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HISTORIA DE UNA CAMARERA

 

LA NOCHE DE VERANO

Cómo he cambiado en estos últimos años,
qué feliz soy por haber cambiado tanto,
cómo me gustan todas las grandes ciudades de la tierra,
qué poco me importa que todo muera,
qué poco me importa que agonicen las estrellas,
cómo me acuerdo de quién fui y qué contento estoy
de saber cómo era entonces y de qué manera amé
y viví, cómo me gusta que me besen las mujeres hermosas,
que toquen mi cuerpo con libertad como yo toco el suyo,
cómo me alegro de haber leído a Catulo a los catorce,
a Rubén Darío a los dieciséis, qué bonitas son las playas
en las que dormí de joven, qué dulce era aquella adolescente
que besé por primera vez, todo irá al reino de Dios
y allí gozaré de nuevo, y si no fuese así, qué poco
puede importarme, porque la vida al fin era eso,
la vida era un secreto, una gran alegría, la vida misma era
más de lo que pensamos es la vida, mucho más,
pero había que darse cuenta, había que saberlo muy bien.
Era demasiado grande y lo sigue siendo, demasiado perfecta
es la vida, un dinero incalculable, grandes fincas, grandes
posesiones en América, en Asia, en París, en Roma y en Berlín,
pisos nuevos y pisos viejos en el centro, rehabilitados,
joyas, cuadros, automóviles de museo, caballos,
casas y castillos en todas partes, fortuna tras fortuna
amasadas a lo largo de la historia, duele que la vida sea
tan formidable, duele que la vida sea tan inteligente.
La vida entera es nuestro hospital, la palabra perdida.
Así yo gozo del sueño, de la comida y del viento,
del viaje y de la playa, del árbol, de la navaja
que hundiré en mi corazón, de las calles,
de los mendigos, de las azoteas donde revolotea
la ropa tendida, de los fuegos artificiales
de la fiesta de un pueblo de mala muerte,
de un río que no cubre sino hasta los tobillos
y tienes que luchar con las piedras para poder gozar
del baño, de una furgoneta abandonada en mitad de un camino
con todas las ruedas pinchadas y los cristales rotos,
y dentro de ella me gustaría hacer el amor conmigo mismo.
Adoro mi pasado, adoro lo que fui, sé plenamente lo que fui,
conocimiento de causa tengo de lo que fui y lo adoro,
y adoro lo que seré mañana y me adoraré eternamente,
mientras sea posible que un hombre adore la vida tan adorable.

 

 

 

 

HISTORIA DE UNA CAMARERA

Encima de la cama estoy, sin sueño, está amaneciendo en Cádiz,
se oyen gaviotas trayendo el nuevo día, que yo no sé si viviré,
porque tengo ganas de morir, y llaman a la puerta, y es el servicio
de habitaciones, que me trae un desayuno delicioso: pruebo
un poco de todo, y he salido desnudo a recibir mi bandeja,
y una camarera veinteañera se ha ruborizado, es la playa y el mar,
le he dicho con acento francés, fingiendo ser un turista,
y ella iba tan guapa con su bata azul, y tan limpia y tan mona,
y cómo se le notaba lo bien que había dormido; ven, pasa,
le he dicho, enséñame el color de tus bragas y te daré diez
billetes, sólo quiero saber de qué color son y tal vez si están
ya un poco viejas, cuánto te pagan en el hotel, enséñamelas
y luego te dejaré mi cartera y coges lo que te dé la gana.
Está bueno el café, el cruasán lleva miel y las frutas están
maduras, y ella ha puesto una pierna sobre la silla y se ha subido
la falda y no llevaba bragas, me ha enseñado su culo,
su precioso culo de camarera y se ha reído un buen rato,
y casi me ha apetecido tocarle el culo pero para qué hacerlo,
para qué acariciar una bestia salvaje como ésta que se esconde
bajo la apariencia de una inocente camarera, con ver
el capricho de su ausencia de bragas, su descaro virginal,
su carne dulce y su muslo firme, el vello suave, ordenado, me basta,
y le he dado un cheque de cien billetes porque pensaba
morirme esta mañana, pero la sorpresa de que mi camarera
no llevase bragas, ni rojas ni negras ni blancas, me ha devuelto
el interés por la vida, porque la vida es una inacabable fantasía.
Me despido de ella y le digo lo que el espectro del padre
de Hamlet a su hijo “recuérdame” y pongo voz grave y teatral,
y ella me sonríe de nuevo, y se va contenta con su pequeña fortuna.
Y otra vez vuelvo a ser feliz, y dejo el café con leche y las tostadas
y me pongo ginebra en el vaso del zumo de naranja, y ya hace calor,
y miro el mar desde la terraza de mi habitación, y me afeito
y me ducho, y paseo desnudo por la habitación, y bebo más,
y me pongo un exquisito traje de verano, y salgo a la calle.

 

 

 

 

COSTA DORADA

Me acuerdo de las francesas y alemanas desnudas sobre la arena
de la playa, esos culos duros, de gimnasio, el pelo corto y rubio,
la ingle depilada, el marido cabrón que se baña con un patín alquilado,
las hijas del matrimonio moviendo preciosos senos al aire, y el encargado
del alquiler de los patines empalmado por culpa de la madre y las hijas.
“Estas guarras no pueden tener bastante con un solo hombre,
se dice, así que tú a esperar a que te llamen, y si no llaman
ya me dejaré caer por ahí, marcando el buen paquete que me dio mi santa madre”.

¿Qué tienes contra Dios, contra la vida, contra la felicidad,
contra el cuerpo, contra el placer, contra la belleza?

Ahora me acuerdo del mes de julio, del joven verano que prometía
el tiempo sin armas, el mediodía abierto, la luna concedida.

Los hombres tienen tiempo y pensamiento,
las montañas, los árboles, el mar no tienen nada.

Me acuerdo de la joven pelirroja, acurrucados los dos en una toalla,
en la noche del mar, jodiendo como profesionales en un escenario.
Y luego la piscina del hotel, la ducha, el pollo con patatas fritas.
Un libro de Bernhard sobre la mesilla, el austriaco que odiaba
a Austria, mucho whisky, mucha cerveza helada,
y me acuerdo de un fin de semana en París, jodidamente caro
dijiste en el avión, en julio de hace
diez años, borracho, desnudo en el pasillo del hotel pidiendo
un cruasán recién hecho para la bestia de mi amante,
que estaba duchándose, meándose de risa en el bidé,
y aquí no hay metáfora, sino apunte realista, estendhaliano
o galdosiano, pies con las uñas rojas, el culo sobre la loza,
las piernas bien abiertas, y el agua saliendo.

No me olvido de la obra de Dios sino que la contemplo
desde la tentación y el gozo, desde la promiscuidad y la pesadilla,
desde el instinto y la flor de santidad, desde la violencia, la santa violencia.
Desde la extravagancia que da la edad y el salario mínimo.

Dos jóvenes, en un banco del parque, junto a una playa,
despiden agosto amándose con maneras de época y de película.
Cualquiera podría verlos, y esto regala más barro a su deseo,
cualquiera podría ver el culo del chico, arrastrando
el vaquero con los pies, bien amorrado
entre las piernas de su novia, las tetas pequeñas
de una veinteañera con un tatuaje en un pezón,
la desafiante voluntad con la que joden,
esa voluntad de joder, de morder y de meterla a mala fe,
cuando se tienen veinte años, me enamora a mí también.

 

 

 

Vilas, Manuel. El cielo. Barcelona; DVD ediciones, 2000.

 

EL NADADOR

 

EL NADADOR

Se acerca un árabe negro en mitad de una terraza frente al mar.
Aún tiene la piel mojada, viene de bañarse y se sienta a mi lado
y me dice en un español envidiable, y en un tono secreto y sonoro:
sabes, no tengo nada, no poseo nada, y podría haberlo tenido todo,
los hombres se distinguen por lo que ambicionan: unos quieren
dinero y poder, otros renombre y méritos, triunfar, el éxito,
otros hombres buscan placeres, otros un trabajo honesto y fundar una familia,
otros ahorrar para cambiarse de coche, otros quieren divorciarse y casarse
con alguna más joven, pero yo, créeme, sólo quiero hablarte a ti,
que tú sepas por mi boca que todo es mentira, que hasta el arte
y la música son mentira, que hasta el aire que respiras es una mentira,
y de eso me he dado cuenta ahora, cuando salía del agua;
he estado toda la mañana en el mar, fíjate cómo tengo las manos
de arrugadas, he nadado hasta muy lejos, y luego he vuelto, me podría
haber quedado allí, pero he vuelto y al salir del mar, cansado,
triste, te he visto en esta terraza y he mirado tus ojos
y me has dado pena porque sé que estás completamente solo,
que duermes solo, comes solo, bebes solo.

¿Qué más viste allá, cuando estabas en mitad del mar, después de haber
nadado toda la mañana?, le pregunto. Y me contesta:
ya te he dicho que podría haberme quedado allí, muerto o vivo,
ahogado o convertido en una ola de sangre, vi que muerto
importo lo mismo que vivo, y vivo lo que muerto,
y en ese instante, me vinieron a los ojos los ojos de mis padres
el día en que nací, y me sentí muy libre, demasiado libre.
Pero si quieres saber lo que me dijo el mar, bien, esto es lo que me dijo:
“Ninguno de entre vosotros fue mejor que otro y todos moriréis.
Todos carecisteis de la mínima grandeza, ni uno sólo
de entre los vuestros fue excepcional, todos valéis lo mismo”.

El árabe negro se levanta de la silla y se marcha. Yo pido una ginebra
con hielo y limón y bebo hasta que llega la noche, casi en ayunas.
Borracho, terriblemente borracho pido la llave de mi habitación
en la recepción de mi hotel, estoy muy mareado, salgo a la terraza
de mi habitación frente al mar —me costaron tarifa doble las vistas al mar—,
y me entran unas dolorosas ganas de joder con tres mujeres juntas:
será que me estoy muriendo en medio del mar, pero, en efecto,
todas las instituciones de la tierra son una enervante mentira,
como el moro negro me dijo, aunque no me revelase lo peor.
Lo peor, sin duda, es que da igual, porque todo el mundo cree
firmemente en la mentira. Puede que los únicos que no creamos
en ella seamos él y yo, él en el agua, seis horas nadando,
como en la película aquella El nadador, de piscina en piscina,
de playa en playa, yo, bebiendo, de hotel en hotel, ginebra tras ginebra,
los dos completamente solos, ¿quién nos iba a querer,
si no creemos en nada, si estamos obsesionados con lo que fuimos,
pensando que en lo que fuimos se esconde la razón de esta falta de fe?
Ojalá no nos quiera nadie, y podamos seguir nadando, porque nadar
es bueno, porque nadar en el mar, en el mes de julio, es muy hermoso.

 

 

 

 

MALLORCA

Yo también estuve en Mallorca y compré la entrada de la Cartuja
de Valldemosa y me fui —gratis— a la tumba de Robert Graves,
que eligió España como quien elige una cubertería para la boda
de unos parientes lejanos.

Chopin y la viciosa de su novia anduvieron por aquí con pijama
de invierno, no se tocaron un pelo, ni soñaron los millones
de turistas que a Mallorca vendrían cien años después.
De haberlo sabido hubieran comprado media isla.

El mar confunde al atardecer, pues me devuelve héroes de la antigüedad,
de mi pasado, y me veo con barbero en un recreo de los Padres Escolapios,
me veo haciéndole el amor a una china, que me pagó un camarada del ayer.
Me veo trabajando de albañil para pagarme los estudios
que, claro está, no me sacaron de pobre.
Me veo con los ojos llorosos cuando supe que Anabel, mi novia
de los quince años, murió en la carretera, estampada contra un camión,
y toda la clase asistió al entierro y ella quedó allí, en su penumbra,
en su mala suerte, en el robo o rapto de su vida. Ya no gozaría
de lo que yo iba a gozar, y el mar de la existencia nos separó para siempre.
Ella quedó muerta, y yo vivo, ella paralizada, yo creciendo como un árbol.
Sus ojos eran como lilas, ella se fue al gran reino de la nieve
enterrada en la tierra, nieve dentro de una tumba que no se deshiela,
y yo me quedé por aquí, por las calles, por las tiendas y los bares.

Alquilé un Ford K con aire acondicionado y me fui a Porto Cristo.
Estuve toda la tarde en el agua, y me hervía la piel, y no podía
calmar ese calor, y salí del agua y bebí ginebra con hielo
y pagué una cuenta de ochenta mil pesetas, estuve bebiendo y comiendo
mejillones de roca y doradas y almejas y langosta,
hasta que se hizo de día, y luego, con arena en los ojos y en los labios,
nadé hasta el horizonte y vi mi piel arder y era el mes de julio,
eterna nube de verano, cómo me gusta que vayas sin bragas,
que te sientes en la mesa del hotel, morena y dichosa, medio desnuda
de cintura para abajo, que comas la ensalada ilustrada
sabiendo que debajo del vestido está lo que a Pedro Salinas tanto entusiasmara
y no supo muy bien cómo llamar sino usando lo de siempre: las metáforas.

Y mañana te vas a Nueva York y me dices que no me olvidarás nunca
y las dos cosas son ciertas, y para eso sirven desde siempre las playas de España.
Vuelves a tu trabajo de azafata en las tiendas de Carolina Herrera de Manhattan.
Nueva York es un sitio con quince millones de rostros, perderás el bronceado,
colgarás el póster de las Cuevas del Drac y esconderás la fotografía
que me hiciste en mitad de la arena, cuando dijiste que la tenía
como el Faro de Alejandría. Yo no tengo dinero para ir a Nueva York,
lo gasté todo en una semana en Mallorca, yo soy un señor de la península,
yo sólo tengo lo justo para mandarte esta postal del cielo, como dijo otro poeta.
Y tú, como todas las Navidades y en señal de memoria,
desde América me mandas un lote completo
(gel, colonia, after shave) de Carolina Herrera for men.
Y no sabes lo bien que me viene y lo mucho que me dura.

 

 

 

 

EL BOSQUE DE LAS HAYAS

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx(Valle del Aspe, agosto del 98)

Dios dio a la clase media el buen tiempo y el verano
para que gozasen del baño, del agua y de la luz,
como esperanza y anuncio de un futuro inigualable,
superior al esplendor y el gobierno de los tiranos.
La vida y España siempre estuvieron llenas de tiranos.

Así llegaban los obreros y los empleados a la orilla del mar,
del río o del lago, con sombrillas y hamacas baratas,
con la comida hecha en casa, con la bebida en la nevera
portátil, con las sandalias nuevas, con las flores del gorro
de agua, con el periódico, el cigarro, y el bigote sobre el labio.

No quiero seguir escribiendo poesía. No creo en ella.
Es una dedicación de cobardes, de legisladores menesterosos.
La poesía dejó de servir a la vida para servir a la historia
de la poesía, una vieja tentación de los hombres,
un ridículo aburrimiento, un vaso vacío en la medianoche.
Me paso la vida comprando navajas.

Me miro en el espejo del hotel Bernadette,
voy vestido de blanco, con corbata de seda,
como un comulgante, con el rosario y la cruz
en las manos, telúrico, claro, exaltado y ni siquiera
son las once de la mañana y ya he bebido
con indebida abundancia, mano fastuosa en la botella.

Me miro en el espejo sucio del hotel Sahara Inn,
en Marraquech, la moqueta roja del suelo es casi sangre,
las toallas no quitan el sudor de los cuerpos,
y el agua quema y está contaminada.

El bosque de las hayas está ofendido y me acuerdo del pasado.
En el bosque de las hayas busco frambuesas y arándanos.
Quisiera estar aquí, sobre la tierra, como están las hayas,
los robles, los serbales y los abetos blancos.
Los árboles son como los muertos.

Mi pasado es un río, un molino, una navaja, una caña de pescar.

 

 

 

Vilas, Manuel. El cielo. Barcelona; DVD ediciones, 2000.

 

ROSARIOS Y NAVAJAS

 

ROSARIOS Y NAVAJAS

Hice un viaje a Lourdes, Francia, en julio del noventa y ocho,
fecha radiante, días de cerveza helada y de amantes pobres
en la carretera de París.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxEn Lourdes no hay casinos
sino decenas de hoteles para peregrinos que rezan y piden,
como yo,una vida longeva, salud a raudales y un error
de la Virgen que otorgue al pecador irreverente la curación de su alma,
o de su cuerpo, o de ambos a la vez, juntos en platónico matrimonio.

Lourdes es el gran comercio de los templos,
se venden rosarios y navajas, suvenires desdichados,
vírgenes azules, espejos bifrontes que simulan
la encarnación del espíritu con un mal gusto clásico
y con un misticismo de tómbola española,
mantos, oraciones, plegarias, agua bendita y toda la colección
de cuchillos de la famosa marca “La main couronnée”,
y un adhesivo horrible del “Tour de France”.

La mano se corona con un rosario o con una navaja.
Vi muchos curas con sotana, curas jóvenes, atractivos,
y curas africanos, que ya son muy frecuentes: ese cura negro,
con gafas de pasta, ilusionado, con belfos duros
como la mirada martirológica de Cristo,
cura negro al servicio del delirio religioso del invasor blanco.
Los sacerdotes negros siempre han renovado mi fe en Roma.

“Tal vez haya hoy un milagro”, comentaba alguien en español
del Sur de América, tierra milagrera y harapienta.
Y a las siete en punto comenzó el desfile de sillas de ruedas:
canadienses, ingleses, italianos, franceses, polacos, rusos,
todo un mundo rico, lisiado y meditabundo, buscando aquí
la última fuente sin fundamento es el rigor de nuestra raza.

Cené en Mc Donald’s, porque en Lourdes hay Mc Donald’s,
una buena hamburguesa con patatas fritas, y un vaso
de cocacola con hielo, treinta y cinco
francos, comí al lado de monjas, postulantes, novicias y creyentes.
Yo, un hombre solo, una mano en la hamburguesa,
en la otra una patata larga y amarilla, fina y quemada,
un turista absurdo, un tipo que viaja
a los confines morales de este mundo blanco: la mano se corona
con un rosario o con una navaja, tal vez con las dos cosas juntas.

En la habitación de mi hotel, con vistas a ese río de aguas verdosas
con olor a incienso —en Lourdes todo es olor a incienso, a la más despiadada
enfermedad, a romanticismo conservador, a siglo diecinueve,
a las páginas de Chateaubriand, a sacristía con tinieblas doradas,
a pecado y a éxtasis, a faja de monja de la talla más grande,
a sostén de novicia de la tela más áspera,
a sotana sudada, a sandalia de fraile,
a tortilla y merluza hervida,
a camas que, al abrirlas, exhalan olor a muerto,
a todos los muertos, a todos los Santos—,
extiendo sobre la cama húmeda lo que he comprado en esas tiendas
que se parecen tanto a las de la Costa Dorada de España:
un rosario brillante y barato, y una navaja “La main couronnée”,
la que corona la colección, la más vistosa,
la más larga, la más ancha, la más cara,
la que se ha llevado mis últimos doscientos francos.

Dicen que el engañado hace descender todo su infortunio
de un arquetipo repetido y gastado, de un solo rostro;
el rostro de uno mismo, añadiría yo, visto a lo largo del tiempo,
la pesadilla de estar vivo, la feliz pesadilla de la vida muy amada.
Ojalá cuanto me causó pena y sacrificio se convierta en Dios mismo.

Abro el balcón del hotel “Bernadette”,
un balcón blanco, cuyos postigos predicen una canción de despedida,
y me acuerdo de todo lo que he sido y no sé adónde viajaré mañana,
cuando esta noche de agosto iguale mi oración y mi deseo,
porque yo también me extingo, demasiado sé que me extingo,
pero esta voluptuosidad malsana, media, cansada, monástica,
de robar el aire y la santidad de lo que arde y es vida,
y esta ciudad que postula y duerme de rodillas,
y esta esencia maquiavélica del Cristianismo y de los ídolos,
esta liturgia  de navajas y rosarios que morirán conmigo,
y este whisky que bebo maniáticamente mientras el alba crece,
y estas punzadas en el corazón, me dicen que todos mis pecados,
mis malas artes, mi pequeña avaricia y mi contumaz sacrilegio,
el ídolo que hubo en mí y se esfumó como un traidor confeso,
el dolor, mi dolor, mi pena antigua, cansada, distinta,
estos días, estos años, de pueblo en pueblo, solo, soñando,
viejo de sotana raída donde las flores del mundo cuelgan miserablemente,
y a veces no tan miserable sino divina o dichosamente,
estos años viajando por Aragón, con la mirada de Iván el terrible,
todo este tiempo se ha hecho, finalmente, bueno, puro y noble,
o majestuoso y cándido, muy bello, muy frío y muy Ulises
tentado por sirenas de culos grandes y bocas negras;
y con la conciencia de un hombre que ha bebido
demasiado para una velada solitaria, me tumbo sobre las sábanas,
desnudo como una reciencasada en su noche de bodas.
Y es el mes de julio, y aún es el verano más fuerte de mi vida.

 

 

 

 

MACBETH

Esta mañana he embarcado en el Ferry que va a La Gomera
desde Santa Cruz de Tenerife, me he sentado en la terraza
de cubierta y he empezado a beber Campari y a comer olivas rellenas,
y al rato ya estaba completamente ebrio, una escocesa
sucia y pintada, de unos cuarenta años, con un escote duro,
enseñándome sus hermosos pechos negros y hermanos,
se ha sentado a beber conmigo; es una estudiante de español
de la Complutense de Madrid, me ha dicho, y ha sacado la lengua
de su boca para decírmelo, ¿dónde está Escocia?, le he preguntado yo,
¿dónde está tu verga?, me ha contestado ella; hemos pasado
del Campari a la ginebra blanca, y tras un rato le he dicho a la escocesa
en un español inspirado, del que no habrá entendido nada:

Santo es todo cuanto está bajo las aguas,
desde el buque hundido hasta el pendiente de bisutería,
que cayó al mar en un amoroso descuido.

También el libro de mi vida está bajo las aguas,
sostenido por un hechicero de herrumbre,
entre peces y corales, algas y oscuridad.

La escocesa se reía y se ha quitado las bermudas
y se ha quedado con las bragas puestas como si fueran
un biquini, quítate las bragas le he dicho, vámonos de cubierta,
quítatelas, y se las ha quitado, y en un rincón del barco,
en un cuarto pequeño donde había ropa de trabajo y un cubo
sin agua, hemos fornicado como dos borrachos sin escrúpulos,
pero con suerte, que atinan a meterla y menearse con pericia,
después, he cogido sus pendientes y los he tirado al mar,
ella ha cogido mi cartera y me ha dicho eres un hijo de puta,
esos pendientes eran de oro y valen diez vergas como la tuya,
y ha sacado de mi cartera los diez billetes que guardaba para comer
solo en la isla, y tomarme una ginebra en algún garito de la playa.

El reino de Dios está adornado con las joyas de oro
que los mejores hombres llevaron hasta Él,
he fumado mucho esta noche y toso, voy de tasca
en tasca, y ya sólo hay cerveza caliente en los garitos del amanecer,
pareces un cura rebotado o un pringao, me dice alguien que me escucha.

Lejanos y marchitos, los héroes abandonaron el cielo y la tierra,
su lejanía hace que mi vida sea triste, su abandono es mi abandono.
Yo crecí con ellos, niño que espera en un balcón sobre el río, o nadando
en el mar, en vísperas del mar de julio, y les oía venir, y no vinieron.
Les oí hablarme, y no me hablaron, les oí amarme, y me olvidaron.

El mar acepta mi vulgar regalo de unos pendientes de oro
en honor de los siglos que ha permanecido solo,
acepta que yo me acuerde de él un momento.
La vida se quemó, no puedo estar enamorado siempre, no quiero nada.

La noche de las estrellas, la ballena albina,
el siglo diez antes de Cristo, una choza en medio del mundo,
un río, una lengua que no tiene escritura, frutos,
verduras, alguna cabra, una liebre herida, un fuego,
una cueva, una piel de cordero, una lanza de piedra,
el mar como un escudo, como el pecho de todos los pecados,
los dioses miserables, inventados,
el bosque, la nieve, el asado, el mar es el terror,
el gran terror, la cara de los muertos, la muerte,
el dolmen, el granizo, la intuición de que Dios vendrá.

Mandorla negra del océano, cripta con agua salada muy abajo,
la fotografía de una época remota, nada hubo, nada quiere ser en mí,
y el mar se retira y llega la luz del amanecer y yo regreso al hotel en que me hospedo.
El niño desapareció, los héroes cantaron y no fueron oídos, el mar marchó
hacia un gran silencio, y yo bebí, y toda la tarde estuve durmiendo.

Y de todo aquello que acompaña a la vejez, como el honor, el amor,
la delicadeza, la obediencia, las grandes legiones de amigos,
yo no debo esperar nada.

 

 

 

Vilas, Manuel. El cielo. Barcelona; DVD ediciones, 2000.

 

SIETE POEMAS DE ‘EL CIELO’

septiembre 30, 2019 Deja un comentario

 

AIRE DE TORMENTA

Desde hace diez años duermo de día y también de noche.
He venido a la Costa intentando despertar, me quedé solo en la vida,
mi mujer me abandonó por otra mujer y no lo supe hasta el último día,
me quedé con mi perro Trajano, otro bello durmiente, la herencia que me dejó
mi abuelo Valero la gasté con golfas valencianas, catalanas,
andaluzas, vascas y africanas, y luego empecé con las francesas,
con las chinas, y las peruanas, y me dediqué a viajar como una tormenta,
dejando agua y nubes negras, lluvia y granizo, rompiendo las cosechas
y mojando a los novios que se besaban en el parque o en las afueras.

Vivía aquí y allá, paseaba por ciudades como Roma o París,
solo, rico, lo suficientemente rico, ocioso, disfrutando de mi herencia,
mirando las casas, los bares, los hombres, los restaurantes y las tiendas.
Sin trabajo y con dinero, y hermosas calles de París ante mi vista.
Pecados negros, pecados blancos, callejones, orillas del Sena,
el teatro, el veneno, las copas ya bebidas, la luz de Gabriela,
una amante que tuve, su piso viejo, un exorcismo, un milagro,
la luna arriba, la inmensa tormenta que descargó aquel verano;
Gabriela que hablaba de su padre,un argentino muerto
en Alemania, pisado por un tren, un fantasma que la visitaba,
una licantropía rigurosa, nietzscheana, el horror y el fervor de vivir.

He sido el ser más inocente, el más viajero, el más silencioso,
Retrataba las habitaciones de los hoteles donde dormía,
la cama, el escritorio, la ventana, la alfombra, la ducha,
luego dejé de hacerlo, eran tantas las fotografías que no sabía
dónde guardarlas, quizá en una caja fuerte de la diplomática Suiza.
Pedía la llave 224 de mi habitación y un conserje me atendía
con mucha ceremonia, subía en el ascensor, abría la puerta
y estaba solo, y ponía la tele y me pasaba la noche viendo
un programa de la televisión francesa, profundamente solo,
y luego un telefilme, y luego una película, El turista accidental.
Nadie sabía dónde estaba, nadie ya me conocía.

A veces me enamoraba de alguna mujer apenas entrevista en la mesa
de un restaurante, una mujer con vestido blanco, de unos treinta años,
quizá treinta y cinco, otras veces me refugiaba en los museos de arte,
me quedaba horas enteras delante de lienzos de Delacroix, o iba
a los cementerios donde enterraron a los poetas de la pasada centuria,
siempre solo, siempre deseando estar aún más solo, soñando
una soledad más dura, más grande, y con ella una perfección imposible.
Los hombres fueron ingratos conmigo, y las mujeres imagino que también.

 

 

 

 

EL ÚLTIMO HOMBRE

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxVuestra Merced escribe se le escriba
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxLazarillo

Sentados en una terraza veraniega de Mallorca,
le digo a un amigo, inspirado por una ginebra blanca:
“El hambre de los niños es la única gravedad
de la historia, del estado y de la filosofía.
De los hambrientos son las guillotinas del futuro.
Dios es el ídolo de los pobres”.

No sé por qué pienso estas cosas ni por qué escribo de ellas,
cosas tan poco brillantes, tan de seminarista de aldea
que no ha visto las capitales de Europa donde viven
las novicias jóvenes,
esas que se pintan y salen a bailar por la noche,
esas de labios nuevos, sin estrenar, y carnes duras
porque tienen veinte años y muy mojadas las bragas.

Bebí otra vez de mi ginebra y supe que ya estaba solo,
en Mallorca, en una plaza con iglesia, llena de guiris,
acariciaba mi cartera, mordía mis gafas, acariciaba a Trajano,
y proseguí: “Si tuviéramos vergüenza nos haríamos misioneros
y tú, Trajano, llevarías en tu espléndido lomo un botiquín de la Cruz Roja.
Soy un seminarista ocurrente, un lobo marcado en la oscuridad,
soy un predicador del desierto, que se ha quedado sordo,
un teólogo retirado, un chamán ilustrado,
una celestina beata, un lazarillo tuerto,
una concha de mar ascendida de lo Alto,
un ser encendido que arde solo para él,
una velada con un único invitado,
aburrida, geométrica, lunar,
el hijo de Dios, el último que tuvo.
No dedicaré mi vida al servicio de la verdad.
Nací en julio del sesenta y dos, soy un hijo del verano
de España, un verano con sol y noches de fiesta
para el cuerpo, para la boca, para los pies,
para el culo de la mujer madura, para los muslos
de la mujer pagada donde se quema un tatuaje,
una boca abierta, el verano se muere de hambre.
Mes de julio, España, la sed, la moderna sed de no hacer nada
sino tomar el sol, desnudarse, estar desnudo,
muy empalmado, bebiendo todo el día cerveza y vino.
Mes de julio, España, los ricos, incompetentes y vagos,
los pobres, pobres y tristes”.

 

 

 

 

CAPRICHOS DEL QUE NO DUERME

Por las noches, cuando no puedo dormir de tan feliz que soy,
me levanto de la cama y me pongo a escuchar música y a escribir,
repaso muy vagamente recibos que me llegan del banco,
compruebo la marcha de los relojes de mi casa, mi casa está llena
de relojes, me plancho alguna camisa si estoy inspirado,
contemplo el sueño doméstico del gran Trajano y me ordeno
la mesa del despacho, me abrillanto los zapatos y escribo
con poca fe y me acuerdo de todos mis amigos de la infancia
y pienso en un acantilado frente al mar, y en el mar veo un barco
donde están mis pequeños amigos, navegando como valientes.

Encima de la mesa de mi despacho están las fotos de Kafka,
(a la señora que limpia mi casa le dije que era mi bisabuelo
y le pareció muy guapo y comentó que mis ojos eran los suyos),
un destornillador que compré en una oferta y que ahora empleo
para matar transparentes insectos del buen tiempo que se meten
en mi casa atraídos por la lámpara de mi mesa, una calculadora
Firstline con la que saco las tristes y baratas cuentas de mi vida,
un sello de caucho con mi nombre y dirección, una grapadora
negra con los bordes dorados, muy bonita, las gafas
de mi discreta miopía, las gafas de sol que no deberían
estar aquí, y una agenda con teléfonos y direcciones inútiles.

Y en la gaveta guardo una navaja preciosa, con la que, de vez
en cuando, amenazo, en extravagancia lúdica, al gran Trajano
y éste me reprende con algún ladrido de enfado melodramático.
Por la noche, mientras dura mi vigilia, repaso los rincones
de mi casa, a oscuras, descuelgo el teléfono y oigo la voz
grabada del contestador diciéndome que no tengo mensajes
ni nuevos ni antiguos, temo abrir las puertas de los armarios,
me gusta el contacto frío de los picaportes de las habitaciones
de mi casa, y luego, después de esta ronda noctívaga,
regreso a la cama, me quito las zapatillas, me arreglo con la almohada,
y mientras me duermo rezo un Ave María, un Credo y un Padre Nuestro.
Y aún me queda tiempo de que me resbale una lágrima azul
por las manos cerradas, por el pecho abierto, por la mejilla húmeda.
El verano es la estación en que me enamoré de ti
y conocí lo que la vida entrega, íbamos juntos al río,
España era una dictadura cayéndose sobre nosotros.
Y sólo sé decir, como esos seres obsesionados por algunas palabras
que difícilmente representan los hechos, el verano es la estación
en que me enamoré de ti, y sólo me faltaría añadir “Sabedlo”.
Pero ¿sabedlo?, no es ese sabedlo una señal de presumida retórica,
si nadie supo nunca nada de nosotros, ni nadie sabrá cómo te quise,
porque los amantes como nosotros no dejan rastro, no dejan nada.

 

 

 

 

RECUERDOS DEL QUE NO DUERME

Qué maravillosa estabas aquel amanecer, tumbada en el sofá
de la habitación, desnuda, fumando, leyendo una revista,
con los labios rojos, con la sonrisa de quien tiene una fortuna,
—mucho dinero he heredado de mis tíos suizos, dijiste en la cena.

Una mujer que recorre el mundo, amiga de las playas y del buen tiempo,
toda luz, espantosamente joven, no envejecerás nunca
le dije, bésame aquí, entre las manos, entre los rubíes de los dedos,
así lo haré, le contesté, es enorme esta suite, qué bello está el mar
cuando amanece, me gusta el Sur, aunque de todo me canso,
y lo hicimos un rato más, junto a la ventana, con las manos pegadas
en el alféizar, y yo cogiéndola por detrás, ¿cuántos años tienes?
Te gustaría que dijera dieciocho, pero tengo más de treinta.
Estaba sonando Cabaret en el hilo musical, y ya hacía calor.

Luego, aún desnuda, te miraste en el horrible espejo de la suite
y me dijiste ven acércate, elige una parte de mi cuerpo,
elige lo que quieras, acércame un cigarrillo, llama al servicio
de habitaciones, telefonea al aeropuerto, quiero irme a París.
Es mejor que viajes a Estocolmo, quizá a Helsinki, un lugar frío,
alejado de la impaciencia del verano, ven, elige una parte
de mi cuerpo, elige una parte del mundo, bésame despacio.

Una vez maté a un hombre, podría matarte a ti también.
He deseado que me mate una mujer como tú, ya he vivido
bastante, puedes hacerlo ahora mismo, no me moveré,
de verdad, planéalo mientras me ducho, planea un buen crimen.

Y ella me volvió a besar. Mátame tú, ya he tenido mucho amor,
mátame con tus manos, tampoco he de sacar nada ya de ti,
pero yo podría ser tu esclavo, estás tan hermosa a veces,
ese labio, esa mano, ese gesto tan noble, esa alma dura,
ese silencio, te hacen muy codiciable. Codicias lo que yo
de ti, el secreto de lo que fuimos, con ese secreto hemos amado
esta noche, márchate ya, ojalá no nos volvamos a ver nunca.
Ojalá, así sea, déjame contemplarte una vez más, ya no puedo tocarte,
estoy arruinado, yo podría hacerlo con otro hombre ahora mismo,
¿te das cuenta?, la vida nos dio una naturaleza inagotable,
márchate ya, quiero dormir un buen rato y olvidarte.

Imagínate que sólo estuviéramos tú y yo sobre la tierra,
que el mundo volviera al año mil antes de Cristo,
que no hubiera caminos ni ciudades ni estados ni gobiernos,
sino cuevas y aldeas, casas de cañas junto al río, y una luna
enorme en las noches de verano, piénsalo mientras te duermes.

 

 

 

 

EL ENAMORADO

Toda la noche soñando contigo, me he pasado la noche entera
soñando que te besaba en el patio de una iglesia junto al mar.
Qué enamorado estuve de ti, y no te lo dije nunca.
¿Lo adivinaste? ¿Lo deseaste? ¿Lo suplicaste?
Tenías seis años más que yo, estabas más hecha a la vida,
no te ibas de la cabeza como yo, sino que eras moderada y prudente,
aunque llena de amor por dentro, amor hacia mí,
hacia mí, que era un tipo de lo más perdido, y eso sí
se notaba a la primera, y cómo me acuerdo de tus manos
y de tu sonrisa, todos los amantes se acuerdan de lo mismo,
sólo que yo no me metí nunca en tu cama, un día me la enseñaste,
pero nada más. Y ahora me despierto y he soñado que te besaba,
y son las diez de la mañana de un verano monumental
y ya estoy bebiendo una ginebra, así, en ayunas, y salgo
a la terraza de mi habitación y veo a las turistas tumbarse
sobre la arena, y pienso que tú podrías estar aquí conmigo,
qué enamorado estuve de ti y cómo lo estuviste tú también,
y qué mal hicimos en no habernos revolcado mil veces
por mil camas, o qué bien hicimos, porque, conociéndome,
igual te hubiera pedido en matrimonio y tú hubieras aceptado,
y borracho como estoy todo el día, cuando me hubiera cansado
de joder todas las noches, a lo mejor me daba por darte un puñetazo
o tirarte a un río, o a ti por pegarme un tiro,
o envenenarme o pegármela con otro.
Cómo puedo decir todo esto de ti, que eras un ángel
y lo sigues siendo, y de mí, que te quise con inocencia.
Será mejor que siga bebiendo hasta que te borres de mi memoria,
y esto sí que me hace llorar, y soy un tipo que está llorando
a las diez y media de la mañana, sentado en la terraza de una habitación
para turistas, con una ginebra caliente en la mano —son los restos
de la noche—, llorando porque si te echo de mi memoria,
verdaderamente entonces sí que ya no me quedará nada.

 

 

 

 

EL DESCONOCIDO

En una noche de agosto, en Cadaqués, empecé a beber con un desconocido.
Se hicieron las seis de la mañana, nos fuimos con una botella de ginebra a la playa,
ya hacía ese maldito calor del que no ha dormido, esa vejez del deseo.
El desconocido miraba las luces de las estrellas y divagaba, había una barca
en la arena y le tiraba pequeñas piedras mientras bebía y fumaba.
El desconocido me había acompañado de barra en barra, con muchas ginebras
en el cuerpo, presos los dos del mar y de los barcos del acabamiento físico,
hablando de mujeres y de fútbol, contando chistes y moviendo el pie
en señal de ritmo, cogiendo con la mano un mechero Bic y con la otra la copa.
El desconocido me dijo ya está amaneciendo, ahora refrescará, una vez
tuve un buen trabajo, ganaba bastante dinero y mi madre estaba orgullosa
de mí. Yo era bueno en mi oficio y le dedicaba mi vida entera. Un día mi madre
enfermó, y los médicos me advirtieron que iba a morir, pero de una muerte
larga y lenta, impredecible. Me ausenté de mis obligaciones todo lo que pude para cuidarla,
mis jefes me preguntaban por mi madre casi todos los días, pero me di cuenta
de que no podía faltar a la oficina por más tiempo y busqué una enfermera.
Una noche mi madre empeoró terriblemente, pero a la mañana siguiente
me dijo que estaba mejor y yo me fui a trabajar, y mientras estaba trabajando
en mi despacho, mi madre murió. Yo no la vi morir ni estuve con ella en ese instante.
Llegué a casa y ya estaba muerta. A los seis meses me despidieron del trabajo
porque mi departamento ya no era rentable y yo mucho menos que mi departamento
porque me había vuelto melancólico, intratable, perezoso, alcohólico, violento.
Me dejé la piel y la piel de mi madre por ese curro y luego me mandaron al limbo.

No me vas a dar lástima, le dije. Si no tienes donde dormir, duerme en la playa.
Yo ya te he pagado quince ginebras y seis paquetes de Marlboro, y yo sí
tengo donde dormir, en un hotel de tres estrellas, que no está mal, el chorro de la ducha
es potente y las toallas y las sábanas están mucho más limpias que tu alma.
No obstante, si te sirve de algo, te diré que siento lo de tu madre, y si tuviera
una edición de las poesía de Jorge Manrique te la regalaría ahora mismo,
porque Manrique fue un tipo que perdió a su padre como tú a tu madre,
pero él no tenía un mal curro como tú, y desde luego, bebía mucho menos que tú.
Y Manrique, el poeta y el guerrero, hubiera sabido degollar
a todos esos jefes tuyos que impidieron que le cogieras la mano
a tu madre cuando se fue de este mundo.
Eso es lo que te está matando, que no hayas tenido el valor
de matar a quienes te confundieron y te indujeron a una vida falsa, sin honor.

El desconocido se levanta y arroja al mar una botella vacía de ginebra,
se quita la camisa, se queda desnudo y entra en el agua con gesto decidido,
adiós, me dice, me marcho al fin del mundo, y se cae en mitad de una ola.
Está tan borracho que, al caer, se ha abierto la cabeza contra una roca del fondo.
Cuerpo inerte, la ropa en la orilla mojada por las olas, la cabeza y el pelo lleno de sangre,
la ginebra que se mezcla con la sangre y la sangre con el agua, llamo a la policía
y un médico dice que el desconocido acaba de palmarla, que estaba tan borracho
que el golpe lo ha asfixiado, y le miro a la cara y sí, tiene cara de faltarle el aire.
Me llevan a comisaría y regreso al hotel a las siete de la tarde, cansado, sucio,
con cien declaraciones firmadas, con un cheque de cuarenta billetes extendido
a un joven que ha hecho las veces de mi abogado, harto de cafés y subcomisarios,
me echo en la cama del hotel y me quedo dormido pensando en la madre del desconocido,
en el encuentro de los muertos, de la madre muerta, el hijo muerto, todo muerto,
y mientras los vecinos de mi habitación toman el sol en la terraza
y la orquesta del hotel —un hotel de turistas— empieza a montar el escenario
al lado de la piscina, y yo estoy perdido en este mundo como una bestia
sin corazón, como un capitán de infantería de la Gran Guerra con el pecho
cosido a balazos, con un bigote grande, con cejas negras, ancho de hombros,
un capitán que parecía muerto, pero que de repente sale de la trinchera
y comienza a disparar a todas partes, y resulta imposible que un hombre
que lleva tantas balas dentro pueda seguir empuñando una pistola.

 

 

 

 

LA LUZ

Entraba la luz de la tarde, posándose en las pequeñas botellas
del minibar de la habitación de mi hotel, una luz de montaña
—estábamos en el hotel más caro de los Alpes—, que traía el frío
de finales de agosto. Desde la terraza, ponte un jersey si sales
a la terraza, se podía ver esos pinos enormes, religiosos, fragmentos
de la carne de un dios inocente, ¿por qué no quieres ver a nadie,
cabrón antisocial, te pasas los días aquí metido, bebiendo
y mirando los pinos?, me preguntaste, y yo te lo dije bien claro,
estoy jodidamente muerto, soy sólo un cadáver que viaja
por el mundo, un cabrón de vacaciones eternas, un asaltador
de minibares de hoteles de lujo, un consumidor de minibotellas,
y sólo me importa esta luz, esta luz que ilumina la habitación
porque esta luz es lo más misterioso que he visto nunca,
parece como si en ella cupiese la vida que he vivido
y la que no podré vivir, todo mezclado, claro fantasma.

Tu falda y tus bragas negras estaban en la silla, y tú sentada en el suelo
bebiendo un gintonic, si no me gustases tanto, dijiste, ven aquí,
volvamos a la cama, y empecé a comerme tus brazos,
tus manos, tus uñas bien cortadas, y la luz seguía entrando
y resplandecía en las etiquetas de las pequeñas botellas
del minibar. Eres un guarro, hijodeputa, no me lo hagas así,
eres un guarro, seguías diciendo, pero la luz no se marchaba nunca.
Y ella que hablaba de su vida y de sus ilusiones,
y su ropa interior esparcida por la habitación,
decentemente esparcida, y quejándose
de que, en vez de salir por ahí, nos quedásemos jodiendo
toda la noche, y luego, colmada, diciéndome eso
de erres un guarro, hijodeputa, te he dicho que no me lo vuelvas
a hacer así, toda la noche llamándome, repitiendo lo mismo.

Me quedé dormido un rato, me levanté de la cama, desnudo,
fui al minibar, cogí el último botellín y me lo bebí de un trago,
fui al lavabo y dejé correr el agua hasta que salió fría
y luego bebí, y mojé mi boca y mi lengua mucho tiempo,
tú seguías durmiendo, aún tenía líquidos tuyos por todo mi cuerpo,
saliva tuya y aguas de tu sexo y de tu boca, escociéndome,
y la luz ya se había ido, trayendo una paciente oscuridad.

 

 

 

Vilas, Manuel. El cielo. Barcelona; DVD ediciones, 2000.

 

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EL CIELO

 

EL CIELO

Colegas queridísimos, estetas defensores
del pájaro y la rosa y el mundo está bien hecho
etcétera, y cantemos al cielo en primavera
porque es azul y estalla la gracia y la poesía,
amigos y enemigos, es cierto, estáis sobrados
de sólidas razones. Seguir vuestro camino
acaso lograría salvarme de estas cosas.
De tantos anatemas comiéndose mis versos.
Pensándolo, es loable. El cielo azul tan lindo.
El cielo bondadoso de Dios y de sus ángeles.
Precioso. Pero, amigos, decidme, por los clavos
de Cristo, por los clavos del hombre, ¿estáis seguros?
¿Creéis que un bello cielo nos cubre todavía?
¿Aún brilla luminoso sobre el cieno?
¿Y sigue siendo alegre sobre el llanto?
¿Y sigue siendo azul sobre la sangre?
Yo, así, lo cantaría con toda unción. Palabra.
Con versos bien rimados, para dormir tranquila
sabiendo que tenía mi puesto asegurado
en las Antologías del Arte más conspicuo.
Pero es casi imposible. Pues yo no veo el cielo.
No acierto a verlo, hermanos, desde hace largas fechas.
Desde hace mucho llanto me falta de los ojos.
Porque no puede verse vuestro cielo perfecto
desde un mundo entoldado con las nubes más hoscas.
Y no puede mirarse con la espalda doblada.

Ni se goza su lumbre con la nuca partida.
No puede verse el cielo con el pecho quemado
en la boca del horno,
ni se ven sus fulgores con los párpados sucios
del sudor más espeso,
ni su luz nos alcanza tanteando en las simas
de las cuencas mineras,
ni podemos mirarlo retirando las redes
con la sal en los ojos.

No es posible encontrarlo a través de la efigie
coronada de gloria del tirano sangriento,
ni se encuentra en las togas de los negros fiscales
ni en el frío destello de los sables de gala
en los bellos desfiles,
ni durmiendo en la iglesia mientras suenan las preces
por los fieles difuntos.

No se llega hasta el cielo desde tantas prisiones,
desde tantos cuarteles con sargentos y piojos,
desde tantas escuelas con los bancos helados,
desde tantos lugares con letreros que dicen:
se prohíbe la entrada.

No puede verse el cielo desde el fondo del cáncer,
desde el fondo más hondo del infierno más negro,
desde el fondo de todos los que están en el fondo,
los que son tierra sucia que pisáis sin mirarla
cuando vais extasiados por las líricas nubes.

 

 

 

Figuera Aymerich, Ángela. Obras completas. Madrid; Ed. Hiperión, 1999.

 

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