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AL PASO DEL INSTANTE

 

LIBERTY TRAVEL

Caminando por la Tercera Avenida
a la escasa luz del ocaso
diviso una agencia de viajes
llamada Liberty Travel.

Por curiosidad o mero cansancio
me detengo frente al escaparate
donde se exhibe, intocable,
un hermoso globo terráqueo.

Lo contemplo como en la infancia,
fascinado por tantos ríos y mares,
montañas e islas desparramadas
como cuentas de un rosario.

Poco tiempo después me embarco
y me instalo en un camarote
vecino a un gringo entrado en años
y a un gallardo joven japonés.

Pronto nos hacemos amigos.
Takeshi, culto y refinado,
nos habla de Hokusai y Basho;
Yioannis, de extraños afrodisíacos

y del arte difícil de la vejez.
Yo les enseño el sentido
de la palabra Illimani
y la manera de pronunciarlo.

Han pasado días y noches
sobre el ya monótono océano,
resignados los tres de que al alba
un puerto habrá de separarnos.

Pero lejos de entristecernos
sonreímos y celebramos
con varias copas de vino
el don de habernos encontrado.

Acodados frente al ocaso,
a tiempo de despedirnos
intercambiamos direcciones
con la promesa de escribirnos.

Ya solo en mi camarote,
repaso los nombres y señas
de enigmáticas calles
inscritos en mi agenda

cuando una mano, de un golpe
rotundo como una palada,
cierra la puerta metálica
de la agencia de viajes.

 

 

 

 

MANIFIESTO PEATONAL

¿Quién fue el imbécil que dijo
que los taxis de Manhattan
semejan peces amarillos?
¿Es la ciudad acaso
un acuario o un estanque?

¡Basta de metáforas y engaños!

Como todos los de su especie
y en todas partes,
son fieras hambrientas,
ávidas, voraces
que se avalanzan en una esquina
sobre el indefenso pasante
(una niña, un anciano,
una joven madre,
un maestro encorvado
a la espera de jubilarse)
y, de un solo zarpazo
lo arrancan de la vida,
sin dejar apenas rastro
y sin que le importe a nadie.

Yo los aguaito de noche,
y los siento jadear
en la caverna de los garajes
como sapos enormes
inflándose, como tanques,
relamiendo entre sueños
sus garras, sus fauces,
en busca de un mínimo
resto de carne
o de una astilla de hueso
o de una fresca
gota de sangre.

 

 

 

 

RECLUSAS AL PASO

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxY una íntima tristeza reaccionaria.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxRamón López Velarde

Como si a todas un ángel
las estuviera raptando,
así ahora van ellas
por avenidas y calles,

sin que ninguna a su paso
nos devuelva la mirada,
nos encienda el alma
e inflame de entusiasmo

ofreciéndonos instantánea
la promesa de un paraíso
(poco importa si falsa)
o una pizca de infinito.

Pasan cerca pero distantes,
pasan de largo, parloteando
ensimismadas, presas
en la celda de sus celulares,

con la mirada vacante
puesta en otra parte, en otra cara
como si uno fuese don nadie
o un simple fantasma.

Transeúntes del ciberespacio,
ignorantes de quien las observa
y se detiene arrobado,
totalmente ajenas

pasan y no nos dejan
sino el cristal del instante
trizado, y una íntima
tristeza reaccionaria.

 

 

 

 

INTERMITENCIAS DE UN SUEÑO

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxa M.B.

Ella a los quince años
en la ciudad de su nacimiento,
marcando en sueños
un número de teléfono.

Nadie responde a su llamada.
Un sudor frío baja
por su garganta
y se escurre entre sus senos.

Despierta sobresaltada,
agradece el alba en la ventana,
el canto de los pájaros
y el ladrido del perro.

Ella a los treinta años
en la capital del país que ama,
y varias noches que marca
dormida un número de teléfono.

Pero otra vez nadie
en el otro extremo
sino el timbre punzante
que afila el silencio.

Ella agradece el frío,
el ruido del carro basurero
y la llamada equivocada
que la rescatan del vértigo.

Ella a los sesenta años
de regreso a la casa de su infancia,
mirando, perpleja, las descuidadas
plantas del patio.

Se acuesta, se sumerge en el sueño
y, llena de esperanza y miedo,
lentamente marca
un número de teléfono…

 

 

 

Mitre, Eduardo. Al paso del instante. Valencia; Ed. Pre-Textos, 2009.

 

EDUARDO MITRE

Eduardo Mitre

 

 

VITRAL DEL SUR

La ventana mira hacia el sur,
a una noche de invierno.

El viento corre sin parar
–sin pasar–
en las calaminas del techo.

Se adivinan fuera
las agujas del frío,
las alcachofas encapuchadas
por la nevada en el huerto.

En torno al brasero,
voces familiares
caen en arabescos,
crepitan en las brasas.

Un niño desde su cama
contempla cómo las sombras
en la pared de su cuarto
se achican y se agigantan.

Lentamente el sueño
le desancla la mirada
y lo transporta días,
noches, años abajo,
hasta otro cuarto donde
a la luz de una lámpara
un hombre encorvado
revive estas imágenes

y abrazado al precario
neumático de las palabras
se desvive hasta el alba
por evitar su naufragio.

 

 

 

VITRAL DEL CONDISCÍPULO

Este recuerdo ha estado viajando
muchísimos años.
Hoy llegó apenas
como un náufrago.

No trae el nombre completo,
el apellido es Hidalgo.
Veo claramente sus ojos negros,
el mandil blanco
y el apagado
amarillo de la piel.

En su casa en penumbras,
inclinados sobre una mesa
cubierta de un modesto mantel,
hacemos juntos
las tareas de la escuela
a la luz de una tiznada
lámpara de kerosén.

Ahora, no entonces, me golpea
el rancio olor que cunde
por los cuartos difusos
con piso de tierra
y que lo mismo impregna
las puertas, las sillas,
el retrato de la virgen María
y de los santos en la pared.

No recuerdo a nadie de su familia,
no guardo más que el eco vago
de una voz que tosía
detrás de una cortina,
sin que osara yo preguntarle
si era la de su madre
o la de una tía.

Pero vuelvo a entrever los tinteros
de tinta roja y azul
y su mano diestra, ligera,
que surca las páginas del cuaderno,
dejando como una estela
su pulcra caligrafía.

No, no nos veíamos los sábados
ni domingos
pues no éramos amigos
sino simples condiscípulos
que se reunían los días escolares
bajo un pacto tácito,
insobornable,
entre los hijos de la pobreza
y los hijos de los inmigrantes.

 

 

 

VITRAL DEL TROMPO

Con su recuerdo en la mano
busco por la extensa ciudad
una calle, un patio
donde ponerlo a bailar.

Pero no los encuentro.

Tanteo el abrigo del pasado,
lo saco del bolsillo
y lo envuelvo con el cordel
desde su único pie
(finamente forjado
por el herrero del barrio)
hasta su cuello de buey.

Extiendo alto y atrás el brazo,
apunto bien
y lo clavo justo
en el centro del mundo.

Lo arrimo al oído y escucho
el sedoso zumbido
de su intensa respiración
dibujando
espirales veloces
como los astros y los pinos
de Van Gogh.

Siento el cosquilleo de su paso
por las líneas que dicen el destino
y cuido que no se caiga
en la zanja de los dedos
apartados por la artritis.

A poco empieza a ladearse,
a perder el paso,
a cabecear y tambalearse
como un borrachito,
hasta desmoronarse
como un payaso
en un triste final de circo.

Pero no nos pongamos
tan andaluces y amargos,
pues todo gira
y da muchas vueltas,
incluso el pasado:
así lo demuestra
el trompo de mi niñez
que en la palma
de mi mano trémula
está bailando otra vez.

 

 

 

VITRAL DE LA PELOTA DE TRAPO

Al cruzar por el parque
una pelota de cuero ha rodado
del césped al asfalto.
Apenas la alcé
se volvió en mis manos
una pelota de trapo.

La reconozco al instante:
hecha por dentro
de calcetines usados
y la superficie tersa
de medias de nylon.
Tal vez por eso
nuestros pies la retienen tanto.

Ahora nos hemos puesto a jugar
sin árbitro, en medio de la calle
sin asfaltar y llena de barro:
los dos hijos del zapatero,
los sobrinos del sastre,
los ayudantes del carpintero
y todos mis hermanos.

En el auge del juego,
a la luz ya débil de la tarde,
irrumpen los gritos de las madres
llamándonos a cenar.

Y obedecemos con desgano.

Me llevo la pelota bajo el brazo
cuando oigo voces de protesta:
miro a mi diestra y veo
a rubios muchachos parados
en el césped del parque
esperando que la devuelva.

De un puntapié la lanzo
y la pelota en el aire
vuelve a transformarse
en la pelota de cuero.

Y lleno de rabia y nostalgia
me alejo por la calle de asfalto.

 

 

 

VITRAL DEL PASADO

Nunca se quedó atrás nuestro pasado:
tenaz, entre intervalos de aparente olvido,
nos fue siguiendo los pasos, furtivo
como un ladrón detrás de los árboles.

Pasajero invisible en los viajes,
se embarcó con nosotros
en los trenes y aviones
que por deseo o fuga abordamos.

En los cuartos de los hoteles,
tras el azogue de los espejos
registró celestinamente
los cuerpos prohibidos que amamos.

A menudo, es cierto, perdió el sentido
(no las huellas) de nuestro tránsito,
pero siguió, indigente, recolectando
fragmentos de cuanto vivimos.

Sólo bastó que llovieran los años
y nos volviéramos lentos
para sentirlo sobre la espalda, con su talego
de calamidades y milagros.

 

 

 

Mitre, Eduardo. Vitrales de la memoria. Valencia; Ed. Pre-textos, 2007.

 

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