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EDWARD THOMAS

 

UN SOLDADO RASO

Este labrador muerto en combate durmió al raso
más de una noche helada, y con alegría
contestaba a adormecidos bebedores, dados a dormir en cama, todos pesados:
«En el arbusto de espino de la señora Greenland», decía,
«dormí». Nadie sabía en qué arbusto. Más allá del pueblo,
pasado ‘El Drover’, cien ven la colina
en Wiltshire. Y donde ahora al fin duerme,
más profundamente, en Francia, eso también lo mantiene en secreto.

 

 

 

 

EL MAJESTUOSO CIELO

Hoy quisiera poder tener el cielo,
las cimas de las altas colinas,
más allá del hogar del último hombre,
más allá de sus setos, de sus vacas,
donde podría ver, si así quisiera,
desde arriba, las ovejas y el grajo,
y de todas las cosas que se mueven
no ver más que las águilas arriba:
atrás quedan los árboles, la aulaga
y el espino. No hay nada aquí que impida
el deseo del ojo
por el cielo, no hay nada salvo el cielo.
Reniego de los bosques
y de todos:
los árboles y los setos que no son más
que malas hierbas sobre este lecho
del río que es el aire,
a la vez profundo y ancho, donde
yo soy como un pez que vive
entre barros y hierbajos, y no piensa
en lo que tiene encima.
Más valdría
ser una tenca
por lo poco que puedo hacer
aquí abajo en este lodo.
Incluso la tenca tiene días
en los que juega allá en la superficie,
entre hojas de nenúfar,
y ve el cielo, y tampoco se lamenta
si no puede ver nada:
mientras que yo, yo sé bien que los árboles
que hay bajo este majestuoso cielo
son hierbajos, fango de campos, y
ascendería para irme muy lejos,
hasta donde se encuentran los nenúfares.

 

 

 

 

EL CUCO

Ese es el cuco, dices. Yo no puedo oírlo.
La última vez que pude, no la recuerdo; pero sé
muy bien el año en que, por vez primera, dejé de oírlo.
Su sonido fue ahogado por mi marido que le gruñía a sus ovejas «¡Ho! ¡Ho!».

Diez veces gritó con voz enfadada
«¡Ho! ¡Ho!» pero no con ira,pues así lo hacía siempre.
Murió aquel verano, y así es como recuerdo
al cuco y su llamada, a los niños escuchando, y yo diciendo «No».

Y ahora, cuando decías, «¡Allí está!» Yo no escuchaba
para nada al cuco, sino el «¡Ho! ¡Ho!» de mi marido.
Y creo que aunque pudiera perder mi sordera
el canto del cuco se ahogaría con la voz de mis muertos.

 

 

 

 

DOS AVEFRÍAS

Bajo el cielo que sucede al crepúsculo
dos avefrías vuelan y cantan,
más blancas que la luna que cabalga
en lo alto sobre la masa negra, en silencio;
más negra que la tierra. Su canto
es el único sonido bajo el cielo.
Sólo ellas se mueven, ahora bajas, ahora altas,
y con alegría le cantan
al travieso cielo de la primavera,
cayendo en picado hacia la tierra, ascendiendo,
sobre el fantasma que se pregunta por qué
vuelan y cantan con tanta alegría,
por qué no eligen entre cielo y tierra,
mientras el cuarto menguante, en silencio,
cabalga, y la tierra descansa, en silencio.

 

 

 

 

CABEZA Y BOTELLA

Las colinas perderán el sol, la blanca aliaria
el zumbido de las abejas;
pero cabeza y botella echadas hacia atrás en el carro
nunca se separarán
hasta que yo esté frío como la medianoche y todas mis horas
sean flores sin abejas.
Él ni ve, ni oye, ni huele, ni piensa,
sólo bebe,
tranquilo en el jardín donde los troncos no yacen
más tranquilos.

 

 

 

 

EL VENDEDOR

Tiene una joroba como la de un simio en la espalda;
tiene una escasez abundante de dinero;
y salvo por un festivo abrigo del doble de su tamaño
no hay nada más simple sobre la faz de la tierra
xxxxxxen esta mañana radiante de mayo.

Pero el vendedor tiene una botella de cerveza;
conduce un carro y su mujer se sienta cerca
sin preocuparse por su escasez o su joroba;
y en cada sacudida ríen por el camino
xxxxxxen esta mañana radiante de mayo.

 

 

 

 

ELLA VENERA

Ella venera lo que dicen los pájaros salvajes
o lo que insinúan, o sus mofas, noche y día,
—tordo, mirlo, todos los que cantan en mayo,
xxxxxxy el chorlito sin canción,
halcón, lechuza y pájaro carpintero—.
Nunca le dicen una palabra
xxxxxxsobre su amado.

Ella se ríe de ellos por su inmadurez,
les grita por su despreocupación,
a ellos, que la ven sin su amado
xxxxxxy aun así cantan y parlotean
igual que cuando él no era un fantasma,
tampoco le preguntan jamás qué ha perdido
xxxxxxo cuál es el problema.

Aun así ella se imagina que los niños esconden
un secreto, y que los tordos riñen
porque ella cree que la muerte puede separarla
xxxxxxde su amado;
y ella ha dormido, tratando de traducir
la palabra que el cuco chilla a su compañero
xxxxxxuna y otra vez.

 

 

 

 

CINCUENTA HACES

Allí están, sobre sus extremos, los cincuenta haces
que una vez fueron parte de jóvenes avellanos y fresnos
en el bosque de Jenny Pink. Ahora, junto al seto,
bien apilados, crean una barrera por la que solo
puede aventurarse el ratón y el carrizo. La primavera
que viene un mirlo o un petirrojo harán su nido allí,
acostumbrados a ellos, pensando que permanecerán
para siempre, sea lo que sea eso para un pájaro:
esta primavera ya es demasiado tarde, ha llegado el vencejo.
Era un día caluroso para portarlos:
nunca podrán calentarme mejor, aunque deberán encender
varias hogueras de invierno. Antes de que se acaben
habrá terminado la guerra, muchas otras cosas
habrán acabado, quizá, que ya no puedo prever
o controlar más de lo que pueden el petirrojo o el carrizo.

 

 

 

 

ÁLAMOS

Día y noche, salvo en invierno, sin importar el tiempo,
por encima de la posada, de la herrería y de la tienda,
los álamos allá en el cruce hablan juntos
de la lluvia, hasta que sus últimas hojas caen de la copa.

Fuera, en la caverna del herrero resuenan
el martillo, la herradura y el yunque; fuer, en la posada
el tintineo, el zumbido, el rugido, el canto azaroso
—los sonidos que llevan cincuenta años sonando—.

El susurro de los álamos no se ahoga,
y por encima de los cristales opacos y de la carretera sin pasos,
vacía como el cielo, sin que cesen todos los demás
sonidos, convoca a sus espíritus de sus moradas,

una herrería en silencio, una posada quieta, ni yerra
en la desnuda luz lunar o la tiniebla espesa,
en tormenta o en la noche de los ruiseñores,
al convertir las encrucijadas en estancias fantasmales.

Y sería lo mismo si no hubiese casa alguna cerca.
Sin importar las inclemencias, los hombres o las épocas,
los álamos deben agitar sus hojas y los hombres oír, quizá,
pero tal vez sin escuchar, más de lo que escucharían mis versos.

Sople el viento que sople, mientras ellos y yo tengamos hojas
no podemos ser otra cosa que álamos
que sufren sin cesar y sin motivo,
o así piensan los hombres que gustan de otros árboles.

 

 

 

 

ESTE NO ES UN NIMIO CASO DE LO QUE ESTÁ BIEN O MAL

Este no es un nimio caso de lo que está bien o mal
que pueda ser juzgado por políticos
o filósofos. No odio a los alemanes, ni me enciendo
de amor por los ingleses, para satisfacer los periódicos.
Al lado de mi odio por cierto gordo patriota
mi odio hacia el káiser es verdadero amor:
es una especie de dios, golpeando un gong.
Pero no he de elegir entre los dos,
o entre la justicia y la injusticia. Saturado
con la guerra y la trifulca no leo más
que en la tormenta, fumando con el viento
a través del bosque. Dos calderos de bruja rugen.
De uno se elevará el día claro y alegre;
del otro saldrá una Inglaterra hermosa
y como su madre que murió ayer.
Poco sé o me importa si, estando distraído,
me pierdo algo que los historiadores
pueden rastrillar de las cenizas cuando, quizá,
el Fénix medite sereno sobre su conocimiento.
Pero con los mejores y peores ingleses
soy uno al gritar, Dios salve a Inglaterra, no sea cosa
que perdamos lo que los nunca esclavizados y el ganado bendijeron.
Las edades hicieron a aquella que nos hizo del polvo:
ella es todo lo que conocemos y por lo que vivimos, y confiamos
en que sea buena y que pueda resistir, queriéndola así:
y así como nos amamos entre nosotros, odiamos a nuestros enemigos.

 

 

 

 

LLUVIA

Lluvia, lluvia de medianoche, sólo la lluvia salvaje
sobre este barracón gris, y soledad, y yo
recordando de nuevo que al final moriré
y no podré oír la lluvia ni ofrecer mi gratitud
por su forma de lavarme, dejándome lo más limpio
que he estado desde que nacía a esta soledad.
Benditos son los muertos sobre los que llueve la lluvia:
pero ahora rezo para que ninguno de los que amé
se esté muriendo esta noche o yazga aún despierto
y en soledad, escuchando la lluvia,
sufriendo o sintiendo así una compasión
impotente entre los vivos y los muertos,
como agua fría entre juncos quebrados,
incontables juncos quebrados, altos y tiesos,
que, como yo, no poseen un amor que esta lluvia salvaje
no haya disuelto salvo el amor por la muerte,
si acaso es amor hacia aquello que es perfecto y
no puede, me cuentan las tempestades, decepcionar.

 

 

 

 

QUIZÁ PUEDA LLEGAR A AMARTE

Quizá pueda llegar a amarte
cuando ya estés muerto
y nada ya se pueda hacer
y quede mucho por hablar.

Arrepentirse será ese día
imposible
para ti y en vano podré
decirte la verdad.

Me dará lástima
tu impotencia:
ya no podrás hacer y deshacer
cuando marches allá,

no podrás perdonar
ni el funeral.
Pero mientras vivas todavía
yo no podré llegar a amarte.

 

 

 

 

Y A TI, HELEN

Y a ti, Helen, ¿qué debo darte a ti?
Te daría tantas cosas
si tuviera un almacén grande e infinito
ante mí de donde poder
escoger. Te daría juventud,
todo tipo de bellezas y verdad,
una mirada limpia tan buena como la mía,
tierras, aguas, flores, vino,
tantos hijos como tu corazón
pudiera desear, un arte mucho mejor
que el mío, todo lo que has perdido
lanzándolo sobre las aguas nómadas,
o habiéndomelo entregado. Si pudiera elegir
libremente en la gran casa de los tesoros
cualquier cosa de cualquier estante,
te devolvería tu propio ser,
y el poder para vislumbrar
lo que deseas sin que sea para ello tarde,
días hermosos, libres de preocupaciones
y ánimos para gozar de lo sórdido y de lo bello,
y a mí mismo, también, si pudiera encontrar
dónde estoy escondido y yo resultara amable.

 

 

 

 

ALGUNOS OJOS CONDENAN

Algunos ojos condenan la tierra que observan:
algunos esperan pacientemente a conocer mucho más
de lo que la tierra les puede decir: algunos se ríen del conjunto
como si fuera el capricho de hacer de otro: uno
conocí que se reía porque no vio, desde el hueso
hasta la cáscara, ni una sola cosa que mereciera la risa que su alma
tenía ya preparada al despertar: algunos ojos han comenzado
con la risa; algunos se quedan, espantados en la puerta.

Otros, también, he visto descansar, interrogarse, girar,
bailar, disparar. Y a muchos he amado al observarlos. De algunos
no podía apartar los ojos hasta que se alejaron
y murió el amor. No encontré mi meta.
Pero pensando en tus ojos, querida, me volví
mudo: pues ardían, y era a mí a quien quemaban.

 

 

 

 

EL SOL SOLÍA BRILLAR

El sol solía brillar cuando caminábamos lentamente
los dos juntos, nos parábamos y volvíamos
a comenzar, y a veces pensábamos, otras hablábamos,
según nos apeteciera, y con alegría nos despedíamos

cada noche. No había discusión
sobre en qué verja detenernos. Al qué será
y al pasado remoto les dábamos poca importancia.
Hablábamos de hombres o de poesía,

de rumores de la guerra remota
hasta que los dos nos desinteresábamos
por todo, menos por la sabrosa piel amarilla
de una manzana que las avispas habían agujereado;

o por el oscuro centinela de la salvia,
la más doméstica de las pequeñas flores sobre la tierra,
en el límite del bosque; o por el azafrán
de un pálido violeta como si hubieran nacido

en los campos sin sol de Hades. Recordamos
la guerra con la salida de la luna
que los soldados en el este lejano
contemplarían entonces. Sin embargo, nuestros ojos

podían también imaginar las Cruzadas
o las batallas de César. Todo
se desvanece como esos rumores,
como el agua brillante del arroyo

bajo la luz de la luna; como esos paseos
ahora; como nosotros al darlos; y
las manzanas caídas; todas las conversaciones
y los silencios; como la arena de la memoria

cuando la marea la cubre tarde o temprano
y otros hombres a través de otras flores
en esos mismos campos bajo la misma luna
siguen hablando y pasan horas más felices.

 

 

 

 

DESPUÉS DE QUE HABLES

Después de que hables
y de que quede claro
lo que decías,
mis ojos
se encuentran con los tuyos que revelan
—con tus mejillas y tu pelo—
algo más sabio,
más oscuro,
y muy distinto.
Del mismo modo la alondra
ama el polvo
y hace allí su nido
un minuto
antes de volar lejos
sola,
una estrella negra
parece
—una mota
de polvo que canta
y flota
en lo alto,
que sueña
y no arroja luz—.
Sé que tu lujuria
es amor.

 

 

 

 

HUBO UN TIEMPO

Hubo un tiempo en que esta pobre estructura era un todo
y yo tenía juventud y ninguna otra preocupación,
o ninguna que debía haber turbado un alma fuerte.
Aunque, a veces, envuelto por un aire gélido,
cuando mis talones le arrancaban una melodía
al pavimento de una ciudad que dejaba atrás,
nunca llegaba a percatarme de mi júbilo
porque era menos poderoso de lo que mi mente
había soñado. Dado que no podía presumir de fuerza
tanto como quisiera, de ser débil era de lo que presumía.
Buscaba la compasión aunque la odiaba, pero al final
la merecí. Oh, demasiado caro fue el precio.
Pero ahora que hay algo que reclama mi fuerza y juventud
como algo útil, reniego de esa edad,
del cuidado y de la debilidad que bien conozco —me niego
a admitir que no soy merecedor del salario que se le paga
a un hombre que entrega sus ojos y su aliento a cambio
de aquello que no exigiría su muerte ni se daría cuenta de ella—.

 

 

 

 

SE HAN IDO, SE HAN IDO DE NUEVO

Se han ido, se han ido de nuevo
mayo, junio, julio
y agosto se han ido,
han pasado, de nuevo,

nada memorable
salvo el hecho de verlos pasar,
como junto a los muelles vacíos
fluyen los ríos.

Y ahora, de nuevo,
bajo la lluvia de la cosecha,
las naranjas de Blenheim
caen sucias de los árboles,

como cuando yo era joven
—y cuando la que perdí estaba aquí—
—y cuando empezó la guerra
que convirtió a los jóvenes en estiércol—.

Mira la casa vieja,
anticuada, majestuosa,
oscura y sin habitantes,
con hierba que crece en vez

de las pisadas de los vivos,
la amabilidad, el conflicto;
en sus camas han yacido
jóvenes, amor, edad y dolor:

yo soy algo que se parece;
sólo que yo no estoy muerto,
aún respiro y me intereso
por la casa que no está oscura:

yo soy algo parecido;
ni una ventana para que se refleje el sol,
para que rompan los escolares
—ya las han roto todas—.

 

 

 

Thomas, Edward. Poesía completa (Trad. Ben Clark). Ourense; Ed. Linteo, 2012.

 

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