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FÁBULA 22

Fábula 22

 

 

Enrique Álvarez

DESESPERANZA CRECIENTE

xxPronto va a hacer quince años que se casaron mis padres, y las esperanzas de que me traigan al mundo son cada día menores. Es triste decirlo, pero mis padres han dado un cambio nefasto en los últimos tiempos. De su generosidad inicial a su egoísmo y racanería de hoy media un auténtico e inexplicable abismo.
xxRecuerdo perfectamente cómo, durante su noviazgo y primeros años de matrimonio, soñaban con engendrar no menos de cuatro hijos. Recuerdo la ilusión, el amor y -por qué no- también el placer de sus primeras prácticas conyugales a la hora de la siesta.
xxMi hermano Matías tardó casi dos años en venir al mundo. La matriz de mi madre no estaba aún lo bastante formada y fue un parto con muchas complicaciones. Por aquel entonces el negocio de mi padre -una joyería modesta- atravesaba momentos tan agobiantes que, meses después de nacer mi hermano, contrajo una grave neurastenia que le tuvo casi un lustro incapacitado para cualquier tipo de actividad. Sólo la impagable ayuda de tía Veli -la hermana soltera de mi madre- evitó el hundimiento de la joyería y la ruina absoluta de la familia.
xxSin embargo, pasado aquel lustro, las cosas comenzaron a rodarnos mucho mejor de lo que nadie esperaba. No sólo el negocio disparó en poco tiempo los beneficios, sino que tanto la salud de mis padres como la naturaleza vigorosa de Matías parecieron desterrar para siempre del seno familiar toda sombra de inquietud.
xxFue entonces cuando yo me dispuse a nacer en cualquier momento. Pues, aunque mis padres continuaron aplicando por pura inercia -sin intención alguna de evitar el embarazo- el método de Billings en sus prácticas maritales, yo me sentía totalmente seguro del acaecimiento inminente de mi concepción, y más considerando mi condición de segundogénito. De modo que, durante largo tiempo, me apliqué con delirio al placer de saborear por adelantado una vida que yo auguraba fructífera y sobresaliente. Incluso, en mi euforia, llegué a elegirme un nombre precioso para mi persona: Damián.
xxPero he aquí que, inexplicablemente -repito-, siete u ocho años después la realización de mi sueño aún no se ha visto cumplida. No haré recaer toda la culpa sobre mi hermano Matías, pero estoy convencido de que él es la causa fundamental del desánimo de mis padres. Siendo un niño saludable y robusto, ha resultado sobremanera rebelde y caprichoso, y a una edad demasiado temprana ha venido ya a demostrar su completa carencia de rasgos creativos, interesantes o simplemente agradables.
xxPero insisto en que la decepción de mis padres respecto a su obra progenitora no hay que achacársela sólo a esta mediocridad precoz del pequeño Matías. Pues lo cierto es que, aun sin un propósito firme de excluir para siempre a otros hijos, quizá por mero afán mimético o bien por otras razones que prefiero no mencionar, desde hace una temporada mis padres han comenzado a abandonar el método natural de copulación y se entregan cada vez con mayor frecuencia a cierto tipo de ejercicios sexuales, abominables y estériles, que ponen de manifiesto una sequedad preocupante de juicio.
xxY así es como hemos llegado a la situación actual, a cinco años o menos de la menopausia de mamá, con la salud de papá nuevamente deteriorada -a pesar de la prosperidad económica-, con mis esperanzas de llegar al mundo cada vez más sombrías. Pues a lo dicho debo añadir (sin que el miedo a presumir de arrogante me frene) la cesión que de mi derecho a nacer en la próxima fecundación he efectuado a favor de mi hermana Natalia, la que me sigue en el orden generativo. Aún si despedirme del todo de las ilusiones inmensas que la vida me produce, quizá la ternura me ha movido a comprender de algún modo la superioridad de las ilusiones de Natalia, mi deber moral de dejarle a ella el disfrute de esta esperanza ya mínima (que para eso es mujer), sin descartar tampoco la posibilidad remota de que una fecundación doble nos permitiese nacer a los dos juntos como hermanos gemelos.
xxDe cualquier forma, el presentimiento de que nuestro padre no podrá sobreponerse ya nunca a su actual recaída, nos lleva a contemplar con escepticismo creciente estos cuatro años que quedan, y nos vemos ya condenados (con el único consuelo del inmenso y fraterno cariño que no une cada vez más a Natalia y a mí) a lamentar por los siglos de los siglos el egoísmo, la mezquindad y la feroz falta de imaginación de papá y de mamá.

 

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