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CUATRO POEMAS DE ‘CRÍMENES’

septiembre 4, 2018 Deja un comentario

 

PEQUEÑA BIOGRAFÍA

Debe ser que especialmente hoy se siente triste. Sufre la
xxxhumillación de no tener trabajo y la miseria que le
xxxdeshace el corazón.

Debe ser que tiene treinta años y lleva gafas desde los
xxxnueve y medio, y ha visto siempre el rostro de los ven-
xxxcedores con una inexacta enfermedad.

Sabe que él no será jamás un hombre afortunado, que no
xxxpodrá obtener una casa amueblada, un coche de dos
xxxlitros o una chica estupenda.

Sabe que una pantalla de desesperación lo separa del mun-
xxxdo.

Sin embargo, sueña con una moto negra y un gimnasio y
xxxalguna vez soñó con ser teclista de un grupo musical.

Vive, actualmente, un poco de la venta de kleenex y de coca.
xxxTiene una guitarra de 100.000 pesetas y una minicadena
xxxSony que consiguió por el “Segunda Mano”.

Le gustan mucho las primeras pelis de Almodóvar. Dice que
xxxson como la vida que él conoce.

Tuvo una novia de duro estilo skin pero ella huyó a la cos-
xxxta y pasa de los tíos.

Debe ser que pensando en su vida, hoy, se siente especial-
xxxmente triste y triste.

El caso es que ahora tiene en su cama a una mujer atada
xxxy la está torturando…

Hay momentos en que se va al servicio y se mira al espejo…
xxxSin gafas, le parece que tiene un cierto aire con Antonio
xxxBanderas.

Continuamente se lava las manos para dar de comer pasteles
xxxa la chica…

Continuamente cree que ha cruzado la infancia…

 

 

 

LA LECTURA

En pijama, leyendo una novela,
está la niña que ha matado al padre,
al lado de la cama tiene al muerto
tirado encima de un montón de libros.

Tres horas han pasado de la muerte
y al orificio de la bala asoma
un resplandor de oscura procedencia
que va cobrando forma de demonio.

Ella sigue leyendo, distraída,
comiendo chocolate y avellanas,
algo intuye que pasa extraordinario:
del libro están cayéndose las letras.

Todo el pijama goteando sílabas,
toda la cama llena de sintaxis,
todo el ambiente rojo de palabras,
toda en desorden una lengua, muda.

Y el padre se levanta del vacío,
se sienta al borde de la cama, serio,
se saca del bolsillo una cartilla
y empieza la lección de otro lenguaje.

 

 

 

LA AUTOPSIA

Supe desde aquel día que la muerte era errónea.
Estaba construida con sus artes de magia,
sobre la mesa yerta de acero inoxidable.

Entré en aquella cámara para ver a mi madre
ya finalmente muerta, húmedamente horrible.

Un costurón de sastre torcido y presuroso
cerraba las entrañas
que contuvieron tibios orígenes humanos.

Todo su cuerpo estaba barrenado y vacío,
cuencas, cráneo, pulmones,
el invierno más frío de la guarida humana.

¡Qué fúnebre la luz de aquel piloto rojo
dando esmalte de muerte al bloque conservado!

¡Qué nostalgia en las sienes machacadas con lascas,
allí entre tanto eclipse del mundo tenebroso!

El espanto del tiempo guardaba en la vitrina
los ojos y las vísceras sin olor ni destino.

Yo había visto muertos soberbios y elegantes,
sencillos, maliciosos, valientes o confusos.
Pero nunca un reciente cadáver tan amado
como aquel envoltorio de huera humanidad.

Le tiré de una pierna por ver su efecto triste
y ese tieso fragmento cedió, pegando un brinco,
sin movimiento, cómico.

Entonces, la costumbre de verla levantada
me volvió a la memoria:
xxxme traía un tazón de leche con galletas
xxxtemblándole los dedos, haciendo un ruido cálido.

Incapaz de aguantar viviente imagen amada y prodigiosaa
decidí descifrar el hueco de mi madre.

x
Y removí yo mismo su interior, su pasado,
quedándome en su vientre,
cambiando,
hasta el comienzo.

 

 

 

LA FRONTERA

Lloré amargamente aquella noche y, luego, se produjo en mí
xxxun extrañamiento semejante al vacío de la oscuridad.

Escondida en la compasión, caminé toda la noche para ocultar
xxxla fosforescencia de aquel crimen.

La luna más brillante del invierno acompañó mis pasos por la
xxxcarretera.

La ciudad ardía como una esfera de agujeros y carteles.
xxxLos faros de los coches emitían avisos y disparos.

Crucé la frontera de una tierra transparente y soporté la luci-
xxxdez que atravesaba mi cabeza.

Una tristeza mortal me castigaba el corazón cuando volví al
xxxlugar del crimen. Allí permanecí hasta el amanecer y
xxxconsumí la demencia del arrepentimiento.

x

Yaa estaba destinada a deformar la realidad y a desapa-
xxxrecer del mundo.

 

 

 

Correyero, Isla. Crímenes. Madrid: Ed. Libertarias, 1993.

 

DIRTY REALISM

 

DIRTY REALISM

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxRaymond Carver. In memoriam.

Raymond Carver relata. Escribe cuentos.
No del brillo letal que riza el oro
o pule la esmeralda —u otras piezas
de valor similar—.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxSu voz se adhiere
a lo que siempre tuvo
esa condena eterna de lo anónimo.
También de lo cercano:
el abismo y el vértigo —segura-
mente el vértigo más duro:
la soledad acompañada—
de unos seres normales:
vacíos personajes que devoran
su angustia en la hamburguesa
frente a un televisor que muestra astillas
de un mundo amurallado
junto a una carretera solitaria
en Minnesotta. Equivalente muestra
de lo que no muy lejos de tu casa,
a miles de kilómetros de aquéllo,
tristemente sucede.

Relata. Escribe cuentos.
El duro desencanto
de un divorciado frente al whisky
que lentamente mata, o el oficio
de un viejo y repetido oficinista
—una misma desidia, un mismo tedio,
una idéntica angustia ante la noche
repartida en el aire
del colectivo anonimato—.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxRosas
mustias, fragancias sin retorno, huecos
de luz confusa, calles sin salida,
cuerpos hacia el abismo
que solo se conocen por llevar en los ojos
un parcial anticipo de ese abismo.

Nacido en Oregón. En su paisaje
habita la grandeza de lo próximo.

Con un borde de asombro percibimos
su rara condición de americano.

 

 

 

Rico, Manuel. El muro transparente. Madrid; Ed. Libertarias, 1992.

 

CASA DE CAMPO

 

Las mañanas de invierno,
esas mañanas frías,
sin celaje, ni niebla, cuando el aire
es pura transparencia y los objetos
despliegan su forma y colorido
con la violencia propia
del desnudo absoluto, extienden
por la Casa de Campo un anticipo
del tiempo posterior, una avalancha
de lo que el viejo marzo
nos dejará en la mano cuando arribe.

Respiramos la luz. Hacemos propia
la duda que se arrastra
en los ojos gastados de esa joven
que, con medido ritmo, avanza
alrededor del lago, busca acaso
tu rostro entre los árboles.

Probablemente sea
el chandal amarillo, el salto leve
de los senos ocultos e intuidos
—oh vaivén reiterado
de lo abundante, tenso e inmaduro
que su carne delata—,
el hueco donde habita
lo que te identifica con su duda.

Es la Casa de Campo
de la fría mañana de febrero.

 

 

 

Rico, Manuel. El muro transparente. Madrid; Ed. Libertarias, 1992.

 

CHAQUETA DE PANA

 

CHAQUETA DE PANA

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx«Grandola, vila morena
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxterra da fraternidade…».
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxXose Afonso

xxxxxI

No raída. Si acaso
un brillo matizado en las coderas, restos
de una hierba inicial, tenues señales
de tabaco de pipa, tal vez briznas
de un pétalo anterior, aquel que supo
a Portugal y a nube, a beso urgente,
quién sabe si a domingo, a tarde plana
y a papeles exhaustos, derribados
sobre el puro escritorio adolescente.

Abandonada.
xxxxxxxxxxxxxSometida
en la quietud de sombra del armario
a la muda pasión de la polilla, vieja prenda
por fin acostumbrada al pozo informe
que nutre el aposento del olvido.

 

xxxxxII

La hueles a traición y con urgencia.
Como si un voyeur, tras la cortina,
pudiera sorprenderte en ese acto
y azuzar los caballos de la culpa
al gesto o tentación que es un instante.

La hueles. Tocas
el brillo frío de su forro ajado.
De súbito, a ti acude
un extraño temor, rondan preguntas
por tu mente vencida, por tus ojos
cazados por la luz deshabitada
de la humilde chaqueta que hace tiempo
dejó de ser costumbre.
Y te asedian. Te cercan las preguntas.
Te someten.

 

xxxxxIII

¿Qué buscas? ¿Qué gozo o qué desaire,
qué traición o qué manos, qué perfume
o canción, qué golfería
intentas retener mientras contemplas
su tono de melaza algo apagado
por tiempo y abandono?

¿Qué preside tu sed?
¿Qué incierta geografía, qué canto entre la hierba
de los años tempranos,
qué perdida pasión entre sus hebras
te conduce o te acampa
en sus proximidades?

¿Qué gesto colectivo, qué mañana bebida
con cerveza, qué amenazada noche,
qué maraña de asombros y de hazañas?

 

xxxxxIV

Todo un tiempo resume: aquel que crece
en el turbio portón que derribamos
sólo un poco. El que tuvo un clavel,
mustia materia a pesar nuestro,
en la solapa. El que compuso
un horizonte de imperfecto vuelo.

Oh símbolo del viento derrotado.
Oh chaqueta de pana sorprendida
entre ropa de desuso y viejos discos.

 

 

 

Rico, Manuel. El muro transparente. Madrid; Ed. Libertarias, 1992.

 

EL MURO TRANSPARENTE

 

EL AZAR ESPERADO

Si, por azar, me tocas.
Si tus dedos encuentran el abismo
de mi piel cuando el último
cigarrillo del día nos revela
la senda oscurecida de la cama,
ten la certeza, dama irresponsable,
de que habrás desbocado
la feria del instinto,
de que el paso inmediato de mis manos
será buscar el límite inseguro,
la frontera adorada
que tu duda dispone por la ingle
hasta desbaratarte.

 

 

 

 

TINTA Y PIEL COMPLEMENTARIA

En la tinta se arriesga
el acierto o la luz de la palabra.

Cuando la voz se prende o se obsesiona,
baja al papel movida por tu mano,
tórnase en escritura,
nada tiene remedio. Es tuya, propia,
tan sólo parcialmente.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxAsí tu carne,
es invento feraz que adquiere cada día
el brillo peculiar que precipita
sobre tu cuerpo tembloroso la nevada
de mínimos detalles, quién sabe si insolencias,
nacidos en el piélago cansado
del crepúsculo.
xxxxxxxxxxxxxxxAsí tu carne,
flor extensa, sometida
al maleficio torpe de mis manos,
es tuya
tan sólo parcialmente, en la medida exacta
que la caricia ordena,
ese afán prodigioso
—teñido por la magia del cointreau
y por la voz quebrada de Brassens—
de hurgar tus curvaturas poco antes
de salir a la calle a conocernos
más allá de la piel investigada
con pasión en el blando territorio
que habita en los divanes.

 

 

 

 

AMOR EN AUTOMÓVIL

El coche detenido,
isla o cala o desierto,
como un vagón inútil
bajo asedio de estrellas.

Tus muslos,
ah remanso de fiebre voluntaria,
a su luz sometidos, a la sed
de la inexperta mano que despieza
la euforia no esperada
de un amor descubierto en el tumulto
de la noche.
xxxxxxxxxxxxxBuscábamos
la oscura soledad de las afueras
—carreteras desiertas,
antiguas estaciones, descampados,
dunas donde el prodigio del contacto
sembraba de parejas no visibles
la bruma ilimitada, el territorio
de la provocación oscura, acaso
la vieja latitud
donde pasión y urgencia se articulan
en el procaz reverso
de la ropa interior investigada
con loca obcecación—.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxBuscábamos
la magia de la bruma para hacernos
algo más dioses,algo
más libres, algo más insolentes.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxFértil
candil de aceite largo, vieja
y tenaz vocación que nos alumbra,
a pesar de los años transcurridos,
en el fuego y el agua del presente.

 

 

 

Rico, Manuel. El muro transparente. Madrid; Ed. Libertarias, 1992.

 

EL CORAZÓN AZUL DEL ALUMBRADO

 

FINAL DE UN VERANO

Las luces en el puerto y aquella minuciosa
realidad de la noche bajo los parasoles,
son la primera imagen de esos días.
Un momento de luna entre dos torres
olvidaba huracanes de mercurio
sobre las azoteas. La ciudad
llegaba al muelle con tejados sucios,
con pequeñas cantinas
donde iniciar una conversación.

Hemos hablado de ello tantas veces:
lentos atardeceres de junio en la oficina
y aquel brillo de lámparas eléctricas,
la vida que pasaba
bajo el frío metálico de los ventiladores.
Después llegó el invierno de repente.
La nieve
desfiguraba las estatuas públicas
—igual que en el poema de Auden—. Lo recuerdas:
fueron tiempos difíciles.

Pero volvía siempre aquel verano,
aquella claridad sobre los toldos blancos,
las calles ofrecidas,
sus hoteles con pérgola y fuente en el jardín.
Y envolviéndolo todo,
la sensación, extraña,
de andar viviendo horas decisivas,
irreemplazables en nuestra amistad
—igual que si estuviésemos allí
para poder, al menos, con el tiempo,
recordarlo, sentir melancolía.

Han pasado los años. Y como dice un verso
conocido, nosotros, los de entonces,
ya no somos los mismos.
Sin embargo,
aún es grato imaginar
la trama de las calles,
el sol desordenándose en la carrocería
azul del automóvil,
los jardines del capitán John Moore.

Porque a veces me gusta recordar
la lentitud de un barco en las vidrieras
o el color de las luces en el puerto
con pequeñas cantinas
donde iniciar una conversación.

 

 

 

 

LAS CALLES DE COPENHAGUE

Las ciudades no existen pero hablamos de ellas.
Verano en Copenhague. Un monopolio
de luz verde, parada en las estatuas
públicas, los tejados
unánimes, el bosque en las afueras
que contiene un castillo. Entre los árboles,
la mañana se enfría
como una bala en el corazón de un animal muerto.

Vemos la duración de la rosa: un jardín
del cementerio antiguo con las tumbas
de Andersen y Søren
Kierkegaard, bajo un cielo
que invita a comprender seriamente la vida.
Aunque tal vez, la vida es mejor comprenderla
como la poesía según Coleridge:
de un modo imperfecto y general.

Hay trenes encendidos
que llenan de metal los corazones tristes
cuando pasan y un puerto que recuerda
los últimos poemas
de Baudelaire —como el ladrón que borra
sus pasos en la nieve, así los escritores
de otro tiempo, nos plagian nuestros libros de ahora.

No existen las ciudades
pero existe una forma de mirarlas.
Así hay barcos que llegan al verano
de las islas; hay días que establecen
su desorden perfecto
parecido al desorden en los árboles
de un bosque. Y observamos
la realidad como el lector viajero
que cruza los países
contemplando el paisaje artificial de un libro.

Yo tenía tres modos de pensar
igual que un árbol en el que hay tres mirlos.

 

 

 

 

LAS SILLAS VACÍAS

Cuando todos nosotros empezábamos
a escribir, conocimos
personalmente a algunos escritores
de su generación.
Aquellos hombres todavía jóvenes,
no eran, desde luego, eso que Shelley llama
los anónimos legisladores del mundo
y ni siquiera gentes que según Pound debían
construir la ciudad de Dios, cuyas terrazas
son del color de las estrellas.

Buscaban los hoteles
dudosos; la humedad del jardín en los cuerpos
abrazados, ocultos entre sí mismos;
aquella soledad disciplinada.
La vida llegaría
a poner nieve en sus tardes de sol.

Pienso en las sillas frías
de las plazas, al amanecer, en los primeros
viajantes que abandonan
algún cuarto con luces encendidas,
con ceniceros sucios y esperanzas
que tienen el perfume de las flores cortadas,
también su duración y su tristeza.

Porque así estaba de repente el mundo,
la sala donde algunos de ellos
recordaban, con una voz que no era
la suya, con palabras de otro tiempo,
junto a las sillas vacías de los que se fueron.

Será hermoso si alguien atraviesa
las calles una tarde,
muy despacio, con la mirada extraña,
y entra en la sala fría, sin demasiado público,
donde cualquiera de nosotros dice
cuánto amamos la vida, sus palacios
más oscuros, los parque solitarios
o los cuerpos perdidos en el suave incendio de las horas.

Os espera un incierta ciudad de abandonadas
terrazas, esta hiedra
que atraviesa los puentes
desprendidos y oculta las estatuas.
Esta ciudad en ruinas
que fue tan bella entonces
y es hoy muy bella en su destrucción.

 

 

 

Prado, Benjamín. El corazón azul del alumbrado. Madrid; Ed. Libertarias, 1991.

 

SOBRE LAS PALABRAS, LA LLUVIA Y LAS MAQUINACIONES

 

Frente a la Ley casposa y decadente de la Gravedad, la Ley ascendente de la Poesía.

 

 

 

 

El invento de la palabra pez supuso grandes dificultades. La palabra escama (surgió de inmediato) hizo aún más difícil la captura de aquélla. Alguien, tiempo después, dijo: Mereció la pena tanto esfuerzo. Sin embargo, una muchacha se sonrojó ante las imágenes sugeridas por aquella palabra.

 

 

 

 

Presume Giuliano Ferroni que cuando el primer hombre concibe la palabra, lo hace desde la incomunicación. Sin embargo, llega a pronunciarla, y este hombre es ahora diferente, y es apartado por diferente. Su situación es aún peor que la del sordomudo en una primitiva sociedad de palabras.

 

 

 

 

Al llegar a la casa vi un tigre caminar despacio y luminoso por el salón entre los cristales de Bohemia y las cajas de porcelana Ming: No es un tigre —se apresuró a decirme el mayordomo— ¡No lo mire, es sólo una metáfora, y los ojos de las metáforas contagian falsas emociones poéticas!

 

 

 

 

Nunca escribas estas palabras en una misma línea: tigre y paloma, pues es fácil que la primera devore a la segunda.

 

 

 

 

Él era muy guapo, y ella era muy rica. Él se comió el capital de ella; y ella, la belleza de él, y con este ejemplo, el profesor Evans dio por terminada la conferencia sobre Justicia distributiva.

 

 

 

 

Todas las mañanas le regalaba un ramo de palabras frescas.

 

 

 

 

Era de noche y me encontré al poeta: Estaba tiritando de inédito.

 

 

 

 

Justificativo, me explicaba el moralista perverso: Los terremotos aman a los pobres.

 

 

 

 

Corría un muchacho perseguido por la lluvia.

 

 

 

 

Soy un caballero porque no tengo caballo; si lo tuviera, evidentemente sería el caballo.

 

 

 

 

Comprobé, con gran sorpresa mía, cómo cada vez que pulsaba el interruptor de la luz, el cielo se encendía y apagaba a mi antojo.

 

 

 

 

No puedo ofrecerle carne más fresca que ésta, me dijo el camarero abriéndose la camisa.

 

 

 

 

Supe que era el asesino del mar, porque tenía las manos teñidas de azul.

 

 

 

 

Vivía entre espejos y se sentía acorralada por la luna.

 

 

 

 

En la gran cena sirvieron un solo plato: Chivo expiatorio.

 

 

 

 

El niño prodigio sembraba voces y recogía palabras.

 

 

 

 

Era un bosque de infinitos árboles, y cada árbol tenía un columpio, y en cada columpio un niño muerto esperaba la resurrección de la carne.

 

 

 

 

Me preguntó el muchacho con los ojos llenos de atardecer: ¿Cuando yo muera se parará el mar?

Y preferí no desilusionarlo.

 

 

 

 

Aún consciente de lo odioso de aquel suceso, reunió el hombre a sus hijos: Es necesario —les explicaba— para que todo suceda debidamente, inventar la palabra amor. Y como no le entendieran, avergonzado, Adán les indujo al incesto. De esta locura, las consecuencias fueron: las guerras fraticidas, la veleidad de las esposas, hermanas coronadas como reinas de Egipto; el aburrimiento y la señal de ellos por haber dado, celoso, muerte a su hermano y rival. En los años finales, Adán, ya moribundo, consolaba a Eva: La cosa —murmuraba— no pudo ser de otro modo. Y se estremecía recordando el cuerpo núbil de una hija muy querida.

 

 

 

 

La bella señora surgió repentina, caminando junto a mí con paso intranquilo. Había en sus ojos una mirada nerviosa y desconfiada, como si temiera el poder de una sombra maligna y asesina. Inesperadamente, abriendo su hermoso abrigo de astracán y su blusa de encajes y abalorios, me dijo: ¡Tome, tome!, y, mientras descorría una extraña cremallera de carne rosácea que en su pecho de pétalos ocultaba un corazón diminuto, sacudiéndolo, me lo entregó: Es para usted —decía—, así, si me apuñalan, no moriré del todo y de alguna manera seré suya.
Un tráfago húmedo, una masa apresurada de individuos nos separó de un golpe, y desde entonces ando con un hermoso corazón ajeno en mi bolsillo, que no sé ni cómo ni cuándo habré de devolver.

 

 

 

 

Ven, ven, oí una voz pastosa y sensual llamándome desde el cuarto de baño. Ya allí, entre la caprichosa decoración de la higiene, mirando un espejo oblicuo al inodoro, vi cómo la boca de aquel aparato innoble derramaba gran cantidad de espuma (¡la fontanería!, pensé preocupado), y al poco, ante mí, desnuda y provocadora estaba una Venus perfecta: No es obligatorio nacer de una ola, dijo como quien inicia el tiempo de las complicidades; y añadió de inmediato: Cierra la puerta, el viaje ha sido muy incómodo.

 

 

 

Pérez Estrada, Rafael. Los oficios del sueño. Madrid; Ed. Libertarias, 1992.

 

LOS OFICIOS DEL SUEÑO

Escribe Luis Antonio de Villena en el prólogo de ‘Los oficios del sueño’, libro dedicado a Juan Carlos Mestre: Rafael Pérez Estrada es un clasicista que abarroca; y un barroco que por amor a la rareza, a la magia, a la filigrana, al juego de espejos y lagrimatorios, se vuelve columna y autosemeja transparente. Los libros de Rafael (especialmente los fragmentados, los aforísticos) son cataratas de ingenio, marionetas sicilianas, cosas para el placer del extravagante Príncipe de Palagonia. ¿Cómo clasificarlo? Los expertos le deben un tratado, que sepa —como él— saltarse o amalgamar los géneros literarios.

 

 

Y aquí tienen algunos textos del libro.

 

Nunca pudo peinarse. Su cabellera, pelirroja, ardía como la ilusión recién creada de un pozo de petróleo. Su pelo era una zarza de rojísimo fuego, y ella estaba feliz porque algunos muchachos la trataban respetuosamente, tal si fuera la luz que arde a la memoria de los héroes. Sin embargo, los más osados, que eran también los más hermosos, no dudaban en encender sus rubios cigarrillos en aquella incosolable llama.

 

 

 

 

Tigre del vértigo, llama Tadeo Orsini a un felino que vive en las torres más altas, en las más arrogantes y peligrosas. Su piel transparente sólo puede compararse a la fragilidad de algunos cristales venecianos. Animal de vocación angélica, se le atribuye la facultad del vuelo, que practica tímido cuando nadie lo observa. Solitario, su sueño de compañía tan sólo al ángel le pertenece.

 

 

 

 

En el parque, frente a la despeinada cadencia de un ciprés otoñal, en el rincón donde los gatos tienen sueños de tigres, he visto al ciego mágico: Un inconformista que, con su máquina de fotos, intenta retener las imágenes que nunca conocerá. Lo observo, y lo descubro disparando incesantemente una Kodak. Dispara al norte, al sur, a la rosa de los vientos dispara. Luego, sabiéndose observado, comenta: ¡No veo, no veo, pero todo está aquí!, y al decirlo golpea la cámara con el mismo afecto con que el triunfador olímpico palmea su caballo.

 

 

 

 

Juegan el mago Bai Wangy el Emperador Niño con un espejo de extraño esplendor. Mirándose en él, el monarca descubre su pasado como un inagotable proceso de metamorfosis, como un vivo y emocionante poema. Así, con este entreteimiento, el Emperador nuevamente puede sentirse pájaro, mariposa, libélula, dragón del aire, lluvia, llama, viento, y al fin palabra inexplicable.
xxAl mago Bai Wang se le debe no sólo la deificación del poder, sino la desmemoria de los poderosos.

 

 

 

 

El físico, amante del sentido metafísico de la existencia, y además un iluminado, me explicó confidente: Hay dos clases de gravedad: Una, la de la piedra al caer víctima de su destino corpóreo; otra, la del ave, que al advertir la pesadez del cuerpo renueva el vuelo. Y concluye: Sólo muere la piedra.

 

 

 

 

Morir —me dijo el niño— es permanecer ante un mismo paisaje indiferente.
Fue entonces cuando descubrí a los ángeles ciegos, moledores de luces y brillos, amasando nostalgias y tristezas.

(Inesperado pasó un viejo tranvía. Personas que no había vuelto a ver desde mi infancia lo ocupaban).

Después entró la niña, diminuta y preciosa, con su unicornio de cartón. En la mano llevaba un cazamariposas manchado de sangre. Y lo supe: El barco iba a zarpar.

 

 

 

 

Una exquisita metáfora, cargada de advertencias, trata de explicar cómo la luz del prisma ha de resplandecer para otros y nunca descomponer su fuerza cromática en lo dentro.
El ángel es un prisma, parece decirnos con espíritu plagiario el altivo Cardenal Ernesto Manuel da Silva y Álvares Contreras. Mas en el silencio de esta casa, cuya decoración recuerda la de los abandonados palacetes de amor de Nueva Orleans, se practica la ceremonia de los abrazos prohibidos. Es el lugar de encuentro de cuantos ángeles han olvidado la guarda que tienen confiada y sienten inclinación por otro ángel.
Éstos que ahora descubro se unen en una alcoba de tibias claridades. Sus adjetivos están hechos de oro y apenas tienen dificultad en memorizar cuantas palabras la imaginación compone en infinitas lenguas para llamar las cosas. Sin embargo, nada hallan en su compañero que no estuviera ya en el prisma contenido: inexplicablemente se repiten, se cansan.
En los espejos venecianos, en sus claras orillas, las alas son nubes de incienso y algodón. Decae la tarde, lo original se agota, el desengaño inactiva lo erótico. Es la imperfección del hombre lo que realmente aman,

 

 

 

 

La mañana del 12 de noviembre de 1975 recibí un sobre con el aspecto sospechoso de contener un anónimo. Lo abrí con esa resignación que la curiosidad mezcla a lo desagradable: me había equivocado. En su interior, brillante, como una piedra tallada por el mismísimo Spinoza, una metáfora me aguardaba inocente. Tienen las metáforas la belleza —cuando son auténticas— de ciertas plantas carnívoras, y pueden, de inmediato, cautivar a quienes las reciben. Aquella era de una ley muy pura, y resplandecía como un amanecer en el Mediterráneo. Desde entonces la llevo prendida en el llavero, y la gente la confunde con un amuleto de la suerte.

 

 

 

 

Se alzó tanto el lenguaje entre nosotros que tuve que besarla.

 

 

 

 

Era el asocial, y tras grandes esfuerzos había inventado el lenguaje de la incomunicación. Y tuvo éxito.

 

 

 

 

Hizo de la poesía una mística y una pasión. Se sentía tan uno en la palabra que, como un mártir secreto de la sangre, estaba dispuesto a defender con la vida la pulcritud de sus endecasílabos. A él se debe la idea de una Cruzada Poética, una lucha santa contra la prosa. Un despropósito similar a la cruzada de los niños.

 

 

 

 

A qué escribir para la inmortalidad —me dijo el poeta contable, que era sumamente práctico— si la mortalidad está más cerca.

 

 

 

 

En una tarde socialmente intensa, entre pétalos de rouge y vahos de martinis, el poeta, que es también un prestidigitador, sorprende al auditorio sacando del sombrero de copa tres letras: A. V. E. ¡Vuela! —dice el mago—, y al instante a las letras —ya aves— les nacen alas.

 

 

 

 

Dijo el forense ante la desnudez desamparada del narrador muerto: Se asfixió con una palabra sin sentido.

 

 

 

 

Nunca verás un amanecer tan hermoso como ella.

 

 

 

 

El escritor que deja en el éter sus pensamientos, quizá cometa el pecado de Onán.

 

 

 

 

Conocí en el Círculo de Bellas Artes a una mujer: Era la mensajera del soneto, y nada más verme, como si estuviera a punto de asaltar la Bastilla, me gritó terrible: ¡Abajo la libertad poética!

 

 

 

 

Pienso, luego existo;
y me respondió el objetual:
Los objetos existen,
luego piensan.
Y para redundar en lo dicho
empujé al suelo el jarrón utilizado
de pretexto hasta entonces:
Y sufren —añadí—
en silencio.

 

 

 

 

Haiku:
Ginebra Larios
y una luna de agosto
en el martini.

 

 

 

 

Quiero una rosa ácida —me dijo—. No importa el color. Sólo necesito que sea ácida. Una rosa con sabor a pomelo y olor a ropa limpia. Entonces supe que los inviernos con ella serían interesantes, y que la vejez llegaría llena de vértigos. Y me sentí feliz.

 

 

 

 

Lo bueno, si breve, catastrófico o telegráfico.

 

 

 

 

Dice el moralista acérrimo: Pensar es vicio solitario.

 

 

 

 

Y dijo el tatuador: la letra con sangre entra.

 

 

 

Pérez Estrada, Rafael. Los oficios del sueño. Madrid; Ed. Libertarias, 1992.

 

PIEDRA NEGRA O DEL TEMBLAR

septiembre 29, 2017 Deja un comentario

 

xxxxxI

xxxxxxxxxxvenid y seguidnos a nosotros, que no
xxxxxxxxxxtenemos palabras para decir

xxxxxxxxxxxxxxxixxxxxxxxxxxxSaint John Perse

Este árbol es para los muertos. Para nadie más que los muertos.
Crece, todopoderoso sobre la tierra, como un ciprés gigantesco,
como un fantasma al que
niños babeantes abrazarán con frenesí, y gritando como ratas
¡Scardanelli, Scardanelli!
xxxxxxY el recuerdo apesta.
Y la vida apesta, como lo que es, como una mujerzuela
que te mira el momento de acostarse, y ver entre las sábanas su
cuerpo infecto
como una mujerzuela
esperando en una esquina para siempre la muerte
como el encuentro a solas de Jack the ripper
con su recuerdo, en una habitación ia oscuras, sin más recuerdo
de lo humano que una estufa y unos pies y un periódico arrugado.
Y que este encuentro firme este poema,
este feto de ángel, esta excusa
para no terminar hoy con mi vida.

 

 

 

 

xxxxxII

TERRITORIO DEL CIELO

xxxxxxxxxxiixxxxxxxxal misterio de mi madre

Ha nevado lentamente y mi mano
escribe sobre la nieve
muy pronto se deshará mi figura
cuando el sol queme la nieve
y viole
mi blanco sudario con su espuma.
Qué lejos sigue el mar de nosotros
qué lejos el ser.
Como un fantasma blanco en la noche
la mano de mi madre me llama
al misterio que el hombre desprecia
al misterio de la muerte.
Qué importa si eres feliz si tu mano ya no es mi mano
si no bebes ni gimes, porque sólo de la materia del dolor
puede nacer la dicha:
xxxxxxxxxxxxxxxxxxx¿estás triste en el cielo?
¿Qué sentido tiene decir eso?
Pero tiene más sentido tu sombra en el bosque
que estos tristes hombres que recuerdan al zorro,
al lobo y a la aspa
y están condenados para siempre en la campana de la lluvia
y son mártires de la lluvia,
y tienen los ojos cerrados
para no ver detrás del cristal, cómo
en los bosques del estiércol
desfilan lentos los sapos de los muertos.

 

 

 

 

xxxxxIII

ASESINATO

xxxxxxxxxxxxxxxxcuando un hombre no nos deja
xxxxxxxxxxxxxxxxvivir, matarle es un acto de
xxxxxxxxxxxxxxxxdefensa propia.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxLeopolodo María Panero

Yo he sabido ver la realidad de la sombra.
y el horror de Pan en la cercanía del poema.
Porque la palabra del poema es más terrible
que el diablo
que endulza el ser, cuando a la orilla de él hemos caído
y vagamos como una jibia por el tigre
y una voz escupe en nuestros sesos la palabra:
¡giloria! Y una hostia nos devuelve a la caída
y nos hace
señores del water para siempre, amos y principios del retrete
para soñar día y noche con la espada
atroz de Toledo, con la espada
que revela el misterio del estómago
al hundirse en el tuyo sabiamente
para que la sangre nos devuelva la vida.

 

 

 

 

xxxxxV

PIEDRA NEGRA

Señor del mal, ten piedad de mi madre
que murió sin sus dos tetas
y sobre la que yo escupí
y ahora amo
ahora en vano reclamo al país de los muertos
que murió envuelta en víboras y víctima
de una podredumbre que nos hacía mirarnos a los ojos
como dicen que Dios mira a los hombres, con horror
con pena del asesino, con tibia extrañeza
de la jibia que entre sus manos se retuerce
por temor a ser mirada por Dios,
y ver en su luz que no merece
ni mereció nunca la vida: y que él arroja
desde lo alto del cielo a Despeñaperros
diciendo: tan alto subió tu orgullo
mira ahora que cae igual de rápido.
Pero ya voy madre, a encontrarme
con la única mujer que he conocido, y que es la muerte
cuyo cuerpo con vicio tantas veces he tocado
riéndome de todos mis cadáveres!
y que sea la rosa infecunda de la nada
que tantas veces cultivé porque se parecía a la muerte
la que recuerdo mis heces a otros condenados
a escribir y mear, bajo el sol entero
en esta habitación parecida a un retrete
donde la crueldad dora la piedra negra
en que toda vida acaba, y se celebra
tirando de la cadena.

 

 

 

 

xxxxxVI

SUICIDIO

oh mano mía, mano de mi fantasma
mano de Scardanelli que tercamente escribe
la historia al revés (a partir de mi vida
acabada)
háblame otra vez del misterio de la lluvia
que habla sola con el cristal
como invocándome desde el reino de los muertos
como llamándome a esa comunión en el Leteo: porque
qué impura es la noche para el jorobado
y como oscuramente
lo bendice el rocío
y qué lejos está Dios del insecto
que retiene en su ámbar la noche
para no morir y cómo
se vence la mano y cae con ella
cuanto de la noche no es, cuando
termina el poema.

 

 

 

 

xxxxxIX

LECTURA

Yo no hablo del sol, sino de la luna
que ilumina eternamente este poema
en donde una manada de niños corre perseguida por los lobos
y el verso entona un himno al pus
Oh amor impuro! Amor de las sílabas y de las letras
que destruyen el mundo, que lo alivian
de ser cierto, de estar ahí para nada,
como un arroyo
que no refleja mi imagen,
espejo del vampiro
de aquel que, desde la página
va a chupar tu sangre, lector
y convertirla en lágrima y en nada:
y a hacerte comulgar con el acero.

 

 

 

 

xxxxxXII

HAIKU

Figura de Dios:
xxxxxxxxxxxxxxun cerdo
entre las ramas.

 

 

 

 

xxxxxXX

LA FÁBULA DE LA CIGARRA Y LA HORMIGA

xxxxpara Antxon-La Hera, con el afecto y las disculpas de
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxixxxxxxxxxxxxxxxxxxxLeopoldo

El sol alumbra la ropa puesta a secar
—un calzoncillo sucio, una camisa raída—
y un esqueleto se mueve en la cocina.
Si quieres mirar, mira
si has querido hacer un espectáculo de la podredumbre
y gloria del gusano que nunca muere.
Soy un hombre sin vanidad, y de vez en cuando me sueno
con mi soplamocos.
De mí la historia nunca sabrá nada
pero me siento seguro, pues ahí fuera ladrando
desnudo, sus manos agarrando fuertemente los testículos,
tembloroso y lleno de frío
veo el recuerdo de un hombre que tuvo vanidad
y quiso conocer el misterio del mundo.

 

 

 

 

xxxxxXXIV

VARIANTE

Mujeres que aparecen ahorcadas al amanecer
¿dejó algún rastro el hombre de las muñecas?
Cuando la mano termina de escribir
hay huellas de sangre en el poema.

 

 

 

Panero, Leopoldo María. Piedra negra o del temblar. Madrid; Ediciones libertarias, 1992.

 

LAS CARTAS MARCADAS

Sigo repasando mi biblioteca y llego al primer libro de Eduardo García.

A este brasileño afincado en España desde su niñez le perdí la pista durante una temporada y cuando volví a localizarlo ya no tenía posibilidad de hacerme con sus siguientes libros (pero lo intentaré en cuanto pueda, ténganlo por seguro). Lo cierto es que no recuerdo si el libro me lo compré o me lo regalaron, pero ha sido un libro que siempre me ha dado gusto leer tanto por los juegos que propone como por lo que ya apuntaba su autor en esta su ópera prima.

 

Eduardo García

 

Dejo aquí algunos poemas del libro.

 

 

EL TAHUR

Yo, Eduardo García, propietario
de una cuenta corriente respetable-
mente breve y algunos fotogramas,
de oxidados tesoros y escondrijos
dulces como la piel que nos rehuye,
o secretos a voces y catástrofes
humildes como un vaso que se rompe,
y un enigma que estoy por descubrir,
y un niño al que traiciono y que se ríe
de esa mi seriedad de maletín
con que juego a emprender estupideces;
yo, insisto, dudoso espectador
de algún escaso fuego de artificio,
tomé la alternativa como todos
y exploré las alcobas y los nichos,
los ritos funerarios de los bares,
el incipiente vello y el experto.
Sospecho ahora, en medio del camino,
que no he parendido nada del dolor
y que a nada conduce aquella sed
profundad de verdad sin condiciones,
dolencia estéril que la edad desmiente
y la bisutería del amor.

 

 

 

INCIDENTE

En esta gris ciudad desangelada
aún ocurre a veces. Ten cuidado
si bajas a comprar tus cigarrillos,
si paseas sin prisa tu desgana,
si llegas con retraso a la oficina
y no se enciende nunca ese semáforo,

un ángel con tacones y ojos fríos,
su sonrisa para otro, el vuelo de esa falda
que nunca se alza más de lo decente,
una boca pintada que pregunta
dónde queda el edén, si no es molestia,

pueden dejarte seco y sin recursos,
barajar de otro modo tu deseo,
arruinarte la vida unos instantes
o elevarte sin más a las alturas,
trastornándote el juicio y para qué.

Un idilio tan breve es una ganga.
Aunque sea el desdén su triste precio.

 

 

 

NO VUELVAS A MIRARME DE ESE MODO

No vuelvas a mirarme de ese modo.
Tengo una agenda llena de fantasmas,
una pila de libros amarillos
que silencian el ruido de la calle,
un corazón vencido que bosteza
y esta inútil pasión de pulir versos.

Reconozco el cianuro en tus promesas.
Aquí, mis cosas, yo y algún recuerdo
llevamos una vida sin conflictos.
No hay sitio para dos en esta casa.
No vengas a estorbar mi paz o juro
no poder contenerme y arruinar
el precario equilibrio en que me alojo,
la tregua que pacté y que vence ahora.

 

 

 

CUESTIÓN DE PRINCIPIOS

Va siendo hora ya de que aclaremos
algunas pequeñeces importantes.
Detesto me despierten bruscamente.
Adoro sin medida tu contacto.
Podríamos llegar a algún acuerdo.
Arrojémoslo todo por la borda:
tu oficina, mis clases, los relojes,
su rencor, su codicia de las horas.

 

 

 

APARICIÓN

No hagamos más tragedias
que las estrictamente imprescindibles.

La vi. Es cierto. Fue un instante. Nada
más que una ilustración decolorida.
Un cuerpo que recuerda a otro cuerpo
que supo estremecerme
o acaso no existió o fue mentira.

Después de tanta angustia es una lástima.
Podría haberme dado un buen poema.

 

 

 

DESENGAÑO DE LOS AMIGOS

Uno se empeña siempre en defenderlos:
sus fugas sin motivo, su memoria
escasa para la hora de la cita,
la palabra infeliz que nos arrojan
con el gesto de un niño sorprendido.

Así que nos armamos de valor,
de paciencia sin límites, de olvido,
conscientes de las propias deslealtades,
minucias que nos duelen y es mejor callar.

Pues nos sabemos frágiles hacemos
que no nos enteramos, que es mentira.
Por eso vienen a beberse el whisky,
ensucian el parqué con su ceniza,
se comen nuestra cena y se molestan
si tardamos lavándoles los platos.

Compañeros de copa y confidencia,
hurgan la intimidad con manos torpes,
nos complican la vida y amenazan
con partirnos el alma cuando sufren.
–En su fragilidad reconocemos
nuestro propio dolor desfigurado.

Cada cual en sus trece y la casa por barrer,
los amigos del alma:
esos desconocidos que fingen comprendernos.

 

 

 

CESE DE HOSTILIDADES

¿Cómo reconciliarse con el mundo
si es tan necio, veleta, tarambana,
que es capaz de albergar al mismo tiempo
el Taj Mahal, los campos de exterminio,
la mezquindad, tu risa, la traición,
los libros, la ignorancia, un cuerpo que fascina,
el carbón y la sal, los muros y el espacio,
el cáncer y las playas tropicales?

Y sin embargo, y no obstante, y pese a todo,
acudimos al día como quien va a una cita
con una vieja amante casquivana,
la sonrisa planchada y el pañuelo
en el bolsillo izquierdo, feil, solícito,
y hacemos el amor sin credenciales,
o escribimos poemas que interpretan
la vida a su manera,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxcomo si ésta
hubiera de aguardarnos a la vuelta
de la esquina, con su traje de novia
y su ramo de flores
funerarias.

 

 

 

PARADOJA DEL TAHUR

Yo deseaba ser aquel que soy.
Ahora quisiera ser quien me soñaba.
Daría estos renglones sin dudarlo
por recobrar las vidas que perdí.

 

 

García, Eduardo. Las cartas marcadas. Madrid; Ed. Libertarias, 1995.

 

CRÍMENES

Crímenes

 

LOS SOLITARIOS

Sabemos de los corazones solitarios porque tienen la misma conducta de los asesinos.

Son corazones salvajes que no obedecen leyes. Tienen el pérfido don de la mirada y nos contemplan a través de su silencio.

Hay más revelación en sus manos que en su lengua.

Por su actitud inmóvil conocemos la desesperación, acurrucados en la existencia para reconocernos.

Suelen ser hermosos como la oscuridad y pálidos y dulces como los secretos de las niñas.

Es inútil penetrar en su reino: somos espectadores, nada más, de sus actos veloces.

Ellos poseen el corazón y la conciencia, al acecho, para caer sobre nosotros con un gesto en el aire.

 

 

 

ÁNGELES DE LA MUERTE

El pan que como en la oscuridad tiene gotas de sangre.

Yo estuve diez años en un Hospital bebiendo sangre: agua con sangre, café con sangre, hielo con sangre.

Ahora, al atardecer, recuerdo siempre a los enfermos que morían.

Las ventanas del Hospital tenían sangre en los cristales y en el aluminio. A la luz de la luna, las gotas brillaban y eran casi negras.

Yo me pasaba las guardias encorvada sobre mi cuaderno:
xxxAllí me dejé la voz azul que salía de las habitaciones.
xxxAllí me dejé las convulsiones de los que morían mal.
xxxLos pasos débiles de las piernas enfermas.
xxxLa palidez y las lágrimas de los enfermos orgullosos.

Algunas enfermeras entraban en las habitaciones riendo como ángeles, con las sábanas blancas, las sondas, las bateas…

Y salían sudorosas y hostiles, frenéticas de sangre, solitarias, en dirección al bar…

Ahora todos son sombras evaporadas en el pasillo lúgubre donde los amigos íbamos a fumar el último cigarro de la guardia; mientras la limpiadora, con un violento trapo gris, iba recogiendo el brillo de la sangre.

 

 

 

TODOS NOSOTROS

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxTodos nosotros que debutamos
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxen la vida con una tara irremediable,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxque deseábamos tanto y habíamos
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxobtenido tan poco, que con tan
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxbuenas intenciones, tan mal
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxacabamos… Todos nosotros.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxJim Thompson

Todos nosotros.
Los que nacimos rechazando la política y las leyes.
Los orgullosos.
Los que sabíamos que extraían de nuestra percepción la libertad.

Todos nosotros.
Que crecimos en pueblos y en ciudades aún azules.
Que fuimos incalculables niños instintivos y lunáticos.

Todos nosotros.
Viajeros.
Los que atravesamos la oscuridad del sexo y la habitamos.
Los buscadores de belleza.
Los que probamos las exóticas sustancias y vivimos en el cine y en la noche.

Todos nosotros.
Generación, tribu, conjunto de perdedores que imaginamos
que la ruina era el más alto honor.

Todos nosotros.
Los desterrados ahora de aquel grupo.
Los olvidados, los oscuros, los ausentes.
Los abandonados y los destruidos.

Todos nosotros.
Los que ya no soñamos. Los que somos compradores de todo.
Los arrasados por el dinero y por las guerras.

Los que ahora somos impenetrables asesinos blancos.

Los que contemplamos la luna desde el cielo.

 

 

Correyero, Isla. Crímenes. Madrid: Ed. Libertarias, 1993.

 

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