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Posts Tagged ‘el país del miedo’

LA ILUSIÓN

 

(…) aunque nunca lo reconocería, aunque se diga a sí mismo que no es cierto, le inquietan, no le asustan pero sí le inquietan, los barrios con casas viejas y deterioradas, la ropa tendida en las fachadas, las paredes sucias de pintadas, la venta ambulante, las viviendas sociales, la gente que se sienta en las aceras o que canta por la calle, las familias gitanas, los perros sueltos, los coches desguazados que usan los niños para jugar, los vecinos impúdicos que se peinan en la calle o visten bata; todo eso que celebramos como popular, como expresión de vida, colorido, tipismo, pero que preferimos ver en postales, o desde el autocar descapotable que lleva a los turistas. Y por supuesto las zonas más condenadas, los barrizales ocupados por chabolas, que siguen existiendo en las ciudades aunque ahora queden ocultos a la vista por nudos de autopista, escombreras, muros cubiertos de vegetación, edificios de nueva construcción y todo tipo de decorados que tapan la miseria y extienden entre los vecinos la ilusión de que el chabolismo está erradicado.

 

 

 

Rosa, Isaac. El país del miedo. Barcelona; Ed. Seix Barral, 2009.

 

EL PAÍS DEL MIEDO

 

xxPero por encima de todos esos miedos pequeños, anecdóticos, autónomos, soportables uno a uno a condición de que nunca coincidan, está el gran miedo, con mayúsculas y letras luminosas, el Big One: el día futuro, sin fecha, ni siquiera seguro en su venida aunque esperable, el día del gran miedo, en que todas las amenazas, pequeñas o grandes, confluyan en un mismo momento y lugar, aquí y ahora, en una de esas ocasiones especiales que el destino nos depara, cuando el orden desaparece temporalmente por motivos excepcionales (una catástrofe natural, una revuelta popular, una guerra, un ataque extraterrestre, cualquier excusa es buena) y toda la violencia se descontrola y explota: llegan los saqueos de tiendas y almacenes, los asaltos a casas particulares, las bandas organizadas que se entregan al pillaje, las violaciones masivas, las cárceles abiertas, el incendio de las comisarías y los hospitales, la falta de suministros básicos, el apagón, el ruido, el estado de emergencia, las tranquilas familias encerradas en sus casas para resistir los ataques contra sus propiedades y contra ellos mismos, prisioneros de nuestra dependencia tecnológica y nuestra incapacidad absoluta para resolver sin ayuda las necesidades más básicas —encontrar comida y agua, calentarnos, comunicarnos, protegernos—; como una desquiciada fiesta de inversión, un carnaval terrorífico en el que nada es controlable y donde vale todo, día idóneo para los ajustes de cuentas pendientes, las venganzas aplazadas, las listas de fusilables que llevaban años amarilleando, el cumplimiento de deseos y apetitos que en otras circunstancias serían imposibles de satisfacer, la materialización de odios, la liberación de los instintos, bellum omnia omnes, los violentos como bestias desatadas, sin control ni represión, sin disimulo ni persecución, barra libre para todos —asesinos, torturadores, violadores, pedófilos—, los meros ladrones convertidos también en violentos para exigir su botín, asaltando hogares, almacenes, sucursales bancarias, ciudadanos; pero también aquellos que creemos inofensivos, los que no son habitualmente violentos ni delincuentes, los normales que pasean, trabajan y van al teatro y que de repente un día, bajo circunstancias excepcionales, se convierten en bestias, lo sabemos por lo sucedido en cada guerra, esos ejemplares padres de familia, vecinos educados y generosos compañeros de oficina que en una situación extraordinaria, empujados por la obediencia o la conformidad grupal, corroboran las conclusiones del experimento de Milgram, o el de Stanford, y se convierten en ejecutores, carceleros, enterradores, torturadores, violadores de proporciones balcánicas, ésos que hoy parecen dormir hasta que llegue el gran día, el gran miedo, la danza macabra, la pesadilla que todos temen aunque pocos podrían nombrarla, el monstruo que enseña las uñas cada poco tiempo (en una región devastada por la naturaleza, en una ciudad conquistada en guerra, en una revuelta por el precio del pan) para recordarnos que está ahí, que no duerme, sólo descansa, respira tranquilo a la espera de su prometida jornada de gloria.
xxCarlos cree que, aunque no lo formulemos, aunque incluso lo ignoremos, todos compartimos ese temor, esa conciencia de fragilidad de nuestra vida, de cómo en cualquier momento pueden venirse abajo las convenciones y restricciones, y desbordarse una violencia hasta entonces contenida, que tiene muchas y diferentes causas, tantas tal vez como ejercientes, como una reunión de millones de pequeñas violencias que, apoyadas unas en otras a la manera de miedos recíprocos, resiste como un dique hasta que algo lo agriete y fluya sin control. él recuerda bien, por lecturas o por memoria personal, muchos momentos en la historia, también en la más reciente, en que ese equilibrio milagroso se ha derrumbado, incluso en entornos tenidos como exquisitamente civilizados y donde una guerra, una protesta ciudadana que degenera, un desastre natural que aísla, resulta en episodios terribles. Y piensa si esa fractura periódica, que cada cierto tiempo nos refresca lo incierto de nuestra normalidad, no es otro mecanismo más del miedo: como esos episodios de violencia policial que cada poco nos recuerdan lo conveniente de temer a la autoridad, también esos momentos de descivilización nos advierten contra cualquier tentación insurgente: no rompáis nada que os acabará doliendo, no cuestionéis la realidad presente porque las alternativas siempre serán peores, las revoluciones generan caos, muerte, destrucción, virgencita que me quede como estoy.

 

 

 

Rosa, Isaac. El país del miedo. Barcelona; Ed. Seix Barral, 2009.

 

LOS MIEDOS SON ACUMULATIVOS

 

xxAprendemos a tener miedo. Existe toda una pedagogía que desde el nacimiento nos enseña a qué debemos temer. Hay miedos heredados, claro, inscritos en la información genética tras milenios de evolución, como los polluelos que al salir del cascarón ya saben distinguir el graznido de alerta, o los renacuajos que reconocen y evitan el hábitat de su predador antes de haber sufrido su ataque. En efecto, hay temores que parecen innatos, por ejemplo la oscuridad, un ruido fuerte, una luz cegadora, un rostro furioso que provoca el llanto de un bebé. Hay otros de transmisión cultural, asimilados, como memes que todos compartimos, que a todos inquietan por igual: ser encerrados, nadar en aguas profundas, ciertos animales de mala reputación, algunos insectos y reptiles, y muchos de los lugares del miedo en la ciudad y en el campo. Hay miedos atávicos, históricos, que acompañan al hombre desde hace milenios. Hay cosas que ya no dan miedo, que lo dieron antes, a generaciones pasadas. Hay miedos nuevos, aunque tan arraigados que parecieran haber estado siempre ahí. Pero la mayor parte de nuestros miedos, aquellos que nos acompañarán de por vida, son resultado de un proceso educativo, los aprendemos.
xxCarlos encuentra la mejor explicación en un cuento clásico: Juan sin miedo. El protagonista del relato, el pequeño Juan, no ha experimentado nunca el miedo, no sabe lo que es, no se asusta ante los fantasmas y amenazas que hacen huir a sus vecinos. Juan quiere saber qué es el miedo, y pide que se lo enseñen. Quiere, en efecto, aprender a temer, como su medroso hermano. Tal sería el caso de alguien que hubiese pasado toda su vida aislado, sin recibir información alguna, y cuyos miedos serían escasos, los básicos, los innatos ya comentados. A diferencia del protagonista del cuento, Carlos sí sabe lo que es el miedo, ha aprendido a tenerlo, ha recibido desde su infancia todo tipo de estímulos que han terminado por configurar su personalidad y enseñarle a qué debe temer. Algunos de esos miedos le permiten tomar precauciones, evitar situaciones de riesgo; pero otros le parecen exagerados, desproporcionados, por lo que supone que en su aprendizaje ha habido errores.
xxSu educación miedosa comenzó en la niñez, como la de todos, como la de Pablo. Piensa que los cuentos infantiles son una de las principales herramientas pedagógicas en esos años en lo que a miedos se refiere. Hay otras, claro: noticias que un niño no debería conocer, un fragmento de película entrevisto por descuido de los adultos responsables. Y hay también, piensa, un ambiente familiar en el que se transmiten los temores de padres a hijos, ese exceso de celo protector que hace que el hijo perciba el mundo como un lugar peligroso para caminar solo. Pero lo esencial en ese momento tal vez sean los cuentos, clásicos o nuevos, inventados o de autor, orales, leídos o adaptados al cine. Una versión infantil del mundo que actúa como transmisor de ideología y moral, que educa en determinados valores, que muestra como natural la forma de sociedad que habitamos, que nos construye una visión de la realidad nada inocente. Y de la misma forma que los cuentos infantiles perpetúan estereotipos y esquemas de interpretación, y nos hacen creer que el bien siempre triunfa, que el amor todo lo puede, que no hay barreras sociales infranqueables pues basta un golpe de suerte, un poco de magia o una demostración de audacia para que un sastrecillo se convierta en rey o una campesina en princesa; de la misma forma que los cuentos nos hacen sentir ternura por unos animales y aversión hacia otros, también nos construyen el miedo, actúan como ilustración de normas de comportamiento, reglas de supervivencia. No hables con desconocidos, por ejemplo, desconfía de los extraños, pues sus intenciones pueden ser aviesas: el simpático lobo que asalta a la niña en el bosque y cuya sonrisa disimula su propósito de devorarla; la viejecita que ofrece una sabrosa manzana a la que antes inyectó veneno; el vecino bonachón que promete una deliciosa merienda en su castillo de cuya mazmorra ningún niño sale jamás. Si llaman a la puerta y estás solo en casa, no abras bajo ningún concepto, y no te fíes de la voz dulce ni de la patita blanca y suave mostrada bajo la puerta. Obedece, cumple las reglas, cómetelo todo, no mientas, que a los niños malos se los lleva el coco, el hombre del saco, la bruja. Con toda claridad lo refleja la moraleja que Perrault coloca al final de la historia de Caperucita: «Aquí se ve que los niños, sobre todo las niñas, bonitas y gentiles, hacen mal en escuchar a toda clase de gentes, y no es extraño que haya a quienes se come el lobo. Los hay de carácter afable, sin ruido, sin hiel y sin fiereza, que afectuosos, complacientes y dulces, siguen a las jóvenes, hasta las mismas casas y ellas lo saben, ay, que esos melosos lobos son los más peligrosos de todos.»
xxTales enseñanzas, que en la infancia tienen un sentido instructivo a modo de lección a seguir, perviven en la edad adulta, adaptadas. La desconfianza ante los desconocidos, el miedo al extraño, al mundo exterior como una amenaza, no desaparece jamás, y las calles oscuras nos devuelven siempre a aquel bosque con lobo, de la misma forma que el último pederasta, el secuestrador de niños, es la enésima reencarnación del ogro que recorre las aldeas raptando chiquillos para luego devorarlos en su cueva; y a su vez el enfermo que se hace pasar por jovencita en un foro de Internet para concertar una cita con su próxima víctima es aquel lobo que engañaba a los inocentes cabritillos haciéndose pasar por su madre. Según crecemos, la educación del miedo continúa, aunque los materiales empleados serán otros: todo tipo de historias, reales o ficticias, que escucharemos, leeremos o veremos a lo largo de nuestra vida; noticias, relatos personales, ficciones literarias y cinematográficas, rumores, leyendas o pesadillas, que harán más grande el edificio de nuestro temor, pues cada nuevo ladrillo se coloca sobre los anteriores, los miedos son acumulativos, los viejos nunca desaparecen.

 

 

 

Rosa, Isaac. El país del miedo. Barcelona; Ed. Seix Barral, 2009.

 

NO ESTÁN PARA PROTEGERNOS

 

xxNos retiramos a recintos seguros, donde el miedo (…) aún no logra tirar la puerta. Nos refugiamos en el interior protegido, frente al exterior amenazado por la incertidumbre, por los otros, los desconocidos, los extraños. Buscamos techo y paredes, potente luz artificial, controles de acceso, derecho de admisión, vigilancia, cámaras. Así los centros comerciales, simulacro de calle a cubierto, de calle idealizada, donde encontrar todo lo que ofrece la vía pública —tiendas, bares, gente, entretenimiento, puntos de encuentro—, pero sin esas molestias que son propias del espacio urbano: sin pobres, por ejemplo, sin nadie que te suplique dinero o te espere a la salida de la boutique, sin mujeres con bebés en brazo que piden comida; y sin incertidumbre, sin desorden, allí dentro todo está regulado, todo es previsible, hay unas escaleras que suben y otras que bajan, la entrada y la salida están diferenciadas, las limpiadoras barren la basura apenas toca el suelo, los escaparates brillan bajo los focos y los guardias evitan que nadie moleste, que nadie escandalice, no se puede gritar, cantar, correr, manifestarse, es una calle ideal, aproblemática, limpia, limpiada. Nadie nos dará una paliza ni nos enseñará una navaja, confiamos en que los guardias nos defenderían, aunque sabemos que en realidad no están para protegernos, sino para proteger el recinto, el comercio, la mercancía, para protegerlo de nosotros.

 

 

 

Rosa, Isaac. El país del miedo. Barcelona; Ed. Seix Barral, 2009.

 

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