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Posts Tagged ‘diane wakoski’

DOS POEMAS DE ‘HIJA LUNA’

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DESCRIBE EL CIELO EN UNA POSTAL

El .cielo .no .es .como .mi escritorio, que me pone nerviosa. Lleno de cartas que
no puedo responder, con montones de libros .que debería leer para luego hablar
de ellos, lleno de posibilidades .de .trabajo .y de dinero, y, peor aún, al fondo de
todo, de peticiones de poemas que .aún .no .estoy .en condiciones de escribir, o
que .no .me .he .organizado .todavía para pasar a máquina y enviar. No, el cielo
está vacío, incluso cuando está .lleno .de .nubes, porque nadie tiene que respon-
der a una nube. ¿Y qué es una .nube, de .todos .modos? Nada importante como
un poema. ¿Pero cómo es que nos volvemos aquello que siempre hemos despre-
ciado o de lo que nos hemos burlado? Hoy, las .nubes .del .cielo .parecen dalias
negras. Tienen los bordes .suaves .y .afilados. Contienen lluvia; me recuerdan a
mi chal negro de seda.

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TAZAS DEL CAMPAMENTO DE GEORGE WASHINGTON

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx«Sé amable contigo», dijo ella
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxel pasado febrero. «No olvides las pequeñas
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxcosas. Un buen libro. Una taza de té».

Aquel invierno en Valley Forge
fue uno
cuyo recuerdo ha de hacernos llorar.
Las bocas deshechas,
los abrigos ajados.
La comida que escasea. El rancho podrido,
con gusanos.

El general Washington, mi padre,
guardaba en tazas, para su tranquilidad,
dieciséis dólares de plata;
eran pequeños cilindros para beber
grog,
bebida de marineros,
combustible para el soldado.
Y supongo que algunos, inflamados de celo revolucionario, verían con desprecio
que velase por su tranquilidad
cuando los hombres estaban muriéndose de hambre
y de frío
xxxxxxx(«Cómete la verdura, cariño.
xxxxxxxPiensa en los niños que se mueren de hambre en
xxxxxxxla India»).

Los mismos que me miraban a mí con desprecio en los 60.
xxxxxx(«¿Cómo puedes escribir poesía
xxxxxxcon el mundo desmoronándose?».

Como si
fuera la primera vez
que el mundo se
desmoronaba
y yo pudiese hacer algo
para enmendar aquella catástrofe.

¿Pero seguro
que no?
¿O cómo podíamos estar allí, dando vueltas
con bombarderos plateados
o andando, con pesados pies de plomo, en la polvorienta superficie de la Luna?
En esta época tecnológica,
me pregunto si era realmente imposible volver a juntar los trozos de Humpty
Dumpty,
porque, aunque andrajoso y cubierto de cicatrices,
aunque ya no fuese el viejo huevo inocente,
seguro que había maneras de recuperarlo,
de reciclarlo.

¿Cambio?
¿Crecimiento?
¿Los hemos excluido del mundo? ¿Solo
lo sueva
y flamante
es viable?

«Sé amable contigo.
No olvides las pequeñas cosas.
Un buen libro.
Una taza de té».
Pero, ah, el dolor de la advertencia,
que nos recuerda la diferencia entre un veraneante aventurero
que explora la exótica Elba
y el soldado de juguete roto y descompuesto ahí
exiliado.

Este año
me he tomado miles de tazas de té.
Y con la taza del campamento de George Washington,
muchos grogs.
El Medio Oeste me oye leer libros
mientras mi voz flota, como una sirena, en las olas de Laguna Beach.
Sin ideas de orden,
pero con pensamientos de amor, de perderlo,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxdel dolor.
Los hombres de George se morían de hambre
y de frío
en una lucha que la mayoría eran demasiado jóvenes para comprender.
Él escribía cartas, todos los días, a las cuatro de la mañana.
El grog caliente humeaba en la taza del dólar de plata.

Es invierno y veo por la ventana
al Rey de España,
que no lleva ropa adecuada para aguantar la tormenta de nieve,
sino zapatos dorados, sedas finas y el bigote helado,
y que sigue dejando huellas.

«Sé amable contigo», advierto a todo el mundo
mientras espero la taza de té.
Y espero al Rey de España
mientras sueño con George, mi padre,
con Beethoven, que me rescató,
con David, que está muerto y enterrado en una playa de California,
y con todos los hermosos hombres que he amado;
porque amar es
el secreto, no
ser amado.

¿Qué virtud hay en la recobrada suavidad del huevo
excepto la belleza de su perfecto nacimiento?
Quiero que recompongan a Humpty Dumpty
para amarlo por sus bordes dentados, irregulares,
y la yema mezclada con la clara.
Prueba de que está vivo.
Prueba de vida.

George, brindo por ti.
M., te quiero.
Beethoven, quiero oírte en Cayo Hueso.
Sed amables
con vosotros,
todos.
No olvidéis las pequeñas cosas.
Un buen libro.
Una taza de té.
Un huevo, recompuesto, no
por magia,
sino con paciencia y esfuerzo.
Con amor.

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Wakoski, Diane. Esperando al Rey de España (Trad. Eduardo Moga). Madrid; Bartleby editores, 2022.

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CUATRO POEMAS DE ‘ESPERANDO AL REY DE ESPAÑA’, DE DIANE WAKOSKI

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AQUELLAS MÍTICAS PERAS DE PLATA

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxPara Steve

Yo recuerdo un pasado
en el que tocaba sonatas de Beethoven
en una casa oscura, cerca del agua,
y me rodeaban las luces de las colinas circundantes
en lugar de los brazos del hombre al que amo.

Tú recuerdas jugar
al baloncesto,
alto, egipcio, callado,
una figura pétrea
con la que nadie hablaba.

Ninguno de los dos
vivimos nunca más allá de lo imaginado:
tú procurabas hacer lo que creías que se esperaba de ti
y yo, arrancar amor al teclado;
tú tirabas a canasta
donde no había aro
y yo me imaginaba una música inaudible.

Nos sentamos en tu cocina,
que no está llena de la vida de alguien que cocina,
sino oscura:
es la cocina de un fotógrafo.
Bebo
con los pies en la silla, como me gusta
sentarme, y pienso en las chicas
de la casa de al lado, en la cocina iluminada,
esas que te deben ver guapo, que idealizan
a los hombres altos
y que han ido a partidos de baloncesto a animar,
aunque nunca te vieran en ninguno.

Esta es la dolorosa historia de dos seres imaginarios,
que viven, como leones, en su interior,
pero a los que el mundo ve como esfinges,
callados,
encerrados en lo mineral,
rodeados por el desierto y la noche.

Las mujeres fantasean con una vida de amor que no puede existir.
Los hombres, con las competiciones deportivas y con seducir a las multitudes.
Creamos un mundo incuestionable:
el pasado,
nuestros diarios privados.

Si ahora estuviéramos en tu cocina, comiendo,
tú te beberías un vaso de
mercurio
y yo mordería
una de aquellas míticas peras de plata.

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UNA ESTACIÓN ROTA

Cuando yo tenga 55
y tú, 43,
y ambos nos sintamos ligeramente
nostálgicos,
cuando la pasión no nos haya abandonado,
sino que se haya metido bajo tierra,
como las hormigas,
y dejado montoncitos de polvo
junto a los agujeros de entrada
como recuerdos del trabajo realizado,
quizá volvamos
a encontrarnos
en un bar,
acaso
en Wyoming,
y nos sonriamos,
y quizá nos toquemos una vez,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxpor la discreción exigible,
y tú me preguntes por
mi marido,
y yo, por tu encantadora esposa,
y los dos mascullemos
que se encuentran
muy bien,
estupendamente,
a sabiendas de que se tarta de irrelevancias
importantes,
y, como las hormigas,
sigamos llevando un bocado
de tierra,
palabras sobre las montañas y la poesía y la lealtad
y el arte de construir.

Cuando,
dentro de 20 años,
vivamos
como lo hacemos ahora,
separados,
y nuestras cartas solo lleguen en una estación rota,
en intervalos entre amantes o trabajos o mentiras,
nos permitiremos, alguna vez,
decir cosas como «el amor solo ocurre una vez
y nunca funciona»,
y luego

la sensiblería nos hará sonreír.

Las hormigas se mueven en filas muy largas, como las cintas del pelo
de tus hijas, y se llevan
trozos de pastel o cadáveres
de gusanos a sus túneles.
Construyen y comen,
y rodean, en zigzag, los obstáculos que se encuentran en el camino.

Los niños las miran en el colegio.
Nosotros las pisoteamos.
Los pequeños mamíferos se las comen.
No me puedo imaginar un futuro
distinto 
del pasado.

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xxxxxxxxxxLPOEMA POLACO DE AMOR PARA DAN,
CUYO APELLIDO CUESTA MÁS PRONUNCIARLO QUE EL MÍO

La «M» de mi brazo
significa 
Moon, Luna.
Y tú eres otro de esos hombres que saben conducir,
que me hacen sentir
(en tu coche, atravesando el estado de Michigan)
que
mi vida significa
Movimiento.

No obstante, cuántas veces el mundo se me ha escurrido de los dedos
y se ha roto como el cristal.

Los amigos me sostienen.
Pero tú me levantas de la silla, de la cama.
Me mueves hacia ti.
Me mueves contigo.

Pero no dejes que demasiadas chicas te pinten relámpagos
en los ojos.
La «M» también significa matar.
Y matrimonio.

Movimientos de alejamiento,
así como de acercamiento.

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EL TRAGASABLES TATUADO

El rechazo es un diálogo infinito,
un paisaje que no acaba,
no un bosque, ni un campo, puesto que ambos tienen lindes,
y ni siquiera un océano, con sus playas
como una gargantilla de cicatrices.

Y la aceptación,
un acto sencillo,
un territorio con límites.
Me ha costado años
querer explorar un territorio
que supiera con fronteras.
Los confines son el punto de partida,
y echo a andar desde el más alejado, siempre más allá.

Una vez, yendo por un lugar que creía
una tierra inexplorada y sin fronteras,
vi a un hombre con un martillo y una sierra;
se había tatuado tigres por todo el cuerpo;
acechaban, en el vientre y los hombros, mientras trabajaba
en un banco de carpintero.
Me paré a ver cómo tallaba un pequeño gabinete.
Mi cuerpo estaba cubierto de campanas,
como una piel de bolas de plata que lo cubriera todo,
pero mis pezones sobresalían, pequeños y rosados, como coral.

Al moverme, tintineé ligeramente,
como si mi pelo fuera la cortina de abalorios de una puerta
y alguien la apartase para entrar.
Dije:
xxxxx«Envidio a los carpinteros por las cosas que hacen
xxxxxcon las manos».
«Sí», dijo él,
«pero yo soy solo un principiante. Lo que hago bien de verdad
es tragar sables».

Entonces abrí la boca y le enseñé
la serpiente verde que vivía dentro.
Dije:
xxxxx«No nos conocemos,
xxxxxpero tenemos algo en común:
xxxxxlos dos cruzamos fronteras y nos adentramos en lugares,
xxxxxy ahora veo que las gargantas de ambos contienen
xxxxxlo que la mayoría de los hombres temen,
xxxxxpor lo que creen que morirían:
xxxxxla serpiente y la espada».

La vida es, a menudo, más alegórica
de lo que debería ser;
en la vida, las historias no tienen fin,
sino que son continuaciones, hiatos;
no son historias, sino un continuo diálogo mental.
No me inventaré una historia cuando ninguna tiene lugar.

Una vez
dije «te amo», y la lengua se me quemó de raíz.
Ahora una lustrosa serpiente verde vive en su lugar
y sisea cuando pasas.
Tú has tragado sables hasta llenarte la garganta de cicatrices,
tantas que ya no te pasaba ni uno más.

Y he aquí la escena:
no es una historia,
sino un paisaje.
Yo, en el bosque, con el cuerpo temblando de campanas
y una serpiente en la garganta, que sisea como una cascada;
tú, delante de mí,
son tigres tatuados que van de un hombro al otro
y te rodean las orejas
cuando construyes con las manos un mueble magnífico,
y tu perfecta garganta,
vista desde fuera,
que oprime vocales que no saldrán,
porque ni siquiera la membrana del idioma es lo bastante fina como para pasar
por esos viejos tejidos inflamados.

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Wakoski, Diane. Esperando al Rey de España (Trad. Eduardo Moga). Madrid; Bartleby editores, 2022.

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VOLVIENDO A VER

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ORO

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxPara el Rey de España

Te conocí en el momento equivocado.
Tu cara era un reloj de bolsillo,
pesado, de oro,
y yo, una mujer con un vestido muy fino,
sin bolsillos.

Me enamoré de la estación del tren,
cuyo gran reloj colgaba
sobre el gentío,
igual que el sol cuelga en el cielo de invierno
o la manzana amarilla se aferra a la rama
al final del
otoño;
xxxxxxla muchedumbre que éramos,
extraños,
xxxxxxxxla miramos,
como carretes de hilo multicolores en una cesta;
y llegan unas grandes tijeras —el tren—
que nos cortan de un sitio
y nos cosen, por la vía, al otro.
Miro ese reloj
y sé que no te veré en la estación,
pero te imagino subiéndome
la cremallera del vestido
cuando me voy por la mañana,
y tocándome los brazos desnudos,
y que nos tomamos un café y miramos por la ventana
de madrugada,
sabiendo con dolor la hora que es
por el sol,
que se ha convertido en un enorme reloj de bolsillo,
tan caliente que no se puede coger.

Ayer te pedí direcciones.
Tu cara era
una brújula
con una aguja, parecida a una rama, temperamental y caprichosa,
que se movía del este al norte,
erráticamente,
pero yo buscaba el sur,
porque necesito sol y calor,
y me asustaba tu aspecto norteño,
otoñal, invernal,
un árbol deshojado,
una montaña nevada,
una gruta de hielo,
una avalancha,
pero me vi
las manos,
como indicadores de oro, delgadas:
se movían imperceptiblemente
en torno al mismo pequeño conjunto de números, también de oro, cada año.
Y mi cara ocultaba
el viejo tallo que las movía,
aún más enjuto.

Te conocí en el momento equivocado.
Demasiado tarde para amar.
Tu cara era un reloj de bolsillo de oro que me recordaba el pasado,
una brújula que señalaba que yo no tenía norte magnético,
sino solo las direcciones correctas reveladas por las estrellas:
el mapa y el tiempo de soledad que registran
los astrónomos.

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UN CASTILLO CONSTANTEMENTE ASEDIADO

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxNota: los versos «La próxima vez que nos veamos,/ no nos desnudemos» pertenecen
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxa un poema que me presentó una alumna neoyorquina de uno de mis talleres lite-
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxrarios, llamada Binnie Klein. Me fascinaron de tal modo que encargué a los alum-
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxnos del taller que compusieran un poema a partir de ellos. Me parecieron un buen
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxejemplo de versos aprovechables enterrados en un mal poema. Por desgracia, yo fui
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxla única que hizo algo con ellos, pero le estoy agradecida al taller por haberme da-
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxdo la oportunidad de escribir este poema.

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La próxima vez que nos veamos,
no nos desnudemos.
No nos toquemos.
Que nuestros cuerpos sean como conchas
vacías de la carne blanda del molusco
y hasta un indicio que sea una posibilidad.
No pasemos siquiera la noche
en la misma ciudad,
porque seguramente, y pese a mis buenas intenciones,
me acercaría de puntillas a tu puerta,
igual que se filtra el agua por el umbral:
una inundación silenciosa que rompería contra tu vasto
cuerpo de marinero, como la
estela fosforescente de una barca esbelta.

No nos quedemos solos en el cuarto.
Podríamos enmudecer, como un arrecife desierto,
y convertirnos en buscadores de coral.
Nos arañaríamos las manos y las piernas para arrancarnos
lascas del cuerpo.
Rodeémonos de otras personas
para hablar apasionadamente
del amor
mientras rociamos la habitación de gotas brillantísimas
sin mojarnos el uno al otro,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxcomo los meros
y las grandes corvinas cruzan los mares,
acompañados por muchos otros peces más pequeños,
que los siguen para alimentarse.

La próxima vez que nos veamos,
estemos casados con otros
y sin peligro de andar a la deriva, solos, en una balsa
por el Atlántico.
Porque tu cuerpo desnudo
me excita como si
hubiera visto un galeón español
venir hacia mí,
a toda vela, cuando me baño por la mañana.
Tocarte es encontrar un mapa arrugado, fatigado,
que promete el cofre de los rubíes de Fernando.
Sentir tu presencia
es cambiar de conversación,
como cambian las palabras debajo del agua.
La próxima vez que nos veamos,
no nos desnudemos,
porque la desnudez simboliza una muerte de terrible inocencia,
y lo que siento por ti carece de toda inocencia.
es primitivo, grave, sexual, histórico,
como una carpa centenaria
que nadase en el foso
de un castillo constantemente asediado.

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EL MIEDO A TIRAR EL VIOLÍN

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx«El miedo a tirar el violín es tan universal entre los violinistas
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxque se menciona en los lugares más insospechados. Por ejemplo,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxen las notas del programa de un concierto de Daniel Barenboim
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxse cuenta que su carrera empezó a los tres años, pero que, cuando
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxa los cuatro descubrió que el piano se aguantaba sobre tres patas,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxinmediatamente cambió y nunca miró atrás».
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxKato Havas, de El miedo escénico. Causas y
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxcuras, con especial referencia al violín.

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Sí, M.,
subo la escalerilla del Greyhound, miro a mi espalda,
y veo a mis amigos llorosos,
pero no te veo a ti,
con tu bigote de Pancho Villa y el gran anillo turquesa;
yo lloro por muchas más cosas que por dejar
a los amigos.
Quizá ellos lo hagan
porque no has venido.
Que me vaya es tan normal
que nadie derramaría lágrimas por ello.

Es curioso:
llevo toda la vida hablando de traidores.
Esos tipos que te regalan anillos, anillos de oro, en lugar de a sí mismos,
o esos otros que nunca te regalan anillos
ni llaves.
Sin embargo, tu llavero pesa
como el de un carcelero y reluce con los secretos de las naranjas
y los pájaros tropicales.
Y esta noche, montada en el Greyhound, a toda velocidad, pero no por una carrera,
sino por la vida,
me he dado cuenta de que yo he sido la traidora
en la vida de muchos amigos, de muchos amantes incluso,
de muchos
que me necesitaban,
pero yo me subía a un autobús, o a un avión,
hasta, a veces, a un tren
(en esta América sin trenes) o a un coche.
Y me marchaba
sin desaparecer. Solo me iba a otra parte. Y no porque
quisiera dejar Laguna Beach, donde el Rey de España paseaba
todas las mañanas con las lavanderas y las gaviotas,
y George Washington, en Nueva York, urdía planes para cultivar
laurel europeo en Mount Vernon cuando hubo regresado de los pies helados y harapientos de Valley Forge,
y David, que me dejó cuando se hizo al mar desde un precipicio,
y Daniel, que persiguió leones soñados hasta el teatro de su mente,
y el conductor de autobús, el mecánico de motos, el leñador,
el astrónomo o el decano.

Como un barco de guerra,
mi vida avanza. A vista de pájaro,
lenta, voluminosa y patente. Se mueve.
Desde el suelo, yo soy lo que se ve, moviéndome a la par,
sin el brillo fugaz de las escamas de los peces que la gaviota distingue desde el aire,
sino sólida y negra, como el piano de cuatro años de Barenboim,
y subida a los aviones, autobuses, trenes,
camiones
y barcos de guerra de la vida.

Como el fuego.
Como el agua.
El movimiento.
El movimiento constante. Pero no porque haya un
lugar
especial
a donde ir. El movimiento de la vida.
Las teclas del piano esperan a las manos voluntariosas que despierten los acordes,
que sonsaquen por igual a Beethoven y a Chopin,
esas teclas que se mueven en un mundo lleno de brillantes pianistas
y yo,
los macillos, las cuerdas, las teclas, el reluciente marfil de la madera pesada.
Tócame,
tócame, digo, y no te traicionaré.
No tengas miedo de tirarme; no soy pequeña.
Delicada, y necesitada de cariño y afinación, y de las manos diestras de pianistas amantes,
sí,
pero no frágil,
no fácil de tirar,
ni siquiera por un intérprete de tres años que sea fácil presa del miedo
escénico.

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EL PIMENTERO

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxPara Bonnie

Una palabra se puede
referir
a tantas
cosas
diferentes.
xxxxxxxxxMabel, Mabel, pon la mesa
xxxxxxxxxy no te olvides del pimiento.
xxxxxxxxxxxxxxx—Canciones para saltar a la comba

Salió el sol:
tenía el color de un pimiento morrón maduro.
Salió el sol:
tenía el color y la forma de las bayas de pimienta de Sumarra.
Una vez vi salir la luna,
naranja como una linterna,
en el cielo de invierno.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxTenía la forma
y el color de una baya de pimienta.

La planta crece en el patio, en otoño,
y brilla en la niebla
como si esto fuera un bosque de Nueva Inglaterra
en lugar de una playa del sur de California.
Es un pimentero.
De pimientos morrones.
También llamados, a veces, de jardín.
Mucha gente no sabe que los pimientos morrones rojos son solo pimientos morrones verdes
maduros.
Pero es así,
y eso explica que los rojos sean
más dulces
y que cuesten el doble
en el supermercado.

La que está
en nuestro patio
es una planta triste,
porque no tiene ramas ni enredadera,
solo el palo del tronco
y el único fruto que ha dado jamás,
un pimiento de cinco centímetros, carmesí, salvo por una mancha verde que
ahora
se ha vuelto negra.
El pimiento lleva ahí
casi tres meses.
Se ha puesto duro
y se ha satinado,
como una calabaza;
de tan duro, no se puede comer
(y, de todos modos, probablemente sepa a madera).
Es como esa hoja escarlata que aún cuelga
del arce,
en otoño,
cuando todas las demás ya se han caído.

¿Imagen
de la dureza
o de la temeridad?,
considerando que un pimiento no tiene ningún significado especial,
excepto, quizá, para un poeta
(sustitúyase la palabra por «soñador»
u «holgazán»)
que quiera ver alguna belleza,
y por lo tanto algún significado,
en un objeto que cuelga.

Cuando digo la palabra «pimiento»,
no pienso en realidad en un pimiento morrón;
pienso
en un miembro del género piper,
la especie negra y picante que le echo a todo
lo que como,
una planta que crece en los trópicos,
«de flores diminutas, agrupadas en espigas como amentos»,
y pienso en tu vida, que nunca está
lo bastante especiada para ti.

Mi marido, tu mejor amigo, ha estado
a punto de abandonarme esta semana.
Aunque supongo que debería decir
que me ha abandonado. Pero ha vuelto.
Un gesto de compasión que no sé a quién agradecer.
Quizá me haya abandonado porque no le daba
lo que necesitaba,
o quizá
porque soy un fracaso de persona.
El porqué es irrelevante.

Mi mayor preocupación ha sido averiguar por qué.
xxxxxxxxxxxxxxxPor qué tengo tanto miedo.
xxxxxxxxxxxxxxxPor qué soy tan sensible.
xxxxxxxxxxxxxxxPor qué no paro de fracasar.
xxxxxxxxxxxxxxxPor qué lo sigo intentando.
xxxxxxxxxxxxxxxPor qué necesito saber tantas cosas.

Sin embargo, lo que más me aterra de la vida
es que, la mayoría de las veces, no hay
una razón,
por lo menos en el sentido de que tú o cualquiera
pudierais hacer algo al respecto.
Es frustrante para nosotros, los soñadores-hacedores.
Que no podamos hacer nada
respecto a la lluvia,
aunque soñemos con ella y sepamos que va a llegar.
Aguantar un día de lluvia significa ponerse un impermeable.
Conocí una vez a una chica que siempre se ponía un impermeable; la
consideraban excéntrica, pero lo que pasaba en realidad
es que estaba gorda y se avergonzaba de su cuerpo. Cuando llovía,
se mojaba como todos los demás.
Nadie puede evitar que llueva.
Ni siquiera Reich, con energía orgónica, podía evitar que lloviera;
si acaso, aprendió a provocarla
y a llevársela, de vez en cuando, a otra parte.

En esta biblioteca en la que me encuentro,
un viejo refunfuña delante de un atlas.
Una chica, bien dotada de atributos femeninos
—pelazo rubio, 
pechos grandes
y cintura de avispa—,
se ha sentado en la mesa de al lado,
pero a mí me parece un hombre, y no dejo de mirarla para
averiguar por qué.
Manos y pies femeninos.
Tipo de mujer.
Sin patillas.
¿Podría ser que tuviera cara de hombre?
Luce una nariz recta y fina,
unos labios asimismo finos
y una mirada inteligente.
Así podría describirse también mi cara.
¿Por qué la veo como a un hombre?

Dejo vagar los pensamientos.
He pasado estos dos últimos días
aterrorizada,
temblando. Me han castañeteado los dientes.
No he visto ni hablado con nadie.
He leído y dormido.
Dos actividades normales que son importantes para mí.
Y he intentado no enfadarme
conmigo misma por
encontrarme atrapada a los 37
en el viejo dilema:
yo,
feliz;
mi marido,
desgraciado.
Y que él me abandonara (lo único que ahora
podría hacer mi vida verdaderamente desgraciada).

Una acción precipitada suele ser
la reacción habitual a
la desgracia.
Y los desgraciados son los que llevan sufriendo demasiado tiempo.

Bonnie, te has pasado un año odiando a tus hijos
y has decidido mudarte a 3.000 millas de distancia
para que tu vida cambie.
Pero, claro, tenías que llevarte
a tus hijos.
No obstante, en una cosa tienes razón:
quieres a tus hijos más
de lo que los odias,
y lo que de verdad deseas
es no tener que pasar todo el día
con ellos.
Una aspiración sencilla, se diría. Pero supongo
que no es fácil para ninguna madre.

Creo que querías hijos por la misma razón .por .la .que dices que quieres escribir
poesía. Una .buena .razón. Para .transformar .tu vida. Pero es la acción, no el ob-
jeto, lo que transforma la vida. Aunque .tuviese .un .cuadro .de .Rembrandt en el
salón, no me transformaría; y lo mismo .pasa .con la vida. Pero si pintase un cua-
dro porque me entusiasma el proceso de creación de ese objeto, ¿lograría así que
mi .vida .fuera .diferente? El proceso, en sí mismo, procura buena parte de la ale-
gría. De modo .que tus hijos, en .tanto .que .objetos, no .te .proporcionan, por sí
solos, ninguna xalegría xespecial, o xsolo .cuando .presumes .de .ellos (¿tu .Rem-
brandt?), pero ¿con quién puedes .presumir .de .unos .críos .que nunca dejan de
llorar? ¿Y .tu .poesía? Te da .poca alegría, porque nadie la lee ni la publica. Como
objeto, es como un niño que llora. Nada de lo que presumir.

Es irónico, desde luego, que los objetos más hermosos .sean los que produzca un
artesano enamorado .de .su .trabajo, de su oficio, más preocupado por el proceso
de creación que por lo que pase con .el objeto .terminado. Solo a algunas madres
se les concede .el .privilegio .de que sus hijos sean un premio. La alegría consiste
en el acto humano de crearlos y de vivir con ellos.

Es el proceso diario .de vivir con mi marido, de estar con él, lo que me da alegría.
Y lo único que puede herirme es .que .me .arrebaten ese proceso, que me priven
de su presencia. Cualquier problema que surja .parece .fácil de resolver si él está
aquí, puesto que el proceso de la vida .consiste .en .resolver .problemas. Y el ob-
jeto de nuestra vida, supongo, en sentirnos .satisfechos .con .el .proceso de vivir
esa vida.

He pensado hace poco que nunca .ha .habido «objetos» de amor en mi vida, por-
que es el proceso de la relación lo que la fortalece. Creo que .esa .es la razón por
la que he mantenido tantas .relaciones .profundas .con .hombres. Quizá sea tam-
bién por eso .por .lo .que .no .las he conservado. Y no creo que contradiga lo que
acabo de decir que también afirme .que .me .he .sentido .morir .cada vez que un
hombre .al que .amaba me .ha .dejado, y que literalmente he tenido que recrear-
me, que renacer, por la magia del artista, para volver a empezar .y .volver, así, a
vivir.

No obstante, no quiero pasarme .la .vida .como .el .ave .fénix. Ya he demostrado
que soy capaz de recrearme. Me han obligado demasiadas veces .a repetir el mis-
mo proceso. Estoy preparada para superarlo.

Todo .esto .ha .empezado .como .una .reflexión sobre el pimentero que nos rega-
laste este verano, y sobre la idea de que una palabra puede significar muchas co-
sas distintas.

No creo que el dolor
deba ser tan importante
como es,
como ha sido a lo largo de la historia.
Pero he convivido tanto con él
que puede apoderarse de mí con facilidad.
El dolor que he sentido estos dos últimos días
se parecía tanto al dolor que he sentido en el pasado
que lo único que podía hacer era sentarme y
estar quieta;
no era capaz de hablar,
porque ya he dicho muchas veces
cuanto hay
que decir
sobre el dolor.

Es una trampa, ¿sabes?,
haber tenido una experiencia tal
que no pueda haber
nunca nada nuevo
que decir
al respecto.
Y el caso es
que las palabras no alivian el dolor:
solo pueden 
expresarlo.

Pero ahora quiero que algo alivie
el dolor.
Y no sé de nada.
Aunque me acuerdo de que he empezado esta reflexión
por un motivo:
hacerme a la idea del fibroso pimiento
rojo y verde
que no se desprende
del tallo,
y trae el otoño de Nueva Inglaterra,
la más extraordinaria estación de América,
al invariable paisaje del sur de California,
y recuerda que la causa del pimiento carece
de propósito,
pero que se aferra a la vida
como la hoja solitaria y fatigada del arce
en lo más oscuro del invierno,

que, sin duda —fatigada como yo—,
no podría tener menos fuerza.

Porque me encanta el pimiento picante,
pero me parezco más al pimiento morrón, de jardín,
dulce.

Y Vivir es
el proceso de resistir a la muerte.
Nadie va salvarnos de la muerte
más que nosotros.
No se trata
de la prosaica pregunta del «poder»;
es la poética pregunta del estar dispuesto.

Nadie va a salvarnos de la muerte
más que nosotros.
En este clima del sur de California,
nuestro pimiento puede durar,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxincomestible,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxsin multiplicarse,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxno muy airoso.

Un emblema.
Para mí.
Ojalá pueda mirarlo
como a una de mis lunas, caída del cielo,
roja como la sangre,
con esa magulladura verde, casi negra,
la huella del dedo de quienquiera
que la haya arrancado
de otro cielo.

.

.

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Wakoski, Diane. Esperando al Rey de España (Trad. Eduardo Moga). Madrid; Bartleby editores, 2022.

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ESPERANDO AL REY DE ESPAÑA

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MÁS ALLÁ DE LOS TRONCOS DE LAS PALMERAS

Libras una batalla que te deja en las palmas las cicatrices de un antiguo destino;
un mapa de la luna
que vi ahí una vez. Y ahora las líneas han formado
ejércitos en marcha
que se agolpan en nuestras vidas
como una invasión del Pacífico Sur.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxPero yo no he
entendido el cambio en absoluto.
Mis ojos siguen absortos en el mapa de las llanuras y los mares,
como una bruja del agua cuyas manos fueran
la varilla del zahorí.
Intento acercarme
al punto que vi una vez marcado como «Llanura de Diana», «Mar de las Estrellas Fugaces».
Pero ahora ese espacio está vacío.
Hasta las filas de cuerpos caquis que vi ahí, sudando en formación,
hace tres semanas
han desaparecido.
Ya no hay mano.
Solo una huella.

Nos enseñan que la historia avanza despacio. Los fósiles de tiranosaurio
tienen millones de años de antigüedad.
Pese a eso, tú pareces haberte desvanecido por completo
en tres semanas,
y a mí solo me quedan
unas manos que tiemblan cuando me las llevo a la cara,
porque sienten el agua.
O que se inclinan ante cierta idea de ella.

Más allá de los delgados troncos de las palmeras, en mi casa,
está el océano pacífico.
¿Qué significa
que alguien
haya
existido? ¿Ya no está ahí?

Las líneas de mis manos
no han cambiado nunca.

.

.

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.

.

BUSCANDO AL REY DE ESPAÑA

Suenan voces de mujer,
como etiquetas de botellas conocidas,
en el corredor.
Y yo, sola, con el kimono amarillo,
pienso en el sueño de anoche.
Sigo siendo aquella niña
que dormía desnuda en el viejo baúl con una colcha bordada
con rosas y signos del zodíaco.
Todavía prende una espada
sobre mi cabeza.
Y debajo de mí, en el arcón,
están los huesos de los muertos.
Despertarme significa enfrentarme a la vida
sin ti,
a quien con tanta imprecisión llamaba El Hombre de la Hebilla de Plata
y hasta le compré esa hebilla
para tener la integridad de la leyenda
en las manos.

Pero, por supuesto, no eras el Hombre de Plata ni el Rey
de España.
Solo un hombre llamado
M.,
como todos.

Las voces de mujer
podrían haberme alertado,
o incluso aquella misteriosa voz de tu padre,
si hubiera escuchado.
Pero esas voces
sonaban como
meros murmullos de corredor,
y yo llevaba entonces también el kimono amarillo,
y escribía,
y escuchaba los sonidos de seda.

Y, estúpidamente,
no oí lo que decían,
porque estaba escuchando música o quizá
otra voz,
una que creía tuya.
El Rey de España, que a menudo pronunciaba palabras de amor.
Aquello debería haber bastado para ponerme sobre aviso:
la voz no era tuya.

Mi amante está tocado por la oscuridad.
Tú, en cambio, M.,
te plantas ahí para que todos te vean.

Ahora ya no se oyen las voces del pasillo.
Pero oigo pisadas.
¿Son las tuyas, visibles, M.,
o pertenecerán esta vez a mi amante de verdad,
el hombre al que he hablado
tantos años en la oscuridad?

.

.

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.

EL REY DE ESPAÑA EVITA EL CONGELADOR

No,
xxxxdices tú,
xxxxxxxxxxxxhabla claro
xxxxxxxxxxxxo cállate.
Y a mí me cuelgan diamantes de los labios,
como la baba a una niña retrasada.
Feamente.
La espantosa realidad. Sin control. De la que ni siquiera podrías
compadecerte.
xxxxxxxxxxxxxPero así llegan
los diamantes.
Y los escorpiones venenosos.
Con serpientes de casi dos metros.

Si te dijera
que me has roto el corazón,
te limitarías a contestar (amablemente):
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx«Cuídate».
Como si
de verdad fuera a aplastarte,
en el caso de que fueses un escorpión;
como si fuera a volarte la maldita cabeza,
en el caso de que fueses esa serpiente de cascabel de casi dos metros;
como si pudieras comprender los diamantes que se me caen de la boca,
igual que la leche que le resbala a un bebé despreocupado por la barbilla.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxComo si
el amor fuese algo
que se pudiese
dejar de lado.

.

.

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xxxxxxxxxCONTANDO TUS BENDICIONES
CON LOS SEIS DEDOS DE LA MANO: UNA VIGILIA

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxeste libro de horas para todos los hombres
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxy mujeres que esperan

Otra vez
las cuatro de la mañana
y yo cansada, aunque sin dormir,
esperando oírte llegar
en esta madrugada lluviosa;
pero me has dicho
que no volverás nunca.

Abajo, en las rocas de nuestra playa,
debe de haber playeros de Alaska.
Yo estoy, por supuesto, en un lugar extraño,
pero sé que en casa
debe de haber palomas torcaces
en los cipreses.

¿Por qué me has dejado?
Me habías dicho que nunca lo harías,
tú, que me rescataste del tintineo de mis solitarias pulseras
hace dos años.
Siento la boca y las mandíbulas
como si fueran de hierro: pesadas y tensas
en una cara de luna.
Dices que yo te he alejado,
pero
¿qué he hecho
sino amarte?

El amor es que alguien fofo haga una hora
de ejercicio en Vic Tanny;
que un alambre de acero te aguante
la mandíbula;
un vino carísimo
estropeado;
un cuerpo dolorido por la gripe.
Yo seguiría sola
y te esperaría,
por fútil que parezca.
Porque te amo
y he aprendido a aceptar el amor
como a las cicatrices
del cuerpo:
representan las partes defectuosas de mí,
pero también
mi identidad.

Eres el hombre al que amo.
Te necesito en casa,
como necesito el fuego,
como necesito agua para beber,
como necesito algo de aire para respirar,
como necesito
(oh, qué banal)
tus ojos, que vieron aquel azulejo índigo
mientras yo buscaba setas
en la tierra mojada.
Una vez me quisiste
por la luna de mis dedos,
pero parece haberse soltado
de su collar, como una hermosa
bola de cristal de Tiffany,
y hecho añicos.
Recojo los pedazos
y los envuelvo cuidadosamente
con la esperanza de que mis dedos
sean algún día lo bastante diestros
como para repararla.

¿Podrías amarme
si vieras pasar esas pequeñas lunas nuevas
como pedos de lobo,
perlas de borrosa geografía,
de la tierra
a mi piel,
si las vieras crecer en mí, como si fuera
un tocón que se pudriese?
Si pudieras, entonces mira,
aquí están,
creciendo en la bruma fría
de mi vida.
Te ofrezco estas lunas
nuevas.
Vuelve.
Esto es un grito de dolor.
Y yo no me llamo lobo.

El Rey de España llama
a la puerta,
pero no le abro.
Sigo esperando.
Te espero
a ti.

.

.

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QUEMANDO LOS BARCOS

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxPara Terry Stokes

El sol entra en el piso, por la mañana,
como un bailaor de flamenco:
taconea, afilado, en los tulipanes llameantes,
y balas de luz invernal explotan en los cojines amarillos,
y los delicados zarcillos del helecho plumoso, que gotea una humedad verde,
se abarquillan con los chasquidos de las castañuelas
del sol.

Sola,
ahora,
con el sol como único amante;
y él, invisible, como si viviéramos en algún lugar
al este de… y al oeste de la luna.

Mi manera de significarlo
es encendiendo fuegos. Se me quema la tostada
en el horno por fantasear con un cardenal que cruza, volando,
un árbol en invierno. Mis toallitas de papel, rojas o amarillas,
arden al arder yo,
con un kimono amarillo,
sin apenas reparar en nada, salvo en el amor.

El Rey de España, como siempre misterioso, pero recordándome
su conexión con el fuego, imprime a veces una huella candente
en el cristal de mis enormes ventanas
y, por la noche, veo brillar la punta de un cigarrillo
junto al balcón en el que estoy,
rodeada de oscuridad.

Una vez soñé con quien te degollase y sus actos secretos,
pero me di cuenta de que solo lo veía como
a otro hermoso bailaor,
que saltaba por fin desde un tejado para matarse.
Y de que yo quería como compañero a un banquero, a un corredor de yates, al propietario
de una fundición o a un metalúrgico
de los Andes.
Hombres que cogían al mundo
y le prendían fuego. Y el fatuo bailaor
no podría reírse del sol,
porque también él estaba construyendo un país industrial con el taconeo de sus
botas ajustadas, palmeándome sol en la piel, llenándome de oro
el pelo, y mi delito
no era pasional, sino premeditado.
Les pegaba fuego a todos los puentes después de cruzarlos. Me aseguraba
de que los poetas amables, los vaqueros bobos, los lectores cansados de libros hermosos
o los lotófagos ciegos no pudieran cruzarlos para regresar
a mi vida. Porque
nunca dejé
de saber que quería como compañero a un banquero, a un corredor de yates,
al propietario de una fundición o a un metalúrgico
de los Andes.
Alguien que cogiese el fuego con las manos.
Que forjase con un puente en llamas
y una montaña
un nuevo metal
que salvara el vacío
hasta llegar a mi vida.

El Rey de España, que me ama
y es dueño de cofres repletos de oro robado y de una cabeza llena de poesía
del pasado, resplandece cuando anda,
igual que el oro de su ropa despide la preciosa luz del fuego.
Nunca permitiría que alguien débil entrara o saliera por la puerta
más de una vez.

Todas las mañanas me despierto y veo el sol brillar
en los oros, en los amarillos de los crisantemos, las caléndulas y las amapolas.
Los tengo en los dedos, y reparo
en cómo duermo:

en un anillo de fuego.

Mi lengua es el bailaor de flamenco.
Que baila en puentes en llamas.
Que se despierta, resplandeciente, todas las mañanas,
cuando una luz de oro inunda la ardiente habitación.

.

.

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Wakoski, Diane. Esperando al Rey de España (Trad. Eduardo Moga). Madrid; Bartleby editores, 2022.

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RECORDANDO A UNA DE ESAS CHICAS QUE NUNCA FUI

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PRECISAMENTE, VIOLETAS NO

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxPara el Rey de España

Solo marco
los días de soledad, en los que el tiempo pasa despacio
y me recuerda
a un rostro envejecido.
Me acuerdo de una chica con un ramo de violetas mojadas
en un pasado
que no sé si he vivido.
Y bajo esta lluvia
hay una huella que no se borra.
El Rey de España
me sigue,
invisible, desde luego,
pero no me hace llorar,
como tú,
M., el hombre que se ha marchado,
llevándose solamente la maceta con la cinta
y la cafetera francesa, una mesa antigua,
una bola de mármol,
un tintero viejo
y la ropa, que antes llenaba los colgadores.

Libros, sí,
también te has llevado muchos libros, pero mmi casa sigue llena
de ellos. Los libros son mi vida. Crecen en las alfombras,
en los rincones,
como violetas en primavera.

Yo también soy un libro
y tú te has llevado el ejemplar valioso, encuadernado a mano,
para enterrarlo, acaso, debajo de un montón
de elegantes volúmenes de poesía moderna.
Pero mi casa continúa llena de libros,
manuscritos o infolios,
encuadernados y sin encuadernar,
y yo, el original que siempre está ahí,
con demasiados editores.

La palabra.
Vivo por la palabra.
Tú diste tu palabra
y ahora
la has retirado. ¿Será eso como que un libro deje de imprimirse?
¿Porque nadie lo compre?
Si pudiera condenarme al silencio,
lo haría.
Pero sin lengua
las violetas me crecerían en el suelo de la boca y solo
harían que me dejaras
por otras razones.

¿Y qué he perdido
al perderte?
Al Rey de España no,
porque me sigue a todas partes.
Un libro, quizá,
una idea.
La ilusión de que llegaran a amarme
como yo he amado.
¿O acaso ese amor es algo más
que un conejo al que los gatos han dado caza, destrozado y abandonado
en la terraza de atrás?

Solo marco
los días de soledad, escribiendo desde un silencio
que alguien que no se llamaba Beethoven
me metió en la cabeza.
Me crecen violetas alrededor de los labios. Mojadas
por la lluvia de primavera.
Su azul me recuerda
lo bellas
que pueden ser
las cosas que están solas.

.

.

.

.

.

PASEANDODE MAÑANA POR LA PLAYA DE LAGUNA
CON UN HOMBRE QUE TIENE UN DIENTE DE ORO

Corretean las lavanderas
xxcon patitas como pistones que imitan la marea,
xxxxy nosotros bajamos, por acantilados florecidos, del mirador donde hay
xxxxxxun telescopio para avistar ballenas, y dejamos atrás una terraza vacía que
xxxxxxxxsiempre he sentido que debería ser mía.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxSi lo fuera
(mía),
xxxxxxxxxxxxxxxxxme estiraría
xxxxxxxtras las cristaleras,
xxxxxxxme tomaría, por la mañana, una taza de darjeeling,
xxxxxxxy contemplaría los inevitables movimientos del Pacífico,
mientras tú estarías pescando en las montañas,
o durmiendo rodeado por una manada de antílopes en el desierto,
y yo, míticamente, andando, como me imagino todas las mañanas,
por esta playa con alguien que no es
el Rey de España,
con alguien que conozco, y que me ama, pero que
no puede estar conmigo.

Me entristece pensar en andar sola,
pero se me hace increíble despertarme en brazos de un príncipe.
Solo deberíamos despertarnos
en los brazos de alguien con quien se hubiesen pasado
cuarenta años
o que, al menos, fuese a quedarse cuarenta años
y no hubiera de morir.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxPero la muerte nunca
nos ha
separado.
Ni a mí
ni a ninguno de los hombres en cuyos brazos me he despertado.

Oh, Amor, Amor,
eres mítico
como mi Rey de España.

.

.

.

.

.

RECUERDO A UNA DE ESAS CHICAS QUE NUNCA FUI

Todas las noches
trabajo hasta tarde:
friego platos
o cocino para el día siguiente,
limpio el suelo
o arreglo armarios,
y espero a que llames a la puerta, a medianoche.
Por fin, me voy a la cama,
sola,
y me tapo con la manta amarilla.

Como el sol,
me destroza las muñecas
y me cepilla los tobillos.

El Rey de España
asoma por entre
las capuchinas
de la jardinera de la ventana.
O a lo mejor intuyo
que está cerca
del olor acre de las esponjosas flores, naranjas
y amarillas.

No eres tú,
desde luego.
Su diente de oro lo distingue
de mis demás
amantes.

Quizá nunca más
vuelvas
a llamar a la puerta a medianoche.
Los rubios apuestos
que admiro y anhelo
llaman una vez
y luego vuelven con sus
novias de bronce.

Esta tarde,
en el bar,
he visto que la mano delgada de una chica muy guapa,
que estaba en la mesa de al lado,
te acariciaba la pantorrilla.
Yo también
quería tocarte
las piernas, largas y considerables.
Pero las capuchinas que me crecían
en las estrechas articulaciones de las rodillas emanaron
entonces aquel aroma suyo, amarillo, naranja, amargo,
fuerte,

y me sentí cubierta de flores.
Me eché a reír,
hablé alto;
esperaba ver entrar
por la puerta
a mi celoso e invisible amante,
el Rey de España.
Yo misma me asusté de mi
parloteo compulsivo:
te deseaba,
te deseaba,
te deseaba
a ti.
Y vi que otra mano se movía
por tu pantorrilla
con mucha familiaridad.

Todas las noches
trabajo hasta tarde.
Me quedo leyendo
o a veces escribiendo,
y espero a que llames a la puerta, a medianoche.
Pero cuando la llamada no llega,
apago las luces.
Las capuchinas se encogen de hombros
—hombros inquietos, como dólares de plata—
y las flores esponjosas, amarillas y
naranjas, llenan
mi noche
con su fragancia de ensalada.

Me queda, 
gracias a dios,
me queda
el amante fiel,
cuyo diente de oro refulge como las flores.
El Rey de España.
Y me ama;
tú no.
Nadie me ha amado nunca como él.
Siempre está aquí,
a la espera, fiel,
más apuesto que los rubios más apuestos con sus velámenes de lino.
El Rey de España,
a quien conocí en una playa de California,
cuando alguien oscuro
se estaba sacando un clavo del pie
y otro corría en una pista con estrellas de mar.

Todas las noches
trabajo hasta tarde,
y espero a que llames a la puerta, a medianoche.
Y aunque sé que no volverás nunca,
no apago las luces ni
abro la puerta,
ni siquiera al Rey de España,
hasta que sé que es demasiado tarde
y que estás en casa durmiendo
con una de esas jóvenes
y guapas
chicas
de bronce,
una de esas chicas
que me recuerdan
lo que nunca 
he sido.

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Wakoski, Diane. Esperando al Rey de España (Trad. Eduardo Moga). Madrid; Bartleby editores, 2022.

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