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EL SALTO DEL CIERVO

 

INNOMBRABLE

Ahora alcanzo a ver el amor
de un modo nuevo, ahora que sé que no
estoy bajo su luz. Quiero preguntarle a mi
apenas-ya-marido cómo es no
amar, pero él no quiere hablar de eso,
quiere un final tranquilo.
Y a veces siento como si yo ya
no estuviera aquí, sino en su perspectiva
de treinta años, y no en la perspectiva del amor.
Siento una invisibilidad
como un neutrón en una cámara de Wilson enterrada en un acelerador
de una milla de largo, donde lo que no puede
ser visto se infiere de lo que alcanza lo
visible. Después de que la alarma haya sonado,
lo acaricio, mi mano parece un cantante
que canta a lo largo de él, como si
su carne cantara en todos sus registros,
tenor en las vértebras superiores,
barítono, bajo, contrabajo.
Ahora quiero decirle: ¿qué
sentías al amarme? Cuando me mirabas,
¿qué veías? Cuando me amaba, yo miraba
hacia el mundo como desde dentro
de una profunda morada, como una madriguera o un pozo, yo miraba
a mediodía hacia lo alto y veía Orión
brillando, cuando pensaba que él me amaba, cuando pensaba
que estábamos unidos, no sólo el tiempo de un suspiro,
sino una larga continuidad,
los duros caramelos de fémur y piedra,
las fortalezas. Él no da señales de ira,
yo no doy señales de ira más que en rasgos de humor.
Todo es cortesía y horror. Y después
del primer minuto, cuando digo: «¿Se trata
de ella?», y él dice: «No, se trata
de ti», no la nombramos más.

 

 

 

 

SILENCIO, CON DOS TEXTOS

Cuando vivíamos juntos, el silencio en la casa
era más denso que el silencio
después de que se fuera. Antes, el silencio
era como un gran alboroto de laboriosidad
en la distancia, como el hondo rugido de las minas. Cuando se fue,
estudié el silencio de mi antes-marido como algo casi
sagrado, la llamada de un recién nacido
mudo. Texto: «Aunque su presencia se detecta
por la ausencia de lo que niega, el silencio
posee un poder que presagia miedo
para aquellos que se encuentran en él. No visto, nunca oído,
ininteligible, el silencio des-
concierta porque oculta.» Texto:
«Las aguas me rodeaban, incluida
el alma: la profundidad me envolvió,
las algas estaban enrolladas alrededor de
mi cabeza.» Viví al lado de él, en su quietud y
reticencia, a veces lo provocaba llamando a su
abstraída máscara su Mirada de Caimán,
buscando una forma de aceptarlo tal cual
era, bajo la ley de que él no podía
hablar, y cuando yo grité en contra de esa ley,
se limitó a su absoluto,
salió por su puerta de salida.
Y casi me parecía un héroe,
viviendo, como yo vivía, bajo la ley
que me impedía ver a quien yo había elegido
que sólo podía asociarme con él como con un ser
fijado como si fuera un elemento, casi
ideal, sin envidia o mezquindad. En las últimas
semanas, de día nos movíamos a través del despedazarse
mientras duraba, de la unión,
y en la noche el silencio yacía con la ceguera,
y cantaba, y veía.

 

 

 

 

SABERSE ABANDONADA

Si paso por delante de un espejo, me vuelvo,
no quiero verla a ella,
y ella no quiere que la vean. A veces
no veo exactamente cómo seguir con esto.
Con frecuencia, cuando me siento así,
a los pocos minutos estoy llorando, recordando
su cuerpo, o una parte de él,
a menudo la trasera, una parte suya
en la que pensar ahora mismo, atractiva, sin demasiado
detalle, y su espalda vuelta hacia mí.
Después de las lágrimas, el pecho duele menos,
como si, en nuestro interior, alguna diosa de lo humano
nos hubiese acariciado con un derrame de ternura.
Supongo que es así como la gente sigue adelante, sin
saber cómo. Estoy tan avergonzada
ante mis amigos —saberse abandonada
por quien, supuestamente, mejor me conocía,
cada hora es un lugar para la vergüenza, y yo estoy
nadando, nadando, manteniendo mi cabeza alta,
sonriendo, bromeando, avergonzada, avergonzada,
es como estar desnuda entre gente vestida, o ser
una niña y tener que comportarte
mientras odias las condiciones de tu vida. Ahora en mí
hay un ser que es puro odio, como un ángel
de odio. En la pista de bádminton, ella tuvo
su oportunidad, pura como una flecha,
mientras a través de los ojales de mi blusa los mosquitos
mordían la carne que ahora nadie parece
tener ganas de tocar. En el espejo, el torso
se ve como una mártir de póster con urticaria,
o una jarra de nata manchada con ortigas o patas de gatito,
lleno de la leche de la ternura humana
y de crueldad, y nadie hace cola para beber.
Pero ¡mirad! ¡Estoy empezando a dejarlo de lado!
Creo que no va a volver. Al creerlo,
algo ha muerto dentro de mí,
como la muerte de una vieja bruja en una de dos camas idénticas
mientras una criatura nace en la otra. Ten fe,
viejo corazón. De todos modos, qué es vivir
sino morir.

 

 

 

 

POEMA A LOS PECHOS

Como a otras gemelas idénticas, se las puede
distinguir mejor en la edad adulta.
Una de ellas enseguida frunce su ceño,
su cerebro, su rápida inteligencia. La otra
sueña dentro de una constelación,
las Pecas de Orión. Nacieron cuando yo tenía trece años,
se alzaron, la mitad fuera de mi torso,
ahora tienen cuarenta años, sabias, generosas.
Yo estoy dentro de ellas —debajo en cierto modo—
o las llevo: había vivido tantos años sin ellas.
No puedo decir que yo sea ellas, aunque sus sentimientos son casi
mis sentimientos, como sucede con alguien que una ama. Me parecen
un regalo que debo ofrecer.
Que los muchachos adoraban —casi hambrientos—
su categoría del Ser,
no se me escapaba, y algunos hombres jóvenes
las amaron del modo en que una desearía ser amada.
Todo el año han estado llamando a mi desaparecido esposo,
cantándole, como un par de empapadas
sirenas sobre una roca cubierta de escamas.
No pueden creer que él las haya dejado, este no es su
vocabulario, estando hechas
de promesas —como literalmente lo están.
Ahora a veces, las sujeto un momento,
una con cada mano, viudas gemelas,
cargadas de pena. Fueron un regalo para mí,
y entonces fueron nuestras, como niñas de pecho sedientas
de excitación y abundancia. Y ahora es la misma
estación del año otra vez, la misma semana
que él se mudó. ¿No les susurró,
Esperadme aquí un año? No.
Dijo: Dios esté con vosotras, Dios
con vosotras, A-Dios para el resto
de esta vida y para la larga nada. Y ellas, que no
conocen el lenguaje, lo están esperando,
Jesús qué tontas son, ni siquiera saben
que son mortales —es dulce, supongo,
y refrescante, vivir con ellas, seres sin
el conocimiento de la muerte, criaturas de ignorante sufrimiento.

 

 

 

 

UN DOLOR QUE YO NO

Cuando mi marido me dejó, hubo un dolor que yo no
sentí, el dolor que siente quien pierde a aquel
a quien ama. No me empujaron
contra la rejilla de una vida mortal,
sólo contra la verja, lentamente cerrada,
de la preferencia. A veces los envidiaba
—por lo que yo veía como el sufrimiento honorable
de alguien que ha sido arrojado contra la reja
de hierro. Creo que él llegó, en privado, a
sentir que estaba muriendo, conmigo, y que si
tenía lo que hacía falta para arrancarlo todo con sus
dientes y escapar, entonces podría nacer. Así que él se fue
a otro mundo —este
mundo, donde yo no lo veo ni lo oigo—
y mi tarea es comerme entero el coche
de mi ira, parte a parte, algunas partes
reducidas a polvo de acero. Lo que más me gusta
son los asientos de tela, azul-gris, el primer
coche que compramos juntos, desde hace tiempo
marcado con manchas refregadas —babas,
lágrimas, helado, ninguna herida, sólo
la mensual sangre del alivio, y el dejarse
ir cuando las aguas rompían.

 

 

 

 

LO PEOR DE TODO

A un lado de la autopista, las colinas sin agua.
Al otro, en la distancia, los desechos de la marea,
rías, bahía, garganta
del océano. Aún no había expresado
en palabras lo peor de todo,
pero pensé que podría decirlo, si lo decía
palabra por palabra. Mi amigo conducía,
al nivel del mar, colinas costeras, valles,
laderas, montañas, —la cuesta, para ambos,
de nuestros primeros años. Yo había estado diciendo
que ahora ya casi no me importaba el dolor,
lo que me preocupaba era: digamos que hay
un dios —el del amor— y que le había dado —que quise
darle— mi vida y que
había fracasado, pues, bien, podía perfectamente sufrir por eso,
pero ¿y si yo
había herido al amor? Aullé al decirlo,
y en mis gafas se acumuló el agua salada, entonces casi
dulce para mí, porque había sido nombrado,
lo peor de todo —y una vez nombrado,
supe que no había ningún dios del amor, que sólo
había personas. Y mi amigo se acercó
hacia donde mis puños se agarraban el uno al otro,
y la parte trasera de su mano los acarició, un segundo,
con torpeza, con la cortesía
que ningún eros podía tener, la amabilidad doméstica.

 

 

 

 

SOSTÉN FRANCÉS

En el aparador de una tienda de lujo, abajo, cerca de mi
tobillo, como las alas del talón de Hermes
ajustado con montantes y alerones,
frágil como un biplano de seda, el soutien-
gorge yace, flexible, sin carga,
suelto como una cáscara de piel de serpiente. Me detengo,
aúllo en el francés de séptimo curso. Las copas son
una red de lazos, compleja como cortinas en la
casa de una abeja, en la cocina donde la miel está
en el fogón, en la boca, en las bragas —y hay bragas,
con ojales de aplique, y hay dorados
piñones como pinceladas de tacto a lo largo de las cimas de la
poitrine— y es como si mi cuerpo no hubiese
escuchado, o no se hubiera creído, las noticias,
quiere ir ahí dentro y coger esas volutas,
esos cinturones de Hipólita, de su dedo meñique,
y llevarlos a casa, para mi ex y para mí,
mon ancien mari et moi. Es como si
hubiese estado en un club con él, con secretos
saludos, y miradas secretas, y roces,
y la tela satinada que estaba en el club con nosotros, y
el lazo: eran nuestros acompañantes alados
—y el satén, y el punteado suizo: eran nuestro
idioma, nuestra comida y mobiliario,
nuestro jardín y transporte y filosofía
e iglesia, estado sin estado y muerte
sin muerte, nuestras música y guerra. Todo el mundo
muere. A veces un ser amado muere,
y a veces el amor. Ocurren tantas cosas peores,
parece que esto debería ser un lamento de juguete,
la simulada canción del costurero de una muñeca,
aunque a menudo hay gente que es asesinada, para celebrar
la muerte del amor. Me detengo, por un momento,
mirando hacia abajo, a los vacíos disfraces
del lujo, los fantasmas de lencería de mi estar ahí.

 

 

 

 

POEMA DE AGRADECIMIENTO

Años más tarde, tras largo tiempo soltera,
quiero volverme hacia su ausente espalda,
y decir, ¡Qué regalos tuvo cada uno del otro!
Qué placer —confiados, los ojos abiertos,
desmayándonos con lo que nos estaba permitido hacer
hasta altas horas. Y no podías decir,
no podías, que el tacto que tenías de mí
era otro que el tacto de una
que podías amar de por vida —tanto si nos conveníamos
o no— de por vida, como una sentencia. Y ahora que lo
pienso, el tacto que yo tuve de ti
se volvió no el tacto de larga visión, sino como la
tolerante voluntad de uno
que está de paso. Compañero de arena
a la luz de la luna —y a la luz del mediodía en la playa, una vez,
y de la paja, de la paca de sal en un granero, y del abono
dentro de un jardín, entre las hileras —una vez—
compañero de pie contra la pared en aquel diminuto
cuarto de baño con la cerradura que aleteaba como una cromada
mariposa junto a nosotros, a la altura de la cadera, el espíritu
de nuestra inocencia, que era la ignorancia
de lo que se pediría, lo que se requeriría,
gracias por cada hora. Y yo
acepto tus gracias, como si darlas fuese
un regalo de los tuyos —separémonos
como iguales, como fuimos en todas las camas,puros
iguales de la tierra.

 

 

 

 

BAILE DE LA MUJER ABANDONADA

De repente, recuerdo la barra
de oro que mi joven marido compró
y enterró en algún sitio cerca de nuestra casa de campo. Durante nuestro
divorcio —tan nuestro como cualquier
cena de domingo, o lo que
la seguía, que se llamaba la siesta—
él quiso ir a la casa, una última
vez. Por favor, no con ella,
por favor, y él dijo, De acuerdo, y no sé
por qué, cuando me di cuenta, más tarde,
de que él había ido para desenterrar nuestra barra de oro,
no me importó. Creo que es por cuán
equitativo era todo, entre nosotros, cuán equitativamente
nos repartíamos las tareas, aunque
él fuese el que traía un salario, cuán equitativamente
la recompensa de placer fue distribuida entre nosotros
—espera, ¿qués es una recompensa? ¿Es como el pago de un secuestro?
Él se enamoró de ella porque yo
ya no le convenía—
ni él a mí, aunque yo no pudiese entenderlo, pero él
lo entendió por mí. Equitativo, equitativo,
nuestro campo de juego —inspiramos una generosidad
el uno en el otro. Y él no compartió
sus secretos con sus pacientes, pero yo compartí mis secretos
con vosotros, queridos extraños, y los suyos, también
—a diferencia del gorjeo del orgasmo, yo cantaba
por dos. Desigual, desigual, nuestras escalas
de alegría se fueron torciendo, y cuando él
descendió a la planta baja, y yo
navegué por el aire, se hizo
justicia poética. Así que cuando pienso en él
yendo con su pico y su pala exactamente donde él
sabía que estaba el lingote, abriéndose camino
hacia las profundidades, hasta que el aire
lo tocó y liberó su luz,
creo que estaba haciendo lo que siempre hizo, pero yo me
había adelantado un poco —y él
corregía el equilibrio, haciendo su propia vida.

 

 

 

 

AÑOS MÁS TARDE

A primera vista, ahí en el banco
donde accedió a encontrarnos, no parecía
él —pero entonces el rostro de dura
amistad fue el de mi antiguo marido,
como el rostro de una criatura mirando hacia fuera
desde dentro de su Knox. Ningún defecto, ningún golpe,
la ingeniosa tuerca del audífono
escondido en la oreja que yo siento que
ya no amo, pequeño vendaje en la mejilla
poblada con pequeños líquenes de un país que yo no
conozco. Caminamos. No recordaba
cuán profundamente se mantenía dentro
de sí mismo —mi diversión, durante treinta y dos años,
fue tentarlo para que saliera. De algún modo todavía quiero hacerlo,
como si yo lo viera a él como un ser con una zarpa de bebé
atrapada. Su voz es la misma —grave,
todavía propulsada por la burbuja del nivel
en su garganta. Hablamos de los niños, y es
como si eso no nos lo pudiese quitar nadie.
Pero parece como si él no estuviese aquí
—parece, aunque él está aquí, como si, para mí,
no hubiese nadie ahí— igual que cuando él estaba conmigo
parecía que no hubiese nadie ahí para ninguna otra
mujer. Durante los primeros treinta años. Ahora entiendo
que he estado esperando, cada vez que nos vemos, que él me alabase
por lo bien que me lo tomé, pero no va a ocurrir.
Eres lo feliz que pensabas que serías,
le pregunto. Sí. Y es conmovedora
la satisfacción de su sonrisa. Pensaba que tendrías un aspecto más feliz,
digo yo, pero después de todo, cuando yo
te miro ¡estás conmigo! Sonreímos.
Sus ojos, acogedores por un momento, con el acostumbrado
cambio, como si estuviese convirtiéndose en
la especie que fue durante esos treinta años.
Y volviendo atrás. Ojeo su torso
una vez, sus piernas —es como una figura de palos,
ahora,del mismo modo que, cuando yo estaba con él, los otros
hombres parecían muñequitos Ken, vestimenta sólo. Incluso
el resplandor de su reciente anillo de matrimonio no es
un cuchillo entre mis costillas—este es el Ken Casado. Mientras yo
lo acompaño hacia la calle bromeo, y por un momento
él vuelve vivo hacia mí, una gema marina del
estanque en su ojo. Ese retraimiento
que siempre me conmovía, como si hubiese
una gravedad lateral, en él, hacia algún
punto de fuga. Y no, él no quiere
que nos volvamos a ver, en un año —cuando nos
despedimos, es con una seca inclinación
y un Adiós. Y ahí está el parque en primavera,
húmedo como la piel recientemente perdida, dulce
invernadero, verde cementerio con ningún
muerto en él—excepto, en algún bosque
sombrío, debajo de algunos años de hojas y
piñas podridas, el cuerpo de un gorrión
como una redonda nota caída del cielo—mi viejo
amor por él, como la caja torácica de un pájaro cantor totalmente pelada.

 

 

 

Olds, Sharon. El salto del ciervo. Tarragona, Ediciones Igitur, 2018.

 

P.D. Pueden ponerse de fondo la entrevista que el poeta y periodista José Antonio Martínez Muñoz le hizo a Joan Margarit, artífice junto a Eduard Lezcano Margarit de la traducción del libro del que acabo de subir los poemas. Aquí la pueden escuchar.

 

DE VIEJAS ESTACIONES INVERNALES

 

ACADEMIA DE CORTE Y CONFECCIÓN

Inevitable rastro. Borroso fotograma
de un paisaje hoy cercado por ruinas, en el límite
de la vieja ciudad donde las tapias
se hacen decrepitud, materia en despedida.

Sobre el muro, ya sin color, ajado
—tanta lluvia, desleída en los años,
difuminó el añil que hiciste propio—
quedan las letras, los perfiles del estremecimiento.

Academia de corte y confección.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxQué asedio; algo borrosos
llegan a la memoria los portales donde acampó,
indeciso, el ensayo amatorio, la cautela
perdida en las aceras y en la bruma,
entre lanas y fieltros e imperdibles mojados,
sobre telas marcadas por tiza casi añil y olorosas a cómoda.

Edificio en declive.
A su sombra aún respiran
mujeres de crepúsculos perdidos
amadas desde lejos, perseguidas por callejas muy tristes
—¿por qué era invierno siempre?— con la vaga esperanza
de ablandar tradiciones
que prohibían deseos y caricias.

Y es el aire y su abrigo, la memoria de un beso
teñido por la urgencia, el helado mandato
de un reloj insalvable, el que medía
la hora del regreso cada noche.

 

 

 

 

PUEBLO ABANDONADO

En este cántaro, en este pueblo herido
por el viento y la huida, por los pájaros últimos
de viejas primaveras, nada crece, nada busca
la voz, el horizonte.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxTodo muere,
se hace ruina, silencio, desolada
penumbra.

Acaricias las piedras, las maderas vencidas,
los nidos huérfanos, te pierdes por senderos
donde crece, cual hiedra, el abandono
y el recuerdo del tacto se pierde entre los días,
que se han hecho rastrojo.

En esta zanja nadie ama, ni canta. Gana el polvo
la batalla, es quimera el regreso
del agua.
xxxxxxxxxYa no sabes qué hacer, dónde extender los sueños
que heredaste, la vida legada por los tuyos.

Caminas entre escombros,
entre enseres inútiles, hundido en un paisaje
que es tan solo memoria,
rescoldo de una tierra y de un tiempo
jamás recuperables.

 

 

 

 

EL CUARTO Y LA CALLE

xxxxxI

Perdido, atento —tras la ventana que reincide—
a las calles vacías, a ese andar solitario
de la silueta anónima que arrastra entre las casas
un lastre oscuro, indefinido,
te preguntas por la vida.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxEsa duda
que eleva en el alcohol, a veces, su estatura
inestable, su cáscara más ácida,
te persigue.

Más allá de este cuarto, en el límite gris de tu mirada,
camina el hombre oscuro, el desconocido, la sombra
—quizá por ti habitada—.

Huye del escenario que poblaste de escombros
buscando luz incierta en la ventana
mientras crece el invierno.

 

 

xxxxxII

El sol, otoñal y dudoso, nos vigila, se detiene
en los objetos que, en la mesa, brillan de pronto, te revelan
la pasión contenida de las horas recientes.

Derrotado, amarillo, ilumina el papel,
su interrumpida fiesta de las palabras, o ese libro
aplazado y sombrío que en la mesa reposa
desde meses atrás y nos contiene.

Y momentos idénticos a esta tarde apagada
arden en tus papeles mientras llegan
de la calle las voces y te duele
su incierta lejanía, su ausencia de este cuarto
donde crecen las letras.

Y te invade una conciencia ambigua
de traición y silencio, acaso
el dolor de un olvido involuntario.

 

 

 

 

TU BRUMA

No confundas la noche con tu noche, la bruma
con tu bruma.
xxxxxxxxxxxxxxBebe tu soledad, camina
por las altas cornisas donde la angustia llueve
a veces.
xxxxxxxxPiénsate vencido.
Noche y bruma, así, sin adjetivo, son otras.
Otros cuerpos habitan sus dominios, no
tu noche: ella jamás podrá dejar sus ruinas
en el jardín ajeno, en el corazón algo turbio de los otros.

No confundas la noche que vives con la noche.
Es tuya solamente: antigua propiedad que odias a veces.

 

 

 

 

VIEJA TRAICIÓN

¿Por qué me amarga tanto
ese beso perdido
en las islas en sombra
de antiguas despedidas?

¿Por qué, como un destello, aturde
mi conciencia el rescoldo
de un acto que fue hurto,
bien medida traición, preámbulo
de la distancia
que han abierto los años y los trenes?

 

 

 

 

MEMORIA DE LOS TRENES Y DEL TIEMPO

xxxxxIV

Una muchacha azul tu silencio buscaba.

Su mirada era un río sin cercos
resbalando en maderas, en vidrios ateridos,
cuando el campo dormía y en ti el hombre y su riesgo
asomaban despacio con el miedo en el rostro
en busca de ciudades para siempre abolidas,
para siempre.

La adolescente azul fue en el tren de aquel tiempo
la caricia imborrable, el beso y el ensalmo
cuando julio cumplía el trámite forzoso
de salvar el verano del abismo.

 

 

 

Rico, Manuel. De viejas estaciones invernales. Tarragona; Ed. Igitur, 2006.

 

‘GOLEM’, DE LEOPOLDO MARÍA PANERO

 

Escribe Túa Blesa en el prólogo del libro: «la escritura de Panero es, en cuanto tal, una construcción, pero a la vez ella misma se articula como una destrucción sistemática. Para empezar, es el relato de la destrucción de un hombre, un hombre que, como señalé en el libro Leopoldo María Panero. El último poeta (Madrid: Valdemar, 1995), hace suya la experiencia alucinatoria de Juan en Patmos, contempla el apocalipsis —«veo brujas y no estoy loco / yo también he visto los ojos del muerto»— y da cuenta de su visión, sólo que ahora, yendo más allá que el modelo, se incluye la destrucción del visionario. Destrucción de las formas, de esa lengua que falsamente se tiene por poética, destrucción de unos modos de escritura, de unos valores.».

 

Y aquí dejo algunos poemas del libro.

 

 

¡AH! El terror de estar a solas con la nada
virgen azul única verdadera compañera
para suplicar al viento
para adorar al terror y al espanto del silencio
en donde la nada besa a la nada
y estoy solo, tembloroso
llevado de la mano por el cierzo.

 

 

 

 

EL terrible momento de no tener ya nada en qué pensar
de estar a solas con mi boca diciendo nada es el ser
que a la nada convoca
hay espuma en mi boca
ceniza en la frente de la loca
como si el ser solo fuera una boca
escupiendo lentamente en el silencio.

 

 

 

 

LA vida es una enfermedad incurable
donde solo se oye el sonido del viento
llevándose las sombras al país de nunca jamás
al árbol del ahorcado en donde la nada se enuncia
como aurora; en donde brilla el viento:
y vamos todos camino del abismo
llevados de la mano por el conde de Montecristo
¡Ah! Terrible venganza del silencio
en donde la nada brilla camino del abismo
camino del abismo en donde las almas se rompen,
como tallos de flor, como ceniza llevada azulmente por el viento
¡Ah! Combate en la sombra de dos águilas
para morir ahorcado a una paloma
para morir desnudo mientras sopla el viento
mientras cae inútilmente como lluvia el semen de mi boca
y todo lo borra la ceniza estúpida del viento de la palabra
que borra otra palabra quedando solo el aire,
quedando solo el viento.

 

 

 

 

OJO de Picasso ladrando contra el grito
porque la vida es un perro golpeado por el granizo
As a beaten dog under the hail
La vida es —Kafka— una colonia penitenciaria
un extraño código grabado sobre la piel
para rezarle a la nada
en la que todo está inscrito
¡Oh! Labio del silencio
más perfecto que el vacío
más pútrido que el llanto
que el llanto y la nieve
blanca en que escribes
el abecedario del dolor
la muerte que no delira
y es más perfecta que el llanto
cubrid mi lomo con lágrimas
como única telliz.

 

 

 

 

POEMA A ROSA LENTINI

La batalla perdida para siempre
la batalla del pensamiento
la batalla de la rosa demacrada
la batalla impura del verso
tembladeral de sílabas
en que nada como un sapo el recuerdo
tengo una rana en la cabeza y un pescado en la boca
y mi carne se deshace en el poema, pedazo a pedazo
como la carne de Sta. Lidwina de Schidan
como la carne impura de Jesucristo en la cruz
como la carne destruida del verso
La destruction fut ma Beatrice
y se llama poesía a un callejón sin salida
donde crece la flor del desespero
la flor sin sentido del llanto
¡Oh! Flor en los ojos único quebranto.

 

 

 

 

EL dolor sin dolor solo hiel
solo flor de hiel
solo espuma de hiel
solo suplicio en la sombra
solo árbol en la sombra
solo terror de las palabras
solo amor de las sílabas
solo homenaje a la hiel
y a la palabra que quema
que quema y mata bajo la lluvia entera
escucho cómo llueve
sobre el papel.

 

 

 

Panero, Leopoldo María. Gólem. Tarragona; Ed. Igitur, 2008.

 

‘TEORÍA DEL MIEDO’, DE LEOPOLDO MARÍA PANERO

 

ACERCA DEL PRÓJIMO

Cara a cara
no descifran el misterio
y el espejo no es sino
como si sólo la ruina
acariciase la ruina.

 

 

 

 

SOY una mujer barbuda
soy la cabellera del poema
el cofre azul en que guardo un susurro
junto a los dientes de Berenice
y tú mañana, lector
profanarás esta tumba.

 

 

 

 

LA armada de los días caídos
la armada de los días de lluvia
cayendo contra el poema
mientras con una cosmética afilada
lloramos de rodillas ante el poema.

 

 

 

 

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxpara Desiré Hernández

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx«avec tes lèvres,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxmais sans le dire»
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxStéphane Mallarmé

AMÉMONOS sin decirlo
porque el amor no se dice
estando ahí, no se dice
porque la palabra no es amor,
sino un asesino
a las puertas del palacio y el brillo
de tu espalda:
Oh destrucción mi Beatriz segura
el olvido como esporas
siembra los versos.

 

 

 

 

TEORÍA DEL MIEDO

No sé si tortuga o tumba
muerto o vivo, muerto o vivo
no sé si ángel o desastre
muerto o vivo, muerto o vivo
no sé si espíritu u oruga
muerto o vivo, muerto o vivo
no sé si alucinación en lo oscuro
o premio para el desastre
la vida es un mal pensamiento
este poema que aún supura.

 

 

 

 

COMO la vida el verso es una partida
de ajedrez con el horror
y el poema es peor que la muerte.

 

 

 

 

LA nada es menos que el frío
la nada o menos que nada,
es como si Dios riera al ver
fracasar el poema.

 

 

 

 

AH el poema, flor de la nada
flor que insulta a los hombres
y se arrodilla ante el árbol del bosque
ante el árbol del ahorcado
donde los niños extraviados gritan y lloran
por la muerte del país de Nunca-Jamás
mientras el barco
lejos de Ícaro y de Jesucristo
sigue su rumbo hacia la nada.

 

 

 

 

AH las ratas que corren
en la casa abandonada
y el poema es
como una fiesta para los muertos
donde el silencio habla
y el león susurra
águila contra veneno
y veneno contra el habla.

 

 

 

 

DE la poesía sólo quedan las voces
que en lecho oscuro insultan y se burlan
de este viejo chiflado que yo soy
que adora el pájaro de la ruina
ah temblor del árbol bajo el granizo
que golpea en mi cabeza
descompone mi rostro
escribiendo en el poema
el blanco semen de la nada.

 

 

 

 

VERSO caído a mis pies
lágrimas sobre un vegetal
lanza que irrumpe contra el verso
y reza en mis pies
contra el verso
contra el alma y la fe
contra mí mismo
caído a mis pies.

 

 

 

 

LA esperanza es un vicio
el corazón una pústula
el horror el verso
donde yace la muerte
frotando su ser contra mis muslos.

 

 

 

 

ESTÁ prisionero el viento
y escribo sobre una botella perdida
en una islaarrasada
donde deletreo una tras otra
las sílabas del viento.

 

 

 

 

UNA garza sobre el papel
en donde mi padre decía
tengo frío de mí mismo
y sed de la nada
red de palomas y sed de pájaros
sin aire, sin manos ni boca
oh poema, inventor del silencio
xe inventor de la nieve.

 

 

 

Panero, Leopoldo María. Teoría del miedo. Tarragona; Ediciones Igitur, 2001.

 

EUGENIO MONTALE TRADUCIDO POR CARLOS VITALE

Alga 58

 

 

Repasaba mi colección de revistas de poesía (y literatura) y me he encontrado con el número 58 de la revista Alga, número que se abría con una selección de poemas de Eugenio Montale traducidos por Carlos Vitale y que forman parte del libro ‘Las ocasiones’, publicado en Barcelona en 2005 en edición bilingüe por la editorial Igitur y que supuso para Vitale la obtención del  IX Premio de traducción Ángel Crespo.

Aquí tienen los poemas que aparecían en la revista.

 

BARCAS EN EL MARNE

Felicidad del corcho abandonado
a la corriente
que diluye a su alrededor los puentes invertidos
y el plenilunio pálido en el sol:
barcas en el río, ágiles en el verano
y un murmullo estancado de ciudad.
Sigue con los remos el prado si el cazador
de mariposas llega con su red,
la arboleda sobre el muro donde la sangre
del dragón se repite en el cinabrio.

Voces en el río, detonaciones en las riberas,
o rítmica escansión de piraguas
en el crepúsculo que se filtra
entre las copas de los nogales, pero dónde está
la lenta procesión de estaciones
que fue un alba infinita y sin caminos,
dónde está la larga espera y cuál es el nombre
del vacío que nos invade.

El sueño es éste: un vasto,
interminable día que refunde
entre los diques, casi inmóvil, su resplandor,
y en cada curva el buen trabajo del hombre,
el mañana velado que lo horroriza.
Y algo más era el sueño, pero su reflejo
detenido sobre el agua en fuga, bajo el nido
del pájaro moscón, aéreo e inaccesible,
era el silencio altísimo en el grito
acorde del mediodía y una mañana
más larga era el atardecer, el gran fermento
era el reposo.
xxxxxxxxxxxxxxAquí…el color
que resiste es el del ratón que ha saltado
entre los juncos o, con su salpicadura de metal
venenoso, del estornino que desaparece
entre los humos de la ribera.

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxOtro día,
repites – oh, ¿qué repites? ¿Y adónde lleva
esta boca que hormiguea en un solo
chorro?

xxxxEl atardecer es éste. Ahora podemos
descender hasta que se encienda la Osa.

(Barcas en el Marne, dominicales, a la carrera
en el día de tu fiesta)

 

 

 

 

NOTICIAS DESDE EL AMIATA

El fuego de artificio del mal tiempo
será murmullo de colmenas al anochecer.
El cuarto tiene vigas
carcomidas y un olor a melones
penetra por el tabique. Las humaredas
suaves que remontan un valle
de elfos y de hongos hasta el cono diáfano
de la cima me enturbian los cristales
y te escribo desde aquí, desde esta mesa
remota; desde la celdilla de miel
de una esfera lanzada al espacio –
y las jaulas cubiertas, el hogar
donde explotan las castañas, las venas
de salitre y de moho son el marco
donde muy pronto irrumpirás. ¡La vida
que te fabula es aún demasiado breve
si te contiene! Entreabre tu icono
el fondo luminoso. Afuera llueve.

xxxxx*****

Y si contemplaras las frágiles arquitecturas
ennegrecidas por el tiempo y el carbón,
los patios cuadrados que tienen en medio
el pozo profundísimo; si contemplaras
el vuelo arrebujado de las aves
nocturnas y al fondo de la sima el resplandor
de la Galaxia, la franja de todo tormento.
Pero el paso que resuena largamente en la oscuridad
es el de quien va solitario y no ve más
que esta caída de arcos, de sombras y de recovecos.
Las estrellas tienen pespuntes demasiado sutiles,
el ojo del campanario se ha detenido a las dos,
hasta las trepadoras son una ascensión
de tinieblas y su perfume duele, amargo.

¡Regresa mañana más frío, viento del norte,
parte las manos antiguas de la arenisca,
desordena los libros de horas en los altillos,
y que todo sea lente tranquila, dominio, prisión
del sentimiento que no desespera! ¡Regresa más fuerte
viento de septentrión que haces gratas
las cadenas y sellas las esporas de lo posible!
Son demasiado estrechas las calles; los asnos negros
que cocean en fila echan chispas,
desde el pico escondido responden llamaradas de magnesio.
¡Oh el goteo que desciende lentamente
desde las casuchas oscuras, el tiempo hecho agua,
el largo coloquio con los pobres muertos, las cenizas, el viento,
el viento que tarda, la muerte, la muerte que vive!

 

ELIZABETH BISHOP

Bishop

 

 

EL ICEBERG IMAGINARIO

Preferíamos el iceberg al barco,
aunque significase el fin del viaje.
Aunque estuviese en calma como nublada roca
y todo el mar fuese mármol en movimiento,
preferíamos el iceberg al barco:
preferíamos tener esta llanura de nieve que respira
aunque estuviesen tendidas sobre el mar las velas
como, sin disolverse, la nieve sobre el agua.
Oh solemne campo flotante,
¿eres consciente de que un iceberg reposa
contigo, y que podría en tus nieves pastar cuando despierte?

Esta es una escena por la cual un marinero daría sus ojos.
Se ignora el barco. El iceberg asciende
y se hunde de nuevo: sus cristalinos pináculos
corrigen elipses en el cielo.
Esta es una escena en donde el que pisa las tablas
es retórico por naturaleza. El telón
es lo bastante ligero para subir con las más finas cuerdas,
que provocan airosos remolinos de nieve.

 

 

 

CALLE VARICK

De noche las fábricas
luchan despiertas:
miserables, preocupados edificios
con tuberías por venas
intentan hacer su trabajo.
Prueban a respirar,
las extendidas ventanas de la nariz
con púas por pelos
despiden, sin embargo, tantos hedores.
Y yo debo venderte, venderte,
venderte desde luego, querida, y tú me venderás a mí.

Sobre ciertos suelos,
ciertas sorpresas.
Pálida, sucia luz,
algún iceberg capturado
al que se le impide derretirse.
Mira las lunas mecánicas,
enfermas, hechas
para crecer y menguar
por instigación de alguien.
Y yo debo venderte, venderte,
venderte desde luego, querida, y tú me venderás a mí.

La música amorosa de las luces
continúa trabajando. Las prensas
imprimen calendarios,
supongo; las lunas hacen medicinas
o dulces. Nuestra cama
elude el hollín,
y los desgraciados olores
nos mantienen cerca.
Y yo debo venderte, venderte,
venderte desde luego, querida, y tú me venderás a mí.

 

 

 

EL LAVADO

Las sosegadas explosiones sobre las rocas,
los líquenes,
crecen extendiéndose en grises conmociones concéntricas.
Se han organizado
para coincidir con los anillos en torno de la luna,
aunque en nuestras memorias no han cambiado.

Desde que sabemos que los cielos nos atenderán
durante tanto tiempo,
has sido, amada amiga,
precipitada y pragmática;
y mira lo que ocurre. Para el Tiempo
nada es si no es adaptable.

Las estrellas fugaces ¿han acudido
en brillante formación a tus negros cabellos negros,
tan lacios, tan temprano?
–Ven, déjame lavártelos
en esta gran palangana de latón
batida y clara como la luna.

 

 

 

NIÑOS DE OKUPAS

En las irrespirables faldas de las colinas
juegan, como una mancha, una chica y un chico,
solos junto a la mancha de una casa.
El ojo suspendido del sol parpadea desocupado,
y después ellos atraviesan
olas gigantes de luz y de sombra.
Una mota amarilla que danza, un cachorro,
les acompaña. Las nubes están amontonándose,

una tormenta se amontona en lo alto, detrás de la casa.
Los niños juegan a cavar agujeros.
La tierra es dura: prueban a usar
una de las herramientas de su padre,
un pico con el mango roto
que ninguno de los dos puede apenas levantar.
Cae con estruendo. Su risa se despliega
refulgente en el núcleo tormentoso,

débiles relámpagos de tanteo
dirigidos como el ladrido del cachorro.
Pero para su pequeño, soluble,
no autorizado refugio,
aparentemente la contestación de la lluvia
consiste en una ecolalia
y la voz de la Madre, peligrosa como el pecado,
continúa llamándoles para que vengan.

Niños, el umbral de la tormenta
se ha deslizado bajo vuestros fangosos zapatos:
húmedos y fascinados, estáis entre
mansiones entre las que podéis escoger
una casa más grande que las vuestras,
cuya legitimidad perdura.
Sus empapados documentos conservan
vuestros derechos en habitaciones donde cae la lluvia.

 

 

 

UN ARTE

No es difícil dominar el arte de perder:
tantas cosas parecen llenas del propósito de ser perdidas,
que su pérdida no es ningún desastre.

Perder alguna cosa cada día. Aceptar aturdirse por la pérdida
de las llaves de la puerta, de la hora malgastada.
No es difícil dominar el arte de perder.

Después practicar perder más lejos y más rápido:
los lugares, y los nombres, y dónde pretendías
viajar. Nada de todo esto te traerá desastre alguno.

He perdido el reloj de mi madre. Y, ¡mira!, voy por la última
–quizá por la penúltima– de tres casas amadas.
No es difícil dominar el arte de perder.

He perdido dos ciudades, las dos preciosas. Y, más vastos,
poseí algunos reinos, dos ríos, un continente.
Los echo de menos, pero no fue ningún desastre.

Incluso habiéndote perdido a ti (tu voz bromeando, un gesto
que amo) no habré mentido. Por supuesto,
no es difícil dominar el arte de perder, por más que a veces
pueda parecernos (¡escríbelo!) un desastre.

 

 

 

Bishop, Elizabeth. Obra poética (Trad. D. Sam Abrams y Joan Margarit). Barcelona; Ed. Igitur, 2008.

 

CABEZA DE ÉBANO

Rodolfo Häsler

 

STETTIN

La inmensa planicie brumosa, helada en su superficie,
tierra y cielo solidificados por meses y meses, no entra el azadón,
los enormes almácigos dispersos al borde de los canales
indican la cercanía de las granjas, extensa granja de ladrillo
y madera entrecruzada alrededor de una enorme explanada
que lleva por nombre Sophienhof, antecedente de mi sangre.
Bandadas de gansos blancos buscando gusanos
escarban en la paja mezclada con estiércol,
los caballos de tiro patean en las paredes de los establos
reclamando la llegada de sus amos que los encinchan
para llevar la madera al mercado central de Stettin;
las vacas, de ojos líquidos y negros, tan exquisitas,
pretenden lijar las manos con sus moradas lenguas
mientras padre y madre, sentados en un taburete de una pata,
las ordeñan. Algunos empleados acarrean los recipientes
que los perros, conocedores de la ruta, acercan en un carrito a la
lechería. Del bosque llegan ruidos inquietantes,
el estrépito de la cornamenta de los ciervos contra los troncos,
el graznido de los cuervos, mozos talando. Los niños se adentran
en él con cestos para llenarlos de setas de color cadmio
que acompañarán la carne, pequeñas y pardas maravillas
de la hojarasca para engordar la sopa, setas que perpetúan
el recuerdo indeleble de la infancia.

 

 

 

TEL-AVIV

No sé qué decir de la arquitectura de esta blanca ciudad, en el balcón, sin poner las manos extendidas sobre la mesa y ver cómo se amarga el dulce de miel. El estilo de Viena, de Berlín, de Brno y de Zürich siguió adelante tras el hundimiento de Europa. ¿Dónde acaba Europa?

Mi fachada es un poema en forma de ocho.

Es una maldición que me persigue desde la infancia, reconozco inmediatamente en la arquitectura el vientre cómodo de la ballena donde ocultarlo todo y arrodillarse ante el tiempo transcurrido.

El poeta no sabe si es necesaria tanta reflexión sobre el entorno habitado. Hay terrazas para tomar agua de jamaica mientras escuchas el ruido de la calle.

Vamos a sacar de la cama a los amigos del Rehov Soutin para llevarlos a caminar por la playa. Aunque nadie se bañe, la gente más hermosa deja sus pisadas y sus huellas de infinito. La semilla no va a germinar, fue un momento de creatividad que ha quedado olvidado, agotado para siempre. ¿Alguien querría paladear tanta belleza?

La luz se parte en infinitas líneas rectas frente a las ventanas pensadas para truncar al sol. Las flores del insomnio caeb lentamente de las manos y las nubes que anuncian lluvia nos despiertan y ordenan alejarnos de semejante esplendor.

Cuerpo y alma buscan cómo transcribir la impresión de plenitud.

 

 

 

TETUÁN

Dan ganas de llorar mientras la luz, tan limpia,
se demora en caer sobre los cubos azules de la medina,
la luz es leche en el instante mortecino del crepúsculo
en su insistencia por una huida lenta.
Dejo de caminar mientras la actividad remite
y los faroles de las esquinas dan irrealidad a la fruta,
plátano o kiwi en un vaso, si dios quiere agua de azahar.
No hay límite entre las tinieblas y el ardor del día,
las especias de los puestos callejeros confunden los montones
que acaban en la cocina del restaurante de Abdulaziz
donde adoban el pescado para freír, los calamares a la romana
como aros amarillos en la lenta cocción de la tarde.
La gente aparece por todos los rincones, algunos van del brazo,
tuercen por callejones laterales, suben escalones,
se pierden a medida que el blanco se desvanece, el azulete,
el ocre, el manganeso más crudo, habitáculos donde la vida,
desde un instante suspendido, levanta su guadaña
sobre el olor espumoso de la menta.

 

 

 

VISIÓN DEL CÁLAMO

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxA Blanca Andreu

Me hallo en un esmerado jardín
con dos cipreses lanceolados, un melocotonero
en flor y una fuente. En su perfección lo tomo
por un huerto persa. Mientras contemplo
ensimismado la eclosión de una rosa
una voz me devuelve a la belleza del vergel,
una extraña voz, voz hermafrodita: toma el cálamo
y escribe, toma el cálamo y escribe cuanto sabes.

 

 

 

Häsler, Rodolfo. Cabeza de ébano. Tarragona; Ed. Igitur, 2007.

 

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