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EL INVERNADERO

 

PROFESORA DE B. U. P.

No esperabas ya verla
y menos en un bar para comidas rápidas
perdido en la autopista.

Bajo el tinte amarillo de su pelo
se ve la huella blanca que la vejez regala
y sus ojos, más francos, han perdido
lo oscuro que tuvieron:
esa tiniebla que ocultaba el iris
que distingues verdoso.

Es difícil pensar que no era así,
creer que la conoces de otras cosas
pasadas. Imaginarla lejos del café
al que ella te ha invitado
y del rumor monótono
entre coches que pasan frente al vidrio
y monedas que pagan lo que deben.

 

 

 

 

FINAL DE ADOLESCENCIA

Dispersa, la estación,
confirma que te encuentras de camino:
tan lejana parece cada cosa
que prefieres quedarte entre la gente,
que esquiven al pasar tu cuerpo inmóvil
como si así lograras
que la huida parezca menos brusca.

No vuelvas a enturbiarte con razones
que son del todo falsas, y lo sabes.
Ya sé que es muy difícil conseguir un trabajo
y que lo de tu piso no es seguro,
pero tienes dinero suficiente
para vivir un tiempo donde quieras.
¿Dónde? sólo importa largarse
de esta ciudad de encanto pervertido:
la humedad de sus calles desoladas
bajo un sol que, aseguras, está muerto.

Los días de diario te supieron a poco,
sus mañanas perdidas casi sin darte cuenta
entre ruidos de obreros,
petardos de lecciones de latín
y deseo hacia chicas jóvenes como tú —o un poco menos.
Hacia las tres
la tarde comenzaba siempre eterna y estéril
frente al televisor o frente a un libro
y esperando una noche que no llega
—noches que fueron un recuento absurdo
de las breves historias de tu vida.

No fue mejor la cosa los fines de semana,
apenas sostenible
su música con forma de reloj en los pubs más ridículos
y los contados cuerpos que te amaron
hasta que amanecía
con olor a tabaco tu cuarto de resaca,
despedidos sin grandes pretensiones
de amistad o placer.
Hubieras preferido a sus acompañantes,
siempre más atractivas y perfectas;
no esas carnes dormidas por su peso excesivo
y breves de palabra.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxNo obstante,
simulaban un mundo acompañado que hubieras asumido
—tan sólo con vender tu futuro de huraño o de poeta—
en el estéril tiempo de diario,
en las tranquilas tardes de diario.

Ya sale el autobús,
olvídate de darle algún sentido
que guarde relación con el pasado.
Confías en que pronto
podrás reír de tanta oscuridad
y recorrer una ciudad distinta
con calles menos húmedas —y un sol más agradable—
que ya no te recuerden a tu infancia.

 

 

 

 

ENCARNA

En el cambio de octavo para B. U. P.
Encarna decidió dejar las clases.
Su padre era granjero
y no pudo pagarle un colegio privado
—al que iban sus amigas—,

tan sólo el instituto
donde no conocía a casi nadie.
Aprovechó un trabajo, que cogió con su hermana,
dando clases de baile para niñas
—sevillanas y cosas del estilo—

que apenas le dejaba tiempo libre
para sus cosas.
Creía que su cuerpo era asqueroso,
que así de gorda nunca haría nada,
y comenzó a tomar adelgazantes,

anfetas y otras cosas del estilo.
Lo último que supe de ella
es que estaba chupada por las clases de baile

y la ingestión brutal de centraminas.
Me acaba de vender algunos libros
en la feria del pueblo.

Yo creo que está bien, algo redonda
y con tres dientes menos,
mas con una sonrisa descarada
como su madre.

 

 

 

 

TERENCE STAMP

Se necesita edad para unas cosas.
Por ejemplo:
Indiferente apura un cigarrillo
y la brasa resalta en los gemelos
—con piedras impecables.

En frente
—casi roza el humo—
Laura Antonelli ríe por cubrir el silencio
tan cargado en la atmósfera del cuarto.

Continúa distante,
apaga el cigarrillo,
el moharé no forma ningún pliegue.
No es real,
tan sólo una película, no sé si de Visconti.

Se necesita edad para unas cosas.
No malgastar palabras, por ejemplo.

 

 

 

 

UNIVERSIDAD

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxA Paco, sin maldad

En las tardes de tedio
paso el tiempo gastando mis monedas
en copias de revistas que no suelo leer:
es que la facultad es aburrida
y a lo largo de todos los pasillos
que se entrecruzan en la hemeroteca,
parece que el monstruo pasa rápido.

Él lo había aprendido y miraba revistas
que estoy seguro, muy seguro,
nada le interesaban.
Buscaba en ellas, y en los libros,
la pregunta apropiada para clase
que no faltó ni un día
—mejor no las transcribo.

Cómo no,
escribía poemas cotidianos
de lucidez extrema:
fábulas de caniches y teléfonos,
pero sin evitar algunos arcaísmos
que hacían el poema intemporal:
“Levantose el ciclamen
y le dijo al camión de la basura:
—y es que cuesta cien duros cada fino,
mas no te engañes,
en el silencio observo nuestro amor.”

Quizá sólo quería
quedar igual de bien con cada profesor.
Me inquieta con sus gafas académicas
y no quiero que nadie en el futuro
apunte lo que diga nuestro amigo,
pues no nos engañemos,
así serán los nuevos profesores.

 

 

 

 

CUESTIÓN DE PRINCIPIOS

Mi ventana es perfecta para verte
y avanzar en tus páginas
o en la rápida pluma que dibuja
constantemente cosas:
figuras muy confusas desde aquí,
palabras que procuro imaginar.

Cuando vuelvo de clase
y te veo encerrada entre los libros
pienso que estás perdiendo la sonrisa
con la luz condensada de tu flexo.
No te he visto jugar con las repipis
que saltan en el parque y juegan a la goma
entre zapatos sucios y canciones;
siempre en casa escondida
desgastando tus mundos inventados
e impresos en papel.

No son libros de clase,
veo tu biblioteca desde aquí
—confieso que me ayudan los gemelos—
y hay cosas que envidiar para tu edad:
El Árbol de la Ciencia, Baudelaire,
Valle-Inclán, Luis Cernuda, Garcilaso
y más que no distingo,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxlos tapa tu casete.

Lo que puedo decirte es verdad sólo en parte:
no merecen los libros ser pagados tan caros,
pero que opine otro menos pobre.

 

 

 

 

REPETICIÓN DE UN TEMA

No recoge la cena
y cambia con el mando la película
sin mirar lo que hay puesto.

Está bastante gordo,
extiende su periódico en las iernas
ignorando a los niños.

Ella, por otro lado,
intranquila los manda hacia la cama
frotándose la frente.

Los niños hacen caso
y se quedan los dos en el salón
como al principio, solos.

 

 

 

 

PRIMER VIAJE

Leve como un murmullo de autopista
si ves amanecer
partiendo a una ciudad que no conoces.

No sé si imaginabas la existencia
de un vacío de calles, de tiendas, de colegios.
Tan sólo el horizonte enrojecido
de un sol siempre lejano.

Con la mirada fija en el cristal
trasero, con tus padres charlando de sus cosas,
te dejo que prosigas. No sé por qué te envidio.

 

 

 

 

27

El autobús desierto por el sol
insufrible del verano
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxa esas horas
propicias al café. Te sentaste muy cerca.

Yo miraba tus pechos
bajo la camiseta de tirantes
sin que tú lo supieses.

 

 

 

 

SI HAGO ESTA REFLEXIÓN ME DECEPCIONO

Ya pasan tres minutos con la pluma
—hoy escribo con pluma en vez de boli—
buscando alguna idea. Ninguna me convence
y sé que siento algo
y que lo más seguro
es que sea preciso que lo escriba.

¿Para qué ser sincero
si me van a leer cuatro amiguetes
que poco les importa
y puede resultar más divertido
escribir un poema insustancial?

No veo otra salida
si cada reflexión que me conmueve
ya está escrita en Tratado de Urbanismo.

 

 

 

Pardo, Carlos. El invernadero. Madrid; Ed. Hiperión, 1995.

 

POEMAS DE LA LOCURA

 

xxxxx19

EL PASEO

Hermosos bosques que cubren la ladera,
En la verde pendiente dibujados,
Por cuyas sendas me guío,
Calmado en mi corazón
Dulcemente cada espina
Cuando más oscuro es el sentido
Del dolor del pensamiento y del Arte
Que desde tan antiguo en mí pesan.
Deliciosas imágenes del valle,
Jardines, árboles,
Estrecho puentecillo,
Arroyo que apenas puedo ver,
Qué hermoso en la despejada lejanía
Brilla el soberbio cuadro
De este paisaje que amorosamente
Visito, cuando el tiempo es benigno.
Dulcemente la divinidad nos lleva
Hacia el azul primero,
Luego con nubes dispone
La enorme y cenicienta bóveda,
Y abrasadores rayos y estruendo
De relámpagos, con embeleso de los campos,
Con belleza unida
A la fuente de la primitiva imagen.

 

 

 

 

xxxxx27

LAS DELICIAS DE ESTE MUNDO…

Las delicias de este mundo ya he gozado,
Los días de mi juventud hace tanto, ¡tanto!, que se desvanecieron,
Abril y Mayo y Julio están lejanos,
¡Ya nada soy, ya nada me complace!

 

 

 

 

xxxxx30

A LA MUERTE DE UN NIÑO

Pertenece a los niños la belleza,
Como un retrato de Dios tal vez,
—La paz y el silencio son su naturaleza,
Entregada a la alabanza de los ángeles.

 

 

 

 

xxxxx34

EL VERANO

Fluye el riachuelo por el valle, entre altas montañas
Que hasta muy lejos verdean en la inmensidad de la planicie,
Y extendidos están los árboles con sus hojas,
Tantas que casi ocultan el curso del arroyo.

Alto brilla el magnífico sol del Verano,
Como si apresurase el placer del claro día,
Llegando el anochecer con una fresca brisa,
Que a los hombres invita a consumar el día.

24 de mayoxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxhumildemente
xxxxx1758.xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxScardanelli.

 

 

 

 

xxxxx35

EL VERANO

Pasan los días con susurros de apacibles vientos,
Mas cuando sus nubes arrebatan el esplendor de los campos,
El confín de los valles se une al crepúsculo de las montañas,
Allí, donde las olas de la corriente caen confundiéndose.

Alrededor se muestran las sombras de los bosques,
Por ellas se desliza lejano un arroyo,
Y la lejanía ofrécese como un cuadro en las horas,
En las que el hombre a sí mismo se encuentra.

24 de MayoxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxScardanelli
xxx1758.

 

 

 

 

xxxxx46

EL ESPÍRITU DEL TIEMPO

La vida es la tarea del hombre en este mundo,
Y así como los años pasan, así como los tiempos hacia lo más alto avanzan.
Así como el cambio existe, así
En el paso de los años se alcanza la permanencia;
La perfección se logra en esta vida
Acomodándose a ella la noble ambición de los hombres.

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxHumildemente
24 de Mayo de 1748xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxScardanelli.

 

 

 

 

xxxxx47

AMISTAD

Cuando conócense los hombres por su valor interno
Pueden con alegría llamarse amigos,
Pues la vida es algo ya tan sabido para ellos
Que sólo en el Espíritu más alta encontrarla pueden.

El Espíritu noble no es a la amistad ajeno,
Los hombres gustan de las armonías
Y a la confianza se sienten inclinados, viviendo para conocer.
También a la Humanidad esto le fue otorgado.

20 de MayoxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxHumildemente
xxx1758.xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxScardanelli.

 

 

 

 

Hölderlin, Friedrich. Poemas de la locura (Trad. Txaro Santoro y José María Álvarez). Madrid; Ed. Hiperión, 1982.

 

‘LA CAMARERA DEL CINE DORÉ Y OTROS POEMAS’, DE CARLOS MARTÍNEZ AGUIRRE

 

EL AMOR ES UN GÉNERO LITERARIO

He pensado escribirte como si no existiera
aún el feminismo. Como si nuestro tiempo
no fuera el fin de siglo, ni nadie conociese
la igualdad de los sexos, ni causara extrañeza
oír que te dijera que el amor que yo siento
por ti jamás podrías sentirlo tú por nadie.
Tal vez el amor sea sólo literatura
que cambia con el tiempo. Supongo que nosotros
no amamos como Shakespeare, ni Shakespeare como Dante,
ni Dante como Safo, ni Safo como nadie.

 

 

 

 

EL FANTASMA DE UN ÁTOMO DE URANIO
XXEVOCA SU RUPTURA SENTIMENTAL

Tú te alejaste de mí…
y yo arrasé Nagasaky.

 

 

 

 

REFLEXIONES (O CASI) DE UN SKIN-HEAD

Cuando escucho la palabra cultura
la mano se me va hacia la pistola.
En general ante cualquier palabra
la mano se me va hacia la pistola.
Aunque la mayoría de las veces
no tengo que esperar a las palabras.

 

 

 

 

Martínez Aguirre, Carlos. La camarera del cine Doré y otros poemas. Madrid; Ed. Hiperión, 1997.

 

KEMI

 

KEMI

xxxxxI

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxGolfo de Botnia

El agua congelada.
El cielo blanco.
Sé que enfrente está Suecia,
pero no la distingo;
hay mucha niebla.
Me encuentro dentro de una enorme caja.
Ninguna coordenada
fija mi posición.
Tanta blancura ciega.
Me ensordece el silencio.
Hablo y mi voz se adentra
en el inmenso espacio de la nada.
Soy el único objeto.
Mi ropa y piel limitan
con lo desconocido.

 

 

xxxxxII

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxHotel Palomestari

Bajé a la calle para dirigirme al coche.
Lo tenía aparcado detrás del hotel,
sobre un montón de nieve.
El frío era intenso.
Leves copos bailaban una coreografía de silencio
hasta posarse en mi cazadora térmica.
La ciudad estaba vacía.
Junto a las farolas, en medio de la acera,
montañas de nieve despejaban el camino a los transeúntes
que por el día andaban,
amaban y llevaban sus vidas a cuestas.
Caminaba despacio por un suelo helado, resbaladizo.
Apenas veía.
Los escaparates estaban apagados.
Los letreros de neón parecían payasos inertes,
sin gracia, provistos de trajes negros.
De pronto escuché una música en medio de la nada.
Me paré.
Las notas, leves, procedían de una tienda de zapatos.
Y allí estaba yo,
en la frontera entre Finlandia y Suecia,
escuchando country bajo la nevada.
La extrañeza me apretó el corazón.
¿Qué hacía yo tan lejos?
¿Qué razón justificaba mi presencia a ese lado del mundo?
Si desaparecía, nadie se daría cuenta,
no habría testigos.
La música seguiría sonando,
tan inútil, como entonces.
Llegué al vehículo.
Despejé a patadas la nieve que lo estaba sepultando.
Retiré con los guantes el enchufe
que lo mantenía unido a la corriente
para evitar que el motor se congelara.
Cuando emprendí el regreso me paré en la esquina de la calle.
Sabía por qué me encontraba allí.
La música dejó de constituir un peligro,
una banda sonora que anunciase mi ausencia.
Tú me estabas esperando,
con el cabello húmedo,
en la sauna templada de nuestra habitación.

 

 

 

G. García, Ariadna. La Guerra de Invierno. Madrid; Ed. Hiperión, 2013.

 

LA GUERRA DE INVIERNO

 

LA GUERRA DE INVIERNO

xxxxxx(1939-1940)

xxxxxI

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxFrente de Kollaa.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxIstmo de Karelia

Simo Häyha no es un francotirador corriente. Los rusos lo
apodan “La muerte blanca”. Su nombre está en la lista de
soldados a los que buscar para su ejecución. Su certeza en el
tiro merma al Ejército Rojo. Elimina a los hombres y des-
uella la moral de la tropa. Ha sobrevivido a varios intentos
de asesinato, a la caza salvaje de otros depredadores. Pero
aún no existe la bala que se cobre su pieza. Ahora está tum-
bado sobre la nieve. Su mano derecha acaricia el gatillo de
un fusil H-28, el arma con que cada verano salía al monte
con su padre, antes de que Stalin invadiese su mundo. Tam-
bién pescaban en los lagos de Karelia. Y a la noche, encen-
dían un fuego que convocaba a su alrededor a toda la familia,
e incluso a los amigos. Allí cenaban, al calor de las llamas y
de la compañía, como si nadie en la Tierra estuviera de paso.
Donde había canciones, hoy ruge el tableteo constante de las
ametralladoras. Por eso “La muerte blanca” clava la vista en
el lago congelado, por donde espera que aparezcan las orugas
soviéticas que huyen de las carreteras llenas de minas. No
trata de defender una frontera, sino su propia infancia.

 

 

xxxxxIV

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxFrente del lago Ladoga.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxixxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxIstmo de Karelia

El palacio de hielo es un clamor cuando se anuncia mi nom-
bre por la megafonía: Birger Wasenius. Yo no miro a las gra-
das, xdonde xxque xmis xcompatriotas xagitan xbanderas,
recuerdan mis medallas en los Juegos Olímpicos de Invierno
del año 36 (en Alemania), y sienten un vínculo especial con-
migo, con mis gestos y músculos, con cada una de las letras
que contienen mi nombre; un afecto que ignoro si sabré co-
rresponder. Yo ime icentro ien ila ipista. iMe iaíslo. No existe
nada fuera de mi cabeza. Ni siquiera mis rivales: el resto de
patinadores. Cierro los ojos. Veo mi carrera. Los abro. Me
mido con el hielo. Lo Desafío. El hielo y yo. El frío contra
mi potencia. Un disparo. Explotan las voces de la gente, y el
cuerpo sale en busca del destino. Por delante, 1500 metros,
un futuro de gloria hacia el que avanzo. Las aspas de mis
brazos me propulsan a gran velocidad. Tomo distancia. Soy
un poderoso molino de tendones y sangre. Me persiguen.
Escucho los jadeos a mi espalda, la cuchilladas que los pa-
tines infligen al suelo, las órdenes en ruso, los ladridos. Pero
no me detengo. El sol arde en mis piernas. Me deslizo más
rápido. Una vuelta. Faltan 500 metros. Dejo atrás una granja
de renos, un río helado y una pieza de artillería; rota e inútil
como un cadáver. Otro tiro. Sobre la superficie, el reflejo de
mi figura. Dos patinadores. La misma fuerza. También el
mismo miedo. Ya no escucho las voces de las gradas. Sólo el
sonido de mi respiración. Todavía me buscan. No distingo
la meta en este bosque. Un árbol sigue a otro. Me he perdido.
Con los disparos se desprende la nieve de los árboles. Gano
segundos que no sé de qué me servirán en esta huida. Co-
rrespondí al afecto de mis compatriotas. Seguro que se sien-
ten orgullosos de mí, que sueñan con mi vida, con este
cuerpo ágil y veloz que está siendo abatido en este instante.

 

 

xxxxxV

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxMar Báltico

Varios minadores finlandeses salen del archipiélago de
Turku. Se dirigen a mar abierto, donde se libran dos com-
bates. Hay dos guerras en una. En el nivel superior: destruc-
tores, icargueros iy icorbetas iemulan ial isol ia icañonazos,
incendian el aire, toda forma de vida humana o animal. Bajo
la superficie líquida: la guerra es silenciosa, parece que trans-
curre como a cámara lenta, en un mundo dotado de otras
leyes marciales. Cientos de submarinos se evitan en el agua.
Su misión no consiste en lanzar torpedos. El juego es más
sutil debajo de las olas, más elegante, incluso: consiste en
poner trampas. A la suciedad, el ruido, el olor nauseabundo
de la pólvora mezclada con la sangre y el fuel, en el piso de
arriba, se contrapone abajo la limpieza de las operaciones, el
mutismo de los tubos lanzamisiles, acallado en ocasiones por
los coros solemnes de las tripulaciones de ambas flotas. Un
par de sumergibles avanzan en dirección opuesta. Son cetá-
ceos de acero. Uno pertenece a la Flota Roja del Báltico. Un
S-2 comandado por Gavriil Nikolajeritj. El otro es un im-
ponente minador finlandés de la clase Vatahinen. Ochenta
soldados hunden sus vidas bajo toneladas de agua. La oscu-
ridad y el frío los envuelven. A varias millas de Tallín, Esto-
nia, icomienzan ia iascender, icomo imedusas, ilas iboyas
explosivas finlandesas. El hielo las detiene. Allí se quedarán,
pequeños globos, hasta que un leve peso las detone. En el
mar de Aland, el submarino ruso realiza tareas de reconoci-
miento. Busca bases secretas frente a la costa sueca. Su mi-
sión es sencilla. A bordo de la nave, varios jóvenes aprenden
el oficio de la guerra, el manejo de la maquinaria y de sus
emociones. Controlan la presión del casco con la misma efi-
cacia que dominan sus nervios. Por eso, cuando la hélice roce
la mina que parta el sumergible en dos, no maldecirán ni llo-
rarán su suerte. Pensarán, con orgullo patrio, que se les ha
otorgado un gran honor: el descanso perpetuo en una tumba
helada.

 

 

xxxxxVI

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxFrente de Tolvajärvi.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxIstmo de Karelia.

El deshielo del lago, en primavera, humillará a las aguas, que,
con pudicia, como si traicionasen el secreto de un niño o la
confesión de un sicario, desvelarán los horrores de la guerra.
Esto que flota inerte entre cascotes de hielo es un cadáver.
Cantarán de plano al mundo. Y estos bultos de aquí, que la
corriente mece bajo la niebla helada, son los restos de miles
de ilusiones que duermen boca abajo.

 

 

 

G. García, Ariadna. La Guerra de Invierno. Madrid; Ed. Hiperión, 2013.

 

VENDRÁN MESES CON ERRE

ivan-tubau-vendran-meses-con-erre

 

CINCO, SIETE, CINCO: HAIKU

2

Como una mano,
la blusa de algodón
roza el pezón.

 

3

En tu piel clara,
las dos manchas oscuras
de tus pezones.

 

5

Piel de gallina:
pasan tus tetas tiernas
sobre mi espalda.

 

 

 

 

RUBAIYYAT DE CAMBRIDGE

1

El cielo eres tú ahora,
tus labios y mis labios
que se buscan, se encuentran,
se mojan y se muerden.
No hay ningún otro cielo
fuera de este lugar,
y es bueno que al morir
lo hayamos visitado.

 

3

Muérdeme, lame, liba
y dame queso tierno
y cobijo y perfume
debajo de tu axila.
Si los dioses nos llaman,
diles: vuelvan mañana;
todavía nos quedan
ostras y vino blanco.

 

4

La hora que ha de venir
está lejos aún,
pero en este minuto
ya pensamos en ella.
De la vida sabemos
que terminará un día
y a cada dentellada
nos queda un trozo menos

 

12

Detectad si queréis
un tufo metafísico
en mi terco deseo
de gozar de la vida:
sé que cada placer
que me doy o me dais
será el último acaso.
Otro vaso de vino.

 

 

 

 

SEXO DE ÁNGELES

2

En tu boca recuerdo
el olor del tabaco
y tu aliento me trae
los aromas del vino
y el sabor marinero
de la ostra y su perla
si lentamente lamo
tu oscura flor mojada.

 

 

 

 

LA PIEL

2

Sabe la piel que es piel
cuando toca otra piel.

 

4

Hoy estreno mi piel
sólo para tu mano.

 

6

Cuán terrible la vida
de un hombre cuya piel
nadie toca jamás.

 

 

 

 

LA HUELLA DE TU CUERPO EN MI MEMORIA

2

La memoria de todo tu cuerpo
horada el mío de tarde en tarde
como cuando de pronto en invierno
el recuerdo preciso de un instante de estío
tare la bocanada cálida que ya anuncia
la primavera.

 

 

 

 

MAITHUNA EN EL VALLE DE ULZAMA

1

Antes de que dijeras
una palabra
toda tu piel lo había
dicho ya todo.

 

 

 

 

OCCIDENTALIA

LA CASADA INFIEL

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxA Rita

Era noche de San Juan
y casi por compromiso
te dije que no tenía
prisa y tú me contestaste
que no me tenías miedo.

 

HIDROGRAFÍA

Me agrada ver có-
mo te gusta que
resbale el agua por
todo tu cuerpo cuan-
do sales de la du-
cha.

 

 

 

Tubau, Iván. Vendrán meses con erre. Madrid; Ed. Hiperión, 1991.

 

JOSÉ ANTONIO GABRIEL Y GALÁN

Puede leerse en el prólogo de ‘Un país como éste no es el mío’, prologo escrito por Fernando Savater:

“Es sin duda muy difícil ser cuando lo que uno es ‒mejor, ese proyecto por el que uno quiere llegar a ser lo que es‒ no tiene existencia paladinamente reconocida en el registro oficial de lo posible; es difícil ser cuando ni la soledad nos devuelve certificación de nuestros propios rasgos ni cabe esperar compañía alguna que suscriba suficientemente el debido reconocimiento.
(…) Lo que más nos dificultaba el ser eran las definiciones incesantes que caían a todas horas sobre nosotros, los sellos súbitos que estampillaban nuestro deambular de espectros, lo muy completo de las descripciones administrativas con cuyo acoso era prudente en cada caso contar. Ciertamente se nos dificultaba el ser, pero se nos obligaba a estar  y a estar ante todo conscientes del cómo y dónde estábamos.
xxEn lo único que llegamos a ser maestros fue en los malos usos de la paciencia. (…) Fue la nuestra la paciencia devastada de quien ya no tiene ante los días más exigencia que la de que pasen sin dejar rastro, la paciencia mendaz y traidora de quien todo lo remite a un futuro cuyo solo espejismo en el horizonte vacía el presente hasta la médula. Fue la paciencia del sobrino endeudado que acecha la interminable agonía de su avaro tío en espera de una herencia que los ratones ya han roído hace tiempo: ¡y ni siquiera tiene la audacia asesina de enenenarle de una vez el caldo cotidiano! Hicimos de la paciencia un uso tal que nos desautoriza para participar sinceramente en cualquier fiesta durante los próximos mil años…
xxEl poeta recogió las palabras usadas y zurció con impetuoso desánimo el mosaico del miedo. Ha estado atento, asustado como todos, paciente hasta el asco, ni mejor ni peor que los otros, pero infinitamente atento. Desde el corazón de su tierra natal nos grita sin sarcasmo, quizá sin remordimiento, que este país no es ciertamente el suyo. Estaba aquí, como nosotros: pero al enseñarnos el rostro de la supuesta patria como una tierra de nadie, nos desarma de amarras y lastres, nos empuja hacia ese desierto que también puede ser vivido como hogar.”

 

josé antonio gabriel y galán

 

 

I

Fortuita la luz y apareció
el depredador sin más signos que sus parcas palabras.
Algo hubo en sus gestos que cerró las bahías.
Hacia el anochecer se colmaba de citas
xxxxxxxxxxx(y el reparto
xxxxxxxxxxxde armas).
Mejor le comprendimos los más jóvenes
con su extremado código de peligros anuales.

Las provincias cedieron a su amenaza de extinción.

 

 

Recorrió los confines, quijadas de caballo
entre la arena o mitades de obuses,
conectó con los muertos,
como viejos amigos.
Su calma impenetrable sembró la alarma al fin en las ciudades
donde nuestras hermanas vivían displicentes.
Desenterró sombríos memoriales y despojos,
todos cerramos filas detrás de aquel enigma
que anunciaba costumbres más prudentes.

Jamás se detenía el depredador.

 

 

Los rostros desvaídos de las ventanas desconfiaban.
Nos enseñó una nueva forma de marchar,
las manos enguantadas
y la inmensa tormenta de los ojos
comenzó a retumbar en nuestro ánimo.
Mostró el depredador sus lejanías,
nunca se vio su risa,
sediento y contenido,
pocos pudieron aproximarle.

Él saludaba en nombre del año de la victoria.

 

 

 

 

VII

(II)

Y si alguien se atreve en estos tiempos
a exhibir su alegría
que lo tumben de un tiro entre los ojos
públicamente.

 

 

 

 

XI

(III)

Mirando atentamente, ¿qué garantías hay
de volver algún día?

 

 

 

 

XII

(I)

Ha pasado tanto tiempo
y sólo ahora caemos en la cuenta.

 

 

 

 

XV

(II)

Hubo de establecerse el toque de incomunicación.
Les hemos ordenado
un sistema prudente y vertical,
oleaginoso y místico,
en el sentido en que la vida calla,
la vida,
esa zahína indiferencia.

Y las conversaciones acaban convirtiéndose en harapos.

 

 

(IV)

El pueblo catatónico:
“No moverse es la fuerza.”

Las antesalas de los despachos abarrotadas,
las antesalas innombrables.
El olvido
juega en la muerte
el papel de rufián.

 

 

 

 

XVI

(I)

Cogimos a trescientos cincuenta y nos dijeron:
“Ejecutemos a trescientos
y el resto
una vez libre
dará fe.”
Cuantos aquella noche
gozaron de una carne de hembra a bajo precio
susurraban raras casualidades,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxrevelando
una cierta impotencia frente al pánico.

 

 

Los relojes daban muestras de incertidumbre
ni una luz se movía en los vagones,
así es que resistamos
este futuro impávido,
jamás penséis pedir ayuda
o aventuraros en la noche,
pues sólo los vencidos con su presencia,
etcétera.

 

 

Pero él, inminente, aún aprovecha
las luces amarillas
para obtener los últimos informes,
él piensa por nosotros con años de adelanto,
y sabe, en su pirámide,
en su ciego sarcófago,
que nadie debe escapar.

 

 

 

 

XV

(III)

Os negamos toda esperanza,
podemos controlar la sangre y el antojo,
plantaros soledad de cipreses y alerces,
desecar vuestros pueblos súbitamente,
nuestro representante en cada aldea o barrio
es un resucitado de la guerra.

 

 

 

 

XIV

Vuestros gestos caducos,
ásperos eslabones de la esterilidad y el desencanto,
nuestra historia es muy simple,
la que es, la que viene,
perded toda esperanza de retorno,
jamás olvidaréis esta ciudadanía,
los pueblos que se pudren poco a poco
necesitan espejos y promesas,
no empleéis la avidez del enemigo,
la lucha de clases ha acabado,
hay quienes ya nacieron con la guerra perdida.

 

 

Así en la anochecida
nos veréis descender hacia vuestros elogios,
perfumados, ahistóricos,
juntos recorreremos la elevación que fluye
lejos del desacato,
aquella arquitectura irreparable,

porque nuestro poder será la paz,
el poder que se exilia cada tarde,
y hay que estar preparados
allí donde los niños persiguen venturosos sus crímenes futuros.

 

 

 

 

XIII

¿Qué puedo decir yo?
La paz que os pertenece siempre nos fue
provisional.
Imágenes
que cualquiera puede apropiarse con el paso del tiempo,
son antiguos colores los que expresan
ya un cierto ahogo.

 

 

Delegaciones
tal vez un poco escépticas
recorren las provincias repitiendo
no sin cierta ternura ante la ausencia:
“Soportad la unidad, ahora
solamente exigida, un día
apreciaréis la justificación.”

¿Qué mensajeros se han enviado a veces,
qué cruce de correos adversarios?

 

 

La indecisión malvive
horadada por una tristeza inexplicable,
un consorcio de inválidos que logra
sostener la producción,
los rebaños cuando bajan ardiendo,
los signos de una espera cuya finalidad resulta imaginaria,
polvo de los sombreros como escamas de búfalo,
el ritmo de erección de monolitos ha descendido
sin órdenes expresas.

 

 

Esa paz y estas llaves gratuitas
desmontan la paciencia de los que antaño fueron
la más feroz vanguardia,
impune víctor.
Los años ensordecen, las bodegas
cuentan en sus catálogos con cosechas excelsas,
las viñas andan algo descuidadas.

 

 

La costumbre hizo bajar la voz.
¿Aceptarán los pueblos
este nuestro descenso a la nostalgia añeja?

 

 

Nuestra unión es si acaso
punto de referencia para provocaciones
cada vez más lacónicas:
¡oigan los evadidos,
los sin rostro,
estilitas,
ciegos de Bakunin,
nobles proscritos,
rojos tricéfalos!
Como si muchas eras
hubiesen sido derrotadas epidérmicamente
ya nadie se refiere a momentos históricos,
fracciones de comida,
lenguas secas.

 

 

Quizá nos olvidamos de las grandes ciudades,
pero allí, si se quiere,
las leyes pesan más que el horizonte.
¡Reformemos las leyes,
aún es tiempo!
No hay azar en los juicios,
los intestinos suben hasta los hospitales,
largos como infelices solos de trompeta.

 

 

Aun con nuestros errores,
¿aceptaréis que amamos esta tierra
como la más sublime y lucrativa?

 

 

 

 

XII

(II)

No acabábamos nunca
de rematar las cosas,
todo seguía su curso,
siempre y por siempre,
así.

Los muertos ya dejaron
de ser nuestros,
de nadie.
Si alguna vez
alguien sucumbe en algún descampado
o al salir de una fábrica o un pozo
no podréis achacarlo a nuestras armas,
sino a la paz.

 

 

 

 

XI

(III)

Primero la arbitrariedad,
luego las leyes,
un enjambre de leyes, remolinos
engullendo sospechas,
impuestos y tributos.

 

 

 

 

VII

(¿Quién habla
con quién
sobre qué?)

Un gran principio de violencia
ha dominado nuestras costumbres,
ciertamente.

 

 

 

Gabriel y Galán, José Antonio. Un país como éste no es el mío. Madrid; Ed. Hiperión, 1978.

 

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