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EL BARRO EN LA MIRADA

Eduardo Moga 'El barro en la mirada'

 

Quedan aún muy lejos las praderas
rotas, el cielo donde todo es grito
caído. Qué remoto todavía,
me dicen, ese sol que nadie puede
ver, esa pulpa tóxica, ese lacre
que nos mira sin ojos. Vive, pues,
continúan las voces, en los valles
vítreos y en la fruta caldeada,
saborea los pólipos del viento,
las palabras nocturnas que tililan
como animales muertos, y jamás
permitas que las sombras te mutilen.
El orto negro, insisten, se oculta
más allá de la piel en que te anegas.
Has de despedazar el humo: pide
que te ayuden tus lágrimas, combate
el silencio que emana de la ortiga.
Mueren, empero, quienes me hablan. Mueren
como abrazando lluvia, como amándose
a la inversa, ulcerados por lo gris,
con labios ciegos, con el doloroso
silencio de las puertas. Qué distante,
es verdad, este hurto sin zapatos,
los cuerpos elididos, la no música,
la pasta donde el hoy y el tú y el viento
son formas de ignorar, la pudrición
de los sintagmas, el oscurecerse
–venido, como el frío, de una cópula–
de un mundo deseable. Cuánto tiempo
entre el yo y la marea. Cuánta siembra
aún vigente. Sí: han de crecer
la carne y las columnas, un paréntesis
de fermentos, de aviones que procrean,
de pórticos en fuego, hasta el ayer
infinito de una mar de azabache.
Pero las sillas gimen, atacadas
por algo sin cabeza, y los muslos
sienten la cercanía de lo inmóvil,
y las miradas, plenas de yo, se hacen
calizas como el tacto. Si todo es,
aún, coral futuro, ¿por qué siento
el delito impregnándome, por qué
me invaden lo ausente y el ciprés?
Si no puedo tocar lo que urde el hombre,
si su hollín tiene ya contorno de hoy
entre luces de esparto, ¿por qué arde
la bruma alrededor de mi cintura?
Si, en fin, una sórdida ambrosía
se interpone entre el yeso que seré
y esta cárcava de aire ensangrentado
donde ágilmente enviudan los naranjos,
¿por qué ya escucho el fúnebre oscilar
de la rosa, por qué los epitafios
me piden que me acerque, por qué me hablan
como al hermano nunca concebido?
En los relojes hay oscuridades
blancas; en los objetos que me miran
desde sus catfalcos sé que anida
la calumnia, la imposibilidad
de amarse; en los opacos fuegos caben
todas las lágrimas: bajo su quilla
diezmada crece un árbol de negrura;
de la oblea inmediata de los días
comen los ánades y las murallas.
Nada pervive sin su muerte. Nada
es más allá de su árido nacer.
El primer pájaro durmió entre espadas:
un regato de dolo atravesaba
su esperma. Las heridas iniciales
olvidaron su forma de clavel.
El metal imperó: se les quedaron
trozos de noche, astillas siderales,
en los pómulos fríos, azogados
de urgencia y de granizo. Anduvo el tiempo
por las quebradas de la prisa: lúgubres
labios se aproximaban a las cosas;
los muertos abrevaban en la sangre;
sus flemas obstruían nuestra casa,
la bañaban en péndulos feroces,
podaban sus adobes. Reíamos,
sí, mas en ese agónico reír
aves premonitorias derramaban
su muda obsidiana. Es verdad: amábamos,
pero los músculos que nos sitiaban,
los seres a que, sólidos de nuncas,
dábamos vida en nuestra piel, pedían
crecer en la blancura, compartir
nuestro tamaño, apuntalar la voz
con que escapábamos de lo otro. Presos
del légamos, bebíamos el alma
hasta que todo se negaba a ser,
hasta que concluía la distancia
entre ojos y mirada. Soles muertos
decían nuestros nombres en la tarde
airada, mas nosotros sólo oíamos
agua encendida por la oscuridad
y el tiempo. Qué calladas las arenas;
qué cauto ese sonido de tinieblas,
qué despacio se expande entre el azufre
de los muslos. (Y qué ígnea la muerte,
con qué unidad actúa, con qué lúcido
sabor a lejanía, aunque jamás
comprendamos su céfiro, aunque aún
no hayamos acallado su silencio.)
Por que seamos niños que atraviesan
la tristeza no hemos de olvidar
cuántas ruinas habitan nuestra espalda.
Por que, plétoricos de espuma, amemos
como gigantes no cesará lo último,
lo desaparecido entre cadenas.
Por que el mar enarbole sus arterias
hasta alcanzar la precisión del ídolo,
y nosotros finalmente entendamos
qué tenue es nuestro ahora, no debemos
quebrar el día, ni ignorar las caras
del fuego, ni adorar lo extinto. Acaso,
para que no se paralice el sol,
hayamos de ir hasta la carne más
ciega, hasta el miedo de la flor, en celdas
que destilan interminablemente
sus jugos, interiores pese al vuelo
de la luz. Dentro están la soledad
y el olfato; dentro hay lluvia olvidada
donde aún es posible desnudarse
sin muerte, ser cenit leve, exultar
por la ausencia de cuerpo, oír el yo
impugnando los cráteres, dormir
en la hendidura de los siglos. Hombres
en las sienes, hermanos obcecados
por la sal, cópulas entre serpientes
y objetos, besos que son criptas, agua
sida contra el relato de los seres
sin sexo. Pasan pájaros ardiendo:
he de beberlos. Se humedece el fuego:
he de palparlo. Dudan los murciélagos:
contra ellos las aristas de la seda.
Cierro la mano para hallar pezones
silenciosos: acaso abata así
las múltiples mareas. Las rodillas
se deshacen como águilas: qué instante
para huir del tiempo y abrazar,
entre oscuros embriones, lo que no
tiene lados; qué arma de placer
con que invadir la luna. Que matemos
lo impuro pide, anárquica, la voz
del sueño. Que perezcan los confusos
metales quiere el tacto que se yergue
en un fluir de pétalos errados,
en el hecho final de la pureza.
Ahogo la nostalgia de la arena
invocando maderas instantáneas,
imaginándome animal venido
del indulto, órbita que cree en sí
misma. Repudio lo que no respira,
las luces roturadas por la noche,
los hielos oscurísimos que llegan
con sus dádivas quietas, que me buscan
por las calles como haces de minutos,
sin concederme un trébol, sumergidos
en su futuro, sí, en su interminable
hablar de hombres heridos por el dios.
Yo quiero que los árboles me den,
como a los vientos, su calor indemne;
en cambio, una pared de labios se alza
ante el aire que fue mío, ante el fuego
que poseí en silencio. También quiero
que las ciudades callen, como callan
los seres absolutos, como calla
la oscuridad que nace en la mirada
de los nunca nacidos, como callan
los altares donde sacrificamos
nuestra semilla. Pero vastas máscaras
ocupan el espacio de los cuerpos
y nada enmudece, nada altera
su agonía. Entre pámpanos ansío,
en suma, arar el sueño, construir
abismos donde cesen los pronombres,
donde no intuya el fin de mi cerrado
vuelo. Mas el insomnio es muerte inversa,
muerte blanca, mirada radical
de la leche que yace en la consciencia,
luz que duerme y que chilla y que supura.
Cuánto yo desprendido de su alar,
golpeando sus límites, su herrumbre
de niño, su mucosa devorada
por los días. Quisiera comprender
ese idioma dorado donde dicen
que radica el quién. Me gustaría,
como tantos reclaman, reunir
en mis sienes enfermas a  los hijos
sembrados que en un solo pálpito abren
todas las firmas, todos los centímetros
del ser. Porque, me dicen, nunca más
será tangible tanta luz, ya no
volverán a posarse las palomas
del infinito en la realidad
helada por el tiempo. Aunque mis manos,
replico yo, pudiesen extraer
la alegría del tigre, aunque supiera
cómo herir el silencio que me oculta
la mies, no evitaría la inmersión
acerba, el vínculo de los planetas
con la derrota. Ríe, muere, siembra,
lucha, huye, estalla, olvídate, anégate,
bautiza el trigo que, lluviosamente,
se precipita en simas de ternura,
vive como si todo tradujera
tu boca, reconstruye con tu piel
la eucaristía, descompón el guano
en aromas de grito, en madrugadas
rojas, niega que tengas que morir,
disfruta de lo roto, duerme entre ingles
de vidrio, nácete a pesar del limo,
dúchate con el nácar de las madres.
El cuerpo acaba; cesa lo visible.
Lucho porque se agoste el hontanar
del vacío, por que haya en el aliento
más jade, más temblor de nacimiento.
Y al anochecer, cuando los sables
se adormecen como anclas, ardo en mí,
rompo astros, bebo fuego indiferente,
me arranco con ternura las amígdalas
para alcanzar la arena silenciosa.
Pero toda explosión es una ausencia,
porque inmediatamente vuelve el río
sin adverbios, la fuga de las cosas
que habían anidado en el cristal,
la lenta densidad de lo que acaba.
Cae polvo de dientes sobre el día
cautivo. Todos los silencios son
uno. El conocimiento del instante
que nunca existirá me acerca a mí,
me hace más fémur, más sombra. Las horas
hierven de soledad, anulan toda
opción de rostro, toda utopía
de polen y de piedra. Los gusanos,
minuciosos, me azotan. No hablan: mueven
sus cilios como cumbres de un país
muy negro, como cóncavas mareas
que me anegan de nada. Yo quisiera
responder a su canto, a la energía
de su tiniebla, al mal que me atraviesa
con sus cruces, mas sigo en el humus
del infierno, comido por las bielas,
arrancado del cuerpo que me esconde,
esperando que el trono en que agonizo
me deje caminar hasta las dunas
donde aún hay semen, habla, manos
que acarician la luna, jerarquía
de olas, mi carne, mi hoz preñada, lenguas
de mujer que mordí con ebriedad,
el fin de la razón y los jacintos,
la destrucción del mar en que creemos,
sólo tacto en los diques, sólo amor
desnudo, sólo, eternamente, vida.

 

 

 

Moga, Eduardo. El barro en la mirada. Barcelona; Ed. DVD, 1998.

 

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