como niños formalitos.
Yo me rebelo.
Llamo a todos
para arrancarlos de las tribunas
entre risas y silbidos del público.
¡Seamos
xxxxxxxxtodos
xxxxxxxxxxxxxmás coléricos!
A todos esos canallas ya es hora de arrancarlos
de una vez
xxxxxxxxxxcomo a clavos
de los sillones entre el regocijo de todos.
Ya es hora de colocar la colección
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxde sus jetas
en palcos iluminados
con focos potentes
como peces de colores en
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxestanques.
Ya es hora, en fin,
de librarnos de tanto cachivache.
¡Al museo de cera
xxxxxxxxxxxxxxxxcon los mentirosos,
con los sacerdotes del templo de la vergüenza!
¡Que la gente
xxxxxxxxxxxxalce
xxxxxxxxxxxxxxxxla voz!
¡Que nadie quede mudo!
¡Al museo de cera
xxxxxxxxxxxxxxxxcon todos los cabecillas
sin cabeza!
Y si alguien miente,
aunque mienta con mentiras nuevas,
vosotros
xxxxxxxxtapadle la boca con cera:
¡al panóptico,
xxxxxxxxxxxxal panóptico con él!
¡A trabajar,
xxxxxxxxxxabejas!
¡Nos hace falta mucha cera!

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TRES MINUTOS DE VERDAD

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxA la memoria del héroe nacional cubano
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxJosé .Antonio .Echevarría, cuyo .nombre
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxclandestino era «Manzana».

Vivía un muchacho llamado «Manzana»
con los ojos tan puros como un manantial
y el alma tan ruidosa
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxcomo una buhardilla
atestada de lienzos, guitarras y palomas.
Le gustaban las mazorcas de maíz,
el béisbol,
xxxxxxxxxlos niños,
xxxxxxxxxxxxxxxxxlos árboles,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxlos pájaros,
y, entre el enloquecido vaivén de la pachanga,
el azar de encontrar dos milagros con pestañas.
Pero en el muchacho llamado «Manzana»,
tan parecido a un niño, comenzaba a sonar
la campanilla de la severidad
ante la falsedad y la mentira.
Y la mentira en Cuba tenía muchas máscaras.
Bailaba en todos los salones,
y en el coche del presidente iba
sentada
xxxxxxxcomo ama y señora.
Hablaba la mentira por todos los periódicos.
Y desde la mañana, enfurecida,
mezclándose
xxxxxxxxxxxxa veces
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxcon el rock and roll,
la mentira gritaba
xxxxxxxxxxxxxxxxpor los altavoces
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxde las radios.

Y el muchacho llamado «Manzana»,
no por la gloria,
xxxxxxxxxxxxxxsino por bien de todos, simplemente,
para que toda Cuba supiera la verdad,
con sus amigos decidió ocupar la emisora.
Pistola en mano,
xxxxxxxxxxxxxxxapareció de pronto,
le arrancó a los cantantes el micrófono,
y fue su voz la voz de Cuba, del valor y la fe
diciendo a todo el pueblo la verdad.
¡Tres minutos tan sólo!
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxx¡Nada más tres minutos!
Y se escuchó un disparo…
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxDespués, sólo silencio.
La bala batistiana puso punto
a aquel discurso que no pudo terminar.
Y de nuevo, puntual, sonó el rock and roll,
y él,
xxxxya invencible,
él, que había dado su vida por tres minutos de verdad,
yacía con un rostro joven y feliz…
Me dirijo a los jóvenes del mundo:
cuando en algún país gobierna la mentira,
cuando la prensa miente sin descanso,
recuerda tú a «Manzana»,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxjuventud.
Así hay que vivir,
xxxxxxxxxxxxxxxsin divertirse inútilmente.
Ir a la muerte,
xxxxxxxxxxxxxdejando la vida cómoda,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxtranquila,
para decir,
xxxxxxxxxxaunque sólo sea tres minutos,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxla verdad.
¡Aunque sólo sea tres minutos!
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx¡Después, que venga la muerte!

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Evtuchenko, Evgueni. Entre la ciudad sí y la ciudad no (Trad. Jesús López Pacheco). Madrid; Alianza editorial, 1968.

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