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DE ‘TÚ NO MORIRÁS’, DE EDUARDO MOGA

junio 13, 2021 2 comentarios

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xxxxxVII

Tiemblan tus pupilas [también tienen esfínter] como tiembla la noche, y mi mano huérfana adereza tus lágrimas [las lágrimas permitieron a Alexander Fleming descubrir la lisozima en 1922] vertiginosas en el hueco apresurado de tu nombre. Me oyes aunque calle, aunque desguace la luna que nos araña con el buril inmaterial del grito. Y yo te oigo a pesar de que tus mucosas [epitelio y tejido conjuntivo laxo subyacente] se interponen entre el tiempo y la tristeza, y balbucean, irisadas [las irisaciones se producen cerca del Sol: a menos de 10 grados de distancia angular se generan por difracción, mientras que a distancias angulares mayores lo hacen por interferencia] de torpor, como balbucea el cervato [también gabato en Andalucía] ante la nada. Óyeme entre todos los ruidos del mundo; óyeme pese al suplicio [apega de Nabis, cinturón de San Erasmo, doncella de hierro, flauta del alborotador, limpieza del alma, toro de Falaris, falanga, submarino seco] de los días; óyeme aunque compartas el dolor del heliotropo [Chrozophora tinctoria] y te viertas en las alturas; suéñame para redimirme, para ser oblación [no debe confundirse con ablación o ablución; «cuando alguna persona ofreciere oblación a Jehová, su ofrenda será flor de harina, sobre la cual echará aceite y pondrá sobre ella incienso» (Levítico, 2, 1; traducción de Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera)] de tu manos buenas, cielo de barro, luz contra la insuficiencia. Óyeme y tráeme a mí donde tú estés, sea este silencio sin ruido, o la disgregación que te construye, o la agonía [αγωνία: sufrimiento extremo] de los minutos embravecidos como clavos. Tu oscuridad es mi muerte. Tu no ver me ciega. Reposo en tu ausencia como la alondra [Alouette, gentille alouette, / alouette, je te plumeria. / Je te plumerai la tête, / je te plumerai la tête, / et la tête, et la tête, / alouette, alouette, / oh, oh] en el alambre que sobrevuela el albañal. Me inclino para recoger tu fuego, pero eres agua amputada: te recluyes en el vuelo, te encomiendas a la inexistencia, para la que carecemos de antídoto [no hay antídoto conocido para el envenenamiento por fenobarbital, ni por aconitina, ni por la tetradotoxina del fugu, ni por la batracotoxina, un alcaloide esteroideo liposoluble tóxico secretado por el tegumento de las ranas del género phyllobates y dendrobates y algunas aves (pitohui, ifrita kowaldi, colluricincla megarhyncha)]. Ahí, en la equívoca mudanza de las cosas, encuentro un labio que ha sido tuyo, un río en el que te desangras y, a la vez, prosperas, y ahí, en el tatuaje de la desaparición [en Grecia y Roma el tatuaje se utilizaba para marcar a los criminales; en la Alemania nazi, a los prisioneros de los campos de concentración], que te adorna como un satélite [pastores y troyanos], encuentro el rapto que me desnuda, que me eleva, el ensimismamiento de tus desfiladeros [abertura angosta y alargada, formada por la erosión fluvial antigua en terrenos generalmente calizos o cársticos] y mi salvación. Orillo la vejez cuando te miro, cuando te veo hacer el mismo camino que mi sombra, delante de mí, antes que yo, como una tiniebla enfurecida de carne, entusiasta como el semen [la ingesta de semen no es nociva, a menos que el emisor padezca una enfermedad infectocontagiosa; a algunas personas les sabe dulce y afrutado, debido a sus proteínas alcalinas. Y el aroma puede ser muy intenso] que te regalo en el beato equinoccio [ocurre dos veces por año: el 20 o 21 de marzo y el 22 o 23 de septiembre] de los cuerpos. He mordido tu hiel [bilis] y me ha sabido a pan [«lady» significa en inglés antiguo ‘la persona que amasa el pan’]. He sabido de tu ámbar, en el que viene a anidar la oropéndola [the Eurasian golden oriole or simply golden oriole (Oriolus oriolus) is the only member of the oriole family of passerine birds breeding in Northern Hemisphere temperate regions]. Recórreme cuando llore; dime si algo verdea en mis lágrimas, y si te abriga; dime, tras oírme, si he mudado de piel, o si son otros mis párpados [el calacio es el resultado de la inflamación crónica, o lipogranuloma, de una glándula de Meibonio], o si el sol se refugia antes en mis axilas [en botánica se denomina axila al fondo del ángulo superior formado por el peciolo, o al ángulo de encuentro de dos nerviaciones, o de la lámina foliar o el pedúnculo con el eje o tallo que lo lleva] que en el horizonte. Abrázame con el cataclismo de tu lengua, estrágame con tu delicadeza de corza, y altera mi insomnio [A veces en la noche yo me revuelvo y me incorporo en este nicho en el que hace 45 años que me pudro, / y paso largas horas oyendo gemir al huracán, o ladrar los perros, o fluir blandamente la luz de la luna. / Y paso largas horas gimiendo como el huracán, ladrando como un perro enfurecido, fluyendo como la leche de la ubre caliente de una gran vaca amarilla]: vuélvelo una larga meditación de ti, sostenida en el suelo cartilaginoso [hialino, fibroso, elástico] de tu lejanía, en la bruma salitrosa [KNO3 y NaNO3] de tu escisión. Hallo en las hormigas [las reinas duermen 90 veces al día, hasta un total de nueve horas, e incluso podrían soñar; las obreras hacen 250 siestas de un minuto], que te afloran de las ingles como fosforescencias [algunos minerales tienen propiedades fosforescentes: su luminiscencia se explica por la presencia de iones de elementos de las tierras raras en su estructura], una afirmación sin tacha. Y escribo con ellas, tinta [medias tintas, cargar las tintas, de buena tinta, sudar tinta, tinta china, tinta de calamar] de ti, este poema en el que la luz y la oscuridad se acucian y entrecruzan, se deducen una de otra, mueren una en otra, como yo muero sin ti, en ti. ¿Por qué umbría habré de peregrinar para hacerme con tus antorchas [la antorcha hacia abajo representa la muerte]? ¿Qué espinas deberé acariciar para que tu vientre sepa a sol, sea el sol? [Ma seule étoile est morte —et mon luth constellé / Porte le soleil noir de la Mélancolie]. Ahí está a lo que renuncio y contra lo que arremeto. Ahí están las esquirlas [Shrapnel] enloquecidas de los días, que se suceden como flechas que no alcanzasen su objetivo y, sin embargo, mataran, besaran. Ahí están tus pechos [en las sociedades occidentales tecnológicamente desarrolladas, muchos varones se sienten atraídos por los senos de gran tamaño; otros, sin embargo, los prefieren más pequeños, aunque turgentes y firmes], limpios de acedía, exentos de pesadumbre. Y ahí estás tú, sin yacer, sin cesar, emisaria de ti ante un reino incomprensible, hija de lo que me constituye, de lo ajeno pero entrañado, de lo innecesario aunque esencial. Me miras como la hiedra [la inmortalidad, la sobriedad, el ciclo de la vida, la muerte y el renacimiento, la fidelidad, el demonio, la cruz]. Respiras contra mí, y crezco. Cuando sobreviene el mal, esparces tu escarcha [escamas, agujas, plumas o abanicos] hirviente, tus esporas [plantas, hongos, algas y protozoos] de estaño [sufre la peste; grita], por las geometrías que me cercenan. Se quiebra lo invisible y enmudezco, pero tu savia [no es látex, cerumen, resina ni mucílago; se compone de agua, azúcares, fitorregulares y minerales disueltos; la transporta el floema de forma basípeta] me derrota y renazco. (Renacer es morir al revés, sombra que se deshila y de pronto se ensoga, mutilación que agrega. La sinrazón alcanza el tuétano [el osobuco es un guiso preparado con jarrete de ternera, corte transversal del corvejón de la res, en rodajas de gran grosor y sin deshuesar. A menudo se sirve acompañado de arroz a la milanesa] y lo mella, pero lo que callas me cicatriza: quietud que sana, como la ajedrea [Satureja montana: perennifolia, semileñosa, subarbustiva, de hojas opuestas y oval-lanceoladas] o la tormenta). Óyeme cuando peno. Dame tu insumisión y tu latido.

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xxxxxX

1. Yo.

2. El yo es una costumbre.
xxxxx2. 1 Lo arrastro como si fueras agua,
xxxxxxxxxx2. 2 como piedras.

3. Cunden los huesos, cuya materia es la noche.
xxxxx3. 1 Alcanzan la magnitud de la ofensa.
xxxxxxxxxx3.2 Cunde la noche
xxxxxxxxxxxxxxx3. 2. 1 y se refugia en los cóndilos,
xxxxxxxxxxxxxxx3. 2. 2 en la devastación.

4. El yo
xxxxx4. 1 vocea,
xxxxx4. 2 muge,
xxxxx4. 3 vibra en su hacerse a cada instante más yo,
xxxxxxxxxx4. 3. 1 más hielo.

5. Tumba que se yergue,
xxxxx5. 1 derramamiento que me endereza.

6. Los ojos, saetas.
xxxxx6. 1 Impactan en mí.
xxxxx6. 2 Atraviesan el yo
xxxxxxxxxx6. 2. 1 y se clavan en un lugar sin nadie que también soy yo.

7. Y todo se espesa de columnas;
xxxxx7. 1 todo se ocluye con trombos que son mi adentro;
xxxxx7. 2 todo me abruma de mí.

8. Las pesadillas me sonríen con mis dientes.

9. Los azúcares contienen la sal de mi sombra.

10. Los caballos del sexo relinchan con el aliento que exhalan mis pulmones.

11. Lo oscuro es sol mío.

12. Las manchas que atezan lo que digo se nutren del silencio que observo
xxixcuando vuelvo la mirada a mí y no veo sino palabras,
xxxxx12. 1 sino vacío

13. Acarreo la plenitud tenebrosa que soy
xxxxx13. 1 con la resignación de un galeote
xxxxx13. 2 y la intranquilidad de un perro.

14. Me avengo al laberinto de los días
xxxxx14. 1 porque ocurre piel adentro,
xxxxx14. 2 porque se imprime en la piel,
xxxxxxxxxx14. 2. 1 ensangrentado como la sombra,
xxxxxxxxxxxxxxx14. 2. 1. 1 con umbría claridad.

15. El yo se perfecciona con la muerte.

16. El yo se trasciende a mí mismo y da en más yo,
xxxxx16. 1 espejismo,
xxxxx16. 2 flor encadenada,
xxxxx16. 3 hueco que respira.

17. El yo se precipita por el despeñadero de las obsesiones
xxxxx17. 1 y cae en su propio limo,
xxxxxxxxxx17. 1. 1 desbocado como la traición,
xxxxx17. 2 e impregna su crueldad
xxxxxxxxxx17. 2. 1 y su desmesura.

18. Pero el yo conoce los beneficios de la adversidad:
xxxxx18. 1 sabe que huir es recluirse
xxxxx18. 2 y que amar trunca la huida
xxxxxxxxxx18. 2. 1 como impide la noche la proliferación del mundo.

19. El yo, ¿un camino?

20. Se ensancha el horizonte.
xxxxx20. 1 Se impacienta.
xxxxx20. 2 Está dentro de mí,
xxxxxxxxxx20. 2. 1 como un grito.

21. Ese grito describe una parábola que descansa,
xxxxx21. 1 a un extremo, en tus labios;
xxxxx21. 2 a otro, en la muerte.

22. Ese grito ama,
xxxxx22. 1 eyacula,
xxxxx22. 2 defeca.

23. El grito, la parábola, tus labios, la muerte, ¿son tuyos o míos?
xxxxx23. 1 ¿Los habito cuando te beso?
xxxxxxxxxx23. 1. 1 ¿Los repudio?
xxxxx23. 2 ¿O son ellos los que me ulceran,
xxxxxxxxxx23. 2. 1 los que me multiplican?

24. Las piedras que arrojo,
xxxxx24. 1 hechas de carne,
xxxxxxxxxx24. 1. 1 constituyen tu carne.

25. ¿Es también mía?

26. Vacilan los dedos al crecer,
xxxxx26. 1. titubean hasta rozar tu aire,
xxxxxxxxxx26. 1. 1 hasta que tú también eres los dedos que te acucian.

27. Surgen de ti.
xxxxx27. 1 Se dirigen a ti.
xxxxx27. 2 Son lo que eres.

28. Cuando creo que restaño una herida,
xxxxx28. 1 es a ti a quien zurzo.

29. Tu yo tiene la levedad fosfórica de las polillas:
xxxxx29. 1 la luna les pinta en el abdomen una luz perfumada,
xxxxxxxxxx29. 1. 1 sutil como un crujido cuando todo calla.
xxxxx29. 2 Ese fulgor es tu penumbra.

30. Pero yo no digo mi nombre si no pronuncio el tuyo.

31. Mi nombre tiene un yo: tú.

32. Y también mi desconfianza y mi indecisión,
xxxxx32. 1 entretejidas con tu firmeza.

33. Eres rotunda como las libélulas,
xxxxx33. 1 como los amaneceres.

34. Si te lamo, me ensalivo.

35. Si soy torpe, lo soy porque te omito.

36. Si desfallezco, eres tú quien jadea.

37. El espacio —lo denso y lo inexistente— se llena de tus días.
xxxxx37. 1 El refugio es verte.
xxxxx37. 2 También perderte.

38. Y en el espacio nazco a tus abscesos y a tus cicatrices,
xxxxx38. 1 que me amurallan
xxxxxxxxxx38. 1. 1 y me desahucian,
xxxxx38. 2 que subyacen a toda helada
xxxxxxxxxx38. 2. 1 y a toda desesperación.

39. El yo, cansado de poseerse, te posee.
xxxxx39. 1 Y renace al cierzo
xxxxxxxxxx39. 1. 1 y a la nada.

40. El yo se vacía de hierros
xxxxx40. 1 y permanece en tu cima,
xxxxxxxxxx40. 1. 1 sostenido por tus huellas,
xxxxxxxxxx40. 1. 2 sostén de tus huellas.

41. Soy yo el que deja huellas tuyas
xxxxx41. 1 y yo el que las sigue.
xxxxxxxxxx41. 1. 1 Me miro los pies
xxxxxxxxxxxxxxx41. 1. 1. 1 y reconozco las uñas que me miran,
xxxxxxxxxxxxxxx41. 1. 1. 2 los labios que son ojos,
xxxxxxxxxxxxxxx41. 1. 1. 3 el espejo emborronado de la piel.

42. Aplastado por mí, invoco tu liviandad;
xxxxx42. 1 malherido, te acuno.

43. Tu silencio me dice.

44. El horror se doblega cuando respiras,
xxxxx44. 1 cuando duermes.

45. Ya no transito por la asfixia,
xxxxx45. 1 ni por las trochas aciagas de cuanto pesa,
xxxxxxxxxx45. 1. 1 de mis células y filamentos,
xxxxx45. 2 sino por la extensión cristalina que eres,
xxxxx45. 3 por el tapiz de brisa y brea.
xxxxxxxxxx45. 3. 1 con el que me anudas a lo que huye.

46. Tampoco trajino por mí,
xxxxx46. 1 sino por tu boca caliza,
xxxxxxxxxx46. 1. 1 por tus hombros traslúcidos,
xxxxxxxxxx46. 1. 2 por la sed indolora que despiertas
xxxxxxxxxxxxxxx46. 1. 2. 1 cuando estás
xxxxxxxxxxxxxxx46. 1. 2. 2 y cuando te has ido.

47. Al beberte, me bebo.

48. Soy porque eres.

49. Tu infinitud es mi frontera.

49. Yo: tú.

50. Tú.

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Moga, Eduardo. Tú no morirás. Valencia; Ed. Pre-Textos, 2021.

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PRESENTACIÓN DE ‘YO SOY EL POEMA DE LA TIERRA’ EN MURCIA

 

Este viernes se presenta en Murcia ‘Yo soy el poema de la Tierra’, selección de la poesía sobre naturaleza de Whitman. La recopilación, espléndidamente traducida por Eduardo Moga, incluye una introducción a cargo del propio Moga y un emotivo prólogo —»W.W., el poeta piel roja»— de Manuel Rivas.

En la presentación estaremos unos cuantos para leer poemas del libro en cuestión. ¿Se animan?

 

EL PUENTE QUE CRUZA LA LUNA

El puente que cruza la luna

 

 

Ahora somos como aquel montón mate de arena
del jardín del Pabellón de Plata de Kyoto,
diseñado para revelarse sólo a la luz de la luna.

¿Quieres que esté de duelo?
¿Quieres que guarde luto?

¿O, como la luz de la luna en la arena blanquísima,
que use tu oscuridad para brillar, para relucir?

Brillo. xxxEstoy de duelo.

 

 

 

 

LEYENDO LA CASCADA

Aquellas páginas cuyas esquinas
doblaba son ahora pañuelos, atados
a la última luz de cada uno de sus árboles preferidos,
junto a los que se detenía, y que me señalan el camino
con certeza, como si hubiera ordenado a bandadas
de pájaros que hiciesen susurrar a las hojas en lo alto.

Miro a lo alto a menudo, y pienso en
sus nidos tibios o dejo
que un rasgueo de reconocimiento vibre como un koto,
como si su cabeza aún me mirara por encima del hombro,
rodeada por una niebla fría, dispuesta a encontrar la salida
por una escalera de mármol batida
por sus pisadas. Mis cuentas de ámbar se dirigen, flotando, hacia el mar,
en una sencilla vaina de guisante –igual que las que botan los niños–,
como un carguero cuyo destino fuera perderse.

Cuántas veces me mantiene viva media cerilla,
cuando recuerdo su voz atravesar las habitaciones
y acudir yo a su llamada, para escuchar algunos versos
que él recitaba de forma contradictoria,
como si añadiese una ala de lastre y
descubriera el vuelo.

Tanto del amor se curva ahí,
donde su pluma encerraba entre paréntesis
el pareado, a media página, que mi ajuar,
aún sin estrenar, me atrae poderosamente,
como una frente a la que se invitara demasiado
y se diese a la paradoja.

Me permite vestirme deprisa para el viaje,
como la mejor forma de dejarme lo que se desvanece,
según esté listo o no; él lo está y se desliza
junto a mi cama, en domingo,
hasta que somos como los muertos dando agua
a los muertos, sin reparar en que nuestra tenue sed
es insaciable.

 

 

 

 

RESCOLDOS

Sufría el exceso de luz
igual que nuestras tardes se recuperan de
la lluvia matinal partiendo la habitación
en dos. Le leo para que le alcance otra
voz, para tocarlo más, y unirme
a nuestra escucha o a nuestras carcajadas o a nuestra mutua irrisión.
Ser uno y ninguno. A veces una rima puede
absorber su sustancia, y, sin embargo, librar
una segunda duración. Hablar en voz alta junto a una tumba
rompe el silencio, para que trascienda
otro calor. No decir, sino el fulgor
de que dijéramos.

 

 

 

 

TRAS LOS CHINOS

Al amanecer, un viento del Norte ha zarandeado
la nieve de las ramas de los abetos. Ningún disfraz
dura demasiado. ¿Pensabas que no había vientos
debajo de tierra? Mi caballo tártaro prefiere
el viento del Norte. ¿Pensabas
que la muerte y un poco de tiempo me detendrían?
¿Acaso no me elegiste por mi condición
obstinada, por los ojos verdes que ahuyentaban
a los timadores y engañabobos de nuestra puerta?
He abierto un pequeño sendero, un círculo ovoide
alrededor de tu tumba, para mantener el calor
mientras te hablo. Soy la única
en el cementerio. Elegiste bien. Nadie
es tan obstinada como yo, y mi caballo tártaro
prefiere el viento del Norte.

 

 

 

 

ENCUENTRO MÁS ALLÁ DEL ENCUENTRO

Se cierne aquí tu amenaza, cuando el mar
revela su hora más negra antes del anochecer,
y vuelve después sobre sus pasos para llevárselo todo.
Pero durante un rato los árboles se recortan
contra una espesa franja de espliego, al otro lado
de un puente de luz de ribetes rosas.
Aún podría creerme que las puertas se abriesen
y que aparecieras tú,
un poco sorprendido de que no estuviese todavía
con nadie.

Ahora la luz se ha extinguido
y nosotros, que conocíamos cada curva y cada pendiente y cada cicatriz,
debemos invocarnos mutuamente, como manos que cogieran orquídeas
en la oscuridad. Sólo por su fragancia podemos saber
cuánto hay que apretar.

 

 

 

 

PARAÍSO

La mañana y la noche desajustadas.
El amigo de la infancia,
que se había quedado despierto en casa por mí, se marchó
para que pudiera permanecer a solas con la poderosa almadía de su cuerpo.

Parecía que estaba solo para escuchar, una eternidad
para mí inesperada. Así que le hablaba; le contaba
cosas que necesitaba oírme
decirle, y él escuchaba, puedo afirmar que «pacíficamente»,
aunque quizá fuese sólo un efecto suyo, la seguridad del cuerpo
cuando se reduce a un único músculo. Empero, creo que oí
mi propia voz, igual que él debió de oírla, anhelante
como las narinas de una yegua que resoplara suavemente
en su húmeda presencia: significaba
que todo iba bien, que todo estaba en calma, pero que aún había de sufrir
en el lugar del que te habías ido.

 

 

 

 

DEJO DE ESCRIBIR EL POEMA

para doblar la ropa. Da igual quién viva
o quién muera: sigo siendo una mujer.
Siempre tendré mucho que hacer.
Doblo las mangas de su
camisa. Nada puede frenar
nuestra ternura. Volveré
al poema. Volveré a ser
una mujer. Pero, por ahora,
tengo una camisa, una camisa gigantesca
entre las manos, y, en algún lugar, una niña pequeña,
al lado de su madre,
la mira para aprender cómo se hace

 

 

 

 

ME PONGO EL VESTIDO NUEVO DE PRIMAVERA

El samuray Yamato Takeru-no-Mikoto, héroe del Kojiki,
se «convirtió en un pájaro blanco al morir».
No es casualidad que en la lápida
a tu izquierda se lea «Blanco», y en la de la derecha
hayan cincelado «Pájaro». Quien haya podido disponerlo así,
sin saber dónde iba a ser enterrado, tiene que dar miedo.

Quemo cucuruchos de incienso y observo al humo dulzón
circundar nuestros rostros. Ayer, cuando alguien
me preguntó qué tal estaba, me reí
como una mujer cuyo destino fuera dormir junto a una espada.
Pájaro blanco: así te llamo cuando sueño con volar.

 

 

 

 

HABITACIÓN INFINITA

Habiendo perdido el futuro con él,
estoy dispuesta a amar a quienes
no me ofrezcan futuro –la forma
que tiene el corazón de extraviarse
en el tiempo–. Él me lo dio todo, hasta
el último y jaspeado instante, pero no como un exceso,
sino como si un propósito oculto fuese
una fuente junto al camino
a la que pudiera acercar mis labios y saciarme
de recuerdos. Ahora el amor en una habitación
puede hacer que me pierda con suma facilidad,
como una niña que hubiese de volver deprisa a casa
ya de noche, y tuviera miedo de
encontrarla vacía. O sólo miedo.

Dime otra vez que esto sólo va a durar
lo que dure. Quiero ser
frágil y verdadera, como quien prolonga
el momento con su muerte intacta,
con su corazón, demasiado sabio,
limpio de los desechos que llamamos esperanza.
Sólo entonces podré volver a visitar al último superviviente
y saber, con la alborotada exactitud
de una ventana rota, lo que quería decir,
con todo el tiempo ido,
cuando decía: «Te quiero».

Y ahora ofréceme de nuevo
lo que pensabas que no era nada.

 

 

 

Gallagher, Tess. El puente que cruza la luna (Trad. Eduardo Moga). Madrid; Bartleby editores, 2006.

 

08011

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MANUEL SILVA ACEVEDO

SI ME DIERAN a optar
sería lobo
Pero qué puedo hacer si esta pobre pelleja
no relumbra como la noche negra
y estos magros colmillos no muerden ni desgarran

Si me dieran a optar
sabría acometer como acometo ahora
esta mísera alfalfa, famélica, ovejuna

Si me dieran a optar
los bosques silenciosos serían mi guarida
y mi aullido ominoso haría temblar a los rebaños
Pero qué hacer con mis albos vellones
Cómo transfigurar mi condición ovina.

 

 

¡A LA LOBA!
Gritaron los hombres ya bebidos
La bestia alzó las orejas
y corrió a refugiarse entre mis patas
Me miró a los ojos
y no había fiereza en su semblante
¡A la loba!
Volvió a escucharse el grito ya cercano
Ella agitó la cola
dio un lengüetazo en el agua
y vi sus ojos negros
recortados contra el azul del cielo
Después huyó hacia el monte
entonces yo, la oveja libre de sospecha,
me vi sola ante los hombres
y sus negras bocas de escopeta

 

 

PASA EL REBAÑO en fila funeraria
y atraviesa el pueblo con su fuente
Pasa el rebaño y pasa en seguimiento
de la oveja mayor, la más borrega
Pasa el rebaño en procesión sombría
y tras la huella los lobos cancerberos
van dejando un reguero de saliva
un rastro de sangre y poluciones
Pasa el rebaño y pasa por el puente
Pasan los vagabundos y los trenes
Pasa la loba amarga con sus tetas
Pasa el rebaño y pasa lentamente
Pasa la loba vieja, la más vieja
Pasa la oveja negra a guarecerse
Pasa la noche eterna, nunca aclara
Pasa el rebaño y bala hasta perderse.

 

 

SE DECLARÓ LA PESTE en mi familia
Vi a mis torpes madrastras
gimiendo con la lengua reseca
Murieron resignadas
arrimadas unas contra otras
Yo resistí la plaga
Ayuné, no bebí agua
Rechacé los cuidados
Y una noche a matarme
Vinieron los pastores armados de palos
A matar a la loba
en medio del rebaño diezmado.

 

 

 

 

GUADALUPE GRANDE

PÓRTICO

¿Será hacia esta luz?, «vivir es ver volver», entonces el regreso,
regresar para vivir,
retornar con la pupila de otros días a la mirada de hoy,

como regresan las plantas a sus hojas, como retorna la raíz a la luz, como llega el fruto a la semilla y a su íntima voluntad.

Todos se han ido y sólo queda regresar.

No es el baile de la memoria, no son los pasos
del recuerdo, no es la sombra de lo que ya no está,

es la luz en la que sólo acontece el regreso.

Te veo volver, te escucho en la luz azul del pentagrama.

Sabes que todos se han ido y la mano pequeña se quedó en la grieta del muro cuando guardaba la caja de las últimas cosas, la crisálida de la libélula, la cicatriz de la nieve, la carta que no enviaste, la llave de niebla, la colección de sellos para las amantes del padre, el hilo que guardaba tu madre para el laberinto, las uñas de los gatos muertos, el disco que siempre suena, mateo, mateo, por qué no me supiste esperar, la fotografía de la silla donde te sientas a mirar el mundo, un helecho de cristal, la espiga de oro, y e pico del mirlo y la sombra invisible de la alondra (pétalos secos para el amor, nido de levadura): palabras, tan sólo palabras,
un cuaderno para cada palabra,

y la luz azul de la memoria, «je reviens, je reviens»

y el ángel que te esperaba cada mañana en el autobús del colegio y que sólo ahora puedes ver.

Todos se han ido y sólo queda regresar,
memoria y sombra de la piel, regreso mudo de luz y hierbaroma que atraviesa la infancia y su cicatriz.

Queda en la grieta del muro el pequeño ataúd para tu ano, las últimas cosas en un calidoscopio incesante que gira despacio en la penumbra de los días, humo y sombra en su laberinto de espejos pequeños insectos, últimos gestos de la vida allí fragmentos de rastros, cuadernos para la caligrafía del tiempo.

 

 

LLEGA EL VIENTO  con las venas atadas a la memoria,

parte el barco de no saber y no hay sirenas sino el remoto afilador
en la esfera de la brújula.

Llega el viento con las hojas tendidas sobre la lluvia,

llegan los días del viento,
los aperos de la caligrafía, la suma de los arpones, la redención de Jonás en el bosque de álamos yertos que pudo plantar Akhab,
pero no fue así,
fue sólo el viento, el aire despierto anclado a la orilla de la niñez.

 

 

LLEGA EL ERIZO con una lágrima en cada espina,
viene a verte,
viene del bosque y su cartografía de raíces, de su oculta conversación y su murmullo mineral.
Abre el libro de lectura y marca el sendero con sus minúsculas garras, no lo olvides, no lo has de olvidar:
una lágrima en cada espina, espina de viento, espina de tiempo, espina de sal.

Miras el erizo con una gota de mar en cada espina,
y lo recuerdas bajo el agua y ves la cautela de tu pie,
y observas su oscuridad móvil afilada y quebradiza.
Miras el erizo con una lágrima de ausencia en el hueco de cada espina,
queda el engarce de su alma que ha venido a verte,
su alma violeta como un crepúsculo, su memoria como el firmamento.

Te asomas desde su boca hacia la luz y piensas que la noche ha de ser así,
esa constelación de lágrimas que fueron espinas, de espinas que fueron tiempo, de luz que calcina la herida
y deja esta pequeña joya sobre tu mano infantil.

 

 

 

 

EDUARDO MOGA

SOLILOQUIO PARA DOS  (fragmento)

Dime, alma, qué cincel has empleado
para que yo sea tu forma,
qué sombra subyace en mi sombra,
o qué memoria soy, qué invertebrada
conciencia.
xxxxxxxxxx¿Has moldeado el aire?
¿Asientes a mis volúmenes, a mis ojos?
Acaso sea hijo de tu luz,
y acaso ese resplandor aterido
me rescate de lo inconcebible
y me alimente de lo mortal:
tu fiebre me unce al ser.
¿Qué extraña potencia, alma,
constituyen mis manos?
¿Son las tuyas?
¿Tienes tú manos?
xxxxxxxxxxxxxxxx¿Ven?
Dime, oh, alma, si es tuyo este silencio
o si son los engranajes de mi cuerpo;
dime si dictas tú mi sangre
o es mi sangre la que te articula;
dime si eres mortal
o sólo sucumbes al azar.
¿Existes, alma?
xxxxxxxxxxxxxx¿Existo yo,
o soy un arañazo de la nada?
Te hablo, y no sé a quién.
¿Por qué es tu transparencia
mi opacidad?
xxxxxxxxxxxx¿Por qué desconozco tu idioma,
si en mí converge cuanto hay,
y me iluminan soles dispares,
y recae en mi piel el peso de lo que se aleja?
¿Por qué no te veo, alma,
si advierto las hondonadas celestes,
los remolinos de la fragilidad?
Me oigo anochecer, y morir,
y construirme;
te niego, alma: niego tu azul
y tus guadañas;
xxxxxxxxxxxxxxniego tus células,
en las que cunde lo incomprensible.
Y oigo tu levedad,
que me atenaza; y aquilato
tu soplo homicida,
el fluir de tu ausencia
por mis capilares
y mi ropa.
xxxxxxxxxx¿Eres, alma?
¿Determinas mi latitud y mi penumbra?
¿Coses mis latidos?
¿Me acunas?
xxxxxxxxxxx¿Por qué no recalas
en mis signos, y fotografías mis miedos,
y me ratificas en tu hoguera sin causa,
ajena al tacto, despojada de tildes,
pero que siento en el fondo de mi nombre,
derramada,
derramándose?
xxxxxxxxxxxxx¿Por qué no lloras?
¿Qué mar es el tuyo, alma?
¿Te poseo
xxxxxxxxxo soy yo tu objeto?
¿Qué abstracciones, pájaros,
estragos
son tu carne,
o la mía?
xxxxxxxxDescreo de ti, alma,
porque tengo frío: porque soy.
No estás: no desmientes los espejos,
ni hurgas en las heces del día,
ni te incumbe el horror del mundo;
no resides en lo sido,
ni te sientas a esta mesa en la que escribo
palabras que se esconden en la página,
palabras que son sólo la oscuridad
de ser yo.
xxxxxxxxxNo me habitas, alma,
aunque me construyas.
No te siento,
xxxxxxxxxxxpero estás en mí.
Pesas como el viento, me ahogas
como si me respiraras,
me rocías de tiempo.
¿Vives, alma, en lo que veo?
¿Eres los ojos con que veo,
los ojos con que no comprendo?
¿O te refugias en el pensamiento
y despliegas en sus sinuosidades
tu sonrisa desoxirribonucleica?
¿Eres una red de aminoácidos, alma,
un alboroto de átomos?
¿Eres maleza molecular, rizoma eléctrico
que trepa hasta la cúspide de la idea
y otorga su espesor a los músculos,
su luz a los fonemas?
¿O posees muros,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxfiebre,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxanatomía,
y obedeces, no al mandato de la química,
sino a la persuasión del mito
y al ascua de la voluntad?
Susurras.
xxxxxxxxxSusurras orquedades,
limos que se desprenden de sus hilachas y de sus córneas,
y se transforman en acto,
y condescienden a la soledad.
Pero digo mi nombre, alma,
y me pregunto quién,
qué,
de dónde,
y distingo humo,
xxxxxxxxxxxxxxxxel humo que emana de mí
y en cuyas volutas se imprime un rostro
desconocido,
el humo que es mi colon y mi tristeza,
el humo que procede como la hoz
y rebana la roca
y la rosa,
el yo
xxxxxy su no ser.
¿Es ése también, alma, tu nombre?

 

 

 

 

CHUS PATO

(de ‘m-Talá‘)
POEMA 1

cheguei a un lugar onde a dor impide o pensamento, o cerebro funciona como un fábrica de imaxes -ser máis precisa, un mar de corazóns. Moi ben, polo de agora agrándanse, metamorfoséanse en superficies planas, enchen ese mar, ata o horizonte. Poden suxerir grandes follas de plantas tropicais, carnívoras, logo illas-extensión, de San Brandán, floridas, toda esa área rameada sobre do mar
-búscame na dirección das Indias
enormes, inflados globos escarlatas, aboiando no naufraxio (máis tarde pin-ups, os aventais invadeesas augas, ata a liña do confín)

xxxxxxser fiel
xxxxxxnon escribir nunca esas palabras

xxxxxxídolos do corazón

corenta anos mirando para o muro, con cristais, mesmo a grande escala no aeroporto de 
Cartago
para que o aire se esgace
e se coroe

 

 

 

POEMA 1

llegué a un lugar donde el dolor impide el pensamiento, el cerebro funciona como una fábrica de imágenes -ser más precisa, un mar de corazones. Muy bien, por ahora se agrandan, se metamorfosean en superficies planas, llenan ese mar, hasta el horizonte. Pueden sugerir grandes hojas de plantas tropicales, carnívoras, después islas-extensión, de San Brandán, floridas, toda esa área en ramos sobre el mar
-búscame en la dirección de las Indias
enormes, inflados globos escarlata, flotando en el naufragio (más tarde pin-ups, los delantales invaden esas aguas, hasta la línea del confín)

xxxxxxser fiel
xxxxxxno escribir nunca esas palabras

xxxxxxídolos del corazón

cuarenta años mirando el muro, con cristales, incluso a gran escala en el aeropuerto de
Cartago
para que el aire se rompa
y se corone

 

 

 

 

(de ‘Charenton‘)
POEMA 1

para que esta beleza sexa tes que imaxinar un muro [(-¿é grande este muro?) (-extensdo)] de ladrillo con contrafortes que reforzan o ritmo; enfronre unha orla de verdura enmarca un portal destruído polo tempo. Unha poeta maior realiza esta travesía todas as mañás, as súas emocións son bastante / como o edificio que pecha o portón, desmanteladas polo abandono. As dúbidas para ela teñen a textura das engrobas e a respiración tenue dun boca a boca -esto ao respecto do esforzo máis ou menos ¿poético?- non sabe se debe ou non seguir arrastrando este código polos estreitos e serpentinos pasos das montaña ou se debe ou non perseverar cos exercicios extenuantes de salvamento e naufraxio, se debe ou non abandonar o que foi teima e xustificación de vida.

agora coloca diante de ti un verdor moi suave (carriza) que medra ao redor das tapas dos sumidoiros ou xeométrico cuadrangular nas beiras das lousas (é unha beirarrúa, non rfai falta dicilo). Nisto repara esta poeta tan devastada como unha arquitectura (ningún acanto, capitel, fuste, dórico) posiblemente o inmoble -nº 15 da rúa B, nunha vila moi estraña, nun país remoto- foi interrompido por unha desaparición, por falta de ánimo, de proxectos… pola corrosión dos anos. Logo un primeiro campo de xeada.

 

 

 

POEMA 1

para que esta belleza sea has de imaginar un muro [(-¿es grande este muro?) (-extenso)] de ladrillo con contrafuertes que refuerzan el ritmo; enfrente una orla de verdura enmarca un portal destruido por el tiempo. Una poeta mayor realiza esta travesía todas las mañanas, sus emociones son bastante / como el edificio que cierra el portón, desmanteladas por el abandono. Las dudas para ella tienen la textura de un desfiladero y la respiración tenue del boca a boca -esto al respecto del esfuerzo más o menos ¿poético?- no sabe si debe o no seguir arrastrando este código por los estrechos y serpentinos pasos de la montaña o si debe o no perseverar en los ejercicios extenuantes de salvamento y naufragio, si debe o no abandonar lo que ha sido empeño y justificación de vida.

ahora coloca delante de ti un verdor muy suave (musgo) que crece alrededor de las tapas de las alcantarillas o geométrico cuadrangular en el borde de las losetas (es una acera, no hace falta decirlo). En esto repara esta poeta tan devastada como una arquitectura (ningún acanto, capitel, fuste, dórico) posiblemente el inmueble -nº 15 de la calle B, en una villa muy extraña, en un país remoto- fue interrumpido por una desaparición, por falta de ánimo, de proyecto… por la corrosión del tiempo. Luego un primer campo de helada.

 

CUERPO SIN MÍ

Eduardo Moga 'Cuerpo sin mí'

 

 

xxxxxII

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxCardedeu

El árbol
invade el aire y se desvanece
en el aire; la luz suscita
un temblor que concierne al árbol
y a su disolución, a la paloma
que sobrevuela
las cosas quietas y a la que agoniza
entre las cosas quietas,
a las paredes palpitantes
y a cuanto no palpita; el sol,
al otro lado de la luz, promueve
un silencio candente
que apresa al mundo
y lo impregna de su oro múltiple,
de su bermeja somnolencia.
Los objetos se enzarzan en oscuras
sinapsis y trascienden
su finitud: desaguan en un mar
de escoria y absoluto, y sobreviven
al cuerpo
xxxxxxxxque los rodea. Los objetos
nos poseen, acallan nuestros ojos
con sus ojos unánimes,
esquivan nuestra leve eternidad.
Un ruiseñor corona
el amontonamiento de los coches
y su alboroto muerto.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxTambién el pájaro comparte
la sangre incorruptible de la materia, el fuego
gris que titila en sus bodegas,
y que subsiste a su destrucción.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx(Yo soy el pájaro,
y la incertidumbre del pájaro, y lo arbóreo
de su vuelo, y el aire).
Y los hombres caminan por mi cuerpo,
escarban en la muerte que me nace, se adentran
en una lengua que carece
de mundo al que nombrar,
y que sólo conoce sus ladridos
empozados, el álgebra
de su estremecimiento. Alguien me roza
con humo y prisa: lleva gafas; suda
un sudor sólido; habla, pero no
rompe el silencio.
Hay muchos como él: veo sus espaldas
provisionales,
sus voces de granito;
veo sus ojos
sin ser, su linfa
xxxxxxxxxxxxbajo la losa
de la conversación; y distingo su núcleo,
entre ruidos de sombras y relojes,
lamido por la herrumbre y el sopor.
(Con pies nevados andan por el tiempo,
y el tiempo les vacía
la piel; la muerte
es su asunto: residen
xxxxxxxxxxxxxxxxxen su útero
y comen de su légamo; visibles,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxdesaparecen).
Los hombres regatean: su disputa interrumpe
el nexo entre las cosas y nuestra percepción
de las cosas. Descubro,
bajo edredones
xxxxxxxxxxxxxde polvo,
loza apesadumbrada, y periódicos viejos,
y teléfonos como escarabajos
excesivos: hilachas grávidas
de tiempo,
pero sin hoy, que se reúnen
a la sombra del árbol
o de la ausencia
de árbol, y beben
de su agua recta
y de su recta unidad;
observo un túmulo de libros,
y armarios
con ganglios, y monedas
que tintinean
en los ojos opacos, y almas
que, asomadas a la piel,
contemplan la victoria
sobre el olvido y la promesa
de un nuevo olvido.
Regresan los objetos
a su disperso frenesí. Y yo lamo
la borra transparente
que se acumula
en los contornos de la luz,
en el vacío de la luz.

 

 

 

 

xxxxxVII

El miedo
se aloja en la mirada, empujado por nubes
de agujas, por blanduras que laceran,
y cae en el cuerpo como una hoja
en un estanque:
subvierte
xxxxxxxxsu claridad,
desbarata su telo de cobalto.
El miedo
socava
xxxxxxla sangre, tuerce
la sangre, pero deja intactas sus turbinas,
el sol que asperja
sus explosiones y sus heces.
¿Quién es ese que mira,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxdesde la orilla,
cómo se hunden las formas y las manos
que las crean, cómo arde
lo indestructible
en las habitaciones de la muerte?
¿Quién ve la inclinación
de los pilares en los que descansa
el ser, batidos por la noche
y los insectos,
desencajados
por el martillo
sutil del pánico?
xxxxxxxxxxxxxEse alguien
escucha la fricción mortal
que producen los huesos al chocar
con el silencio; el orbitar
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxanonadado
de cuanto empieza a ser y a declinar;
la piel obscena con que se recubre
la nada.
La noche adviene como una marea
inmóvil:
xxxxxxxrebasa el pecho,
rebasa los espacios níveos
en que se incoa
la conciencia, e imprime
sus huellas en el eje de la sangre,
en el umbral
de la sangre: en su desencajarse,
donde se juntan los caminos
que nos conducen
al yo,
xxxxxo que lo desmantelan.
Oigo llorar a un niño. El hombre
que veía ondular el agua, oye llorar
a un niño, y llora con sus lágrimas,
y es el niño. Oigo,
asimismo, el piafar del miedo,
su volverse agua
que brama, sombra máxima,
bajo una luna
xxxxxxxxxxxque me unge
de palidez y se deshace en negros
filamentos de estaño.
Chirrían las mamparas del espíritu:
una lluvia de sílabas lo azota
y lo acaricia;
xxxxxxxxxxxsus gotas caen
como capullos cercenados
o resplandores
xxxxxxxxxxxxbituminosos:
son la rocalla que produce
el encresparse
de las cosas cercanas,
el habla hostil
de los otros que viven
en mí.
xxxxxxAntes creía
en el fuego: creía en su poder
sin cuerpo,
en su cuerpo inconsútil,
y me incumbían
xxxxxxxxxxxxxsus frutos,
sus líquenes letales. Pero el fuego se estría,
y los estanques enloquecen de hojas,
y se asfixia la luz,
a la que el mal confiere una dureza lívida,
nimbada de lujuria. Acojo
al miedo
como a una lluvia
sin agua,
preñada de engranajes:
el miedo
me llena,
se llena
xxxxxxde mí: me inviste
de vida. Y sigo quieto, solo, oyendo
pasar la noche,
preso de los rumores de la noche,
vencido
xxxxxxxpor mi mudez
bulliciosa. El alma se derruye.
Asisto, inerme, a su refutación.
Alguien grita. ¿Soy yo?

 

 

 

xxxxxXIX

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxPaseo de Gracia

El polvo es una casa
que se asienta en la nada. Sus facetas
bailan, en óptimo desorden,
por las estanterías y el plexiglás, y obturan
los poros de la luz. Emana
de los frunces del aire, de sus tibias tinieblas,
y envuelve al hombre
que lee y al que sólo hojea,
al silencioso y al que miente,
al que cada mañana se pregunta,
mientras se anuda la corbata, quién
es ése que se anuda la corbata,
y al que, en cambio, camina en mí,
conmigo, uncido al miedo,
y muere cuando yo muero. (Es otro
el que me vive y me anda y me amanece;
otro el que hunde los dedos en la sangre confusa,
en el fibroma de la identidad).
Los libros,
xxxxxxxxxahora, colman la mirada,
y la mirada se hace pensamiento;
y digo la mirada, que está escrita
en las guardas y el cloro, en el aglomerado
y los lepismas.
xxxxxxxxxxxxEsplende el polvo,
que se solidifica y delira y entrega
su caos
xxxxxxa las sinuosas cristalizaciones
del deseo. Me mira un vendedor:
gritan sus ojos,
de los que penden
estalactitas,
y su voz, ojerosa,
festoneada de silencios
calcáreos,
xxxxxxxxxes la de un ahogado:
la voz de alguien que ha muerto sin quebrarse.
Su vientre es polvo,
su jadear es polvo, las alas que no tiene
son polvo, y ese polvo se le enquista en el pecho,
moldeando otro
pecho, húmedo y nocturno,
e irradiando una luz opaca.
(El corazón y el polvo son una mima cosa:
los entreveo
xxxxxxxxxxpor la ventana de sus ojos,
a los que asoma una fosforescencia
mate). Me acerco, al fin, al mostrador
y sostengo palabras
embalsamadas,
pero aún palpitantes:
arrastran posos
de firmamentos,
archivan
xxxxxxxxacordes de una música
derrotada, en la que reconozco
el beso
xxxxxxy la sublevación.
Ahora exhiben sus muñones,
sus fonemas inválidos, y sé
que sus amputaciones son
las mías: sus escaras
me deletrean.
xxxxxxxxxxxPor ellas,
por su cuerpo incompleto, accedo a un cuerpo
ilimitado, a un yo sin partición:
soy el vino y la copa
que lo contiene; soy la lágrima y el ojo;
soy un hueco que late, un rayo
prisionero, algo sólido infiltrado por todo,
sobrecogido
xxxxxxxxxxpor todo.
Las palabras dibujan
mi rostro,
xxxxxxxxlas heces
que son mi rostro, la perennidad
de lo que pasa, y brilla como un sol
entumecido, y se consume.
Un trozo de cartón indica el precio.
¿Soy este manuscrito antiguo?
¿Me vertebra su tinta o es la causa
de mi enajenación? ¿Son mis manos las que hurgan
en los volúmenes intonsos,
o es el papel
el que me instila su febril
monotonía? ¿Soy legible
o soy moho? Alguien me ha rozado:
su piel es cálida, como el vacío
pero no alcanzo
a tocarla; se marcha
deprisa,
xxxxxxxcomo si hubiera muerto.
También una mujer dispone
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxsus espinas inocuas
contra mi espalda. Siento la amenaza de su hígado,
de sus esquejes, sin que pueda
decirle ven,
rómpeme, explora
mi sangre, náceme
con tu lengua, rescátame
del laberinto
sin centro en el que vagan
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxla soledad y la saliva
de quienes, como yo, quisieron no morir,
o morir de otro
modo: ahogados en el albañal
de los nombres o presos
en el sepulcro de los nombres.
La mujer ha robado un libro, y se va. Yo
rebusco en el bolsillo y saco unas monedas
con que pagar la estropeada
edición de Machado -Antonio-
que acabo de encontrar.

 

 

 

Moga, Eduardo. Cuerpo sin mí. Madrid; Ed. Bartleby, 2007.

 

EL BARRO EN LA MIRADA

Eduardo Moga 'El barro en la mirada'

 

Quedan aún muy lejos las praderas
rotas, el cielo donde todo es grito
caído. Qué remoto todavía,
me dicen, ese sol que nadie puede
ver, esa pulpa tóxica, ese lacre
que nos mira sin ojos. Vive, pues,
continúan las voces, en los valles
vítreos y en la fruta caldeada,
saborea los pólipos del viento,
las palabras nocturnas que tililan
como animales muertos, y jamás
permitas que las sombras te mutilen.
El orto negro, insisten, se oculta
más allá de la piel en que te anegas.
Has de despedazar el humo: pide
que te ayuden tus lágrimas, combate
el silencio que emana de la ortiga.
Mueren, empero, quienes me hablan. Mueren
como abrazando lluvia, como amándose
a la inversa, ulcerados por lo gris,
con labios ciegos, con el doloroso
silencio de las puertas. Qué distante,
es verdad, este hurto sin zapatos,
los cuerpos elididos, la no música,
la pasta donde el hoy y el tú y el viento
son formas de ignorar, la pudrición
de los sintagmas, el oscurecerse
–venido, como el frío, de una cópula–
de un mundo deseable. Cuánto tiempo
entre el yo y la marea. Cuánta siembra
aún vigente. Sí: han de crecer
la carne y las columnas, un paréntesis
de fermentos, de aviones que procrean,
de pórticos en fuego, hasta el ayer
infinito de una mar de azabache.
Pero las sillas gimen, atacadas
por algo sin cabeza, y los muslos
sienten la cercanía de lo inmóvil,
y las miradas, plenas de yo, se hacen
calizas como el tacto. Si todo es,
aún, coral futuro, ¿por qué siento
el delito impregnándome, por qué
me invaden lo ausente y el ciprés?
Si no puedo tocar lo que urde el hombre,
si su hollín tiene ya contorno de hoy
entre luces de esparto, ¿por qué arde
la bruma alrededor de mi cintura?
Si, en fin, una sórdida ambrosía
se interpone entre el yeso que seré
y esta cárcava de aire ensangrentado
donde ágilmente enviudan los naranjos,
¿por qué ya escucho el fúnebre oscilar
de la rosa, por qué los epitafios
me piden que me acerque, por qué me hablan
como al hermano nunca concebido?
En los relojes hay oscuridades
blancas; en los objetos que me miran
desde sus catfalcos sé que anida
la calumnia, la imposibilidad
de amarse; en los opacos fuegos caben
todas las lágrimas: bajo su quilla
diezmada crece un árbol de negrura;
de la oblea inmediata de los días
comen los ánades y las murallas.
Nada pervive sin su muerte. Nada
es más allá de su árido nacer.
El primer pájaro durmió entre espadas:
un regato de dolo atravesaba
su esperma. Las heridas iniciales
olvidaron su forma de clavel.
El metal imperó: se les quedaron
trozos de noche, astillas siderales,
en los pómulos fríos, azogados
de urgencia y de granizo. Anduvo el tiempo
por las quebradas de la prisa: lúgubres
labios se aproximaban a las cosas;
los muertos abrevaban en la sangre;
sus flemas obstruían nuestra casa,
la bañaban en péndulos feroces,
podaban sus adobes. Reíamos,
sí, mas en ese agónico reír
aves premonitorias derramaban
su muda obsidiana. Es verdad: amábamos,
pero los músculos que nos sitiaban,
los seres a que, sólidos de nuncas,
dábamos vida en nuestra piel, pedían
crecer en la blancura, compartir
nuestro tamaño, apuntalar la voz
con que escapábamos de lo otro. Presos
del légamos, bebíamos el alma
hasta que todo se negaba a ser,
hasta que concluía la distancia
entre ojos y mirada. Soles muertos
decían nuestros nombres en la tarde
airada, mas nosotros sólo oíamos
agua encendida por la oscuridad
y el tiempo. Qué calladas las arenas;
qué cauto ese sonido de tinieblas,
qué despacio se expande entre el azufre
de los muslos. (Y qué ígnea la muerte,
con qué unidad actúa, con qué lúcido
sabor a lejanía, aunque jamás
comprendamos su céfiro, aunque aún
no hayamos acallado su silencio.)
Por que seamos niños que atraviesan
la tristeza no hemos de olvidar
cuántas ruinas habitan nuestra espalda.
Por que, plétoricos de espuma, amemos
como gigantes no cesará lo último,
lo desaparecido entre cadenas.
Por que el mar enarbole sus arterias
hasta alcanzar la precisión del ídolo,
y nosotros finalmente entendamos
qué tenue es nuestro ahora, no debemos
quebrar el día, ni ignorar las caras
del fuego, ni adorar lo extinto. Acaso,
para que no se paralice el sol,
hayamos de ir hasta la carne más
ciega, hasta el miedo de la flor, en celdas
que destilan interminablemente
sus jugos, interiores pese al vuelo
de la luz. Dentro están la soledad
y el olfato; dentro hay lluvia olvidada
donde aún es posible desnudarse
sin muerte, ser cenit leve, exultar
por la ausencia de cuerpo, oír el yo
impugnando los cráteres, dormir
en la hendidura de los siglos. Hombres
en las sienes, hermanos obcecados
por la sal, cópulas entre serpientes
y objetos, besos que son criptas, agua
sida contra el relato de los seres
sin sexo. Pasan pájaros ardiendo:
he de beberlos. Se humedece el fuego:
he de palparlo. Dudan los murciélagos:
contra ellos las aristas de la seda.
Cierro la mano para hallar pezones
silenciosos: acaso abata así
las múltiples mareas. Las rodillas
se deshacen como águilas: qué instante
para huir del tiempo y abrazar,
entre oscuros embriones, lo que no
tiene lados; qué arma de placer
con que invadir la luna. Que matemos
lo impuro pide, anárquica, la voz
del sueño. Que perezcan los confusos
metales quiere el tacto que se yergue
en un fluir de pétalos errados,
en el hecho final de la pureza.
Ahogo la nostalgia de la arena
invocando maderas instantáneas,
imaginándome animal venido
del indulto, órbita que cree en sí
misma. Repudio lo que no respira,
las luces roturadas por la noche,
los hielos oscurísimos que llegan
con sus dádivas quietas, que me buscan
por las calles como haces de minutos,
sin concederme un trébol, sumergidos
en su futuro, sí, en su interminable
hablar de hombres heridos por el dios.
Yo quiero que los árboles me den,
como a los vientos, su calor indemne;
en cambio, una pared de labios se alza
ante el aire que fue mío, ante el fuego
que poseí en silencio. También quiero
que las ciudades callen, como callan
los seres absolutos, como calla
la oscuridad que nace en la mirada
de los nunca nacidos, como callan
los altares donde sacrificamos
nuestra semilla. Pero vastas máscaras
ocupan el espacio de los cuerpos
y nada enmudece, nada altera
su agonía. Entre pámpanos ansío,
en suma, arar el sueño, construir
abismos donde cesen los pronombres,
donde no intuya el fin de mi cerrado
vuelo. Mas el insomnio es muerte inversa,
muerte blanca, mirada radical
de la leche que yace en la consciencia,
luz que duerme y que chilla y que supura.
Cuánto yo desprendido de su alar,
golpeando sus límites, su herrumbre
de niño, su mucosa devorada
por los días. Quisiera comprender
ese idioma dorado donde dicen
que radica el quién. Me gustaría,
como tantos reclaman, reunir
en mis sienes enfermas a  los hijos
sembrados que en un solo pálpito abren
todas las firmas, todos los centímetros
del ser. Porque, me dicen, nunca más
será tangible tanta luz, ya no
volverán a posarse las palomas
del infinito en la realidad
helada por el tiempo. Aunque mis manos,
replico yo, pudiesen extraer
la alegría del tigre, aunque supiera
cómo herir el silencio que me oculta
la mies, no evitaría la inmersión
acerba, el vínculo de los planetas
con la derrota. Ríe, muere, siembra,
lucha, huye, estalla, olvídate, anégate,
bautiza el trigo que, lluviosamente,
se precipita en simas de ternura,
vive como si todo tradujera
tu boca, reconstruye con tu piel
la eucaristía, descompón el guano
en aromas de grito, en madrugadas
rojas, niega que tengas que morir,
disfruta de lo roto, duerme entre ingles
de vidrio, nácete a pesar del limo,
dúchate con el nácar de las madres.
El cuerpo acaba; cesa lo visible.
Lucho porque se agoste el hontanar
del vacío, por que haya en el aliento
más jade, más temblor de nacimiento.
Y al anochecer, cuando los sables
se adormecen como anclas, ardo en mí,
rompo astros, bebo fuego indiferente,
me arranco con ternura las amígdalas
para alcanzar la arena silenciosa.
Pero toda explosión es una ausencia,
porque inmediatamente vuelve el río
sin adverbios, la fuga de las cosas
que habían anidado en el cristal,
la lenta densidad de lo que acaba.
Cae polvo de dientes sobre el día
cautivo. Todos los silencios son
uno. El conocimiento del instante
que nunca existirá me acerca a mí,
me hace más fémur, más sombra. Las horas
hierven de soledad, anulan toda
opción de rostro, toda utopía
de polen y de piedra. Los gusanos,
minuciosos, me azotan. No hablan: mueven
sus cilios como cumbres de un país
muy negro, como cóncavas mareas
que me anegan de nada. Yo quisiera
responder a su canto, a la energía
de su tiniebla, al mal que me atraviesa
con sus cruces, mas sigo en el humus
del infierno, comido por las bielas,
arrancado del cuerpo que me esconde,
esperando que el trono en que agonizo
me deje caminar hasta las dunas
donde aún hay semen, habla, manos
que acarician la luna, jerarquía
de olas, mi carne, mi hoz preñada, lenguas
de mujer que mordí con ebriedad,
el fin de la razón y los jacintos,
la destrucción del mar en que creemos,
sólo tacto en los diques, sólo amor
desnudo, sólo, eternamente, vida.

 

 

 

Moga, Eduardo. El barro en la mirada. Barcelona; Ed. DVD, 1998.

 

UN SUEÑO EN EL PARQUE DE LUXEMBURGO

Richard Aldington

 

 

Hace nueve años, la editorial Bartleby tuvo el grandísimo acierto de publicar, en edición bilingüe, uno de los libros de Richard Aldington, ‘Un sueño en el parque de Luxemburgo’.

Además de la precisa introducción que Eduardo Moga hace para situar al lector en el contexto en el que surge el Imaginismo, da muchas de las claves para entender el porqué de la importancia de libro (las influencias de Aldington, la estructura del libro, la alternancia de planos, la importancia de lo onírico en el texto…). Y, por supuesto, subraya por qué el libro es una rara avis dentro del panorama Imaginista.

Aquí dejo las dos primeras partes del libro.

 

xxxxxI

Hay mucha gente que desprecia al que sueña despierto;
yo mismo tengo un amigo, un amigo culto, de sonrisa triste,
que lo considera una enfermedad heredada de Rousseau,
aunque dudo de que mi culto amigo haya estado nunca
realmente enamorado,
con un amor que robe el sueño y el apetito, que huna a Roma en el Tíber.
Pero no le hagáis caso. Voy a contaros mi sueño,
porque ¿quién puede estar enamorado en París, en junio,
y tener a la mujer de sus desvelos lejos, en otro país,
sin soñar despierto bajo los árboles del Luxemburgo?

De tanta emoción que siento,
me tiembla la mano al escribir,
y tengo tantas cosas que decir
que apenas sé por dónde y cómo empezar;
así de difícil es ser razonable
cuando se está loco de amor.

 

 

xxxxxII

Cuando menos lo esperaba, sucedió el milagro:
vi a una dríade, encarnada en un cuerpo de mujer,
sentada frente a mí…
Y Amor me atravesó el corazón, con herida que aún palpita.
Digo bien: el Eros de los coros de Eurípides,
el Amor del que habla Catulo,
me tenía en Su poder; ese Amor que vio Peire Vidal
cabalgando por los campos de Provenza una mañana de primavera.
Y es muy cierto, como sabían los antiguos y los poetas románticos,
que el amor es algo que surge de pronto y se clava en las entrañas,
y deja un dolor, como una herida, en el costado izquierdo.
Sólo pasé cuatro días a su lado,
en un permanente estado de confusión,
porque tenía muchas razones para no volver a amar
y muchas más para no amarla a ella.
Luché, pues, contra mi amor, e intenté ser «honorable»,
pero me sentía tan desgraciado y con tal angustia
que me creía sumido en esa oscura noche del alma
que los místicos conocen bien, cuando sufren la ausencia de Dios.
Sin embargo, en algún momento del segundo día dejé de combatir
y me entregué a la felicidad de estar junto a ella;
cruzamos una mirada fugaz, y en ese instante
vislumbré la más sublime de las mentes:
el agua contemplaba a su Dios y se ruborizaba.
Yo era el agua y ella era mi Dios.
Entonces comprendí que los Dioses me habían regalado
una dríade risueña, de pelo encrespado como una encina
y ojos que parecían inmortales.
Me dije: «Esto me causará mucho dolor,
porque estoy seguro de que no me amará nunca.
¿Qué es un amante más para ella,
que debe de tener ya a tantos dispuestos a ofrecerle su devoción
y sus inigualables personalidades, a cambio de sus atenciones?
Sin duda me considera un patán o un idiota,
porque no respondo, o tartamudeo, cuando me habla.
Pero ¿quién puede oponerse a la voluntad de los Dioses?».

 

 

 

Aldington, Richard. Un sueño en el parque de Luxemburgo (Trad. Eduardo Moga). Madrid; Ed. Bartleby, 2004.

 

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