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CUADERNO DE BROTES

 

LA RAPOSA

Frente a la caseta donde me gano el pan gratamente, se pasea a veces la elegante raposa, con su abrigo de duquesa, en la noche sola del monte. No sé si es únicamente la luz de mi ventana la que le llama la atención y la hace detenerse frente a mí; se diría que se queda mirándome con franqueza durante unos segundos, y así es como me asoma a la eternidad en la que vive. Su perfecto silencio y este mío no son en nada diferentes: ella lo interpreta trotando con señorial despreocupación, y yo le pulso unas notas calladas en este cuaderno. Un mismo propósito nos mueve, el que mueve la enramada de los pinos y agita en broncas ráfagas el manto súbito del aguacero. Cazarás quizá algún conejillo, cobraré tal vez la cadencia de alguna frase. Y nada habremos perseguido en esta noche inmemorial de la pureza. Regresa mañana, buena amiga, y mírame como tú sabes, desde el lago en calma de tu ignorancia, para que nunca crea yo saber nada más necesario, más útil y verdadero que tu ciencia humilde. En la noche sola del monte, me han mirado los ojos claros de Atenea, y parecían ser chispas de raposa.

 

 

 

 

EL HABLA DE LOS PÁJAROS

Si alguien quisiera saber cómo escribo a estas alturas, le sugeriría que preguntara a la lluvia cómo cae, al fruto cómo crece. Escribo escribiendo, respiro respirando. ¿Qué hay aquí, entre lo verdadero, que no se nos ofrezca de natural? Escribo como el que oye el habla de los pájaros y nada ambiciona añadirle, pues sabe que ellos se entienden con sus flautas y oboes. No se hace poesía con el pensamiento, se hace con palabras sueltas, apenas con sonidos, escuchando los asomos musicales, dejándolos decirse y desdecirse, casi casi con nada.

 

 

 

 

MÚSICA

Una vez más, Mozart: la pasión de los hombres, la vibrante transparencia. Si la música no nos revela que carecemos de límites por los cuatro costados, ¿quién lo hará? Igual que a ti te padecemos,música, cuando nos dueles con maestría, bebiéndonos con gratitud las lágrimas, así esta vida sea en ti hondamente escuchada. Todo fluye contigo, música de las esferas, todo halla en tu danza libre cauce de armonía. Pero no lo verá el que quiera hacer fuerza, el que vea un error en el curso del agua.

 

 

 

 

ÁNGELUS

Como una pinza verde, sujetando ensimismada su devocionario y un extremo de mi estupor, reza la mantis.

 

 

 

 

MUERTE DE UN PÁJARO

Cumplido su viaje, ha caído de la rama como las mismas hojas, seco y dócil. Un golpe sordo de plumas y de huesos en lo recóndito del día. El que a fuerza de liviano se hizo uno con los aires, con qué mansedumbre se da a la tierra. Doblar así, sin resistirse, como el pájaro y las hojas, como el que siendo nadie fue la vida que vive y muere.

 

 

 

 

EL ARTE

No es negocio de hombres, aunque nos haga humanos. No es posible asistirlo en su pura concepción. Es el arte, es la piedad universal, el ojo abierto de los mundos que halla en sí palabras, música, color de luz infierno. Por él, por su largueza, sabemos que la vida se cumple en una lágrima.

 

 

 

 

MUCHACHAS TRANSEÚNTES

Cuántos años doliéndome a vuestro paso, rabiando de codicia, marchándome del mundo con la pena de no haberos poseído, muchachas transeúntes de la dura primavera. Y ahora ya que ninguna de vosotras llega a verme, ahora que me veis abandonado en el desván de un sueño ajeno a vuestra luz, perdido en una edad que me cubre de sombra y lejanía, cómo os dais por entero a mi placer. Probado el dulce, si hemos vivido a fuego y miramos arder nuestras manos vacías, ya no se lamentan las flores que no oleremos ni el gusto que no habremos de darnos, pues se hace presente la rosa profunda del olfato y la miga de la lengua.Marchad, chiquillas, pétalos al viento, seguid felices vuestra ruta, que dejáis a un feliz, a un satisfecho, con sólo regalarle esa viveza, la frescura, la fresa y el limón de vuestros aires. Ah, esta copa colmada, esta lujuria verdadera, la alegría.

 

 

 

 

LA PORDIOSERA

Con la pierna hecha un sarmiento, bajando de su altura a cada paso, trastea entre los coches. Nos la encontramos a menudo en el mismo semáforo. Jamás tendrá motivos, y sonríe siempre con franqueza. Se le abrasa en los ojos un rubí. Mi hijo me dice que es una mujer; yo tengo dudas. ¿Nunca habéis visto un ángel feo? «¡Papá!», me advierte; y yo, que he sentido su presencia, busco unas monedas. Me pregunto cuántos, entre quienes le dan limosna, vislumbran la abundancia de su reino. ¿Cómo se puede andar así, entre la piel dura de la pobreza y esa cojera inmensa, con un paso tan firme en la alegría? Viene cantando, viene con el sol atado a un hilo, pasea al perro de la luz. Es el alma viva de la mañana que se acerca, con la mano extendida, para dársenos a conocer.

 

 

 

 

OS AMO PORQUE TENGO OJOS

Os amo porque tengo ojos. ¿Quién me puede engañar? No veo por ninguna parte a quien pudiera defraudarme. Nunca encontré ni encontraré nada que daros. Nada puede añadírseme. Os estoy viendo como sois, mi propia transparencia. Nadie ha roto un plato en los mil mundos. Nadie disfrutó jamás de un privilegio. Porque até el pañuelo blanco que sujetó la mandíbula de mi abuela y le cerré los párpados, este amor son mis ojos.

 

 

 

 

LA CARICIA

He pulsado esta mañana el cordaje interior de la energía, el secreto arco ojival en que apuntan las acuáticas costillas de este gato. Si tuvieran las nubes esqueleto, su tacto se parecería mucho a esta sensación que ahora me embarga mientras acaricio el lomo de mi amigo, el agua vertebrada de la vida.

 

 

 

 

TRONCO PODRIDO

Eso que llaman pudrirse los idiomas, la corta lengua de entendernos sepultando verdades, ¿no es esta explosión ciega de vida en que se abre el tronco desgajado sobre el manto del bosque humedecido? Tembloroso de hormigas, respirado de soles, sumergido entre líquenes, este tronco se pudre. Quiero decir que su corteza se hermana con el suelo y llena el vientre del planeta, mientras aún su corazón, apretado en la noche, se desposa con un rayo de luna y se disgrega en el espacio. Belleza, podredumbre, ¿de qué estamos hablando? Una sola palabra, una bastaría para cantar el cosmos. Feliz el que enmudece ante sí mismo.

 

 

 

Gallego, Vicente. Cuaderno de brotes. Valencia; Ed. Pre-textos, 2014.

 

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