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LUNES Y 69

 

 

 

 

 

 

 

 

López-Carrillo, Juan. 69/Modelo para amar. Barcelona; DVD ediciones, 2001.

 

EL BARRO EN LA MIRADA

Eduardo Moga 'El barro en la mirada'

 

Quedan aún muy lejos las praderas
rotas, el cielo donde todo es grito
caído. Qué remoto todavía,
me dicen, ese sol que nadie puede
ver, esa pulpa tóxica, ese lacre
que nos mira sin ojos. Vive, pues,
continúan las voces, en los valles
vítreos y en la fruta caldeada,
saborea los pólipos del viento,
las palabras nocturnas que tililan
como animales muertos, y jamás
permitas que las sombras te mutilen.
El orto negro, insisten, se oculta
más allá de la piel en que te anegas.
Has de despedazar el humo: pide
que te ayuden tus lágrimas, combate
el silencio que emana de la ortiga.
Mueren, empero, quienes me hablan. Mueren
como abrazando lluvia, como amándose
a la inversa, ulcerados por lo gris,
con labios ciegos, con el doloroso
silencio de las puertas. Qué distante,
es verdad, este hurto sin zapatos,
los cuerpos elididos, la no música,
la pasta donde el hoy y el tú y el viento
son formas de ignorar, la pudrición
de los sintagmas, el oscurecerse
–venido, como el frío, de una cópula–
de un mundo deseable. Cuánto tiempo
entre el yo y la marea. Cuánta siembra
aún vigente. Sí: han de crecer
la carne y las columnas, un paréntesis
de fermentos, de aviones que procrean,
de pórticos en fuego, hasta el ayer
infinito de una mar de azabache.
Pero las sillas gimen, atacadas
por algo sin cabeza, y los muslos
sienten la cercanía de lo inmóvil,
y las miradas, plenas de yo, se hacen
calizas como el tacto. Si todo es,
aún, coral futuro, ¿por qué siento
el delito impregnándome, por qué
me invaden lo ausente y el ciprés?
Si no puedo tocar lo que urde el hombre,
si su hollín tiene ya contorno de hoy
entre luces de esparto, ¿por qué arde
la bruma alrededor de mi cintura?
Si, en fin, una sórdida ambrosía
se interpone entre el yeso que seré
y esta cárcava de aire ensangrentado
donde ágilmente enviudan los naranjos,
¿por qué ya escucho el fúnebre oscilar
de la rosa, por qué los epitafios
me piden que me acerque, por qué me hablan
como al hermano nunca concebido?
En los relojes hay oscuridades
blancas; en los objetos que me miran
desde sus catfalcos sé que anida
la calumnia, la imposibilidad
de amarse; en los opacos fuegos caben
todas las lágrimas: bajo su quilla
diezmada crece un árbol de negrura;
de la oblea inmediata de los días
comen los ánades y las murallas.
Nada pervive sin su muerte. Nada
es más allá de su árido nacer.
El primer pájaro durmió entre espadas:
un regato de dolo atravesaba
su esperma. Las heridas iniciales
olvidaron su forma de clavel.
El metal imperó: se les quedaron
trozos de noche, astillas siderales,
en los pómulos fríos, azogados
de urgencia y de granizo. Anduvo el tiempo
por las quebradas de la prisa: lúgubres
labios se aproximaban a las cosas;
los muertos abrevaban en la sangre;
sus flemas obstruían nuestra casa,
la bañaban en péndulos feroces,
podaban sus adobes. Reíamos,
sí, mas en ese agónico reír
aves premonitorias derramaban
su muda obsidiana. Es verdad: amábamos,
pero los músculos que nos sitiaban,
los seres a que, sólidos de nuncas,
dábamos vida en nuestra piel, pedían
crecer en la blancura, compartir
nuestro tamaño, apuntalar la voz
con que escapábamos de lo otro. Presos
del légamos, bebíamos el alma
hasta que todo se negaba a ser,
hasta que concluía la distancia
entre ojos y mirada. Soles muertos
decían nuestros nombres en la tarde
airada, mas nosotros sólo oíamos
agua encendida por la oscuridad
y el tiempo. Qué calladas las arenas;
qué cauto ese sonido de tinieblas,
qué despacio se expande entre el azufre
de los muslos. (Y qué ígnea la muerte,
con qué unidad actúa, con qué lúcido
sabor a lejanía, aunque jamás
comprendamos su céfiro, aunque aún
no hayamos acallado su silencio.)
Por que seamos niños que atraviesan
la tristeza no hemos de olvidar
cuántas ruinas habitan nuestra espalda.
Por que, plétoricos de espuma, amemos
como gigantes no cesará lo último,
lo desaparecido entre cadenas.
Por que el mar enarbole sus arterias
hasta alcanzar la precisión del ídolo,
y nosotros finalmente entendamos
qué tenue es nuestro ahora, no debemos
quebrar el día, ni ignorar las caras
del fuego, ni adorar lo extinto. Acaso,
para que no se paralice el sol,
hayamos de ir hasta la carne más
ciega, hasta el miedo de la flor, en celdas
que destilan interminablemente
sus jugos, interiores pese al vuelo
de la luz. Dentro están la soledad
y el olfato; dentro hay lluvia olvidada
donde aún es posible desnudarse
sin muerte, ser cenit leve, exultar
por la ausencia de cuerpo, oír el yo
impugnando los cráteres, dormir
en la hendidura de los siglos. Hombres
en las sienes, hermanos obcecados
por la sal, cópulas entre serpientes
y objetos, besos que son criptas, agua
sida contra el relato de los seres
sin sexo. Pasan pájaros ardiendo:
he de beberlos. Se humedece el fuego:
he de palparlo. Dudan los murciélagos:
contra ellos las aristas de la seda.
Cierro la mano para hallar pezones
silenciosos: acaso abata así
las múltiples mareas. Las rodillas
se deshacen como águilas: qué instante
para huir del tiempo y abrazar,
entre oscuros embriones, lo que no
tiene lados; qué arma de placer
con que invadir la luna. Que matemos
lo impuro pide, anárquica, la voz
del sueño. Que perezcan los confusos
metales quiere el tacto que se yergue
en un fluir de pétalos errados,
en el hecho final de la pureza.
Ahogo la nostalgia de la arena
invocando maderas instantáneas,
imaginándome animal venido
del indulto, órbita que cree en sí
misma. Repudio lo que no respira,
las luces roturadas por la noche,
los hielos oscurísimos que llegan
con sus dádivas quietas, que me buscan
por las calles como haces de minutos,
sin concederme un trébol, sumergidos
en su futuro, sí, en su interminable
hablar de hombres heridos por el dios.
Yo quiero que los árboles me den,
como a los vientos, su calor indemne;
en cambio, una pared de labios se alza
ante el aire que fue mío, ante el fuego
que poseí en silencio. También quiero
que las ciudades callen, como callan
los seres absolutos, como calla
la oscuridad que nace en la mirada
de los nunca nacidos, como callan
los altares donde sacrificamos
nuestra semilla. Pero vastas máscaras
ocupan el espacio de los cuerpos
y nada enmudece, nada altera
su agonía. Entre pámpanos ansío,
en suma, arar el sueño, construir
abismos donde cesen los pronombres,
donde no intuya el fin de mi cerrado
vuelo. Mas el insomnio es muerte inversa,
muerte blanca, mirada radical
de la leche que yace en la consciencia,
luz que duerme y que chilla y que supura.
Cuánto yo desprendido de su alar,
golpeando sus límites, su herrumbre
de niño, su mucosa devorada
por los días. Quisiera comprender
ese idioma dorado donde dicen
que radica el quién. Me gustaría,
como tantos reclaman, reunir
en mis sienes enfermas a  los hijos
sembrados que en un solo pálpito abren
todas las firmas, todos los centímetros
del ser. Porque, me dicen, nunca más
será tangible tanta luz, ya no
volverán a posarse las palomas
del infinito en la realidad
helada por el tiempo. Aunque mis manos,
replico yo, pudiesen extraer
la alegría del tigre, aunque supiera
cómo herir el silencio que me oculta
la mies, no evitaría la inmersión
acerba, el vínculo de los planetas
con la derrota. Ríe, muere, siembra,
lucha, huye, estalla, olvídate, anégate,
bautiza el trigo que, lluviosamente,
se precipita en simas de ternura,
vive como si todo tradujera
tu boca, reconstruye con tu piel
la eucaristía, descompón el guano
en aromas de grito, en madrugadas
rojas, niega que tengas que morir,
disfruta de lo roto, duerme entre ingles
de vidrio, nácete a pesar del limo,
dúchate con el nácar de las madres.
El cuerpo acaba; cesa lo visible.
Lucho porque se agoste el hontanar
del vacío, por que haya en el aliento
más jade, más temblor de nacimiento.
Y al anochecer, cuando los sables
se adormecen como anclas, ardo en mí,
rompo astros, bebo fuego indiferente,
me arranco con ternura las amígdalas
para alcanzar la arena silenciosa.
Pero toda explosión es una ausencia,
porque inmediatamente vuelve el río
sin adverbios, la fuga de las cosas
que habían anidado en el cristal,
la lenta densidad de lo que acaba.
Cae polvo de dientes sobre el día
cautivo. Todos los silencios son
uno. El conocimiento del instante
que nunca existirá me acerca a mí,
me hace más fémur, más sombra. Las horas
hierven de soledad, anulan toda
opción de rostro, toda utopía
de polen y de piedra. Los gusanos,
minuciosos, me azotan. No hablan: mueven
sus cilios como cumbres de un país
muy negro, como cóncavas mareas
que me anegan de nada. Yo quisiera
responder a su canto, a la energía
de su tiniebla, al mal que me atraviesa
con sus cruces, mas sigo en el humus
del infierno, comido por las bielas,
arrancado del cuerpo que me esconde,
esperando que el trono en que agonizo
me deje caminar hasta las dunas
donde aún hay semen, habla, manos
que acarician la luna, jerarquía
de olas, mi carne, mi hoz preñada, lenguas
de mujer que mordí con ebriedad,
el fin de la razón y los jacintos,
la destrucción del mar en que creemos,
sólo tacto en los diques, sólo amor
desnudo, sólo, eternamente, vida.

 

 

 

Moga, Eduardo. El barro en la mirada. Barcelona; Ed. DVD, 1998.

 

LAS MÁSCARAS

Antonio Lucas 'Las máscaras'

 

 

AUTORRETRATO II

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxEn mi fin está mi fin está mi principio
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxT. S. Eliot

En la eléctrica zona de tu sueño,
donde ondula la noche su sonido,
todo llanto es un tiempo confundido,
toda fiebre un encaje de beleño.

En la esquina nimbada de tu muerte,
donde arde en la tiniebla el agua oscura,
oirás entre los perros de tu suerte
el ebrio festival de la locura.

Entonces ya sabrás que fuimos uno,
la misma sombra abierta a igual abismo.

La misma noche par sin argumento.
La noche que no sabe de ninguno.

La noche donde yo no soy yo mismo:
la noche desahuciada y sin acento.

 

 

 

EL HUMO DE LA AUSENCIA

Más al fondo de los ojos, más adentro,
allí donde reside la verdad de los naufragios,
allí donde das cuerpo a la danza del silencio
(de todos los silencios),
he visto doblemente mi nombre y sus disfraces,
tu agua originaria,
tu vientre hecho de ritmos y túnel de mañanas
y ángeles frotados.

Ahora que no estás sé que existes por completo,
que llegaste a mi sangre (puesta en pie)
y los sueños tomaron medida de tu ausencia,
y todos los fuegos el fuego
y en tu dominio noche abstracta se hizo el día
con aspas de luz enamorada, con orillas de cauces doloridos:

eres hebra de mar sin saberlo, forma en delirio.

Mírame, el mundo está vacío,
ese alto fuego en que fundé el fervor de la pureza (eso creo),
y aquella paloma rota, tal sacrificio oscuro
donde abracé la virtud de un viaje entre sombras,
donde en las manos cayeron fragmentos de cielo,
delicados aludes de jardines antiguos.

Y la vida es un hueco donde te hallé bailando
con transparentes brazos, con pies de lentitudes,
sin más ciencia que el cuerpo en extravío
atizando el ansia y sus yeguas secretas,
sus líquidos palacios de miedo.

Fue en mi cueva de nieve de deseos,
en mis sienes de plata estremecida.

Si toco tu recuerdo soy su espuma.
Si vivo en tu recuerdo ya no existo.

Qué pureza entonces si te viese;
qué infinita madrugada saber que volverás
a ser rubí caliente de esa playa;
saber que volverás a ser raíz del humo de la ausencia.

 

 

 

Lucas, Antonio. Las máscaras. Barcelona; Ed. DVD, 2004.

 

EXTRACCIÓN DE LA PIEDRA DE LA CORDURA

Martín López Vega

 

 

6,

Así habló Enkidu:

Cuánto más creíbles son
los infiernos de Dante y el Giotto
que sus paraísos. El hombre
no sabe imaginar la dicha
ni reconocerla.

En este tierra se confunden el oro y el azufre.

Ugolino di Nerio
encontró el gesto exacto del sufrimiento
en su Crucifixión con la virgen, San Juan y ángeles.
Todos los rostros tienen el mismo gesto,
aunque el sufrimiento de los otros nos sea ajeno.

Yo sólo recuerdo el trueno
que aniquiló a las crías de los pájaros
antes de que salieran de su cascarón.

Construir el Paraíso no es
cuestión de imaginación,
sino de pensamiento.
La mayoría de los humanos
no son seres racionales,
sólo seres sentimentales.

Y yo soy Dioniso y Apolo,
Tiresias y el Laocoonte.

 

 

 

8,

Enkidu ha muerto. Desapareced,
imágenes vanas de la dicha.
Tengo apetito. Un hambre
que sólo saciaría una manzana abstracta:
líneas curvas en torno a un centro,
la semilla inútil,
una manzana abstracta de color
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxverde de Cézanne,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxverde de Cézanne.
Debo partir, encontrar
la tierra de la que me habló
Enkidu antes de morir,
allí donde todo cobra sentido.
¿Qué necesitaré en mi camino?
le pregunté.
No sólo la razón, dijo.
Olvida el engaño de los sentidos.
Olvida el engaño de los sentimientos.
Cada uno debe buscar su propia libertad
así como cada uno procura su propio equilibrio.
La libertad requiere olvidarse de
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxla búsqueda de la libertad
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxla tradición de la búsqueda.

 

 

 

11,

Alguien había abandonado
la naranja en una mesa:
quien olvida el don no lo merece.
Me rompí una uña sin poder rasgar su piel.
La fruta estaba seca, sus gajos sueltos,
pero la dura piel los mantenía unidos.
Si yo me rompo por dentro
¿qué piel me contendrá?

 

 

 

33,

Mis llagas estaban a punto de cerrarse:
¿por qué viniste a abrirlas?
Ya me anestesiaba la gangrena:
¿por qué me despertaste?
Qué raro acto de amor
lamer la cicatriz que aún supura.

Qué extraña forma de vida
buscarse en la herida.

 

 

 

López-Vega, Martín. Extracción de la piedra de la cordura. Barcelona; Ed. DVD, 2006.

 

LEY DE VIDA

David González 'Ley de vida'

 

EL ÚLTIMO BAILE

Son unos zapatos
de piel
de tafilete.
Son los zapatos
de mi padre.
Son las fiestas
de mi barrio.
Son las fiestas
de la Soledad.
Tengo 5 años.
Una cría
de La Calzada
una cría rubia
me está enseñando
a bailar.
La patada
un punterazo
me alcanza de lleno
en todo el culo
me levanta
unos centímetros
del suelo

¿NO TE DIJE
QUE TE QUERÍA
VER EN CASA
A  LA UNA?
¿EH?
¿NO TE LO DIJE?

Me pongo colorado
me meo
por los pantalones
empiezo a llorar

¿NO TE TENGO
DICHO MIL VECES
QUE DE MÍ
NO HACE BURLA
NI DIOS
ME CAGO
EN DIOS?

No es justo
no hay derecho
por mi reloj
sólo pasan
ocho minutos
de la hora
sólo
ocho minutos,

papá.

Ocho minutos.

Al año siguiente
me quedo sentado
en el tablón
de la orquesta.
Observo alternativamente
las evoluciones
de las parejas
que están bailando
las de las
manecillas
del reloj.

Mañana cumpliré
33 años.
No sé

bailar.

 

 

 

PROTECCIÓN

Una noche.
Tenía 17 tacos.
Mi madre salió
a la calle
a ver si encontraba
a dos matones.

Mi madre pensaba
que si me pegaban una paliza
que no me dejara un hueso sano
me entraría el miedo en el cuerpo
me alejaría
de las drogas
de las malas compañías
de todo eso.

Por desgracia
para mí
mi madre
no se atrevió a llevar
este poema
hasta las últimas

consecuencias.

 

 

 

TANGO AZUL

En una ocasión la policía me tiroteó.
La historia tiene su punto. Te la cuento:

nos pillaron en un coche robado
nos cercaron
nos mandaron bajarnos del buga
y apoyar las manos en la parte de atrás
del maletero para
cachearnos
esposarnos
llevarnos a comisaría.
Era viernes. El sábado
tenía pensado estrenar ropa para ir todo
maqueado
a la discoteca
a vacilar con las chorbitas.
No lo pensé dos veces me di la vuelta eché a correr.
La esquina de la salvación estaba cerca.
Uno de los maderos dijo gritó:

¡QUIETO AHÍ, HIJO DE PUTA, O TE MATO!

Me disparó
me disparó a menos de 5 metros de distancia
y falló
escapé
estrené mi ropa nueva
vacilé.

Pero lo importante de esta historia
es lo que yo siempre digo:

debería haber acertado

debería haberme matado en ese mismo instante

cuando no le tenía miedo a la muerte

cuando todavía era

feliz.

 

 

 

HUMILLACIÓN

xxEl funcionario, un cacho de carne con ojos en mangas de camisa, dice:
xx–Todas las cosas demetal que tenga, sáquelas y déjelas sobre esa mesa.
xxLuego, mi abuela, apoyada en su muleta (hace un año se rompió la cadera al caer de espaldas al suelo mientras limpiaba los cristales de la ventana de la cocina subida encima de una banqueta), pasa por el detector de metales y el detector emite una serie de pitidos.
xx–A lo mejor es la muleta –dice mi madre.
xx–¿Puede andar sin ella? –le pregunta el funcionario.
xx–Bueno, sí… pero no querrá que…
xx–Que se la dé a usted y que vuelva a pasar.
xxY mi abuela, su largo pelo blanco recogido en un moño por detrás de la cabeza, un pañuelo negro cubriéndola, hace lo que le ordenan y, aunque cojeando, consigue que el detector de metales pite otra vez.
xx–A ver, quítese ese pañuelo.
xxMi abuela obedece.
xx–Seguro que son esas horquillas, así que haga el favor de soltarse el pelo.
xxMi madre explota:
xx–¿Pero no se le cae a usted la cara de vergüenza al hacer que una persona tan mayor tenga que pasar por todo esto para ver a su nieto? ¿Quién se cree que somos nosotros? ¿Es que no sabe usted distinguir a la calaña de las personas honradas?
xxPero ya mi abuela, con su vestido gris, está pasando otra vez por el detector de metales, con idéntico resultado que las dos veces anteriores.
xxY el funcionario, un cacho de carne, dice:
xx–Quítese el vestido. Si quiere puede doblarlo y dejarlo colgado del respaldo de esa silla de ahí.
xxMi madre está tan indignada que no le salen ni las palabras; y mi abuela, cojeando, despeinada, en enaguas, consigue cruzar al otro lado del detector de metales sin ser delatada.
xx–Ahora ya puede vestirse y pasar al locutorio –dice el boqueras.
xx–No tiene usted perdón de Dios –dice mi madre.
xxY mi abuela, que al ir a ponerse el vestido ha encontrado en un bolsillo una moneda suelta, se acerca al boqui y le dice:
xx–Perdón, señor, ¿sería esto lo que sonaba?
xxY le pone delante de los ojos, a modo de espejo en miniatura, una peseta con la cara de Franco.

 

 

 

BERLÍN

Hay dos bares,
y enfrente de cada bar
un muro.

En uno se apalancan
estudiantes que piran clase
delincuentes comunes
jóvenes radicales
algún que otro yonqui.

En el otro se sientan
estudiantes universitarios
gente con carrera
matrimonios con sus hijos
deportistas.

A veces paso por allí,
pero nunca me quedo
a tomar nada.
Aún no he decidido
en cuál de los dos muros

me tengo
que sentar.

 

 

González, David. Ley de vida. Barcelona; Ed. DVD, 1998.

 

ENUNCIADO

Yasmine Bleeth, Alyssa Milano & Peta Wilson'

 

No podré.
xxPronunció las palabras en baja voz, apenas en un susurro, mientras obervaba el suelo de cemento y aguardaba una respuesta, porque cualquier gesto le serviría ahora, una orden enérgica, una caricia que recorriese su espalda, un golpe de castigo en la nuca, un tirón suave o firme de la correa que reunía su cuello con la mano derecha de la mujer que permanecía a su espalda en perfecto silencio, quieta, hasta rozar la desaparición.
xxCerró con fuerza los ojos, persiguiendo recuperar la excitación perdida, salvar un resto de erección que justificase la imagen de su cuerpo a cuatro patas y desnudo, sosteniendo la larga y gruesa cola de felpa que colgaba del plug anal hundido entre sus nalgas.
xxSe vió entrando tras la mujer en el hipermercado dos horas antes. La vio vestida exactamente como él se lo había indicado, igual que la vería ahora si se atreviese a abrir los ojos, separarlos del suelo, y girar la cabeza hacia atrás, al punto del pasillo desde el que la mujer empuñaba la correa. Vio la tela llegar a sus rodillas y transformarse en dos columnas de charol brillante y blanco, terminadas en tacones de aguja. Vio a la mujer dirigirse con su traje chaqueta a la sección de alimentos para mascotas. La vio proceder exactamente como él se lo había indicado: retirar de las estanterías varios paquetes y bolsas de comida de perros, sostenerlos entre sus manos el tiempo suficiente para que él pudiera gozar con la figura de la mujer mientras leía la lista de los ingredientes, mientras estudiaba los alimentos más nutritivos y sabrosos para su mascota.
xxEl marido le había entregado el guión a su mujer cuatro días antes.
xxGuárdalo. No quiero que lo leas delante de mí. Quiero que lo hagas en el trabajo mañana. Que lo leas a solas.
xxEl hombre la penetró aquella noche con violencia. La puso de rodillas en el borde de la cama, la cabeza entre las manos, y la golpeó con el pene hasta obligarla a gritar. Antes de cada penetración la llamaba perra. La llamó sucia perra de mierda, sólo eres mi sucia perra de mierda, mientras se vaciaba en su sexo. Después, todavía con el pene en su interior, le dijo que la quería. Ella lo oyó.
xxMónica leía en el despacho con un dónut de chocolate en la mano.
xxHabía retrasado el momento de sacar las páginas impresas del bolso para prolongar la excitación que le producía aquel gesto inesperado de su marido. Hacía tiempo que Javier la había acostumbrado a representar sus fantasías, más aún, que la había forzado a descubrir y aceptar que las fantasías de su marido se habían transformado en las suyas. Javier le describía con precisión el escenario y los personajes, la ropa con la que debería vestirse. Le concedía un nombre y una edad. Se llamaría Montse, por ejemplo, y actuaría como la sumisa de un amo que iba a cederla por primera vez a un desconocido como prueba de obediencia y amor. Había sido obligada a lamer de rodillas, con los ojos vendados y las manos atadas a la espalda, los testículos del policía que la interrogaba, forzada a suplicarle a su interrogador que se corriese en su boca. Entró con quince años en el despacho del director del internado, un hombre que la doblaba en edad, un hombre vestido con un traje oscuro, que empuñaba una regla de plástico y que le ordenaba a la señorita quitarse las bragas ante él. Después la apoyaba contra su mesa, la obligaba a levantarse ella misma la falda y a mantenerla en alto el tiempo que durase el correctivo. Era virgen, y tuvo que elegir ante ese director entre perder su virginidad o que la penetrase por el culo.
xxMónica se llevó a la boca el dónut de chocolate y lo mordió por primera vez.
xxEra la primera vez que Javier usaba un guión escrito. Cuando le anunció que escribiría el guión de un ritual, sintió aquel temor violento y conocido, idéntico al que la asaltaba las últimas semanas durante la representación de las fantasías y que contribuía a excitarla y turbarla todavía más. Reconocía aquel miedo a traspasar una frontera tras la que no encontraría el dolor y la humillación sin escenificaciones, sino algo aún más aterrador: la posibilidad de dejar de amar a Javier. Llevaba semanas intuyendo que corría y buscaba un peligro oculto en aquellos juegos deseados e impuestos, percibiendo el vértigo creciente de no desear más a su marido, sino a los hombres que la estaban poseyendo.
xxA Mónica le encantaban los donuts de chocolate. Sacó el segundo de la caja y empezó a leer.
xxCuando la mujer regresó del trabajo, Javier la estaba esperando. No podía, quizá no deseaba tampoco, disimular su impaciencia. La mujer cruzó el salón y se sentó en el sofá, al lado de la butaca que ocupaba el hombre. Abrió el bolso y sacó las páginas impresas.
xxLo haremos con dos condiciones.
xxEntonces, ¿estás de acuerdo?
xxNo contestó.
xxLo haremos con dos condiciones. Una: la palabra de seguridad no será la del guión. La palabra será donuts.
xxEl hombre sonrió.
xxTe burlas de mí. Veo que te has disgustado.
xxLa mujer no contestó.
xxDos: tu perrera no la montaré en nuestro dormitorio, sino en la habitación del sótano. Mañana saldré antes del trabajo, así compraré tu uniforme y lo necesario para amueblar la perrera. El sábado por la tarde me acompañarás al híper y te mantendrás a distancia mientras me observes elegir tu comida. Cumpliré el guión y quiero que tú lo cumplas. A partir de ahora, empieza tu ayuno, sólo beberás agua. En las próximas cuarenta y ocho horas, hasta que te baje a la perrera, no te ducharás, tampoco te lavarás las manos. Si cagas, no podrás limpiarte. Recuerda que los perros no se tocan, tú tampoco te tocarás, ni siquiera para orinar. No te cruzarás conmigo en el trabajo. Desde este momento no te dirigiré la palabra ni quiero que me la dirijas.
xx¿Puedo decirte una cosa, cariño?
xxNo puedes decirme nada, sólo donuts.
xxMónica se tumbó en la cama, desnuda, dejando la luz de su mesilla de noche encendida. Su marido llevaba varios minutos en el baño del dormitorio. Mónica había escuchado con atención el ruido de la cremallera al bajarse, pero no oyó otro sonido. Supuso que la erección del hombre sería tan intensa que le impediría orinar. Seguramente su marido permanecía sentado en la taza del váter, esforzándose en vaciar su vejiga. Entonces le oyó desprenderse de su ropa, le vio salir por fin desnudo con el pene casi pegado al vientre y supo que no había conseguido orinar.
xxSe abrió de piernas en la cama, levantó con suavidad los brazos y se aferró con ambas manos al cabezal.
xxEl hombre la miraba apenas a un metro de su cuerpo, envuelto por la luz de la mesilla de noche. Mónica mantenía la vista fija en el glande brillante. La piel del prepucio se habría retirado muchos minutos antes, dejándolo sin protección, obligándolo a rozarse contra la ropa. No le interesaba el rostro de su marido, ni su pecho, ni sus piernas. Quería que viese, que sintiese, que ella sólo estaba contemplando su sexo. Por un momento deseó, o tal vez temió, que el hombre no lograría soportarlo y que la penetraría. Permanecieron congelados en una fotografía que se movía vertiginosamente sin escapar de sí misma. Al fin la mujer bajó sus brazos, juntó las piernas y se incorporó hasta sentarse en el borde de la cama. Alzó la palma de una mano hacia el pene erecto, creando unas paralelas que no deberían encontrarse. La mantuvo inmóvil un par de minutos, hasta que la mano se alejó y cayó en el interruptor de la luz.
xxCuando Javier terminó de desnudarse, tras regresar del hipermercado, frente a la mujer vestida con un traje chaqueta de tela gris y botas blancas de charol, mostraba una erección insoportable. En aquellas cuarenta y ocho horas el dolor de los testículos no había cesado de crecer, ni siquiera en los momentos en que conseguía orinar o disminuir la erección. Desde la tarde anterior había murmurado varias veces donuts a solas.
xxPermanecía de pie en el dormitorio, desnudo, mientras la mujer se enfundaba unos guantes de cuero blanco, con los que le vestiría de perro y de los que ya no debería desprenderse hasta concluir la representación. El gesto de uno de los guantes le ordenó que se arrodillara y apoyase las patas delanteras en el suelo.
xxTodo resultó rápido, lento. Le apresaron el cuello con un estrecho collar claveteado. Le ciñeron una correa de cuero de tres metros de largo a un aro de metal en la parte posterior del collar. Le separaron las piernas y le introdujeron suavemente el plug anal del que colgaba su cola, que rozaba casi el suelo. Su culo despedía un tibio olor a mierda.
xxSupo que había llegado el momento de abandonar a cuatro patas el dormitorio, meneando graciosamente la cola, delante de la mujer que mantenía con firmeza la correa con su mano derecha mientras que con la izquierda sostenía la bolsa del hipermercado.
xxCruzó el comedor y llegaron a la escalera que conducía al sótano. Mientras la bajaban, la mujer estiraba de la correa y le obligaba a echar hacia atrás la cabeza, a tantear con sus patas delanteras en un esfuerzo por no caerse. Oía el ruido áspero de los tacones de aguja y sabía que su cola rozaba los escalones.
xxQuieto ante la puerta de la perrera, pronunció en voz baja las palabras, casi las susurró, mientras miraba el suelo de cemento.
xxNo podré.
xxEl dolor de los testículos continuaba creciendo, pero la erección había desaparecido por completo mientras recorría a cuatro patas el pasillo que le conducía a la perrera.
xxEntonces llegó el gesto que necesitaba para atreverse a cruzar el umbral de la puerta. La mujer había salido de su inmovilidad y ahora le acariciaba con sus guantes los testículos. Después, al comprobar que la rigidez del pene volvía, lo apresó con suavidad por el extremo y retiró el prepucio con fuerza. Se lo agradeció como nunca le había agradecido otro gesto en sus vidas, más que permitirle sodomizarla, o marcarle las nalgas con una fusta, o renunciar a tener hijos. Comprendió que le estaba dando las gracias por primera vez.
xxPrepararás la perrera en nuestro dormitorio el sábado por la mañana. No me permitirás verla hasta que me conduzcas a ella. Salvo el plato de comida para perros, que deberá ser grande, hondo y de metal, el resto lo dejo a tu imaginación. Sé que no me defraudarás. Llenarás el plato hasta el borde con el alimento que yo te haya visto comprar en el híper, pero no me permitirás todavía comerlo. Me habrás atado por la correa en algún punto de la habitación. Entonces me hablarás por primera vez. Tienes que memorizar exactamente lo que yo oiré. No deberás leerlo. Es fundamental que no lo hagas. Dirás exactamente esto, sin improvisar, sin apartarte ni una palabra del guión. Dirás lentamente: Seguro que mi perrito tiene hambre después de tantas horas de ayuno. ¿Verdad que estás hambriento, perrito? Te he traído una cosita muy rica, alimento para perros como tú, disfrutarás tragándotela. Si te la comes toda, si dejas bien limpio el plato con tu lengua, tu amita te tocará ese pene tan tieso que tienes. Tu amita te ordeñará con sus guantes, pero tienes que comportarte como un perrito obediente.
xxEl segundo dónut permanecía sobre la mesa del despacho, abandonado. La excitación de Mónica había desaparecido, lo mismo que la mezcla de estupor y asco que la invadió desde las primeras palabras de Javier.
xxEres un verdadero hijo de perra –dijo, sentada en la silla giratoria de su despacho frente a la última de las tres cuartillas del guión.
xxSonrió, divertida por su chiste. Dejó caer el papel y comprendió que se alejaba por fin de la confusión y la angustia en las que había vivido envuelta las últimas semanas (He elegido a Alberto para que lo hagas. Te resultará fácil. Se nota que tú le gustas), desde que aceptó cumplir la inesperada fantasía de su marido (Lo haréis en los aseos que están al lado de mi despacho. Le dirás que yo te lo he pedido, que yo sé que lo estáis haciendo al otro lado de la pared), una fantasía que parecían explicar sus propios labios, porque coincidía con la escena que ella también llevaba tiempo imaginando (Le explicarás que yo quiero que se corra en tu boca. Le suplicarás que te permita hacerlo, aunque me parece que no tendrás que suplicarle demasiado) sin atreverse a pronunciarla (Se la chuparás en cuclillas, con la falda levantada hasta la cintura y los muslos abiertos), sin decidirse a explicarle a su marido lo que deseaba, lo que su marido ahora le estaba ordenando (Cuando termine, echarás atrás la cabeza para que Alberto vea bien tu cuello, para que pueda contemplar cómo te tragas su semen. Después vendrás a mi despacho y me lo explicarás con detalle), lo que hizo.
xxPensó: No lo haré. Esto se ha terminado para siempre.
xxEntonces alguien abrió la puerta del despacho sin llamar y entró Alberto.
xxEstoy trabajando –dijo la mujer.
xxEl hombre cerró despacio la puerta y cruzó la habitación. Conocía este juego de resistencia fingida, el guión de este vídeo que llevaban semanas contemplando, espectadores que actuaban.
xxHablo en serio, Alberto. Tengo trabajo.
xxLas palabras formaban parte del guión, pero su tono nadie lo había escrito.
xxDebe de ser un documento importante el que tienes sobre la mesa –dijo el hombre, señalando con la mirada los papeles–. No será la lista de los próximos despidos de tu marido…¿Me encuentro en esa lista?
xxSabes que no es eso. Quiero que te vayas. Te lo explicaré más tarde.
xxEl hombre intuyó una oportunidad de regresar al guión y decidió intentarlo. Dio la vuelta a la mesa, se situó tras la mujer y rodeó su cuello con ambas manos, como un collar, sin tocarlo todavía.
xxNo lo hagas, por favor.
xx¿Qué es lo que no debo hacer? Dímelo.
xxNo me haga usted daño, por favor.
xxLas manos rozaron el cuello de la mujer y comenzaron a apretar, como una amenaza suave.
xxPodría asfixiarte, puta ¿Lo sabes?
xxApretó un poco más, mientras lo decía.
xxTienes suerte de que no me guste follar a tías muertas. Ponte en pie.
xxElla se levantó, con las manos del hombre aún apresando su cuello. Él retiró con una pierna la silla. Entonces liberó el cuello y sus manos bajaron por los pechos de la mujer, por su vientre, levantaron por delante la falda y le separaron los muslos.
xxMe vas a suplicar que te toque.
xxTóqueme, por favor.
xxMás fuerte, puta.
xxTóqueme el sexo… Se lo suplico.
xxLe separó las bragas y le hundió tres dedos, estirando con violencia la carne del pubis hacia fuera. La mujer se inclinó, o cayó hacia delante, y apoyó las manos en la mesa, o detuvo con ellas la caída. En esta postura el hombre lograba ver a la izquierda de la mujer, junto a una caja de donuts, dos cuartillas escritas. La tercera se la tapaba aún su cuerpo.
xxElla apretó con fuerza los párpados. Quiso oírse.
xxNo me deje preñada. Se lo suplico. Fólleme por detrás, pero no me deje preñada.
xxÉl hundió aún más los tres dedos, sin interés, mecánicamente. Se había inclinado sobre la espalda de la mujer y se esforzaba por leer la cuartilla que ocultaba su cuerpo.
xxJavier entró en la perrera arrastrado por la correa que lo unía a unos guantes de cuero. Vio dos platos de comida de perros, de plástico verde. Pudo ver una garrafa de agua junto a uno de los platos y, a su lado, le pareció distinguir dos maderas negras de forma rectangular, incomprensibles de pronto. La más estrecha y corta mostraba dos agujeros circulares. En el cepo más largo y ancho, se abría un círculo grande en el centro y dos menores a los costados.
xxAunque mantenía el pene pegado al vientre, a pesar de que había regresado la excitación, empezaba a necesitar, a desear también, que todo aquello terminase cuanto antes. Por ello agradeció el gesto de su esposa de no llenar hasta el borde el plato de comida con las bolas de pienso seco que le había visto comprar. Pensó que quizás ella deseaba también acabar la representación.
xxSu esposa no lo ató para impedirle alcanzar el plato, como se había establecido en el guión, pero ahora este descuido le parecía irrelevante, la supresión de un paso innecesario, incluso torpe.
xxLa sorpresa llegaría a continuación, rápida y lenta, como una fotografía en la que las imágenes se moviesen en su interior, aunque sin conseguir pasar a la imagen siguiente, concediéndole un espacio en la realidad para oponerse a lo que estaba sucediendo, pero negándole cualquier tiempo para reaccionar.
xxSu esposa le retiró el collar y el plug anal del que pendía su cola, lo alzó de rodillas ante ella, liberándolo de su postura de perro, y le obligó a sostener ambas manos a la altura de la cabeza. Después le apresó el cuello y las muñecas con el cepo y cerró los candados de los extremos. Los tobillos del hombre quedaron inmovilizados por el segundo cepo, a una distancia de cinco centímetros el uno del otro.
xxSexo –consiguió decir por fin.
xxLa mujer le miró sin expresión.
xxTe has equivocado de palabra de seguridad.
xxPerdón. Donuts. Era donuts. Donuts. Era donuts.
xxTe has vuelto a equivocar de palabra de seguridad. No te será fácil acertar. Hay un segundo guión.
xxLa mujer había sacado una cuartilla de la bolsa del hipermercado.
xxHay un segundo guión en el que otro ha escrito esto.
xxLeyó, con un tono sin matices, horizontal como un guión.
xxMi perrito, he decidido encerrarte en esta perrera un tiempo. Tendrás que hacer aquí dentro tus necesidades. Te he puesto pocas bolas de pienso y poca agua para que cagues y mees poco. Cuando el hedor te resulte insoportable, me lo agradecerás. Naturalmente, tu amita no va a tocarte ese pene de perro tan tieso que tienes…
xxBuscó el sexo del hombre arrodillado.
xx…que tenías. No va a tocártelo nunca más. Te dejaré la luz encendida para que sepas por dónde te estás arrastrando y puedas encontrar el agua y el pienso sin tirarlos, pero ten claro esto: si ladras, apagaré la luz.
xxCerró la puerta de la perrera con llave y se alejó por el pasillo. El hombre no pudo oír las agujas negras de sus tacones porque sus sollozos primero, después el inicio de su llanto, se lo impidieron.
xxAntes de regresar a su casa la tarde del jueves, Mónica entró en su despacho por última vez para consultar el correo como tenía por costumbre. Encontró un mensaje de Alberto en la bandeja de entrada, entre varios spams. Léete el adjunto. Es mi regalo por haber sido tan buena puta.
xxAbrió el adjunto. Leyó el título: Otro guión. Siguió leyendo.

 

 

Gaspar, Sergio. Estancia. Barcelona; Ed. DVD, 2009.

 

DINERO

Pablo García Casado 'Dinero'

 

PROFESIONAL

Llegó puntual a la sala de reuniones. Dibujó una curva descendente e hizo preguntas que nadie pudo responder. Confirmó todos los rumores, los planes para los que no contábamos. Habló muy claro y sin alzar la voz, no se detuvo en las valías personales, no dejó una puerta abierta. Rápido y limpio, mejor así. Teníamos dos horas para recogerlo todo, a la una se incorporaba el nuevo equipo.

 

 

 

UNA NUEVA FILOSOFÍA

No es mucho para empezar, de momento es lo que pueden ofrecerme. Es sólo temporal, hasta que salga algo mejor. Tienes que entenderlo, así está el mercado, hay mucha competencia. Mejor esto que nada. Empezar así, desde abajo, que te valoren profesionalmente. El jefe está contento conmigo, quiere hacer un equipo sólido. Una forma nueva de trabajar, por objetivos, una nueva filosofía. Este mes tendremos que apretarnos un poco. Es lo que hay, míralo de otro modo, no está tan mal. Al fin y al cabo es dinero.

 

 

 

HOSTELERÍA

Rosa está fregando la cocina. Su marido ha soportado toda la noche las bromas de los socios, dile a tu mujer que suba un momento, ¡que venga con los guantes de goma! Que no les falte de nada, nos dice el jefe muy serio mientras abre la caja registradora. Cuenta las monedas y los billetes, puedo escuchar cómo se doblan suavemente en su cartera. Así no podemos seguir, voy a tener que cerrar un día de estos. La cosa está muy mal. Con el miedo en el cuerpo seguimos barriendo bajo las mesas.

 

 

 

CONSTRUCCIONES LUQUE

Habíamos terminado la obra y hacíamos cola en la caseta. Íbamos cobrando según lo convenido, ni un céntimo más, tú esperabas noticias pegada al teléfono. Luque llamó para invitarnos a una copa, hay que celebrarlo, y entramos en una de las casas que habíamos construido. Champán, coca por todas partes, putas bailando en la escalera. Rubén hizo amago de marcharse, me tengo que ir, me esperan en casa, pero Luque dijo, si te vas ahora no vuelvas a pedirme trabajo. Todos conocíamos a Luque y sabíamos que iba en serio.

Cuando llegué a casa te encontré durmiendo en el sofá con la tele encendida, los tacones de aguja esperaban vacíos en el dormitorio. Guardé el dinero en el cajón y me fui a la ducha. Luego, ya en la cama, me susurraste al oído, ¿trajiste el dinero?

 

 

 

BAR

Llegan con los hombros curtidos. Empiezan temprano, la mano fuerte que aprieta, la palmada en la espalda. Cómo estás campeón, ponme una copa. Todos tienen una historia que contar, todos tocaron la gloria con la punta de los dedos. Pero luego los hijos, la mala suerte y esa gente que no tiene palabra. Aquí se detienen a tomar fuerzas para subir a casa. Los más jóvenes aún confían en las oportunidades, el resto sobrelleva como puede los minutos de la basura.

 

 

 

HIMNO

Por ti las madrugadas y el estiércol, la mentira en la boca y la amenaza. Por ti agachar la cabeza, vender mi nombre y renunciar a los sueños. Por ti el desvelo y la espalda quebrada. Por ti colgar el teléfono, marcar de nuevo y decir, está bien, lo que usted diga. Por ti coass sucias de las que no me arrepiento. Poruqe tú me mantienes con vida. La boca que se dibuja cuando estoy a punto de abandonar. Tú, la belleza y el sentido.

 

 

 

TRAMPAS

Dice que no está, que se fue de viaje. Está nerviosa, me ofrece un café, no gracias, deben mucho dinero y yo he venido a cobrarlo. La hija mayor está viendo dibujos animados, El Rey León, a mi hijo le encanta, se sabe todas las canciones. Los niños aprenden rápido. El pequeño me mira desde la trona con la boca llena de papilla, muy serio, con los ojos azules de su padre. Mi marido es quien lleva las cuentas, dice, yo no sé nada de papeles. Le entrego un documento firmado por los dos, sí, ésta es mi firma, dice, él dijo que no me preocupara, que era bueno para los dos, bueno para los niños, que todo se arreglaría. Él y su negocio de barcas de recreo. Lleva dos meses fuera, le he dejado mensajes al móvil, pero no responde. Los niños preguntan por su padre, dónde está papá, dónde está papá, y yo no sé qué decirles. Todo eso está muy bien, señora, pero ahora hablemos de dinero.

 

 

 

DINERO

No es un ambiguo sentimiento de angustia, es dinero.

 

 

 

García Casado, Pablo. Dinero. Barcelona; Ed. DVD, 2007.

 

EL MAPA DE AMÉRICA

Pablo García Casado 'El mapa de América'

 

FORD

como un oso que despierta del letargo
nuestro ford va derritiendo la nieve del parabrisas
pongo las maletas en el asiento trasero repaso el mapa de carreteras

ahora llegas tú medio dormida
sin pintar sin arreglar rota por la noche pasada
una noche de preguntas de miedo de ropa que entra

y sale de los armarios una noche de nevera desconectada
pero hoy es distinto y te sientas a mi lado como antes cuando viajábamos sin prisa
a través de bosques y maizales en esas noches
de faros encendidos en busca del océano

el ford asciende lento por la colina
quiero viajar al sur al sur de todos los proyectos

 

 

 

TRAVELLING

mamá diciendo adiós mi casa los perros el jardín
las flores de la casa de los bradley justo antes de morir jim bradley
escombros hojas secas el cruce con la avenida lincoln

la tienda de comestibles niños jane fonda anunciando cosméticos
carteles de campaña pálidas barras y estrellas
sobre postes de telégrafo reclutas

que besan a su novia antes de subir a bordo
el billete ardiendo entre mis dedos

luego casas pequeñas negros fábricas del extrarradio
y luego los sembrados los pequeños regadíos la autopista
el límite del estado y luego américa

 

 

 

PENSANDO SUBIR A ESE COCHE

josé luis se ha echado a la cuneta
lleva unos días mirando cómo pasan los automóviles
marca un número de teléfono un ford

viaja en dirección a california: soy yo
¿has viajado mucho esta semana? me pregunta

yo le hablo de praderas del desierto de nevada
de chicas en california de ese granjero de utah
y sus 14 esposas del valle de la muerte

de las grandes capitales pero no del miedo

del miedo a echarme como él a la cuneta
a mirar cómo pasa la vida en automóvil

 

 

 

ITHACA

la nostalgia no son flores secas en tu lecho
es el viejo 2cv tirado en el desguace el insomnio

no es el manto de negrura que cubre las callejas
es un despertador que marca las 3:09 el miedo

no es el brillo de las dagas a la luz de la luna sino hombres
disfrazados de elvis detrás de las esquinas el destino

no es la rosa de los vientos es un desvío por obras
ítaca no es ítaca es san francisco

 

 

 

MADRE

igual que esas estrellas que están muertas
tu cuerpo brilla aún en la pantalla tus pechos
no han perdido consistencia tu boca sigue subiendo y bajando

dónde te ha lanzado la suerte a qué punto del mapa
ahora que tu estrella sólo brilla en mis ojos cómo te trata la vida

ahora que debes acercarte a los cuarenta
qué corazón ocupa tus mañanas ¿un hombre? ¿un marido?
¿o ese niño de 11 años que descubre a su mamá
en un vídeo acompañada de otros hombres?

 

 

 

AUTOMÓVIL NEGRO

un automóvil negro se dirige hacia mi casa
por la carretera que bordea la costa oeste

todo volverá a ser como antes calendarios películas
fotos portadas en todas las revistas espérame
espérame en casa esta noche confía en mí
yo siempre cumplo mis promesas

el automóvil se detiene frente a la casa
oigo sus pasos en la gravilla del jardín

dejo caer la bata por mis hombros
abro la caja de barbitúricos
y espero

 

 

 

SOMERS, CN

unos leen en voz alta la sentencia
pulsan el botón y rezan por el alma de la víctima
pero hay otros en la sombra gentes de oficio profesionales

cuidan el sistema eléctrico revisan
conmutadores conexiones de emergencia
el voltaje preciso la trayectoria profesionales

como yo
que responden trabajo sólo es un trabajo
y escriben poemas a favor de los derechos civiles

 

 

 

PUZZLE

yo tengo una tristeza se llama desempleo

destruye corazones vacía los depósitos
despunta las flechas de ese arquero que corre por los bosques
y cierra las oficinas postales
yo tengo una tristeza de fábricas en ruina
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxuna tristeza
inútil como un puzzle como un mapa sin norte

 

 

García Casado, Pablo. El mapa de América. Barcelona; Ed. DVD, 2001.

 

LAS AFUERAS

Vuelvo a mi biblioteca particular y repaso los libros de un poeta cordobés de quien lo primero que leí estaba en la antología ‘La generación del 99‘, probablemente una de las antologías que más nombres me dio a conocer en su momento. El autor es Pablo García Casado y su primer libro, que supuso una revolución en el panorama poético nacional, fue ‘Las afueras‘. Aquí tienen algunos poemas del libro.

 

Pablo García Casado 'Las afueras'

 

 

LAS AFUERAS

por más que se extiendan las ciudades hasta juntarse
unas con otras por más desengaños que el sexo la muerte
o las oposiciones nos deparen quedarán siempre las afueras

la oscuridad de los polígonos industriales la ineficacia
el ministerio de obras públicas por más que se empeñen
colectivos ciudadanos asociaciones de vecinos seguirán
amaneciendo los restos del amor en las afueras

 

 

 

 

CO – 2251 – K

ten cuidado no hagas ruido qué pasa?
creo que hay un tío ahí fuera debe ser
un maníaco míralo está ahí agachado

será hijoputa? qué hago? que qué haces?
ponte las bragas y vístete yo cojo las llaves
y arranco deprisa! no vayamos a salir

en este poema

 

 

 

1972

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxparís, texas

por qué travis qué hay de esa oscura pregunta
por qué la casa en ruinas por qué él por qué ella
por qué el verano de mil novecientos setenta y uno

qué tuvo que pasar qué clase de química por qué
la huelga en el sector metalúrgico por qué el atasco
por qué llegaron rendidos y aún así se besaron

como si mi vida les fuera en ello

 

 

 

CÓDIGO DE BARRA

solos o en compañís todos los príncipes se fueron
quedamos los de siempre los de otras veces los que ya
nos conocemos voy a ser breve te propongo

un lugar apartado mirar las últimas estrellas
tomar juntos el primer café con leche del domingo
nada más puedo ofrecerte sólo tengo lo que soy

además de un erre cinco con asientos abatibles

 

 

 

PRECONTRATO

se dijo si sólo quieres follar vale pero prohibido
hablar de sexo o poesía ella pidió café él que subiera
mi piso está vacío colacao galletas no follaron

pasaron toda la noche en la cocina escuchando
los primeros discos de los burros la vida parecía
dar una vuelta de tuerca la costumbre de dormir solo

tenía los días contados

 

 

 

72 HORAS

hace tres días que todos los días son sábado por la mañana
acaricio el pomo de la puerta la idea de tenerte para siempre

 

 

 

LOS PETROLEROS

hablas de sexo y veo pasar los petroleros hacia el puerto
los veo posarse sobre una corriente lenta que los lleva
yo me pregunto si cada imagen es la historia de este mundo
o es que este instante es sólo pura coincidencia

 

 

 

NÚMERO SEIS

me besa me desnuda hace de mí lo que quiere
estoy borracha todo me da vueltas tengo que ir
al baño dos veces para no vomitarle encima

se marcha temprano a toda prisa no hay despedida
nota justificativa o teléfono de contacto sólo dudas
todos los hombres son príncipes a las cinco de la mañana

todas las putas son tú cuando despiertas y no hay nadie

 

 

 

NÚMERO TRECE

te despiertas miras la hora vas a la cocina
bebes agua te quedas sentada escuchando
el motor del frigorífico por el patio interior

los hijos de la vecina juegan a destrozarse
los oídos estás sola y te acude una inquietud
propia de domingos con resaca un nerviosismo

de condones rotos

 

 

 

PRIMPERAN COMPOSITUM

cuando pienso que hoy domingo el borracho de mi ex
ese cerdo con cara de pornógrafo se estará follando
a alguna de sus alumnas cuando pienso en lo imbécil

que he sido creyéndome lo del dixan lo de sin ti
la casa es un asco lo de vamos nena te voy a llevar
lejos muy lejos me están entrando ganas de vomitar

todo este j&b con mala leche que llevo dentro

 

 

García Casado, Pablo. Las afueras (3ª edición). Barcelona; Ed. DVD, 2007.

 

DESTRUCCIÓN DE LA MAÑANA

Fonollosa''

 

Termino hoy el pequeño repaso que quería hacer por los libros que tengo de J. M. Fonollosa con ‘Destrucción de la mañana‘. Aquí tienen algunos poemas del libro.

 

xxxxx6

Ando con mi otro cuerpo por la calle.
Me detengo un instante junto a un grupo.
Unos muchachos jóvenes discuten
con gestos impacientes. –”Que hagan sitio.
No nos deben negar facilidades”.

Asiento interiormente y me dan ganas
de sumarme a sus voces. Les escucho.
Son míos sus anhelos. Soy como ellos.
Me siento entre los míos nuevamente.

Como esa casa sola en un camino
que al tener compañía de otras casas
experimenta orgullo de ser pueblo.
–”Debemos reclamar nos abran paso
para así demostrar nuestra valía”.

Con la sonrisa apruebo sus palabras.

Mas noto que me escrutan hostilmente.
Y entonces me doy cuenta de que no soy
sino lo que revela el yo fingido.
Que mi sitio ha cambiado con mi aspecto.
A mí también incluían sus palabras.

Mas no sé qué ceder si nada guardo.
Si a nada yo he accedido todavía.
Si al igual que ellos grito a los mayores:
–”Hacedme sitio, ineptos”. Pero en balde.

No hay sitio para nadie en parte alguna.
Apretujados todos maldecimos
pidiendo amor, dinero y gloria a toda costa
de quien sea y lo tenga. De regalo.
O a cambio de qué sea. A cualquier precio.

 

 

 

xxxxx7

Es la angustia, la angustia de existir.
La angustia de pensar todos, cada uno,
que en torno hay enemigos sólo y fuera
del alcance de nuestras manos todo.

Es una muda angustia la que fluye
inagotable sobre las aceras.
La que entra, desbordándose, en las casas
e inunda los hogares de silencio.

 

 

 

xxxxx8

Entro en un cine. Al fondo, la pantalla
ilumina los sueños de la gente.
Uno se aísla en héroe unos minutos.

Uno vive en la vida que desea.
Uno vive en azares, en amores,
aventuras… Y vence todo obstáculo.
Qué agradable es vivir de esa manera.

Los personajes logran triunfo, amor…
Todo resulta fácil y sencillo.
Conmigo nada fue de esa manera.

 

 

Fonollosa, J. M. Destrucción de la mañana. Barcelona; DVD Ediciones, 2005.

 

CIUDAD DEL HOMBRE: BARCELONA

Fonollosa'

 

No a la transmigración en otra especie.
No a la post vida, ni en cielo ni en infierno.
No a que me absorba cualquier divinidad.

No a un más allá, ni aun siendo el paraíso
reservado a islamitas, con beldades
que un libro garantiza siempre vírgenes.

Porque esos son los juegos para ingenuos
en que mi agnosticismo nunca apuesta.
Mi envite es al no ser. A lo seguro.

Rechaza otro existir, tras consumida
mi ración de este guiso indigerible.
Otra vez, no. Una vez ya es demasiado.

 

 

 

RAMBLA DE SANTA MÒNICA 4

La ciudad está llena de caminos.
Todos son buenos para escapar de ella.

No importa adónde vaya. En cualquier lado
hay sendas que conducen a otra parte.

El lugar nunca importa. Es otro sitio
–otro siempre– el objeto de mi viaje.

 

 

 

RONDA DE SANT ANTONI 3

Está la muerte en mí. Yo la cobijo.
Está ya trabajando en mi organismo
como abeja tenaz, infatigable.

Y aún nadie lo sabe. Yo camino
llevándole la muerte a los demás.
La muerte, viva en mí, pasa a su lado.

Qué agradable es llevar su dulce peso,
como lleva una rama su manzana.

Yo porto la semilla de la muerte
y la siembro en los campos de otras vidas:
amigos, conocidos y mujeres.

Yo reparto la muerte como un dios.
Y reparto la vida con mi ausencia.
Está la muerte en mí. Yo la cobijo.

 

 

 

PLAÇA DE MOSSÈN JACINT VERDAGUER

Somos los más. Los fuertes por el número.

Y hacemos el vacío en torno tuyo
aislándote en un muro de silencio.
O de burlas hirientes si tus gritos
se asoman a las tapias que te encierran.

Trituraremos tu obra mientras vivas.
Dejaremos, no obstante, para ti,
el mañana, el futuro. Es nuestro obsequio.
Sueña en él en tus noches marginadas.

Mas no olvides que el hoy nos pertenece.

Y nos lo repartimos. Este trozo
de honores y dinero para aquél.
Para éste y para mí nuevas prebendas…
Ocupamos los puestos importantes.

Nunca permitiremos que se premie
tu originalidad. Ser diferente
a nosotros resulta intolerable,
pues somos los normales: los mediocres.

Somos los más. Los fuertes por el número.

 

 

 

PASSEIG DE GRÀCIA 5

No reconozco a aquel que era yo mismo.
El que encontraba al mundo fácil presa
de su ambición enorme y su talento.
Porque ya no me importa haber quedado
tan lejos de la meta que trazara.

No quiero proseguir hacia adelante.
Estoy cansado –”¿Para qué –me digo–
querer ser el primero? Moriré
como aquellos que fueron también unos
y no gustan del bien que merecieran”.

¿Es esto ser vencido? ¿Es darme cuenta
que sobrevaloré mi escaso mérito?
Es igual lo que sea. Estoy cansado
de hallar a cada paso un nuevo obstáculo.
No hay nada que merezca tanto esfuerzo.

 

 

 

RAMBLA DE SANTA MÒNICA 5

Debo estar saturado. No me gustan
las obras de los genios del pasado,
por mágico que suene cualquier nombre
que avale con su firma una obra maestra.

Son débiles ladrillos, imperfectos
–sólo aciertos parciales– los que elevan,
no muhco, el edificio de las artes
que el hombre ha construido sobre el tiempo.

Si quiero encontrar algo de mi gusto
tengo que hacerlo yo, pues está visto
que incluso los que llegan a última hora
no traen nada nuevo ni importante.

Y trabajo, retoco, afino, pulo…
Pero estoy saturado. Es indudable.
No me gustan las obras de los otros,
ni me gusta tampoco mi propia obra.

 

 

 

CARRER D’ARAGÓ 1

Os prohibirán un día conocerme,
saber de mí. En prisiones silenciosas
me aislarán con los otros: los malditos
que antes que yo y después hayan expuesto
su verdad sin temor. Sinceramente.

Dirán que soy un ser insolidario,
asocial, pernicioso a la salud
de la mente oficial de aquel momento.
Que la euforia, el estímulo, el placer
de vivir –lo importante– en mí es hollado.

Pero alguien hallará siempre la llave.
Penetrará en la cárcel que me encierre
y buscará entre sombras mis palabras.
Y reconocerá que hablo de él mismo,
de su fracaso, el mío, del de todos.

 

 

Fonollosa, J. M. Ciudad del hombre: Barcelona. Barcelona; DVD Ediciones, 2002.

 

 

 

 

 

P.D. ¿Habrá alguna editorial en este país que tenga la decencia –de una puñetera vez– de publicar el texto completo de Ciudad del hombre de Fonollosa?…En fin, esperaremos…

 

POEMAS DE UN VIEJO INDECENTE

bukowski 1

 

Pues sí, voy a seguir dejando poemas de Charles Bukowski aquí durante un par de días. Es cierto que me faltan el último par de libros que se han editado en España sobre el viejo Chinaski y gran parte de su obra original, pero creo que ya tengo un buen comienzo para entrar en su universo (como pueden ver en la fotografía que acompaña al post y en la que subiré mañana). Da igual. De quien hay que hablar no es ni siquiera de Bukowski, sino de su legado literario. Aquí tienen varios de sus poemas.

 

Aquí tienen un poema del libro ‘Arder en el agua Ahogarse en el fuego‘, publicado por la editorial La Poesía, señor hidalgo en 2004.

 

la muerte de un idiota

hablaba con los ratones y los pájaros
y tenía el pelo cano antes de cumplir los 16.
su padre le pegaba todos los días y su madre
encendía velas en la iglesia.
su abuela venía mientras el niño estaba dormido
y rezaba para que el diablo tuviera piedad de
él
mientras su madre escuchaba y lloraba sobre la
biblia.

al parecer no se fijaba en las chavalas
al parecer no se fijaba en los juegos de los críos
no se fijaba en gran cosa al parecer
sencillamente no parecía interesado.

tenía la boca muy grande y fea, era
dentón
y poseía ojillos pequeños y apagados.
tenía los hombros caídos y llevaba la espalda encorvada
como un viejo.

vivía en nuestro vecindario.
hablábamos de él cuando andábamos aburridos y luego
nos dedicábamos a cosas más interesantes.
rara vez salía de casa. nos habría gustado
torturarlo
pero su padre
un tiarrón terrible
lo torturaba por
nosotros.

un día el chico murió. con 17 años aún era un
crío. una muerte en un vecindario pequeño hace mella con
alacridad, y se olvida 3 o 4 días
después.

pero la muerte de este chico se nos quedó dentro a
todos. seguimos hablando de ello
con nuestras voces adolescentes
a las seis de la tarde, justo antes de anochecer
justo antes de la cena.

y aun ahora cada vez que paso en coche por ese vecindario
décadas después
sigo pensando en su muerte
mientras que he olvidado todas las demás muertes
y cuanto ocurrió
entonces.

 

 

 

De ‘El infierno es un lugar solitario‘, publicado por la editorial Txalaparta en 1997, dejo otro poema del viejo Chinaski.

 

uno para viejo diente torcido

conozco una mujer
que compra rompecabezas
chinos
piezas que al final
logra acomodar.
lo hace con precisión matemática
resuelve todos sus
rompecabezas
vive junto al mar
pone azúcar en el patio
para las hormigas
y cree
en el fondo
en un mundo mejor.
su pelo es blanco
rara vez lo peina
sus dientes están torcidos
y usa buzos amplios
sobre un cuerpo que la mayoría
de las mujeres quisiera tener.
durante muchos años ella me irritó
con lo que yo consideraba
excentricidades
como poner cáscaras de huevo en remojo
(para alimentar las plantas
dándoles calcio).
pero cuando pienso en su
vida
y la comparo con otras vidas
que parecen más interesantes, originales
y bellas
comprendo que ella hirió a menos gente
que cualquiera que yo conozca
(y con herir quiero decir nada más que herir).
ella tuvo algunos momentos terribles,
momentos en los que quizás debí haberla
ayudado más
porque ella es la madre de mi única
hija
y una vez fuimos grandes amantes,
pero ella se fue
como he dicho
hirió menos gente que cualquiera
que yo conozca,
y si lo consideras así,
bueno,
ella ha creado un mundo mejor.
ella ganó.
Frances, este poema es para
ti.

 

 

 

De ‘Poemas de la última noche de la tierra‘, publicado por la editorial DVD en 2004, dejo otro poema.

 

ATASCO

la autopista Harbor hacia el sur, a su paso por el
centro, puede ser sencillamente
increíble.

el viernes pasado por la noche estaba
parado detrás de un muro de luces rojas.
ni siquiera se podía circular en primera,
y el constante humear de los tubos de escape
enturbiaba el aire nocturno. los motores estaban re-
calentados
y me llegaba el olor de un embrague
quemándose
en alguna parte.
parecía venir de delante,
de aquella larga y tediosa cuesta de la autopista en la que
los coches pasaban
de primera a punto muerto
una y otra vez
y de punto muerto de nuevo a
primera.

oí las noticias del día
por la radio
al menos 6 veces: estaba
muy versado en asuntos
internacionales.
las demás cadenas emitían una
música tenue y enfermiza.
las de clásica se resistían a que las sintonizara con
claridad
y cuando lo lograba
eran una cansina repetición de piezas habituales
y pesadas.

apagué la radio.
extrañamente, la cabeza me empezó a dar
vueltas: empezaban en la frente, avanzaban
en el sentido de las manecillas del reloj, rodeaban las orejas y
la nuca, llegaban a
la frente
y vuelta a empezar.
empecé a preguntarme: ¿será que me
estoy volviendo
loco?

pensé en bajarme del coche.
estaba, supuestamente, en el carril
rápido.
me veía allí fuera
fuera del coche
apoyado en la medianera de la autopista,
con los brazos cruzados.
luego iría resbalando hasta quedar
sentado y escondería la cabeza entre
las piernas.

me quedé en el coche, me mordí la lengua, volví
a encender la radio y deseé intensamente que se me pasara
el mareo.
me preguntaba si alguien más estaría
luchando contra lo que
le oprimía,
como yo.

entonces el coche de delante
SE MOVIÓ
un pie, 2 pies, ¡3 pies!

metí primera…
¡nos MOVÍAMOS!
volví a punto muerto
PERO
nos habíamos movido de 7 a
diez pies.

oí las noticias del mundo por
7ª vez
y todo seguía igual de mal,
pero todos las escuchábamos
y nos resultaban soportables
porque sabíamos
que no había nada peor que
mirar
la misma matrícula
la misma cabeza idiota asomando
por encima del reposacabezas
del coche de delante
mientras el tiempo se disolvía
y el indicador de la temperatura marcaba
a la derecha
y el indicador de la gasolina marcaba
a la izquierda
y nos preguntábamos
de quién coño sería el embrague que se estaba
quemando.

éramos como un último, enorme
y definitivo dinosaurio
que, arrastrándose débilmente, volviera a casa, en algún lugar,
de algún modo, acaso
para
morir.

 

 

 

Y dejo tres poemas más. El primero pertenece al libro ‘Madrigales de la pensión‘, publicado por la editorial Visor en 2001, y los otros dos pertenecen a ‘Escrutaba la locura en busca de la palabra, el verso, la ruta‘, publicado por la misma editorial en 2005.

 

10 LEONES Y EL FIN DEL MUNDO

en una reputada revista de tirada nacional
(sí, la estaba leyendo)
vi una fotografía de unos leones
que cruzaban una calle
de un pueblo,
sin ninguna prisa;
como
tiene que ser,
y algún día cuando
enciendan las luces
y todo se acabe,
yo estaré sentado aquí
en medio de una humareda pegajosa
pensando en esos 10 malditos
(sí, los conté)
leones,
que paraban el tráfico
mientras las rosas florecían.
todos deberíamos
hacer eso,
ahora que aún hay
t
i
e
m
p
o.

 

 

 

SOBRE LA COMPETENCIA

cuanto más arriba llegas
mayor es la presión.

quienes se las arreglan para
durar
aprenden
que la distancia
entre la
cumbre y el
abismo
es inmensa
hasta la
obscenidad.

y quienes
triunfan
saben
el secreto:
no lo
hay.

 

 

 

DIOS MÍO

¿recuerdas la niña
que solía jugar
en el jardín de enfrente?

mira lo que ha pasado
de la noche a la mañana:

nuevos pechos
culo torneado
largas piernas
pelo largo

ojos de
fuego azul.

ya no podemos
verla
como antes.

ahora tiene
15 años de
armas tomar.

 

DVD

Hablaba de los libros de Antonio Aguilar sin mencionar las antologías en las que ha sido incluido; una de ellas, ‘Yo es otro‘, es una de esas antologías en las que muchos quisieran estar, una antología coordinada por Josep Mª Rodríguez que publicó la editorial DVD.

¿Y por qué hablo de esa antología? Pues porque en estos últimos días se ha confirmado la peor de las noticias posibles, esa editorial, uno de los referentes en poesía en los últimos años en este país, echa el cierre (pueden leer la noticia aquí). De la editorial DVD hay quienes tenemos algunos de esos libros que formarán parte de nuestro aprendizaje poético hasta el final de nuestros días. En mi caso, uno de esos libros es ‘Ciudad del hombre: Barcelona‘ de José María Fonollosa (de quien ya había conseguido la edición de ‘Ciudad del hombre: New York‘, que unos años atrás había publicado Quaderns Crema). Y a Fonollosa llegamos, hay que reconocerlo, porque alguien tan grande como Albert Pla grabó un disco que contenía varios poemas musicados de Fonollosa y descubrimos a ese gran poeta.

Pues como homenaje a esa maravillosa editorial dejamos hoy aquí uno de los poemas de ‘Ciudad del hombre: Barcelona‘ en las dos versiones posibles, la de Fonollosa y la de Pla.

 

 

ZELESTE 4

Al nacer me asignaron, como a todos,
un frágil esqueleto muy pequeño.
Le acepté y me cuidé que, año tras año,
creciéramos los dos al mismo tiempo.

Y convivimos juntos. Él procura
no hacerse notar mucho. Es muy modesto.
Yo, que se sienta bien. Le llevo, incluso
a visitar países extranjeros.

Le hospedo deferente. Hasta le animo
que haga el amor con otros esqueletos.

Esto es lo que le gusta mayormente.
Y después descansar. Hacerse el muerto.
Vigilo que no sufra ningún daño
que le cause privarle de algún hueso.

Me place imaginar que cuando salga
de mi envoltura y quede al descubierto
–representando entonces quien yo he sido–
se sentirá más cómodo completo.

 

 

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