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‘ESCRIBIR COMO ESCUPIR’, DE LEOPOLDO MARÍA PANERO

 

CARTA AL PADRE

La corporeidad total del desastre
De la sima en que vuelan los pájaros
Atroces de la Nada
Como una resina para morir tan sólo
Arrojo mi bilis negra en sacrificio
Para alimentar a los perros de la Nada
A los lobos atroces que he visto en la calle
Comer de mi cerebro, cual gusanos
que nutriera mi cadáver
Y mi cuerpo emana fluidos muertos al cielo
con algún objetivo del que ríen los hombres
señalando al cielo con una mano muerta
sobre la que vuelan los pájaros
entonando himnos a la ruina y celebrando el desastre
como si la mano de un muerto me acariciase
así es el poema.

 

 

 

 

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxHagan lo que hagan
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxDigan lo que digan,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxTodos los hombres se verán algún día
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxEn el interior de un círculo rojo
xxxxxxxxxxxxxxxxxixxxxxxxxixxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxBuda

AQUÍ está la última danza de los muertos vivientes
de aquéllos que sonríen al pasar al caer la muerte
sobre los hombres
de aquéllos que llaman a la lluvia
y hacen que zozobren los barcos
los barcos atroces de la lluvia
que sólo saben del espanto
y del soliloquio atroz de un muerto
que sólo sabe de la lluvia
y del sol en vano para que caigan los hombres
al pie de la vida
cuando los hombres recen en vano
y sólo la muerte les responda
porque hablar siempre es en vano
John Donne lo dijo
Uno miente y el otro desespera.

 

 

 

 

DERROTA DE NADA

El cuerpo es esquizofrénico
Todo acto repercute en el cielo
Y por ello la vida es prácticamente imposible
Inter corpus et mentem
La mente en el culo del ser
Rosa caníbal de mi frente
La rosa que cae al suelo
Dibujando un collar de cráneos
¡Ah! Tú Kali que vistes un collar de cráneos
Enjoyada con los labios de la muerte
Fumándome otra derrota en los vestuarios
de mi cráneo-alma, de mi cuerpo derrota.

De La victoria del papel en llamas
Ardiendo con los restos de mi cuerpo
Y las estrellas arden en mí
Clavándome sus puntas de cristal
Enjoyadas de sangre
La sangre es un lujo para el coleccionista de almas
La sangre cae de la barra de los bares
y de las barras de labios
que mienten
rojo caníbal de mi frente
esperma de mi cerebro que cae goteando al suelo
y una rosa se dibuja en la nada.

 

 

 

 

BLACK SUN

Sol negro de la melancolía
Estúpida baba de la melancolía
La vida es un cuento dicho por un idiota
Un cuento que nadie cree
Una tempestad para nadie
En el vacío donde nada el pez
El pez atroz de la nada
La vida es un cuento de brujas. Panero lo dijo.
Un mirar sin mirar en el espejismo de la locura
Donde hallo más verdades que en cualquier templo
Donde sacralizo mi corazón en honor a mi propio dios
A mi Jesús de la nada y el viento
Que flota en el viento
El viento que surge de la nada
Y que se enreda en la nada
Buscado ávidamente por el viento
En el que pierdo fácilmente mi equilibrio
Llevado por el viento como una hoja oscura
O algún tordo pálido
que vuelve en el secreto remoto de la tarde
Los pájaros salen de madrugada porque temen al hombre
Y una generación ebria y estúpida se burla de nosotros
Y de los libros de las bibliotecas
En el libro oscuro de la tarde
Donde muere el gorrión en un horrible espejo
Llamado no sé si viento o hambre
Mientras el deseo infantil y egoísta nos devora
Un artista del hambre. Kafka lo dijo.

 

 

 

 

LA vida es solo una estupidez y dichos de un idiota
De un idiota que solo sabe rezar
Y de un mar sin cabeza
Hecho solo para caer como el viento
Sobre el rito de la página,
De la página en blanco,
De la página.

 

 

 

 

AGUIJÓN del desastre que es el funeral del Hombre
El funeral al que nadie irá
Sino la peste a la que llaman Hombre
La peste de existir
Como una sombra sobre la página
Como la sombra de mí mismo
Eternamente borrada por la página
Por la página que cae
Como la ceniza del cigarrillo sobre la mano.

 

 

 

Panero, Leopoldo María. Escribir como escupir. Madrid; Ed. Calambur, 2008.

 

LA HERENCIA INVISIBLE

Sebastián Mondéjar 'La herencia invisible'

 

 

IDEAL DEL DESEO

Nos basta con querer.
Nos sobra con desear.
Lo sabe mi deseo.

Lo sabe, pues lo quiere, mi deseo.

 

 

 

LIBERTAD ACCIDENTAL

Qué simple es todo, sin embargo,
qué simples son las cosas
cuando nadie las dicta.

Lo fortuito, a veces,
nos sume en la aventura.

He salido a la calle con desgana
buscando una farmacia y, de repente,
me he sentido libre,
como un viajero en un país ignoto.

Me he sentido libre -me gusta repetirlo-,
extraño en mi ciudad de madrugada.

La vida se abre paso por sí sola
en la vieja ciudad que nos cobija.
Al fin y al cabo, la ciudad no es nuestra;
más bien nosotros le pertenecemos.

Me ha obligado a salir la enfermedad
para hacerme más libre y redimirme.
El dolor me ha sacado de su alcance
y las calles desiertas me confortan.

¿Qué fueron antes estas calles?
Huellas, rastros, senderos.
Encrucijadas de la vida.

Las calles las generan
nuestros pasos, la vida.

 

 

 

ASOMBRO DE VIVIR

Un lugar para ser, eso buscamos;
un lugar para estar.

Me asombro de estar vivo por las calles de siempre;
me asombro de estar vivo, de ser yo todavía.

Estas calles conocen bien mis pasos.
En ellas soy -y estoy- enteramente.

Me asombro de estar vivo, caminando.
Me asombro de estar vivo una vez más.

 

 

 

CHARLES MINGUS’S SOUND OF LOVE

Corría emocionado por la arena.
El sol resplandecía en los bañistas
que gritaban, jugaban con pelotas
o hacían ejercicios en la playa.

Y, como por encanto,
se abrió ante él un claro y surgió ella,
chapoteando sola
en el agua templada de la orilla.

Llevaba un bañador color naranja
y su brillante pelo negro
rozaba su cintura.

Se miraron sonrientes;
sin pronunciar palabra, se acercaron;
y, olvidados del mundo,
se dejaron llevar por las corrientes
en las que, misteriosamente, el agua
cambiaba de temperatura.

Se rodearon despacio, como aves
en danza ritual para el cortejo.
Se salpicaron agua con los pies.
Se miraron en una silenciosa
unión que parecía interminable.

Pasó una eternidad.

Nadie se percataba del milagro.

Cada segundo estaba consagrado
a llenarse los ojos
y el alma mutuamente,
como si, de algún modo,
ya supieran que nunca
volverían a verse.

Si este instante de amor durara siempre,
seguro que ambos sobrevivirían
a las pruebas más duras de la vida.

 

 

 

EFERVESCENCIA

xxxxII

Llamamos a los niños,
pero no nos escuchan;
nuestra voz nada puede
contra el viento y las olas
que sus cuerpos reciben con abrazos.

Son largas y amplias franjas,
mansas olas gemelas que atraviesan
sus torsos bronceados y fulgentes
y les hacen cosquillas en el alma.

No sólo no nos oyen:
no nos hacen ni caso; nos olvidan.

Las olas, hoy, se apropian de los niños.

Si hay un dios para el mundo,
ese dios es el mar.

¿Qué nos dice su sal efervescente?
¿Qué les canta al oído a nuestros hijos?

 

 

 

RECONCILIACIÓN

Mas la ciudad no oculta
lo que significó cuando cantaba.

Es bueno distanciarnos,
vaciar nuestro lugar con nuestra ausencia,

para volver después, como hijos pródigos,
reconciliados con las discrepancias.

 

 

 

NUESTRA HERENCIA

Nuestra herencia no es nuestra.
Está en nosotros.
No somos herederos.
somos la herencia misma.

 

 

 

Mondéjar, Sebastián. La herencia invisible. Madrid; Ed. Calambur, 2008.

 

LIVERPOOL

José María Millares Sall

 

 

LIVERPOOL

Sobre vuestros curtidos rostros de paloma endurecida,
sobre vuestras sonrisas de sal y vino agrio, ya sobre los duros cristales de la niebla,
está mi alma están mis ojos, amigos,
y sobre el último dolor de la tierra,
y sobre el último dolor de mis manos tanteando el duro cemento de una puerta vacía,
y sobre la última agonía de las aguas está flotando mi corazón, señores, mi corazón.

Por favor, abridme paso, dejadme cruzar este túnel de plomo,
que quiero ser el primero en llegar con mi sangre a los muelles de Liverpool.
Amigos, vosotros que os perfiláis como aletas de pescado
sobre las últimas esquinas de los buques;
vosotros que de cada rincón saltáis de una bodega a otra
como sapos de azufre ardiendo, como tristes pezuñas de lagarto,
para husmear el rojo carbón de las calderas,
para darle vida al hierro como al alba le dais su fruto,
para darle aliento al agua que se aleja para siempre de la tierra,
del polvo que tanto amáis tras unos ojos,
decidme que puedo soñar en vuestros rostros de ceniza
y en vuestras sucias calles de alquitrán, y en vuestros hogares de nata corrompida,
y echar la raíz de mi sangre como un ancla sobre vuestras jurisdicciones marítimas,
porque además de ser un hombre como vosotros, soy un poeta,
y un poeta es un corazón más sobre la niebla del mundo.

Por favor, abridme paso, que quiero ser el primero en saludar con mi sangre vuestras sonrisas de azufre,
vuestras mujeres de estopa. Por favor, abridme paso.

Oh, Liverpool, Liverpool.
Amigos, sobre este puerto extranjero están ya mis pies
que se hunden conmovidos sobre las duras baldosas, como tiernos tallos contra el fango.
Podéis comprobar que aún mi boca está en mi cara,
y que mi lengua no es una bala de algodón sobre el muelle,
y que mi vientre no está hinchado por el vino,
y que mis manos no han rastreado aún los senos de vuestras mujeres,
y que aún no han besado sus cuerpos sudorosos mis labios de martillo.

Oh, Liverpool, Liverpool.
Mi cuerpo es negro, amigos, bajo vuestros dormidos ojos de cielo alcoholizado,
bajo la tibia luz de los faroles que aspiran a ser estrellas
de otros lejanos ojos que se hunden dulcemente en las aguas.

Oh, Liverpool, Liverpool.
Y no es más que un triste cargamento de pescado que se pudre,
y yo en sus piedras, un poeta que se cansa de sus mujeres y de sus calles.

Oh, Liverpool, Liverpool.
Oliendo a sudor y a manos que se aburren en un vaso turbio de ginebra.

Sobre fardos de algodón y de lino y de murciélagos,
o bajo la húmeda lona que cubre las mercancías,
duermen cuerpos humanos, brazos y piernas y cabezas de plomo,
bajo la luz y bajo la niebla y bajo las sirenas que penetran hasta sus oídos de lumbre enferma.
Eh, tú, que viene el alba como un tren descarrilado desde las últimas colinas del mundo.
Ya las cubiertas se apagan, y a lo lejos sólo brillan las estrellas
y del otro lado las tristes luces de vuestras calles,
y aquella boca fría de accento inglés,
y aquellos cabellos amarillos de lengua extraña.

Oh, yes, yes, miss Fly, I need you.

Sí, pero hemos de separarnos como la niebla que abandona los altos puentes del mundo.
Un trasatlántico saludo, boy.

Oh, Liverpool, Liverpool.
Las mismas aguas untadas de aceite y las mismas carnes de acero sobre ellas flotando,
y las mismas gorras sobre idénticos cráneos de agua y sal,
y los mismos brazos con sus anclas de tinta y sus sirenas desnudas,
y un triste corazón en una esquina del brazo, oculto como un perro frío,
y los mismos gestos, y las mismas fatigas, y los mismos saludos,
y los mismos ojos que lloran la ausencia de otras carnes.

Ah, pero yo soy sólo un poeta sobre estas calles,
sobre esta simetría exacta, donde cada zagúan es un vómito de vino,
donde cada cabeza es una bola de acero hundida sobre los hombros,
donde cada esquina es como un filo de navaja, donde cada portal es un grupo de sangre,
un vaso de sangre a la intemperie,
donde en cada ventana una joven inglesa se desnuda fríamente,
donde una sombra de vino se pasea por los muelles ofreciendo una bandeja de labios cortados,
ya enlazados en un nudo de sangre y de armonía,
donde yo, entonces, cubro mi rostro en otro rostro para buscar el mío,
exactamente el mío.

Ah, pero el aire es frío y penetra por mis carnes duramente
y ya el alba en mis ojos duramente se agrupa, y entonces me incorporo
y alargo hasta la bruma mi lengua española
y cuelgo mi esqueleto sobre un árbol para siempre de mi carne.

Oh, Liverpool, Liverpool.
Good bye, miss Fly, mis extraños amigos, good bye.

Oh, Liverpool, Liverpool.

 

 

 

 

EL NÚMERO 12

A las doce,
cuando los guardias abandonan las esquinas para naufragar en los rincones de una boca,
quisiera verte;
quisiera verte, ya en el sonido espeso que dan los metales
cuando exactos se hunden en el centro de una plaza vacía, aún con ese olor
de los niños que juegan, de la rosa pisada;
o paseante por los últimos muros de un cementerio que cruje,
a dos pasos de tu lecho,
o en ese olor pesado de las calles oscuras, donde,
tras la inocencia de los cristales se disuelve un rostro enfermo,
y unos ojos enteros se vierten en las frías baldosas de unas espaldas,
o junto a la sal amarga de una puerta que se cierra de pronto,
porque así sabrás cuánto pesan las campanas en el corazón de los hombres
a esa hora que navegan huérfanas por la noche;
porque así sabrás cuántas sombras husmean vigilantes las esquinas
y apoyan sus cabezas sobre el duro pavimento de sus propias almas,
y el por qué se interrumpe el tráfico, y en un charco se te vacía el rostro suciamente,
y en los bolsillos se te pudren las manos;
porque así sabrás que un buque zarpa con los riñones deshechos
a la media noche exactamente,
y una docena de rostros huyen de sus hogares
para beberse el jornal en una inmunda taberna y sobarse tristemente las rodillas
con la mano izquierda de sus desgracias;
y el por qué una joven elegante se te sube a los labios por un vaso de leche oliendo a sangre.

Sí, a las doce quisiera ver tu rostro bajo un portal
en espera de una mano o de unos ojos que te miren dulcemente,
o bien bajo el áspero sonido de los relojes que sólo viven para verte,
para hundirte en sus lentas maquinarias,
o bien bajo la lluvia inadvertida que equivocadamente se hunde por tu carne,
o bien bajo la luz que azota el viento, cuando las estrellas
dejan de ser lo que son, y sí una cosa más de nuestra vida; a las doce,
ya sin la dulce lana que siempre has disfrutado,
con la sangre limpia al aire libre, quisiera verte,
a las doce,
cuando el mundo desconoce su rostro
y se hunde silencioso en el mar, quisiera verte,
quisiera verte. Adiós. Buenas noches.

 

 

 

Millares Sall, José María. Liverpool. Madrid; Ed. Calambur, 2008.

 

LA LLAVE DE NIEBLA

septiembre 22, 2013 Deja un comentario

Guadalupe Grande

 

EN RELATIVO

Que el mundo es imposible. Que las calles no pueden cabernos en el pecho. Que nada cabe en el hueco que le está destinado y así nos van las cosas. Que las hojas de los árboles siguen cayendo y el mar sigue diciendo una palabra que no podemos descifrar: una palabra en movimiento, una palabra en la que cabe el tiempo. Que estamos hechos de tiempo, pero no de mar. Que llevamos la cuenta del tiempo que vivimos, mareados, como si pudiéramos llevar las cuentas del mar. Que contamos la lluvia de los días y los pasos tartamudos de las horas. Que hacemos balance de minucias. Que se nos caen las palabras de la boca, sin entenderlas, como la nieve se aturde en el asfalto. Que confundimos la nieve con la sal, los relojes con la sangre, el pecho con un garaje, y nos consolamos creyendo que todo es relativo, como este pronombre.

 

 

 

POSTAL II
(ZAPATERÍA CÉNTRICA)

Un coche no es un animal, pero se le parece;
un atasco de tráfico se parece a un rebaño,
pero no lo es.

Nadie puede saber hacia dónde van tantos artefactos
sobre cuatro ruedas,
y es tan fácil pensar que hacia el desastre.

Venimos caminando hacia el desastre
desde que inventamos los zapatos,
y hemos llegado hasta estas calles,
sin decirle nada a nadie,
casi como sin querer,
empujados tan sólo
por la inercia de las suelas
y nuestros corazones desolados
en un viaje prematuro.

xxxxxTodo habitante de ciudad es hoy sietemesino.

 

 

 

POSTAL VII
(FÁBRICA DE MONEDA Y TIMBRE)

En el centro de cada moneda
se asoma hacia la calle
la pupila de la limosna.

Una lágrima helada,
una lágrima de tinta
en la que se conjugan todas las palabras
hasta llegar aquí,
xxxxxespejo sin azogue
que cierra la cuadratura del círculo:

xxxxxuno por uno es uno,
xxxxxdos por dos en las manos de cada esquina,
xxxxxtres por tres en los túneles del desconcierto,

salta la oca en las lágrimas de la limosna.

 

 

 

Grande, Guadalupe. La llave de niebla. Madrid; Ed. Calambur, 2004.

 

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