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EL DIOS

diciembre 14, 2016 Deja un comentario

orientalita

 

EL DIOS

Eras como una fanática religiosa
Pero sin dios — incapaz de rezar.
Querías ser escritora.
¿Querías escribir? ¿Qué había en tu interior
Que necesitase contar su historia?
La historia que precisa ser contada
Es el Dios del escritor, el que emergiendo del sueño
Te pide de un modo inaudible: “Escribe”.
Escribir ¿qué?

Tu corazón, en medio del Sahara, rabiaba
En su vacío.
Tus sueños estaban vacíos.
Te reclinabas sobre tu escritorio y llorabas
Sobre el relato que se negaba a existir,
Como sobre una plegaria
Que no pudieses elevar
A un Dios inexistente. Un Dios muerto,
Con una voz terrible. Sí,
Eras como uno de esos ascetas del desierto
Que te fascinaban,
Agostándose en su torturadora
Vacuidad sin Dios
Que les absorbía los geniecillos de las yemas de los dedos,
De las suaves motas de los rayos del sol,
Del rostro en blanco de la roca.
La oración amordazada acerca de su esterilidad
Era un Dios.
Igual que tu pánico al vacío — un Dios.

Tú le ofreciste tus versos. Primero
Pequeños viales del vacío
En el que tu pánico vertió sus lágrimas
Hasta que éstas se secaron, dejando un rastro de espectros cristalinos.
Costras salinas de tus sueños.
Como el sudor rocío
En algunas piedras del desierto, después del alba.
Oblaciones a una ausencia.
Pequeños sacrificios. Muy pronto

Tu aullido silencioso horadando la noche
Devino él mismo una luna, un ídolo ardiente
De tu Dios.
Tu lamento acarreaba su propia luna
Como una mujer un niño muerto. Como una mujer
Asistiendo a un niño muerto, inclinándose para refrescarle
Los labios con las yemas de los dedos humedecidos en lágrimas,
Así te asistía yo, que asistías a una luna
Humana pero muerta, marchita, y
Que te quemaba como un montón de fósforo.
Hasta que el niño se agitó. Su boca se agitó.
Tu pezón rezumó sangre,
Un gotero de sangre. ¡Nuestro momento de dicha!

El pequeño dios subió volando al Olmo.
En sueños, con los ojos vidriosos,
Escuchaste sus instrucciones. Al despertar,
Tus manos se movieron, y tú las observaste consternada
Como si estuvieses realizando un nuevo sacrificio.
Dos puñados de sangre, de tu propia sangre,
Y en ella algunas gotas de mí,
Envuelto en el tejido de una historia que en cierto modo
Había nacido de ti. El embrión de una historia.
Tú no podías explicártelo ni saber quién
Comía de tu mano.
El pequeño dios profería de noche en nuestro huerto
Algo que era mitad rugido, mitad risa.

Tú lo alimentabas por el día, bajo la tienda de campaña de tu pelo,
En tu escritorio, en tu secreta
Casa de los espíritus, susurrabas,
Tamborileabas en tu pulgar con los dedos,
Sacudías las conchas de Winthrop convocando sus voces marinas,
E incluso me diste una efigie — una hoja de salvia
Prensada en una biblia luterana.

No podías explicártelo. Tu mundo onírico se había abierto
De golpe, derramando su oscuridad sobre ti, como un perfume.
Tus sueños habían hecho estallar el ataúd que los confinaba.
Cegado, encendí una luz.

Y desperté cabeza abajo en tu casa de los espíritus
Moviendo unos miembros que no eran los míos
Y contando, con una voz que no era la mía,
Una historia que ignoraba por completo,
Mareado por el humo
De aquel fuego que tú avivabas, preservabas,
Aquellas llamas que yo mismo había prendido sin querer
Y que el chorro de oxígeno del conjuro
Que tú susurrabas tornaba blancas.

Alimentaste aquellas llamas con la mirra de tu madre
El incienso de tu padre
Tu propio ámbar y las lenguas
De fuego contaron su historia. Y de pronto
Todo el mundo sabía todo.
Tu Dios olisqueó el hedor a grasa.
Su rugido resonó como el horno de un sótano
En tus oídos, un trueno en los cimientos.

Entonces, en un arrebato de furia, llorando, escribiste —
Tu dicha, un danzarín en trance,
Entre el humo de las llamas.
“Dios habla a través de mí”, me aseguraste.
“¡No digas eso!”, grité. “¡No digas eso,
Que trae muy mala suerte!”.
Pero me quedé allí sentado, con los ojos abrasados,
Mirando cómo todo se consumía
En las llamas de tu sacrificio,
Las mismas que finalmente también a ti, también a ti
Te atraparon, desvanecieron, hicieron explotar,
Las llamas
De la historia de ese Dios
Que te abrasó y abrazó
A tu Mami y a tu Papi —
Tu Dios azteca de la Selva Negra,
El Dios del eufemismo Dolor.

 

 

 

Hughes, Ted. El azor en el páramo (Trad. Xoán Abeleira). Madrid; Bartleby editores, 2010.

 

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