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CRÓNICAS DE MOTEL

septiembre 15, 2018 Deja un comentario

 

Recuerdo cuando intentaba imitar la sonrisa de Burt Lancaster después de haberle visto con Gary Cooper en Veracruz. Durante muchos días estuve practicando en el patio de atrás. Serpenteando por entre las tomateras. Riendo con todos los dientes al desnudo. Riéndome de esa risa. Alzando el labio superior para descubrir los dientes. Después de practicar esa sonrisa durante unos cuantos días intenté utilizarla ante las chicas de la escuela. Ellas no parecían ni enterarse. Forcé mi interpretación hasta que empezaron a producirse extrañas reacciones entre mis compañeros. Miraban fijamente mis dientes, y asomaba a sus ojos una expresión asustada. Ya no me acordaba de lo feos que eran mis dientes. De que uno de ellos lo tenía podrido, de color pardo y montado encima del diente roto que estaba a su lado. De hecho, había llegado a estar convencido de que era poseedor de una hilera de perfectos y perlados dientes como los de Burt Lancaster. Como no quería asustar a nadie, dejé de reír en cuanto me di cuenta de lo que pasaba. Sólo lo hacía cuando estaba solo. Poco después dejé de hacerlo incluso a solas. Volví a mi cara vacía.

x
25/4/81

Homestead Valley, Ca.

 

 

 

 

3’30 de la madrugada

¿Es un gallo
o una mujer que grita a lo lejos?

¿está negro el cielo
o a punto de ponerse azul oscuro?

¿Es una habitación de motel
o la casa de alguien?

¿Está mi cuerpo vivo
o muerto?

¿Estoy en Texas
o en Berlín Occidental?

Y de todos modos,
¿qué hora es?

¿hay algún pensamiento
que sea mi aliado?

Rezo pidiendo que se suspenda
todo pensar

Absoluta suspensión
espacio en blanco

quiero ir por la carretera
sin pensar en nada

sólo una vez

No estoy suplicando

No me pongo de rodillas

No estoy en condiciones de pelear

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9/12/80

Fredericksburg, Texas

 

 

 

 

xxxTim Ford y yo robamos una vez un coche en San Bernardino. Uno de aquellos Austin Healey antiguos, con capota plegable de cuero rojo y llantas de radios. Lo encontramos aparcado con las llaves puestas detrás de un quiosco de Refrescos A and W.
xxxAl principio no queríamos más que dar una vueltecita con él y dejarlo luego al otro extremo del pueblo, pero terminamos dirigiéndonos a México. A Tim se le ocurrió que necesitábamos obtener alguna tarjeta de identidad falsificada para entrar en los bares y comprar cerveza en las tiendas de bebidas alcohólicas sin que se metieran con nosotros y nos echaran. Dijo que conocía a un tipo de Tijuana que falsificaba la fecha de nacimiento en los permisos de conducir, y que lo hacía tan bien que parecía auténtico. Dijo que, además, salía muy barato.
xxxNo recuerdo ningún coche tan divertido de conducir como aquel Austin Healey. Cómo gruñía. Respondía como un animal a cualquier insinuación. Desaceleraba cuando reducías, saltaba maravillosamente de una marcha a otra, volaba en directa…, hacía todo lo que te diera la gana. Tomaba las curvas como una Pantera. Era imposible volcarlo.
xxxÉl y yo asumimos la personalidad de los dueños de coches de este tipo. Nos desabrochamos la camisa y dejamos que el viento nos golpeara en el pecho. Nos pusimos las gafas ahumadas que encontramos en la guantera. (Tenían la montura roja, con unos brillantes en las esquinas.) Adelantamos volando a las mujeres que conducían por la carretera, o nos acercábamos tanto a sus coches que podíamos abrirles la puerta y oírlas gritar. Cuando paramos a comer en un restaurante nos instalamos en un cubículo que estaba junto a la ventana, para poder contemplar el coche desde dentro. La parrilla del radiador. Soñamos que recorríamos Europa con él y empezamos a utilizar palabras de la jerga automovilística como «los boxes» o «el rally» para que nos oyeran los que estaban cerca. Ese Healey nos gustaba tanto como si fuese nuestro.
xxxNos pasamos el día entero en Tijuana esperando a que aquel tipo revelara las fotos que nos sacó para la documentación falsificada. Era un hombrecillo hosco y silencioso que llevaba un manchado jersey gris. Anduvimos errando por toda la ciudad, y pasando por su oficina cada media hora. El hombrecillo abría bruscamente la puerta y nos echaba de allí agitando secamente la mano, como si fuésemos mendigos o algo así. Yo tenía la sensación de que la falsificación de documentos era la menos grave de sus actividades ilegales. Pero al final resultó que había valido la pena esperar tanto tiempo. Los nuevos permisos de conducir eran impecables y soportaron la prueba en la frontera cuando la poli nos pidió que los sacáramos de la cartera.
xxxBebimos ríos de alcohol en San Diego, donde exhibíamos nuestros nuevos permisos ante las narices de los barmans de toda la ciudad. Compramos botellas de vino para el viaje de regreso a casa. No paramos ni para vomitar. Asomábamos la cabeza un poco y subíamos el volumen de la radio.

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11/9/80
San Francisco, Ca.

 

 

 

 

La gente de aquí
se ha convertido
en la gente
que finge ser

x
27/7/81
Los Angeles, Ca.

 

 

 

 

A ver si lo entiendo

¿Dices
Que te tortura el no poder escribir
O que
No puedes escribir porque estás torturado?

¿Dices
Que estos tiempos te han convertido en un escéptico
O que
Estos tiempos confirman tu escepticismo?

Mira, voy a decirte una cosa
Preferiría tener que echarles el lazo a las reses
Que hablar de política contigo

Preferiría caer borracho perdido
Debajo de un camión con remolque

Tu desesperación es más aburrida
Que el Merv Griffin Show

Tu gimoteante lloriqueo
Tus grandes soluciones baratas para la delincuencia

Levanta el culo y ponte a cocinar
Haz con tu tiempo
Lo que quieras
Pero no malgastes el mío

x
2/80
Santa Rosa, Ca.

 

 

 

 

Dicen que en días muy calurosos
la mayonesa podría matarte
eso decía mi tía

también me dijo
que nunca saliera de casa sin la cartera
por si me mataban
y había que identificar el cadáver

x
26/4/81
Homestead Valley, Ca.

 

 

 

 

sudan y se llaman «cariño» el uno al otro
contratan adivinas que mienten
enmarcan fotos de los niños a los que han mandado lejos
tutean al viejo camarero negro
contratan orquestas de R & B descafeinadas y les piden que toquen con guitarra acústica
ponen expresiones ceñudas si alguien habla de bañarse desnudo
se confiesan ante todo aquel que quiera escucharles
todos tienen su «más antiguo y querido» amigo
que generalmente es aquel con quien más se han confesado
detestan que les digas «feliz cumpleaños»
les encanta que haga tantísimo tiempo que no te habían visto
inmediatamente se van con el siguiente
su soledad está cubierta de muecas sonrientes
su soledad se ahoga bajo un círculo de «amistades»

x
25/7/81
Hollywood, Ca.

 

 

 

 

xxxLa noche que llegaron a Oaxaca había un apagón. Los vestíbulos de los hoteles estaban iluminados con velas. No quedaban habitaciones libres.
xxxPor fin encontraron un sitio llamado Hotel Nacional, en la parte norte. Las puertas de las habitaciones estaban hechas de barrotes metálicos verticales, como las celdas del cuartelillo de un pueblo de Montana que él había visto cuando pasaba por allí. Cuando subían las escaleras cargados con el equipaje, pudieron ver a través de los barrotes a los ocupantes de las habitaciones. La mayor parte de ellos parecían ruinas humanas y alcohólicos: unos estaban tendidos en el suelo; a otros les colgaba la mitad del cuerpo fuera de los manchadísimos colchones, o estaban desplomados en los rincones, mirando fijamente el piso de cemento.
xxxCerraron apresuradamente la puerta una vez dentro de la habitación, escondieron las maletas debajo de la cama y buscaron angustiadamente el retrete. No había retrete. Sólo un lavabo en una esquina. Por turnos, se encaramaron al fregadero y dejaron que se escurriera de sus cuerpos toda la «Venganza de Moctezuma» que se habían bebido. La situación les movió sorprendentemente a risa, pero pensaron que lo mejor sería no hacer ruido porque los demás, sufriendo cada uno en su celda, podían pensar que estaban riéndose de ellos.
xxxDurante toda la noche, y sin posibilidad de otra solución, estuvieron turnándose: uno de ellos descansaba sobre el colchón mientras el otro se arrastraba hasta el lavabo. A veces uno de ellos vomitaba mientras el otro trataba de contenerse. A veces vomitaban juntos, y eso les hacía reír más incluso, hasta el punto de que temieron asfixiarse con sus propios vómitos.
xxxToda la noche mantuvieron encendida la vela en la ventana. Abajo, en la calle, estallaban petardos. Oían las carreras de los críos. Los gritos de los quetzales desde las palmeras. Los clientes del hotel gemían u gritaban en castellano, sin dirigirse a nadie en especial.
xxxAl cabo de un buen rato dejaron de reír y se quedaron tendidos en el colchón, el uno al lado del otro, mirando el viejo enlucido. Zonas húmedas en los sitios donde las tuberías rezumaban. Les dio la temblequera a ambos. Ninguno de los dos habló. Él pensaba en un garito de juego, Julian’s, de la Calle Catorce. Ella tenía miedo de morirse.

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6/9/80
San Rafael, Ca.

 

 

 

 

xxxRocío en la tapadera del bidón de las basuras. Sorprende a mi mano. Algún sueño en el que estaba metida mi cabeza.
xxxTramposo tiempo. Primera inundación. Falsa Primavera. Y ahora esta helada. Menos mal que no he sembrado ya las judías. Como pensaba hacer.
xxxPor suerte he sacado el pestazo de la casa. Fuera lo que fuese, estaba podrido. Olía a Brécol muerto.
xxxProbablemente los negros lo volcarán por la noche. Menos mal que tenemos perros.
xxxNoche sobrenatural. Sin sirenas. La calle en silencio. Prácticamente sin viento. Buena noche para robar gasolina.
xxxNo, mejor no probar. Demasiado frío. Con un tiempo así, la piel se pega al acero.
xxxHoy llevaba la camiseta de manga corta. ¿No iba en camiseta? ¿No era hoy? De hecho, hoy he salido una vez al aire libre en camiseta.
xxxSobrenatural. Tiempo atómico. Probablemente terremotos. Probablemente significa que ha habido terremotos.
xxxAunque parece que los perros enloquecen. Se ponen a correr en círculos. Vomitan. Señales de éstas.
xxxQuizá ha reventado alguna cosa en la Central. Eso que hay en el núcleo del Reactor. Fisión nuclear o algo así. Fisión o fusión. Algo así. Allí donde se desboca. La una es lo contrario de la otra. No sé cuál es cuál.
xxxA estas alturas ya lo estarían diciendo por la radio. Pero no tengo radio. Lo estarían diciendo por la radio de algún vecino. Y ese vecino me telefonearía. Pero no tengo teléfono. Y no conozco a ningún vecino.
xxxDa igual. Si queréis que os diga la verdad, prefiero no enterarme. Prefiero tomarlo como venga. Y librarme de todo el miedo. Si voy a disolverme, me disuelvo. no importa. Prefiero disolverme en paz.
xxxAunque dicen que no ocurre de repente. Dicen que es bastante lento. Como una tortura. Resirar duele horrores.
xxxMaravillosas ideas. Y sólo había salido a tirar la basura.

x
2/80
Homestead Valley, Ca.

 

 

 

 

¿Por qué pienso
«Este tipo está completamente loco»
Sentado en un bar de pueblo
Vestido con un traje de terciopelo negro, con chaleco
Oliendo a Marica de la Calle Catorce
Con un tic nervioso en unos ojos pardos
En los que casi no se ve la pupila?

¿Por qué pienso
«Este tipo está chiflado»
Cuando pregunta si ha nevado alguna vez en San Francisco
Si Herb Alpert toca a veces música clásica?

¿Por qué pienso
«Este tipo está majara»
Cuando me dice que tiene muchísimo talento
Pero le falta tiempo para desarrollarlo?

¿Por qué pienso
«Este tipo está como una chota»
Cuando coge la jarrita de la leche
Y la llama «Esta vaquita tan mona»?

Sé por qué
Porque no oculta
La desesperada distancia que le separa de la gente

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12/79
San Anselmo, Ca.

 

 

 

 

xxxHabía penetrado profundamente en las treinta y dos hectáreas de pastos que acababan de brotar y la cabeza no paraba. Podía ver a través de las verdes hojas las marcas dejadas por el tractor en su última pasada. Las profundas depresiones de las huellas del ganado en los sitios en donde el suelo estaba embarrado y se lo habían comido todo y sólo quedaba un corto rastrojo amarillo. Más o menos cuando atajaron el incendio. Oía a mi cuerpo que quería irse y tenderse, pero mi cabeza no le hacía caso. Vi que aquí, al aire libre, era mucho más fácil determinar la hora. Todo aquí entendía íntimamente que el sol se estaba yendo. Hasta los balcones lo dejaban para el día siguiente.
xxxSeguí pensando que allá en el establo había alguien que me llamaba. Oía en realidad su voz y me volví a irar. No había nadie.
xxxMe volví hacia la extensión de tierras y me pregunté hasta dónde ir. Exactamente la misma pregunta que me hice antes, cuando nadaba en el océano. ¿A partir de qué lugar empieza a ser peligroso seguir alejándose? Y comprendí que uno se lo pregunta cuando ya empieza a creer que ha ido demasiado lejos.

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18/12/79
Petaluma, Ca.

 

 

 

Shepard, Sam. Crónicas de motel (Trad. Enrique Murillo). Barcelona; Ed. Anagrama, 1989.

 

MÁS LECTURAS DE VERANO

Bret Easton Ellis

 

 

Yo me concentraba en los que no cantaban la letra; en los que la habían olvidado; en los que seguramente nunca la supieron.

 

RICHARD FORD

Richard Ford

 

 

La vida no es más que un asunto insignificante (…). Hay que esforzarse por hacerla interesante.

 

 

 

Ford, Richard. Incendios. Barcelona; Ed. Anagrama, 1991.

 

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INCENDIOS

Graffiti Cartagena 2

 

 

Yo quería responderle algo, aunque no estuviera hablando conmigo sino consigo, o con nadie. No tenía intención de contarle a mi padre nada de aquello, y quería que ella lo supiera, pero no quería ser el último en hablar. Porque si decía algo, cualquier cosa, mi madre guardaría silencio como si no me hubiera oído, y yo tendría que vivir con mis palabras -fueran cuales fueran- tal vez para siempre. Y hay palabras -palabras importantes- que uno no quiere decir, palabras que dan cuenta de vidas arruinadas, palabras que tratan de arreglar algo frustrado que no debió malograrse y nadie deseó ver fracasar, y que, de todas formas, nada pueden arreglar. Contarle a mi padre lo que había visto o decirle a mi madre que podía confiar en mi absoluta discreción eran palabras de esa clase: palabras que más vale no decir, sencillamente porque, en el gran esquema de las cosas, no sirven para nada.

 

 

 

Ford, Richard. Incendios. Barcelona; Ed. Anagrama, 1991.

 

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LAS CARTAS DE LA AYAHUASCA

diciembre 10, 2013 Deja un comentario

Las cartas de la ayahuasca

 

 

xxESCUCHAD MIS ÚLTIMAS PALABRAS TODO EL MUNDO. ESCUCHAD TODOS VOSOTROS CONSEJOS SINDICATOS Y GOBIERNOS DE LA TIERRA. Y TÚ PODER, VOSOTROS PODERES QUE ESTÁIS DETRÁS DE LOS SUCIOS TRATOS CONSUMADOS EN QUÉ RETRETES PARA LLEVAROS LO QUE NO ES VUESTRO. PARA VENDER LA TIERRA DE DEBAJO DE PIES NONATOS. ESCICHAD. LO QUE TENGO QUE DECIR ES PARA TODOS LOS HOMBRES EN TODAS PARTES. REPITO, PARA TODOS. NADIE ESTÁ EXCLUIDO. GRATIS PARA TODOS LOS QUE PAGAN. GRATIS PARA TODOS LOS QUE SUFREN PAGAN.

xx¿QUÉ MIEDO OS METIÓ EN EL TIEMPO? ¿QUÉ MIEDO OS METIÓ A TODOS EN VUESTROS CUERPOS? ¿EN LA MIERDA PARA SIEMPRE? ¿QUERÉIS QUEDAROS AHÍ PARA SIEMPRE? ENTONCES ESCUCHAD LAS ÚLTIMAS PALABRAS DE HASAN-I SABBAH. ESCUCHAD MIRAD O SEGUID EN LA MIERDA PARA SIEMPRE. ¿QUÉ MIEDO OS METIÓ EN EL TIEMPO? ¿EN EL CUERPO? ¿EN LA MIERDA? OS LO DIRÉ. LA PALABRA. LA PALABRA. AL PRINCIPIO FUE EL VERBO. OS ASUSTÓ A TODOS HASTA METEROS EN LA MIERDA PARA SIEMPRE. SALID PARA SIEMPRE. SALID DE LA PALABRA DEL TIEMPO DEL PARA SIEMPRE. SALID DE LA PALABRA DEL CUERPO DEL PARA SIEMPRE. SALID DE LA PALABRA DE LA MIERDA DEL PARA SIEMPRE. TODOS FUERA DEL TIEMPO PARA ENTRAR EN EL ESPACIO. PARA SIEMPRE. NO HAY NADA QUE TEMER. NO HAY NADA EN EL ESPACIO. ESO ES TODO TODO TODO HASAN-I SABBAH. SI TÚ YO CANCELAMOS TODAS VUESTRAS PALABRAS PARA SIEMPRE. Y LAS PALABRAS DE HASAN-I SABBAH TAMBIÉN LAS CANCELO. A TRAVÉS DE TODOS VUESTROS CIELOS VED LA ESCRITURA SILENCIOSA DE BRION GYSIN HASAN-I SABBAH. LA ESCRITURA DEL ESPACIO. LA ESCRITURA DEL SILENCIO.

 

 

 

Burroughs, William S.; Ginsberg, Allen. Las cartas de la ayahuasca (Trad. Roger Wolfe). Barcelona; Ed. Anagrama, 2006.

 

 

QUEER

Queer

 

 

xx6

xxEl jueves Lee fue a las carreras por recomendación de Tom Weston. Weston era astrólogo aficionado y le aseguró a Lee que los presagios eran buenos. Lee perdió cinco carreras y volvió en taxi al Ship Ahoy.
xxMary y Allerton estaban sentados a una mesa con el jugador de ajedrez peruano. Allerton invitó a Lee a sentarse con ellos.
xx–¿Dónde está esa falsa y puta pronosticadora? –dijo Lee mirando alrededor.
xx–¿Tom te dio algún mal dato?
xx–Eso hizo.
xxMary salió con el peruano. Lee terminó la tercera copa y se volvió hacia Allerton.
xx–Tengo planeado ir pronto a Sudamérica –dijo–. ¿Por qué no me acompañas? No te costará ni un centavo.
xx–Quizá en dinero no.
xx–No soy un  hombre difícil para la convivencia. Podríamos llegar a un acuerdo satisfactorio. ¿Qué puedes perder?
xx–Independencia.
xx–¿Y quién puede quitarte independencia? Por mí, tírate a todas las mujeres de Sudamérica si quieres. Lo único que te pido es que seas bueno con papá, digamos que un par de veces por semana. No es nada excesivo, ¿verdad? Además, te sacaré billete de ida y vuelta para que puedas marcharte cuando lo desees.
xxAllerton se encogió de hombros.
xx–Lo pensaré –dijo–. Tengo trabajo para otros diez días. Cuando lo acabe, te daré una respuesta definitiva.
xx–Tu trabajo… –Lee iba a decir “Te daré el sueldo de diez días”–. De acuerdo –añadió.
xxEl trabajo de Allerton para el periódico era temporal, y de todos modos la pereza le impedía conservar un empleo. Por lo tanto, su respuesta significaba “No”. Lee pensaba volver a hablar con él cuando pasaran diez días. “Mejor no forzar las cosas”, razonó.

 

 

 

Burroughs, William S. Queer. Barcelona; Ed. Anagrama, 2007.

 

YONQUI

Yonqui

 

 

xxÉsta es la pregunta que se plantea con más frecuencia: ¿qué hace que alguien se convierta en drogadicto?
xxLa respuesta es que, normalmente, nadie se propone convertirse en drogadicto. Nadie se despierta una mañana y decide serlo. Por lo menos es necesario pincharse dos veces al día durante tres meses para adquirir el hábito. Y no se experimenta realmente lo que es el síndrome de abstinencia hasta después de varios períodos de adicción separados por épocas de abstinencia. Tardé casi seis meses en adquirir mi primer hábito, y, a pesar de ello, cuando lo dejé los síntomas del síndrome de abstinencia fueron leves. No creo exagerado afirmar que para convertirse en adicto se necesita cerca de un año y varios cientos de pinchazos.
xxNaturalmente, hay quien hace otras preguntas: ¿por qué empieza alguien a usar estupefacientes? ¿Por qué sigue usándolos hasta convertirse en adicto? Uno se hace adicto a los narcóticos porque carece de motivaciones fuertes que lo lleven en cualquier otra dirección. La droga llena un vacío. Yo empecé por pura curiosidad. Luego empecé a pincharme cada vez que me apetecía. Terminé colgado. La mayor parte de los adictos con los que he hablado tuvieron una experiencia semejante. No empezaron a consumir drogas por ninguna razón en concreto. Quien nunca haya sido adicto, no puede hacerse la idea de lo que significa necesitar droga con la tremenda intensidad de quien está enganchado. Nadie decide convertirse en yonqui. Una mañana se levanta sintiéndose muy mal y se da cuenta de que lo es.
xxJamás he lamentado mi experiencia con las drogas. Creo que gracias a haberlas usado de modo intermitente en la actualidad mi salud es mejor de lo que sería si nunca las hubiera probado. Cuando uno deja de crecer, empieza a morir. Un adicto nunca deja de crecer. Muchos adictos se abstienen de las drogas periódicamente, lo que implica que el organismo expulsa las sustancias nocivas al contraerse, y las células que dependen de la droga son reemplazadas. Una persona que consume drogas está en un estado continuo de contracción y crecimiento en su ciclo diario de necesitar pincharse para poder sentir la satisfacción de haberse pinchado.
xxMuchos adictos parecen más jovenes de lo que son. Recientemente, se han realizado experimentos científicos con un gusano al que obligaban a contraerse suprimiéndole la laimentación. Al contraerse periódicamente, el gusano estaba en crecimiento continuo, de modo que su vida era prolongada indefinidamente. Si un yonqui pudiera mantenerse de modo permanente en el estado en que se siente cada vez que deja la droga, quizá podría vivir hasta una edad increíblemente longeva.
xxLa droga es una ecuación celular que enseña a quien la usa hechos de validez general. Yo he aprendido muchísimo gracias a su uso: he visto medir la vida por las gotas de solución de morfina que hay en un cuentagotas. He experimentado la angustiosa privación que provoca el síndrome de abstinencia, y el placer del alivio cuando las células sedientas de droga beben de la aguja. Quizá todo placer sea alivio. He aprendido el estoicismo celular que la droga enseña al que la usa. He visto una celda llena de yonquis enfermos, silenciosos e inmóviles, en aislada miseria. Sabían que era inútil quejarse o moverse. Sabían que, en el fondo, nadie puede ayudar a nadie. Nadie tiene una clave o un secreto que pueda comunicar a los demás.
xx He aprendido la ecuación de la droga. La droga no es, como el alcohol o la hierba, un medio para incrementar el disfrute de la vida. La droga no proporciona alegría ni bienestar. Es una manera de vivir.

 

 

 

Burroughs, William S. Yonqui. Barcelona; Ed. Anagrama, 2008.

 

PULP

pulp

 

xx1

xxYo estaba sentado en mi oficina, mi contrato de alquiler había vencido y McKelvey estaba empezando los trámites para deshauciarme. Aquel día hacía un calor del demonio y el aire acondicionado se había roto. Una mosca se paseaba lentamente por encima de mi escritorio. Extendí el brazo con la palma de la mano abierta y la puse fuera de juego. Me estaba frotando la mano con la pernera derecha del pantalón cuando sonó el teléfono. Lo cogí.
xx–¿Sí? –dije.
xx–¿Ha leído usted a Céline? –preguntó una voz femenina. La voz era bastante sexy y yo llevaba mucho tiempo solo. Décadas.
xx–¿Céline? –dije–. Ummm…
xx–Quiero a Céline –dijo ella–. Tengo que conseguirlo.
xxAquella voz tan sexy me estaba poniendo realmente cachondo.
xx–¿Céline? –dije–. Deme alguna información. Hábleme, señora, siga hablando…
xx–Súbase la cremallera –me contestó.
xxMiré hacia abajo.
xx–¿Cómo lo sabe? –le pregunté.
xx–Da igual. Lo que quiero es a Céline.
xx–Céline está muerto.
xx–No lo está. Quiero que le encuentre. Quiero tenerlo.
xx–Puedo encontrar sus huesos.
xx–No, estúpido, ¡está vivo!
xx–¿Dónde?
xx–En Hollywood. He oído que se ha pasado varias veces por la librería de Red Koldowsky.
xx–Entonces, ¿por qué no va a buscarlo usted?
xx–Porque antes quiero saber si es el auténtico Céline. Tengo que estar segura, absolutamente segura.
xx–Pero ¿por qué ha recurrido a mí? Hay cientos de detectives en esta ciudad.
xx–John Barton le ha recomendado a usted.
xx–Ah, Barton, sí. Bueno, escuche, tendrá que darme algún adelanto y tendré que verla a usted en persona.
xx–Estaré ahí dentro de unos minutos –dijo.
xxElla colgó, yo me subí la cremallera.

xxY esperé.

 

 

 

Bukowski, Charles. Pulp (Trad. Cecilia Ceriani y Txaro Santoro). Barcelona; Ed. Anagrama, 2003.

 

MÚSICA DE CAÑERÍAS

Música de cañerías

 

 

xxFrancine se dio la vuelta hacia él y él la abrazó. Los borrachos de las tres de la madrugada, en todos los Estados Unidos, miraban fijamente a las paredes, dándose finalmente por vencidos. No tenías que esatr borracho para sentirte destrozado, para que te liquidase una mujer; pero podías sentirte destrozado y convertirte en un borracho. Durante un tiempo, especialmente si eras joven, podías pensar que te acompañaba la suerte; y a veces así era. Toda clase de estadísticas y de leyes entraban en acción para mantenerte en la inopia. Luego, una noche, la calurosa noche de un jueves de verano, te convertías en el borracho, tú estabas completamente solo en una habitación de alquiler, una habitación de tres al cuarto; y, por mucha experiencia que hubiese de noches similares, daba lo mismo; o era peor aún. Porque habías llegado a pensar que no tendrías que volver a afrontarlos. Lo único que podías hacer era encender otro cigarrillo, servirte otro whisky, mirar las paredes desconchadas a la busca de labios y de ojos. Lo que los hombres y las mujeres se hacían mutuamente era del todo incomprensible.
xxToni abrazó a Francine con más fuerza, apretó su cuerpo silenciosamente contra el de ella y escuchó su respiración. Era horrible tener otra vez que tomarse en serio una mierda así.
xxLos Angeles era una locura. Escuchó. Los pájaros ya estaban en acción, gorjeando, y, sin embargo, era noche cerrada. Pronto la gente inundaría las autopistas. Pronto se oiría su ronroneo incesante, sumado al de los coches que se pondrían en marcha por doquier en las calles. Y, mientras tanto, los borrachos de las tres de la mañana del universo, yacerían en sus lechos intentando conciliar el sueño, que tanto merecían, e intentándolo en vano.

 

 

 

Bukowski, Charles. Música de cañerías (Trad. J. M. Alvarez Flórez y Ángela Pérez). Barcelona; Ed. Anagrama, 2006.

 

LA SENDA DEL PERDEDOR

la senda del perdedor

 

xx51

xxSólo conocí un estudiante en la Universidad que me gustara: Robert Becker. Él quería ser escritor.
xx–Voy a aprender todo lo que aquí me puedan enseñar sobre el arte de escribir. Va a ser como desmontar completamente un coche y luego montarlo de nuevo.
xx–Eso parece mucho trabajo –dije.
xx–Voy a hacerlo.
xxBecker era dos o tres centímetros más bajo que yo pero era rechoncho y de fuerte complexión, con grandes hombros y brazos.
xx–Tuve una enfermedad infantil –me dijo–, tuve que estar en cama durante un año apretando dos pelotas de tenis, una en cada mano. Sólo por hacer eso he llegado a ser como soy.
xxTenía un trabajo como mensajero nocturno y se pagaba las clases.
xx–¿Cómo obtuviste tu trabajo?
xx–Conocí a un tipo que conocía a un tipo.
xx–Seguro que te puedo dar una tunda.
xx–Quizás sí, quizás no. Sólo me interesa escribir.
xxEstábamos sentados en una habitación situada por encima del prado. Dos chicos estaban mirándome.
xxUno de ellos habló:
xx–¡Oye! –me preguntó–. ¿Te importaría si te pregunto algo?
xx–Adelante.
xx–Bueno, solías ser un mariquita en la escuela elemental, me acuerdo de ti. Y ahora eres un tío duro. ¿Qué pasó?
xx–No lo sé.
xx–¿Eres cínico?
xx–Probablemente.
xx–¿Eres feliz siendo cínico?
xx–Sí.
xx–¡Entonces no eres un cínico, porque los cínicos no son felices!
xxLos dos chicos ejecutaron unos pasos de vodevil y se fueron riendo.
xx–Te han hecho quedar mal –dijo Becker.
xx–No, exageraban demasiado.
xx–¿Eres cínico?
xx–Soy infeliz. Si fuera cínico, probablemente me sentiría mucho mejor.
xxSalimos de la habitación. Las clases se habían terminado. Becker quería guardar sus libros en la taquilla. Nos acercamos hasta ellas y los guardamos. Becker me pasó cinco o seis hojas de papel.
xx–Toma, lee esto. Es una narración breve.
xxNos acercamos de nuevo a mi taquilla, la abrí y le tendí una bolsa de papel.
xx–Toma un trago…
xxEra una botella de oporto.
xxBecker dio un sorbo y yo otro.
xx–¿Siempre guardas una botella en tu taquilla? –me preguntó.
xx–Lo intento.
xx–Escucha, esta noche libro. ¿Por qué no vienes y te presento a algunos de mis amigos?
xx–La gente no me cae muy bien.
xx–Estos tipos son diferentes.
xx–¿Sí? ¿Dónde nos vemos? ¿En tu casa?
xx–No. Aquí, te escribiré la dirección… –empezó a escribir en un trozo de papel.
xx–Escucha, Becker, ¿a qué se dedican esos amigos tuyos? –quise saber.
xx–Beben –dijo Becker.
xxMe guardé el papel en el bolsillo.

xxEsa noche después de cenar leí la narración de Becker. Era buena y me sentí celoso. Contaba cómo por la noche llevaba un telegrama en su bicicleta a una mujer hermosa. Su estilo era objetivo y claro y suavemente pudoroso. Becker reconocía estar influenciado por Thomas Wolfe, pero no se lamentaba y exageraba como hacía Wolfe. Su narración tenía sentimiento pero sin estar subrayado en letras de neón. Becker sabía escribir; sabía escribir mejor que yo.

xxMis padres me habían conseguido una máquina de escribir y yo había intentado escribir algunas narraciones breves, pero sólo conseguí historias amargas y confusas. No es que fueran muy malas, pero parecían implorar, no tenían vitalidad propia. Mis historias eran más oscuras y extrañas que las de Becker, pero no servían. Bueno, una o dos de ellas me parecían buenas, pero creo que acerté por casualidad en lugar de dirigirlas desde el principio. Becker era claramente mejor. Quizás intentaría dedicarme a la pintura.

 

 

 

Bukowski, Charles. La senda del perdedor (Trad. Jorge G. Berlanga y Ernesto Giménez-Caballero Alba). Barcelona; Ed. Anagrama, 2006.

 

HIJO DE SATANÁS

música de cañerías

 

xxPasaron los meses. Tal vez un año. Terminé la novela y me preguntaba si volvería a escribir otra. Bueno, aquello no importaba. Todavía tenía los caballos, la poesía y los cuentos cortos.
xxPor esa época empecé a recibir cartas de gente que me decía que habían acabado las “Canciones del suicida” y que la estaban poniendo en Italia. Después me enteré de que la estaban poniendo en Alemania y después en Francia. Me enteré por una media docena de personas que la habían visto. El escritor es casi siempre el último de la lista. De todos modos, ¿qué es un escritor? Un escritor es como una puta. Utilizas a una puta y luego has terminado con ella.
xxCreen que si los escritores sufren serán mucho mejores. Eso es pura mierda. El sufrimiento es exactamente igual que cualquier otra cosa: si te dan demasiado, al cabo de un tiempo puedes hundirte. Es el intento de escapar del sufrimiento lo que crea grandes escritores: te sientes tan bien que haces que los lectores se sientan bien.
xxBueno, no importa. La película llegó por fin a Hollywood, iban a estrenarla en un cine de Melrose. El teléfono empezó a sonar. Demasiado. Pero no era ni Garabaldi ni Bellini, era el distribuidor y los amigos del distribuidor. Éste era todo un grupo nuevo. Un tipo, un publicista del distribuidor, Benji,  quería entrevistarme. Tenía la costumbre de llamar a las 8 de la mañana.
xx–No, Benji, nada de entrevistas…
xx–¡Ayudará a la película!
xx–No voy a respaldar la película. He oído que es una mierda.
xx–¡No, es fantástica! ¡Fantástica! Déjame sólo hacerte algunas preguntas de cuando escribiste El suicida. Ayudará…
xx–¡NO ME JODAS, BENJI, TE HE DICHO DOS VECES QUE TRABAJO HASTA MUY TARDE POR LA NOCHE Y QUE NO ME LLAMES NUNCA ANTES DEL MEDIODÍA!
xx–Pero al mediodía ya te has ido al hipódromo!
xx–Eso es.
xxClic…

 

 

 

Bukowski, Charles. Hijo de Satanás (Trad. Cecilia Ceriani y Txaro Santoro). Barcelona; Ed. Anagrama, 2004.

 

HOLLYWOOD

hijo de satanás

 

xx41

xxAhí estaba. La película iba pasando. El camarero me estaba golpeando en el callejón. Como he explicado antes, yo tenía las manos pequeñas, lo cual constituye una terrible desventaja en una pelea con los puños. Este camarero en particular tenía unas manos enormes. Para colmo de las desgracias yo soportaba muy bien un puñetazo, lo cual me permitía aguantar muchas más palizas. Alguna ventaja tenía de mi lado: no tenía demasiado miedo. Las peleas con el camarero era una forma de pasar el tiempo. Después de todo, no iba uno a estar todo el día y toda la noche sentado en el taburete de un bar. Y además no se sentía demasiado dolor durante la pelea. El dolor llegaba a la mañana siguiente y no era para tanto si uno había logrado regresar a la habitación.
xxY al pelear dos o tres veces por semana yo cada vez lo iba haciendo mejor. O el camarero iba haciéndolo peor.
xxPero eso había sido hacía más de cuatro décadas. Ahora estaba sentado en una sala de proyecciones en Hollywood.
xxNo es necesario recordar aquí la película. Tal vez sea mejor relatar aquí una parte que no aparece. Más adelante en la película está esa dama que quiere cuidarme. Ella cree que soy un genio y quiere apartarme de las calles. En la película no me quedo en casa de la dama más que una noche. Pero en la vida real me quedé alrededor de 6 semanas.

xxLa dama, Tully, vivía en aquella gran casa de Hollywood Hills. La compartía con otra dama, Nadine. Tanto Tully como Nadine eran ejecutivas con mucho poder. Estaban en el mundo del espectáculo: música, publicidad, lo que fuera, Parecían conocer a todo el mundo y había dos o tres fiestas por semana, montones de gente típica de Nueva York. A mí no me gustaban las fiestas de Tully y me divertía cogiendo una buena cogorza e insultando al mayor número de gente posible.
xxY con Nadine vivía un chico un poco más joven que yo. Era compositor, o director o lo que sea, temporalmente sin trabajo. Al principio no me gustaba, tropezaba continuamente con él por toda la casa o fuera, en el patio, sobre todo por las mañanas, cuando estábamos los dos con resaca. Él siempre llevaba aquel maldito pañuelo al cuello.
xxUna mañana, alrededor de las 11, estábamos en el patio sorbiendo unas cervezas, y tratando de reponernos de nuestras resacas. Se llamaba Rich. Me miró.
xx–¿Necesitas otra cerveza?
xx–Por supuesto… Gracias…
xxFue a la cocina, volvió a salir, me dio mi cerveza, luego se sentó.
xxRich dio un buen trago. Después suspiró profundamente.
xx–No sé cuánto tiempo más podré engañarla…
xx–¿Qué?
xx–Quiero decir que no tengo ningún talento de ningún tipo. Es todo una bola.
xx–Soberbio –dije–, eso es realmente soberbio. Te admiro.
xx–Gracias. ¿Y tú qué?–me preguntó.
xx–Yo escribo a máquina. Pero ése no es el problema.
xx–¿Cuál es?
xx–Tengo el pito al rojo vivo de tanto follar. Nunca le parece bastante.
xx–Yo tengo que comérselo a Nadine todas las noches.
xx–Jesús…
xx–Hank, no somos nada más que un par de mantenidos.
xx–Rich, estas mujeres liberadas nos tienen cogidos por las pelotas.
xx–Creo que ahora deberíamos pasarnos al vodka –dijo.
xx–Muy bien.

xxEsa noche, cuando llegaron nuestras chicas ninguno de los dos fuimos capaces de cumplir con nuestras obligaciones.
xxRich duró otra semana, luego se fue.
xxDespués de eso solía toparme con Nadine andando desnuda por la casa, normalmente cuando Tully no estaba.
xx–¿Qué coño estás haciendo? –pregunté por fin.
xx–Ésta es mi casa y si quiero andar corriendo con el culo al aire, eso es asunto mío.
xx–Venga, Nadine, ¿qué pasa realmente? ¿Quieres un poco de ñaca-ñaca?
xx–Ni aunque fueras el último hombre en la tierra.
xx–Si fuese el último hombre en la tierra tendrías que hacer cola.
xx–Tendrías que agradecerme que no se lo cuente a Tully.
xx–Vale, pero deja ya de andar corriendo por la casa bamboleando el conejito.
xx–¡Guarro!
xxSubió corriendo por la escalera, plop, plop, plop. Culo grande. Se oyó un portazo. No fui detrás de él. Una mercancía totalmente sobrevalorada.
xxEsa noche cuando llegó, Tully me envió fuera de la ciudad, a Catalina, durante una semana. Creo que sabía que Nadine estaba en celo.
xxEso no salía en la película. No se puede poner todo en una película.

xxY entonces, de vuelta a la sala de proyecciones, la película se había acabado. Aplaudieron. Todos íbamos de un lado a otro estrechándonos las manos, abrazándonos. Éramos todos fantásticos, claro que sí.
xxEntonces Harry Friedman me vio. Nos abrazamos, luego nos dimos la mano.
xx–Harry –le dije–, ahí tienes un ganador.
xx–Sí, sí, ¡un guión fantástico! ¡Oye, he oído que has hecho una novela sobre prostitutas!
xx–Sí.
xx–Quiero que me escribas un guión sobre eso. ¡Quiero hacerlo!
xx–Por supuesto, Harry, por supuesto…
xxEntonces vio a Francine Bowers y salió corriendo hacia ella.
xx–Francine, muñeca, ¡estabas magnífica!
xxLas cosas se fueron tranquilizando gradualmente y la sala se quedó vacía. Sarah y yo salimos.
xxLance Edwards y su coche se habían ido. Nos esperaba una larga caminata hasta nuestro coche. No importaba. La noche estaba clara y fresca. Ya estaba terminada la película y pronto estaría en los cines. Los críticos tendrían la palabra. Yo sabía que se hacían demasiadas películas, una tras otra tras otra. El público veía tantas películas que ya no sabía ni lo que veía, y a los críticos les pasaba lo mismo.
xxDe nuevo estábamos en el coche camino a casa.
xx–A mí me ha gustado –dijo Sarah–, aunque hay partes…
xx–Ya lo sé. No es una película inmortal, pero es buena.
xx–Sí, lo sé…
xxEn ese momento entramos en la autopista.
xx–Tengo ganas de ver los gatos –dijo Sarah.
xx–Yo también…
xx–¿Vas a escribir otro guión?
xx–Espero que no…
xx–Harry Friedman quiere que vayamos a Cannes, Hank.
xx–¿Qué? ¿Y dejar los gatos?
xx–Dijo que lleváramos los gatos.
xx–¡Ni hablar!
xx–Eso mismo le dije yo.
xxHabía sido una buena noche y habría otras. Me puse en el carril de la izquierda y aceleré.

 

 

 

Bukowski, Charles. Hollywood (Trad. Cecilia Ceriani). Barcelona; Ed. Anagrama, 2005.

 

MUJERES

noviembre 30, 2013 Deja un comentario

hollywood

 

xxDespués de que Sammy se fuera, Lydia me dijo:
xx–No tenías por qué haberle largado. Sammy es un tío divertido, de lo más cachondo. Heriste sus sentimientos.
xx–Pero yo quiero hablar contigo a solas, Lydia.
xx–Me gustan tus amigos. Yo no conozco a tantos tipos de gente como tú conoces. ¡A mí me gusta la gente!
xx–A mí no.
xx–Ya sé que a ti no, pero a mí . La gente viene a verte. Quizá si no viniesen a verte los apreciaras más.
xx–No, cuanto menos les veo más me gustan.
xx–Heriste los sentimientos de Sammy.
xx–Oh, mierda, se fue a casa de su madre.
xx–Eres celoso, eres un ser inseguro. Te crees que me quiero ir a la cama con todos los hombres a los que hablo.
xx–No, no creo. Oye, ¿te apetece un trago?
xxMe levanté y le preparé uno. Lydia encendió un largo cigarrillo y miró ensimismada su bebida.
xx–Tienes de verdad una pinta estupenda con ese sombrero –le dije–, esa pluma púrpura es soberbia.
xx–Es el sombrero de mi padre.
xx–¿Y no lo echa de menos?
xx–Está muerto.
xxLa eché en el sofá y le di un largo beso. Ella me habló de su padre. Al morir les había dejado a las cuatro hermanas algo de dinero. Eso les había permitido independizarse y le había permitido a Lydia divorciarse de su marido. Me contó también que pasó una temporada muy depresiva y que estuvo algún tiempo en un manicomio. La besé de nuevo.
xx–Oye –le dije–, vamos a echarnos en la cama. Estoy cansado.
xxPara mi sorpresa, ella me siguió al dormitorio. Me tumbé en la cama y noté como ella se sentaba. Cerré los ojos y me pareció sentir que se quitaba las botas. Oí caer una bota al suelo, luego la otra. Yo empecé a desnudarme en la cama. Me incorporé un poco y apagué la luz. Me acabé de desvestir. Nos besamos más.
xx–¿Cuánto tiempo hace que no estás con una mujer?
xx–Cuatro años.
xx–¿Cuatro años?
xx–Sí.
xx–Creo que te mereces algo de amor –dijo–. Soñé un día contigo. Abrí tu pecho como si fuera un gabinete, tenía puertas, y cuando abría las puertas veía toda clase de cosas suaves: ositos de peluche, pequeños animales de piel aterciopelada y todas estas cosas blandas y suaves que daban ganas de acariciar. Luego tuve otro sueño acerca de otro hombre. Se me acercaba y me entregaba unas hojas de papel. Era un escritor. Cogí las hojas de papel y las miré. Y aquellas hojas de papel tenían cáncer. Su escritura tenía cáncer. Yo me gobierno por mis sueños. Tú te mereces algo de amor.
xxNos besamos otra vez.
xx–Escucha –me dijo–, cuando me hayas metido esa cosa dentro, sácala justo antes de correrte, ¿de acuerdo?
xx–Entiendo.
xxMe monté encima de ella. Era algo bueno. Era algo que estaba ocurriendo, algo real, y con una chica veinte años más joven que yo, algo, al fin y al cabo, hermoso. Pegué como unas diez sacudidas… y me corrí dentro de ella.
xxElla se levantó de un brinco.
xx–¡Tú, hijo-de-puta! ¡Te has corrido dentro!
xx–Lydia, hacía tanto tiempo… me sentía tan bien… no pude evitarlo. ¡Me salió sin darme cuenta! Te doy mi palabra de que no pude evitarlo.
xxSe fue corriendo al baño y abrió el grifo de la bañera. Se puso delante del espejo pasándose un peine por todo aquel largo pelo marrón. Estaba verdaderamente bella.
xx–¡Hijo de puta! Dios, vaya un sucio truco de bachillerato. ¡Es una memez de escolares! ¡Y no ha podido ocurrir en peor momento! ¡Bueno, los dos estamos juntos en esto! ¡Es cosa de los dos!
xxMe acerqué hasta ella.
xx–Lydia, te amo.
xx–¡Lárgate de mi vista!
xxMe sacó de un empujón y cerró la puerta. Me quedé fuera en la sala, oyendo correr el agua de la bañera.

 

 

 

Bukowski, Charles. Mujeres (Trad. Jorge Berlanga). Barcelona; Ed. Anagrama, 2000.

 

ESCRITOS DE UN VIEJO INDECENTE

noviembre 29, 2013 Deja un comentario

escritos de un viejo indecente


xxno sé si fueron aquellos caracoles chinos de culitos redondos o si fue el turco del alfiler de corbata púrpura o si fue simplemente que yo tenía que irme a la cama con ella siete u ocho o nueve veces ppor semana, o algo más, algo más, algo, pero estuve una vez casado con una mujer, una chica, que iba a heredar un millón de dólares. sólo faltaba que se muriera alguien, pero en aquella parte de Texas no hay contaminación y comen bien y beben de lo mejor y van al médico por un arañazo o un estornudo. ella era ninfomaníaca, tenía no sé qué en el cuello, y, para decirlo de una vez y claro, fueron mis poemas, ella creía que mis poemas eran lo más grande desde Black, no, quiero decir Blake… Blake. y algunos lo son. o algo más. ella escribía. yo no sabía que tenía un millón. yo sencillamente estaba sentado allí en una habitación en N. Kingsley Dr., recién salido del hospital donde había ingresado con hemorragias, por arriba y por abajo, mi sangre por todo el hospital general del condado, y ellos diciéndome después de nueve pintas de sangre y nueve pintas de glucosa: “untrago más y muere”. vaya modo de hablarle a un suicida. sentado en aquella habitación noche tras noche rodeado de latas de cerveza llenas y vacías, escribiendo poemas, fumando puros baratos, muy pálido y débil, esperando que cayera la barrera final.
xxentretanto, las cartas. yo las contestaba. después de decirme lo extraordinarios que eran mis poemas, me incluyó unos cuantos suyos (no demasiado malos) y luego llegó el asunto: “ningún hombre se casará conmigo. por mi cuello. no puedo girarlo”. seguí oyendo esto: ” ningún hombre se casará conmigo, ningún hombre se casará conmigo. ningún hombre se casará conmigo”. así que lo hice una noche borracho: “¡por amor de Dios, ya me casaré yo! cálmate”. mandé la carta y me olvidé. pero ella no. ella había estado mandándome fotos en las que tenía muy buena pinta. luego, después de decirle aquello, llegaron algunas fotos realmente horribles. contemplé aquellas fotos y REALMENTE me emborraché con ellas. caí de rodillas en el centro de la alfombra. estaba aterrado. decía: “me sacrificaré. si un hombre puede hacer feliz a una sola persona en la vida, su vida está justificada”. demonios, tenía que buscarme algún tipo de consuelo. en fin, miraba una de aquellas fotografías y se me encogía el alma. y gritaba y allá se iba una lata de cerveza entera.
xxo quizás no fuesen aquellos caracoles chinos de culito redondo. quizás fuese la clase de arte. veamos, veamos.
xxbueno, ella salió de un autobús. mamá no lo sabía, papá no lo sabía. el abuelo no lo sabía. estaban en algún sitio de vacaciones y ella sólo quería un pequeño cambio. me encontré con ella en la estación de autobús. es decir, me senté allí borracho esperando que una mujer a la que jamás había visto saliese de un autobús, esperando a una mujer con la que jamás había hablado, para casarme con ella. estaba loco. yo no pertenecía a las calles. sonó el altavoz. era su autobús. miré a la gente que salía. y ahí llega esa linda y atractiva rubia de tacones altos, toda culo y meneo y joven, joven, veintitrés, y no tenía nada en el cuello. ¿podía ser aquélla? ¿habría perdido el autobús? me acerqué.
xx–¿eres Bárbara? –pregunté.
xx–sí –dijo ella–. y tú eres Bukowski, supongo.
xx–supongo que lo soy. ¿nos vamos?
xx–de acuerdo.
xxentramos en el viejo coche y la llevé a mi casa.
xx–estuve a punto de bajar del autobús y dar la vuelta.
xx–no te lo reprocho.
xxentramos y bebimos algo más pero ella dijo que no se iría a la cama conmigo hasta que nos casáramos. así que dormimos un poco y luego yo llevé el coche hasta Las Vegas, y de vuelta, nos casamos. conduje hasta Las Vegas y de vuelta sin descansar y luego nos metimos en la cama y mereció la pena. la PRIMERA vez. ella me había dicho que era ninfomaníaca, pero yo no lo había creído. después de la tercera o cuarta ronda empecé a creerlo. comprendí que me había metido en un lío. todos los hombres se creen que pueden domesticar a una ninfomaníaca, pero sólo conduce a la tumba… para el hombre.

 

 

 

Bukowski, Charles. Escritos de un viejo indecente (Trad. J. M. Alvarez y Ángela Pérez). Barcelona; Ed. Anagrama, 2005.

 

CARTERO

noviembre 28, 2013 Deja un comentario

cartero

 

xx17

xxDespués de 3 años llegué a “regular”. Eso significaba paga en vacaciones (los auxiliares no tenían paga) y una semana de 40 horas con 2 días libres. La Roca se vio también forzado a asignarme un sector permanente de 5 rutas. Eso era todo lo que tenía que controlar, 5 rutas diferentes. Con tiempo, podía conocer las cajas como la palma de mi mano, y todos los atajos y trampas de cada ruta. Cada día sería más fácil. Aquello podía empezar a ser confortable.
xxDe todas formas, no me sentía demasiado feliz. Yo no era un hombre que buscara deliberadamente el sufrimiento, el trabajo era todavía bastante difícil, pero de alguna forma echaba en falta el viejo encanto de mis días de auxiliar, aquel no-saber-qué-coño iba a pasar a continuación.
xxUnos pocos regulares vinieron a estrecharme la mano.
xx–Felicidades –me dijeron.
xx–Ya –dije.
xx¿Felicidades por qué? Yo no había hecho nada. Ahora era un miembro del club. Era uno de los muchachos. Podía continuar allí durante años, incluso llegar a tener mi propia ruta. Recibir regalos de Navidad. Y cuando llamara diciendo que estaba enfermo, le dirían a algún pobre bastardo auxiliar:
xx–¿Qué le ha pasado al cartero de siempre? Llega usted tarde. El cartero de siempre nunca llega tarde.
xxEn fin, así estaba. Entonces salió una circular diciendo que ni la gorra ni ninguna otra parte del equipo podían ponerse encima de la caja de cartero. La mayoría de los chicos dejaban sus gorras allí encima. No molestaba para nada y ahorraba un viaje al vestuario. Ahora, después de 3 años de dejar allí mi gorra, me ordenaban que no lo hiciera.
xxBueno, seguía llegando con resaca y mi mente no estaba como para pensar en cosas como gorras. Así que un día después de que saliera la orden mi gorra estaba allí.
xxLa Roca vino corriendo con la amonestación. Decía que iba contra las reglas el tener parte del equipo encima de la caja. Metí el papel en mi bolsillo y seguí clasificando cartas. La Roca se sentó en su silla, girándose de un lado a otro y mirándome. Todos los demás carteros habían puesto sus gorras en sus armarios. Excepto yo y otro tipo, un tal Marty. Y La Roca se había acercado a Marty y le había dicho:
xx–Bueno, Marty, ya leíste la orden. Se supone que tu gorra no debe esatr encima de la caja.
xx–Oh, lo siento, señor. Es la costumbre, ya sabe. Lo siento –había contestado Marty, quitando su gorra de la caja y subiendo corriendo a dejarla en su armario.
xxA la mañana siguiente me olvidé de nuevo. La Roca vino con la amonestación.
xxDecía que iba contra las reglas el tener parte del equipo encima de la caja.
xxMe la metí en el bolsillo y seguí clasificando cartas.

xxA la mañana siguiente, cuando entré, pude ver a La Roca observándome. Me observaba de forma muy deliberada. Estaba esperando a ver qué hacía con la gorra. Le dejé esperar un rato. Entonces me quité la gorra de la cabeza y la puse encima de la caja.
xxLa Roca vino corriendo con su amonestación.
xxNo la leí. La tiré a la papelera, dejé la gorra donde estaba y seguí con el correo.
xxPude oír a La Roca con la máquina de escribir. Había rabia en el sonido de las teclas.
xx¿Dónde habrá aprendido éste a escribir a máquina?, me preguntaba.
xxVolvió de nuevo. Me entregó una segunda amonestación.
xxLe miré.
xx–No tengo por qué leerla. Ya sé lo que dice. Dice que no he leído la primera amonestación.
xxTiré la segunda amonestación a la papelera.
xxLa Roca volvió corriendo a su máquina de escribir.
xxMe entregó una tercera amonestación.
xx–Mire –le dije–, ya sé lo que dicen todos estos papeles. El primero era por tener mi gorra sobre la caja. El segundo por no leer el primero. Este tercero es por no leer ni el primero ni el segundo.
xxLe miré y entonces dejé caer la amonestación en la papelera sin leerla.
xx–Puedo tirar estas cosas tan rápido como usted las escriba. Puede continuar durante horas, y muy pronto uno de los dos a a empezar a caer en el ridículo. Me refiero a usted.
xxLa Roca volvió a su silla y se sentó. No escribió más. Simplemente se quedó allí observándome.
xxAl día siguiente no fui. Me quedé durmiendo hasta mediodía. No avisé por teléfono. Luego bajé hasta el Edificio Federal. Les conté a lo que iba. Me pusieron delante de una vieja muy flaca. Tenía el pelo gris y un cuello muy estrecho que de repente se doblaba por la mitad, lo cual le hacía inclinar su cabeza hacia delante; se quedó mirándome por encima de sus gafas.
xx–¿Sí?
xx–Quiero dimitir.
xx¿Dimitir?
xx–Sí, dimitir.
xx–¿Y es usted un cartero regular?
xx–Sí –dije.
xx–Tsch, tsch, tsch, tsch, tsch, tsch, tsch –se puso a hacer este sonido con sus labios secos.
xxMe entregó los papeles necesarios y yo me senté a rellenarlos.
xx–¿Cuánto tiempo lleva en el Servicio de Correos?
xx–Tres años y medio.
xx–Tsch, tsch, tsch, tsch, tsch, tsch, tsch, tsch –siguió–, tsch, tsch, tsch, tsch.
xxY eso fue todo. Volví a casa con Betty y descorchamos la botella.
xxPoco podía imaginarme que un par de años después volvería allí como empleado y que me pasaría cerca de 12 años jorobándome doblado sobre un taburete.

 

 

 

Bukowski, Charles. Cartero (Trad. Jorge Berlanga). Barcelona; Ed. Anagrama, 2005.

 

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