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LA MÁQUINA DE FOLLAR

noviembre 27, 2013 Deja un comentario

la máquina de follar

 

 

LA MÁQUINA DE FOLLAR –extracto–

xxTony se acercó más.
xx–conozco a un tío que ha hecho una máquina de follar. no esas chorradas de las revistas de tías. esas cosas que se ven en los anuncios. botellas de agua caliente con coños de carne de buey cambiables, todas esas chorradas. este tipo lo ha conseguido de veras. es un científico alemán, lo cogimos nosotros, quiero decir nuestro gobierno. antes de que pudieran agarrarlo los rusos. no lo contéis por ahí.
xx–claro, hombre, no te preocupes…
xx–von Brashlitz. el gobierno intentó hacerle trabajar en el ESPACIO. es un tipo muy listo, pero no tiene en la cabeza más que esa MÁQUINA DE FOLLAR. al mismo tiempo, se considera una especie de artista, a veces dice que es Miguel Ángel… le dieron una pensión de quinientos dólares al mes para que pudiera seguir lo bastante vivo para no acabar en un manicomio. anduvieron vigilándole un tiempo, luego se aburrieron o se olvidaron de él, pero seguían mandándole los cheques, y de vez en cuando, una vez al mes o así, iba un agente y hablaba con él diez o veinte minutos, mandaba un informe diciendo que áun seguía loco y listo. así que él andaba por ahí de un sitio a otro, con su gran baúl rojo hasta que, por fin, una noche, llega aquí y empieza a beber. me cuenta que es sólo un viejo cansado, que necesita un lugar realmente tranquilo para hacer sus experimentos. y le escondí aquí. aquí vienen muchos locos, ya sabéis.
xx–sí –dije yo.
xx–luego, amigos, empezó a beber cada vez más, y acabó contándomelo. había hecho una mujer mecánica que podía darle a un hombre más gusto que ninguna mujer real de toda la historia… además sin tampax, ni mierdas, ni discusiones.
xx–llevo toda la vida buscando una mujer así –dije yo.
xxTony se echó a reír.
xx–y quién no. yo creía que estaba chiflado, claro, hasta que una noche después de cerrar subí con él y sacó la MÁQUINA DE FOLLAR del baúl rojo.
xx–¿y?
xx–fue como ir al cielo antes de morir.
xx–déjame que imagine el resto –le pedí.
xx–imagina.
xx–von Brashlitz y su MÁQUINA DE FOLLAR están en este momento arriba, en esta misma casa.
xx–eso es –dijo Tony.
xx–¿cuánto?
xx–veinte billetes por sesión.
(…)
xxTony levantó una parte del mostrador y dijo:
xx–pasad por aquí. tenéis que subir por la escalera del fondo. cuando lleguéis llamáis y decís “nos manda Tony”.
(…)
xx–allí estaba aquel viejo chiflado con aire de palurdo, vaso de cerveza en la mano, gafas de cristal doble. como en las viejas películas. tenía visita al parecer, una tía joven, casi demasiado, parecía frágil y fuerte a mismo tiempo.
(…)
xxel profesor terminó otra cerveza, se levantó y se acercó la puerta del letrero SALA DE ALMACENAJE DE LA MÁQUINA DE FOLLAR. se volvió y nos sonrió. luego, muy despacio, abrió la puerta. entró y salió rodando aquel chisme que parecía una cama de hospital con ruedas.
xxel chisme estaba DESNUDO, una mesa de metal.
xxel profesor nos plantó aquel maldito trasto delante y empezó a tararear una cancioncilla, probablemente algo alemán.
xxuna masa de metal con aquel agujero en el centro. el profesor tenía una lata de aceite en la mano, la metió en el agujero y empezó a echar sin parar de aquel caeite. sin dejar de tararear aquella insensata canción alemana.
xxy siguió un rato echando aceite hasta que por fin nos miró por encima del hombro y dijo: “bonita ¿eh?”. luego, volvió a su tarea, a seguir bombeando aceite allí dentro.
xxMike el Indio me miró, intentó reírse, dijo:
xx–maldita sea… ¡han vuelto a tomarnos el pelo!
xx–sí –dije yo–, estoy como si llevara cinco años sin echar un polvo, pero tendría que estar loco para meter el pijo en ese montón de chatarra.
(…)
xxvon Braschlitz se echó a reír.
xx–jiii jiii jiii ji… es sólo mi bromita de siempre. jiii jiii jiii ji!
xxmetió otra vez el cacharro en el cuartito. cerró la puerta.
xx–¡ay, ji jiii ji! –bebió otro trago de schnaps.
xxluego se sirvió más. lo liquidó.
xx–caballeros, ¡yo soy un artista y un inventor! mi MÁQUINA DE FOLLAR es en realidad mi hija, Tanya…
xx–¿más chistecitos, von? –pregunté.
xx–¡no es ningún chiste! ¡Tanya! ¡ponte en el regazo de este caballero!
xxTanya soltó una carcajada, se levantó, se acercó y se sentó en mi regazo. ¿Una MÁQUINA DE FOLLAR? ¡no podía serlo! su piel era piel, o lo parecía, y su lengua cuando entró en mi boca al besarnos, no era mecánica… cada movimiento era distinto, y respondía a los míos.
xxme lancé inmediatamente, le arranqué la blusa, le metí mano en las bragas, hacía años que no estaba tan caliente; luego nos enredamos; de algún modo acabamos de pie… y la entré de pie, tirándole de aquel pelo largo y rubio, echándole la cabeza hacia atrás, luego bajando, separándole las nalgas y acariciándole el ojo del culo mientras le atizaba, y se corrió… la sentí estremecerse, palpitar, y me corrí también.
xx¡nunca había echado un polvo mejor!
xxTanya se fue al baño, se limpió y se duchó, y volvió a vestirse para Mike el Indio. supuse.
xx–el mayor invento de la especie humana– dijo muy serio von Brashlitz.
xxtenía toda la razón.
xxpor fin Tanya salió y se sentó en mi regazo
xx¡NO! ¡NO! ¡TANYA! ¡AHORA LE TOCA AL OTRO! ¡CON ESE ACABAS DE FOLLAR!
xxella parecía no oír, y era extraño, incluso en una MÁQUINA DE FOLLAR, porque yo nunca había sido muy buen amante, la verdad.
xx–¿me amas? –preguntó.
xx–sí.
xx–te amo, y soy muy feliz. y…teóricamente no estoy viva. ya lo sabes, ¿verdad?
xx–te amo, Tanya, eso es lo único que sé.
xx–¡cago en tal! –chilló el viejo–. ¡esta JODIDA MÁQUINA!
xxse acercó a la caja barnizada en que estaba escrita la palabra TANYA a un lado. salían unos pequeños cables; había marcadores y agujas que temblequeaban, y varios indicadores, luces uqe se apagaban y se encendían, chismes que tictaqueaban… von B. era el macarra más loco que había visto en mi vida. empezó a hurgar en los marcadores, luego miró a Tanya.
xx–¡25 AÑOS! ¡toda una vida casi para construirte! ¡tuve que esconderte incluso de HITLER! y ahora… ¡pretendes convertirte en una simple y vulgar puta!
xx–no tengo veinticinco –dijo Tanya–, tengo veinticuatro.
xx–¿lo ves? ¿lo ves? ¡como una zorra normal y corriente!
xxvolvió a sus marcadores.
xx–te has puesto un carmín distinto –dije a Tanya.
xx–¿te gusta?
xx–¡oh, sí!
xxse inclinó y me besó.
xxvon B. seguía con sus marcadores. tenía el presentimiento de que ganaría él.
xxvon Brashlitz se volvió a Mike el Indio:
xx–no se preocupe, confíe en mí, no es más que una pequeña avería. lo arreglaré en un momento.
xx–eso espero –dijo Mike el Indio–. se me ha puesto en treinta y cinco centímetros esperando y he pagado veinte dólares.
xx–te amo –me dijo Tanya–. no volveré a follar con ingún otro hombre. si puedo tenerte a ti, no quiero a nadie más.
xx–te perdonaré Tanya, hagas lo que hagas.
xxel profe estaba corridísimo, seguía con los cables pero nada lograba.
xx–¡TANYA! ¡AHORA TE TOCA FOLLAR CON EL OTRO! estoy… cansándome ya… tengo que echar otro traguito de aguardiente… dormir un poco… Tanya…
xx–oh –dijo Tanya– ¡este jodido viejo! ¡tú y tus traguitos, y luego te pasas la noche mordisqueándome las tetas y no puedo dormir! ¡ni siquiera eres capaz de conseguir un empalme decente! ¡eres asqueroso!
xx–¿CÓMO?
xx–¡DIJE “QUE NI SIQUIERA ERES CAPAZ DE CONSEGUIR UN EMPALME DECENTE”!
xx–¡esto lo pagarás Tanya! ¡eres creación mía, no yo creación tuya!
xxseguía hurgando en sus mágicos marcadores. quiero decir, en la máquina. estaba fuera de sí, pero se veía claramente que la rabia le daba una clarividencia que le hacía superarse.
xx–es sólo un momento, caballero –dijo dirigiéndose a Mike el Indio–. ¡sólo tengo que ajustar los cuadros electrónicos! ¡un momento! ¡vale! ¡ya está!
xxentonces se levantó de un salto. aquel tipo al que habían salvado de los rusos.
xxmiró a Mike el Indio.
xx–¡ya está arreglado! ¡la máquina está en orden! ¡a divertirse caballero!
xxluego, se acercó a su botella de aguardiente, se sirvió otro pelotazo y se sentó a observar.
xxTanya se levantó de mi regazo y se acercó a Mike el Indio. Vi que Tanya y Mike el Indio se abrazaban.
xxTanya le bajó la cremallera. le sacó la polla, ¡menuda polla tenía el tío! había dicho treinta y cinco centímetros, pero parecían por lo menos cincuenta.
xxluego Tanya rodeó con las manos la polla de Mike.
xxél gemía de gozo.
xxluego la arrancó de cuajo. la tiró a un lado.
xxvi el chisme rodar por la alfombra como una disparatada salchicha, dejando tristes regueruelos de sangre. fue a dar contra la pared. allí se quedó como algo con cabeza pero sin piernas y sin lugar alguno donde ir… lo cual era bastante cierto.
xxluego, allá fueron las BOLAS volando por el aire. una visión saltarina y pesada. simplemente aterrizaron en el centro de la alfombra y no supieron qué hacer más que sangrar.
xxasí que sangraron.
xxvon Brashlitz, el héroe de la invasión rusonorteamericana, miró ásperamente lo que quedaba de Mike el Indio, mi viejo camarada de sople, rojo rojo allá en el suelo, manando por su centro… von B. se dio el piro, escaleras abajo…
xxla habitación 69 había hecho de todo salvo aquello.
xxluego le pregunté a ella:
xx–Tanya, habrá problemas aquí muy pronto. ¿por qué no dedicamos el número de la habitacón a nuestro amor?
xx–¡como quieras, amor mío!
xxlo hicimos, justo a tiempo; y luego entraron aquellos idiotas.

 

 

 

Bukowski, Charles. La máquina de follar (Trad. J. M. Alvarez y Ángela Pérez). Barcelona; Ed. Anagrama, 2001.

 

ERECCIONES, EYACULACIONES, EXHIBICIONES

noviembre 26, 2013 Deja un comentario

erecciones, eyaculaciones, exhibiciones

 

 

xxUN COMPAÑERO DE TRAGO –extracto–

xxConocí a Jeff en un almacén de piezas de automóvil de la calle Flower, o quizá de la calle Figueroa, siempre las confundo. En fin, yo estaba de dependiente y Jeff era más o menos el mozo. Tenía que descargar las piezas usadas, barrer el suelo, poner el papel higiénico en los cagaderos, etc. Yo había hecho trabajos parecidos por todo el país, así que nunca los miraba por encima del hombro. Salía precisamente por entonces de un mal paso con una mujer que había estado a punto de acabar conmigo. Quedé sin ganas de mujeres un tiempo y, como sustitutivo, jugaba a los caballos, me la meneaba y bebía. Yo, francamente, me sentí mucho más feliz haciendo esto, y cada vez que me pasaba una cosa así pensaba, se acabaron las mujeres, para siempre. Por supuesto, siempre aparecía otra. Acabanan cazándote, por muy indiferente que fueses. Creo que cuando llegas a hacerte indiferente de veras es cuando más te lo ofrecen, para fastidiarte. Las mujeres son capaces de eso; por muy fuerte que sea un hombre, las mujeres siempre pueden conseguirlo. Pero, de todos modos, yo me encontraba en esa situación de paz y libertad cuando conocí a Jeff (sin mujer) y no había en la relación nada de homosexual. Sólo dos tíos que vivían sin normas, viajaban y les habían abandonado las mujeres. Recuerdo una vez que estaba sentado en La Luz Verde, tomando una cerveza, recuerdo que estaba en una mesa leyendo los resultados de las carreras y que aquel grupo hablaba de algo cuando de pronto alguien dijo, “…y, sí, a Bukowski le ha dejado la pequeña Flo, ¿verdad? ¿No es cierto que te dejó plantado, Bukowski?”. Miré. La gente se reía. No sonreí. Sólo alcé mi cerveza.
xx–Sí –dije, bebí un trago, dejé el vaso.
xxCuando volví a mirar, una joven negra se había traído su cerveza.
xx–Mira, amigo –dijo–, mira amigo…
xx–Hola –dije yo.
xx–Mira, amigo, no dejes que esa Flo te hunda, no la dejes que te hunda, amigo. Puedes superarlo.
xx–Ya sé que puedo superarlo. Aún no me he rendido.
xx–Bueno. Es que pareces triste, sabes. Pareces tan triste.
xx–Claro, lo estoy. La tenía muy dentro. Pero pasará. ¿Cerveza?
xx–Sí. Y pago yo.
xxDormimos esa noche en mi casa, pero fue mi despedida de las mujeres… por catroce o dieciocho meses. Si no andas a la caza, puedes conseguir esos períodos de descanso.
xxAsí que después del trabajo, me dedicaba a beber solo todas las noches, en mi casa, y me quedaba lo suficiente para ir a las carreras el sábado y la vida era simple y no demasiado dolorosa. Quizá sin demasiad razón, pero apartarse del dolor era bastante razonable. Conocí muy pronto a Jeff. Aunque era más joven que yo, reconocí en él un modelo más joven de mí mismo.
xx–Tienes una resaca infernal, muchacho –le dije una mañana.
xx–Qué le vamos a hacer –dijo él–. Hay que olvidar.
xx–Quizá tengas razón –dije–. Es mejor la resaca que el matrimonio.
xxAquella noche fuimos a un bar cercano después del trabajo. El era como yo, no le preocupaba la comida, un hombre nunca pensaba en la comida. Y, en realidad, éramos dos de los hombres más fuertes del almacén, aunque nunca se llegara a hacer comprobaciones. La comida era simplemente algo aburrido. Yo ya estaba harto de los bares por entonces: todos aquellos imbéciles chiflados esperando a que entrara una mujer y les llevara al país de las maravillas. Los dos grupos más detestables eran los que iban a las carreras de caballos y los de los bares, y me refiero básicamente a los varones de ambos grupos. Los perdedores que seguían perdiendo y no eran capaces de plantarse y afrontar el asunto. Y allí estaba yo, en el medio mismo de ellos. Jeff me hacía más fáciles las cosas. Quiero decir con esto que el rollo era más nuevo para él y él animaba la fiesta, conseguía casi hacerla realista, como si estuviésemos haciendo algo significativo en vez de derrochar nuestros míseros salarios bebiendo o jugando, viviendo en habitaciones miserables, perdiendo empleos, encontrándolos, rechazados por las mujeres, siempre en el infierno e ignorándolo. Todo ese rollo.

 

 

 

Bukowski, Charles. Ereciones, eyaculaciones, exhibiciones (Trad. J. M. Alvarez y Ángela Pérez). Barcelona; Ed. Anagrama, 2005.

 

SE BUSCA UNA MUJER

noviembre 25, 2013 Deja un comentario

se busca una mujer

 

 

xxUN HOMBRE

xxGeorge estaba tumbado en su remolque, echado de espaldas, mirando una pequeña televisión portátil. Los platos de la cena estaban sin limpiar, los platos del desayuno estaban sin limpiar, necesitaba un afeitado, y la ceniza de su cigarrillo liado le caía sobre la camiseta, y cuando le quemaba la piel, blasfemaba y se la sacudía de encima.
xxSe oyeron unos golpes en la puerta del remolque. El se levantó lentamente y abrió la puerta. Era Constance. Llevaba una botella de whisky sin abrir en una bolsa.
xx–George, he dejado a ese hijo de puta, no pude aguantar a ese hijo de la gran puta por más tiempo.
xx–Siéntate.
xxGeorge abrió la botella, cogió dos vasos, llenó cada uno con un tercio de whisky y dos de agua, y se sentó en la cama con Constance. Ella sacó un cigarrillo de su bolso y lo encendió. Estaba bebida y sus manos temblaban.
xx–También me he llevado su maldito dinero. Agarré su maldito dinero y me largé mientras él estaba trabajando. No sabes lo que he sufrido con ese hijo de puta.
xx–Dame algo para fumar –dijo George.
xxElla le alcanzó un pitillo y cuando estaba más cerca, George le puso su brazo alrededor, se la atrajo y la besó.
xx–Tú, hijo de puta –dijo ella sonriendo–, te eché de menos.
xx–Yo eché de menos esas magníficas piernas, Connie. Realmente eché de menos esas piernas.
xx–¿Te siguen gustando?
xx–Me pongo cachondo sólo de verlas.
xx–Nunca lo he podido hacer con un tío educado –dijo Connie–. Son demasiado blandos, no son hombres. Y este tío limpiaba la casa, George, era como tener una criada. Lo hacía todo. El piso estaba sin una mota de polvo. Podías comerte un filete fuera del plato, en medio del suelo, donde fuese. El era antiséptico, eso es lo que era.
xx–Bebe algo. Te sentirás mejor.
xx–Y era incapaz de hacer el amor.
xx–¿Quieres decir que no se le levantaba?
xx–Oh, sí se le levantaba. La tenía siempre tiesa. Pero no sabía cómo hacer feliz a una mujer, ya sabes. No sabía actuar. Todo ese dinero, toda esa educación. Era un inútil.
xx–A mí me hubiera gustado tener estudios.
xx–No necesitas nada de eso. Tú tienes todo lo que necesitas, George.
xx–Sólo soy un desgraciado. Todos esos trabajos de mierda…
xx–Te digo que tienes todo lo que necesitas, George. Tú sabes cómo hacer feliz a una mujer.
xx–¿Sí?
xx–Sí. ¿Y quieres saber algo más? ¡Su madre venía con nosotros…! ¡Su madre! Dos o tres veces a la semana. Y se sentaba allí mirándome, pretendiendo apreciarme, pero tratándome todo el tiempo como si fuese una puta. ¡Como si yo fuese una mala puta robándole a su amado hijo de sus brazos! ¡Su precioso Walter! ¡Cristo! ¡Vaya un plato!
xx–Bebe, Connie.
xxGeorge había acabado. Esperó a que Connie vaciara su vaso, entonces lo cogió y llenó de nuevo los dos.
xx–El juraba gritando que me amaba. Entonces yo le decía: ¡Mírame el coño, Walter! Y él no me miraba el coño. Decía: “No quiero mirar esa cosa”. ¡Esa cosa! ¡Así es como lo llamaba! Tú no tienes miedo de mi coño, ¿verdad, George?
xx–No me ha mordido nunca por ahora.
xx–Pero tú sí que lo has mordido, lo has roído bien, ¿eh, George?
xx–Supongo que sí.
xx–¿Y lo has lamido, lo has chupado?
xx–Supongo que sí.
xx–Tú sabes condenadamente bien lo que has hecho, George.
xx–¿Cuánto dinero te has cogido?
xx–Seiscientos dólares.
xx–No me gusta la gente que roba a otra gente, Connie.
xx–Eso es porque eres un jodido friegaplatos. Eres honesto. Pero él es un gilipollas tal, George… Y además puede permitirse el lujo de perder ese poco de dinero, y yo me lo he ganado… él y su madre y su amor, y su amor a su madre, y las pequeñas y limpias escudillas de lavar, y las bolsas higiénicas y los coches nuevos y todos esos olores asfixiantes de colonias, sprays, lociones de afeitar, y sus pequeñas erecciones y su preciosa manera de hacer el amor. Todo para sí mismo, entiendes. ¡Todo para sí mismo! Tú encambio sabes lo que una mujer quiere, George…
xx–Gracias por el whisky, Connie. Alcánzame otro pitillo.
xxGeorge llenó de nuevo los vasos.
xx–He echado de menos tus piernas, Connie. De verdad que las he echado de menos. Me gusta cómo llevas esos tacones altos. Estas mujeres modernas no saben lo que están perdiendo. Los tacones altos modelan la pantorrilla, el muslo, el culo; imponen ritmo al andar. ¡Realmente me ponen cachondo!
xx–Hablas como un poeta, George. Algunas veces hablas de verdad como un poeta. Eres un endiablado friegaplatos.
xx–¿Sabes lo que de verdad me gustaría hacer?
xx–¿Qué?
xx–Me gustaría azotarte con mi cinturón en las piernas, el culo, los muslos. Me gustaría hacerte gritar y llorar y cuando estuvieses gritando y llorando, entonces te la metería en un golpe de puro amor.
xx–No me gusta eso, George. Tú nunca me has hablado de ese modo. Siempre te has portado bien conmigo.
xx–Súbete la falda.
xx–¿Qué?
xx–Súbete la falda, quiero ver mejor tus piernas.
xx–Te gustan mis piernas, ¿eh, George?
xx–Deja que la luz las haga brillar.
xxConstance se subió el vestido.
xx–Dios, cristo y la mierda–dijo George.
xx–¿Te gustan?
xx–Adoro tus piernas.
xxEntonces George se acercó a Constance y le pegó una fuerte bofetada en la cara; el cigarrillo voló de su boca pintada.
xx–¿Por qué has hecho eso?
xx–¡Te follaste a Walter! ¡Te follaste a Walter!
xx–¿Y qué coño pasa?
xx–¡Que te subas más la falda!
xx–¡No!
xx–¡Haz lo que te digo!
xxGeorge la abofeteó de nuevo, más fuerte. Constance se subió la falda.
xx–¡Por encima de las bragas! –gritó George–. ¡Quiero verlas enteras!
xx–Cristo, George. ¿Qué es lo que te pasa?
xx–¡Te follaste a Walter!
xx–George, te juro que te has vuelto loco. Me quiero ir. ¡Déjame salir de aquí, George!
xx–¡No te muevas o te mato!
xx–¿Que me matas?
xx–¡Te lo juro!
xxGeorge se levantó y se llenó un vaso entero de whisky, se lo bebió de un trago y se sentó al lado de Constance. Cogió su cigarrillo, agarró la muñeca de Constance y lo apoyó firmemente sobre la piel. Ella gritó. El lo sostuvo allí sin moverlo, hasta que por fin lo apartó.
xx–Yo soy un hombre, nene, ¿entiendes?
xx–Sé que eres un hombre, George.
xx–¡Aquí, mira mis músculos! –George se levantó y flexionó ambos brazos–. ¿Bonito, eh, nena? ¡Mira estos músculos! ¡Tócalos! ¡Tócalos!
xxConstance tocó uno de sus brazos y luego el otro.
xx–Sí, tienes un bello cuerpo, George.
xx–Soy un hombre. Soy un friegaplatos pero soy un hombre, un hombre de verdad.
xx–Lo sé, George.
xx–No soy como ese mierdaleches que has dejado.
xx–Ya lo sé.
xx–Y también puedo cantar. Tienes que oír mi voz.
xxConstance estaba allí sentada. George empezó a cantar. Cantó “Old man river” y luego cantó “Nobody Knows the trouble I’ve seen” y luego “The St Louis Blues” y también “God Bless America” interrumpiéndose a menudo y riéndose. Entonces se sentó al lado de Constance. Dijo:
xx–Connie, tienes unas piernas muy bonitas–. Le pidió otro cigarrillo. Lo fumó, se bebió dos vasos más, y entonces apoyó su cabeza en las piernas de Connie, contra las medias, en su regazo, y dijo:
xx–Connie, sé que no soy bueno, sé que estoy loco, siento mucho haberte pegado y haberte quemado con ese cigarrillo.
xxConstance siguió allí sentada. Pasó sus dedos entre los cabellos de George, acariciándole, consolándole. Pronto él se durmió. Ella esperó un poco. Entonces apartó la cabeza de sus piernas y la apoyó en la almohada. Se levantó de la cama, se fue hacia la botella, se sirvió una buena cantidad de whisky, añadió un poco de agua y se lo bebió. Se dirigió hacia la puerta del remolque, la abrió, bajó y la cerró. Caminó a través de la parcela, abrió la verja, salió a la carretera y se fue andando bajo la luna de la una de la mañana. El cielo estaba limpio de nubes, repleto de estrellas allá arriba. Llegó al bulevar y caminó hacia el este hasta divisar la entrada del Blue Mirror. Entró, echó un vistazo y allí estaba Walter sentado, solo y borracho al fondo del bar. Ella se acercó y se sentó a su lado.
xx–¿Me echaste de menos, querido? –preguntó ella.
xxWalter levantó la mirada. La reconoció. No contestó. Miró al camarero y el camarero se acercó a ellos. Todos se conocían entre sí.

 

 

 

Bukowski, Charles. Se busca una mujer (Trad. Jorge Berlanga). Barcelona; Ed. Anagrama, 2005.

 

FACTOTUM

noviembre 23, 2013 Deja un comentario

Factotum

 

 

xx3

xxSalí un día a la calle, como de costumbre, y me puse a vagr por ahí. Me sentía feliz y relajado. El sol estaba en su punto. Era como una melodía. Había paz en el aire. Cuando llegué al centro de la manzana, había un hombre de pie a la puerta de una tienda. Pasé de largo.
xx–¡Eh, COMPADRE!
xxParé y me di la vuelta.
xx–¿Quieres un trabajo?
xxVolví hasta donde él estaba. Por encima de su hombro pude divisar una gran sala a oscuras. Había una gran mesa con hombres y mujeres alineados a ambos lados de la misma. Manejaban martillos con los cuales golpeaban objetos que tenían enfrente de ellos. En aquella penumbra los objetos tenían la pinta de ser almejas. Olían como almejas. Me di la vuelta y continué mi paseo calle abajo.
xxMe acordé de cómo mi padre solía volver a casa cada noche y hablaba a mi madre de su trabajo. La murga del trabajo empezaba nada más cruzar la puerta, continuaba en la mesa de la cena y acababa en la cama cuando daba el grito de “¡Luces fuera!” a las 8 de la tarde, de modo que él pudiera descansar y recobrar fuerzas para el trabajo que le esperaba al día siguiente. No había otro tema en su vida a excepción del trabajo.
xxAl llegar a la esquina, otro hombre me hizo parar.
xx–Escucha, amigo… –empezó.
xx–¿Sí? –pregunté.
xx–Mira, soy un veterano de la primera guerra mundial. Arriesgué mi vida en el frente por este país, pero nadie me quiere contratar, nadie quiere darme un trabajo. No aprecian lo que hice por ellos. Tengo hambre, ayúdame un poco…
xx–Yo no trabajo.
xx–¿No trabajas?
xx–Como lo oyes.
xxContinué mi paseo. Crucé la calle hasta la otra acera.
xx¡Estás mintiendo! –me gritó–. ¡Tú trabajas. Seguro que tienes un trabajo!
xxPocos días más tarde, andaba buscando alguno.

 

 

 

Bukowski, Charles. Factotum (Trad. Jorge Berlanga). Barcelona; Ed. Anagrama, 2005.

 

PERRO CALLEJERO -extracto-

Martin Amis

 

 

xxCora llevaba mallas, falda y blusa negras, pero aún no se había puesto los zapatos negros, el top negro y el sombrero negro con su velo negro colgando. Ahora se enfrentaba a la fastidiosa tarea de peinar sus cabellos de un modo muy clásico: el pelo recogido hacia arriba y a un lado, y mantenido así mediante un arsenal de horquillas. Empezó a peinarse en el baño, pero pronto se trasladó más allá de la puerta para completar la operación en el dormitorio. Allí, la activa profusión de espejos, en diferentes ángulos y alturas, la hizo sentirse observada…, sobre todo por el espejo de su visión interior.
xxEstaba familiarizada con la literatura. Las víctimas de incesto crecen pensando que tienen poderes mágicos. Porque los tienen. Todos los bebés, todos los pequeños creen ejercer la magia: críos de un año, si los has disgustado especialmente, te mirarán tal vez desde sus cunas con carita de asombro viendo que has sobrevivido físicamente a sus anatemas y conjuros. Al crecer, se les pasa. Pero las víctimas de incesto, esas niñas, esas “hermosas extrañas”, jamás pierden tal fe. Porque tienen ese poder: pueden pronunciar una frase y hacer que desaparezca una familia.
xxLas mujeres con las que Cora había coincidido antes en grupos de apoyo y programas de recuperación mantenían persistentemente otra idea: la de que eran capaces de seducir a cualquier hombre. Y era cierto en su caso, a condición de que el hombre fuera un ser violento o inadecuado; a condición de que se tratara de un violador o de un adicto, de un proxeneta o de un gorrón… También Cora se creía capaz de seducir a cualquier hombre, y hasta entonces nada la había sacado aún de su error. Pero, en lo relativo a Xan Meo, su propósito iba más allá de la mera seducción y del evidente desengaño que ello representaría para su esposa cuando se enterara. Aún no sabía cómo. Pero seguro que algo se le ocurriría.

 

 

 

Amis, Martin. Perro callejero. Barcelona; Editorial anagrama, 2003.

 

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