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CAPÍTULO CUATRO

 

4.

(memoria)

Qué es la memoria. Aquello que le da densidad al tiempo, que avala su existencia. Sencillo: sin memoria no hay tiempo. Aquello que nos dice que fuimos o que vimos antes de ser o ver ahora. Sencillo: la vida es un fluir continuo, sin amarres, y los relojes sólo son herramientas que generan la ilusión de que tenemos el control, de que hay una dirección. Demasiada gente ha hablado ya sobre esa ficción del tiempo en los relojes, de esa opresión. Pasando. El tiempo sólo se explica por la memoria. Es más, lo que somos cada uno de nosotros sólo se explica por la memoria. Ser tú es recordar tus recuerdos. La memoria llena el recipiente del cuerpo y moldea la mente para que seamos. Somos tiempo. Por eso un enfermo de Alzheimer deja de ser, y se convierte en un cuerpo vacío de sí, en una nada de carne.
xxxEl olvido es nuestro espejo negro. El agujero.
xxxCómo se activa un recuerdo. Así, por ejemplo: caminas por la calle y llega un olor dulce a tu nariz, lo percibes y algo se conecta en tu cabeza: los labios de una mujer que usaba ese perfume hace diez años, una vida que creías perdida, agolpándose. El fantasma de su voz, de tu sangre entonces. Lo que eras, cómo eras. El recuerdo funciona así: un estímulo que navega de la superficie a la red neuronal dentro de tu cráneo hasta encontrar el archivo oscuro donde dormía la sensación original. Un código que tu cerebro traduce en tiempo, vida, signo de ti.
xxxAsí funciona. Igual que Internet.
xxxTu cabeza y la red de redes. Grande y pequeño. Dentro y fuera. Lo mismo. Tecleas la url en la pantalla y con un clic se despliega entre la maraña binaria de archivos escondidos justo aquel que tú has elegido. Una red neuronal de escala mundial, invisible, fuera de ti, conectada a ti, a partir de ti. Desde. En. Teclea Anaïs Anaïs de Cacharel en Google y sobre tus recuerdos se proyectará la posibilidad de miles. Lo tienes delante, la red como una extensión de nuestro cerebro, operando con las mismas reglas. Reproduciendo la estructura de nuestro pensamiento. Internet como memoria externa casi infinita. Nuestra. Compartida. Creciendo hacia dentro y hacia fuera, enredándose en la de tantos otros miles o millones.
xxxCómo ser tiempo si ahora disponemos a un solo parpadeo del tiempo de los todos. Cómo llamar a eso tiempo. memoria. Cómo. Si tú ahora eres también yo, porque compartimos la memoria y porque ambos tejemos el mismo telar e hilamos nuestra vida, y el tejido crece. Tú, yo, ese, miles. Tu memoria hecha píxel, ciento cuarenta caracteres, lo que sea que deje tu huella en la red, todo eso lo consumo yo, ese, miles. Y viceversa. El alimento es común y la construcción colectiva. Uno más uno más uno y ahora sí hasta el infinito.

 

 

 

 

9.

(banderas negras)

Se recorta contra el horizonte la silueta de unos jinetes, pareciera un ejército de sombras. Algunos aseguran que así es. Sombras vivas que contaminan el aire de su oscuridad brillante. Se acercan. El viento y el trote agitan la ropa y las banderas. Negras. Así es la bandera de nadie. Así es el color que niega los colores, las verdades viejas y las impuestas. Se acercan los hombres libres cabalgando al lado de Néstor Majno por las tierras de aquello que llaman Ucrania. La bandera negra es un cielo vacío de estrellas donde se han abolido las leyes de la astronomía y todo es posible. Dicen que cuando llega el ejército de las sombras vivas llega la libertad y el fin de lo antiguo. La libertad. Que cada uno decida y sea. Todos, sin caminos marcados por otros con tiza sobre el suelo. Sin dueños ni marionetistas. Eso dicen, es la libertad, y dicen que está al alcance de los dedos, escrita en el negro de la bandera, que es la ausencia y es el todo. Y se acerca.
xxxAntes llegaron ecos de Guliai-Polié. De cómo ahí cada hombre y cada mujer era su propio Lenin, y cómo se tejía la solidaridad en las fábricas y en los campos como la trama de una bandera negra. El amor propio trenzado en lo común. Eso nos traen los jinetes de Néstor Majno, pero no como una orden sino como un regalo que ya llevamos dentro. La autogestión, la propiedad de nuestras vidas y nuestro sudor, la fundición de las cadenas para fabricar cucharas y llaves que sólo abran, que nunca cierren. El ejército negro protegerá nuestro territorio libre de blancos, verdes y rojos. Porque la libertad no entiende de zares, terratenientes o bolcheviques. La libertad entiende de ti, de mí y la trama de voluntades que tejemos para generar un mundo a nuestra medida.
xxxSe acercan los jinetes, pero somos nosotros, cada uno, los que ejecutamos el cambio. Aquí, como en decenas de pueblos antes, estableceremos una comuna libertaria. Una comunidad de hombres y mujeres libres. Aquí mandará la asamblea de ti y de mí, de los ti y de los mí. Aquí cada cual tendrá lo que necesite y la acumulación se entenderá como una ofensa. Aquí los grilletes de la posesión y las leyes de oro yacerán rotos a los pies de estos caballos que ahora llegan. Pueblos, gente, tú, tejidos en red. Aquí la única frontera es el cielo y el relinchar de estos caballos que ahora llegan. Aquí se dirá libre y seremos libres. Cada uno y todos. Y construiremos el mundo a nuestra medida. Desde dentro de nosotros, con las manos, mano a mano contigo y conmigo, con los ti y con los mí.
xxxTen aquí el día de mañana hecho hoy.
xxxYa. Llegan los jinetes de Néstor Majno con sus banderas negras como un sueño por escribir, pero luego vendrán las traiciones, las matanzas y el olvido, igual que esas banderas rojinegras españolas de veinte años después. Puede ser. Pero hablábamos de las siluetas de los jinetes recortadas contra el horizonte. Pero hablábamos del horizonte.

 

 

 

 

11.

(mutación del ángel)

Recuerda: Mary Ann Bevan, la mujer más fea del mundo, padecía acromegalia y eso la salvó de la miseria. Maurice Tillet sufría del mismo mal y también tuvo que emigrar a Estados Unidos donde se hizo luchador profesional con el apodo del Ángel Francés. Hablaba quince idiomas y pasaba las tardes jugando al ajedrez, cuando cumplió los cincuenta y un años su corazón no dio ya más de sí. Poca víscera para tanto corpachón. Más de medio siglo después estrenaron en cine una película de dibujos animados sobre un ogro verde llamado Shrek, cuyos rasgos y gestos se inspiran directamente en Maurice Tillet. La película es un éxito de taquilla y tiene varias secuelas, videojuegos y un sinfín de productos asociados. El ogro verde se convierte en un icono del siglo XXI. Repetición tras repetición. La última mutación del ángel francés: la pandemia. Su rostro nuevo en las mochilas de los niños, en los avatares de las cuentas de Tuenti, en los dibujos que la niña de primaria colorea en su hora libre. Así, Maurice Tillet pasó del blanco y negro al verde de Dreamworks, y de ahí a cualquier lugar del planeta y en el mismo tiempo telaraña que lo envuelve todo. El ahora múltiple. Todo eso. Recuerda: entre Mary Ann Bevan y Maurice Tillet hay un foso por el que hace tiempo nos caímos tú y yo.

 

 

 

 

12.

(simplemente ajustando mi twitter)

Alguien tuvo que escribir el primer tuit. La soledad si es algo es esto: una red social vacía, sólo para ti. Y el eco constante. Y la nada. 21 de marzo de 2006. Jack Dorsey tecleando «Just setting up my twttr» y dándole a intro. Cero seguidores. Después las cosas se enredan y el ruido es a veces ensordecedor. Después el mundo se teje de palabras que somos. Vale. Pero al principio está la soledad absoluta, en el vacío sin forma de la red: un mensaje para nadie, como una botella lanzada al espacio infinito. Hablamos de Twitter, donde algún exagerado dijo que se construían las revoluciones del siglo XXI. Ago cuyo primer balbuceo es de 2006 y que puede que en el momento que estés leyendo esto ya haya prescrito, como prescribieron los chats de IRC, los fotologs o el Messenger. Volatilizados en la nada que hay al final y al principio de Internet. Las fotos, las conversaciones, la vida, en el limbo de la tecnología obsoleta. Así que puede que cualquier comentario acerca de esto no sea otra cosa que arqueología de lo efímero. Porque lo mismo el concepto de lo duradero es algo de otro tiempo. Porque lo mismo todas estas máquinas lo único que han conseguido es que nuestra comunicación sea la de la huella en la orilla, el espectáculo de la ola borrando nuestros pasos. Todo eso puede ser. La brevedad, y la intensidad: el ahora absoluto.
xxxPero también una raíz abierta, tentando al infinito en su monstruoso crecimiento.
xxxJack Dorsey escribió el primer tuit en 2006, y es posible que fuera el eco de tu voz y de la mía, de tu voz en la mía. Y que a pesar de todo el concepto de soledad sea también algo obsoleto, y se haga necesaria otra palabra para definir esta distancia rota.
xxxO que todos los tuits fueran como el primero y su nada. O que lo imposible sea precisamente estar solo ya. En este ahora.

 

 

 

Quinto, Raúl. Yosotros. Barcelona; Ed. Caballo de Troya, 2015.

 

CAPÍTULO TRES

 

8.

(el país de los nombres otros)

Jajajaja, dice un chico delante de un árbol con lágrimas en los ojos y las mandíbulas desencajadas. Lleva horas contemplando los nudos del tronco, y ríe porque todo es absurdo y gracioso. A pocos metros hay una mujer sentada contra la pared, se coge las piernas y se balancea como una mecedora de carne. Su mirada está fija en algo que sólo ella ve y su boca musita oraciones que creía olvidadas. Hace calor. Tres o cuatro personas corren en varias direcciones, puede que en círculos. Uno aúlla, dos lloran de puro miedo. Más allá, dentro de una casa, una anciana arrodillada habla cara a cara con la Virgen María que flota sobre las aguas de su retrete. Ella le dice palabras bonitas y el tiempo se detiene. Su vecina intenta hablar y lo que nota es que le ha desaparecido la lengua. Hace mucho calor este verano, demasiado, la Provenza da vueltas en el horno como un animal desplumado. La gente suda. Una mujer baila al borde de un tejado y en sus ojos hay una fuga sin retorno hacia la felicidad. Alguien rompe los cristales y salta a la calle con los brazos en cruz. Un niño entra desesperado en el bar y le grita a los parroquianos que huyan, que por la calle mayor baja un tigre enorme sediento de sangre. Dentro un carpintero se oculta bajo la mesa, agarrado a una de sus patas, porque cree que él también es de madera y si su cuerpo no la toca terminará despareciendo. El camarero pasa un trapo una y otra vez sobre la barra intentando limpiar una mancha que no existe, la sangre de sus dedos empieza a empapar la bayeta. El tigre sigue rugiendo en la cabeza del niño. Hace calor. En su casa una mujer se encierra en el baño agobiada por las luces y las voces que le recuerdan cada uno de sus pecados, decide llenar la bañera de agua caliente y cortarse las venas. Dos casas más allá alguien grita hasta quedarse sin voz porque siente que la cabeza se le derrite sobre los hombros. Su padre lo observa fascinado por el pájaro extraño que brota de su boca abierta, su madre se revuelca por el suelo y sólo puede decir Jajajaja, mientras se clava las uñas en el pecho de puro contento. Jajajaja.
xxxY todo ese calor de agosto de 1951 en Pont-Saint-Esprit.
xxxImagínate que te metes en la cama para huir de la gente y de las visiones, contará un lugareño años más tarde, y sientes que de tu cuerpo nacen flores rojas, y que cada una es un dolor nuevo. Un dolor inventado para ti en ese instante. Vaya. Imaginaos ese pueblo tranquilo y pequeño a las orillas del Ródano, intentando olvidar las penurias de la guerra y la dureza del campo. Su pobre paz quebrada en la mañana del 16 de agosto de 1951 por la súbita invasión de la locura colectiva. Imagina dos semanas así. Y cuenta: cuatro suicidios, tres paradas cardíacas, cincuenta y pico personas ingresadas en instituciones psiquiátricas, algunas de ellas hasta el fin de sus días. Aquello ocurrió en Pont-Saint-Esprit. Aquella mañana descendió impúdico sobre sus calles el Espíritu Santo de la Demencia. Qué espectáculo.
xxxSí. Pero ya hemos aprendido que el Espíritu Santo no desciende si no hay un obispo de fuego. Siempre hay algo o alguien.
xxxLas autoridades francesas se pusieron a investigar y acabaron llegando a una conclusión rentable en términos mediáticos, al menos de cara a cerrar el caso ante la opinión pública. El misterio del pan maldito, así fue cómo acabó conociéndose el suceso. La hipótesis ganadora explicaba que el causante de todo aquel marasmo alucinatorio había sido el panadero Roch Briand y su harina contaminada por el cornezuelo. Ya sabéis, ese parásito desde el que se puede sintetizar el LSD. Así que nada, lo que ocurrió en Pont-Saint-Esprit fue una negligencia panadera, como cuando en la Edad Media aldeas enteras comían pan en mal estado y se pasaban días bailando y delirando sin motivo aparente: un caso moderno de coreomanía o de ergotismo compartido. Incluso un molinero de Poitiers fe detenido como responsable último de venderle la harina a Briand. Caso cerrado y a llenar los periódicos con otras cosas. O no. Porque cualquiera que se interesaba por el misterio del pan maldito descubría que allí había demasiados cabos sueltos y que la versión oficial apenas se sostenía.
xxxPor ejemplo. Hubo víctimas también entre los clientes de la otra panadería del pueblo y hubo clientes de Briand que no enloquecieron. Otra cosa: en los días posteriores apareció por allí el mismísimo Albert Hofmann a examinar los síntomas y realizar informes. Hofmann fue el tipo que creó el LSD en 1938 y para muchos es lo más parecido a un verdadero obispo del fuego desde que una tarde en su laboratorio ingiriera por accidente algunas gotas del Espíritu Santo. Y ahí estaba en Pont-Saint-Esprit, como el delincuente que no se resiste a volver al lugar del crimen. Días después de que se desbordara la mente de tantos.
xxxPont-Saint-Esprit. La rave del demonio sin música ni conciencia.
xxxHofmann como obispo del fuego.
xxxPuede ser. El periodista Hank Albarelli llegó a la siguiente conclusión: esas dos semanas de incontinencia lisérgica fueron provocadas por un experimento de la CIA. Efectivamente rociaron el pueblo con LSD, y para ello contaron con la colaboración del laboratorio suizo Sandoz, que por aquel entonces era el único laboratorio del mundo que producía el ácido, y donde trabajaba nuestro amigo Albert Hofmann. Aporta alguna que otra prueba y explica que el objetivo del plan era probar el efecto de esa droga como arma química efectiva para derrocar revueltas populares. Claro. Aquellos eran los tiempos duros de la Guerra Fría y al comunismo había que derrotarlo por todas las vías. Imagínate si el zar de Rusia hubiera tenido a su disposición semejante tecnología. Imagínate su efecto sobre miles de manifestantes moscovitas o en medio de cada asamblea de soviets. El caos habría sido un bello espectáculo de contrarrevolución. Vaya. Dice Albarelli que la idea original era probar aquello en el metro de Nueva York pero que se descartó por razones obvias: demasiado peligroso y demasiados estadounidenses. Te lo crees o no, pero el tipo documenta experimentos con alucinógenos y otras drogas en soldados que fueron cobayas sin saberlo. Por ahí merodea también Ken Kesey cuando escribe Alguien voló sobre el nido del cuco o Adrian Lyne al rodar La escalera de Jacob. Albarelli cifra en más de seis mil las víctimas entre 1953 y 1961.
xxxTotal. El misterio del pan maldito. Y bien misterioso. El obispo del fuego invisible. Y tanto. Pero ahí está la evidencia de Pont-Saint-Esprit ardiendo como hipotálamo gigante. Un pueblo entero poseído por el demonio de las luces brillantes y sombras que bailan solas. Su rave deforme. Y ahora pensemos en el habitante del pueblo que ese día camina por la calle y no ha sido mordido por el veneno de la locura. Ese hombre es el extranjero. El pueblo son los otros, los hijos del delirio, abrazados al mundo de las ideas bocabajo. Él no. Él sólo es uno. Ellos son Pont-Saint-Esprit. La comunidad. El hechizo.

 

 

 

 

9.

(colección primavera-verano)

Ella viste una falda vaquera desgastada y una camiseta entallada con un divertido dibujo bajo el escote redondo, zapatillas deportivas de colores y gafas de sol negras. Ella. Y ella. Y ella también. Él lleva unos pantalones anchos y medio caídos que por momentos dejan asomar unos calzoncillos grises, cuando no los tapa una camiseta de hockey. La visera plana de su gorra también en la cabeza de otro. Y otro. Y muchos en Toronto o Leganés, en París o Guayaquil. Otro. Muchos. El flequillo cortado recto sobre los ojos y la camisa de cuadros. El vestido negro y estrecho. La sudadera con capucha y el anagrama de una universidad. La chaqueta de chándal con las tres rayas negras descendiendo por los brazos. La camiseta de la banda de rock. U2. Oasis. Nine Inch Nails. Tokyo Hotel. No importa. Otro más. Pantalones chinos, zapatos castellanos, camisa de pequeños cuadros con un jugador de polo bordado en el bolsillo. Jersey sobre los hombros opcional. Él lo elige. Y él. Ella: zapatos de tacón de aguja y pantalones ajustados oscuros, zapatos de plataforma y pernera de pata de elefante. Botas altas y minifalda. Trajes blancos de novia. Trajes azules o negros con listas y la corbata anudada con rigor sobre la camisa blanca. El hombre distinguido, indistinguible. Ella. Él. El otro. Todos. Como espejos de otra cosa fuera de sí mismos. Ella lo piensa así: la ropa define mi personalidad, me hace diferente a los demás, me hace ser yo. Elegir la ropa como síntoma de libertad política y mental. Como en China en 1954, por ejemplo, la gente decide por millones vestir el austero traje zhuang-shan para que la revolución comunista venza también en los tejidos al despropósito del imperialismo capitalista. Un traje sobrio con el cuello redondo y sin solapa. Un traje sin alardes para ser parte de un todo nuevo y hermosamente sencillo, como las manos de un campesino. O unos años más tarde en la Revolución Cultural y su fervor por el uniforme militar entre los estudiantes. Verde aceituna y cuello de pico rojo, igual que el brazalete o la estrella en el centro de la gran gorra. Cualquiera diría que a ese bordado de la identidad de la ropa distinta se le tiene que llamar por fuerza totalitarismo. Toda la ropa de todos. Dirán. Pero aquí el armario y sus leyes. La moda. Un ejército casi infinito de sombras en vaqueros y camiseta sintiendo el gozo de la libertad de ser iguales sin saberlo. Su ropa. La tuya. La mía. La sombra textil que lo envuelve todo.

 

 

 

 

10.

(de la nieve)

Cae la nieve copo a copo hasta perderse, confundida, en la espesura de lo blanco. Copo a copo. Porque además dicen que el frío cristaliza cada copo de manera única e irrepetible, que un tal Wilson Bentley dedicó su vida a comprobarlo: miles de fotos. Como Nadar. Cada copo único, cayendo del cielo hasta perderse, confundido, sobre centenares de copos únicos sobre el capó de un coche. Cuajando. O derritiéndose. Dejando de ser. Porque el agua no distingue sus partes. Simplemente discurre, moja, es.
xxxLa nieve cayendo copo a copo sobre más nieve.
xxxLa nieve derritiéndose.
xxxLa nieve como metáfora de la muerte.
xxxTodos vivimos solos en nuestros cuerpos solos y al morir dejamos de ser aquello que tenía un nombre y una forma para ser simplemente una sombra o una nada, entre tantas, confundida, perdiéndose. O no, como ya sabremos a estas alturas. Porque si uno es alguien y tiene un nombre de verdad que lo defina, ese nombre pervive tras la muerte: el legado, la línea negra de su silueta ya vacía de él pero llena de todo lo que su nombre pudo significar. Es el Yo brillante, brillando como una gema entre la atonía blanca de la nieve. Es la cristalización indeleble del hielo, más allá de cambios de temperatura o presión. Más allá del olvido.
xxxLa muerte así, de uno en uno, se rinde ante los nombres de los muertos.
xxxPero la muerte a puñados, la de tantos juntos, no tiene norma ni medida. No hay muertos cuando la muerte es un alud de nombres sepultados. No hay nadie. Dicen: cuando muere una persona es una tragedia, pero cuando mueren miles sólo es estadística. En las tragedias quien muere es un héroe con su máscara precisa, en la estadística no hay nadie, sólo vasta matemática. Y no caben allí los nombres. Recuerda cuando hablamos de Praga y su cementerio judío de lápidas fundidas unas sobre otras, recuerda aquella sinagoga Pinkas con las paredes totalmente llenas con los nombres de los judíos checos asesinados en los campos de concentración nazis. Todos los nombres a la vez son sólo ruido.
xxxEl genocidio es la nieve blanca devorándose a sí misma.
xxxQué nombre se le da al muerto cuando el muerto son seis millones de judíos y medio millón de gitanos entre las balas y las cámaras de gas. Podemos llamarlo Himmler o Hitler o veintitrés mil cuerpos sin vida cada día amontonándose para ser quemados. Pero no tiene nombre, así de golpe, no es nadie. Decir Holocausto es sólo nombrar la nieve. Ni siquiera el frío, ni mucho menos cada copo. No tienen nombre los muertos de Armenia en 1915 ni los de Ruanda en 1994. No tienen nombre los nativos de la Cuba precolombina ni los últimos habitantes de Rapa Nui. Y si los esquimales tienen decenas de palabras para decir la nieve, nosotros podremos conjugar la palabra exterminio en cada rincón del mundo y aún así no pronunciaremos un solo nombre. Y sí, se puede decir Pol Pot y Camboya y contar hasta dos millones y medio, o Leopoldo II de Bélgica y El Congo y sumar cinco, siete, diez millones de muertos. El exterminio minucioso de las praderas americanas. Los cadáveres entre las dos líneas de trincheras en Verdún: un amasijo de cuerpos bajo el barro, sin distinción de uniforme ni rostro. Nadie. Sólo muertos, sólo miles. Y aún así. Matar. Morir. De uno en uno. Como la nieve que cae. La bala. El cuchillo. Así los dos mil quinientos de Paracuellos o los veintidós mil de Katyn. Toda la propaganda clavada en las fosas comunes. Pura cifra. Estadística. Pero siempre, si nos dejamos guiar por esa línea engañosa que llaman progreso podremos llegar más lejos, perfeccionarlo todo. Así fue cómo la ciencia encontró una superación moderna a la vieja estrategia de la bala.
xxxLa bomba atómica, claro, su fulgor de nieve.
xxxHasta aquí la gente muriendo sola. Ya no. El 6 de agosto de 1945, de buena mañana ciento veinte mil japoneses desparecen juntos. Tantos. Todos. Siendo el mismo destello de fuego helado, la misma sombra arrebatada por el viento. La bomba comunica a la masa con la nada. Construye la destrucción compartida. La desintegración total e instantánea de los miles. Así. Ya. Desaparecen sin dejar cadáver. En Nagasaki fueron setentaicinco mil personas en unos segundos. Personas derritiéndose junto a su máscara para siempre. La bomba atómica como metáfora más definida de la sociedad de masas, donde todo se borra para siempre. La línea negra que rodea los nombres desaparece bajo el pequeño sol hambriento que devora todos los cuerpos. Que no deja nada, salvo la pura estadística.
xxxQueda claro: el copo, la nieve, la muerte, el fuego blanco. El hambre. No, el hambre no. El hambre deberá esperar todavía.

 

 

 

 

15.

(yo somos)

Que sí, que el yo no puede ser algo para todos. Porque el yo piensa el mundo y se piensa a sí mismo. Para la masa está la indiferenciación acrítica y maleable. Y el que malea no está dentro de la masa, claro, aunque a veces acabe bajo sus pies. Porque el linchamiento también es una de sus estrategias y nada reclama más golpes que una estatua rota. Porque los mismos que desfilan armoniosamente bajo el balcón de Nicolae Caecescu son los que otro día lo revientan a balazos. Y así. El caso es que no deben tener la tentación de actuar ni pensar por sí solos. El truco del dominio es ese. Cualquier totalitarismo lo sabe, incluso los que dicen no serlo. Pon la tele ahora si no lo crees. Vale, me estoy repitiendo. Leo un folleto de las Juventudes Hitlerianas de 1934 que le dice a los militantes con lo que hay que romper para que Alemania sea más grande, les regaña diciéndoles: una vez más, estáis bajo el influjo del yo liberal marxista y negáis el nosotros nacionalsocialista.
xxxEl yo, el nosotros.
xxxEntiendo. El liberalismo tiene que ver con lo de ser dueño de uno mismo y tener propiedades y derechos como individuo, y el marxismo con la aspiración del hombre pobre a la dignidad y a ver el mundo de distinta forma a como se lo pintan sus amos. Y el fascismo es otra cosa, claro. Cualquier totalitarismo lo es, incluso el consumismo y su ejército de inercias. Ahí vamos, grandes masas, iguales, disciplinadas. Rubias y violentas si es necesario. Para quién. Pon la tele ahora si no lo terminas de ver. Vale, me estoy repitiendo otra vez. Repito incluso la frase para decir que me estoy repitiendo, como si fuera un eslogan de la radio. Un eslogan. Un pensamiento que creo que es mío y ha sido plantado ahí por la mano invisible de alguien. Del mercado, que es alguien con nombre y una cuenta bancaria. Un pensamiento que creo que es mío y que ha sido plantado en mi cabeza y en la de muchos millones más por alguien. Y eso no es pensar. Entiendo. Eso es formar parte de algo sin ser alguien.
xxxQué cosas. Si no soy como el resto soy un monstruo, como Mary Ann Bevan o Juan Antonio Castillo. Si soy como los demás soy un zombi. Si soy yo no soy los demás. O eso parece.
xxxMe cuentan una historia que a lo mejor aclara este asunto. Entre aquellos que bajan en tropel por la calle al escuchar los primeros disparos y el francotirador con la mirada llena de sangre debe haber algo. Veamos. Hay un antropólogo haciendo trastadas a unos zulús a ver qué pasa. Los pone en situaciones incómodas y anota el resultado en su cuaderno con todo el rigor posible y con cierto sadismo blanco. Bien. Toma unas cuantas piezas de fruta y las coloca en el suelo dentro de una cesta de mimbre, unos metros más allá hay un grupo de niños a los que explica el juego: cuando agite este pañuelo salís corriendo y el primero que toque la cesta se lleva la fruta. Muy sencillo. Agita el pañuelo y no hay carrera, los niños se han cogido de la mano y caminan juntos hacia la cesta, se cierran en círculo sobre ella y todos tocan el mimbre al mismo tiempo. Luego se sientan y comparten la fruta. Todos ganan el premio. El antropólogo no termina de entenderlo. Qué habéis hecho. Ubuntu, dicen los niños. Vale, Ubuntu. Traducido: yo soy porque nosotros somos. Yo soy, nosotros somos.
xxxYo somos.
xxxLa solidaridad como estructura, lo común como parte del uno mismo. Entiendo que eres radicalmente tú siendo a la vez parte de algo que construyes y que sabes que también te construye. Un niño occidental, uno tú o uno yo quizá, habría corrido hacia la cesta porque su identidad se fundamenta en la diferencia y en la competición, nos educan para eso, para ser distinto y más que el otro. A eso puedes llamarlo capitalismo si quieres, pero está en tu mente. también habríamos corrido porque un adulto lo ordena y porque los otros niños corren. Por un lado seríamos puro yo, y por el otro puro nosotros. Pero los niños zulúes dicen Ubuntu: yo soy porque nosotros somos. Y la vida propia es esa clase de amor, ese tejido.
xxxY eso también es ser humano. O algo más allá o más acá.
xxxPuede que Ubuntu nos suene a cosas de ordenadores. Y sí. Un sistema operativo en código abierto que te puedes descargar y manipular y compartir. Tú y otros como tú, una comunidad de individuos que transforman la realidad, que no aceptan lo que se les es dado. Como si fueran alguien, pero siendo nadie. Esa red, ese tejido. Entre la anonimia y el uno mismo. Cientos o miles, a saber, ocultos tras los píxeles de la pantalla. Nuevas formas, nuevas normas. Ubuntu. Puede. Otras cosas. Más allá del ti y del nos. Yo somos, dijimos. Por ahí va la cosa.
xxxYosotros.

 

 

 

Quinto, Raúl. Yosotros. Barcelona; Ed. Caballo de Troya, 2015.

 

TELEPLATONISMO

 

7.

(teleplatonismo)

Platón explica su concepción de Lo Real en su parábola de la Caverna de manera muy sencilla. Dentro de la cueva hay una fogata. La fogata es la idea de Bien, que ilumina los cuerpos y provoca las sombras. Los cuerpos son el resto de ideas y las sombras del mundo sensible, que no es otra cosa que el reflejo degradado de la verdadera realidad. Y hasta aquí la clase de Bachillerato. Ahora lo que tenemos es una familia en el sofá, la penumbra de su sala de estar rota por el foco de luz intermitente que despide un aparato de televisión. Es importante que sea la sala de estar, no la sala de ser. Es importante entender que hay varios millones de escenas idénticas en millones de hogares. Que todos están viendo lo mismo, que la luz es compartida. La familia no es, la familia está. Su realidad está definida por la luz del televisor. La luz los proyecta sobre el sofá, en millones. Sucede que el presentador hace un chiste y el público amaestrado del plató rompe a carcajadas. Y sucede el contagio o la sombra. Millones de familias riendo en su sofá. El chiste, la risa. Una proyección de luz azul desde el interior de la caverna. La gente no es. La gente sólo ve. Está. Consume un producto luminoso que la consume y la reduce a lo idéntico. A lo mismo. Millones. La familia determinada en el sofá no es nada. Es la comunión del share. La televisión pensando por todos, su evangelio modelando los surcos de todos los cerebros. La nación catódica. La televisión siendo por todos. Es importante. Platón anunciando lavadoras, Platón presentando las noticias que dicen cómo no es el Mundo, Platón en la mosca de tu canal favorito.

 

 

 

Quinto, Raúl. Yosotros. Barcelona; Ed. Caballo de Troya, 2015.

 

TERAPIA DE LA OVEJA NEGRA

 

9.

(terapia de la oveja negra)

La vida es una concesión salvaje. No preguntes quién la da, porque tú misma eres la diosa. Lo único que vamos a hacer es dejar que hierva, que su naturaleza suceda. Olvida lo que te hayan dicho, el idioma en el que te han hablado es una máquina vieja e inservible. Olvida la culpa, o el trauma. Tu problema no tiene nada que ver con eso. La histeria tiene que ver siempre con la Historia, con la de la humanidad. Olvídate de tu infancia, borra las huellas de toda una vida, pero también de siglos de aprendizaje y domesticación. Para curarte debes volver a ser la diosa que llevas dentro, dormida. Aquello que dicen salvaje. Aquello que es la vida, su instinto, su necesidad sin límites. Escucha bien: te estoy hablando de que tú y yo comencemos la revolución aquí y ahora. Tu enfermedad es la enfermedad de toda una civilización. Aquí y ahora somos la cura. Somos el fuego de cuyas cenizas brotará un mundo nuevo.
xxxEsto es lo que le dice el terapeuta a su paciente mientras le rodea la cintura desde atrás. Esas palabras dentro de una voz áspera y húmeda, lubricando el oído, abriendo un camino. Esto es lo que dice. No te culpes de tu mal. Dice. El sistema es el causante de tu pesadumbre y de tus delirios. El capitalismo, el Estado, todas las degradaciones a las que ha sometido al género humano eso que llaman patriarcado. Dice mientras sus manos bucean en la tela de la falda. Nacemos deformados tras siglos de error. Porque la humanidad no es eso. No estamos escritos así dentro de la carne. No somos así. Ni violentos ni esclavos de la jerarquía, no tenemos en los genes ni la posesión ni la diferencia. Todo eso es el sistema. Y todo eso es lo que provoca tu angustia. Por eso hay que arrasarlo todo. Y ese todo está dentro de ti, bajo tus bragas. Ahí está la llave de la libertad. Dice. Esas palabras dentro de una voz áspera y húmeda, agarrada a teorías que penden de un hilo de baba, abriendo un camino de piel en el cerebro, un camino cerebral en la piel de la paciente.
xxxEl terapeuta cree en una humanidad previa donde todo, la comida, los objetos, el aire, los cuerpos de la comunidad, no atendía a la posesión ni al límite. Que todo era de todos, para todos. Que durante miles de años la carne se contagiaba de amor y jadeos sin restricciones, antes del matrimonio y la monogamia, antes del tabú, antes de cualquier tipo de representación sexual y del silencio culpable del deseo. Eso piensa el terapeuta que fuimos, y esa misma naturaleza asegura que somos. Hacia eso pretende que volvamos.
xxxPor eso su voz se desliza por el cuello de la paciente confundida en labio.
xxxPor eso le dice que el paraíso perdido está dentro de su sexo.
xxxPalabras dactilares. Que tocan y dicen.
xxxEres una diosa que tiene que arrancar sus raíces del mármol. Esa humedad que comienzas a sentir es la primera barricada de esta revolución. El patriarcado degeneró lo que debíamos ser, nos encadenó a la miseria de la ley y del Estado, a su absurdo dinero. Dice. Nosotros tenemos la llave, pero yo te pido que echemos la puerta abajo. Cada botón arrancado de tu vestido es un paso más para la liberación, para el mañana posible. El terapeuta la convence de que ni el Estado ni el Capital pueden existir si follan como lobos. Le dice: la Iglesia y sus fraudes no existen si nos comemos la piel hasta el desmayo. La opresión y la Historia no son nada frente al sudor y el esperma goteando en tus labios. Le dice: siéntelo. Su voz que toca áspera y húmeda, sus manos cayendo en piel ajena. La enfermedad no es más que la necrosis de un mundo podrido que estamos destruyendo ahora. Siente cómo se derrumban los templos. Cómo se reinicia el mundo. Déjate llevar por la vida. Le dice. Incéndiate y sana. La vida es una concesión salvaje y tú eres tu propia diosa.
xxxTodo eso le dice el terapeuta a su paciente, y las palabras terminan cuando comienza el coito. En eso consiste la terapia.
xxxEl terapeuta es Otto Gross, un discípulo de Freud que acabó sus días en la calle con graves problemas de politoxicomanía. Un anarquista que tenía claro que el único camino posible de la revolución era el de la revolución sexual, que la neurosis y el capitalismo eran las obras maestras del patriarcado y que el sexo libre era más efectivo que una bomba en el Liceo. Por eso concibió su vida como un laboratorio, o como una barricada en llamas.
xxxOtto Gross fue también uno de esos tipos cuyo destino está trazado por ser hijo de su padre. Puede que la sombra de Hans Gross fuera la que le empujara al psicoanálisis, primero como paciente y luego como dinamitero. Otto fue un continuo quebradero de cabeza para su padre, una oveja negra demasiado oscura. Hans Gross era una eminencia que dedicó su vida al servicio del sistema que su hijo se empeñaba en derribar. Fue el creador de la moderna ciencia de la criminología: para acabar con el crimen había que comprender el modus operandi de los criminales hasta el último detalle, para encarcelar a un asesino había que tener en cuenta desde la balística hasta la filatelia, desde la biología hasta la información deportiva. Hans Gross era uno de esos tipos que el sistema necesita y aplaude. Otto no. Otto tuvo que escuchar más de una vez aquello de: así que tú eres hijo de. Hijo de un padre ultraconservador y castrador. Yo, la oveja negra, dispuesta a morder. Encerrada una y mil veces por su padre en sanatorios mentales para curar aquello que no es una patología: que no quiero su mundo.
xxxDicen que Jung tuvo que tratarle en uno de esos internamientos, y que el proceso de transferencia fue brutal. Ya saben, el psicoanalista trata de escarbar y modelar las raíces mentales de su paciente, pero acaba produciéndose lo contrario. Un contagio. Al menos una sacudida. Lo justo para que Jung se replantee sus propias teorías. Y mientras, la oveja negra de los Gross derramando su esperma incendiario por media Europa. Podemos verlo en su comuna del Monte Veritá, rodeado de proscritos y sabios. Algo beatnik antes de. Algo hippie antes de. Su carne como material para comprobar hipótesis sobre el mundo. Otto Gross es en sí mismo un manual de anarquismo psicosexualanalítico. Y ya. Morfina para poder dormir. Cocaína para estar despierto. Un reino químico.
xxxUna alquimia del verbo, hecha carne.
xxxAlgo así. Un tipo perversamente coherente. Extremo. Quien lo escucha. Quien folla con él, confirma la existencia del cuerpo, la pertenencia de la humanidad al cuerpo. Otto Gross convierte a seres perdidos en dioses conscientes. Los que beben de su fuente son distintos de los que no lo hacen, comprenden que la sed es insaciable, y disfrutan. Son. Más libres. Más dueños de sí y del futuro. Más cuerpo y más mente. Por la intersección de.
xxxLa oveja negra.
xxxEl hijo de.
xxxEl hombre muerto y su ruina.
xxxOtra tipología de mártir. Otro mal bicho.

 

 

 

Quinto, Raúl. Yosotros. Barcelona; Ed. Caballo de Troya, 2015.

 

DE SANTORALES INVERSOS Y DEL ORIGEN DE LA ASIMETRÍA

 

5.

(santoral inverso)

Yo sólo hice aquello que otros hombres tan sólo se atreven a soñar.
xxxYo soy vuestra pesadilla.
xxxDicen que dijo.
xxxEn 1429 el campo tras la batalla era un templo infinito de sangre. Dios era la muerte, el horror una bendición. Entonces sí. La guerra es una coartada para ser dios. Entonces. La guerra se acaba y el dios permanece. El dios que rompe los velos de la compasión y la empatía. El que puede y hace. El que desea y ejecuta. El deseo. Eso es. Desterrar el fantasma y su hambre invisible. Hacer. Dar rienda suelta. Más allá de los dictados de lo asumible.
xxxDicen que hizo.
xxxGilles de Rais nació en la torre negra del castillo de Chaptocé, a la rivera del Loira, y su destino era ser héroe y santo. Ser pesadilla. Es aún muy pequeño cuando contempla la muerte de su padre, herido en el vientre tras una cacería. La sangre y las vísceras se le filtran entre los dedos mientras de su boca brota una leve espuma roja. Los ojos de Gilles. Un olor dulce. Una ligera erección. Otra mayor unos años después, cuando juega con un criado y su machete se clava en su cuello. El esperma brota violento como la sangre de la carótida abierta. Así, Gilles de Rais, descubriendo que el deseo es sólo una decisión. Que no hay mayor poder que el dolor y la muerte. Que eso es Dios.
xxxGilles de Rais es noble de la vieja Francia y la guerra es un negocio rentable para su hambre. Aquí sí. Matar es sagrado, es heroico. Su mandoble destrozando cráneos ingleses, la maza abollando las corazas hasta hundirles las costillas en el pecho. El templo de la sangre infinita, la carne mutilada, la camaradería negra. Es heroico y es admirable.
xxxMatar.
xxxLustrar su armadura hasta que en ella se refleje la mirada de una niña venida del cielo. Ella, Juana, la Doncella de Orleans. El milagro, la certeza viva de que Dios está con los franceses. Juana, la niña loca y sagrada que va delante de los ejércitos y a cuyo paso se abren las puertas de la victoria. Mataré por ti, Juana, para disolverme en tu ciego amor. Juana. Francia. Juana. Nadie te tocará. Ninguna mancha rozará esa belleza que duele de tan pura. El metal hendiendo la carne es un tributo. Mataré por ti, virgen de las espadas rojas y los relinchos enfermos de los caballos en el barro, nadie te tocará. Gilles de Rais es la sombra de santa de Santa Juana de Arco y llora como un niño de miedo y luz ante su reina. Ella es el milagro histérico y él es la pesadilla encarnada. No puede caber más amor dentro de una armadura.
xxxEl asesino en serie y la santa, el nudo que los ata. Ella en el santoral y él en los anales del infierno. Formas distintas de ser dios.
xxxPero sólo la Madre Iglesia decide qué puede ser dios y cuándo, y hay amores que no son de este mundo. Así que Juana arde y Gilles se retira a su castillo. Cuando se extingue la pira que consume a la santa se apaga también la única luz en el corazón de su guardaespaldas. Ya no hay guerra ni bálsamos para su deseo, pero este es inagotable. Así que dilapida su fortuna en grotescas fiestas, donde de vez en cuando alguien le ve llorar de pura belleza frente a un coro de cantores gregorianos que le acercan el cielo a sus oídos. Y pasan los días entre el rojo del recuerdo de su padre y el blanco de Juana. Dios y el Diablo bailando dentro de su pecho. Y el hambre. El deseo. La voluntad rotunda de hacer aquello que los otros hombres sólo se atreven a soñar. Alquimia y magia bastarda para pasar el rato. El deseo. La pornografía del dolor y la muerte. Matar. Cientos de niños. Escribir un libro de conjuros con su sangre. Para ser un dios, sabiéndolo. Actuar como tal. Mil niños desaparecidos en Normandía. Mil formas diferentes de darles muerte. Su pene envuelto en sangre penetrando la herida en el vientre de un niño de ocho años que aún respira. Barba Azul, qué miedo das. Mil niños, sí. Un juicio, una soga y una tumba en una iglesia.
xxxUna pesadilla.
xxxLo que otros hombres sólo se atreven a  soñar.
xxxUn nombre: Gilles de Rais.
xxxO una fecha: 1888.
xxxDice Alan Moore en su cómic From Hell, que fue ese año cuando realmente comenzó el siglo XX.  El siglo de la muerte masiva. La fecha en que fue concebido Adolf Hitler y llegaban notas a los periódicos londinenses con un remite desde el Infierno. Putas muertas en los callejones de Whitechapel. La precisión quirúrgica de un rito enfermo. Y nadie. Pensémoslo bien. Jack el destripador es nadie. Un nombre sin cuerpo, una marca. No sabemos quién, sólo sabemos cómo. La liturgia sagrada de los bisturís y la obscenidad de la muerte repetida. Nadie, y el eco infinito. Eso sí. 1888 como metáfora del siglo XX. Como un umbral. Donde un hombre deja de ser para disolverse en el miedo de los demás. Para generar una comunidad.
xxxUn terror íntimo, compartido, que nos iguala.
xxxUna pesadilla. Otra metáfora.
xxxAún.
xxxNombres pequeños generando grandes movimientos, inercias comunes.
xxxBarba Azul. Jack el destripador. Romasanta. El Arropiero. Ted Bundy. Ed Gein inspirando decenas de películas: la lámpara de su salón forrada de piel humana, su collar de orejas, su traje de mujer hecho con trozos de mujeres muertas. Nombres sin cuerpo como Zodiac. Cuerpos sin nombre amontonados en las cunetas y en las morgues. Gente que hace. Pesadillas. El deseo negro como ley. Albert Fish y Andrej Chikatilo.
xxxPor ejemplo.
xxxEl viejo huesudo del que dicen se come su propia mierda, el mismo que está atado en un burdel mientras le suplica a un portorriqueño borracho que le golpee las nalgas con una pala de madera. Albert Fish con el pene de un retrasado en una mano y una navaja en la otra, conversaciones con san Juan sobre el Apocalipsis y la sangre diminuta de los ángeles. Albert Fish violando niños en un sótano, penetrándolos mientras los asfixia con las manos. Niños de seis años, montones de ellos. Absurdo Barba Azul de la era industrial. Cocinando la carne de una niña y contándoselo a la madre en una carta: la carne de niña es tierna, jugosa. Lo acabaron friendo en la silla eléctrica el 16 de enero de 1936. Al parecer la máquina falló porque Fish tenía el escroto lleno de alfileres y clavos. Se los introducía para sentir el dolor siempre, y que cada movimiento le recordara que la pesadilla es posible. Que eso es Dios.
xxxEl olor a carne quemada.
xxxO Andrej Chikatilo y el olor de la carne cruda, su vapor rojo ascendiendo a las fosas nasales mientras devora la carne aún viva. Por una erección. Para poder eyacular sin llorar de dolor. Amontonando cadáveres en los bosques de la Unión Soviética. El mayor asesino en serie del siglo de la muerte. Su nombre propio: Andrej Chikatilo, en el país que quiso abolir la importancia de los nombres en aras de la importancia común del Estado o de otros nombres mayúsculos. Chikatilo rompiendo en jirones de carne el monopolio estatal del horror. Mucha gente, demasiada. Su risa histriónica durante el juicio, su horrible camisa hawaiana. otro enfermo de deseo. Otro ejemplo de animal híbrido. Tal vez el definitivo. Veamos. Chikatilo era lo que clínicamente se conoce como una quimera: el animal que posee un doble ADN. es decir, el que siendo uno es al mismo tiempo dos. Como una especie de Dios. Como el eslabón entre el uno y los otros. Desde dentro de su cuerpo hacia la muerte colectiva.
xxxOtra forma de santidad.
xxxEn su juicio Gilles de Rais confesó que para él la sangre era un altar y que la muerte era su dios, sagrado y bello. La muerte es el amor. Mi juego favorito es imaginarme muerto y roído por los gusanos. Dicen que dijo. Yo sólo hice aquello que otros hombres tan sólo se atreven a soñar.

 

 

 

 

6.

(el origen de la asimetría)

Una quimera es por definición un animal imposible. Una mezcla aberrante de león, cabra, serpiente y alguna que otra cosa más. Como este libro. La quimera es un ser propio de la mitología, es decir, forma parte del relato que hilvana en uno a los pueblos distintos. Esos cuentos que cosen los siglos y los kilómetros. Algo que posee una realidad fantasmagórica, más comunitaria que íntima. Algo parecido a los retales que convocamos en estas páginas. Vale. Escribir una quimera, vivirla.
xxxPero una quimera humana es otra cosa. Una quimera humana tiene doble ADN, es un individuo escindido en sí mismo. Ocurre porque dos mellizos se fusionan al poco de la gestación, y la mezcla crece doble y uno. Y sucede que el código que nos define como únicos en el interior de la sangre, nos define como dos. un individuo que no lo es. Algo así podemos pensar, y estaremos adelantando las últimas páginas de este libro. Por ahora recordemos que Andrej Chikatilo era una quimera.
xxxDeformación moral y anomalía genética.
xxxUn mal bicho.
xxxRecordemos también si queremos el determinismo de Cesare Lombrosso para el crimen y sus causas. Ya. Le pusieron su nombre a un cromosoma extraño que rompía la simetría de los pares y que según y que según algún que otro estudio era común en la población más violenta de las prisiones. El Arropiero tenía ese cromosoma de más, el mayor asesino de la Historia de España. Mal bicho. Una trisomía sexual, XYY. Que se conoce como superhombre porque se ve que quien la tiene está más allá de lo humano, por encima de. Por las mismas razones que la anomalía XXX se conoce como supermujer. Olvidémonos de síntomas delatores como el asesinato, las manos grandes y el acné tardío. Eso son rasgos superficiales. Pensemos en la idea de la multiplicación. En la idea de ser más dentro, a nivel celular.
xxxEn la pura centralidad del animal.
xxxUn cromosoma de más.
xxxUn corazón con un ADN distinto.
xxxLa multiplicación dentro, como umbral a la multiplicación exterior en los demás. Puede ser. Al menos en el caso de los dos asesinos, doblemente monstruosos. Con su reguero de víctimas. Con. Por. Una comunidad de creyentes. Mejor. Estoy tratando de darle importancia al interior. Lo importante es mirar dentro. Por eso es necesario que alguien nos enseñe a hacerlo.
xxxAprender a ver dentro.
xxxAprender a ser parte de los que saben ver dentro.

 

 

 

Quinto, Raúl. Yosotros. Barcelona; Ed. Caballo de Troya, 2015.

 

LOS CUARENTA LIMONES -extracto-

 

xxxSer uno no es fácil.
xxxSer ese uno.
xxxAunque sea lo que más deseemos. A veces buscamos toda una vida que nuestro nombre y nuestro yo sean traducidos al idioma del mundo, que todos coreen nuestras canciones y reconozcan los límites de nuestro rostro. Pero a veces la traducción es puro ruido, y nos consume. Y entonces no suele haber marcha atrás.
xxxNo la hay.
xxxA pesar de todo.
xxxAlgo parecido tuvo que pensar Juan Antonio Castillo mientras comprobaba la tensión del nudo con sus dedos. Un ligero cálculo entre la vertical de la soga y el fardo de una vida equivocada. Uno es lo que le dejan ser, precisamente lo que ha buscado. La tiranía del sueño. Uno es, y de eso no se puede escapar. Juan Antonio Castillo era un niño bien de la Córdoba posfranquista, familia con dinero y buenos vinos en la bodega. Pero les salió rana. Artista. Una enfermedad incurable cuyos síntomas son múltiples. Por ejemplo. Que por los callejones y los bares cordobeses todos te llamen el Patuchas y que haya un reino lisérgico en cada recoveco de la Judería. Ocurre que lleva gafas redondas como de beatle muerto, pero el cristal es enorme para que la muerte se confunda y lo esquive, o simplemente para ver más más lejos, más adentro de las cosas. La enfermedad de Juan Antonio Castillo. El Patuchas. Lidera un grupo de punk festivo e incongruente llamado Pabellón Psiquiátrico, que le canta a la flauta de Bartolo con su solitario agujero y recuerda que las momias no tienen novia. Que no tienen nada. Y así, entre risas y caras de loco, concierto tras concierto, disco tras disco. Y algún que otro fan. El Patuchas canta, baila sobre el escenario como si le dieran ataques, se retuerce dentro de una camisa de fuerza. Un chiste fino y gamberro que le hace quemar las carreteras de España en su furgoneta e incluso cruzar el charco y probar las drogas del otro lado del mundo. Tenía gracia. Pero tampoco es que hubiera mucha gente en su casa rezando por un nuevo vinilo de Pabellón Psiquiátrico. Así que echaron el cierre.
xxxPero el Patuchas no se había curado de su mal.
xxxAsí que decidió estudiar y leer cosas que le agrandaran el paladar y el alma. El tipo de la camisa de fuerza escribía cuentos, poemas y obras de teatro. Argucias para cambiar el mundo.
xxxEntonces a su aire ya. Nada de estridencias punk ni de chistes malsonantes. Ahora el Patuchas se recorre las cafeterías con su guitarra y un disfraz de cantautor autista. Sus canciones son poemas, o alegatos por la pertinencia de una nueva realidad. La primera vez que se presenta, casi sin querer pero ya para siempre, como el crooner de la Córdoba tóxica es en un local llamado El Limbo. A veces las palabras no se equivocan. En el limbo empezó y puede que nunca saliera de él.
xxxJuan Antonio Canta.
xxxY canta serio. Y canta denso. La ironía es un perro invisible que muerde y lame. Ya no necesita una camisa de fuerza para reclamar atención, las palabras y la mirada son suficientes. La guitarra y el ingenio. Entonces. Paremos la máquina y congelemos la imagen: este momento lo cambia todo, y nadie es consciente mientras sucede. Alguien entra en el bar, mira la actuación, y cuando acaba se acerca y le ofrece la llave de una puerta con su nombre dentro de una estrella. La televisión. El programa de máxima audiencia de la noche española. Juan Antonio tiene ante sí la oportunidad de que millones de personas ausculten las arritmias de su enfermedad. La oportunidad de ser, y de que el resto del universo implore que sea. Artista. Irremediablemente. Pero la televisión tiene sus normas, y Pepe Navarro ha escrito unas cuantas de ellas. Esta noche cruzamos el Missisipi. El presentador medio sentado sobre su mesa con una taza en la mano. Con vosotros: Juan Antonio Canta.
xxxUna canción facilona, con un estribillo voluntariamente idiota. Él piensa que es un látigo, una aguja sutil que se clava y duele al rato, pero la gente corea y baila la absurda danza de los cuarenta limones. Y no hay látigo ni agujas. Un limón, medio limón. Las bailarinas del programa vestidas como un mal sueño de ácido, revolotean a su alrededor con una coreografía obscena y estúpida. Su cara simula una esfinge del desierto. Juan Antonio Canta. Y triunfa. Ese verano no se oye otra cosa en las terrazas y las fiestas, los conciertos se suceden porque todo el mundo quiere bailar la danza de los cuarenta limones. Juan Antonio Canta. Los limones. Todo el mundo. El éxito es esto: tu nombre en los carteles y dinero en la cuenta.
xxxPero no.
xxxYo soy un artista, escribo con el corazón goteándome en la boca, cada palabra y cada acorde tiene un peso y un sentido. No podéis obligarme a eternizarme en esos malditos limones. ya. Pero Juan Antonio Canta es el tipo de los cuarenta limones. El Patuchas no es nada, el enfermo del arte tampoco. Debes darle a la gente lo que necesita de ti. Lo que eres. No hay marcha atrás.
xxxTodo es ruido. Nada es verdad.
xxxPasarán los guitarrazos y el caos y quedará la belleza, dice en una carta a Martirio, unos días antes de que el 22 de diciembre de 1996 su familia lo encuentre ahorcado en su casa de Córdoba.
xxxY así es.
xxxSer uno no es fácil.
xxxSer uno mismo a veces es imposible.

 

 

 

Quinto, Raúl. Yosotros. Barcelona; Ed. Caballo de Troya, 2015.

 

CAPÍTULO UNO

septiembre 29, 2020 Deja un comentario

 

3.

(una de los nuestros)

Mary Ann Webster nació a las afueras de Londres en 1874. Nunca fue una chica guapa, pero su mirada tranquilizaba a los ancianos del hospital donde trabajaba. Otras enfermeras llevaban la falda ceñida y se ruborizaban ante los guiños de los cirujanos. Pero ella no. Jamás se tuvo que preocupar de que ningún pellizco asaltara su trasero al cruzar los pasillos. Y eso no era malo del todo. Sabía mirar con afecto y era una buena mujer. Algo tendría cuando Thomas Bevan decidió casarse con ella. Un poco tarde, murmuraban las compañeras el día que se despidió. Porque hace cien años casarse con veintinueve era haber esperado demasiado. Vale. Pero Thomas decidió darle hijos y un apellido nuevo.
xxxY los pasillos de los hospitales fueron apagando las luces, lejos.
xxxAsí la vida fue dando pasos de bebé por la nueva casa y Mary Ann disfrutaba de la rutina. Eso de ser una familia normal, con su ruido de vajillas y su silencio cómplice. Todo iba bien, hasta que todo cambió para siempre. Esa mañana sintió los primeros dolores. Como si hubiera un ejército dentro de su carne intentando arrancarle la piel. Se miró desnuda al espejo y vio por última vez un cuerpo que ya nunca sería igual. Su cuerpo dolía y se transformaba. Y dolía mucho.
xxxAlgo raro ocurría con ella. Algo feo.
xxxAl principio los médicos no terminaban de explicarle qué era. No tenían ni idea, y la derivaban a uno u otro sitio. Los analgésicos calmaban los dolores, pero no impedían que su cuerpo creciera. Otro ser creciendo encima de su carne. Le pesaban los párpados y su rostro era una máscara de cera derretida, hinchada, monstruosa. Un ser que la devoraba poco a poco. Cada día. Cada noche. Thomas la cogía de la mano y le prometía que aquello se iba a solucionar. Pero mentía. No había solución. Mary Ann Bevan tenía acromegalia, y nadie había inventado un remedio para eso. Aquello era para siempre: una vida de dolor y deformación.
xxxY entonces Thomas murió.
xxxDejándola triste, pobre y fea. Y con cuatro hijos que alimentar. Piedras en las ventanas, insultos en el colegio. Eres fea, Mary Ann. Eres lo más feo que ha pisado las calles de Londres. Fea. Fea. Una aberración de Dios. Un monstruo. Sin remedio. Risas en el mercado, murmullos en la escalera.
xxxY el mundo girando.
xxxAsí. El siglo XX se quitaba el polvo de las bombas de la chaqueta. Acabada la guerra que los mataba a todos por igual, la gente sentía, otra vez, la necesidad imperiosa de recordar quién era. Poder decir: soy yo, y ser yo es también ser como los demás, parte de la confortable normalidad. La atonía del equilibrio. Esa gente necesita monstruos a los que señalar y de los que mofarse. Necesita sentir que no son ellos. Que la maldición los ha esquivado. Que lo anodino es su marca. Así de simple, siempre. Alguien entra en El Prado y sonríe ante la Magdalena Ventura de Ribera: mira, es una mujer con barba negra y cara de viejo, y le da de mamar a un niño. En ese momento se siente más seguro. Como delante de un programa de telebasura, la jaula llena de enfermedades amaestradas. Lo necesitan, y están dispuestos a pagar por ello.
xxxMary Ann Bevan apenas tiene unas monedas sobre la mesa y lee una y otra vez un recorte de periódico amarillo. Al otro lado del océano hay otra mujer gigante sosteniendo una antorcha. Alguien organiza un concurso para decidir quién es la mujer más fea del mundo, y el premio son unos cuantos dólares. Ella es viuda y pobre. Sus hijos tienen hambre. Así que traza una línea con sus dedos deformes entre su casa y los Estados Unidos, pide algunas libras para el pasaje y se va. No es una huida, es la única forma de plantar batalla. El dolor y la metamorfosis no van a cejar nunca, habrá que seguirles la corriente. Y así es. El jurado del premio jamás ha visto algo así.
xxxMary Ann Bevan, eres la mujer más fea del mundo.
xxxLa gente aplaude y una orquesta toca una marcha cómica entre confeti y petardos. Le colocan una corona brillante y un telón de carcajadas. Qué más da. Venid a verme, piensa. Venid a reíros si queréis, a decir: tú no eres yo y me alegro. Haced lo que queráis, pero dejad unas monedas a mis pies.
xxxComo una diosa antigua, en la tierra del sueño de Coney Island. En naipes y periódicos. Recorriéndose las ferias de la joven América. Junto a enanos y mujeres siamesas. Compartiendo cartel con el hombre del cuerpo tatuado con escamas y la lengua bífida, en la misma caravana que el músico sin piernas ni brazo y el tipo que gira su cuello trescientos sesenta grados. Una más. La emperatriz del espanto. Una noche proyectan Freaks de Tod Browning en una sábana del campamento y ella ríe como una niña durante la escena de la boda. Gobble, gobble. Una de los nuestros. Al día siguiente la función es real. Toda esa gente ignorante alimentándose del escarnio. Alguno recordando a los monstruos que en otros tiempos no había lugar para ellos. Unas piernas cerradas a tiempo, un niño sin ojos abandonado en el bosque. Pero ahora están las ferias de fenómenos y el reguero de monedas que dejan a su paso.
xxxY Mary Ann Bevan forma parte de eso.
xxxA veces recuerda la mano de Thomas sobre la suya.
xxxEl tiempo es un monstruo más cruel.
xxxLa mujer más fea del mundo a veces se mira desnuda al espejo y recuerda lo que fue hace años. Recibió la herencia podrida de los dioses. Y qué. El día que soportó que el reflejo le devolviera la mirada supo que no había escapatoria. La herida es un arma. Y su mirada seguía siendo la misma que calmaba a los enfermos.

 

 

 

 

4.

(un eclipse imposible)

Es el invierno de 1914, esto es un sanatorio de Berna. La nieve es una frontera blanca, una advertencia al resto del mundo: aquí hay personas que pisotean la máscara que la vida les dio, la hacen trizas y bailan sobre ella entre el dolor y la risa. Hay gritos y babas. Hay ojos en blanco perdidos dentro de una música inaudible. Otras nieves, otras fronteras, dentro de sus cabezas. Esto es el hospital de Waldau, y es el último lugar del mundo donde quisieras estar. Sí. El último lugar del mundo: aquí están sus límites de niebla y nieve derretida; más allá no hay nada. Sólo un abismo interminable.
xxxAquí hay cientos de personas, o lo que queda de ellas. Pero centrémonos en tres. Dos médicos que caminan juntos por un pasillo y el paciente al que van a visitar. Dos sombras blancas detenidas frente al brocal de un pozo.
xxxMédico número uno. Se llama Hermann Rorscharch y lleva poco tiempo en Waldau. Cuando era niño improvisaba abstracciones de tinta china sobre las cuartillas del colegio, luego las doblaba, y generaba un dibujo nuevo: la magia de una simetría secreta. Por eso los compañeros lo llamaban Mancha. Y esa iba a ser la base de su trabajo, el horizonte sobre el que desplegar su talento. Manchas simétricas para desnudar el alma. Justo en la intersección entre la palabra y el signo están las respuestas que esquivan la luz. Leer ahí los trastornos y las profundidades veladas. ¿Una forma de arte? El único posible: propongo una sombra para que tú le pongas nombre. Tu sombra, tu nombre. Así es. Las láminas del test de Rorscharch sólo son variaciones del tema de la mariposa, la crisálida es la mente del paciente. Más o menos. Publicó de mala manera su Psicodiagnóstico un año antes de que la peritonitis lo llevara a la tumba.
xxxEl hombre que tiene al lado le ayudará en la edición.
xxxMédico número dos. Se llama Walter Morgenthaler y es el jefe-médico de este hospital. Aborrece la palabra manicomio y tuerce la expresión cuando alguien le recuerda que regenta el reino de los muertos. Las cosas nunca son tan sencillas, el ser humano nunca lo es. Hay mendigos que viven dentro de casas en ruinas, y que hacen de esa precariedad las razones de un hogar. Eso es lo que quiere comprender. Las estrategias del caos para hacerse confortable. La locura. Los locos. La enfermedad mental es una excusa de Dios para ofrecer otras versiones de lo humano. Morgenthaler cree que en la locura hay formas de belleza posible. Se dedicará a buscarlas. también cree en las teorías de Rorscharch y hará todo lo posible ara que el mundo acabe conociéndolas. Ahora quiere enseñarle a su nuevo amigo cuál es la diana de su obsesión. Hermann, tú haces manchas y las usas como un oráculo del interior borroso de las personas. Ahí dentro hay un enfermo cuyo interior se derrama al mundo en forma de colores salvajes.
xxxMandalas sin centro. Biblias lisérgicas. Ascuas de un arco iris en llamas. La contraseña al otro lado de la nieve.
xxxEl paciente. Morgenthaler se lleva el índice a los labios. Rorscharch contempla a un hombre corpulento, su mirada disuelta en la nada. Sopla una especie de flauta de papel que emite un sonido turbio. La música de una flor marchitándose y el rayo de sol que la bendice. Por decir algo. Mira, esta es una de sus partituras, como la que ahora se supone que interpreta. Un papel lleno de garabatos indescifrables. Es su solfeo, notas que sólo él sabe leer, y mira, no están sobre un pentagrama sino sobre una estructura de seis líneas. Es un lenguaje inventado por él, para él. La codificación musical de su universo. Lleva diecinueve años aquí encerrado y si le miras a los ojos lo que ves no tiene nombre.
xxxAdolf Wölfli.
xxxEl menor de seis hermanos, hijo de un padre borracho que los abandona pronto, no sin antes desarrollar la pedagogía del maltrato y el abuso sexual. La madre no tarda en morir. Wölfli tiene nueve años y la vida es un cepo en sus tobillos. Orfanatos, miseria y frío. Mozo de almacén, campesino, vaquero, segador, maderero, albañil, sepulturero. La ingratitud de las monedas sucias y los platos medio vacíos. Dicen que trabajó en una granja y se enamoró de la hija equivocada. Dicen que tuvo que enrolarse en el ejército y que allí perdió la cabeza. Wölfli fue acusado de violación de una menor, pasó dos años en la cárcel, y cuando salió volvió a las andadas. Una chica de catorce, una niña de siete. Su piel blanca y frágil entre sus rudas manos. La mirada desierta, vagando en algún lugar desparecido del mundo. Y entonces lo encerraron en Waldau y allí murió más de tres décadas después.
xxxSu reino no era de este mundo.
xxxMorgenthaler recuerda los informes. Al principio era un gigante desbocado. Su evangelio era la violencia y su idioma sagrado el aullido de los lobos. No había manera de calmar su demonio. Golpeaba, se golpeaba. Arañaba los muros hasta que se le ensangrentaban las uñas. Mirar su rostro era contemplar una moneda cayendo a un pozo para siempre. Hasta que alguien le dejó unas ceras de colores y papel de estraza. Entonces la ira se cerró como una flor nocturna y fue otra cosa la que abrió sus pétalos. Esto que ves. Miles de dibujos, partituras, novelas imposibles. Hasta el último centímetro de papel lleno de símbolos, un mundo de círculos concéntricos, inabarcable, inacabable. Creo que si el arte tuviera una forma extrema de pureza debe ser esta.
xxxEn los bancos de la capital los ricos herederos guardan sus fortunas fiadas a los colores sagrados de Matisse, se extasían contemplando postales de la Mona Lisa. Recorriendo el hilo que une esas sombras con el pasado, con su dinero, con los grandes nombres y sus trampas. Pero aquí no hay estrategias. No hay escuela, no hay pasado ni puede haber futuro. Esto es creación salvaje, fuera del tiempo y fuera del arte. La forma más radical de la resistencia. Y Wölfli pinta y escribe, y vive. Y sus obras tienen para él la misma importancia que sus heces o los restos de espuma de afeitar sobre su barbilla. Él no sabe nada. Él crea. Sí. Podemos leer los mapas de su enfermedad, podemos decir: el horror vacui demuestra su trastorno maniaco obsesivo compulsivo, los personajes de sus historias demuestran su personalidad disociada, sus argumentos dan fe de la magnitud del trauma y de la profundidad del abismo que lo duerme. Pero esto es más que material para comprender la locura de un hombre.
xxxEsto es el hombre.
xxxMiles de páginas escritas con la historia del Niño Adolf y su transformación paulatina en el Santo Adolf II. Miles de dibujos. Miles de dólares en las subastas. Colas en los museos. Adolf Wölfli, santo patrón de los artistas locos. Encerrado en su celda de Waldau mientras su médico lo presentaba al mundo como la constatación de que la locura y el arte no son sino las dos caras de la luna. El eclipse imposible. Morgenthaler coge uno de los dibujos y se lo enseña a Rorscharch. Dime, ¿qué ves aquí?

 

 

 

 

5.

(las Chicas Vivian)

Otro gesto parecido. Una pequeña sala de conciertos de Nueva York, el mes pasado. Tres chicas tatuadas mezclan los setenta con los sesenta y por eso son las más modernas. Hay una rubia, una morena y una pelirroja. El lacito de niña y el peinado contrasta con la violencia con la que torturan sus instrumentos. Somos las Chicas Vivian y hemos venido a regalaros la intensidad.
xxxDulce estridencia.
xxxFuga.
xxxEs la primavera de 1973 y Picasso ha muerto. Los periódicos reproducen sus pequeños ojos negros una y otra vez. Ya. La gente muere a cada momento, en todas partes. Millones de esquelas en blanco. Aquí, sin ir más lejos, en el norte de Chicago. Hace sólo una semana que falleció el inquilino del matrimonio Lerner. Un viejo. Un raro. Abren la puerta de la habitación y sienten cómo brota un viento torcido de la basura acumulada. Toneladas de papel escrito, recortes de revistas, centenares de cuadernos. La luz pobre se filtra por la puerta y le da a aquello el aspecto de la ceniza, como el final de un incendio. En la pared hay unas pinturas que parecen estar hechas por un niño asustado y enfermo. Qué clase de hechizo es este. El templo de una religión secreta.
xxxHemos venido a regalaros la intensidad.
xxxLa morena golpea la batería como si fuera la espalda del diablo.
xxxNathan Lerner es un fotógrafo que se ha ganado cierta reputación en los ambientes artísticos con sus obras abstractas: texturas y geometrías que parecen robadas del taller de revelado de la Bauhaus. Su mayor éxito será una serie sobre ojos. La clásica ironía metalingüística. Ya sabes. El ojo nos ve y nosotros vemos al ojo, la cámara y el papel fotográfico como un interfaz obsceno. Un tanto tópico. De acuerdo. Su mejor obra está dentro de ese cuarto, y es el legado de un hombre que vivió y murió solo. Lo tuvo alquilado allí un montón de años y apenas recuerda su rostro ni su nombre. Se llamaba Henry Darger, y a partir de hoy jamás lo olvidará.
xxxMira esas ilustraciones. Mira las quince mil páginas escritas, narrando la guerra entre unas niñas y el asesino mundo de los adultos. Mira. Niñas luchando contra soldados confederados, niñas con alas que vuelan sobre el campo de batalla. Torturadas atrozmente, rezando frente a la imagen de la Virgen María. Desnudas. Hermafroditas. Niñas que juegan mientras desde el cielo las observa una mirada roja, tenebrosa, que hiela los tuétanos.
xxxSomos las Chicas Vivian, dice la rubia mientras saca la lengua.
xxxSomos las Chicas Vivian, y vengamos la muerte de todos los niños pequeños.
xxxHenry Darger tenía los ojos pequeños igual que Picasso. Pero el día después de morir sólo tuvo un funeral vacío, sin fotos ni nadie dejando flores. Y en el cuarto las segregaciones de una vida invisible, cerrada por dentro, un acertijo sin formular. Darger era Nadie. Nos cruzamos con él un millón de veces y siempre giramos la cara. Y ahora. Donde hubo escombros y polvo queremos imponer la rotundidad del mármol. Su nombre. Los Darger del mundo no caminan erguidos porque sus sueños están hundidos bajo el asfalto, y tienen el corazón de una paloma latiendo bajo la lengua. El mundo de los nombres y los hombres les da pereza o miedo. Por eso construyen el suyo donde nadie pueda verlo. Nathan Lerner abrirá la caja de los secretos. Las piezas sueltas de un rompecabezas que acabarán formando algo a lo que poder referirse. Algo lejano.
xxxLa intensidad.
xxxLa dulce estridencia.
xxxLa fuga.
xxxLos reinos de lo Irreal.
xxxHenry Darger nunca se acostó con una mujer porque tenía miedo del incesto. Su hermana pequeña había sido dada en adopción al morir su madre en el parto. Pasó algunas temporadas encerrado en sanatorios. Le diagnosticaron masturbación compulsiva, se fuga varias veces hasta que un día ya no vuelven a pillarle. Ahora lo descubrimos en 1911, es primavera, y se pasa horas llorando mientras contempla una fotografía recortada del Chicago Daily News. Es Elsie Paraubek y tenía cinco años cuando la encontraron muerta en el canal. Le duele tanto. Sus tristes huesos pequeños, su breve misterio. Entonces comienza a escribir. Más de quince mil páginas sobre la guerra entre los niños y la sombría crueldad de los adultos. Toda la vida.
xxxSomos las Chicas Vivian y vivimos en el reino cristiano de Abbennia.
xxxSomos las Chicas Vivian y luchamos contra esos malditos Glandelians.
xxxEllos mataron a la pequeña Elsie y la venganza será larga como el tiempo.
xxxHenry Darger iba cinco veces al día a misa. Creía en Dios aunque Dios no creyera en él. En 1968 quiso escribir su vida. Doscientas páginas hablando de su orfandad y sus miedos niños, seguidas de cuatro mil seiscientas con la destrucción de un pueblo por un tornado. Su vida. La infancia y la destrucción absoluta. El viento arranca los árboles y los eleva en su espiral, las raíces se enmarañan con el cielo. Se llama Henry Darger y nadie ha cruzado una palabra con él en años. Él habla en sus cuadernos con el hombre del tiempo: una década anotando los aciertos y los fallos de los partes meteorológicos. Sólo en el centro del tornado puedes estar seguro, allí no hay viento ni incertidumbre.
xxxAsí. Las Chicas Vivian tienen alas de mariposa y salen del papel y del cuarto.
xxxPicasso tiene los ojos pequeños y negros. hace tiempo que está ciego.
xxxNathan Lerner intenta recordar en vano el tono de voz del viejo.
xxxLa rubia, la morena y la pelirroja saludan con el índice y el meñique a un público borracho.
xxxHenry Darger sigue muriendo dolo el resto de la eternidad.

 

 

 

 

8.

(solipsismo)

Bienvenidos al Caribe. Bienvenidos a las aguas cristalinas y al susurro de la brisa entre las hojas de las palmeras. Podréis caminar cogidos de la mano sobre la arena blanca, los pantalones remangados, la espuma entre los dedos de los pies. El pelo recogido bajo la pamela. Bienvenidos al paraíso antes de que las agencias de viaje lo trocearan para empaquetarlo. Esto es la Martinica y es todo vuestro. Su corazón verde latiendo entre las olas. El bullicio del puerto de Saint Pierre y el sendero que sube al Mont Pelée. Desde ahí arriba se ven pequeñas las obras de los hombres, caben en la palma de una mano. Todo es hermoso aquí arriba. Cerrad los ojos y dejad que el viento desordene vuestros pensamientos. Nada malo puede ocurrir en el paraíso. Nada. Esto es 1902 y el progreso es una música que adormece el miedo.
xxxY sin embargo.
xxxLlega abril y el volcán que hiberna en Pelée comienza a desperezarse. Fumarolas y pequeñas explosiones, gente que mira haca el este y vuelve a sus quehaceres. Había un mundo, una bestia, un dios prohibido. Y volvió la vida. El 3 de mayo el periódico local Les Colonies lleva en portada: «La lluvia de cenizas no cesa».
xxxY no cesará nunca.
xxxEl 4 de mayo millones de hormigas desfilan montaña abajo como un río de sombra, la ciudad se llena de serpientes y oscuras alimañas. Un cofre antiguo se le ha caído a alguien de las manos derramando su profecía. La tierra tiembla y el mar se inquieta. El 7 de mayo un marino napolitano apura su ron de un trago en el bar del puerto y dice a quien quiera oírlo que, en su tierra, cuando el Vesubio les habla saben escucharlo. Y su barco zarpa. Todo esto ocurre. Al día siguiente Pelée habla con la voz definitiva del exterminio. Son las 7:50 de la mañana y dos minutos más tarde todo el mundo está muerto. Saint Pierre. Treinta mil ciento veintiuna personas muertas. Lluvia de ceniza y fuego que no cesa. Nunca. Bienvenidos al Apocalipsis. Bienvenidos a las aguas hirviendo y al crepitar del fuego en las copas de los árboles. A la ira y al vómito. Todo arrasado. Todos muertos.
xxxY sin embargo.
xxxHay un zapatero que acaba de ver morir a su hija de diez años. Parece que le ha caído una estrella rota desde el cielo. La niña grita y arde. Nadie puede traducir el dolor que siente. Vivirá el resto de su vida triste y discretamente, tanto que ya no volverá a asomarse a esta página. También hay una montaña de ceniza, y bajo la montaña una mazmorra de piedra blanca. Y dentro de la mazmorra un hombre. Auguste Ciparis, dicen que se llama, y es un asesino. Lleva ahí bastante tiempo, dentro de una cápsula dura, enajenado del mundo. Era un negro grande y turbio que trabajaba en el puerto descargando barcos y que le quitó la vida a otro estibador de un mal golpe. Auguste Ciparis. La peor persona de la Martinica. La basura negra enterrada bajo tierra para que no apeste las casas ni las calles de los buenos franceses. Ya. Esa mañana aguardaba el ritual triste de su desayuno y lo que hubo fue un ruido, y la mañana que se volvió noche. Y entonces el calor extremo como otra piel derritiendo su cuerpo. Oscuridad y dolor. Cuatro días debajo del mundo, agarrado al grito y a la sombra.
xxxHasta que dieron con él.
xxxEl peor hombre de la isla. Vivo. Mientras el viento espolvorea la ceniza sobre los cadáveres de miles de personas. No queda nadie ya aquí para contar sus días bajo tierra, ni nadie que recuerde cuál fue su crimen. Ciparis fue indultado, porque indultarlo a él era indultar un milagro. Porque sólo Dios o el Diablo podrían hilar tan fino. Ahí estaba: el asesino, la escoria, el superviviente. Quisieron castigarlo y su pena fue lo que le salvó. Ahora Saint Pierre es un cuerpo carbonizado que sacuden las olas. Mientras él vive.
xxxAuguste Ciparis.
xxxYa no hay nadie ni nada que hacer en la Martinica. Pero la vida se vive. Y por eso decide llamarse Ludger Sylbaris. Y ofrece las quemaduras de su espalda como el mapa de un nuevo Caribe. Las muestra lentamente sobre unas tablas mal clavadas, mientras el público susurra como el viento entre las hojas de las palmeras. Bienvenidos al circo de Barnum y Bailey. Bienvenidos a las rarezas que dios soñó al octavo día. Allá está la mujer más fea del mundo. Acá está Ludger Sylbaris, el único ser vivo que sobrevivió en la ciudad silenciosa de la muerte. El volcán mató a cuarenta mil hombres y se detuvo ante él. Miradme: los habitantes de la isla me condenaron y la isla los condenó a todos ellos. Estoy aquí. La escoria, el asesino, el milagro.
xxxNo dejéis de mirarme nunca.

 

 

 

 

10.

(el vuelo)

Son muchos los metros de aire que se adensan a sus pies, mucha gente la que espera a que dé el paso definitivo. Se ven tan pequeños. Dudas. Miedo. Un animal que le araña por dentro. Mira de reojo la cámara de cine que le apunta desde su izquierda. Hay muchos testigos, demasiada expectación. Sus ojos mecánicos e insaciables. Un pájaro desorientado aletea cerca de él, el cielo de Paría está demasiado tranquilo esta mañana. Como ausente. El pájaro también lo mira fijamente. Franz Reichelt encoje su alma dentro de una aparatoso traje que él mismo ha diseñado. No hace mucho arrojó un maniquí desde este mismo piso de la torre Eiffel, y el resultado fue un fracaso. Por qué ahora no. Es evidente: el muñeco no tiene la posibilidad de reaccionar, la inercia lo abduce y lo condena a sus leyes. Un buen diseño necesita de una inteligencia operativa que lo haga funcionar en el momento preciso. Ocurre igual con cualquier máquina. también con este traje volador. O eso le ha dicho a todo el mundo. A la prensa. A la policía. A su familia.
xxxSerá el primer hombre en volar de toda la Historia.
xxxLeonardo lo soñó, pero Franz Reichelt lo hará realidad. Un nombre para domar a la quimera. Un hombre. Este 4 de febrero de 1912 no será olvidado por la raza humana. Nunca. Reichelt suda, tiembla, casi llora, pero la respuesta es clara e inevitable: hay demasiada gente mirando para no darles lo que esperan. Salta. La tela tremola contra el aire. Vertical. Su corazón se colapsa un instante antes de transfigurar el suelo. Las cámaras. Nadie cierra los ojos. El espectáculo acaba. Y París olvida.

 

 

 

Quinto, Raúl. Yosotros. Barcelona; Ed. Caballo de Troya, 2015.

 

CUATRO SOMBRAS DE MUJER

septiembre 25, 2020 Deja un comentario

 

Hay una hoguera y cuatro mujeres bailando alrededor. Están desnudas. Deslizan sus cuerpos a través del aire rojo, con los párpados cerrados, mirándose dentro. No hay música más allá de la que tocan sus pies en la arena. Bailan. La primera mujer es hermosa y tiene la piel blanca. Sus movimientos son torpes, el fuego proyecta la sombra de un dragón sobre las rocas de la playa. La segunda mujer es enana y una cicatriz le recorre el vientre de lado a lado. Su coreografía es lenta, un temblor entre la tristeza y la insinuación sexual, de sus pies brota la sombra de un árbol mecido por el viento. La tercera mujer es delgada como un haiku y baila con la delicadeza del rocío en las cornisas rotas. Su sombra es la de un crimen y se derrama como la sangre de una herida. La cuarta mujer es una anciana con las manos tatuadas y cuando danza los dibujos se recombinan en algo parecido a un rostro. El fuego proyecta su sombra niña sobre las rocas de la playa. La luna es la marca de nacimiento que sella su frente. hay una hoguera y cuatro mujeres bailando alrededor. Estamos desnudos frente al aire rojo.

 

 

 

Quinto, Raúl. Yosotros. Barcelona; Ed. Caballo de Troya, 2015.

 

LA INERCIA Y EL VAHO

septiembre 21, 2020 Deja un comentario

 

Los renglones del libro se tuercen en cada curva que traza el autobús. Leo a duras penas una novela sobre un chico obsesionado con un pozo y el canto de un pájaro. No me estoy enterando de nada; las palabras se amontonan y se mezclan con el hilo musical y el murmullo estrepitoso de un grupo de adolescentes. Comentan algo de una fiesta. No quiero oírlos. Leo la misma frase cuatro veces. Hasta que cierro el libro y me quedo mirando a la gente. Viajamos dentro del estómago de un gusano contrahecho, pienso. Puede que seamos parásitos o comida en mal estado. Y eso me recuerda que tengo hambre, y en esa sensación corporal me reconozco. Tengo hambre y mi hambre es independiente del hambre del resto. Ellos y yo. Puede que estén todos saciados, y eso no me quita a mí el hambre. Y sin embargo el autobús frena en seco y todos respondemos al mismo impulso de la inercia: hacia delante y después hacia atrás. Como un mismo cuerpo, monstruosamente repartido a lo largo del vehículo.
xxxSigo teniendo hambre.
xxxEn la calle hace frío.
xxxTodas las noches repito el mismo ritual. Subo al autobús, intento leer, escucho música imaginaria en mi cabeza y veo cómo se difuminan los cuerpos de los pasajeros en el cristal que se inunda de vaho. A veces juego a pasar mi pulgar por los contornos reflejados de la gente, y me divierte ver cómo se mueven y rompen su esquema. Y los vuelvo a dibujar, hasta que se enmarañan las líneas y se transparenta el ruido de la calle. El frío. Las mil historias que se suceden fuera del autobús. Tanto movimiento, tanta existencia. Como ahora. Paramos en la zona universitaria, frente a un campo de entrenamiento de rugby. Varios jóvenes se funden en una melé. Empujan sus cuerpos dentro de otros cuerpos. Un animal sin cabeza. Un animal lleno de barro y piernas. Tan extraño. Me acerco para verlo mejor y mi aliento empaña el cristal, borrándolo todo.
xxxMe quedo en blanco. Me miro dentro.
xxxEstoy tan solo, me siento tan lejos de mí mismo y de todos. Cierro los ojos y me pierdo en la melodía de una canción fantasma. Dispuesto a borrarme el hambre y los miedos hasta que llegue a casa. Nadie lo nota. Me empiezo a adormecer, y siento el cosquilleo de mi teléfono móvil vibrando al recibir un SMS. Y sé que hay alguien al otro lado. Más allá del vaho, la inercia y la ceniza sobre la nieve. Hay alguien.

 

 

 

Quinto, Raúl. Yosotros. Barcelona; Ed. Caballo de Troya, 2015.

 

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