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Posts Tagged ‘el muro transparente’

DIRTY REALISM

 

DIRTY REALISM

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxRaymond Carver. In memoriam.

Raymond Carver relata. Escribe cuentos.
No del brillo letal que riza el oro
o pule la esmeralda —u otras piezas
de valor similar—.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxSu voz se adhiere
a lo que siempre tuvo
esa condena eterna de lo anónimo.
También de lo cercano:
el abismo y el vértigo —segura-
mente el vértigo más duro:
la soledad acompañada—
de unos seres normales:
vacíos personajes que devoran
su angustia en la hamburguesa
frente a un televisor que muestra astillas
de un mundo amurallado
junto a una carretera solitaria
en Minnesotta. Equivalente muestra
de lo que no muy lejos de tu casa,
a miles de kilómetros de aquéllo,
tristemente sucede.

Relata. Escribe cuentos.
El duro desencanto
de un divorciado frente al whisky
que lentamente mata, o el oficio
de un viejo y repetido oficinista
—una misma desidia, un mismo tedio,
una idéntica angustia ante la noche
repartida en el aire
del colectivo anonimato—.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxRosas
mustias, fragancias sin retorno, huecos
de luz confusa, calles sin salida,
cuerpos hacia el abismo
que solo se conocen por llevar en los ojos
un parcial anticipo de ese abismo.

Nacido en Oregón. En su paisaje
habita la grandeza de lo próximo.

Con un borde de asombro percibimos
su rara condición de americano.

 

 

 

Rico, Manuel. El muro transparente. Madrid; Ed. Libertarias, 1992.

 

CASA DE CAMPO

 

Las mañanas de invierno,
esas mañanas frías,
sin celaje, ni niebla, cuando el aire
es pura transparencia y los objetos
despliegan su forma y colorido
con la violencia propia
del desnudo absoluto, extienden
por la Casa de Campo un anticipo
del tiempo posterior, una avalancha
de lo que el viejo marzo
nos dejará en la mano cuando arribe.

Respiramos la luz. Hacemos propia
la duda que se arrastra
en los ojos gastados de esa joven
que, con medido ritmo, avanza
alrededor del lago, busca acaso
tu rostro entre los árboles.

Probablemente sea
el chandal amarillo, el salto leve
de los senos ocultos e intuidos
—oh vaivén reiterado
de lo abundante, tenso e inmaduro
que su carne delata—,
el hueco donde habita
lo que te identifica con su duda.

Es la Casa de Campo
de la fría mañana de febrero.

 

 

 

Rico, Manuel. El muro transparente. Madrid; Ed. Libertarias, 1992.

 

CHAQUETA DE PANA

 

CHAQUETA DE PANA

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx«Grandola, vila morena
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxterra da fraternidade…».
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxXose Afonso

xxxxxI

No raída. Si acaso
un brillo matizado en las coderas, restos
de una hierba inicial, tenues señales
de tabaco de pipa, tal vez briznas
de un pétalo anterior, aquel que supo
a Portugal y a nube, a beso urgente,
quién sabe si a domingo, a tarde plana
y a papeles exhaustos, derribados
sobre el puro escritorio adolescente.

Abandonada.
xxxxxxxxxxxxxSometida
en la quietud de sombra del armario
a la muda pasión de la polilla, vieja prenda
por fin acostumbrada al pozo informe
que nutre el aposento del olvido.

 

xxxxxII

La hueles a traición y con urgencia.
Como si un voyeur, tras la cortina,
pudiera sorprenderte en ese acto
y azuzar los caballos de la culpa
al gesto o tentación que es un instante.

La hueles. Tocas
el brillo frío de su forro ajado.
De súbito, a ti acude
un extraño temor, rondan preguntas
por tu mente vencida, por tus ojos
cazados por la luz deshabitada
de la humilde chaqueta que hace tiempo
dejó de ser costumbre.
Y te asedian. Te cercan las preguntas.
Te someten.

 

xxxxxIII

¿Qué buscas? ¿Qué gozo o qué desaire,
qué traición o qué manos, qué perfume
o canción, qué golfería
intentas retener mientras contemplas
su tono de melaza algo apagado
por tiempo y abandono?

¿Qué preside tu sed?
¿Qué incierta geografía, qué canto entre la hierba
de los años tempranos,
qué perdida pasión entre sus hebras
te conduce o te acampa
en sus proximidades?

¿Qué gesto colectivo, qué mañana bebida
con cerveza, qué amenazada noche,
qué maraña de asombros y de hazañas?

 

xxxxxIV

Todo un tiempo resume: aquel que crece
en el turbio portón que derribamos
sólo un poco. El que tuvo un clavel,
mustia materia a pesar nuestro,
en la solapa. El que compuso
un horizonte de imperfecto vuelo.

Oh símbolo del viento derrotado.
Oh chaqueta de pana sorprendida
entre ropa de desuso y viejos discos.

 

 

 

Rico, Manuel. El muro transparente. Madrid; Ed. Libertarias, 1992.

 

EL MURO TRANSPARENTE

 

EL AZAR ESPERADO

Si, por azar, me tocas.
Si tus dedos encuentran el abismo
de mi piel cuando el último
cigarrillo del día nos revela
la senda oscurecida de la cama,
ten la certeza, dama irresponsable,
de que habrás desbocado
la feria del instinto,
de que el paso inmediato de mis manos
será buscar el límite inseguro,
la frontera adorada
que tu duda dispone por la ingle
hasta desbaratarte.

 

 

 

 

TINTA Y PIEL COMPLEMENTARIA

En la tinta se arriesga
el acierto o la luz de la palabra.

Cuando la voz se prende o se obsesiona,
baja al papel movida por tu mano,
tórnase en escritura,
nada tiene remedio. Es tuya, propia,
tan sólo parcialmente.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxAsí tu carne,
es invento feraz que adquiere cada día
el brillo peculiar que precipita
sobre tu cuerpo tembloroso la nevada
de mínimos detalles, quién sabe si insolencias,
nacidos en el piélago cansado
del crepúsculo.
xxxxxxxxxxxxxxxAsí tu carne,
flor extensa, sometida
al maleficio torpe de mis manos,
es tuya
tan sólo parcialmente, en la medida exacta
que la caricia ordena,
ese afán prodigioso
—teñido por la magia del cointreau
y por la voz quebrada de Brassens—
de hurgar tus curvaturas poco antes
de salir a la calle a conocernos
más allá de la piel investigada
con pasión en el blando territorio
que habita en los divanes.

 

 

 

 

AMOR EN AUTOMÓVIL

El coche detenido,
isla o cala o desierto,
como un vagón inútil
bajo asedio de estrellas.

Tus muslos,
ah remanso de fiebre voluntaria,
a su luz sometidos, a la sed
de la inexperta mano que despieza
la euforia no esperada
de un amor descubierto en el tumulto
de la noche.
xxxxxxxxxxxxxBuscábamos
la oscura soledad de las afueras
—carreteras desiertas,
antiguas estaciones, descampados,
dunas donde el prodigio del contacto
sembraba de parejas no visibles
la bruma ilimitada, el territorio
de la provocación oscura, acaso
la vieja latitud
donde pasión y urgencia se articulan
en el procaz reverso
de la ropa interior investigada
con loca obcecación—.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxBuscábamos
la magia de la bruma para hacernos
algo más dioses,algo
más libres, algo más insolentes.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxFértil
candil de aceite largo, vieja
y tenaz vocación que nos alumbra,
a pesar de los años transcurridos,
en el fuego y el agua del presente.

 

 

 

Rico, Manuel. El muro transparente. Madrid; Ed. Libertarias, 1992.

 

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