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CAVAFIS EN VERSIÓN DE ELENA VIDAL Y JOSÉ ÁNGEL VALENTE

En 1964, Ángel Caffarena y Rafael León publicaron en Málaga una versión de poemas de Constantino Cavafis llevada a cabo por Elena Vidal y José Ángel Valente. En 1998 -los dioses lo bendigan porque gracias a él ha llegado un ejemplar a mis manos para que pueda deleitarme en esta versión que me ha hecho empezar a disfrutar por fin de Cavafis- Miguel Gómez Ediciones publicó una edición facsímil de aquellos Veinticinco poemas de Cavafis publicados en el 64.

Aquí dejo algunos de los poemas.

 

 

ESPERANDO A LOS BÁRBAROS

¿Qué esperamos agrupados en el foro?
xxxxHoy llegarán los bárbaros.
¿Por qué inactivo está el Senado e inmóviles
los padres de la patria no legislan?
xxxxPorque hoy llegan los bárbaros.
xxxx¿Qué leyes votarán los senadores?
xxxxCuando vengan los bárbaros ellos darán la ley.

¿Por qué el emperador dejó su lecho al alba
y en la puerta mayor espera ahora
sentado en su alto trono, coronado y solemne?
xxxxPorque hoy llegan los bárbaros.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxAguarda
el monarca a su jefe al que hará entrega
de un largo pergamino
lleno de dignidades y de títulos.

¿Por qué nuestros dos cónsules y los pretores visten
sus rojas togas de brocado fino
y lucen brazaletes de amatista,
refulgentes anillos de esmeraldas?
¿Por qué ostentan bastones de oro y plata,
insignias de su mando, maravillosamente cincelados?
xxxxPorque hoy llegan los bárbaros
xxxxy todas esas cosas deslumbran a los bárbaros.

¿Por qué no acuden como siempre nuestros ilustres oradores
a brindarnos el chorro feliz de su elocuencia?
xxxxPorque hoy llegan los bárbaros
xxxxque odian la retórica y los largos discursos.
¿Por qué de pronto esa inquietud
y movimiento? Cuánta
gravedad en los rostros. ¿Por qué vacía
la multitud las calles y las plazas y sombría regresa?
xxxxPorque la noche cae y no llegan los bárbaros.
xxxxGentes recién venidas de la frontera afirman
xxxxque ya no hay bárbaros.

¿Y qué será ahora de nosotros sin bárbaros?
Esos hombres traían alguna solución después de todo.

 

 

 

 

LA CIUDAD

Dices: “Iré a otra tierra, hacia otro mar,
y una ciudad mejor con certeza hallaré.
Pues cada esfuerzo mío es aquí un fracaso
y sepultado está mi corazón.
¿Hasta cuándo este abismo mi alma cercará?
Dondequiera que vuelvo mis ojos veo sólo
las oscuras ruinas de mi vida y los días
que aquí gasté, perdí o destruí”.

No hallarás otra tierra ni otro mar.
La ciudad ha de ir siempre en pos de ti. En las mismas callejas
errarás. En los mismos suburbios llegará tu vejez.
Bajo los mismos techos encanecerás.
Pues la ciudad te espera siempre. Otra no busques.
No hay barco ni camino para ti.
En todo el universo destruiste cuanto has destruido
en esta angosta esquina de la tierra.

 

 

 

 

VUELVE OTRA VEZ

Vuelve otra vez y muchas veces, cógeme,
amada sensación, regresa y cógeme,
cuando la memoria del cuerpo se despierta
y un antiguo deseo atraviesa la sangre,
cuando los labios y la piel recuerdan,
cuando las manos sienten que aún te tocan.

Vuelve otra vez y cógeme en la noche
cuando los labios y la piel recuerdan…

 

 

 

 

CUANTO PUEDAS

Si imposible es hacer tu vida como quieres,
por lo menos esfuérzate
cuanto puedas en esto: no la envilezcas nunca
por contacto excesivo
con el mundo que agita movedizas palabras.

No la envilezcas nunca
en el tráfago inútil
o en el necio vacío
de los rostros diarios
y al cabo te resulte un huésped importuno.

 

 

 

 

MUY RARAMENTE

Es un viejo.
xxxxxxxxxxxAgotado, encorvado,
vencido por los excesos y los años,
por la calleja avanza con pie lento.
Sin embargo, cuando entra en su casa para esconder allí
su ancianidad y su miseria, piensa
en todo lo que aún comparte con él la juventud.

Los jóvenes recitan sus versos.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxLas imágenes
por él creadas ahora encienden sus ojos.
Su sano y voluptuoso espíritu,
su cuerpo hermoso y firme aún se conmueven
con la expresión que él diera a la belleza.

 

 

 

 

FUI

No me ligué.
xxxxxxxxxxxxPor entero me liberé y me fui.
Hacia goces que estaban
parte en la realidad, parte en mi ser,
en la noche iluminada fui.
Yo bebí un vino fuerte,
como sólo el audaz bebe el placer.

 

 

 

 

MAR EN LA MAÑANA

Que me detenga aquí.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxQue también yo contemple por un momento la naturaleza,
el luminoso azul del mar en la mañana y del cielo sin nubes
y la amarilla arena: estancia
hermosa y grande de la luz.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxDejadme
que me detenga aquí y crea que esto veo
(ciertamente esto vi un instante tan sólo cuando aquí me detuve)
y no, incluso ahora, mis sueños, mis recuerdos,
la rediviva imagen del placer.

 

 

 

 

JURA

Jura una y otra vez que rehará su vida.
Mas al llegar la noche y sus consejos,
sus compromisos, sus ofrecimientos,
mas al llegar la noche con su propio poder,
el del cuerpo que quiere y pide, al mismo
fatal placer, perdido, se dirige de nuevo.

 

 

 

 

UNA NOCHE

La habitación pobre y vulgar,
escondida en los altos de la taberna equívoca.
Desde la ventana la calleja,
estrecha y sucia. Y las voces abajo
de unos cuantos obreros
distrayendo su tiempo con las cartas.

Y allí, sobre aquel lecho ordinario y humilde,
el cuerpo tuve del amor, los labios
voluptuosos de la embriaguez que cuando ahora,
después de tantos años, esto escribo
en mi casa vacía me embriago de nuevo.

 

 

 

 

EN LA CALLE

Su simpático rostro un poco pálido
y los ojos castaños aún absortos.
Veinticinco años, aunque aparenta más bien veinte.
Algo le da en su atuendo vago aire de artista:
la corbata tal vez o la forma del cuello.
Marcha sin fin preciso por la calle
como aún poseído del placer ilegal,
del prohibido amor que acaba de ser suyo.

 

 

 

 

UNO DE SUS DIOSES

Cuando uno de ellos atravesaba el ágora
de Seleucia al caer la tarde,
en la figura de un hombre joven, alto y hermoso,
perfumada la negra cabellera
y la alegría de la inmortalidad en sus pupilas,
los que al pasar le contemplaban
se preguntaban uno a otro si alguien acaso le conocía,
si era tal vez griego de Siria o un extranjero. Pero algunos
que le observaban más atentos
comprendían y se apartaban.
Y mientras él, bajo los pórticos,
entre las sombras se perdía y la luz tenue del crepúsculo
hacia los barrios que despiertan
sólo en la noche para la orgía,
la embriaguez y la lujuria y todo género de vicios,
admirados se preguntaban cuál de entre ellos era éste
y por qué placer equívoco
hasta las calles de Seleucia descendía desde la augusta
beatitud de sus moradas.

 

 

 

 

xxxxxixxxxxPARA AMMÓN
MUERTO A LOS 29 AÑOS, EN EL 610
xxxxxxxxxxDESPUÉS DE J. C.

Te piden, Rafael, que unos versos compongas
como epitafio del poeta Ammón.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxHaz algo
suave y sutil.
xxxxxxxxxxxxA ti te corresponde,
pues tú puedes, escribir unas líneas
dignas de Ammón, que fue uno de los nuestros.

Sin duda tú hablarás de sus poemas,
pero no olvides su belleza,
la exquisita belleza que nosotros amamos.

Perfecto y musical siempre es tu griego.
Mas toda tu maestría nos hace falta ahora.
Nuestro amor y dolor pasan a lengua extraña.
Vierte en ajena lengua tu sentimiento egipcio.

Escribe, Rafael, tus versos de tal modo
que algo de nuestra vida —tú sabes— quede en ellos
y las frases y el ritmo sobradamente muestren
que de un alejandrino habla un alejandrino.

 

 

 

 

PERMANECE UNA IMAGEN

Sería la una de la noche
o la una y media acaso.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxEn un rincón de la taberna,
tras el tabique de madera.
Los dos tan sólo en el lugar vacío.
Una lámpara de petróleo vagamente lo iluminaba.
Dormía el sirviente a la puerta la fatiga de la vigilia.

Nadie podía vernos. Aunque ahora
la pasión era tan intensa
que la prudencia desbordaba.

Entreabrimos nuestros vestidos, ya muy escasos en el ardor
de un divino mes de julio.

Cuerpo gozado en la levedad
de las ropas entreabiertas.
Desnudez breve de la carne, cuya imagen ha atravesado
veintiséis años y ahora acude
y permanece en el poema.

 

 

 

 

xxxxMELANCOLÍA DE JASÓN, HIJO
DE CLEANDRO, POETA DE COMAGENE,
xxxxxxxxx595 DESPUÉS DE J. C.

El envejecimiento de mi cuerpo y apariencia
es herida de terrible puñal.
Resignación no tengo.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxA ti recurro,
Arte de la Poesía, pues algo sabes de remedios:
tentativas de envolver el dolor en la Imaginación y la Palabra.

Es herida de terrible puñal…
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxAhora tráeme,
oh Arte de la Poesía, tus consuelos
para hacer que —un momento— no perciba la herida.

 

 

 

 

JULIANO AL VER LA INDIFERENCIA

“Viendo la mucha indiferencia que entre vosotros hay
con respecto a los dioses”, dice con aire grave.
Indiferencia. ¿Pero qué espera aún?
Reformó a su gusto el orden religioso,
cuanto quiso escribió al sumo sacerdote de los Gálatas
y a otros tales, distribuyendo normas y consejos.
Sus amigos no eran, ciertamente, cristianos.
Mas no podían como él
(que en esa religión nació y creciera)
divertirse en reformas religiosas,
ridículas en teoría y en la práctica.
Eran griegos, en fin.

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxDe nada demasiado, Augusto.

 

 

 

 

MIRIS: ALEJANDRÍA, 340 DESPUÉS DE J. C.

Al saber la desgracia de la muerte de Miris
me dirigí a su casa, aunque siempre rehuyo
visitar a cristianos, sobre todo
en duelo o fiesta.

Me quedé en el pasillo. Inútil era
aventurarse más, pues los parientes
al verme dieron muestra
de hostilidad o de disgusto.

Le habían colocado en una enorme estancia,
que desde mi rincón veía en parte,
con tapices riquísimos y profusión de objetos de oro y plata.

En mi rincón permanecí y lloré, pensando
que nuestras reuniones y salidas
nada eran ya sin Miris.
No le vería más en nuestras noches
desordenadamente hermosas
alegrarse, reír, recitar versos
con el perfecto ritmo de su griego.
Pensé que para siempre había perdido
y nunca más tendría
su juvenil belleza
que ardientemente amaba.

A mi lado unas viejas en voz baja
hablaban de sus últimos momentos:
él repitiera la palabra Cristo,
sosteniendo en sus manos una cruz.

Después entraron cuatro
sacerdotes cristianos que dijeron
fervorosas plegarias a Jesús o a María (escasamente
conozco sus creencias).

Nosotros, desde luego, no ignorábamos que era Miris cristiano.
Desde el primer momento lo supimos, cuando
dos años hace vino con nosotros.
Mas él vivía como uno de los nuestros,
entregado al placer como ninguno,
pródigo de su hacienda en diversiones.

De la opinión del mundo descuidado,
gustaba de arrojarse en las riñas nocturnas
si por azar hallábamos
otras bandas rivales.
Jamás hablaba de su religión.
Pero una vez, recuerdo, le dijimos
que nos acompañase al Serapión; tal broma
pareció disgustarle. También recuerdo ahora
que al alzar, otra vez, nuestras copas
por Poseidón se alejó volviendo el rostro.
Y cuando un día gritó uno de nosotros
con entusiasmo: “Apolo, el grande, hermoso Apolo,
nos proteja y bendiga”, en un susurro Miris
(que los demás no oyeron) dijo: “Mas no a mí”.

Los sacerdotes en voz alta oraban
por el espíritu del joven.
Vi con cuánto cuidado,
con qué intensa atención a los menores
accidentes del rito preparaban
el funeral cristiano.
Y de pronto un oscuro sentimiento
se apoderó de mí. Indefiniblemente
sentí que Miris se alejaba,
que al fin, como cristiano,
a los suyos volvía y que tan sólo yo
era extranjero allí. Pensé entonces
si la pasión acaso no me había engañado
y había sido siempre extraño a él.
Corrí, precipitéme de aquella horrible casa,
antes de que su cristianismo transformase
o pudiera arrancarme la memoria de Miris.

 

 

 

Cavafis, Constantino. Veintinco poemas. Málaga; Ed. Miguel Gómez Peña, 1998.

 

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